• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos diarios: septiembre 10, 2013

Aquella moral de los 70

10 martes Sep 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los jóvenes que no han vivido la década del 70 ignoran mucho de lo que entonces sucedió, sin embargo el tema les despierta un vivo interés, me consta. Cesare Pavese decía que aquellos problemas que agitan a una generación desaparecen en la siguiente, y no porque se los haya resuelto sino porque el interés general prescinde de ellos. Es probable que tuviese razón. Mara, mi mujer, se molesta conmigo cuando hago referencia a ciertos hechos de esos años. En realidad, hablar de ellos es volver a decir lo que ya se ha dicho de tantas formas, incluso lo que se ha visto y oído en tantas imágenes y versiones. Pero, cómo domesticar el pasado. Yo pertenezco a la generación “derrotada”, como algunos la bautizaron, otros la llamaron la generación “militante”, a pesar de que muchos nunca militamos en partidos políticos ni en movimientos radicalizados, sin embargo ello no era obstáculo para que tuviésemos opinión formada. La repetición tiende a reforzar la memoria y, la memoria no es más que la vida, por eso cuando perdemos la memoria dejamos de ser lo que éramos. Me sorprende la gente que olvida el daño que ocasionó un gobernante, sus turbios negocios, las promesas incumplidas, su conducta abyecta, y en la siguiente elección vuelve a votarlo hasta con entusiasmo, exculpándolo de sus responsabilidades políticas e históricas. Tampoco deja de sorprenderme la gente de mi edad que al evocar esos años de la Argentina signada por el terror dice: yo no sabía nada de lo que pasaba, para mí todo estaba bien (…)
En mi generación no faltaron las ideas ni las lecturas, se pretendía luchar contra la opresión y las desigualdades, a la vez que se vislumbraba un proyecto social y político que buscaba un cambio radical, al extremo que muchos creyeron en la revolución con un fervor cuasi religioso. Es frecuente que entre nosotros surjan interpretaciones contradictorias, es natural, y que en los textos oficiales las realidades y las ficciones se entrecrucen con la finalidad de imponer un relato apócrifo, como si las deudas y los ocultamientos pudiesen sepultarse por decreto.
Las consecuencias del Mayo del 68 fueron inmediatas, en los 70 cobró fuerza la liberación sexual, la búsqueda de placeres como una escapatoria, el misticismo, el terrorismo político, entre otros fenómenos que escandalizaban a los custodios de la moral. Muchos jóvenes universitarios teníamos una visión utópica de esta rebelión. Pier Paolo Pasolini, al enterarse del choque entre los estudiantes y la policía francesa simpatizó con los últimos, y aclaraba que los policías eran hijos de pobres y los estudiantes hijos de papá. En el semanario L´Espresso dijo que odiaba a los estudiantes como a sus padres, a quienes acusaba de ausencia de compromiso y de practicar un fascismo de izquierda. Creo que en ese momento se pusieron de manifiesto y de manera peculiar las mezquindades de la vida, las grietas entre los hombres y las mujeres así como entre las clases sociales, y también los mecanismos brutales del poder. La sumisión y la crueldad, al igual que la bondad y todos los tipos de amor, no sólo el de las “parejas normales”, comenzaron a tornarse visibles, como si de pronto quedase al descubierto lo que se ocultó durante tanto tiempo. La consigna juvenil era revelarse contra la disciplina, el discurso religioso, la presión ejercida por el hecho de pensar diferente, en otras palabras, la rebelión era contra el autoritarismo del sistema. Frente a la argumentación de la caída, del pecado original y la perversión, hubo autores que trataron de tornar más humano el discurso. No hay duda que la piedra angular de la moral religiosa siempre pasó por el sexo. La práctica del amor libre, las relaciones extramaritales, el preservativo, la píldora anticonceptiva, así como la igualdad de los sexos abrieron fuertes debates que aún continúan.
En aquellos años de Guerra Fría se vivía un anticomunismo que rayaba con la paranoia. Hoy ha sido sustituido por el terrorismo islámico. Yo tenía la impresión que en el país había pocos comunistas, y los que estaban identificados no me parecían peligrosos, pero pecaban por leer a Marx y Engel y tenían esa particular visión de la sociedad, la política y el mundo que podía ser irritante para los cultores de la intolerancia. Claro que aquí existía el “delito ideológico”, y esto sí era muy peligroso. Mucho antes de que aparecieran las organizaciones guerrilleras ya se hablaba de los enemigos de la Patria: comunistas, socialdemócratas o liberales, judíos, masones, católicos tercermundistas, agnósticos, también en algún momento fueron considerados enemigos de la Patria los peronistas o los radicales, y por supuesto los banqueros, para quienes la patria siempre estuvo donde se halla el dinero. En este clima de profundo malestar social retornaban al escenario político los militares que, según decían, debían intervenir muy a pesar suyo. Hubo intelectuales convencidos de la necesidad de torcer el curso de la historia y la consigna matar o morir terminó imponiéndose. La derecha liberal aceptó que se estaba ante un “estado de excepción” que justificaba la represión ilegal, es decir, era legítimo incurrir en cualquier barbaridad.
Cuando Perón retornó al país en el 73, ese mismo día si mal no recuerdo, me sorprendió Borges, quien en La Prensa dijo que prefería una dictadura ilustrada antes que una dictadura chabacana y populachera (…) A pesar de mi juventud e inexperiencia, ya advertía que en la Argentina el consentimiento de las mayorías a través del voto siempre fue interpretado como un cheque en blanco, pues, el tema fue, ha sido y es el poder, no la democracia. También era evidente, en toda la región, el surgimiento de un marketing del miedo y las amenazas, cuyo objetivo era crear un contexto de inseguridad para poder gobernar de manera discrecional. En esa mise in scene uno podía ver a algunos jefes represores concurrir con sus familias los domingos a misa de once y, estoy seguro que se reclinaban en los confesionarios no para reconocer las malas acciones y pedir perdón, sino para que otros los observaran y creyesen que eran devotos. No faltaban los papanatas que repetían el slogan: «somos derechos y humanos».
Eran años de contracultura, existencialismo, psicoanálisis (a Buenos Aires se la consideraba la capital mundial), y estaban de moda el ocultismo, los horóscopos, el hippismo, la civilización oriental, la antisiquiatría, y numerosos movimientos que criticaban el orden establecido. En el aire flotaba un perfume a anarquismo y el espíritu de la época era profundamente contestatario. Recuerdo que Laing y Cooper tenían criterios muy próximos al cinismo filosófico y cuestionaban severamente a la familia del enfermo mental. Se hablaba de “modelo psicodélico” y de la cultura del LSD. Las interpretaciones bullían: el líder revolucionario era un inadaptado al medio que luchaba contra el padre, la policía se justificaba por la necesidad de castigar a las masas, el capitalismo se consolidaba por la estructura sádico-anal de sus hombres. Un autor denunciaba el pacto entre freudianos y marxistas en psiquiatría. Y alguien llegó a sugerir que la esquizofrenia había nacido como entidad de una disputa entre franceses y alemanes, quienes luchaban por ver quien patentaba mejor la misma.
En el 75 Foucault publicó Vigilar y castigar, donde describía la complicidad entre todas las instituciones que ejercen un poder disciplinario, como la fábrica, el cuartel, la escuela, el hospital. Foucault sostenía que todas ellas aparecieron en el mismo momento, se parecen entre sí, y ejercen un poder que se aviene a la imagen clásica del poder. La resistencia contra ellas y la disidencia moral fue criminalizada como reformista.
En el mundo de la cultura el eclecticismo era mal visto, ya que podía ser cualquier cosa menos real, según sus críticos. No eran tiempos de posiciones tibias. La moral pública asumía su rostro más adusto, pretendía sancionar a quienes cuestionaban el statu quo, y no eran pocos los que practicaban en la intimidad aquello que condenaban en público. En fin, a la rebelión juvenil le sobraban argumentos. Pero cuando alguien me pregunta qué fue lo que fracaso, mi respuesta siempre es la misma: fracasó la estrategia.

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