Hace un tiempo leí un artículo periodístico acerca de los pobres que tienen alma de ricos y que llegan a despreciar a los otros pobres de la misma manera que lo hacen los ricos. En efecto, la observación no es de difícil comprobación y, confieso que hasta llega a sorprenderme cómo se mimetizan, adoptando tesituras y poses que a simple vista son incoherentes. Por eso tengo la impresión que la solidaridad de clase entre los pobres, a menudo no pasa de ser una retórica.
Un ejemplo patético es el de las urnas, ya que la masa de individuos pobres y postergados vota con frecuencia a ciertos políticos adinerados, exitosos en sus empresas y negocios particulares, y que además no pueden justificar el enorme capital que ostentan. Para colmo suelen ser acusados de corrupción, sin embargo ellos tienen una justicia a su medida, a la vez que son premiados por sus votantes que le imponen al país una administración fraudulenta; cuando el barco hace agua esos mismos votantes no se hacen cargo de su elección, miran para otro lado e incluso llegan a negar su voto. Pero estos pobres también suelen menospreciar a los políticos que viven al día (creo que cada vez son menos) y, son muy duros en sus condenas cuando en los medios aparece alguna información acerca de un traspié moral que cometieron en el pasado, como si todo mortal no tuviese en su haber algunos traspiés. Lo curioso es que frente a los poderosos que incurrieron en graves actos de corrupción, muestran una llamativa indulgencia y, hasta llegan a aceptar de buena gana la obscenidad que exhiben y que diligentemente es reflejada en los medios, como si la plutocracia ameritase licencias o consideraciones especiales.
Cuando era chico, mi abuela solía repetir hasta el cansancio aquella sentencia de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. No sé si es tan así, pero de lo que no dudo es que cada votante, más allá de su condición económica o social, debería hacerse cargo del candidato o del partido que votó, no es asunto de emitir un cheque en blanco y luego hacerse el distraído. Y si ninguno le convence, está el voto en blanco para fijar su posición ante el panorama político y revelar responsabilidad cívica.
El Siglo XX fue un período de la historia dominado por el drama, y los hechos trágicos que se vivieron deberían haber consolidado el sistema democrático a nivel universal, deberían haber privilegiado el respeto por el otro, deberían habernos hecho un poco más humanos. Pero no fue así. María Zambrano, cuando hacía alusión a la tragedia que se vivió en España, decía que cuando se estuvo dentro del pueblo y su contienda, era imposible pretender haber quedado limpio y, mencionaba la hipocresía de desconocer la locura que vivieron. Para ella el único proyecto posible era ser persona, ser humano, ser moral.
Mi padre solía contarme que Elpidio González, quien fue vicepresidente de la Nación, cuando finalizó su mandato no aceptó la pensión que por ley le correspondía, lo que hoy llamamos “jubilación de privilegio”, y que solía cruzarlo en la calle Florida vendiendo anilinas, ese era su único medio de vida. González murió en la más absoluta pobreza haciendo honor a su carácter de católico de la orden franciscana. No creo que en nuestra historia política tengamos muchos ejemplos de vida como el de Elpidio. Claro que esta situación nada tiene que ver con las ventajas que naturalmente se obtienen luego de haber dejado la función pública, pues, que un ex mandatario gane mucho dinero dando conferencias, modelando para una firma importante o asesorando a diversas empresas no constituye una conducta reprobable. Sin embargo, existen algunas situaciones muy delicadas, que tienen que ver con la transparencia de los actos y sobre todo con la ética pública, son situaciones que merecen una atención especial. En fin, estoy convencido que si Elpidio González viviese, no entendería nada de lo que hoy sucede.
George Bush, Tony Blair, Aznar, y sus respectivos círculos íntimos de poder, son los principales responsables de la masacre producida en Irak, y si existiese una justicia internacional que encarnase una de las cuatro virtudes cardinales, estos personajes ya habrían comparecido ante Temis. Hoy sabemos que en Irak no había armas nucleares ni biológicas, tampoco Bagdad patrocinaba el terrorismo islamita, lo que reveló que los argumentos de Bush hijo y sus aliados ante la opinión pública mundial para justificar la invasión eran absolutamente falsos. Todo revela que se perseguían intereses económicos, no humanitarios como hipócritamente declaraban. Poco importó que millones de personas en distintas partes del mundo salieran a la calle pidiendo que la operación fuese abortada. Estos gobernantes surgidos de las urnas, desoyeron a sus pueblos, y el daño que cometieron supera ampliamente al que existía bajo el régimen dictatorial de Saddam Husein, un ex aliado, un antiguo socio de Occidente. Hoy nadie se hace cargo de las consecuencias de una invasión que no debió ser. Tampoco nadie es capaz de vislumbrar el futuro de este país desgarrado, y menos que llegue a convertirse en un Estado unificado y democrático. Los ciudadanos de distintas partes del mundo que desde su modesto lugar se oponían a la invasión, con claridad meridiana advertían que se trataba de otra aventura del poder imperial. Lo curioso es que los máximos responsables de este desastre, que ya han dejado el poder, hoy pueden continuar sus vidas con absoluta normalidad, sin tener que rendir cuentas ante la justicia, porque la justicia que le toca al resto de los mortales a ellos no les cabe.
Las desigualdades –de todo tipo- siempre existieron, y sin duda continuarán siendo materia de discursos populistas y de promesas incumplidas. Pero la desigualdad que hace referencia a la antigua “cuestión social”, no es tema de debate de tecnócratas, economistas y científicos sociales que se regodean exponiendo sus teorías en cenáculos próximos al poder y que hoy se los conoce con la denominación de think tank. En efecto, la situación actual exige de un amplio debate y, le compete a los políticos en el poder diseñar y poner en práctica las estrategias necesarias para alcanzar las soluciones posibles, pues, no se trata de utopías como sostienen algunos privilegiados.
Averroes sostenía que una de las cuatro cosas que no puede ser escondida durante largo tiempo es la pobreza, las otras serían la riqueza, la ciencia y la estupidez. Para los que escriben libros de autoayuda, tanto la riqueza como la pobreza representan una cuestión de actitud; me temo que esto sólo busque en los primeros la justificación y en los segundos el consuelo (…).
Ser pobre o ser rico tiene que ver con lo económico, nada más. Las cualidades que pueden añadirse a cada una de estas condiciones, surgidas de la religión, la moral o la política, tienen que ver con la persona en cuestión. Cualquier lector atento advertirá que aquí la generalización suele dar paso a la falacia. En última instancia, el problema pasa por el andarivel de la dignidad, una cualidad que deriva de la autonomía de la persona y que exige respeto por el otro.