Dice un antiguo refrán que cuando la guerra es contra las mujeres la única manera de ganarla es huyendo. Ya sé que mis amigas dirán que la cita es machista, sin duda, pero no me referiré a este tipo de conflicto entre parejas que habitualmente se soluciona en una mesa de café o cuando se apaga la luz. Comencé así porque el tema de la guerra me resulta muy pesado, tétrico, y uno no puede hacerse el distraído o actuar con indiferencia moral. Aunque vivamos a miles de kilómetros de las zonas calientes, cuando por la mañana recibimos el diario, la guerra aparece en primera plana, y cuando por la noche encendemos el televisor, los noticieros muestran escenas desgarradoras. Es probable que la guerra sea una de las relaciones internacionales más antigua que existe y, tiene la peculiaridad de que cuando se desata, inocentes y culpables son alcanzados por igual. Para Julio César los vencedores tienen el derecho de tratar a los vencidos a su antojo, ley que mantiene su vigencia. Lo cierto es que este tipo de conflicto revela la mala disposición para alcanzar soluciones razonables y pone al descubierto las mezquindades de los hombres. El denominador común es la ausencia de diálogo, si no hay diálogo el entendimiento entre las partes resulta imposible. El balance final siempre arroja un saldo negativo: exterminio masivo de vidas humanas, aunque no de ideas, ya que hoy resurgen aquellas ideologías que durante el Siglo XX intoxicaron a las naciones e impulsaron la muerte de millones de seres humanos.
La guerra está íntimamente ligada al poder, a la religión, la política, los intereses económicos y geoestratégicos. Para un presocrático como Parménides, constituye el arte de destruir a los hombres, mientras que la política sería el arte de engañarlos. El agudo Nietzsche advertía que, “La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido”. ¿Pero quién tiene la responsabilidad última de esas víctimas, en su mayoría población civil, incluyendo niños? La culpa siempre es del enemigo, de los líderes del otro bando. El relato de los vencedores no deja lugar a duda: la guerra era absolutamente necesaria, fue guidada por fines altruistas y supremos, y en el fondo se trató de una guerra justa.
Desde hace unos meses Crimea es noticia. Una península colonizada por los griegos antes de la era cristiana y que en su historia sufrió numerosas invasiones hasta que Catalina II la anexó al imperio ruso en 1783. A mediados del Siglo XIX se produjo la Guerra de Crimea, la primera gran guerra de la modernidad. Entonces Rusia protegía a los cristianos ortodoxos que vivían en Turquía, bajo el Imperio Otomano, y Francia era la protectora de los cristianos romanos que también habitaban ese territorio. Según la historia, los monjes católicos y ortodoxos se disputaban la Basílica de la Navidad y la iglesia del Santo Sepulcro en Palestina. Consecuencia de este conflicto fue el enfrentamiento armado entre Rusia y el Imperio Británico, Francia, el Imperio Otomano y el Reino de Piamonte-Cerdeña. Para los franceses era la “Guerra de Oriente”. Pero la historia real fue otra, no ésta que me contaron cuando era estudiante del bachillerato. Rusia buscaba a través de Constantinopla, el balcón del Mediterráneo, una salida a ese mar rodeado por Europa, Asia y África, situación que hubiera modificado a su favor el equilibrio de fuerzas. Las potencias occidentales no podían permitirlo. Recuerdo que en el libro de historia que seguíamos en la secundaria, no faltaba la leyenda romántica de los ingleses, representada por la célebre carga de la Brigada Ligera.
En la Guerra de Crimea aparecieron por primera vez los corresponsales de guerra, periodistas y fotógrafos que procuraban captar fielmente aquello que sucedía en el frente y luego lo enviaban a las redacciones del mundo. Ya no se trata de la historia de la Guerra del Peloponeso, donde se enfrentaron Esparta y Atenas, y que fuera magistralmente narrada por Tucídides, pues, ahora se impone la crónica del día a día. Dicen que estas crónicas que narraban crudamente los horrores de la guerra, llegaron a conmocionar a la opinión pública inglesa, al extremo que cayó el gobierno. A partir de entonces el poder intentó controlar la información de estos corresponsales.
Cuando tenía once o doce años leí la biografía de Florence Nightingale, en una edición para jóvenes. Florencia provenía de una familia acaudalada y tuvo una educación privilegiada para la época, pero lo significativo fue que acudió al frente de batalla con un grupo de colaboradoras para prestar asistencia sanitaria a los heridos y enfermos, convirtiéndose en precursora de la enfermería. También fue precursora de los cuidados paliativos e inspiró a Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja y de los principios humanitarias de la Convención de Ginebra.
La caída de Sebastopol a manos francesas e inglesas, determinó que Rusia renunciara a la protección directa de los cristianos ortodoxos que vivían en Turquía y se prohibió la presencia de navíos de guerra en el Mar Negro. Era el fin de las relaciones amistosas entre las grandes potencias y el surgimiento de las reivindicaciones de los pueblos balcánicos que recibieron el apoyo de las demás potencias europeas según sus intereses. Hoy la armada rusa tiene su flota en puertos de Crimea. A mediados de los 50 Nikita Kruschev cedió Crimea a Ucrania, que entonces formaba parte de la URSS, cesión que no fue bien digerida por el pueblo ruso, por eso la llamada pequeña Rusia retornó a los tiros al antiguo imperio pero con la finalidad de delimitar nuevas fronteras.
La Guerra de Crimea fue el antecedente de la Gran Guerra, cuyo desencadenamiento se adjudica al asesinato de Sarajevo, otra gran excusa. En 1914 estaban dadas todas las condiciones para un enfrentamiento armado, claro que nadie supuso que duraría tanto tiempo ni que terminaría siendo una carnicería. Luego de poco más de cuatro años de lucha, los vencedores establecieron un nuevo orden y diseñaron nuevas fronteras. Los Estados-Nación vinieron a suplantar a los imperios colonialistas. Pero el tratado fue malo, despertando el odio y las ansias de revancha de aquellos que fueron humillados. La consecuencia fue que 20 años después se desencadenó la Segunda Guerra Mundial, otra tragedia, pero con armas más sofisticadas, cámaras de gas y muchos más millones de muertos. La guerra duró seis años y, con los vencedores sobrevino otro nuevo orden que hoy intenta mantenerse contra el viento y la marea. Se creyó que a partir de 1945 todo cambiaría, pues, había habido demasiada destrucción y por fin los hombres aprenderían la lección. Hollywood logró imponer su relato maniqueo aunque la industria del celuloide no alcanzó a tapar el cielo, porque una cosa es entretener y otra atenerse a la verdad de los hechos. Hoy asistimos al asimétrico conflicto Palestino-Israelí, a los enfrentamientos en Siria, Irak, Libia, Afganistán, Malí, Ucrania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Somalía, así como a las amenazas de guerra en otros lugares del planeta. En fin, nunca existió una lógica de la guerra, pero siempre existieron intereses económicos. Las grandes potencias frente a estos conflictos dicen no poder hacer nada, en realidad mienten y siguen actuando con cinismo. Estas potencias que se cuentan con los dedos de una mano, constituyen la “comunidad internacional”, un eufemismo, ya que el resto de las demás naciones que en número llegan a cerca de 200 son convidados de piedra. Los miembros permanentes del consejo de seguridad de la ONU (Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra) no alcanzan a sumar 2.000 millones de habitantes, en consecuencia, la mayoría de la población mundial estimada en más de 7.000 millones de habitantes no está representada en este club selecto (…)
El año pasado existían serios conflictos (algunos seculares) pero había menos tensión, hoy la magnitud de las hostilidades es mucho mayor y existen notables paralelismos entre 1914 y 2014, paralelismos que son preocupantes. Uno se pregunta qué futuro nos aguarda, sobre todo cuando el logos está despedazado, el humanitarismo se convirtió en un artículo de la retórica, y el sinsentido se impone. En 1908, Marinetti en su Manifiesto futurista glorificaba la guerra como la única higiene del mundo, manifestaba su desprecio por las mujeres y consideraba que el arte debía ser agresivo (…)