Los libros de autor anónimo han existido desde antaño, quizá Las mil y una noche sea la obra que tuvo mayor trascendencia. La literatura española tiene textos de autor anónimo que forman parte del canon literario. En cuanto a la narrativa del siglo pasado, me impresionó: Una mujer en Berlín, diario escrito en 1945, donde la autora narra las violaciones de mujeres y niñas por el Ejército Rojo. Una historia penosa e infame mantenida oculta por la necesidad de preservar una supuesta moral, de allí que su autora fuese considerada una traidora que atentaba contra la moral alemana, en fin, una mujer que no quiso respetar la ley del silencio impuesta como código de honor
En nuestros días, Elena Ferrante, seudónimo de una escritora italiana, o tal vez un escritor, tiene novelas que son best sellers, su identidad está guardada bajo siete llaves, y sólo mantiene contacto con sus editores italianos. Es curioso, porque todo aquel que hoy escribe un libro y ya cualquiera escribe su libro, quiere ser tenido en cuenta y sueña con firmar dedicatorias. En efecto, vivimos tiempos donde la exhibición es tan fuerte que parecería ser un mandato social, al extremo que la intimidad más criptica estaría en entredicho. He leído un par de entrevistas que le hicieron vía e-mail a través de sus editores, donde manifiesta que para asignar un orden narrativo al mundo, prefiere una escritura clara, honesta y donde los hechos de la vida ordinaria sean convincentes. Pero además, tiene en claro que el acto de escribir difiere de la exhibición pública, no le gusta improvisar ni salir a escena, cuida mucho su intimidad y, vive alejada del marketing y del mundo editorial. Ferrante se pregunta por qué no hay más escritores que adopten esta tesitura y, critica al mercado editorial que hasta le inventan una imagen al autor para que alcance la fama literaria. Mi amigo Alejandro Patat, con quien fuimos compañeros de estudios en la Dante Alighieri de Buenos Aires, escribió desde Italia una reseña para La Nación. Dice que después de Elsa Morante, nadie en Italia pudo contar con tal intensidad el mundo a su alrededor. Alejandro comenta que en los Estados Unidos es un fenómeno editorial, infrecuente en un escritor europeo, y que sus detractores le adjudican injustamente estar al servicio del mercado y que responde a una política feminista, cuando en realidad su visión trasciende la cuestión de géneros.
En Estambul, hace unos días, el gobierno reprimió violentamente a los participantes de la marcha del orgullo gay, una de las expresiones de la narrativa de géneros que más discusiones promueve. Confieso que me sorprendió, porque en el 2009 estuvimos en Estambul y en el centro de la ciudad presenciamos una pacífica manifestación de travestis turcos. Recuerdo que con mi mujer comentábamos el grado de tolerancia que había desarrollado Turquía, gracias a Tayip Erdogan, quien se proyectaba como un líder necesario para gestionar esa región históricamente convulsa. Pero el Erdogan de hoy difiere bastante del Erdogan de entonces, algo frecuente en los políticos. Erdogan quiere perpetuarse en el poder, sueña con llegar al 2023, fecha en que se conmemorará los cien años de la fundación de la república, surgida de la guerra de independencia. Para ello se distancia cada vez más de la Turquía laica y moderna que concibió Ataturk, y en su alianza con el sector religioso del Islam revela una inédita intolerancia, al punto que un estambulí comentaba que sólo falta que les imponga la sharia.
Con la prolongada crisis europea han surgido una serie de relatos variopintos. Me interesa Dani Rodrick, nacido en Estambul, actual profesor de economía en Harvard, autor de un trilema que enunció en el año 2000 y que fue premonitorio: en la Unión Europea, democracia, globalización y soberanía del Estado-nación no pueden convivir. El nudo gordiano del trilema de Rodrick reside en la zona euro. Dice socarronamente que cuando una idea se convierte en mayoritaria significa que ya está equivocada. El economista carga contra los grandes dogmas económicos y advierte que determinados modelos de política pueden ser positivos en un momento de la historia de un país y fallar rotundamente en el mismo lugar un tiempo después. La ideología política contamina el análisis económico en una doble vía, ya que los políticos convierten las ideas económicas en ideologías que sus creadores jamás pretendieron, bástenos el ejemplo de Adam Smith, quien hoy se hubiera opuesto al fundamentalismo del mercado. Sostiene, acertadamente, que el error del Consenso de Washington es suponer que un modelo va a funcionar en todos los países prescindiendo del momento histórico.
En los años 60, 70 e incluso 80, recuerdo, se hablaba mucho de la guerrilla y de la guerra de guerrillas. La narrativa del mal estaba allí. El fenómeno solía estar asociado al marxismo y durante la Guerra Fría los demonios fueron los comunistas, ahora ese lugar lo ocupan los terroristas. El terror que se procura transmitir, no es un fenómeno propio de nuestra época, siempre existió, tanto terrorismo de Estado como el que surge desde abajo, terrorismo de izquierda como de derecha. Las muertes que ocasionan entre individuos inocentes son demenciales y sus narrativas carecen de toda justificación.
Pero ante la grave situación de violencia que surge en distintos lugares del mundo, uno se pregunta qué fue lo que llevó a un individuo a convertirse en terrorista. He advertido que entre los estudiosos del tema no existe consenso. Están los que argumentan que los problemas económicos serían el principal factor que llevarían a la radicalización. Algún científico piensa que prácticamente cualquier persona podría convertirse en terrorista si están dadas las condiciones (…) ¿Cuál es el ADN del terrorista? Los que dicen conocer el tema esgrimen la ideología, otros la identidad, el dinero, la religión, el entrenamiento bélico, etc. Lo curioso es que pocas veces los que hablan del tema en su condición de expertos han tenido la posibilidad de dialogar con terroristas, face to face, de allí que el conocimiento que explicitan en sus notas no supere el plano de las opiniones.
Las narrativas de la condición humana, frase acertada aunque desdichada de la novela de André Malraux, increpa el pensamiento de Sófocles que sostenía: “La obra humana más bella es la de ser útil al prójimo” o el de Alejandro Magno, “De la conducta de cada uno depende el destino de todos”. La condición humana, es, el laberinto más complejo que guardamos en nuestro interior. Aquí emerge el mal. Al respecto, quien haya leído las novelas La muerte de Iván Illich, El Extranjero, Archipiélago Gulag, tendrá una idea de lo que Tolstoi, Camus y Solzhenitsyn, respectivamente, quisieron señalar como condición humana. Luego Hannah Arendt, a través de su tesis: la banalidad del mal, a propósito del juicio a Eichmann en Jerusalén, hizo con enjundia su aporte.
En cuanto a las narrativas de la innovación, tienen más peso o quizá más marketing que las narrativas científicas y tecnológicas. Alguien sostuvo que se trata de un híbrido de invención y mercado, pues, cuando una idea se convierte en un producto que puede ser manipulado por el mercado ya se habla de innovación. Leí que en los Estados Unidos se está invirtiendo más dinero en innovación que en investigación científica, no sé si será así, pero lo cierto es que la publicidad está del lado de la innovación. Se ha tomado el ejemplo de la familia Médici, aquellos banqueros florentinos del Siglo XV que ejercieron el mecenazgo para impulsar las artes, la investigación, el pensamiento, y que dieron lugar al Renacimiento, un fenómeno extraordinario y típicamente italiano. La tónica actual sostiene que es necesario abrirse a la interdisciplinariedad, fusionando y mezclando paradigmas y saberes, que den paso al florecimiento de nuevas ideas. Así las disciplinas convergen, dejando de lado los prejuicios, las convenciones, los esquemas, las rígidas estructuras. En las fronteras entre las disciplinas, por cierto fronteras cada vez más porosas, surgen los hechos creativos y, esto se sabe desde hace tiempo, no es una novedad como algunos pretenden vender no sé si por ignorancia o por oportunismo. En el mundo existe una fiebre innovadora con resultados muy interesantes, y el mercado aparece con su natural pragmatismo, invirtiendo, haciendo cálculos de ganancias, y hasta queriendo emular a los Médici, pero claro, éstos eran genuinos mecenas (…)