La modernidad ha enfrentado el hombre a la naturaleza, y lo ha hecho de una forma poco inteligente y sobre todo agresiva. No hay duda que muchos de los avances de la técnica y la ciencia terminan socavando las bases morales o lo que mucha gente piensa que es bueno o correcto. La técnica se ha transformado en tecnología, dando lugar a un discurso ideológico que la sitúa en una posición imperial. Éste es el estado de situación en el Siglo XXI. Pero ¿cómo fue la vida hace 40.000 años en las cavernas? Desde ya que el paleolítico es un verdadero enigma. Dicen que la esperanza de vida en aquella época era de unos 25 años, se me ocurre que vividos con gran intensidad. Lo cierto es que no tenemos la más remota idea de cuáles fueron nuestros orígenes como especie, tampoco cuál será nuestro destino, aunque algunos digan poseer la verdad revelada.
Hoy la cibernética procura que las máquinas incorporen características humanas, a la vez que disminuyen la conciencia, los sentimientos y la percepción. Al parecer el estrecho vínculo entre la cibernética y el llamado “posthumanismo” sería el nudo gordiano de la técnica actual. Giovanni Pico della Mirandola, autor de Las 900 tesis, en pleno Renacimiento convirtió al hombre en el centro del universo, si hoy viviese no sé qué pensaría de su teoría. Husserl y Merleau-Ponty, al igual que otros autores, hablaron de la animalidad que reside en nosotros, los humanos, que tornaría imposible el dominio por parte de la máquina. El “Superhombre” de Nietzche es lo contrario del individuo.
No hay duda que lo que ha hecho y hace la tecnología resulta sorprendente y a la vez maravilloso. Lo que hará en el futuro supera con amplitud nuestra imaginación, pero estimo que jamás superará a la naturaleza, cuyo trasfondo misterioso no nos es dado develar. Bástenos pensar que habitamos un planeta que forma parte de una galaxia y que en el universo hay millones de galaxias. Hace poco leí que habría unos dos billones de galaxias, observaciones que fueron realizadas por el Telescopio Espacial Hubble y por observatorios de tierra, que convirtieron las imágenes a 3-D y utilizaron nuevos modelos matemáticos.
No deseo ahora entrar en la discusión del Génesis, ni en ninguna escatología, y tampoco en el hecho de que algunos seamos creyentes de la existencia de Dios, otros no tengan opinión formada y también existan los que la niegan. Nadie está en condiciones de develar estos misterios, excepto los fanáticos que siempre nos tuvieron a mal traer.
En el tango Volver Gardel interpretaba: “sentir que es un soplo la vida”. Cuánta verdad hay en esta frase, cómo una frase de la cultura popular refleja con claridad y sencillez aquello que los académicos tratan de explicar a su auditorio erudito. El instante y el tiempo. Al parecer muchos no se han percatado de la brevedad de la vida y actúan como si fuesen inmortales. En última instancia, la contabilidad de la vida está dada por lo que uno ha hecho y también lo que ha dejado de hacer.
Uno de los grandes problemas de nuestros días es el trabajo. Las noticias de que tal o cual profesión o actividad laboral serán reemplazadas en un tiempo no lejano por robots o algoritmos ya resultan habituales. Claro que aquellas tareas que tengan que ver con los sentimientos, las sensaciones o las subjetividades morales, éticas, políticas, artísticas, podrían sobrevivir (menos mal). Algunos piensan que las humanidades, últimamente tan menospreciadas en ámbitos empresariales, políticos e incluso pedagógicos, tendrían más futuro que las ciencias exactas, porque la inteligencia artificial todavía no alcanzó esa human performance. No hay duda que de llegar a ser así, y nada parece desmentirlo, esto repercutirá en el plano social con un cambio radical en los vínculos interhumanos.
Hay quienes hacen hincapié en la supuesta infalibilidad de las máquinas, como si se tratase de “máquinas virtuosas”, denominación que no recuerdo dónde leí. Pero se olvidan de lo que sucedió con las hipotecas subprime y los algoritmos de perspectivas crediticias futuras, que superaron la capacidad de pago de los clientes y todo terminó en un verdadero desastre. La prueba palmaria es que hoy millones de personas están sufriendo las consecuencias de este desastre y sus responsables fueron liberados de culpa y cargo. Porque convengamos que, más allá de la tecnología y los algoritmos, seguimos viviendo entre fuegos de artificio, actos de magia y relatos inventados.
Adela Cortina acaba de sacar un libro donde analiza la “aporofobia” de nuestros días. En efecto, esa denominación de origen griego que hace alusión al miedo que despierta la pobreza y las personas pobres, esa repugnancia visceral cuando no hostilidad que hoy se exacerba con los que emigran, es patética, y como dice Cortina, se los rechaza justamente por ser pobres. No hay duda que la crisis ha desatado una mayor aporofobia.
Carolin Emcke, hace unos meses publicó sus observaciones sobre el odio, y considera necesario deconstruir el odio y la violencia, sentimiento y acción que se fabrican dentro de cierto marco ideológico. La crisis actual no solo promociona la pobreza sino que exacerba el odio, la xenofobia, el desprecio por la democracia, y esto es aprovechado por los políticos que manejan relatos populistas y apócrifos. De esta manera se legitiman las emociones como si se tratase de argumentos racionales, opina Emcke.
Cuando apareció Internet, yo creí al igual que otros que estaría al servicio de la humanidad, que permitiría superar muchos problemas y que facilitaría el entendimiento entre la gente de diferentes culturas que incluso estaban separadas por extensos territorios, mares y océanos, e historias de desencuentros. Pero la historia universal revela que siempre existieron individuos y grupos de poder empeñados en separar los pueblos y las culturas, en destruir sueños y esperanzas, en no tolerar a los diferentes, en causar daño a los que eligieron como enemigos, pues, sólo les interesa un mundo hecho a sus ambiciones, caprichos y privilegios. Los que más se benefician de la tecnología son los que con ella saben hacer negocios, por ello la lógica mercantil se impone.
La revolución digital, caracterizada por su velocidad de propagación y transformación, está mostrando en la web su lado oscuro a través de negocios poco transparentes y de la ciberdelincuencia. Como ser, un hotel en los Alpes que decidió modernizarse con tecnología fue objeto de un ciberataque, pues, 180 huéspedes no podían salir de sus habitaciones porque las cerraduras digitales estaban bloqueadas y para recuperar el control, los propietarios tuvieron que abonar una suma de dinero en Bitcoin (BTC), la moneda de rescate que exigen los hackers. A ello hay que sumarle que muchos políticos prefieren tuitear sus ideas del momento, como si fuesen raptos de inspiración o tal vez soplos delirantes, antes que concurrir al parlamento para dar fundamento de las mismas o tener que soportar el juego de preguntas y respuestas de una rueda de prensa. Si algo está claro es que el ciberespacio se está balcanizando. Pero ahora la tecnología pretende superar a Internet, ya que está empeñada en utilizar la realidad virtual en sustitución del smartphone, una simple computadora que hace llamadas. Y esto también cambiará el modo en que vivimos.
La conservadora Theresa May no sólo se conforma con repetir: “Brexit is Brexit”, pues, ahora los enfermos con demencia tendrán un “copago”. En efecto, aquel que tenga en bienes más de 100.000 libras o 114.000 euros, incluida su vivienda, tendrá que pagar por su asistencia, incluso sus herederos si quedara alguna deuda. El NSH (National Health Service) habría sido creado por la presión de los soldados que retornaron de la Segunda Guerra Mundial, quienes consideraron que demasiadas vidas se habían perdido para que todo continuase igual con la población menos protegida. En fin, la realidad revela que algunos tienen privilegios y muchos sufren privaciones.
Hoy por hoy la tecnología, la ciencia, la cultura, el arte, nos ofrecen una percepción favorable, de progreso, no lo ponemos en duda, sin embargo la política, la sociología, la economía, la ecología, la ética, no infunden esa sensación. Quizá todo sea un problema de pasiones humanas, que como Séneca decía, no podemos evitarlas, pero sí vencerlas.