No hace muchos alguien me decía que si el futuro no nos plantea una esperanza estamos perdidos y, a decir verdad, la percepción que tenemos del futuro hoy se reduce a una amenaza. En efecto, vislumbramos un futuro amenazante donde todo irá a peor, al menos en lo que afecta a las mayorías. Esta situación se ve reforzada porque detectamos dificultades vitales en capas sociales que hoy se sienten injustamente castigadas por el sistema imperante. Las clases medias están empobreciéndose a la vez que pierden derechos. Y cuando esto se va extendiendo surge un lógico interrogante: ¿cuál será la capacidad de aguante de esa población?
Uno puede referirse a la clase media desde una concepción sociológica o desde una visión economicista. Algunos hacen diferenciaciones dentro de esta clase, que van desde la clase media alta hasta la clase media baja. En fin, los límites cada día se ensanchan más, pues, éste es un segmento de población cada vez más impreciso, de claroscuros, cuyos límites estarían dados por los ricos en un extremo, y los pobres y los excluidos en el otro. Lo cierto es que este segmento de la población es el que da cierta estabilidad social y que en gran parte facilita la gobernabilidad. Se trata de una zona central de distribución de la renta, que tiene capacidad de gasto, de ahorro, de endeudamiento, y que por sobre todas las cosas consume. Dicen los entendidos que cuanto más progresivo es el sistema impositivo y más generosos son los programas de prestaciones, mayor es el peso de la clase media. Todo esto se desarrolla en sociedades con un sistema capitalista y, hablar de sus orígenes históricos para mí es incierto, más allá de lo que sostienen los manuales. El capitalismo sin duda ha permitido buena parte del progreso actual y del ascenso social, pero que como algunos de sus críticos sostienen también ha sido el gran hipnotizador de las masas e incluso ha revelado ser cruel e inhumano con los débiles. Sus teorías se han entrecruzado con las teorías darwinistas, y las historias que ha protagonizado son terribles e indignas. Hoy se habla de neoliberalismo, un producto de la revolución conservadora liderada en su momento por Margaret Tatcher y Ronald Reagan, dos políticos que hicieron de la mentira un culto. El contrato social que se había establecido en los años de postguerra, con sus más y sus menos, pero que tuvo cierta efectividad, comenzó a modificarse en los años 70 y principios de los 80, profundizándose cada vez más hasta llegar a nuestros días. Su instrumentación ha sido perversa, y esta gran mentira liderada por estos personajes siniestros fue seguida por no pocas élites políticas y sobre todo económicas. Ellas se encargaron de combatir el control político del capitalismo instaurado en el New Deal norteamericano y el Welfare State europeo, con tal éxito que convencieron a las masas que se trataba de un “proceso inevitable”, había que aceptarlo, mansamente, y ver cómo cada uno se las arreglaba para subsistir con sus respectivas familias. Una invitación a cultivar un individualismo extremo y olvidarse de cualquier aventura altruista, al fin de cuentas mucha gente entendió que se trataba del sálvese quien pueda.
Recuerdo que nos decían que era necesario desregular los mercados, eliminar las fronteras, flexibilizar las relaciones laborales y, los que perdiesen el trabajo no debían inquietarse ya que tenían la oportunidad de conseguir otro empleo previa reingeniería laboral (…) Pero todo fue una gran estafa y lo curioso es que algunas élites o think tank siguen repitiendo descaradamente este credo, y aquellos medios que participan de este cinismo les conceden un amplio espacio. Así surgió la cultura de la globalización que apuntaba a convertir el mundo en un gran mercado, pues, se terminaba el proteccionismo tan perjudicial para el libre comercio, desaparecían o se debilitaban las facultades autonómicas, soberanas y regulativas de los Estado-Nación, todas las empresas estatales se privatizaban porque además de generar excesivos gastos eran ineficientes, siendo el resultado final la concentración de la riqueza en una pocas manos. Esto continúa sucediendo y explica sin ambages el malestar globalizado actual que ya no logra tornarse invisible, pese a los esfuerzos maniqueos de ciertos expertos.
La historia revela que la mentira cuando está bien orquestada tiene largo alcance, pero en algún momento se deshace. Millones de personas se sintieron atraídas por estas teorías que eran expuestas por hábiles mercenarios del discurso, algunos con brillantes méritos académicos, y lo curioso es que pese a que esas teorías iban contra sus propios intereses, esas mismas personas al descubrir nuevos estilo de vida quisieron imitar el tren de vida que llevaban ciertas élites, sin darse cuenta que la meta era inalcanzable. En el ambiente fluía el ser “realista”, “pragmático”, deshacerse de todo lo que fuese un obstáculo para la dinámica de esta nueva aventura, comenzando por el credo de los valores universales. En cuanto a la gente de principios, defensora de estos valores, era gente soñadora, idealista, que solo estorbaba. Mientras los mercados profundizaban el consumismo conseguían ampliar la brecha de ganancias de manera inimaginable. Pero hacer negocio, en la práctica (no en el discurso), era sacar ventaja de los otros, incluso recurriendo a ardides. Había que comprar barato y vender caro, no importaba el recurso al que se apelase, de allí que la ganancia fuese en una sola dirección, aunque se dijese lo contrario, y se burlaba el principio de que ambas partes debían ganar. Nunca antes la especulación tuvo tantas oportunidades, nunca antes la economía fue tan desvirtuada por las finanzas al punto que asistimos al surgimiento de una desembozada crematística. Por eso, al amparo de esta ideología, la explotación de hombres y mujeres es cada vez mayor y ayuda a alimentar la tragedia planetaria.
Creo que hoy todos estamos preocupados por el dinero, y también ocupados en ver cómo lo ganamos, pero no por codicia o avaricia, sino porque buscamos tener una vida digna, sin mayores sobresaltos. En fin, no me parece demasiado ambicioso que la gente pretenda tener trabajo, una casa confortable, y disponer de recursos económicos para los estudios de sus hijos, la cobertura de salud, darse algunos pequeños gustos en familia, y hasta gozar de unas merecidas vacaciones. No vislumbro que en estas aspiraciones se persigan lujos superfluos o se alimenten ambiciones desmedidas.
Sabemos que las grandes corporaciones padecen de adicción al dinero y al poder, nada las detiene, y si en el horizonte aparecen obstáculos saben muy bien cómo sortearlos. La globalización capitalista o el capitalismo global siempre despreciaron al sistema democrático, pues, sus intereses corporativos están por encima de los intereses de la sociedad. Daría la impresión de que la voluntad de los votantes ya no cuenta, tampoco el esfuerzo que hace el contribuyente de a pie para mantener el sistema. Mientras tanto la ideología que impera en política es la del oportunismo.
No es posible que para que unos gocen de ciertos derechos denominados “universales” haya que privar a otros de esos mismos derechos, esto es una contradicción. La última gran crisis, la del 2008, causó un daño inimaginable en vastos sectores de distintas sociedades. Y claro, siempre que existe una crisis hay quien se perjudica y quien se beneficia. En este caso y como suele suceder, se perjudicaron los más débiles, es decir, millones y millones de seres humanos, mientras las grandes empresas aprovecharon para incrementar sus ganancias y los bancos a punto de quebrar fueron rescatados con los dineros públicos.
Un amigo me dijo que dijo que la gente no está dispuesta a asumir riesgos para defender una causa ética o social, ya que se privilegia la protección de la familia, el trabajo, el negocio. Estimo que tiene razón, pero yo me preguntaba si podíamos hablar de una ética del capitalismo, de una ética de la globalización, de una ética del multiculturalismo o de las migraciones. Parecería ser que la búsqueda de una moral universal resulta ser una quimera y la preocupación por los valores aflora de tanto en tanto. Podemos discutir en qué consiste la felicidad (aquí me apartaré de los antiguos griegos), y cada uno podrá dar sus opiniones, pero de lo que estoy seguro es que no depende de conceptos abstractos. Para mucha gente la felicidad está en su realización personal, en disfrutar de su familia, así como de su trabajo y de la sociedad en que convive. Los pobres no logran cumplir su sueño de emprendimiento porque para ellos la igualdad de oportunidades no existe, es más, para el sistema son una carga y se los ignora.
Hemos llegado a un punto de quiebre, por cierto peligroso, sobre todo porque quienes están sacando ventajas de esta situación son los ahora llamados populistas que con sus mentiras nos traen los fantasmas del pasado. El Siglo XX fue decepcionante y se cobró miles de millones de víctimas. Sócrates dejó establecido la importancia de formular las preguntas. El Siglo XXI todavía no ha encontrado la forma de hacer las preguntas correctas, antes de esbozar cualquier solución.