El Siglo XXI amaneció con un panorama confuso, pues, muchas de las predicciones acogidas por los medios de comunicación no se cumplieron. Un clima de escepticismo, desesperanza y cinismo, que venía gestándose desde hacía varios años, se consolidó. Las predicciones y proyecciones elaboradas con la caída del Muro de Berlín en materia de política, geoestratégica y cultura, fracasaron. Los intelectuales mediáticos no se cansaron de hablar y vender sus libros sobre aquellos fenómenos que bautizaron “pos”, y que en mi opinión a menudo no pasaron de ser simples o complejas elucubraciones. La postmodernidad, entre otras corrientes, anunciaba la superación de ideas, normas y costumbres que ahora pertenecían al pasado y eran definitivamente superadas, según la bibliografía del mercado. Se anunció el fin de la historia, de las ideologías y de los grandes relatos, que me impresionaron como duelos anticipados, ya que el muerto estaba vivo y gozaba de buena salud. En fin, a veces los intelectuales quieren exhibir una conciencia anticipatoria y, no siempre pueden mostrar lo que otros no alcanzan a ver. En este clima de error y turbación de ánimo, apareció el neoliberalismo. Ahora el mercado dejaba de estar subordinado al Estado, burocrático e ineficiente, y el control de la economía pasaba a manos privadas. Las teorías de Keynes fueron sustituidas por las de Milton Friedman, asesor de los presidentes Nixon y Reagan. En los años 80 con Reagan y Margaret Thatcher comenzaron los “ajustes estructurales” que anunciaron una nueva etapa, donde el bienestar social, los derechos humanos y la democracia se toparon con recortes perversos. Una nueva edad media, una babel globalizada, una moderna esclavitud financiera, denominaciones que señalaban una realidad crematística. Hoy casi todo se puede comprar o vender, hasta lo que ayer era inimaginable. De una economía de mercado llegamos a ser una sociedad de mercado, y cualquier problema social o cívico debe pasar por las leyes del mercado, no por el debate moral. Así se comercializan partes del cuerpo, se compran conciencias, nada escapa a los intereses económicos. Los valores morales se reemplazan con los precios del mercado. Algunos ven en esto la existencia de un pacto fáustico, la exhumación de la leyenda entre el doctor Fausto y el demonio Mefistófeles. No hay duda que existen nuevos escenarios y contextos, nuevos conflictos, dilemas y paradigmas, y nuevas formas de legitimación.
Uno de los problemas más graves del mundo actual es la crisis de las democracias representativas, no solo en América Latina, también en países líderes y que pretenden erigirse en modelo de gobernanza y de convivencia. Es lógico que en un país con millones de habitantes sea imprescindible que haya representaciones, ya que resulta imposible que todos gobiernen. Pero la gran dificultad reside más en sus representantes que en el sistema en sí, más allá de los que la ven la dictadura de la mayoría.
La broma es lo contrario de la seriedad, y al hacer referencia de una enorme y pesada broma no me refiero al sistema en sus reglas, principios y ordenamiento ajustado a la justicia y la razón, sino a los que asumen representaciones y jamás cumplen con lo que prometen, a esa casta de individuos para los que la política es una profesión altamente lucrativa, que además les permite alimentar sus apetitos de poder. También a los que se dedican a cabildear en los parlamentos y tribunales, y los que hacen lobby para que determinadas empresas obtengan jugosos contratos que se financian con dineros públicos. En efecto, me refiero a esos individuos cuyos malos procederes los convierten en seres despreciables. El espectro político actual cuenta con aquellos que les gusta mostrar su poder cuando no su obscenidad, y hasta asumen el papel de moralistas.
La socióloga Dominique Schnapper, hija de Raymond Aron, dice que en los países complejos donde se recurre a referendos continuos terminan tornándose ingobernables. Reparemos en el error que se cometió con el Brexit, fruto del engaño. Scnapper piensa que nunca existió una democracia abstracta y absoluta, en todo caso sí una democracia concreta. Demócrata es quien respeta las instituciones democráticas, no quien se vale de ella para hacer sus negociados o para ejercer la demagogia y el nepotismo.
Plutarco pensaba que aquél que reparte regalos donaciones y beneficios es el verdadero destructor de las libertades del pueblo. El clientelismo es antidemocracia. Por naturaleza y circunstancia la democracia reclama libertad. Desde ya que hasta las democracias que pretenden ser más prolijas no pueden prescindir de ciertas manipulaciones secretas y negociaciones encubiertas, y es evidente que aquí no hay lugar para miradas indiscretas.
Según Confucio a la sabiduría se llega por la reflexión (la más noble), la imitación (la más fácil) o la experiencia (la más amarga). No dudo que el camino de la democracia exige libertad, honestidad y respeto por las minorías, si no se cae en la parodia…
Desde la antigua Grecia la democracia es severamente cuestionada. Claro que entonces funcionaba en una sociedad esclavista, podían tomar parte un número limitado y había participación directa. Platón y Aristóteles desconfiaban, preferían la “sofocracia”.
Para Borges la democracia era una cuestión estadística. De todas maneras, es bien sabida su inclinación por el autoritarismo ilustrado. Recuerdo haber leído en La Prensa, el día que Perón retornó al país, que él prefería una dictadura ilustrada a una dictadura chabacana y populachera. Pero dictadura al fin… Y Perón en su discurso del 19 de abril de 1954 en el Luna Park, dijo que “El pueblo no se equivoca”, como si Hitler y Mussolini, entre otros dictadores, no hubiesen llegado al poder con el apoyo del pueblo. En realidad, los pueblos se equivocan con frecuencia, lo lamentable es que no aprendan de sus errores, y ésta es una desventura a lo largo del devenir histórico. Chesterton decía que lo que está mal, está mal, aunque todo el mundo se equivoque.
La diferencia entre democracia y dictadura para Bukowski consistía en que en la democracia se puede votar antes de obedecer las órdenes, y para Karl Kraus democracia significaba la oportunidad de ser esclavo de todos. Bernard Shaw sostenía que se trata del proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos, y añadía: «La democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente». Y “El sabio de Baltimore”, H. L. Mencken, la definía como el arte de administrar el circo desde la jaula de los monos… En fin, es evidente de que nada de lo que el hombre hace es perfecto.
Hoy por hoy en todas partes se verifica el mismo fenómeno: grandes empresarios, banqueros y centros financieros reclaman una “democracia restringida”. Y para hacerla posible se necesita una presidencia fuerte, un parlamento que funcione como escribanía, una justicia que no irrite al ejecutivo, y una prensa que sostenga el relato oficial. Las medidas de fondo salen por decreto, no por ley. Las movilizaciones populares alteran el orden, pueden poner en peligro la gobernabilidad y por eso se las reprime. A la vista están los gobiernos que financian ONG de dudosa eficacia y transparencia, proyectos faraónicos divorciados de la realidad social, medios comprados por inversionistas privados pero que financian y controlan los gobiernos. Senadores, diputados, jueces, altos funcionarios, tribunales electorales que pasan por ser árbitros imparciales. La corrupción es el lubricante necesario para que las piezas de la maquinaria se deslicen y no rocen produciendo “ruido”. Mientras un clima de nostalgia envuelve a los grandes jugadores que sueñan con volver al glorioso pasado. De ello dan cuenta los ingleses, al igual que “America First”, los hijos de la Madre Rusia, o las reivindicaciones de China, Francia y Turquía, entre otros. Un cineasta desaparecido cuyo nombre olvidé decía que las naciones imperiales han actuado como gánsteres y las sometidas como prostitutas. Walter Benjamín hacía notar que en la tempestad del progreso deberíamos leer también las huellas de la barbarie sobre la que se afirma su continuidad.
En Estados Unidos acaban de suceder dos episodios de terrorismo interno en menos de 24 horas. Jóvenes supremacistas blancos tirotearon a gente inocente, ocasionando decenas de muertos y heridos. Mientras la sociedad revelaba conmoción, su presidente estaba en silencio (contra su natural verborragia) y, permanecía en su cancha de golf… El gran problema serían los inmigrantes latinoamericanos que describe como “plaga”, y se pregunta por qué deben aceptar a inmigrantes de “países de mierda” como Haití, El Salvador y las naciones africanas…; además de proponer prohibir el ingreso de los musulmanes, desestimar los pedidos de asilo, separar a los niños inmigrantes de sus familias en la frontera; todas declaraciones que recogen día a día los medios. No pocos coinciden con su ideario. Y pensar que Abraham Lincoln al referirse a la democracia dijo que nunca aceptaría ser esclavo, pero tampoco amo; esa era su estatura moral. Hoy su lugar lo ocupa un pirómano y, ningún pirómano se convierte en bombero. De allí que el legado de George Washington, Benjamín Franklin, Tomas Jefferson, él se encargue de desvirtuarlo. Toni Morrison, la talentosa escritora afroamericana de exquisita prosa barroca, quien anteayer falleció en Nueva York, decía que “En los Estados Unidos, ´americano´ significa blanco”, y añadía: “La función de la libertad es liberar a otro”.
Mediante el progreso logramos prolongar la vida, pero ésta no deja de ser demasiado breve, ya que casi nadie logra hacer la mayoría de las cosas que hubiera deseado. Por eso necesitamos pensar, sentir, reflexionar… Lamento profundamente que los pueblos no lo hagan a la hora de entregar su voto y, sobre todo luego, a la hora de exigir a rajatabla el cumplimiento de aquello con lo que le arrancaron el voto.