• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos diarios: mayo 22, 2020

Viviendo la cuarentena con lentitud y pasividad

22 viernes May 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hoy es un día que se percibe en el ambiente el olor a geosmina o a tierra mojada, ha llovido, el cielo está gris como el alma de muchos que han perdido toda esperanza. Pienso que para algunos la cuarentena puede llegar a ser una revelación. Tanto tiempo encerrado con uno mismo, teniendo que soportarse, no es fácil. Antes de la cuarentena uno estaba la mayor parte del día fuera, ocupándose de diversas tareas, olvidándose de uno mismo. Ahora todo es diferente, incluso uno tiene que bancarse a sí mismo.

Mi generación, la mítica generación de los 70, aquellos que íbamos a cambiar el mundo, vivía con mucha prisa, al menos eso sucedía con los que éramos ambiciosos En efecto, era una carrera contra el tiempo. Estudiar, graduarse, trabajar, casarse, tener hijos, hacerse lo antes posible de un porvenir, y pienso que todo remedaba una maratón. Mi madre cuando vivía, recuerdo que no se cansaba de pedirme que bajara la velocidad, me recomendaba que cuidase mi corazón. Como sucede con los jóvenes, no les prestaba mayor atención, además las enfermedades eran para los enfermos, no para los médicos. Mi jefe de cátedra solía decirnos que a partir de los 40 años uno comienza a tomar conciencia de su propia anatomía. Recuerdo que Laín Entralgo sostenía que el médico es el único ser que sabe de la muerte pero no cree en la propia muerte.

Claro que ahora por la edad y la jubilación, el sistema imperante (el adjetivo es el correcto) ha decidido que yo forme parte de la clase pasiva, de esos ancianos que merecen cuidados especiales y deben permanecer recluidos en sus casas por la posibilidad del contagio, en una actitud de paternalismo duro que no resulta coherente con las medidas conexas que impone a esta franja de la población, y que a su vez desnuda una gélida hipocresía. Si por razones de fuerza mayor debo salir a la calle, primero tengo que gestionar el salvoconducto. El gobierno ha ofrecido enviar a algún ignoto voluntario a ayudarme con las compras del supermercado, como si uno no pudiera desplazarse por sí mismo en el radio del barrio, usar un barbijo, no tapaboca como incorrectamente se denomina ya que también hay que cubrir la nariz, guardar la debida distancia social (no se refiere a la distancia de clases) y, recurrir al lavado de manos e higiene del calzado cuando se retorna al hogar. No importa que uno esté en pleno uso de sus facultades mentales, ni que pueda correr un colectivo o todavía cumplir con algunos menesteres que el mandato social adjudica solo a los jóvenes… Este impoluto Estado, me considera un minusválido, un incompetente moral, un muerto civil con la excepción de que debo pagar religiosamente los impuestos (hay que mantener el clientelismo y la corrupción) y por supuesto ir a votar. Así estamos de jodidos.

Tengo 71 años, me gradué a los 24, a los 29 me fui con mi familia a vivir a Europa por haber ganado en un concurso abierto de méritos (hoy tiene muy mala prensa la meritocracia) una beca escuálida para estudios de perfeccionamiento. Entonces aquí se vivía la etapa del Proceso y muchos hoy me preguntan si la decisión no obedeció a esa situación. De ninguna manera, la prueba es que volví cuando los militares todavía estaban en el poder (en el exterior la embajada cada tres meses solicitaba informes al servicio donde yo concurría). Siempre creí en la “resistencia interior”. Recuerdo que ya formado en mi especialidad, además de conservar el empleo inicial, era jefe de guardia en una clínica privada, tenía mi consultorio particular, también había defendido la tesis doctoral y aprobado los exámenes de ingreso a la carrera docente. Vendí el auto para pagar los pasajes y tirar allá un poco. Algunos me dijeron que era una locura, que estaba quemando las naves y, yo siempre respondía que iba tras un sueño, que ese era el momento de mi vida para concretarlo y que no lo iba a desaprovechar, pues, otra vida no tendría. Claro que la vuelta no fue fácil, y esos actos de libertad y romanticismo se pagan caro… Gracias a Dios, todos los días sigo levantándome a las 5:30 de la mañana, aunque de estudiante me levantaba media hora antes. Trabajo con el mismo entusiasmo que siempre tuve, quizá porque estoy habituado a hacer lo que me gusta y no lo que otros pretenden. Al respecto, no me canso de aconsejarles a los jóvenes que hagan lo que les gusta, que den rienda suelta a la vocación, y que no tengan temor a las críticas. Una prueba de ello son mis hijos, ninguno quiso ser médico (lo que revela que no tienen afición por el martirio), y no les ha ido mal en la vida. Pertenezco a la clase etaria de los abuelos, tengo dos hermosos nietitos que me brindan felicidad, de cuatro y un año respectivamente, solo a ellos les reconozco el derecho y el privilegio de llamarme abuelo, los otros pueden abstenerse.

No me preocupa la prohibición de ir a la plaza para darle de comer a las palomas y así matar el tiempo hasta que a uno lo llamen del más allá. Después de muchos años de abstinencia he vuelto a ver los noticieros locales, que sólo hablan del coronavirus, en sentido positivo o negativo, según la lealtad del medio, algo similar sucede con los diarios, pero el virus me ha impuesto y he aceptado escuchar las campanas locales, no porque tema que me pongan el rótulo de antipatria, que ya lo han hecho. Antes de este confinamiento monacal, junto a un hedonismo gastronómico e incremento de peso, solo veía la BBC de Londres, la Deutsche Welle y rtv5 france, informativos realmente serios, que me situaban en el mundo, pero los tiempos han cambiado. Unos diez o quince días antes de la cuarentena, estaba en un mítico café porteño, mientras cumplía con mi rito cotidiano de garabatear algunas notas, y vi en el plasma el informe de un periodista de Crónica donde mostraba un gráfico que comparaba el Dengue y el Coronavirus, arribando a la conclusión de que el primero era una enfermedad de la pobreza y el segundo propio de ricos. Estas manipulaciones despreciables son típicas de los pasquines. Por su parte el ministro de salud cuando comenzó la pandemia y le preguntaron por el contagio local, dijo que China estaba muy lejos, lo que sería aceptable si viviésemos en el Medioevo, pero los virus también viajan en avión y llegan a cualquier parte en unas horas. Hoy los mayores contagios están en las villas de emergencia y la gente allí está muy distante de ser rica. Por otra parte, ese mensaje intenta ahondar la grieta social. Yo viajo todos los años en avión y no soy rico, y los laboratorios no me pagan el viaje a los congresos europeos (reconozco que hace muchos años alguno ha tenido la atención), lo pago con el fruto de mi trabajo, de allí que esté pendiente de mis ingresos, comenzando por la jubilación que parecería ser un acto caritativo del Estado hacia la clase pasiva, aquella que no produce nada y parasita a la clase laboral activa. No soy rentista ni vivo de la especulación en la Bolsa. Tengo todo el derecho de indignarme y decir públicamente lo que pienso, porque ya al mes de graduarme estaba en relación de dependencia haciendo aportes, durante muchos años aporté simultáneamente en dos cajas (trabajaba en un hospital por la mañana y por la tarde en otro, sin contar la universidad ni la actividad privada). Hoy como jubilado sigo en plena actividad y pago impuestos en capital y en provincia, así que el Estado no me regala nada… Pero sí tengo conciencia que con mis impuestos se mantiene a muchos vagos que desde hace décadas no trabajan, además de los extranjeros que a cambio del voto todos los meses cruzan la frontera para cobrar sus beneficios del Estado, y muchas otras yerbas clientelares en las que por razones de espacio no me extenderé. Los jubilados fuimos perjudicados con el gobierno anterior y ahora más perjudicados con el actual mediante una medida anticonstitucional (habría que escribir una historia de los ultrajes a la Constitución). Los militantes han adoptado la inveterada fórmula de ser duramente críticos en la oposición, llegando incluso a la violencia, y llamativamente distraídos cuando los suyos están en el poder. Y conste que no llevo agua para ningún molino, siempre fui independiente (independencia que mi padre interpretaba como escepticismo político), me enorgullezco de tener esa libertad y, me identifico con la frase de Nietzsche “Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes”. Por eso desde mi mirador no comprometido con ninguna corriente, y sin ser prisionero de ninguna ideología, sostengo que así no hay futuro posible.

Volviendo al ritmo lento de vida que estamos adoptando de manera obligada, leí una nota que le hicieron a Carl Honoré, autor del best seller “Elogio de la lentitud”, quien decía que nos hallamos inmersos en un taller de lentitud, impuesto, que estamos viviendo una gran desaceleración, y que esta cuarentena que algunos la viven como una pesadilla, puede ser suficiente para que cambie el chip, o sea para que cambien las prioridades. Puede ser, me gustaría que así sea. Él lo ve como un momento epifánico, que podemos aprender lecciones de esta experiencia. Y estoy totalmente de acuerdo cuando sostiene que: “Una sociedad se juzga no por cómo trata a los más fuertes, sino a los más débiles”.

A medida que transcurren los días uno advierte que la situación social cada vez es más trágica. La gente se enfrenta al dilema del hambre o del riesgo a perder la salud, y quizá la vida por efecto del hambre, del virus o de ambos. Confieso que me produce tristeza. Tenemos un 20% más de femicidios (antes se denominaban eufemísticamente crímenes pasionales), aumentó el consumo de alcohol (el antidepresivo más barato), y también se incrementó la automedicación para adaptarse a los imperativos sociales actuales. El encierro prolongado altera la salud mental y esto no se puede ignorar cuando se elabora un protocolo, hay que buscar alternativas que no sean mayormente riesgosas. Me sorprende cuando los que asesoran no revelan una “conciencia anticipatoria”, pues, bástenos con tener sentido común, el que no se adquiere en ninguna universidad. Mientras tanto la clase política se preocupa en aparecer en las fotos (cultura de la imagen) y recurre a las consabidas chicanas, su deporte favorito. Así como los filósofos desde los tiempos de Sócrates se preocupan por dar con la pregunta correcta, a los políticos solo les interesa la respuesta, pero que convenza, aunque sea una mentira.

Yo tengo la sensación de que en la Argentina “vivimos la vida de la marmota”, ya que todos los días convivimos con la misma decepción, esté quien esté en el poder. Hace mucho que decidí no ser cómplice de este sistema perverso. Soy de los que creen que en algún momento de la vida hay que decir: ¡Basta! En efecto, basta de engaños, más allá de que el fenómeno no sea exclusivamente nuestro. Observo el panorama sanitario mundial y, salvando pocas excepciones, compruebo que el relato pretende doblegar al coronavirus, sin advertir que, es, la crónica de una muerte anunciada.

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