• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos diarios: septiembre 17, 2020

Viviendo la cuarentena con improvisación, falta de pericia e inocultable desidia.

17 jueves Sep 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los otros días le comentaba a un amigo que con la pandemia me han aflorado muchos recuerdos, sé que a otros les sucede lo mismo, y extraño los tiempos en que era posible viajar. El virus ha impuesto un nuevo orden, también el cambio climático o la forzosa digitalización acelerada por la política sanitaria. Todo se ha modificado, al parecer nada quedó en pie, pues, existen nuevas dinámicas, es el caso del hogar como aula, oficina, centro de información o hasta banca de legislador. Quien podía imaginar esto. Mientras tanto sobran los que tratan de interpretar lo que vivimos y vaticinar el futuro, claro que nadie tiene el diario del día después.

En estos días estuve leyendo a Giorgio Agamben (¿En qué punto estamos? La epidemia como política). Él hace referencia a la crisis que convulsionó al Imperio Romano en el Siglo III, cuando Diocleciano y luego Constantino decidieron hacer reformas estructurales en la administración, lo militar y la economía, que terminaron en la autocracia bizantina, y sostiene que de la misma manera hoy los poderes que dominan el mundo decidieron abandonar los paradigmas en decadencia de las democracias burguesas. La Gran Transformación, según Agamben, es que esos poderes pretenden imponer como instrumento no un nuevo canon legislativo sino el estado de excepción, o sea la suspensión de las garantías constitucionales. Y ve en esta transformación puntos de contacto con la Alemania de 1933, cuando Hitler sin abolir formalmente la constitución de Weimar, declaró un estado de excepción que se prolongó durante 12 años y que anuló las normas constitucionales que en apariencia seguían vigentes. Agamben señala la existencia de un “terror sanitario” y de una suerte de “religión de la salud”. El derecho a la salud terminaría convirtiéndose en una obligación jurídico-religiosa que debe ser cumplida, cueste lo que cueste. El italiano ve como probable que la “bioseguridad” se convierta en el dispositivo más eficaz, al punto que los ciudadanos acepten limitaciones a la libertad como no habían tolerado durante las dos guerras mundiales ni durante las dictaduras. De allí que Giorgio Agamben nos incite a pensar en una nueva política, muy diferente de las democracias burguesas y del despotismo tecnológico-sanitario.

A pesar de la abrumadora evidencia de la existencia del SARS-CoV-2, no son pocos los que niegan el virus y procuran difundir su creencia en las redes y en la calle. Los movimientos antivacuna surgieron hace 150 años en Inglaterra frente a la vacunación obligatoria contra la viruela, erradicada gracias a la vacunación masiva, sin embargo en Francia, país considerado líder en esta tesitura, un estudio del año pasado reveló que uno de cada tres franceses no creía que las vacunas fuesen seguras. Una encuesta reciente mostró que el 43% de los italianos no estarían dispuestos a vacunarse, quizá muchos esperan a que lo hagan otros y ver cómo les va. Brasil, con más de 4 millones de infectados y más de 128.000 muertos declarados (detrás de los Estados Unidos), también una encuesta reciente descubrió que el 25% se resiste a la idea de vacunarse para prevenir el Covid-19. En fin, más allá de los negacionistas y de los escépticos, que siempre los hubo y habrá, estamos ante un escenario complejo que invalida las utopías y los discursos triunfalistas cimentados en la promesa de una vacuna que mágicamente terminará con la epidemia, sin considerar que hay que remontar la inevitable realidad del tiempo y los posibles efectos secundarios.

Desde el poder se ha creado un clima donde a diario nos saturan con estadísticas no del todo claras, con cantidad de muertos y camas de UTI ocupadas. Daría la impresión de que las únicas muertes son por Covid-19 y, uno se pregunta qué pasó con los que mueren por cáncer, infarto cardíaco, accidente cerebrovascular, incluyendo los suicidios motivados por la depresión ante la ruina económica de vidas y familias. Por otro lado, en las redes las teorías conspirativas siembran dudas no solo sobre la vacuna, también acerca de la democracia como sistema. Un panorama que exige información correcta, contención emocional y políticas que nos permitan seguir adelante con medidas de protección que minimicen el inevitable riesgo de contagio.

Está claro que una vacuna no es eficiente si no protege al conjunto de la población que potencialmente puede contagiarse. Los expertos también debaten acerca de a quién vacunar primero y cómo sería la asignación de vacunas a nivel global. Lo razonable es que la reciba primero el personal sanitario por su alto grado de exposición y la población vulnerable por su menor capacidad de respuesta inmunológica. Las naciones que la producen así como las que ya la compraron e incluso acapararon más de las necesarias, sin duda tendrán la ventaja. Qué duda cabe que entre las naciones priman los intereses a la hora de tomar decisiones y hacer negocios, pues, la realpolitik está al margen de premisas éticas y morales. Por eso los países pobres tendrán que esperar la donación y, los que sin ser pobres carecen de recursos para comprar millones de dosis, estarán en una especie de limbo.

En este parque temático surgen políticos oportunistas, mercaderes, espías y hackers que contaminan el ámbito de la investigación científica, junto al imperialismo de las grandes farmacéuticas y el nacionalismo en la fabricación de vacunas. Es lamentable que en un tema tan sensible para la humanidad haya aflorado un pragmatismo de cuño crematístico. Por todo ello, pasada la pandemia muchas cosas cambiarán, pero no las pasiones humanas.

La forma de explicar la complejidad social varía de cuando se está en campaña y no se tiene responsabilidad en la gestión, a una vez en el gobierno. En la causalidad de los problemas, lo malo se proyecta afuera y la autocrítica no existe. En estos días se critica la opulencia de CABA, el capital concentrado en pocas manos, el egoísmo de los miserables empresarios, la falta de solidaridad de los ricos, los que salen a la calle a manifestarse (no los que pertenecen a la propia tropa). El gobierno descalifica a los que protestan y no aceptan el discurso hegemónico, habla de la gente de bien y, en realidad la gente de bien, es, la que actúa bien. La Argentina sigue siendo hoy, más que nunca, carne de diván. Y coincido con el italiano Loris Zanatta cuando dice que: “El Presidente somete los hechos al relato en lugar del relato a los hechos”.

Vivimos días tormentosos, en que asistimos a las tomas de tierras y al motín policial de la bonaerense, entre otros graves problemas. La pandemia ya no es el único tema mediático. Nací y viví en La Plata hasta que me fui a vivir a Europa, pero soy hijo de porteño. Conozco muy bien los problemas de la Provincia, por más de 15 años fui médico de hospital público, y sé que muchos problemas vienen desde antes de que yo naciera. Ahora bien, de los últimos 33 años de vida democrática, el partido en el poder gobernó durante 29 años… No sé si CABA está bien gestionada, pues tengo algunas críticas, pero basta desplegar una mirada inteligente para advertir que está mucho mejor gestionada que la Provincia e incluso la Nación. Y conste que no quiero entrar en ese juego estúpido de conurbano versus capital, así como del campo versus la industria o unitarios versus federales. La eterna búsqueda de un chivo expiatorio para ocultar la ineptitud propia es un clásico, de los unos y de los otros.

CABA declara que aporta el 22% del PBI y recibe el 3,5% de la coparticipación, es decir, de cada 100 pesos que aporta recibe 15. Qué pasa con varias provincias del interior que reciben mucho más de lo que aportan o de las que son eternos sultanatos donde la producción es escasa y su aporte al PBI no llega al 1%, siendo el empleo público el mayor medio de subsistencia de la población, necesitando permanentemente la asistencia del gobierno central. Son provincias pobres cuyos gobernantes parecen estar muy cómodos con esa situación, cuando tienen potencialidad para desarrollarse y terminar con la pobreza, incluyendo dádivas electoralistas.

El mecanismo de la coparticipación es discrecional, no tiene nada de solidario, en todo caso le permite al monarca de turno repartir los dineros públicos como le dé la gana. Hoy el 80% de los ingresos están en manos del gobierno federal, y no es coherente en un país que se dice “federal”. Creo que a la pandemia, más allá de los males que nos ocasiona, debemos agradecerle que descorra los velos de la ignorancia, resquebraje los decorados de la fantasía ideológica, y que muchos se den cuenta que éste fue, ha sido y es un país unitario, donde la trampa está a la vuelta de la esquina. Lo correcto sería que cada provincia cobrase sus impuestos y se autofinancie, lo mismo debería hacer la Nación. Así tendríamos un federalismo.

Franco “Bifo” Berardi sostiene que la generación que está creciendo tiene como destino la fobia, la soledad, el miedo, la depresión y, añade que en Italia durante la pandemia el suicidio juvenil se ha multiplicado cuatro veces. De allí que sostenga que la generación futura caerá en la trampa de no tener autonomía psíquica. Debido a que el Covid-19 cuando mata lo hace por asfixia, él habla del “colapso respiratorio de 2020”.

Berardi me recuerda a Marcel Proust, quien era asmático como “Bifo” y se caracterizaba por las frases largas. Walter Benjamin dijo que en Proust su sintaxis imita rítmicamente su miedo a la asfixia, por lo que dudaba si fue el asma la que penetró en su arte o sucedió lo contrario.

Berardi encuentra una relación entre la poesía y la respiración, por ello cree que debemos buscar el ritmo de esta época apocalíptica que nos toca vivir, encontrar su historia y difundir un ritmo armónico. Y aclara que cuando habla de una crisis respiratoria no lo hace en sentido metafórico, pues alude también a la contaminación del aire. En efecto, bástenos comprobar los hielos derritiéndose, el incendio de los bosques, el avance de los desiertos o las metrópolis asfixiándose… El coronavirus actúa como un recodificador, en primera instancia del sistema inmunitario de los individuos y luego de los pueblos. El Covid-19 se ha convertido en un acelerador de los tiempos y la subjetividad social está afectada. Señala que la demanda de mercancías no es solo un efecto económico, también es un efecto psíquico, y subraya que se necesita la movilización de energías psíquicas que ya no existirían. Por eso considera que ante la falta de aire, la terapia estaría en la poesía como ejercicio de respiración para lograr sobrevivir. En fin, es evidente que la explicación del colapso de la sociedad planetaria no puede ser atribuida exclusivamente al virus, es multicausal. Entiendo que ante estas observaciones y reflexiones a muchos les surjan dudas, en buena hora, porque como decía Borges: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”.

No me canso de repetir que los que ignoran la historia que nos precede cometen errores con más facilidad. Además, hay políticos que tienen una capacidad inagotable para crear conflictos y jamás los resuelven. No es casual que tengamos instituciones precarias, que las normas elementales no se respeten y que exista improvisación en la toma de decisiones. Me preocupa que la improvisación, la impericia y la desidia, además de la corrupción estructural, nos estén destruyendo como país. La fatalidad se ha convertido en un estigma de la realidad y lo previsible termina por ser inevitable…

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