Las revoluciones raramente surgen de manera espontánea, pues, suelen ser precedidas de un largo período de fermentación social que a veces llega a durar varias décadas, como sucedió con la Revolución Francesa. Y desde la Revolución Francesa la gran mayoría de estas revueltas tuvieron entre sus filas a cuadros intelectuales, siguieron el pensamiento de un ideólogo, o adoptaron el catecismo de un pensador radicalizado, ya que es necesario e imprescindible un discurso convincente que logre convertirse en símbolo de la anhelada conquista del poder. Por eso entre las bambalinas siempre hay algún pensador que al igual que el compositor musical, compone la partitura que ejecutarán los líderes del movimiento revolucionario.

La Revolución Francesa fue hecha por gente que rondaba los 20 años y más allá de sus excesos o algunos desvaríos, lograron cambiar la historia en sentido positivo. Claro que en aquella época la vida era más corta, la adolescencia breve, y a diferencia de lo que acontece en nuestros días, la situación imperante obligaba a madurar muy rápidamente.

Las revoluciones muchas veces son como esas tormentas que se gestan en silencio, desde adentro, que nadie las ve venir, y que el día menos pensado explotan sin poder advertir cuál será el resultado final. Un fenómeno de nuestros días son las rebeliones sociales, muchas de ellas con gran violencia y que se verifican en diferentes partes de los cinco continentes. Los motivos son diferentes, pero llama la atención que cuando la gente sale a la calle para reclamar por un motivo y, luego de días de lucha con el gobierno, éste termina cediendo, los manifestantes no se desmovilizan, siguen en la calle ahora reclamando por otros derechos. En estos movimientos populares no hay detrás partidos políticos, tampoco ideologías, y no se identifican líderes, de allí que se hable de anarquía.

En ocasiones las revoluciones son como la gota que rebalsó el vaso luego de un prolongado período de descontento y desobediencia social, resistencias individuales y rebeliones populares.

En el combate discursivo algunos teóricos apelan a ciertas abstracciones como la burguesía, el colonialismo, las políticas paternalistas o el imperialismo. Sin embargo, la realidad es que muchos se quedaron con los símbolos, las ceremonias, los eslóganes, en fin, la escenografía y el merchandising, y de allí no pasaron. En efecto, creyeron que la “mise en scène»  era suficiente para posicionarse ventajosamente. La mimesis revolucionaria es tal que algunos intelectuales y militantes se ponen la boina del Che Guevara (que Ernesto compró en La Favorita de Madrid, en la Plaza Mayor) o el uniforme color caqui de Fidel, y ya se sienten revolucionarios. Es común que seguidores de estos iconos revolucionarios desconozcan la historia que protagonizaron, y revelen ideas y expresiones confusas, inconexas o desordenadas.

Por otra parte, qué gobernante no llega al poder prometiéndole a sus votantes una revolución que cambiará el estado de situación de la Nación, o asegura que reconstruirá el país que según él fue arruinado por quienes lo precedieron y que todo lo habrían hecho mal. En fin, rebelarse significa romper con el poder, y ser revolucionario implica sublevarse violentamente contra el Estado en busca de la libertad.

La política globalizadora que se instauró desde hace algunas décadas, permitió privatizar empresas estatales a cualquier costo sin importar los daños colaterales ni el tendal de víctimas que ocasionaba, y más allá del marketing neoliberal, dejó en claro que los mercados no se regulan solos. El disgusto, el mal humor social que produjo fue, ha sido y es el fermento para que surjan líderes populistas y autoritarios que hacen un culto del oportunismo. Los ejemplos hoy dan la vuelta al mundo.

Para Saramago, quien falleció hace más de una década, la necesidad de reconocer al otro y de luchar por los otros, es, condición fundamental para el que pretende ser verdaderamente humano. Y entonces decía que el estereotipo Hitler o Mussolini va a ser reemplazado en el futuro por hombres, también fascistas, que hablarán de la familia, la bondad, las buenas costumbres, la religión y la ética. En otras palabras, hablarán de lo que las mayorías ansían oír, sin embargo la historia volverá a repetirse. Y su predicción se hizo realidad. Por su parte Víctor Hugo decía: “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho”.

Byung-Chul Han dice que con el neoliberalismo donde la consigna ahora es que el individuo sea feliz, se lo distrae del dominio, obligándolo a una introspección, de donde surje que no habría que mejorar las situaciones sociales sino los estados anímicos. Sostiene que la exigencia de optimizar el alma obliga a adecuarse al poder y se ocultan las injusticias sociales. La psicología positiva finalizó con la revolución, al punto que en el escenario ya no aparecen los revolucionarios sino los “entrenadores motivacionales” cuya tarea es evitar que aflore el descontento, menos el enojo. Existe una anestesia social que impide la reflexión y el conocimiento, también reprime la verdad. Para Byung-Chul Han la sociedad neoliberal del rendimiento (la clave estaría en el rendimiento), nos induce a auto-exigirnos, a auto-explotarnos, incluso auto-esclavizarnos. El cansancio es apolítico en la medida que representa el cansancio del yo, siendo la profilaxis más efectiva contra la revolución.

Antes las revueltas se pergeñaban en ciertos cenáculos elitistas o en los cuarteles, también en las fábricas o las universidades, pero en nuestros días se proponen en las redes sociales, para terminar haciendo eclosión en la calle.

Ciertos líderes políticos y militantes, asumen hoy como ayer una actitud altanera al pretender enseñarle a cada quien cómo vivir y qué debe pensar… En ciertas oportunidades lo hacen con una retórica paternalista, como el buen padre aconseja a su hijo, pero no nos dejemos engañar, en el fondo subyace un crudo autoritarismo, y lo sorprendente es que terminan siendo votados, por carisma, clientelismo, fraude, o quizás por una combinación de ellos.

Los recursos económicos de un Estado provienen fundamentalmente de los contribuyentes, son “dineros públicos” que deben administrarse con criterio y transparencia. Es imprescindible el control de organismos independientes, y por supuesto que de alguna manera quienes pagamos impuestos tengamos derecho a un informe detallado, pues, en última instancia es dinero que sale de nuestros bolsillos. Por otra parte, los fondos públicos no pueden ser fondos secretos y, los ciudadanos deberían tomar conciencia de esta situación anómala, como también conocer la voluntad del contribuyente y la exigencia de equidad. Ser ciudadano es tener conciencia crítica y exigir por sus derechos. Claro que muchos se resignan a mirar al costado como si los recursos fuesen ajenos ya que el gobierno de turno los usa de manera discrecional en función de sus intereses partidarios, lo que constituye una usurpación. En fin, en este clima comienzan a agitarse los ánimos y se cocinan las revueltas.

El Estado debe garantizar las condiciones mínimas que posibiliten la vida digna de todos sus habitantes, sean documentados o indocumentados, y si los gobernantes no son capaces de gestionar con eficiencia o son superados por la situación compleja, deben renunciar por motu proprio, si no el pueblo tiene el derecho y el deber de exigirles que se vayan. Pero claro, ese es mi deseo y, ya se sabe que el sistema siempre logra bloquear los deseos.

Gilles Deleuze no cree en los gobiernos de izquierda porque para él, gobierno e izquierda son términos contradictorios. Es probable que tenga razón, pues a lo sumo podemos esperar un gobierno que acepte las exigencias o las reivindicaciones que esgrime el clásico discurso de la izquierda, del que hoy se ha apropiado la derecha, con lo cual estas categorías quedan desdibujadas El sistema procura mantener a la gente ocupada, entretenida, y elabora día a día la agenda pública según sus intereses.

Con muchos revolucionarios sucede algo curioso, si vencen terminan instalando un régimen con toda la parafernalia del terror, pero si pierden claman por las libertades y se convierten en defensores de los derechos humanos. Hace unas décadas, recuerdo, un líder guerrillero centroamericano, ya alejado del movimiento insurreccional hizo una autocrítica que me sorprendió, pues, dijo que los dictadores que combatieron y derrotaron, vivían en lujosas mansiones y conducían automóviles Mercedes Benz, pero ya en el poder ellos se instalaron en sus mansiones y condujeron sus automóviles… En fin, es evidente que algunos critican los privilegios por la envidia que les produce no formar parte del grupo de los privilegiados.

Los tiranos saben que a las masas hay que sojuzgarlas mediante el terror, esto explica que los pueblos soporten durante décadas la pobreza, el oprobio, la humillación, porque le temen a la crueldad del amo. Sin embargo hay momentos en que la ecuación se invierte, entonces los individuos salen a la calle y ponen el cuerpo, quizá porque ya no tienen nada que perder.

Sandor Marai (a quien la ocupación comunista de su país lo tildaba de “burgués”), solía aludír a la pretendida falta de responsabilidad del grupo indefenso, al pueblo que era azotado por la dictadura y que no se atrevió a reaccionar de modo apropiado en el momento justo. El escritor húngaro, que era profundamente humano, terminó reconociendo que se trataba solo ciudadanos, no de héroes.

Primo Levi (que fue recluso en un campo de concentración de Polonia), habló de los que tuvieron que pasar por Auschwitz y, pensaba que había que mirar a los sobrevivientes y no a los torturadores para procurar entender el naufragio moral en que se sumió la Humanidad, pues, ya sabemos la maldad que cometen los torturadores. Los que fueron llevados contra su voluntad a los campos de concentración tuvieron que vivir lo impensable y ser partícipes del horror. Levi se oponía a que fueran tratados como héroes ya que carecían de la grandeza de los partisanos, aunque sí reconocía que eran seres inocentes. En fin, Levi relató tantas veces esta historia, y lo hacía en nombre de los que ya no podían hablar, al punto que llegó a decir que se había convertido en un “superviviente de profesión”, que era “casi un mercenario”. Finalmente Primo Levi se suicidó en 1987, Sandor Marai lo hizo dos años después.