Jacques Attali piensa que la vida antes nos condujo a la catástrofe actual y por eso no podemos volver a ella. En la pandemia de gripe H1N1, que la recuerdo muy bien por haberla vivido como médico de hospital, él como tantos otros advertíamos sobre la posibilidad de nuevas pandemias, pero la política circula por otro carril.

Es cierto que mucha gente tomó conciencia de los peligros del clima y, ahora con la pandemia toma conciencia de la higiene. Attali dice que hoy no se quiere ver la realidad, existe una mentira generalizada en todas partes, pues los líderes se equivocaron y cayeron en el grotesco al repetir que lo hicieron bien y que reaccionaron de manera adecuada, cuando todos sabemos que no fue ni es así.

La vida anterior no tenía ninguna preparación para hacer frente a riesgos como esta pandemia, y eso fácilmente se pudo comprobar. Hoy se sigue contaminando y creando las condiciones para un nuevo desastre climático y no hay una inversión fuerte que esté destinada a la investigación e innovación. Por eso Attali opina, con razón, que resulta delirante la industria textil como la petrolera, la automovilística o la del plástico, y pronosticar nuevas catástrofes no me parece aventurado. Hasta que apareció la pandemia no pocos negaban la muerte, una abstracción que condujo a no invertir en salud, menos en las generaciones futuras. De allí que yo me pregunte: ¿De qué altruismo hablamos? ¿Acaso eso es solidaridad?

Jean-Luc Nancy, por su parte, cree que diversos temas definen lo humano, como sucede con la realidad social, la economía, la tecnología, las enfermedades por caso el Covid-19, la muerte, el sexo y el arte. Y menciona los límites de la civilización actual, al extremo que existiría (el modo potencial es mío), la posibilidad de que la vida humana este llegando a su fin, aunque aclara que es un proceso que llevará siglos. Claro, esto bien podría explicar que a ciertos líderes les importe un comino el futuro, ya que cuando llegue ellos no existirán… Nancy fundamenta esta hipótesis en que existe conocimiento suficiente para afirmar que el sistema solar, dentro del cual está la vida en el planeta tierra, llegará a su fin. Y más allá del coronavirus, se pregunta de qué enfermedad es víctima la sociedad actual. Muy buena pregunta. Sostiene que desde hace varios años la civilización está llegando a su fin y vaticina que la futura civilización transformará la metafísica al no necesitar a un dios que le dé sentido, además deberá examinarse nuestro actual sistema de valores, pues, somos tan iguales como indiferentes, y, dependemos del dinero.

Nuestra civilización siempre tuvo un modelo de narrativa del mundo y, desde hace un tiempo, Dios habría muerto según Nietzsche. Por eso se debería concebir la idea de una civilización, una sociedad, carente de principios… Pero un hecho importante es la circulación de verdades individuales y opiniones que pretenden ser equivalentes a la información, y esto revela la irrupción de lo viral. En efecto, reparemos que desde hace años entre nosotros se habla de “viralizar la información”.

Nancy establece los ámbitos de la filosofía y la política, ya que la política se basaría en el cálculo de lo posible mientras que la filosofía a menudo está más allá de lo posible. Rousseau fue el gran pensador de la democracia pero lo aislaron de la política pese a que fue una fuente de inspiración para la Revolución Francesa. Al igual que otros pensadores sostiene lúcidamente: “Si hay algo que nuestra civilización no puede realmente integrar es la muerte”. Para él lo malo de esta civilización es el deseo y la voluntad de producir. Hoy se consume el trabajo de la gente, así como el tiempo y el talento de la gente. El hombre se produce a sí mismo sin darse cuenta en que también deviene un producto. Apoya a Giorgio Agamben cuando critica a una sociedad que entiende a la salud como un bien de consumo. La enfermedad, el infortunio (la vida que se piensa a sí misma y hace sufrir la existencia) y la maldad o el maleficio son las tres formas del mal. Durante el Siglo XIX se impuso la pulsión del progreso y, éste revela una capacidad de maldad para Nancy.

Byung-Chul Han dice que el coronavirus actúa como espejo de nuestra sociedad, ya que refleja la sociedad en que vivimos, donde la supervivencia adquiere carácter absoluto como si se tratase de una guerra. Entiendo que el término “supervivencia”, que reiteradamente menciona en su libro, es incorrecto, tal vez obedezca a la traducción, en realidad debemos hablar de “sobrevivencia”, pienso que a eso se refiere, y en adelante lo sustituiré.

Byung-Chul Han sostiene que la “sociedad paliativa” que hace todo por prolongar la vida, es, la “sociedad de la sobrevivencia”, materializada en la cuarentena con el incrementa del miedo a morir. Menciona la algofobia, que como sabemos es la aversión al dolor, muy común en los ancianos, pero que sin duda cualquier individuo puede experimentar. Claro que obtener placer con el propio dolor o el ajeno ya es una perversión patológica (la algolalgia no es sinónimo de masoquismo). El filósofo coreano-alemán piensa que la algofobia, es, una tanatofobia.

La pandemia con la cantidad de muertes que ocasiona diariamente volvió a tornar visible la muerte, la que se refleja en los medios de comunicación cotidianamente, generando temor cuando no pánico. Es más, la situación actual con respecto a los que fallecen por Covid-19 ha modificado el modelo antropológico de buena muerte que teníamos, dando paso a una muerte deshumanizada, porque los pacientes mueren solos, sin que ningún ser querido les tome la mano o tenga la oportunidad de despedirse, quizá solo bajo la mirada piadosa del personal de salud. Últimamente esta situación está cambiando ya que los servicios introuducen las videollamadas y la presencialidad con ulterior confinamiento, para acompañar al paciente y hasta para la despedida final (muerte digna).

La gente termina por aceptar sin hacer preguntas la restricción tajante de aquellos derechos que son fundamentales. Y el filósofo piensa que bajo ese estado de excepción viral las personas se condicionan voluntariamente a la cuarentena, mientras la virología, que tiene la última palabra, hoy sustituye a la teología: la resurrección es suplantada por la ideología de la salud y la sobrevivencia. En esta narrativa la vida gira en torno a la sobrevivencia.

Es interesante cuando Byung-Chul Han hace referencia del capitalismo, porque advierte que allí no está la narrativa de la vida buena, pues, se acumula capital para huir de la muerte. En esta sociedad donde surge la histeria por sobrevivir, su intelecto dibuja una sociedad de “muertos vivientes”. Y compara la pandemia con el terrorismo, porque en aquellos lugares públicos como los aeropuertos, a todo el mundo se lo trata como si fuese un terrorista, que si bien no porta un chaleco con explosivos, si potencialmente porta un virus.

Para Slavok Zizek la “filosofía estatal” promovería la investigación científica y el progreso técnico, pero por otro lado limitaría cualquier impacto social y simbólico que suponga una amenaza al conjunto teológico-ético. Considera que los más cercanos son los neokantianos y, Kant según Zizek, aborda el problema de garantizar (sin perder de vista a la ciencia de Newton) que la responsabilidad ética quede exenta del alcance de la ciencia, limitando el alcance del saber para crear un espacio de fe y moralidad. Al respecto, Zizek se pregunta cómo limitar a la ciencia su horizonte de sentido, y a la vez denuncia como ilegítimas sus consecuencias ético-religiosas.

Zizek piensa que Habermas se esfuerza desesperadamente en evitar el hundimiento de nuestro orden ético-político establecido y lo llama el filósofo de la re-normalización. La filosofía del futuro sería la integración consumada. Lo contrapone a Sloterdijk quien no teme “pensar peligrosamente”, tampoco cuestionarse los supuestos de la libertad y la dignidad humana, nuestro Estado de Bienestar liberal, entre otras cosas. En fin, sería una orientación del mal siguiendo a Heidegger, porque lo peligroso es el propio pensamiento que tiene que pensar contra sí mismo y rara vez lo puede hacer. En tanto y en cuanto el pensamiento es pensar libremente y “contra sí mismo” desde el pensamiento convencional, es malvado. Zizek cree que es fundamental persistir en esta ambigüedad como la tentación de encontrar una salida fácil a través de alguna “medida adecuada” entre los dos extremos de la normalización y el abismo de la libertad. Se pregunta si en esta disyuntiva debemos escoger un bando, entre “corromper a la juventud” (me recuerda algo muy socrático) o garantizar una estabilidad primordial.

Nosotros vivimos en un mundo capitalista y globalizado donde desafiamos nuestros supuestos más íntimos de una manera más violenta que las especulaciones filosóficas más insensatas, por eso la tarea del filósofo ya no es socavar el edificio simbólico-jerárquico de la estabilidad social sino que los jóvenes perciban los peligros crecientes del orden nihilista que se presenta como el dominio de las nuevas libertades. En esta época ya no hay tradición en qué basar nuestra identidad, no podemos ir más allá de la reproducción hedonista. El nihilismo actual, que él define como, “el reino del oportunismo cínico acompañado de permanente ansiedad”, le legitima como la liberación de las viejas represiones: disponemos de libertad para reinventar nuestra identidad sexual, cambiar de trabajo o de profesión, y nuestra orientación sexual. Todas estas libertades quedan ordenadas por el sistema en que funciona la “libertad consumista”, pues, la posibilidad de escoger y consumir se convierte de manera imperceptible en la obligación de consumir del superego, en psicoanálisis freudiano conciencia moral integrada por el yo ideal (lo que quiero ser) y el ideal del yo (censura e imperativo moral que juzga y determina los propios pensamientos y acciones). Perdón pero no soy psicoanalista, tampoco filósofo. Lo cierto es que para que esto funcione se necesita de la aceleración, porque si se frena somos conscientes de la falta de sentido de todo el movimiento. Este Nuevo Desorden Mundial según Zizek, esta civilización sin mundo que emerge gradualmente, afecta a los jóvenes quienes oscilan entre la intensidad de vivir plenamente (goce sexual, drogas, alcohol, violencia) y el ansia de triunfar (estudiar, ser profesional, ganar dinero). La transgresión permanente hoy se ha convido en norma.

Desde mucho antes de la pandemia veníamos criticando el orden mundial, el sistema imperante y la necesidad de tomar conciencia de que el rumbo era equivocado. En efecto, no podíamos caer en el conformismo por más que a uno le fuese bien, habiendo en el mundo tanta desigualdad, hambre, falta de oportunidades, odio y guerras de todo tenor. Quizá habría que darle razón a Dante cuando decía: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe.”