Nunca estuve de acuerdo con la frase: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, frase que además de ser un lugar común, adjudicada a diferentes intelectuales, desde el aristocrático Joseph de Maistre hasta el revolucionario José Martí, no me parece justa. Tampoco considero correcto que se hable del “pueblo” como si se tratase de la totalidad de los habitantes dándole el sentido de una masa homogénea, pues, es ignorar las diferencias significativas entre los distintos grupos sociales y tribus que componen cualquier país. Sin dudas éste es el concepto abstracto al que apelan los demagogos y las dictaduras, que bien saben cómo hacer callar a los disidentes, dejando muy atrás el concepto de ciudadanía. Creo que a lo sumo podemos hablar de mayorías habilitadas para votar, porque los niños y los adolescentes no cuentan, tendrán que esperar que les llegue el momento. Recuerdo que yo era un niño que aún no había entrado en la adolescencia cuando ya discutía de política con mis mayores, les hacía preguntas incómodas y, un tío lejano me decía que por ser chico no podía entender la política, de esta manera como ahora dicen me clausuraba. Con los años comprobé fehacientemente que el que no entendía era él. A veces los niños tienen la clarividencia que no tenemos los adultos y nos señalan el error.
Que un 35, 50 o 75 por ciento vote a un partido político de ninguna manera representa a todo el pueblo, ya que el por ciento restante que se pretende ignorar también forma parte del pueblo. Quienes descreen de la democracia piensan que las minorías no deberían tener los mismos derechos, ni propalar sus reclamos o explicitar críticas, en todo caso deben aceptar mansamente una muerte civil decretada por el poder y avalada por una mayoría. Pero qué sucede cuando la mayoría de los votantes decide no concurrir a votar, o si lo hace vota en blanco, el poder mira hacia otro lado, la clase política no se da por aludida, se rehúsa considerar el acuse de recibo, en otras palabras, el mensaje es desoído.
No importa el agotamiento, la ansiedad, las crisis de pánico, los trastornos del sueño y de la alimentación que ha producido este encierro injustificadamente interminable, como día tras día venimos registrando los médicos. Hubo parejas que rompieron su vínculo no sé si por el virus o por la convivencia en la clausura; miles de empresas quebraron y dejaron un tendal de víctimas; seres humanos que fallecieron en una soledad no buscada e indigna; pobreza y hambre como jamás se habían registrado; deserción escolar y una larga lista de daños de todo tipo que tratan de ocultarse, cuando no adjudicarlos a los otros (incluyendo el virus) o simplemente ignorarlos… En fin, mucha tristeza. Alguien dijo que el virus nos despojó de la posibilidad de mentir, es posible, pero está claro que no a los políticos ni a los que ejercen el poder.
Continúan implementándose medidas que jamás se tomarían en un país normal y, a los que no están de acuerdo o expresan sus críticas se los desacredita o estigmatiza. El pensamiento y la voluntad de los ciudadanos que somos independientes y carecemos de contaminación ideológica no existe en esta inveterada lógica binaria. Claro que el mal humor social no sería tal, en todo caso lo fabrican los medios y los opositores, que no es el pueblo y mucho menos gente de bien. La realidad, la única realidad, es la que nos cuenta el poder de turno, que no tiene “puntos ciegos”. De esta manera, los delitos de unos son los errores de otros, las excepciones se convierten en reglas, las creencias en certezas, los hechos anecdóticos en axiomas, las doctrinas se descontextualizan y, todo termina en un relato de alcantarilla.
Tirios y troyanos se arrojan los dardos envenenados de las culpas por los desastres que se van sucediendo sin interrupción, gobierno tras gobierno, década tras década, mientras descendemos como por un tobogán que nos conduce al infierno. La autocrítica fue, ha sido y es la gran ausente. Y claro, ninguno de ellos es culpable, pero ahora dicen que “todos somos culpables”.
Desde la década del 70, mis amigos y colegas extranjeros suelen preguntarme por la Argentina, no entienden qué sucede, y siempre les digo que es como una enfermedad crónica, autoinmune, ya que sin necesidad de un agresor externo el sistema inmunitario ataca al propio organismo y sus tejidos, dañándolo e incluso comprometiendo su existencia. A uno de ellos que vive del otro lado del Atlántico, que no entiende esa recurrente actitud autodestructiva y que no se cansa de decir que tenemos un país rico, le envié “El Gaucho Martín Fierro” (1879) de José Hernández, y también el tango “Cambalache” de Discépolo, compuesto como denuncia a la Década Infame (1930-1943) y censurado por inmoral entre 1943 y 1949.
Cuando me enteré de que en 1895 la Argentina tuvo el PBI per cápita más alto del mundo, no sé si esa información es incontrovertible, confieso que quedé atónito. ¿Qué pasó? Si observamos los hechos que se han sucedido en estos 125 años, tenemos que aceptar que se trata de un escándalo único en el mundo. Sobre el tema hice varias consideraciones en mi libro “La Espera de la Esperanza”, publicado al año siguiente de la crisis del 2001. En efecto, una Argentina que se ha dedicado a fabricar crisis, produce pobres, enemigos acérrimos, y relatos que amplios sectores de la población consumen como si fuese agua. Víctor Hugo pensaba: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y por su parte Mahatma Gandhi sostenía que, “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”. En fin, me gustaría decir que es hora de que cada uno escuche su conciencia y actúe en consecuencia, que a la hora de emitir su voto lo haga responsablemente y sobre todo asuma las consecuencias, pero sé que mi planteo es solo un deseo, tal vez por aquella frase que, los canallas siempre duermen en paz.
A decir verdad, uno ya está harto de tantas obviedades irrepetibles y de tantas máximas desconcertantes, como también de los artículos de fe en la política y de las moralinas que ésta produce con la intención de intoxicar. Muchos viven entre la ignorancia y la desmemoria, algo que es de suma utilidad para la clase política y para aquellos que han cometido todo tipo de tropelías, que viven reinventándose, pues, el tiempo pasa y siempre los hallamos en medio de la degustación de poder.
Hoy tenemos la moda de los asesores, sobre todo los surgidos con la pandemia, y nos olvidamos que éstos tienen responsabilidades porque no solo aconsejan al príncipe, también planifican y escogen entre diferentes alternativas, y cuando el príncipe no los escucha o ignora, su deber moral es irse. Pues bien, los asesores que fueron de la primera hora y colaboraron con el relato, luego de un año y medio comienzan a convertirse en los críticos de la última hora… Otra expresión del teatro argentino del absurdo.
Cuando un país está compuesto por cientos de miles o millones de habitantes resulta imposible gobernar si no existen varios representantes de amplios sectores de la población y, surgen los partidos políticos que tratan de alinear sus consignas a la gente para alcanzar el poder, por un lado con una crítica vociferante y por otro prometiendo lo que harían en el poder. Lógicamente esos partidos pretenden conquistar a la gran mayoría del electorado. En cuanto a los candidatos “genuinamente independientes”, nadie los quieren como participantes en la arena política, ya que pueden ser reacios a los alineamientos, se corre el riesgo de que actúen como “libre pensadores” y se enfrenten a la férrea disciplina partidaria que tiene mucho de disciplina castrense, incluso no vaya a ser que pretendan expresar el verdadero sentir de sus votantes. En efecto, cuando aparece una figura nueva en la política suele surgir de un estudio de mercado, es decir que mide bien en las encuestas de popularidad, aunque sea un ignorante, pues, se lo disputan las distintas fuerzas para que sea la cara visible del partido y atrape votos. Alguien dijo que la democracia argentina es una suerte de “monarquía electoral”.
Hace 20 años, el domingo 14 de octubre del 2001, hubo elecciones legislativas durante el gobierno de Fernando de la Rúa, en el contexto de una gran crisis económica. En la oposición el Partido Justicialista tomó el control de ambas cámaras de la legislatura. Sin embargo, el descontento hacia la clase política se plasmó en casi un 24% de votos en blanco y una abstención de casi el 25% para un país donde el voto es obligatorio, revelando una crisis de representatividad. Mucho se habló del “voto bronca”. Y en diciembre se desencadenó la crisis. Fui testigo de los desmanes que se produjeron en una ciudad liberada, pues no vi ningún policía por la calle mientras se producían actos de vandalismo en distintos barrios, lo que hacía pensar que todo estaba orquestado. La frase que se impuso fue: “que se vayan todos”. Ninguno se fue, excepto quien era un presidente incompetente. Durante varios meses los políticos de cualquier signo evitaban ir a lugares públicos para no ser increpados o insultados por la gente.
Algunos analistas interpretaron que había dos maneras de entender la ciudadanía en relación a este “voto bronca”. La primera era de aquellos que ven al ciudadano como alguien que tiene el “deber cívico” de “elegir” entre las opciones que se le presentan, y su participación no va más allá, rechazando incluso la protesta. Esto se compatibiliza con la división entre ciudadanos corrientes y políticos, con un rechazo al “voto bronca”. La segunda sería la posición de fuerzas minoritarias que entienden este voto como una expresión justa de la ciudadanía ante una crisis que los políticos no solucionan. Recuerdo que una parte de la ciudadanía, no solo de clase media, optó por los cacerolazos, las marchas, los escraches, los piquetes, las asambleas populares. La clase política fue paciente, se invisibilizó, y cuando vio la oportunidad, retornó para repetir el mismo juego… Entonces un expresidente decía que los argentinos estábamos condenados al éxito. Pasaron veinte años y solo vemos un fracaso disfrazado de triunfo.
Hoy por hoy eexiste la necesidad o la obligación de presentarse uno mismo ante las redes sociales, lo que implica un auto-diseño (self-design), es decir, la creación de la propia imagen. Eso no solo lo hacen los políticos, los sindicalistas, los pastores, también cualquier individuo de a pie. La gente postea todo, el restaurante que fue, donde está, que comida preparó e incluso ciertas intimidades que en otros tiempos motivaban vergüenza y hasta la condena moral. En fin, para algunos es una suerte de confesión, pero no ante el sacerdote sino frente al algoritmo que gobierna Internet. Esto revela nuestra fascinación por la tecnología, pero tratándose de la ciencia, su hermana putativa, hay reparos, cuando no desconfianza, bástenos ver lo que está sucediendo en el mundo con las vacunas y las medidas sanitarias que pretenden protegernos.
Boris Groys piensa: “Heidegger dijo que la tecnología es la realización de la metafísica ligada a la realización del destino. Significa que nuestra relación con la tecnología no tiene que ver con el conocimiento, es una relación de desconocimiento y al mismo tiempo ligada al destino. Muy en línea con la tragedia griega”. Y cuando el Renacimiento forjó al Humanismo, puso en el centro al ser humano, la idea era verlo como fuente de poder, pero ahora el Transhumanismo tiene una visión distinta, incluso piensa que el ser humano es una criatura a la que hay que cuidar, no lo dudo.
El relato es como la religión, se apela a la fe del individuo, pues, uno cree o no, pero si cree no hay discusión posible… Para peor, mientras los protagonistas de uno y de otro lado sigan siendo los mismos no veo una salida como país. Recuerdo que cuando era chico mi abuela al referirse a los políticos de entonces repetía a menudo que, “entre bueyes no hay cornadas”. No podemos ignorar los problemas que están instalados desde hace décadas y que la gente ha terminado por naturalizar. La pandemia los agravó y tornó visibles, pero no los produjo, apartemos el cinismo. La Argentina no puede seguir prolongando esta agonía, peleándose con la realidad, “tragándose los sapos” (antiguamente significaba que Lucifer o Satanás se introducía en el propio cuerpo) que le ofrece esta clase farandulesca cuando no circense que se cree especial y “vive de la política”. La famosa grieta a gran parte de los argentinos logró colmarnos de fastidio, y no es nueva como algunos desinformados de la historia creen, ya estaba planteada entre Urquiza y Mitre. En fin, caer una y otra vez en la misma trampa revela una grave anomalía cuyo objetivo es el derrumbe de la sociedad y, escudarse en la edad de la inocencia es recurrir a un libreto sin duda obsoleto.