En el último congreso de FELAIBE en San Juan de Puerto Rico, donde con Mara, mi mujer, lo pasamos muy bien por la calidez humana de su gente, una biotecista de nota me dijo que yo formaba parte de la historia de la bioética, luego otros que debía dejar algún registro. Nunca lo hice, suelo tomar esos comentarios como un cumplido que agradezco. También tengo presente que cuando una señora se acercó a Borges y le dijo que era un genio, éste le respondió que no lo creyese, pues eran calumnias.
Con los asistentes a los congresos de FELAIBE (a los varios que pude asistir, ya que mi actividad como médico asistencial y profesor universitario es absorbente) siempre he cosechado amistades y, muchos de ellos leen mis libros, el blog de crítica cultural, los artículos de opinión en España o las notas de los periódicos. Les doy las gracias.
Desde que aprendí a leer me convertí en un lector voraz, pese a que fui un mal alumno en la escuela y también al principio del bachillerato. Hoy con la irrupción del virus que alteró nuestras rutinas, se bloquearon nuestros deseos y surgió una distopía, pero no la que aparecía en la literatura o el cine. La situación en curso dio lugar a infinidad de reflexiones y citas sobre 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Farenheit 451, de Ray Bradbury, todas narrativas distópicas que fueron best sellers y que pude leer mucho antes de graduarme de médico. Durante toda la carrera estuve abocado al aprendizaje de lo que sería mi profesión, por la que siento vocación de servicio, pero me las ingenié para leer los periódicos, ver TV, dedicarle a menudo una hora nocturna a la filosofía, y escudriñar a partir del catolicismo en las otras religiones, incluso el ocultismo, porque deseaba develar los misterios de la vida. Jamás lo logré, y sigo siendo un creyente. Pertenezco a la mítica generación de los años 70, ya que mi etapa veinteañera transcurrió durante esa década turbulenta, rebelde, esclarecedora en ciertos aspectos. Me las arreglaba para concurrir a un taller de narrativa, un ateneo de oratoria, algún curso de historia y filosofía, la ópera, el cine o las discotecas. En fin, como decía Neruda (Pablo no Iam): confieso que he vivido. Cuando me llegó el momento buscado, quemé las naves y partí motivado por la intención de cumplir un sueño, a sabiendas que todo en esta vida finita tiene su tiempo. Y lo logré.
En 1977 por haber ganado una beca internacional llegué a la Universidad Complutense de Madrid para completar estudios de postgrado y de paso cada tres meses hacer una escapada por otros países de Europa, incluso llegué a África. En ese año se jubilaba Pedro Laín Entralgo, en cuya cátedra hice un curso de doctorado (yo ya era doctor por la Universidad Nacional de La Plata donde me gradué a los 24 años), y era reemplazado como catedrático por Diego Gracia. En la Fundación Universitaria Española hice un curso anual de filosofía para universitarios los fines de semana. Cuando le preguntaba a uno de los profesores por la filosofía de la ciencia o la filosofía de la técnica decía que se trataban de medianías y que la filosofía estaba para otra cosa. Entonces nadie hablaba de bioética. En 1979 concurrí a unas jornadas internacionales de tres días en el Colegio de Médicos de Madrid, donde estaba matriculado, allí conocí a Florencio Escardó que había llegado como expositor desde Buenos Aires y, si bien la agenda era bioética, nadie la mencionó. En los años 70, década fundacional de la bioética, podemos recoger de Van Rensselaer Potter (1071): “Bioethics: Bridge to the Future” y el Informe Belmont (1978) con los principios: Autonomía, Beneficencia y Justicia; no contenía a mi entender el principal principio: “primero no hacer daño”. La denominación para este nuevo campo del saber fue tomada del ensayo del pastor protestante alemán Fritz Jahr (1927): «BioEthics: A Review of the Ethical Relationships of Humans to Animals and Plants». En fin, procuré seguir este nuevo movimiento como pude..
De vuelta de mi periplo europeo que planifiqué siguiendo el consejo de Comenio, me instalé en la ciudad de Buenos Aires, de donde era mi padre, pero durante años viajé todos los días a La Plata, mi ciudad natal, donde tenía un puesto oficial en el hospital donde me formé y donde se formaron figuras como René Favaloro y, además debía finalizar la “carrera docente” que había iniciado antes de mi viaje, por eso en 1981 cursé el “seminario de historia y filosofía médicas”, a cargo de José Alberto Mainetti, con quien desde entonces establecí una amistad que nos une. También ingresé como docente a la Universidad del Salvador (allí cumplí 40 años de docente y soy profesor consulto), porque sostengo que la educación debe ser amplia: estatal y privada, y di la espalada a luchas ideológicas que persiguen el pensamiento único. Entre las jefaturas hospitalarias que ejercí, están las de los Hospitales Israelita y Sirio-Libanés de Buenos Aires, de allí que una amiga filósofa y bioeticista ya fallecida, decía que yo vivía en la encrucijada.
Cada bioeticista experimentado ha procurado dar su visión sobre la génesis de esta disciplina. Por mi parte tomé el puente hacia el futuro de Potter más bien como un puente entre las Dos Culturas, expresión atribuida al físico y escritor británico C. P. Snow (1959), quien en su tesis denunciaba la falta de comunicación entre las ciencias y las humanidades, la ausencia de interdisciplinariedad (tema que comencé a desarrollar en diferentes trabajos a partir de 1980), uno de los inconvenientes principales para solucionar los problemas del mundo. Ese abismo es cierto, lo mismo que la hostilidad y el desprecio hacia aquello que no se conoce o domina, sobre todo en muchos jóvenes que no han tenido una educación abarcadora y enciclopédica (hoy muy mala palabra en pedagogía). En la década del 30 Unamuno no tenía interés por la ciencia, decía que lo de España era la mística, y en los años 50 Jean Paul Sartre admitía que no le interesaba la ciencia. Si hoy viviesen cambiarían de opinión. El tema no era nuevo, provenía de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Leí mucho al ruso Antón Chéjov (nieto de un mujik o siervo que había comprado su propia libertad), quien de día ejercía la clínica médica, atendiendo gratuitamente a los pacientes de cólera y a los enfermos del hambre, y por las noches escribía sus novelas cortas que hoy son un baluarte de la literatura universal. Chéjov murió a los 44 años (1904), consecuencia de la tuberculosis. Pero sin duda la antesala fue la primera mitad del Siglo XX y, cabe preguntarse porqué Ludwig Wittgenstein tras combatir en la guerra y ser hecho prisionero decidió alejarse de la filosofía, Simone Weill le dijo a la existencialista De Beauvoir que la única revolución que contaba era aquella que diera de comer a todo el mundo y le cortó el dialogo, y Adorno dejó escrito que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie… Recordemos que para Stalin una muerte era una tragedia, un millón solo una estadística.
La bioética no solo surge por la revolución tecnológica-médica luego de la Segunda Guerra Mundial, la nueva relación médico-paciente (autonomismo), la respuesta política, financiera y económica frente a la creciente demanda de servicios de salud (Estado de Bienestar), así como situaciones ético-jurídicas censurables que conmocionaron a la opinión pública sobre investigaciones con seres humanos (Estados Unidos), también porque existía un contexto cultural de época que era favorable, especialmente contracultural, y, no quedaba más remedio que admitir que ciertos problemas y dilemas superaban los límites de la Medicina. Las compuertas cedieron…
Estimo que la bioética es el mejor puente cultural entre las Dos Culturas, se abre a la interdisciplinariedad, aunque no siempre logre la integración, y su rechazo reside en lo que algunos ven como subversión epistémica. En una época en que cada disciplina está bien regulada, amurallada, y donde se procura una fuerte disciplina de sus miembros, algunos se rebelan, cuestionando y pretendiendo descorrer los velos de esas coreografías epistémicas cerradas. Actitud que abre paso a la indisciplina, procura establecer puentes entre las diferentes disciplinas, y esto es un claro intrusismo. En efecto, el diálogo bioético revela indisciplina entre las disciplinas y surge a contrapelo del establishment.
A la luz del conjunto abigarrado de problemas y dilemas, cuando no de trilemas, se creyó que nacía una “nueva ética médica” (para no hablar de bioética), pero el parto de la bioética se dio con el sello de la medicina, que además la legitimó. Luego distintas disciplinas como la política, el derecho o el arte motivadas por el pensamiento y a la vez el sentimiento autonomista crearon sus divisiones. Para los filósofos fue una escisión de la ética filosófica. Y los especialistas del pensamiento especulativo entendieron que si los problemas o conflictos médicos en el fondo eran problemas o conflictos éticos, no biológicos, pues entonces estaban en su derecho para reclamar su tratamiento. Pero la bioética clínica se mueve entre lo material y lo inmaterial… Los abogados también participaron de la disputa, creo que su interés era la responsabilidad médica en su vertiente legal, más ligada al derecho médico que a la medicina legal. La corporación médica, como organización, procuro que este abanico de conflictos no saliera de su ámbito, ya que históricamente nunca aceptó intrusiones en esta disciplina milenaria, que primero fue mágica, luego sacerdotal, finalmente científica. No lo logró.
Recuerdo que utilicé la palabra bioética por primera vez, no sin timidez, en un librito, un opúsculo que publiqué sobre la presentación de artículos científicos, en 1983.
Marcos Meeroff me convocó para la fundación de la Sociedad de Ética Médica de la Asociación Médica Argentina (AMA) y fui su primer secretario general entre 1991 y 1994. En 1993 presidí el primer evento internacional que hizo la AMA sobre ética médica, e invité a expositores de distintos países, incluyendo a Diego Gracia, con quien durante una semana tuvimos diálogos informales y del que aprendí mucho. En esos días había llegado a la Fundación Mainetti el alemán Dietrich von Engelhardt, con quien establecimos una gran amistad y organizamos en Buenos Aires el Seminario Germano Argentino de Bioética, auspiciado entonces por la Embajada de la República Federal de Alemania y la UNESCO (luego hicimos cuatro más) y, ya había nacido en 1996 la FICA que lleva el nombre de mi familia (Fundación Internacional Cataldi Amatriain), destinada a promover las Dos Culturas, y donde comenzó a funcionar un Centro Internacional de Bioética. Allí se realizaron eventos internacionales e incluso siendo coordinador general del congreso realizado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2017), en nuestro auditorio se realizó la asamblea general de FELAIBE donde se eligió a Puerto Rico como sede del siguiente congreso.
Con Mainetti durante años fuimos los asesores científicos del curso anual de bioética de Alicia Losoviz en la AMA y, finalmente en FICA creamos con Alicia y los hijos de José Alberto, el “Seminario Profesor Doctor José Alberto Mainetti”, como un justo homenaje al pionero de la bioética en América Latina. Muchas fueron las intervenciones en los medios, los cursos y otras actividades bioeticistas en las que participé siempre “ad honorem”, pues mi medio de vida fue y es el ejercicio cotidiano de la medicina. En varias oportunidades he sido criticado por introducir como profesor de medicina interna en el pregrado y director en el postgrado de residencias hospitalarias temas de bioética clínica. Mi visión no es la del gabinete, ni estoy detrás de un escritorio, mi lugar es al lado de los enfermos y, parafraseando a Jean Paul Sartre, “me ensucio las manos”, ya que debo tratar día a día con lo que me gusta y también con lo que me desagrada.
El santo y seña de la bioética se reconoce en el procedimiento, que legitima las normas y la corrección en el proceder ético, sin duda su principal objetivo, por eso ya en los orígenes de la bioética está la problemática médica como nudo gordiano, aunque algunos se empeñen en negar esa realidad. En fin, no hay que pelearse con la realidad.
El 1de octubre de 2001 se fundó la Academia Argentina de Ética en Medicina, que durante varios años se reunió en el Colegio Nacional Buenos Aires (UBA), presidida por José Alberto Mainetti y yo como secretario general, hoy tengo el honor de sustituir a José Alberto en la presidencia. Académicos Extranjeros son: Dietrich von Engelhardt, Diego Gracia, Fernando Lolas Stepke, Francisco León Correa, Emilio Ibeas, Christian Byk y Sandra Fábregas, figuras que prestigian un emprendimiento sostenido que sigue adelante contra el viento y la marea en una nación sin rumbo.
La moral se sitúa en el mundo social, donde es sometida a todo tipo de interpretaciones por el hombre de la calle, a diferencia de la filosofía que como disciplina académica exige de una preparación especial, de allí que sea un terreno en donde se mueven los expertos. La filosofía está profesionalizada, pero la moral no escapa a esto, es el caso de los moralistas que hablan desde el púlpito, el atril o un set de televisión.
Mi amigo Francisco León le dijo a mi mujer que soy muy metafórico. Tiene razón Paco, porque tomo a la metáfora como una de las formas de acercarme a la verdad. Como ser, no creo que haya una mejor metáfora pictórica de la filosofía como la de Rafael Sanzio con La Escuela de Atenas (1510-1511): el discurrir entre el idealismo y el realismo.
Con la irrupción del Sars-CoV-2 surgió la sociedad de la pandemia y la cuarentena, de las restricciones a las libertades individuales, el trabajo y las reuniones sociales. Nos obligó a aceptar limitaciones existenciales que comprometen la vida en su totalidad, incluyendo en muchos la restricción mental. Por eso las hijas de Asclepio (Dios de la Medicina a quien Zeus mató con un rayo por temor a que los humanos alcanzaran la inmortalidad), Hygea y Panacea, también diosas, lograron imponerse en este escenario de incertidumbre, silencio y duelos, la primera mediante la higiene, la segunda procurando curar la enfermedad. Pero para Alessandro Baricco el mito sería hoy la pandemia, una tragedia humana disfrazada de progreso.
Considero que las palabras son un tema central de la cultura, como ser, la percepción antropocéntrica que instala el humanismo, hoy es desplazada por una percepción tecnocéntrica donde ya no es la tecnología alrededor del hombre sino que es el hombre alrededor de la tecnología, una nueva deshumanización. Tenemos imágenes que se enlazan con las palabras en un imaginario colectivo que refleja la vida contemporánea de la sociedad, como las narrativas de la coexistencia de lo humano con lo virtual.
Muchos recurren a la metáfora de combatir la pandemia como si tratase de una guerra. Recuerdo que se utilizó con énfasis en los años 80 con el SIDA. Susan Sontag abordó las metáforas empleadas en la medicina y su sentido moral. Ahora Loris Zanatta dice que, si esto es una guerra, ¿dónde están nuestros generales? Lo cierto es que no se trata de una guerra, los ciudadanos no son los soldados que van al frente de batalla, y aquí no está en juego la patria si no la solidaridad. Claro que con una dirigencia mundial que salvo contadas excepciones no estuvo ni está a la altura del problema.
Otra metáfora compara la pandemia con el «cisne negro», teoría desarrollada por el libanés Taleb, basada en que cuando los primeros colonos europeos llegaron a Australia en el Siglo XVII vieron cisnes negros y, hasta entonces se creía que los cisnes sólo eran blancos. Hoy por hoy los eventos inesperados son considerados «cisne negro».
Habitamos un mundo de alineamientos ideológicos, de etiquetas culturales, de taxonomías. A los jóvenes les aconsejo que mantengan abierta la mente y, que es un buen ejercicio leer a quien no piensa como uno, Mi profesor de lógica nos daba clase con el periódico porque decía que allí estaba la principal fuente de la antilógica y nos hacía analizar las noticias, también nos decía que vivíamos en una cultura eslogámica (corrían los años 70), y que debíamos desterrar las vegetaciones de la mente.
Hoy le he dado la bienvenida al mundo virtual sin traicionar el mundo analógico del que provengo y al que tanto le debo. Como intelectual y médico, vivo fluctuando entre Platón y Aristóteles, como crítico de la cultura no hay día que evite auto-cuestionarme. La bioética me enseñó que hay problemas que son muy difíciles y otros insolubles.
Entre los intelectuales que admiro están Camus y Saramago, que de entrada tuvieron las desviaciones ideológicas que imponía la moda, pero ante la evidencia siguieron el consejo de Confucio y rectificaron el rumbo. Camus fue un pied noir, hijo de una lavandera analfabeta, que durante su juventud enfermó de tuberculosis, y que nunca fue aceptado por la elite intelectual francesa. Y Saramago cuando recibió el Premio Nobel (al igual que Camus) homenajeó a su abuelo Jerónimo, un pastor analfabeto que, según él, fue el hombre más sabio que conoció. Ambos hablaron por los que no tienen voz…
Mi padre que fue un hábil concertista de piano frustrado, no llegó a la universidad pero era un experto en la literatura del Siglo de Oro Español, cuya biblioteca me hizo leer siendo adolescente, con placer, así como aún en época de vacaciones antes de irse a su trabajo administrativo me dejaba una hoja en blanco con un título para a su vuelta corregirla, le estoy muy agradecido por esa educación que conllevaba ejemplaridad. En mi adolescencia aprendí de José Ingenieros que la mejor manera de combatir la envidia era reconocer los méritos ajenos. También entendí que había que cuidarse mucho del odio, hoy en boga en las redes sociales, ya que termina envenenando el alma.
Mi proyecto de vida, por cierto ambicioso, consistía en alcanzar una buena formación como médico, una cultura general, viajar por el mundo, escribir libros, ser jefe de servicios hospitalarios y profesor universitario. Todo lo logré antes de cumplir los 40 años, Dios fue y es muy generoso conmigo, también al darme una familia, alumnos, discípulos, amigos. Pero por sobre todas las cosas, he evitado perder tiempo en ciertas internas institucionales, en participar de las roscas de poder, porque en el fondo mi mayor preocupación fue, ha sido y es no traicionarme. Si expongo mi pensamiento en público es para dialogar, no para imponer mis ideas. ¡Dejemos hablar a la Bioética!
Muchas gracias por la paciencia.