Hace unos días falleció Oliverio Toscani, más conocido por ser el fotógrafo de la marca de ropa Benetton, quien con arte supo revolucionar la publicidad de manera escandalosa. En efecto, recuerdo la imagen de un cura y una monja dándose un beso en la boca, lo que fue muy polémico, dio lugar a la censura, el debate moral y ético. Pero la foto que más me impactó, fue la de un enfermo moribundo de SIDA en un hospital rodeado de su familia, en un momento en que vivíamos una epidemia de HIV y los recursos con que contábamos los médicos eran limitados.
Otra foto que considero impactante fue la de la modelo francesa Isabelle Caro, totalmente desnuda y con una caquexia de libro (murió a los 28 años), formando parte de la campaña “No-Anorexia”. Toscani preguntaba por los responsables de la anorexia, prototipo de la mujer extremadamente delgada que desfilaba por las pasarelas, y acusaba a los medios de comunicación, la televisión y la moda.
Dicen que comenzó su aprendizaje de la mano de su padre, también fotógrafo, quien en 1945 fotografió la escena del cadáver de Benito Mussolini junto al de su amante y otros jefes fascistas, colgados de los pies luego de ser ejecutados, en una plaza de Milán.
Toscani dio visibilidad a problemas que escamoteaba el poder y molestaban a la sociedad. Y con su arte fotográfico se metió en temas muy sensibles como el racismo (Leroy Orange, negro, en el corredor de la muerte), el conflicto entre Israel y Palestina (un beso apasionado entre un israelí y una palestina), y otros tópicos cuyo contenido social resulta problemático, pero que en el fondo evidenciaban el interés del artista por alcanzar un mundo unido. En fin, Toscani mostraba con su cámara lo que nadie quería ver, y por cierto eran imágenes llenas de significados. En realidad, su arte era un arte de denuncia, que incomodaba al espectador, pero el escándalo promocionaba la marca. El artista deja su huella y marca toda una época.
En otro orden de cosas, en distintas regiones del planeta han retornado las actitudes imperiales y el expansionismo, siempre apelando a alguna justificación que enmascara las intenciones verdaderas. Y vuelve a imponerse la ley del más fuerte, a la vez que el lenguaje de la violencia se naturaliza. Desde hace varios años vivimos muy malos tiempos para la verdad, y no pocos toman a la verdad como una ofensa cuando les incomoda o resulta frustrante, pero también es cierto que a veces no se quiere saber la verdad porque no conviene o resulta dolorosa de admitir. Hay gente que decididamente opta por la ignorancia. En efecto, prefiere no saber. Javier Cercas en un artículo reciente habla sobre “la pasión por la ignorancia” y, nos recuerda la cita de Proust: lo que entró irracionalmente en la cabeza no puede salir de ella de forma racional.
Por otra parte, una frase que contiene una verdad a medias, seguida de una omisión o de una generalización injusta, tiene como fin el engaño. Y en política el juego de las medias verdades es habitual, forma parte del manual del político. Se recurre a la verdad a medias para eludir la verdad total. Si alguien no dijo algo, no puede ser acusado de mentir, en todo caso se lo culpará de abstenerse de decirlo, de callar o simplemente de omitir. Maquiavelo, que mucho conocía de la naturaleza humana, en “El Príncipe” afirma: “los hombres son tan ingenuos, y responden tanto a la necesidad del momento, que quien engaña siempre encuentra a alguien que se deja engañar”.
En todos los órdenes de la vida uno espera que la información sea veraz, transparente, que esté a la vista. Como ser, qué decir de “la letra chica de los contratos bancarios” o de la composición de ciertos alimentos que figuran en la etiqueta del producto con una letra minúscula imposible de leer; un accionar que puede ser legal, pero que claramente está al margen de la ética. Porque en el fondo la intención es que el individuo no tome plena conciencia de aquello con que se compromete o de lo que compra, que esas especificaciones pasen inadvertidas en un acto de confianza y, que no les preste atención. Es curioso, porque vivimos en una época donde “la captura de la atención” y “la distracción planificada” son dos ejes fundamentales para lograr manipular la opinión pública Jonathan Swift, aquel que escribió “Los viajes de Gulliver”, habría sostenido que, “Se requiere más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacer creer y aceptar una falsedad saludable”.
Las redes sociales se han convertido en un campo de batalla, donde lo emocional y lo ideológico se imponen, al extremo que verdades ya confirmadas son consideradas ofensivas y motivan réplicas viscerales. De más está decir que el poder de manera permanente vive en las redes, como si allí nos encontrásemos cara a cara con la realidad… Y precisamente la realidad no está en las redes sino en la calle. A Napoleón le atribuyen esta reflexión: “entre la multitud esencialmente crédula, se contarán poquísimas gentes que duden, y ellas no se atreverán a decirlo”.
Hoy por hoy, cuando el periodismo independiente formula una crítica fundada al gobierno de turno se la considera una ofensa. Las noticias de las tragedias, siniestros e injusticias que suceden en toda partes, a algunos nos producen tristeza o indignación, cuando no insomnio, mientras a otros solo indiferencia.
En fin, para aquellos que tenemos activa la “conciencia moral”, hay verdades que ofenden, pero que ofenden la sensibilidad humana. Y la lista de estas verdades, a contrapelo de los relatos oficiales y de la propaganda costeada con los dineros públicos, impresiona en aumento.