El fascismo, el nazismo, el comunismo, entre otros “ismos”, son parte de la historia del Siglo XX, y a cualquiera que se le adjudique uno de sus adjetivos, es probable que sea con la intención de agraviarlo. Sin embargo, una observación prolija nos revela que las cosas no son como parecen o se pretende que parezcan, ya que vivimos en un mundo de apariencias. De todas maneras, no son pocos los dictadores que hubo en ese siglo y los que en nuestros días procuran emularlos. Como ser, hace unos días Estados Unidos revocó la visa del nigeriano Wole Soyinka, de 91 años, Premio Nobel de Literatura (1966), quien vivió en los Estados Unidos durante décadas y enseñó en distintas universidades, entre ellas la de Harvard, y el motivo habría sido que comparó a Donald Trump con Idi Amin…
En cuanto al fascismo, éste nació como un movimiento de cuño italiano, y es un error muy generalizado creer que Mussolini lo creó, pues si bien como saltimbanqui pasó del socialismo a la ultraderecha, su verdadero fundador fue el poeta Gabriele D´Annuncio (1863-1938), considerado un piloto heroico de la Gran Guerra, comandante del escuadrón “La Serenísima”. Tenía gran talento, y más allá de su narcisismo, era un hombre de vasta cultura que dominaba la palabra, al punto que la crítica lo consideró el principal discípulo italiano de Nietzsche, influido por Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, elogiado por Marcel Proust y Henry James, e incluso Joyce habría dicho que fue el primero desde Flaubert en hacer avanzar el género novelístico hacia territorios inexplorados. Pero a Gabriele nada le causaba satisfacción, ni siquiera ser considerado el mejor poeta desde Dante… Por sus artículos periodísticos se lo considera el primer cronista moderno del periodismo europeo.
Fascismo, del italiano fascio (manojo de varas), y éste del latín fasc?s (plural de fascis), alude a los signos de la autoridad de los magistrados romanos.
La cesión de Fiume (hoy Rijeka, Croacia) en la Conferencia de París irritó sobremanera a D´Annuncio, y con 2.000 nacionalistas italianos desalojó a los aliados (creando una situación de hecho que pensó tendría éxito), pero al ser denegada la anexión a Italia, declaró el Estado Libre de Fiume y se autoproclamó Duce de Carnaro. El líder redactó la constitución de un Estado con 9 corporaciones, y una décima representada por los “humanos superiores” (héroes, poetas, profetas, superhombres), y declaró la música como principio del Estado. En efecto, un nuevo Estado, más bien marcial, con uniformes, saludos romanos (símbolo hoy ampliamente rechazado, asociado al fascismo, nazismo y franquismo), y donde según dicen no faltaban las orgías.
Algunos vieron en la personalidad de D´Annuncio una suerte de combinación entre Byron y Baudelaire. Hombre bohemio, dandy, don Juan, mentiroso e histérico, fue afecto al opio y al láudano. Su dictadura terminó quince meses después con el bombardeó del ejército italiano a la ciudad. Entonces se recluyó a orillas del lago de Garda hasta su muerte, en 1938.
Mussolini copió su estilo autoritario, la metodología de gobierno, la economía corporativa, los símbolos y rituales nacionalistas, el saludo romano, las camisas negras, la represión brutal. A petición suya, el rey Víctor Manuel III designó a Gabriele “Príncipe de Montenevoso” (Alpes italianos). Al morir D´Annunzio, Mussolini decidió honrar su memoria con funerales de Estado.
Un intelectual metido a político como Giovanni Gentile (toda dictadura tiene algún intelectual a su servicio), quien se oponía a la represión brutal de “Il Duce”, creía que Mussolini le devolvería a Italia el honor perdido… De todas maneras, hoy miles de personas visitan la tumba de Mussolini. Y un dato no menor es que durante toda la Segunda Guerra habría mantenido un intercambio epistolar secreto con Winston Churchill, quien lo admiraba. Recuerdo que en mi séptimo año de la Dante Alighieri de Buenos Aires, en el examen final de cultura y literatura, tuve que hablar de la Marcha sobre Roma (1922) y, no me acuerdo qué dije, lo que motivo un intercambio de ideas entre dos de los profesores de la mesa (uno del norte y otro del sur de Italia), quienes evitaron discutir. En uno de los viajes a Roma, en la estación de ferrocarril “i termini”, en la entrada había una rueda de personas conversando con un carabinieri, de pronto uno de ellos hizo el saludo romano y a viva voz dijo: “io sono fascista perché io sono italiano”, mientras los que lo rodeaban reían y aprobaban sus palabras.
En fin, quienes pensaron que con el triunfo de los aliados y la ejecución de Benito Mussolini el fascismo quedaría sepultado y jamás resurgiría, evidentemente se equivocaron, bástenos con observar la realidad de nuestros días.
Claro que mayor influencia y poder logró Hitler, quien también admiraba a Mussolini. Ambos, además de compartir una ideología de extrema derecha y tener ambiciones desmedidas, ordenaron cometer los crímenes más horribles y eludieron ensuciarse las manos. Eran muy buenos oradores y actuaban con magnetismo sobre las masas, como si fueran encantadores de serpientes. Hitler fabricó su figura mítica con un ministro de propaganda (Joseph Goebbels), un fotógrafo (Heinrich Hoffmann) y un cineasta (Leni Riefenstahl), y se tragó el mundo… Para difundir sus ideas, más allá que su libro “Mein Kampf” (Mi lucha) fue un best seller mundial y siguió vendiéndose aún después de muerto, estando prohibida su venta, apeló a lo visual como un instrumento fundamental de su propaganda y, dentro de su desequilibrio mental llegó a ser brillante. Su mentor fue Johann Dietrich Eckart (1868-1923), poeta y periodista como D´Annuncio, pero sin el éxito del italiano. Eckart participo de diversas asociaciones que exaltaban la condición “ariocristiana” y condenaban a los judíos y los bolcheviques. Formó parte del partido nacionalsocialista alemán desde sus inicios, y daba sus conferencias en cervecerías de Múnich, siendo Adolf uno de sus oyentes y seguidores, lo demostró con todos los homenajes que le hizo cuando llegó al poder. Eckardt fue quien por primera vez aludió al «Tercer Reich» y, junto con Hitler y otros nazis compartieron la cárcel por el intento de golpe de estado (1923), pero Dietrich desde niño conoció la enfermedad y por sus problemas psiquiátricos consumía morfina. Lo liberaron por su frágil estado de salud, y falleció a los cuatro días de salir de prisión. Su frase ¡Alemania, despierta!, se convirtió en un lema de mítines y reuniones nazis. Asimismo, Eckart tuvo como secretaria a Johanna Wolf, que luego se convirtió en secretaria de Hitler.
Adolf Hitler preparó minuciosamente durante años el golpe relámpago militar a Europa. Polonia cayó en cinco semanas y Francia en seis semanas. Era excéntrico y supo explotar los sentimientos del pueblo alemán, quizá su resentimiento, logrando humillar a Francia cuando ésta se rindió, pues, mandó sacar del museo en que se hallaba el vagón de ferrocarril donde se firmó el armisticio de la Primera Guerra Mundial, y él se ubicó en el lugar que entonces ocuparon los generales franceses. Vagón que por orden de Hitler fue destruido por las SS en 1945, para que no cayera en manos de los aliados.
El nazismo fue como otros movimientos políticos de entonces, y lamentablemente también de nuestros días (algunos en franca expansión), una “religión secular”. Hoy seguidores de estas ideologías ocupan bancas en los parlamentos, altos cargos en los otros poderes del Estado, y posiciones de influencia en la sociedad. Quienes creen que desestimando su presencia o desoyendo sus consignas dejará de existir, se equivocan.
No deja de sorprenderme el hecho de que haya tanta gente que toma partido por una idea, partido o movimiento y, no conoce su trayectoria en el tiempo, como sucede con muchos jóvenes, que tienen una total ignorancia de cómo fue y ha sido la historia de lo que apoyan sin condicionamientos, aferrados a un relato apócrifo. En fin, estimo que es algo temerario. Y si algo tengo claro, es que en este mundo orwelliano o kafkiano, si buscamos un futuro promisorio, digno, se impone la lucidez intelectual, la ética, y el sentido de solidaridad.