El año 1989 ha sido clave en la historia moderna. Con la caída del Muro de Berlín concluyó formalmente la Guerra Fría, pero la conflictividad entre los Estados Unidos y Rusia se mantuvo hasta nuestros días aunque con otras escenografías. Los estados comunistas que conformaban el Bloque del Este comenzaron sus revoluciones independentistas, las que culminaron con una quincena de países independientes en 1991. También en 1989 los tanques de guerra entraron en Pekín para sofocar una rebelión popular que reclamaba democracia y cuestionaba al Partido único, hubo represión y muchos muertos, no se sabe cuántos (las informaciones van desde cientos hasta miles) y, la fotografía de un hombre solo que se plantó ante un tanque pasó a la historia, nunca se supo qué fue de él, en tanto China procuró rápidamente dar vuelta la página. En ese año nació Internet. No hay duda que en 1989 finalizó el tormentoso Siglo XX.
Los intelectuales durante el siglo pasado se presentaron como una clase destinada a iluminar la opinión pública, e incluso a influir con su pluma o la oratoria en materia política. La historia nos revela que el compromiso a unos los condujo al nacionalismo y al fascismo, a otros los llevó al comunismo. Lo lamentable fue que ni unos ni otros tuvieron la suficiente rapidez de reflejos para advertir que la trampa consistía en la dictadura, pues ese era el destino común. Por eso no pocos intelectuales al darse cuenta abjuraron públicamente o sino fueron expulsados del partido por inconducta o traición, pero claro, no faltaron los que no dejaron de aprovechar ciertas prebendas…
Un académico puede ser brillante sin salir de su casa y un científico un notable estudioso pasando la mayor parte de su vida en su laboratorio, y pese a que se informen a través de los medios sobre lo que sucede en su aldea, ninguno logra ser un intelectual. Ya sé que distamos mucho de la época en que Zola o Sartre aparecían en los medios fijando su posición ideológica, polemizando con el gobierno de turno, tratando de analizar y clarificar los hechos cotidianos para que la gente conozca realmente la verdad. Hoy por hoy es imposible que alguien que se precie de ser intelectual no salga a la calle a mezclarse con la gente, no vaya al supermercado, no viaje en un medio de transporte público en hora pico, o no escuche las quejas de los taxistas. En suma, esta realidad cotidiana no puede ser ignorada por alguien que en su columna o en su discurso pretende descorrer los velos de la realidad. El problema es que no faltan los viven su propio mundo y desde ese mirador están convencidos de saber lo que pasa en el mundo real.
Es posible que Platón haya sido el primer intelectual que sufrió por no poder participar del gobierno. Sabemos que tuvo una relación tormentosa con los tiranos de Siracusa. Pero Aristóteles, su discípulo, también sufrió porque los griegos de pura cepa le negaron la dirección de la Academia de Atenas a la muerte de Platón debido a su condición de macedonio. En efecto, los griegos discriminaban a los macedonios, los consideraban “bárbaros”. Dicen que la venganza de Aristóteles fue educar a Alejandro Magno, pues, le enseño a pensar como un griego y a luchar como un bárbaro. Alejandro antes de ganar el Imperio persa y convertirse en el mayor conquistador de la Antigüedad, sometió a Grecia, claro que más tarde Aristóteles debió refugiarse de la persecución de su discípulo. Es curioso, en el Siglo XXI Grecia litiga con la exrepública de Yugoslavia Macedonia, con mediación de la ONU, porque los griegos actuales se consideran macedonios y no están dispuestos a permitir que ese nombre sea usurpado. En fin, han transcurrido 25 siglos y en verdad no advierto cambios sustanciales, si bien es cierto que las miradas cambian.
Confieso que siento una mezcla de tristeza e indignación por aquellos artistas e intelectuales talentosos, incluyendo los profesionales meritorios, que murieron sin ningún reconocimiento. Pienso que es una injusticia irreparable. Yo no creo en los homenajes póstumos. En realidad, no creo en los homenajes, porque siempre me pregunto cuánta hipocresía habrá detrás del discurso laudatorio. Y esto también me pasa con la desaparición de gente anónima, con individuos que vivieron honestamente sin ser nada de otro mundo, pero que cumplieron con su trabajo y fueron buenas personas. Hace un par de semanas falleció el encargado del edificio donde vivo, en la madrugada un infarto cardíaco lo mató en pocos minutos sin que el SAME pudiera salvarlo. Al día siguiente por la mañana, al salir de casa no lo encontré como todos los días y supuse que habría tenido un inconveniente. A menudo sosteníamos alguna conversación sobre el tiempo, la ciudad o la política. Al retornar por la tarde me llamó por teléfono mi mujer para darme la infausta noticia. En el consorcio nadie confeccionó una nota informando su fallecimiento. El hecho pasó inadvertido, no hubo comentarios, no se le dio la menor trascendencia a la muerte de un trabajador que durante 19 años, desde que se inauguró el edificio, nos atendió día tras día con amabilidad. Mi mujer y yo quedamos consternados por varios días, esperábamos hallarlo cuando bajábamos al vestíbulo… La “actitud humanitaria” de mis vecinos me hizo reflexionar: ¡si esto pasa en un consorcio, qué puede pasar en un país!Al respecto, yo no sé qué le sucede a la gente. Tampoco sé qué le pasa a amplios sectores de la población. Y eso que procuro despojarme de ciertos prejuicios para poder entender al otro. Por momentos tengo la impresión de que están hipnotizados, quizá drogados por la demagogia, tal vez un virus les produce un estado de cerrazón mental. En 1844 Karl Marx, un filósofo e intelectual que marcó un antes y un después, pronunció su célebre frase: “La religión es el opio del pueblo”. Mi padre que era católico la repetía a menudo. En realidad, lo que quería significar Marx es que las clases dominantes usaban a la religión para controlar al pueblo. Pero en este caso no se trata precisamente de la religión, sino de la “política partidaria” entendida y asumida como un credo, como un acto de fe, ya que siguen dogmáticamente a un líder y a un partido con tal devoción que los elevan al altar. En efecto, ninguna evidencia o prueba irrefutable de sus mentiras o falsedades es aceptada, un cerrado negacionismo sale al cruce de cualquier crítica, en todo caso los pecados cometidos serán perdonados por la excelsa misión que declaran perseguir. El fanatismo es común a la religión y la política. Por eso tengo la impresión que esa gente cree en lo que quiere creer, y está en su derecho, porque si defendemos la libertad de pensamiento debemos tolerarlo, mientras no perjudique en los hechos a terceros, ya que la tolerancia también tiene sus límites.