Todas las mañanas al levantarnos tomamos conocimiento de catástrofes ambientales, actos terroristas que ocasionan la muerte de gente inocente,  extinción de recursos energéticos, migrantes que se ahogan en el mar o que son esclavizados en la huida o estigmatizados por grupos sociales hostiles, así como guerras comerciales cuyos costos son socializados, de la misma manera que las quiebras bancarias o las paranoicas aventuras militares, también manifestaciones populares en reclamo de libertad, de trabajo, de oportunidades educativas, de mejores condiciones de vida, de freno a la corrupción gubernamental y privada. En fin, la lista de malas noticias parecería ser interminable, al extremo que algunos hablan de que estaríamos en el umbral del fin de nuestra civilización. La situación es muy compleja, pero no creo que sea apocalíptica.

Luego de la pérdida de la guerra franco-prusiana, la Comuna de París de 1871 se negaba rendirse ante la Asamblea Nacional instalada en Versalles y se oponía a la restauración de la monarquía borbónica. La guerra iniciada por Napoleón III que pretendía anexionar Luxemburgo, dejó a París en la pobreza, en consecuencia los comuneros iniciaron una insurrección con un proyecto socialista y autogestionario, y promulgaron leyes como la autogestión de las fábricas abandonadas por sus dueños, la creación de guarderías para los hijos de las obreras, la abolición de los intereses de las deudas, la laicidad del Estado, entre otras medidas populares. Claro que cometieron graves errores tácticos que ocasionaron la pérdida de la Comuna a manos del gobierno de Versalles, el que instauró consejos de guerra que sentenciaron a miles de comuneros incluyendo mujeres y niños, deportaciones a Nueva Caledonia, y  París vivió la ley marcial durante cinco años.

A los largo de la historia esta insurrección ha sido honrada por diferentes intelectuales y políticos. Los marxistas se la adjudicaron, sin embargo Bakunin decía que la comuna era anarquista. La eterna disputa entre marxistas y anarquistas terminó convirtiendo a la izquierda en una bolsa de gatos. Marx vio allí el primer ejemplo real de la “dictadura del proletariado” e hizo célebre la frase “asaltar el cielo”, su intención era explicar el fracaso de aquella iniciativa. Pero el primer “asalto al cielo” fue el ataque de los titanes a los dioses del Olimpo, uno de los máximos episodios de la mitología griega.

Muchos han querido ver en las protestas del Mayo Francés el espíritu que inflamó a la Comuna con una retórica incendiaria: “Prohibido prohibir”, “Bajo los adoquines, la playa”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “La imaginación al poder”, entre otras célebres consignas. Lo cierto es que ya no estamos en 1871, tampoco en 1968, vivimos otros tiempos y por supuesto otras realidades, sin embargo el malestar social persiste. Los activistas antiglobalización sostienen la consigna de que ”Otro mundo es posible” (no tengo dudas), mientras  los indignados dicen que “No nos representan” (tampoco tengo dudas). Hace unos días niños y jóvenes en Alemania salieron a las calles para denunciar el calentamiento global y, en su rebelión, exigieron un cambio radical. Der Spiegel los comparó con los estudiantes del Mayo Francés, pero el semanario aclara que la tecnología los hace más poderosos. En efecto, las redes sociales difunden su protesta y hasta la llevan a lugares remotos del planeta.

En el terreno de las utopías el Siglo XX fue muy prolífico, incluso surgieron las que procuraban “cambiar la vida de la gente”, a diferencia de otras que pretendían “cambiar la naturaleza del hombre”, como sucedió con el stalinismo, al extremo que se hablaba del “hombre nuevo”, como si fuese posible a este animal milenario cambiarle los instintos, el organismo, sus deseos, la violencia e incluso su inexplicable capacidad de hacer el mal…

Cuando se habla de cambiar la vida, esto se reduce a modificar el concepto que tenemos de las cosas  materiales, como la relación del hombre con el dinero, entre otros factores. El sistema permite que un individuo por necesidad acepte condiciones de trabajo y de vida que son injustas, pero el hecho de tener que mantener una familia lo obliga a aceptar trabajos con baja remuneración y hasta en condiciones laborales indignas. El sistema no ignora estas injusticias, por el contrario las promueve ya que sabe perfectamente que la necesidad es el caldo de cultivo para que los individuos abdiquen de sus aspiraciones, ignoren los límites y se rebajen a los caprichos del empleador o del amo. Éste es a menudo el fermento de las revoluciones y esto sucedió muchas veces de manera trágica a lo largo de la historia.

A comienzos de la década del 70  la igualdad fue un tema central en sociología y hoy reaparece con mucha fuerza, al menos en los discursos. El estadounidense Johan Rawls publicó “Teoría de la Justicia” y fue criticado, la igualdad se dejó de lado y los académicos comenzaron a hablar de la “diferencia”.  La internalización de la economía y las nuevas tecnologías provocaron en estas últimas décadas el “capitalismo de casino” como algunos señalaron. La nueva crisis económica significó un traumático despertar. En efecto, los ciudadanos se indignaron con el mercado y con los nuevos amos.

El francés Thomas Piketty con “El Capital del Siglo XXI” hizo un análisis del estado actual del problema a partir de datos estadísticos, procurando que su obra llegase al gran público y que no fuese destinada solo a especialistas, pienso que lo logró. El tránsito del capitalismo a la “meritocracia” es un mito, la herencia sigue superando al talento como criterio distributivo. El problema de la equidad  lo llevó a investigar la desigualdad que reside en la justicia. Las distinciones sociales solo pueden “fundarse en la utilidad común”, como sostiene el artículo 1 de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789. Partiendo de disciplinas diferentes Rawls y Piketty se dan la mano. El sistema económico actual goza de una enorme capacidad de chantaje. Las asimetrías de riqueza son también asimetrías de poder, dice Piketty. Y si Rawls hoy viviese probablemente hubiera dicho que la libertad y la igualdad son las dos caras del ideal democrático.

Actualmente los nacionalismos han puesto la prioridad política en la identidad y se desplazó la discusión sobre la justicia social. En ambas situaciones existe falta de respeto y de reconocimiento. Marginación social y económica por un lado, identidad por otro. Pero se advierte la necesidad de ruptura con el orden establecido, la necesidad si se quiere de incomodar para reordenar las referencias y los límites sociales.

Joseph Stiglitz, refiriéndose a los 40 años de neoliberalismo en los Estados Unidos y en otras economías del primer mundo, dice que el experimento neoliberal (impuestos más bajos a los ricos, desregulación del mercado laboral y del mercado de productos, financiarización y globalización) ha fracasado estrepitosamente, pues, el crecimiento sería más bajo de lo que fue en los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El Premio Nobel de Economía sostiene que “el neoliberalismo debe decretarse muerto y enterrado”. Él considera que es obligación del gobierno limitar y delinear los mercados por medio de regulaciones tanto ambientales como de salud, seguridad ocupacional y de otros tipos. Y piensa que es tarea del gobierno hacer lo que el mercado seguramente no hará: invertir en investigación básica, tecnología y salud. Durante estas cuatro décadas el neoliberalismo ha producido daños irreparables, de todo tipo, mientras tanto se multiplican las promesas de salvación así como los embustes. A propósito, acabo de leer un artículo donde según un equipo de investigación de The Washington Post, el irascible e inestable presidente Trump, en 828 días de mandato habría faltado a la verdad en 10.111 ocasiones, a la vez que en su primer año en el poder visitó 150 veces sus campos de golf… El magnate inmobiliario no me sorprende, lo que me sorprende es que a esa inmensa masa que lo votó y lo sigue en su peligroso derrotero que busca irracionalmente la primacía, estos datos le tienen sin cuidado, no le interesa, no le importa, y lamentablemente el fenómeno se repite en otros lugares, incluso entre nosotros. Si mal no recuerdo Nixon debió renunciar por mucho menos. Es evidente que eran otros tiempos. Para Cicerón la verdad no solo se corrompe con la mentira, también con el silencio.