Algunos amigos, lectores de este blog, me aconsejan ante este confinamiento intransigente que evite enojarme por las cosas que pasan. Y mirando por el espejo retrovisor de mi vida, hoy me doy cuenta que ya en mi juventud me indignaban las mismas cosas, lo que refuerza la tesis de que aquí nada cambia, todo sigue más o menos igual, a lo sumo los cambios son gatopardistas, destinados al consumo del rebaño (no hablo de la inmunidad de rebaño). Llegaron a aconsejarme la práctica del Budismo Zen, con énfasis en la meditación, la percepción de “la verdadera naturaleza», desestimando el conocimiento intelectual para facilitar la práctica espiritual. Yo agradezco las buenas intenciones, pero en lo que atañe a la espiritualidad he recorrido un largo camino y, una febril incursión entre los 20 y 25 años, época en la que procuré investigar todo lo que pude. Llegué a la conclusión de que ciertos conocimientos me están vedados, por eso eludo el tratamiento de cuestiones metafísicas y esotéricas que jamás resolveré. Por algunas de mis notas en los periódicos recibí la felicitación de gente que no conozco y que me habla de la Biblia, que interpreta la génesis de la actual pandemia a través del algún versículo, y me invita a concurrir a sus iglesias donde aseguran que allí encontraré todas las respuestas… Felicito a aquellos que han resuelto todas sus dudas existenciales y las del más allá, no es mi caso, vivo con la realidad del más acá, sin descuidar la espiritualidad que forma parte de mi vida íntima, la que defiendo contra el viento y la marea. No pretendo convertir a nadie imponiéndole mi religión, pero me desagrada que traten de convertirme. Recuerdo que viajando a Bolivia para dar una conferencia sobre “industrias culturales y ética”, en el avión tuve por compañero de asiento a un hombre de mi edad, muy simpático, que inició un diálogo trivial y, a los diez minutos advertí cómo sutilmente me llevaba al terreno escatológico. Zorro viejo en estas lides olfateé que seguía un manual de conversión dogmática, Mientras bebíamos, a cada pregunta solía responderle con alguna duda, pues, tengo una marca cartesiana que me delata: la duda metódica. Cuando nos despedirnos, me confesó que era pastor y le prometí que visitaría su templo, se puso muy contento, pero jamás cumplí la promesa. En otra oportunidad, en San Pablo, en un seminario de bioética, un pastor holandés se refirió a los pacientes terminales, subrayando que en esa etapa de la vida el enfermo solo necesita que lo acompañen y lo contengan, no más, y criticó a los religiosos que ven una oportunidad para hacer proselitismo. Trasladando esa idea a la crisis actual, pienso que no es momento de ganar prosélitos, pero nuestros políticos se rehúsan, son refractarios por no decir incorregibles, y bien podrían protagonizar la “La jaula de las locas”.
Los que me conocen bien saben que me gusta decir verdades, pero confieso que me duele cuando esas verdades agravian o dañan a aquellos por los que siento verdadero afecto, estén situados de uno o de otro lado de la grieta. Me pasa porque privilegio los afectos y, hago a un lado las ideologías y los dogmas, de allí el estribillo de la canción que cantaba Tanguito, “Pero el amor es más fuerte”. En mis días de Madrid, los medios convocaban a menudo a Borges y Sábato. Mis amigos españoles estaban indignados con los declaraciones de Jorge Luis, dueño de una ironía incisiva, que lanzaba un misil a un poeta español consagrado y se quedaba callado con la mirada perdida, en cambio no se enojaban con Sábato que también profería sus críticas pero enseguida se ponía colorado, como si inmediatamente se arrepintiese porque no era su intención agraviar.
En la clase dirigente actual salta a la vista una impericia en el arte de la palabra y en la trasmisión inteligente de los mensajes, en la oratoria y en la escritura, al extremo que todos los días deben salir en los medios a formular aclaraciones sobre lo que dijeron, incluso desmentidos sobre las declaraciones del día anterior. En fin, el estilo oratorio hace a la persona, pero la incontinencia verbal hace al relato…
Resulta patético ver peleas de la farándula y vedetes que se enfrentan por cuestiones políticas y, el presidente participa, más allá de declaraciones falaces, e incluso veo en los noticieros que él si puede abrazarse con la gente, y hasta quitarse en público el barbijo, mientras yo tengo prohibido abrazar a mis hijos y nietos. Entonces, al igual que otros me pregunto: ¿éste es el sentido de la justicia social, y el de la igualdad ante la Ley? No sé si el presidente tiene un aparato inmunológico premiun, pasó los 60 años, la vicepresidente tiene 67, el ministro de salud 74, pertenecemos a la misma generación….
En la zona donde circulo por razones domiciliarias, limitada por las avenidas Corrientes, Callao, Santa Fe y 9 de Julio, compruebo un estricto cumplimiento del protocolo, todos con barbijo, distanciamiento social, frasco de alcohol en gel en el bolsillo, y en los supermercados del barrio un celoso cumplimiento del personal de seguridad para que al ingreso uno se desinfecte las manos y no entre más gente de lo previsto. Eso no se puede ignorar, ya que revela la responsabilidad que otros no tienen. Entiendo que en algunas zonas carenciales ese cumplimiento resulte imposible en todos sus términos, y allí sí tiene que estar el Estado para ver cómo protege a esa gente.
Con el aval del dilatado ejercicio asistencial que tengo, en muchos detecto agotamiento en sus rostros, no es para menos, llevan 10 semanas de aislamiento, algunos en soledad, no saben cuánto más, y nadie los contiene psicológicamente. En la Argentina basta con ignorar un problema para negarle su existencia real. Un colega psiquiatra decía que la psiquis no aguanta más de 4 ó 5 semanas de aislamiento, por eso vengo insistiendo en que hay que buscar alternativas inteligentes y no autoritarias, acordes con la zona o región y la realidad sanitaria. En Europa hice una pasantía de dos meses en un departamento de medicina psicosomática, me fue muy útil para desarrollar otra visión.
Hace varios años, en Lisboa, participaba de un congreso europeo y, el día de la inauguración, mientras aguardaba la apertura, pasó a mi lado el presidente de Portugal con cuatro custodios y su edecán. Luego de escuchar a las autoridades del congreso, él tomó la palabra, dio la bienvenida en portugués a sus connacionales y en un inglés british impecable pronunció su discurso. La mayoría éramos extranjeros (quizá yo el único latinoamericano), y él habló con un conocimiento de la medicina interna y su repercusión social, sin ser médico, que me deslumbró. Ya sé que pudieron haberle dado letra, pero él la masticó, y en la elocución se atuvo a la preceptiva clásica: exordio breve, desarrollo meduloso y epílogo impactante. Cuando llegó mi mujer al cóctel, le pregunté por qué aquí no teníamos políticos de esa talla. Hoy otro es el presidente, quien llegó al parlamento para tomar su cargo a pie, no permitió que en el recinto hubiese familiares, quienes lo aguardaban a la salida mezclados entre el público. Como decía uno de mis profesores, si bien el hábito no hace al monje, es evidente que lo ayuda… En cuanto al Covid-19, Portugal tomó medidas rápidas y efectivas: de entrada hicieron más test que Noruega, Suiza, Italia y Alemania, establecieron servicios de urgencia exclusivos para estos enfermos así evitaban contagios en los hospitales, regularizaron a todos los trabajadores inmigrantes para garantizarles la sanidad (150.000), entre otras medidas. Portugal es elogiado por el manejo de la pandemia.
Cuando comenzó la cuarentena hice público lo que pensaba sobre medidas que no debían dilatarse (algunas se dilataron, otras ni se consideraron), y no hablo con el diario del día después porque repito está publicado. Los médicos internistas, a diferencia de los epidemiólogos y otros especialistas, somos como no me canso de repetir en todos los foros locales e internacionales, los que mejor preparados estamos para ejercer una medicina integral, vemos el árbol y también vemos el bosque, no usamos anteojeras.
Era obvio que de entrada había que poner énfasis en los geriátricos, asilos, villas de emergencia y sujetos en situación de calle. Era obvio que no podía existir un protocolo único para realidades poblacionales tan desiguales. Era obvio que de entrada había que proteger al personal de salud por el alto grado de exposición. Era obvio que no se podían desatender otras patologías que incluso ocasionan más muertes. Era obvio que la “comunicación sensible” debía ser filtrada por psicólogos, para no infundir miedo, si no para que la población tome conciencia, sepa cuidarse y cuidar a los demás, eso forma parte de la educación, pero interesa más el adoctrinamiento, así nos fue y así nos va.
Uno puede imaginar o incluso planificar el futuro personal, sin embargo ante una situación de crisis como la que vivimos, gravísima, lo correcto es que el que lleva el timón explicite la hoja de ruta (dudo que la tenga por el tiempo transcurrido sin dar señales), la comunique de manera clara, sencilla y con precisión, así la gente puede saber hacia dónde navegamos y cuáles serán los puertos a tocar. Si el mensaje es breve, mejor, ahora si su contenido es anti-lógico, mixturado con chicanas y golpes bajos, que no se enoje si llueven las críticas, pues, cada uno debe hacerse cargo de sus palabras.
En Quilmes, en la Villa Azul, el asentamiento es de los años 60, y enfrente separada por la ruta, la Villa Itatí es de los años 50. Un hombre dice que el agua sale sucia y le da miedo dársela a los niños, una mujer comenta que espera atención médica desde hace un mes, otros se quejan por falta de comida, mientras la propaganda oficial (que tanto nos cuesta a los que pagamos impuestos) dice: “El Estado presente”, pero acaso alguna vez estuvo presente el Estado en estos 210 años de historia. Reparemos que La Villa 31, en Retiro y próxima a la Recoleta, es la emblemática de CABA, un asentamiento que comenzó en 1932, en la “Década infame” o de la “república conservadora” (entre 1939 y 1943), época caracterizada por el desarrollo y la bonanza económica, al extremo que se tropezaba en el Banco Central con los lingotes de oro, pero también época caracterizada por el retroceso de las libertades ciudadanas. Mi padre me contaba que cuando debió votar por primera vez, en un corralón de Villa Crespo bajo custodia del ejército, el presidente de mesa le pidió la libreta, la firmó, selló, y le dijo: usted ya votó… La justificación era el “fraude patriótico”. En fin, los barrios de emergencia según fuentes oficiales, en la Provincia de Buenos Aires desde el 2001, pasaron de 385 a 1.800 asentamientos, donde viven 12.300.000 seres humanos y esto, es, evidencia, punto. Como dijo Charles P. Scott en su famoso editorial de The Guardian: “Las opiniones son libres, los hechos son sagrados”.