Aquellos temas que tienen que ver con las relaciones sexuales han sido motivo de conflicto en todas las épocas. Mi generación creció entre dos situaciones polares: la abstinencia absoluta y el desenfreno sexual, no solo como despertar sino como cuasi deporte. Entre esos extremos estaban todas las situaciones intermedias que podamos imaginar. Conocí individuos fervientemente religiosos que llegaron a la adultez cuidando celosamente su virginidad, porque buena parte de la moralidad de la época pasaba por no tener relaciones fuera del matrimonio. Como es natural, este mandato  terminaba generándole no pocas tensiones al joven, quien muchas veces se refugiaba en el onanismo, práctica que también era motivo de reprobación moral. Todos conocemos la historia de Onán, quien prefería el coitus interruptus antes que embarazar a la viuda de su hermano y que el vástago de esa unión no fuera descendencia suya sino de su hermano, quitándole el lugar de primogénito.

Mi generación vivió entre el Pecado de Onán y el Pecado de fornicio, dos prácticas que revelarían las bajezas de la condición humana.  En efecto, estas prácticas son rechazadas por el catolicismo, el judaísmo y el Islam, ya que el sexo por placer constituye un pecado y, solo se acepta dentro del matrimonio y con el único objeto de la reproducción (…) Claro que hoy este mandato religioso colisiona abiertamente con la sociedad, cuya  inclinación a la cultura del deseo, al estilo de vida acorde con sus deseos, e incluso a la medicina del deseo, son hechos evidentes.

¡Siamo tutti peccatori! Es cierto, qué duda cabe, los seres humanos tenemos esa tendencia y, pecamos en los hechos y también pecamos con los pensamientos. Por ejemplo, la religión no acepta que el hombre desee la mujer ajena, porque quien fantasea con ella incurre en un acto pecaminoso, aunque solo quede registrado en la cripta de su conciencia. En fin, me parece natural que alguien mire a otro ser del sexo opuesto (en algunos casos del mismo sexo) cuando esa persona le resulta atractiva o ejerce cierta seducción. Esto ha dado lugar a la cultura del disimulo, es decir, cuando pasa a nuestro lado una chica bonita nos hacemos los boludos. Supongo que a las mujeres les sucederá algo similar.

Los nazis procuraron controlar la vida de hombres, mujeres y niños desde todos los aspectos. Hitler era un amante del cine, y cuando vio King Kong ordenó parar la proyección, pues, consideraba que el romance entre un gorila y una mujer blanca significaba un ataque a la raza aria, y también era una metáfora del multiculturalismo, lo que resultaba inaceptable. Pero lo cierto es que la atracción sexual supera las barreras étnicas, sociales e idiomáticas. Lo mismo sucede con el amor.

Luego del Mayo Francés y de los diferentes movimientos que sacudieron las estructuras de la sociedad, emergió una cultura de protesta, no solo contra la autoridad y los convencionalismos sociales, sino contra la familia y las prohibiciones en las relaciones de pareja. En Occidente se vivió una marcada liberación que llega a nuestros días. Claro que hubo y hay no pocos desenfrenos y la aparición del SIDA puso una barrera letal al concepto del “amor libre”. Recuerdo que en los 80 y 90 había religiosos de distintos credos que veían en esta enfermedad un castigo divino frente a la perversión sexual y hacían una serie de acotaciones que eran propias del Medioevo más oscuro. Se trataba de una enfermedad de homosexuales. Todas estas estupideces luego fueron rebatidas por las evidencias científicas.

Por otra parte, las libertades sexuales en el hombre y en la mujer no son moralmente equivalentes, y esto ha sido así desde tiempos remotos. Pero resulta indudable que la moral religiosa tuvo y tiene como epicentro el sexo, a través del cual se pretende ejercer un férreo control del individuo.

Una práctica terrible es la de la ablación del clítoris, cuyo rito procura evitar que la mujer sienta placer sexual. En el mundo hay millones y millones de mujeres sexualmente mutiladas, a pesar de que está prohibido.

Recuerdo que en 1978, cuando vivía en Madrid, se legalizó en España la comercialización y el uso de los anticonceptivos, los que ya se utilizaban en los Estados Unidos y en otros países desde los 50. La discusión por el uso de la píldora continúa vigente.

El embarazo no deseado o las diferentes situaciones que aconsejan su interrupción nos conducen al conflictivo tema del aborto, para algunos un problema insoluble. Nadie puede impedirle a una mujer ser madre, pero tampoco se la puede obligar a serlo. Habitualmente se acepta que el hombre es dueño de su cuerpo, pero en el caso de la mujer no estaría claro, y no hablemos de aquellas sociedades donde la mujer es privada de derechos básicos, constituyendo una muerte civil. Claro que la condición social y económica es muy importante, por eso las clases acomodadas pueden eludir las restricciones legales y también la condena moral. Al respecto, siempre me sorprendió cómo muchos de los más fervientes antiabortistas, que defienden a rajatabla el derecho a la vida, son los más acérrimos defensores de la pena de muerte (…)

Helena era la mujer más bella del mundo antiguo, según dicen, vivía en Esparta, y Paris cuando la vio se enamoró, al punto de llevarla con él a Troya, no se sabe bien si raptada o seducida, pero lo cierto es que Helena estaba casada con Menelao, quien había heredado el trono de Esparta.  Hace unos años, cuando viajé a Turquía, visité las ruinas de Troya y el estrecho  de Dardanelos, en la península de Anatolia y, me sorprendieron las excavaciones que descubrieron una decena de Troyas, pero no se sabe con precisión en cuál de estas ciudades se desarrolló la historia que narra Homero. A Paris los dioses decidieron tentarlo ofreciéndole sabiduría, destrezas guerreras, poder político, el control de toda Asia, pero fue en vano, él solo aceptó el ofrecimiento de Afrodita: el amor de Helena.