La Argentina de hoy puede ser calificada como un país sin salida o si se prefiere sin futuro, al menos para las clases sociales desprotegidas que constituyen la gran mayoría de la población, pero en mi opinión, más allá de pronósticos infaustos o tal vez apocalípticos, la salida existe… El hecho deviene de vivir siempre de crisis en crisis, de naturalizar un escenario de conflictividad crónica e irracional, donde la economía, más allá de ser una nota dominante en cualquier sociedad, ocupa siempre el centro de la discusión. Hoy con una pobreza cuya magnitud es inédita, prefabricada en buena medida y en ascenso, al extremo que ya comprende a más del 60 % de la población, y curiosamente en un país cuyas riquezas todavía son incalculables. Claro que a esta pobreza material a menudo se le asocia una pobreza mental, ambas impuestas por las dirigencias tradicionales que tienen una larga historia de deriva autoritaria. Hay dos variables elementales para superar la pobreza, que aquí ya es estructural, y son la educación y el trabajo. Pero debemos ser realistas, pues como decía Bertolt Brecht, lo primero es comer, después hablaremos de moral.
Cuando los políticos y los economistas se refieren a nuestra realidad como país, daría la impresión que la problemática tiene apenas un pasado reciente o en el caso que se remonten a lo sucedido algunas décadas atrás, dibujan una realidad recortada, sesgada por la ideología o sus intereses personales. Sin embargo hay muchos antecedentes históricos que son importantes para entender el presente, pero por razones de espacio mencionaré sólo tres. Los conventillos, consecuencia y expresión del déficit habitacional en la etapa de la inmigración, caracterizados por el hacinamiento y la pobreza, aparecieron a fines del siglo XIX. Las villas de emergencia (antes popularizadas como villas miseria) surgieron en la ciudad de Buenos Aires a principios de la década del 30, con la crisis de esa década, y no han parado de expandirse, al punto que se contabilizan varios miles en todo el país. El primer préstamo que contrajo la Argentina con el FMI fue en 1956, allí comenzó nuestra atormentada relación con ese organismo internacional. Mencioné sólo tres datos, históricos y a su vez actuales, que evidentemente ningún gobierno abordó en los hechos con firmeza e inteligencia. Por eso el relato actual no se compadece con la historia real y, la ignorancia del pasado es tal que muchos parecen creer que la humanidad se inauguró en el presente.
Hoy por hoy vivimos en medio de numerosas vulnerabilidades que se van agravando por la pobreza y la discriminación. A través de los medios uno se entera que en los países desarrollados los niños que nacen en la pobreza, en el 75% de los casos mueren sin ser pobres. Pero en la Argentina un chicho que nació en la pobreza es muy difícil que salga de ella, al extremo que se sostiene que estimativamente en el 95% de los casos morirá siendo pobre. Terrible, porque a esos seres humanos se les niega el derecho a un proyecto de vida, de acceder a un futuro digno.
Aquí como en otras partes se discrimina por la raza, el sexo, la orientación sexual, la ideología, la religión o creencia, la clase social, la edad, el idioma, pero también si se es discapacitado por una enfermedad o si se trata de un inmigrante. Las estigmatizaciones constituyen un comportamiento negativo que vulnera la dignidad del estigmatizado, a quien se lo menosprecia, se lo señala de manera hostil como alguien inferior, y se lo rechaza en base a prejuicios y estereotipos. En fin, son falsas generalizaciones que comparten un gran número de personas. Además, un prejuicio inconsciente nos lleva a acercarnos a la gente que se parece a nosotros y a mirar con desconfianza cuando no con repulsión a aquellos que son diferentes. Hace tiempo Adela Cortina acuñó la palabra “aporofobia” para referirse a la aversión que produce el individuo pobre en la sociedad occidental, tema que he abordado en otras publicaciones.
Hoy los políticos se manejan a golpes de encuestas y buscan que el relato coincida con la opinión de la mayoría o al menos con el grueso de sus votantes. De allí que la crítica a ese político sea interpretada como la crítica a la sociedad o al pueblo que coincide con él, situación que todo populismo tiene presente, por eso recurre al ropaje de la anti-política en coincidencia con el estado anímico de la población. En efecto, en mucha gente existe una sensación de hartazgo de la política y sus actores, la indignación se extiende, y los líderes canallas se encaraman en la cresta de la ola del disgusto y la mala disposición. Los populistas no suelen ser muy cultos, pero tienen un olfato propio de los sabuesos y cuando perciben en el aire el malhumor social, rápidamente se adhieren y lo manipulan. Ante el panorama de nuestros días, cómo mucha gente no va a recelar de la política y la democracia si cada vez son más los que se quedan sin trabajo, pierden su vivienda, se ven empobrecidos y hasta pasan hambre, mientras el gobierno de turno a través del relato busca culpables en una suerte de caza de brujas, a la vez que oculta las verdaderas razones de la crisis.
En este berenjenal de catástrofes humanitarias y de crisis económicas que nos agobian aquí y en otras regiones, aparecen los filántropos que procuran monopolizar el poder a través de sus ONG. Es ya una tradición que el gobierno de turno les conceda subsidios a aquellas que le son cercanas, y combata a las que se sitúan en la oposición. Temas sensibles como los derechos humanos, centros de salud para sectores marginales, orfanatos, casas de protección para mujeres abusadas, entre otros. Muchas de estas ONG, incluyendo a algunas que no llegan a constituirse legalmente como tales pero que operan en los hechos, como ser algunos comedores populares, realizan una filantropía genuina. También están las grandes empresas atentas al marketing y a las ventajas de tener una buena imagen, que con sus donaciones pretenden que las mismas sean deducibles de los impuestos, y para mí esto no es mecenazgo… Por favor, basta de avivadas e hipocresía. Hay muchas formas de ser solidario, de prestar ayuda, donando tiempo, trabajo, bienes materiales. Quien desinteresadamente desee auxiliar con su dinero puede donar, pero los impuestos debemos pagarlos todos, como cualquier ciudadano de a pie.
Las prestaciones públicas básicas deben estar en manos del Estado y no de la caridad privada. Ninguna ayuda estatal debería estar “tercerizada”, ya que el Estado tiene personal suficiente, yo diría en demasía por tratarse de un mega-estado (ineficiente), y debe hacerse cargo de las asignaciones así como de la vigilancia del proceso. La tercerización en estos casos es un mecanismo que alienta el clientelismo y la corrupción.
Recuerdo que en el siglo pasado hubo un sinnúmero de huelgas generales promovidas por los gremios con un tufillo de conspiración. Durante el siglo actual tenemos a diario piquetes en CABA que perjudican la dinámica laboral de la ciudad, cortes de calles y rutas en todo el país, protestas y movilizaciones utilizando a los que reciben planes sociales, todo esto articulándose con la cultura de la “apropiación indebida”, que digita una dirigencia clientelista y autoritaria que se adueña de los dineros públicos surgidos de los que pagamos impuestos y que además debemos callar. Las protestas de la gente suelen ser legítimas, sin embargo antes y ahora el clima es extorsivo.
En cuanto a la idea del libre mercado es seductora, pero tiene mucho de utopía. Hace un par de siglos las elites consideraban que era necesario disciplinar a las clases bajas y mantenerlas en la pobreza para que apuntalaran la industria. De más está decir que no debían participar de las decisiones políticas, pues, ellas estaban para obedecer. No son pocos los que todavía coinciden con ese pensamiento, aunque se cuidan de explicitarlo en público, pero el mundo cambió. Hoy la gente tiene ambiciones y reclama a viva voz por sus derechos. El sentido común se ha tornado subversivo. Internet es el ágora de nuestro tiempo, allí cada uno dice lo que le parece, hace su catarsis, sube videos de todo tipo, hasta porno casero. En las redes las investigaciones, las noticias y la información se entremezclan peligrosamente con las fake news. Y los que se oponen al capitalismo actual reclaman poder alimentar y educar a la totalidad de la población mundial, un sueño loable aunque muy difícil de alcanzar, como lo demuestra la historia universal. Pero los sueños pueden superar las pesadillas, y como decía Edgar Allan Poe, aquellos que sueñan de día son conscientes de más cosas. Yo pienso que no se trata de la izquierda, la derecha o el centro, que en todo caso son mediaciones de la realidad, solo se trata de actuar con dignidad, nada más.