• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos de autor: Roberto Cataldi

Los espejismos de la Educación

13 martes May 2014

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El sociólogo francés Marc Augé era hijo de un empleado público, su padre quiso que un día pudiera convertirse en un intelectual y finalmente vio sus aspiraciones realizadas. Pero Augé aclara que el objetivo se cumplió gracias a la escuela pública, que entonces impartía educación para todos. También en Argentina la escuela pública a muchos nos dio la posibilidad de cumplir nuestros sueños de progreso.

Hoy la situación es muy diferente, la escuela es incapaz de luchar contra la desigualdad y por momentos parecería estar exhausta. En toda época existió una educación que pretendió ser elitista, tanto en el sistema estatal como en el privado, ya sea por la calidad de la oferta educativa, el prestigio de sus profesores, las exigencias para poder ingresar y luego promocionar, o por el nivel socioeconómico de los que asisten, pero no debemos olvidar que en la construcción de las élites también están presentes los espejismos creados por el marketing educativo, que se esfuerza por apuntalar el gran negocio de la educación.

Hace un tiempo, un matutino de Buenos Aires publicó una nota sobre los chicos que estudian en sus casas. Al respecto, no vivimos en la época de Carlomagno, yo creo que si bien hay situaciones que justifican la excepción de estudiar en la casa, ver esta alternativa como una meta general para los niños y los adolescentes es propia del Medioevo. Los chicos tienen que formarse y convivir con otros chicos, y la principal agencia de socialización siempre fue la escuela. Los padres no pueden desentenderse de la educación de sus hijos, por más costosa que sea la matrícula que paguen, tampoco pueden pretender que la escuela haga milagros y los docentes sean héroes. La formación de un niño exige de la escuela pero también de la familia. En fin, instruir no es educar, reflexionar éticamente no es aceptar dogmas, dar ejemplo no es caer en una moralina.

La escuela y la universidad jamás cubrieron todas las expectativas, por eso es bueno que existan actividades extracurriculares. Los profesores universitarios vemos la penúltima etapa del proceso. En cuanto a si la educación debe ser estatal o privada, laica o confesional, no es la cuestión de fondo. La legitimación de una institución educativa está en los saberes que imparte, caso contrario alimentamos el escepticismo, el facilismo y la corrupción. Tanto la escuela como la universidad necesitan cambios, profundos cambios, pero éstos no deben ser proselitistas.

Hoy por hoy existe en muchos aspectos una decadencia educativa que va de la mano de un mundo en crisis. La palabra “excelencia” está muy promocionada al punto de haberse convertido en un cliché, y lo digo desde mi posición de profesor universitario que ha desarrollado una intensa y dilatada tarea en universidades estatales y privadas durante décadas. La supuesta formación de “excelencia” que dicen ofrecer ciertas instituciones a menudo resulta ser un anzuelo para los ingenuos. En el mundo se está produciendo un fenómeno particular, ya que hay padres que envían a sus hijos a instituciones de renombre, que incluso figuran en los primeros puestos del ranking de calidad internacional, y lo hacen no tanto por estar convencidos de la formación que recibirán sino por las relaciones sociales que podrán establecer, y claro, esto puede ser determinante en el futuro de sus hijos.

La educación pública gozaba de un prestigio que ya no tiene. Antes las familias modestas podían enviar a sus hijos a la universidad y, hasta llegaba a cambiar el destino de esas familias. Ricos y pobres compartían las aulas, si bien es cierto que siempre existió una educación de gestión privada para aquellos que estuviesen interesados y que pudiesen pagarla. Yo soy la resultante de la educación estatal, todos los ciclos, desde la escuela primaria hasta la universidad e incluso el postgrado los realicé en instituciones del Estado, no sucedió lo mismo con Alejandra y Maximiliano, mis hijos, quienes comenzaron en colegios públicos y al advertir ciertas falencias institucionales decidí cambiarlos al sistema privado, y para mi ese cambio representó un gran esfuerzo económico que se prolongó durante años.
Durante la época del Proceso hubo lecturas obligatorias en las escuelas. Qué y cómo leer era un asunto de seguridad nacional. En realidad, cada época tiene su “canon escolar” y el Estado termina ordenando qué autor se debe leer. La libertad académica siempre fue más declarada que ejercida.

Hace un tiempo leí que alumnos universitarios de los Estados Unidos que asisten a instituciones cuyas matrículas son muy costosas, se quejaban de que las promesas con que habían sido captados no suelen corresponderse con la realidad que se vive en ese país, al punto que se sentían estafados. Pero también he tomado conocimiento a través de la prensa, del descontento de los alumnos de economía que asisten a la Universidad de Harvard por el “sesgo ideológico” de los programas de estudio, donde por ejemplo se hace hincapié en las teorías de Adam Smith y no se tiene en cuenta a otras teorías como la keynesiana. Y esto, como señalaron los estudiantes de esa prestigiosa universidad, es preocupante ya que esas teorías que se defienden han sido responsable de la crisis financiera mundial y no han servido para salir de la misma, como lo prueban los años que llevamos inmersos en ella. Hoy esta queja también se ha globalizado y acabo de leer que 44 asociaciones de estudiantes de Ciencias Económicas de 19 países han solicitado públicamente que exista una enseñanza pluralista con vistas a solucionar los problemas del mundo actual. Es lamentable que la enseñanza universitaria de una disciplina como la economía esté sometida a tejemanejes que van más allá de los aspectos pedagógicos o académicos, pues, entran de lleno en un cuestionamiento ético al proceso de enseñanza-aprendizaje. La tarea del profesor nada tiene que ver con la del líder religioso o la del comisario político.

La incorporación de la moderna tecnología en el mundo de la educación está produciendo una revolución. Cualquiera puede conectar el mundo a su casa mediante una PC y para la educación esto resulta muy ventajoso. Claro que estas ventajas de ninguna manera sustituyen al profesor ni a la enseñanza personalizada, como algunos irresponsablemente sostienen. Pero la industria avanza, presiona fuertemente, e intenta imponer las nuevas tecnologías educativas. Decía un especialista en el tema que hay que ser muy cuidadosos para evitar que las empresas tecnológicas no terminen dictando la pedagogía. De todas maneras la introducción de las TIC (tecnología de información y comunicación) en las aulas es un fenómeno que apunta a enseñarles a los estudiantes a usar estas herramientas para desenvolverse en la vida y, asimismo a que mediante las mismas los profesores enseñen mejor y los alumnos aprendan más.

Las computadoras portátiles, las tabletas, los teléfonos celulares, en una carrera tecnológica por brindar más ventajas al usuario, ponen al alcance de la mano casi la totalidad del saber, al menos esa es la impresión que causan. En efecto, parecería que la totalidad de la cultura está contenida allí. Claro que esta situación ha producido una metamorfosis en el seno de la cultura, en la información y en la comunicación. Fenómeno que en alguna medida va en detrimento del libro impreso y de los escritores. Las bibliotecas también acusan recibo. La juventud se ha metido plenamente en la computación y se conecta con los lugares más remotos del planeta. En buena hora que así sea, pero de ninguna manera significa que haya aumentado la comunicación y el entendimiento entre los seres humanos (…)
En materia pedagógica, creo que lo fundamental consiste en transmitirle al estudiante la imperiosa necesidad de una apertura mental, de una postura de tolerancia hacia aquellas ideas que no compartimos y, por sobre todas las cosas, acostumbrarse a reflexionar de manera crítica.

Los pobres, el poder y la democracia

25 martes Mar 2014

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Hace un tiempo leí un artículo periodístico acerca de los pobres que tienen alma de ricos y que llegan a despreciar a los otros pobres de la misma manera que lo hacen los ricos. En efecto, la observación no es de difícil comprobación y, confieso que hasta llega a sorprenderme cómo se mimetizan, adoptando tesituras y poses que a simple vista son incoherentes. Por eso tengo la impresión que la solidaridad de clase entre los pobres, a menudo no pasa de ser una retórica.

Un ejemplo patético es el de las urnas, ya que la masa de individuos pobres y postergados vota con frecuencia a ciertos políticos adinerados, exitosos en sus empresas y negocios particulares, y que además no pueden justificar el enorme capital que ostentan. Para colmo suelen ser acusados de corrupción, sin embargo ellos tienen una justicia a su medida,  a la vez que son premiados por sus votantes que le imponen al país una administración fraudulenta; cuando el barco hace agua esos mismos votantes no se hacen cargo de su elección, miran para otro lado e incluso llegan a negar su voto. Pero estos pobres también suelen menospreciar a los políticos que viven al día (creo que cada vez son menos) y, son muy duros en sus condenas cuando en los medios aparece alguna información acerca de un traspié moral que cometieron en el pasado, como si todo mortal no tuviese en su haber algunos traspiés. Lo curioso es que frente a los poderosos que incurrieron en graves actos de corrupción, muestran una llamativa indulgencia y, hasta llegan a aceptar de buena gana la obscenidad que exhiben y que diligentemente es reflejada en los medios, como si la plutocracia ameritase licencias o consideraciones especiales.

Cuando era chico, mi abuela solía repetir hasta el cansancio aquella sentencia de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. No sé si es tan así, pero de lo que no dudo es que cada votante, más allá de su condición económica o social, debería hacerse cargo del candidato o del partido que votó, no es asunto de emitir un cheque en blanco y luego hacerse el distraído. Y si ninguno le convence, está el voto en blanco para fijar su posición ante el panorama político y revelar responsabilidad cívica.

El Siglo XX fue un período de la historia dominado por el drama, y los hechos trágicos que se vivieron deberían haber consolidado el sistema democrático a nivel universal, deberían haber privilegiado el respeto por el otro, deberían habernos hecho un poco más humanos. Pero no fue así. María Zambrano, cuando hacía alusión a la tragedia que se vivió en España, decía que cuando se estuvo dentro del pueblo y su contienda, era imposible pretender haber quedado limpio y, mencionaba la hipocresía de desconocer la locura que vivieron. Para ella el único proyecto posible era ser persona, ser humano, ser moral.

Mi padre solía contarme que Elpidio González, quien fue vicepresidente de la Nación, cuando finalizó su mandato no aceptó la pensión que por ley le correspondía, lo que hoy llamamos “jubilación de privilegio”, y que solía cruzarlo en la calle Florida vendiendo anilinas, ese era su único medio de vida. González murió en la más absoluta pobreza haciendo honor a su carácter de católico de la orden franciscana. No creo que en nuestra historia política tengamos muchos ejemplos de vida como el de Elpidio. Claro que esta situación nada tiene que ver con las ventajas que naturalmente se obtienen luego de haber dejado la función pública, pues, que un ex mandatario gane mucho dinero dando conferencias, modelando para una firma importante o asesorando a diversas empresas no constituye una conducta reprobable. Sin embargo, existen algunas  situaciones muy delicadas, que tienen que ver con la transparencia de los actos y sobre todo con la ética pública, son situaciones que merecen una atención especial. En fin, estoy convencido que si Elpidio González viviese, no entendería nada de lo que hoy sucede.

George Bush, Tony Blair, Aznar, y sus respectivos círculos íntimos de poder, son los principales responsables de la masacre producida en Irak, y si existiese una justicia internacional que encarnase una de las cuatro virtudes cardinales, estos personajes ya habrían comparecido ante Temis. Hoy sabemos que en Irak no había armas nucleares ni biológicas, tampoco Bagdad patrocinaba el terrorismo islamita, lo que reveló que los argumentos de Bush hijo y sus aliados ante la opinión pública mundial para justificar la invasión eran absolutamente falsos. Todo revela que se perseguían intereses económicos, no humanitarios como hipócritamente declaraban. Poco importó que millones de personas en distintas partes del mundo salieran a la calle pidiendo que la operación fuese abortada. Estos gobernantes surgidos de las urnas, desoyeron a sus pueblos, y el daño que cometieron supera ampliamente al que existía bajo el régimen dictatorial de Saddam Husein, un ex aliado, un antiguo socio de Occidente. Hoy nadie se hace cargo de las consecuencias de una invasión que no debió ser. Tampoco nadie es capaz de vislumbrar el futuro de este país desgarrado, y menos que llegue a convertirse en un Estado unificado y democrático. Los ciudadanos de distintas partes del mundo que desde su modesto lugar se oponían a la invasión, con claridad meridiana advertían que se trataba de otra aventura del poder imperial. Lo curioso es que los máximos responsables de este desastre, que ya han dejado el poder, hoy pueden continuar sus vidas con absoluta normalidad, sin tener que rendir cuentas ante la justicia, porque la justicia que le toca al resto de los mortales a ellos no les cabe.

Las desigualdades –de todo tipo- siempre existieron, y sin duda continuarán siendo materia de discursos populistas y de promesas incumplidas. Pero la desigualdad que hace referencia a la antigua “cuestión social”, no es tema de debate de tecnócratas, economistas y científicos sociales que se regodean exponiendo sus teorías en cenáculos próximos al poder y que hoy se los conoce con la denominación de think tank. En efecto, la situación actual exige de un amplio debate y, le compete a los políticos en el poder diseñar y poner en práctica las estrategias necesarias para alcanzar las soluciones posibles, pues, no se trata de utopías como sostienen algunos privilegiados.

Averroes sostenía que una de las cuatro cosas que no puede ser escondida durante largo tiempo es la pobreza, las otras serían la riqueza, la ciencia y la estupidez. Para los que escriben libros de autoayuda, tanto la riqueza como la pobreza representan una cuestión de actitud; me temo que esto sólo busque en los primeros la justificación y en los segundos el consuelo (…).

Ser pobre o ser rico tiene que ver con lo económico, nada más. Las cualidades que pueden añadirse a cada una de estas condiciones, surgidas de la religión, la moral o la política, tienen que ver con la persona en cuestión. Cualquier lector atento advertirá que aquí la generalización suele dar paso a la falacia. En última instancia, el problema pasa por el andarivel de la dignidad, una cualidad que deriva de la autonomía de la persona y que exige respeto por el otro.

Entre el pecado de fornicio y el pecado de Onán

16 jueves Ene 2014

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Aquellos temas que tienen que ver con las relaciones sexuales han sido motivo de conflicto en todas las épocas. Mi generación creció entre dos situaciones polares: la abstinencia absoluta y el desenfreno sexual, no solo como despertar sino como cuasi deporte. Entre esos extremos estaban todas las situaciones intermedias que podamos imaginar. Conocí individuos fervientemente religiosos que llegaron a la adultez cuidando celosamente su virginidad, porque buena parte de la moralidad de la época pasaba por no tener relaciones fuera del matrimonio. Como es natural, este mandato  terminaba generándole no pocas tensiones al joven, quien muchas veces se refugiaba en el onanismo, práctica que también era motivo de reprobación moral. Todos conocemos la historia de Onán, quien prefería el coitus interruptus antes que embarazar a la viuda de su hermano y que el vástago de esa unión no fuera descendencia suya sino de su hermano, quitándole el lugar de primogénito.

Mi generación vivió entre el Pecado de Onán y el Pecado de fornicio, dos prácticas que revelarían las bajezas de la condición humana.  En efecto, estas prácticas son rechazadas por el catolicismo, el judaísmo y el Islam, ya que el sexo por placer constituye un pecado y, solo se acepta dentro del matrimonio y con el único objeto de la reproducción (…) Claro que hoy este mandato religioso colisiona abiertamente con la sociedad, cuya  inclinación a la cultura del deseo, al estilo de vida acorde con sus deseos, e incluso a la medicina del deseo, son hechos evidentes.

¡Siamo tutti peccatori! Es cierto, qué duda cabe, los seres humanos tenemos esa tendencia y, pecamos en los hechos y también pecamos con los pensamientos. Por ejemplo, la religión no acepta que el hombre desee la mujer ajena, porque quien fantasea con ella incurre en un acto pecaminoso, aunque solo quede registrado en la cripta de su conciencia. En fin, me parece natural que alguien mire a otro ser del sexo opuesto (en algunos casos del mismo sexo) cuando esa persona le resulta atractiva o ejerce cierta seducción. Esto ha dado lugar a la cultura del disimulo, es decir, cuando pasa a nuestro lado una chica bonita nos hacemos los boludos. Supongo que a las mujeres les sucederá algo similar.

Los nazis procuraron controlar la vida de hombres, mujeres y niños desde todos los aspectos. Hitler era un amante del cine, y cuando vio King Kong ordenó parar la proyección, pues, consideraba que el romance entre un gorila y una mujer blanca significaba un ataque a la raza aria, y también era una metáfora del multiculturalismo, lo que resultaba inaceptable. Pero lo cierto es que la atracción sexual supera las barreras étnicas, sociales e idiomáticas. Lo mismo sucede con el amor.

Luego del Mayo Francés y de los diferentes movimientos que sacudieron las estructuras de la sociedad, emergió una cultura de protesta, no solo contra la autoridad y los convencionalismos sociales, sino contra la familia y las prohibiciones en las relaciones de pareja. En Occidente se vivió una marcada liberación que llega a nuestros días. Claro que hubo y hay no pocos desenfrenos y la aparición del SIDA puso una barrera letal al concepto del “amor libre”. Recuerdo que en los 80 y 90 había religiosos de distintos credos que veían en esta enfermedad un castigo divino frente a la perversión sexual y hacían una serie de acotaciones que eran propias del Medioevo más oscuro. Se trataba de una enfermedad de homosexuales. Todas estas estupideces luego fueron rebatidas por las evidencias científicas.

Por otra parte, las libertades sexuales en el hombre y en la mujer no son moralmente equivalentes, y esto ha sido así desde tiempos remotos. Pero resulta indudable que la moral religiosa tuvo y tiene como epicentro el sexo, a través del cual se pretende ejercer un férreo control del individuo.

Una práctica terrible es la de la ablación del clítoris, cuyo rito procura evitar que la mujer sienta placer sexual. En el mundo hay millones y millones de mujeres sexualmente mutiladas, a pesar de que está prohibido.

Recuerdo que en 1978, cuando vivía en Madrid, se legalizó en España la comercialización y el uso de los anticonceptivos, los que ya se utilizaban en los Estados Unidos y en otros países desde los 50. La discusión por el uso de la píldora continúa vigente.

El embarazo no deseado o las diferentes situaciones que aconsejan su interrupción nos conducen al conflictivo tema del aborto, para algunos un problema insoluble. Nadie puede impedirle a una mujer ser madre, pero tampoco se la puede obligar a serlo. Habitualmente se acepta que el hombre es dueño de su cuerpo, pero en el caso de la mujer no estaría claro, y no hablemos de aquellas sociedades donde la mujer es privada de derechos básicos, constituyendo una muerte civil. Claro que la condición social y económica es muy importante, por eso las clases acomodadas pueden eludir las restricciones legales y también la condena moral. Al respecto, siempre me sorprendió cómo muchos de los más fervientes antiabortistas, que defienden a rajatabla el derecho a la vida, son los más acérrimos defensores de la pena de muerte (…)

Helena era la mujer más bella del mundo antiguo, según dicen, vivía en Esparta, y Paris cuando la vio se enamoró, al punto de llevarla con él a Troya, no se sabe bien si raptada o seducida, pero lo cierto es que Helena estaba casada con Menelao, quien había heredado el trono de Esparta.  Hace unos años, cuando viajé a Turquía, visité las ruinas de Troya y el estrecho  de Dardanelos, en la península de Anatolia y, me sorprendieron las excavaciones que descubrieron una decena de Troyas, pero no se sabe con precisión en cuál de estas ciudades se desarrolló la historia que narra Homero. A Paris los dioses decidieron tentarlo ofreciéndole sabiduría, destrezas guerreras, poder político, el control de toda Asia, pero fue en vano, él solo aceptó el ofrecimiento de Afrodita: el amor de Helena.

Las bondades del Colonialismo

02 lunes Dic 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando se estrenó la película Safari, donde trabajaba Víctor Mature, yo aún era chico y pude verla en el cine de mi barrio. Entonces llegué a creer que los que pertenecían a la tribu Mau Mau eran unos asesinos que odiaban a los blancos y que cometían actos diabólicos para sembrar el terror. Confieso que nunca me preocupé por indagar acerca de la historia de Kenia, hasta que por la prensa me enteré que la justicia británica hizo lugar a un grupo de kenianos que sufrieron las violaciones de la Administración colonial británica. El Reino Unido quiso desentenderse de las atrocidades que cometió e intentó responsabilizar por lo ocurrido al gobierno de Kenia durante la entrega de la independencia, pero el juez lo desestimó. Los Mau Mau constituían un movimiento organizado que pretendía liberar a Kenia del yugo británico, ellos abogaban por la desobediencia civil y combatían a los colonos. Hoy algunos académicos procuran revisar el relato urdido por la Pérfida Albión y, esta situación judicial podría estimular a que otras ex colonias británicas como Yemen, Chipre o Palestina, a través de sus veteranos hagan sus respectivos reclamos y así tomemos conocimiento de lo que en verdad sucedió.

Por lo que he leído, los colonos europeos permitieron a miles de kikuyus trabajar en las granjas pero sin derechos sobre las tierras que antes habían  sido suyas. Entre 1936 y 1946, estos colonos fueron más exigentes con los nativos en cuanto a días de trabajo e incrementaron las restricciones de acceso a la tierra. Ante las quejas de los africanos la administración colonial se comportó con la inequidad propia de toda administración colonial. Miles de kikuyus emigraron a Nairobi y, como suele suceder, surgió una nueva clase de propietarios nativos que tuvo un particular entendimiento con la administración colonial, con lo cual la desigualdad económica y el descontento entre ellos fueron mayores. A principios de los 50 la mitad de los kikuyus no tenía tierras y padecía los estragos de la pobreza, el hambre, el desempleo, la sobrepoblación. Las condiciones ya estaban dadas para el estallido de una guerra civil.

Esta es una historia poco conocida entre nosotros y, para muchos porteños, la denominación Mau Mau era el nombre de la boîte que existió en la calle Arroyo, propiedad de los hermanos Lata Liste, donde el portero hacía una rigurosa selección, ya que solo ingresaban aquellos que lo merecían (…) Conocí a José Lata Lista y lo trate durante el año que su padre fue paciente mío. Su hermano ya había fallecido. Él viajaba una vez por mes procedente de España y se reunía conmigo durante algunos minutos para que le explicase la evolución del estado clínico del padre que estaba internado. La boîte Mau Mau  cubría una necesidad local, la de aquellos que necesitan ser admitidos en lugares exclusivos, donde muy poca gente tiene acceso. No hay duda que esto actúa como elemento de autovaloración. José era un hábil empresario y sabía muy bien explotar la tilinguería del jet set.

Pero volviendo a la historia del colonialismo en África, las riquezas del continente tentaron la codicia de los estados europeos. El Imperio Británico hizo pie en Sudáfrica, y centró sus intereses en Egipto. Los portugueses se mantuvieron en Angola, Mozambique y otros territorios. Los franceses conquistaron Argelia, la zona musulmana de África del Norte, Túnez y Marruecos. Los italianos invadieron Trípoli. Bélgica hizo lo propio con el África Central. También estaban Holanda y España con su “protectorado”. En fin, en 1914, se habían repartido el continente africano, solamente Liberia (fundada por esclavos de los Estados Unidos) y Etiopía (después de la derrota de los italianos) seguían siendo libres. La intención de estas naciones era enriquecerse mientras pauperizaban a los pueblos africanos que tenían sojuzgados. Hoy por hoy debatir este tema se convierte en una pesada carga para sus responsables, que para peor viven su propia crisis, es más sencillo darlo por superado o crear un nuevo relato.

En el año 2005  viaje a París por un congreso de mi especialidad y, recuerdo que entonces los diputados franceses aprobaron una enmienda que exigía que en los futuros manuales escolares figurase el “papel positivo de la presencia francesa en ultramar, sobre todo, en el norte de África”. La reescritura de la historia siempre fue una tentación, pero los hijos de inmigrantes africanos que viven en Francia y además son ciudadanos franceses protestaron contra esa imagen a contrapelo de la verdad, y esto no debe causar sorpresa porque han sido incontables las veces que por medio de una ley o un decreto se intenta cambiar el verdadero registro del pasado. Finalmente el presidente Chirac, ante la ola de disturbios que se produjo en París, tuvo que  admitir que no es misión de los legisladores controlar la enseñanza de la historia y que el texto de marras debía modificarse. Con anterioridad, si mal no recuerdo a principios del siglo actual, la Asamblea Nacional adoptó una ley que reconocía a la esclavitud como un crimen contra la humanidad y, raudamente los franceses hicieron notar que su país era el primero en el mundo en admitirlo (…). Confieso que no deja de sorprenderme cómo los seres humanos nos enorgullecemos con una simple declaración, porque la ley puede llegar a tener un profundo sentido ético, pero es ingenuo creer que será suficiente para torcer el rumbo que los hombres le imprimieron a la historia durante siglos, y mucho menos lograr una amnesia colectiva sobre el pasado esclavista. El colonialismo y la esclavitud revelan el lado oscuro de la condición humana.

Europa tiene una compleja historia con los pueblos que sojuzgó y esquilmó por la fuerza de las armas, una historia a todas luces miserable, y es hora de que entienda que no hay más remedio que asumir el pasado y procurar reparar los errores, siquiera en alguna medida, más allá que tengamos en claro que en la vida hay cosas que nunca podrán repararse.

David y la antigua Bohemia

30 miércoles Oct 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Acabamos de retornar de Praga donde pasamos diez atrapantes días, tiempo insuficiente para conocer en detalle la cultura, las costumbres y el estilo de vida de un pueblo, pero hemos procurado aprovechar las oportunidades ofrecidas con la intención de tener una visión panorámica.
Praga es una ciudad con una estética notable, salta a la vista que la vorágine de los negocios inmobiliarios, propios de la época en que vivimos y que a veces aceptamos con estoica resignación, aquí no tiene mayor cabida. En efecto, los edificios históricos, los monumentos, las casas particulares acordes con el espíritu medieval, están cuidadosamente preservados. Caminando por Staré M?sto, la ciudad vieja, uno contempla lo gótico, lo renacentista, el art deco, el cubismo. Esto no significa que en la ciudad falten los edificios modernos, las casas de departamentos, los centros de convenciones y shoppings, pero se ha respetado la historia y privilegiado la estética.
En lo que hace al sentido del tiempo, los habitantes del antiguo Reino de Bohemia, al igual que sus vecinos de la Europa central, tienen por norma la puntualidad. Una red de transporte público en impecable estado de conservación e higiene permite trasladarse en contados minutos de un extremo al otro de la ciudad, cruzando el río Moldava. Además, me llamó la atención que haya relojes por todas partes.
Desde muy joven relacioné Praga con su literatura y sobre todo con Kafka, sin duda, el gran referente de la literatura checa, quien desde el 35 al 45 fue un escritor prohibido por su condición de judío y nunca le otorgaron el Nobel, al igual que Proust, Joyce, Nabokov o Borges, sin embargo fue el maestro de varios de los que obtuvieron ese premio tan manipulado. Bohemia siempre me impresionó como algo misterioso. Recuerdo haber leído hace tiempo A Sacandal in Bohemia de Arthur Conan Doyle, donde la dupla que conformaban Sherlock Holmes y el Doctor Watson en la Londres decimonónica debían salvar de un escándalo al heredero del Reino de Bohemia, quien en el pasado había cometido un desliz con una mujer que ahora lo amenazaba con publicar una foto comprometedora capaz de impedir su boda.
Para entrar en la vida de una región o ciudad que uno desconoce es conveniente recurrir a un nativo, a mí siempre me ha dado resultado. Nuestro guía se llama David, es un joven praguense, culto como todo guía turístico, quien me comenta que debió aprender el español con mucha celeridad para conseguir el trabajo que ahora tiene. A David le gusta pasar del relato histórico a los temas cotidianos, hace acotaciones inteligentes y denota tener sentido común. Me da la impresión que es judío, sobre todo por sus comentarios, pero no me atrevo a preguntarle. Dado el interés que mostramos por su ciudad se prodiga en detalles y anécdotas. Nos comenta que a los 21 años participó de la Revolución del Terciopelo, nos señala la calle donde fueron encerrados por las fuerzas represivas y que a diferencia del amigo que lo acompañaba, logró escapar corriendo y así evitar una golpiza. Según él la represión fue muy dura, pero no hubo muertos. Esta pacífica marcha que se produjo a los pocos días de la caída del Muro de Berlín, tuvo como antecedente a la Primavera de Praga, en el 68, la que fue reprimida por las tropas del Pacto de Varsovia. Hoy el país está muy occidentalizado y su pasado comunista me impresiona remoto al igual que la ocupación nazi.
En varias oportunidades David hace referencias al patriotismo, señalándonos con orgullo a algunos patriotas checos. Pero cuando le pregunto por la famosa polémica entre Vaclav Havel y Milan Kundera, la expresión de su rostro se transforma, dice que Kundera allí no es querido, que los checos veneran a otros escritores, que Kundera “se quedó con su rollo del pasado”. Para Vaclav Havel solo tiene elogios.
Recorriendo a pie la zona histórica, nos comenta que Praga está llena de leyendas pero la gran mayoría no son verdaderas. Al pasar por la Plaza del Ayuntamiento nos dice que los praguenses la llaman la Plaza de Palermo, al preguntarle el motivo, con una sonrisa me responde que es por la corrupción que allí anida; su discurso está amenizado por muchas humoradas y, reconoce que el pueblo checo es muy dado al humor.
Para David los checos son poco religiosos. Acota que la Reforma se dio allí cien años antes que surgiera Lutero. Hace hincapié en la Guerra de los Treinta Años y su influencia en los siglos posteriores para poder entender el presente. Él está convencido de que las religiones solo se preocupan porque “la gente se vuelva tonta” y, con las manos se tapa los ojos.
En el pasado los jóvenes de las familias ricas iban a estudiar a las universidades de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, allí se formaban y al volver, la tarea para estos países se tornaba muy sencilla, pues, habían comprado a esas élites sin necesidad de derramar sangre. Cuando le pregunto por la Universidad de Praga, la más antigua de Europa central, rápidamente nos lleva al sitio donde fue fundada en 1347. Hoy se llama Universidad Carolina.
En la caminata, que dura varias horas, trato de registrar algunos datos en mi libreta de notas, pero David por momentos es un torbellino de información y no alcanzo a registrar todo lo que me interesa. Él admira a Jan Neruda, autor de Cuentos de la Malá Strana, cuya tumba visitamos al día siguiente en el cementerio de Vyšehrad; el poeta chileno tomó su apellido como seudónimo. Me habla de Kupka, pionero del arte abstracto, de Bohumil Hrabal, autor de Trenes rigurosamente vigilados, Yo, que he servido al rey de Inglaterra, y Una soledad demasiado ruidosa. También menciona a Voskovec y Jan Werich, actores y autores que influenciaron en el Teatro Liberado. La palabra “robot”, del checo robota, fue invención del dramaturgo Karel Capek. Y no falta su alusión a Tycho Brahe y Kepler, glorias de la astronomía bohemia, tampoco se olvida de los compositores musicales y de los cineastas. Nos lleva a la galería Lucerna para mostrarnos la estatua de San Wenceslao montando un caballo al revés que pende del techo del hall y, nos recomienda visitar el café, lugar de reunión de figuras históricas, lo que hacemos a la tardecita. También concurrimos al Café Slavia (nombre mítico de la madre de los eslavos) que se halla frente al Teatro Nacional.
Lo interesante es que Los Países Checos habrían estado habitados desde la Edad de Piedra. La tribu de los bogos (celtas) de donde proviene el nombre Bohemia llegó a estas tierras en el Siglo III antes de Cristo. Después de la Gran Guerra se decide crear Checoslovaquia con Bohemia, Moravia, Eslovaquia, parte de Silesia (actualmente dentro de Polonia) y Subcarpatia-Rutenia (en su mayor parte hoy en Ucrania), un diseño de gabinete a contrapelo de las aspiraciones y necesidades de estos pueblos.
La información que nos suministra procuramos articularla con las visitas a los diferentes sitios de la ciudad. La visión de David supera la de la guía en inglés que compramos en Buenos Aires antes de emprender el viaje, al punto que cuando le planteo alguna inquietud surgida de su lectura, sonríe y me responde: “eso es para los turistas”. En efecto, David está dispuesto a mostrarnos la verdadera Praga, la capital del antiguo reino de “Bogémia”, y se olvida del tiempo pactado, revelando que la motivación económica para él es secundaria cuando se siente a gusto. Nosotros estamos felices, hemos dado con la persona indicada que nos ayuda a eludir el fetichismo turístico. Pero todas estas imágenes y relatos nos sumergen en una reflexión que nos revela la complejidad de esa historia, el fanatismo de las religiones, la crueldad y las miserias del poder, los problemas identitarios que tornaron dificultosa cuando no imposible la convivencia entre los diferentes grupos, pero también la grandeza de un pueblo que construyó y supo cuidar una de las ciudades más bonitas de Europa y centro cultural de excelencia.

El Estado de Bienestar ya pertenece al pasado

25 miércoles Sep 2013

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Cuando vivía en el viejo continente, en los años setenta, pude ver de cerca el Welfare State, creado a partir del New Deal y de las experiencias europeas vividas después de la guerra. El panorama era muy diferente del actual. Yo pensaba que en América Latina debíamos seguir ese modelo, ya que la concepción o la mentalidad del Estado de Bienestar nos remitía a la obligación que tiene éste de procurar el bienestar económico y social de los ciudadanos, respetando los principios de igualdad de oportunidades, distribución equitativa de la riqueza, e incluso la responsabilidad pública de garantizar un mínimo de subsistencia. En ese marco o contexto había un importante sistema de seguridad social, me consta, y se pretendía una redistribución de la renta a través de los impuestos que no clausurase las esperanzas de los que menos tenían, como sucede con el sistema de globalización, cuya falta de humanitarismo es un  horror.

Hoy por hoy presidentes, primeros ministros, reyes y ministros de economía, tratan de convencernos que los ajustes económicos son inevitables para salir de la crisis, una crisis que nadie sabe quién la produjo. Se trata de una política de duros recortes, que se lleva por delante vidas y esperanzas. Estos dirigentes sostienen que un futuro próspero exige austeridad en la atención de la salud, la educación, la seguridad social. Claro que la austeridad a ellos no les llega, bástenos reparar que no modifican su estilo de vida ni siquiera para dar el ejemplo, de allí el cinismo del discurso. Lo acuciante es que cada vez hay menos empleos, en consecuencia más desocupados, y muchos de los nuevos empleos se hallan al margen de la dignidad laboral y solo sirven para la confección de estadísticas con fines políticos. Generaciones de jóvenes con un futuro sombrío, sin importar la capacitación que posean. Clases medias que vivirán con menos confort. Una crisis que también involucró la cultura y el arte. Los jóvenes de mi generación depositábamos buena parte de nuestras esperanzas en el Estado, pese a ser muy críticos con los vicios del mismo.  Recuerdo que se discutía con pasión acerca de si la educación debía ser estatal o privada, laica o religiosa, así como otros temas ideológicos que continúan siendo actuales. También se hablaba de crisis energética, de tercer mundo, de anticolonialismo, de movimientos de liberación, de Guerra Fría, entre varios tópicos que por momentos resultaban agobiantes. Había un entorno de situación muy problemático que lógicamente daba pie a encendidas discusiones, donde no faltaba cierta dosis de romanticismo, mientras algunos nos deleitábamos oyendo a Charles Aznavour cantar La Bohème, et nous vivions de l´air du temps.

La sociedad occidental llegó a creer en el dogma de un progreso material y moral que no se detendría jamás y, hoy tiene que enfrentarse con los límites del modelo que ella misma creó (o aceptó) así como padecer las consecuencias. Las vanguardias de principios del siglo pasado temieron que esto sucediese, no se equivocaron, pero nada pudieron hacer para evitarlo.

La Modernidad no sólo trajo una fuerte dosis de romanticismo e irracionalidad, también aportó un profundo sentido individualista -por momentos casi autista-, así como otros ingredientes: atomización social, contractualismo, regulación abusiva,  utilitarismo extremo, hiperespeculación, y, finalmente, nos sumergió en un relativismo cuando no en un inevitable nihilismo. La intelectualidad de nuestros días tiene que montar su discurso ateniéndose al panorama que ofrecen estas incómodas notas, que algunos intelectuales parecen ignorar. A ello debemos sumarle que la gente es bombardeada  las 24 horas del día  por mensajes poco serios, tendenciosos, y salta a la vista que no hay mayores reparos  en apelar a la mentira si ésta resulta conveniente. El lenguaje político se atiene a lo que George Orwell sostuvo, es decir, procurar que las mentiras parezcan verdaderas y, no hay duda de que desde el poder se puede mentir gratuitamente. Como si esto fuera poco, en el corazón de la sociedad se ha instalado una cultura del comentario, al igual que del slogan, y no existe vocación por atenerse a la verificación de los hechos. La estrategia, muy antigua, la usaban los emperadores romanos, con el objetivo de que la gente no piense y, en esta cultura eslogámica y del comentario, se invoca con énfasis y no sin orgullo, la defensa de los valores de Occidente, como si se tratase de una nueva cruzada. Yo me pregunto de qué valores hablamos. Es evidente que el cinismo de estos sofistas no conoce fronteras.

El estado de crisis es una constante del mundo moderno, sin embargo en casi todos los períodos de la historia acontecieron crisis. Mi generación quiso cambiar el mundo, pues, a principios de los 70 la posibilidad de un cambio radical parecía probable y, hasta se creyó en la sublevación armada como el instrumento necesario para el cambio social. El poder, con gran habilidad, logró abortar estos intentos y no titubeó en hacerlo de la manera más brutal y sanguinaria. Luego vino cierto inmovilismo, así como una tendencia por recluirse en proyectos individuales. Las generaciones actuales viven una realidad diferente pero también revelan disconformidad con las condiciones de vida, no aceptan el sistema que nos rige porque intuyen que está lleno de trampas, cuestionan la globalización imperialista, critican el capitalismo salvaje, claro que más allá de esas críticas que comparto, me parece que el problema reside en que todavía no hallaron una alternativa explicitable por la cual luchar. Entre el lucro desenfrenado y la inclusión social, los que detentan el poder nunca dudaron en inclinarse por el primero. Es evidente que no están dispuestos al cambio, a lo sumo pueden ceder mínimamente para afianzar el engaño, o tal vez hacer alguna concesión por razones de fuerza mayor, y siempre procuran apelar a cierta cosmética para serenar los ánimos porque en el fondo le temen al humor social. Daría la impresión que estos “señores” pretenden que retornemos a la pobreza y la estratificación social que se daban en la época victoriana, tan bien recreada en las obras de Charles Dickens, o que nos retrotraigamos a ciertas condiciones de vida propias del Medioevo. En forma paralela a la concentración de dinero que es una concentración de poder destinado al sometimiento, se suceden hechos que al tomar estado público ponen al descubierto la obscenidad, situación que en otro tiempo y contexto hubiera despertado una profunda vergüenza, pero también la vergüenza sería cosa del pasado. Los corruptos hoy actúan desembozadamente, no les preocupa que sus trampas sean reveladas, son inmunes a los estrados judiciales y, en última instancia la condena de la gente no deja de ser inefectiva. Por otra parte, yo me pregunto, hasta qué punto las masas están dispuestas a combatir la corrupción.

Este es un juego donde está presente la teoría del hecho consumado. En efecto, cierran una fábrica donde trabajan quinientos operarios y quedan a la deriva quinientas familias, esa es una situación fáctica que jamás se revierte. Esas personas ya no son elementos activos del tejido social, no forman parte del sistema, y no se sabe qué hacer con ellas, para peor ahora las redes de contención social son laxas cuando no inexistentes. El Estado revela una profunda incompetencia, quisiera trasladar esas familias al medio del desierto, lejos de la mirada del hombre de la calle. La sociedad tampoco da mayores muestras de altruismo. Además, la sociedad ya tiene sus problemas con los altos impuestos y otras dificultades en la lucha por la vida, percibe que esas familias son una pesada carga, en consecuencia los sujetos activos protestan frente a tantas obligaciones y, en todo caso, que sea el Estado –al que suelen ver como una entelequia- quien se haga cargo de las mismas. Pero el Estado de Bienestar hace décadas que está en franca retirada, es más, su certificado de defunción lo firmó el neoliberalismo globalizador que terminó domesticando a los gobiernos.

Aquella moral de los 70

10 martes Sep 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los jóvenes que no han vivido la década del 70 ignoran mucho de lo que entonces sucedió, sin embargo el tema les despierta un vivo interés, me consta. Cesare Pavese decía que aquellos problemas que agitan a una generación desaparecen en la siguiente, y no porque se los haya resuelto sino porque el interés general prescinde de ellos. Es probable que tuviese razón. Mara, mi mujer, se molesta conmigo cuando hago referencia a ciertos hechos de esos años. En realidad, hablar de ellos es volver a decir lo que ya se ha dicho de tantas formas, incluso lo que se ha visto y oído en tantas imágenes y versiones. Pero, cómo domesticar el pasado. Yo pertenezco a la generación “derrotada”, como algunos la bautizaron, otros la llamaron la generación “militante”, a pesar de que muchos nunca militamos en partidos políticos ni en movimientos radicalizados, sin embargo ello no era obstáculo para que tuviésemos opinión formada. La repetición tiende a reforzar la memoria y, la memoria no es más que la vida, por eso cuando perdemos la memoria dejamos de ser lo que éramos. Me sorprende la gente que olvida el daño que ocasionó un gobernante, sus turbios negocios, las promesas incumplidas, su conducta abyecta, y en la siguiente elección vuelve a votarlo hasta con entusiasmo, exculpándolo de sus responsabilidades políticas e históricas. Tampoco deja de sorprenderme la gente de mi edad que al evocar esos años de la Argentina signada por el terror dice: yo no sabía nada de lo que pasaba, para mí todo estaba bien (…)
En mi generación no faltaron las ideas ni las lecturas, se pretendía luchar contra la opresión y las desigualdades, a la vez que se vislumbraba un proyecto social y político que buscaba un cambio radical, al extremo que muchos creyeron en la revolución con un fervor cuasi religioso. Es frecuente que entre nosotros surjan interpretaciones contradictorias, es natural, y que en los textos oficiales las realidades y las ficciones se entrecrucen con la finalidad de imponer un relato apócrifo, como si las deudas y los ocultamientos pudiesen sepultarse por decreto.
Las consecuencias del Mayo del 68 fueron inmediatas, en los 70 cobró fuerza la liberación sexual, la búsqueda de placeres como una escapatoria, el misticismo, el terrorismo político, entre otros fenómenos que escandalizaban a los custodios de la moral. Muchos jóvenes universitarios teníamos una visión utópica de esta rebelión. Pier Paolo Pasolini, al enterarse del choque entre los estudiantes y la policía francesa simpatizó con los últimos, y aclaraba que los policías eran hijos de pobres y los estudiantes hijos de papá. En el semanario L´Espresso dijo que odiaba a los estudiantes como a sus padres, a quienes acusaba de ausencia de compromiso y de practicar un fascismo de izquierda. Creo que en ese momento se pusieron de manifiesto y de manera peculiar las mezquindades de la vida, las grietas entre los hombres y las mujeres así como entre las clases sociales, y también los mecanismos brutales del poder. La sumisión y la crueldad, al igual que la bondad y todos los tipos de amor, no sólo el de las “parejas normales”, comenzaron a tornarse visibles, como si de pronto quedase al descubierto lo que se ocultó durante tanto tiempo. La consigna juvenil era revelarse contra la disciplina, el discurso religioso, la presión ejercida por el hecho de pensar diferente, en otras palabras, la rebelión era contra el autoritarismo del sistema. Frente a la argumentación de la caída, del pecado original y la perversión, hubo autores que trataron de tornar más humano el discurso. No hay duda que la piedra angular de la moral religiosa siempre pasó por el sexo. La práctica del amor libre, las relaciones extramaritales, el preservativo, la píldora anticonceptiva, así como la igualdad de los sexos abrieron fuertes debates que aún continúan.
En aquellos años de Guerra Fría se vivía un anticomunismo que rayaba con la paranoia. Hoy ha sido sustituido por el terrorismo islámico. Yo tenía la impresión que en el país había pocos comunistas, y los que estaban identificados no me parecían peligrosos, pero pecaban por leer a Marx y Engel y tenían esa particular visión de la sociedad, la política y el mundo que podía ser irritante para los cultores de la intolerancia. Claro que aquí existía el “delito ideológico”, y esto sí era muy peligroso. Mucho antes de que aparecieran las organizaciones guerrilleras ya se hablaba de los enemigos de la Patria: comunistas, socialdemócratas o liberales, judíos, masones, católicos tercermundistas, agnósticos, también en algún momento fueron considerados enemigos de la Patria los peronistas o los radicales, y por supuesto los banqueros, para quienes la patria siempre estuvo donde se halla el dinero. En este clima de profundo malestar social retornaban al escenario político los militares que, según decían, debían intervenir muy a pesar suyo. Hubo intelectuales convencidos de la necesidad de torcer el curso de la historia y la consigna matar o morir terminó imponiéndose. La derecha liberal aceptó que se estaba ante un “estado de excepción” que justificaba la represión ilegal, es decir, era legítimo incurrir en cualquier barbaridad.
Cuando Perón retornó al país en el 73, ese mismo día si mal no recuerdo, me sorprendió Borges, quien en La Prensa dijo que prefería una dictadura ilustrada antes que una dictadura chabacana y populachera (…) A pesar de mi juventud e inexperiencia, ya advertía que en la Argentina el consentimiento de las mayorías a través del voto siempre fue interpretado como un cheque en blanco, pues, el tema fue, ha sido y es el poder, no la democracia. También era evidente, en toda la región, el surgimiento de un marketing del miedo y las amenazas, cuyo objetivo era crear un contexto de inseguridad para poder gobernar de manera discrecional. En esa mise in scene uno podía ver a algunos jefes represores concurrir con sus familias los domingos a misa de once y, estoy seguro que se reclinaban en los confesionarios no para reconocer las malas acciones y pedir perdón, sino para que otros los observaran y creyesen que eran devotos. No faltaban los papanatas que repetían el slogan: «somos derechos y humanos».
Eran años de contracultura, existencialismo, psicoanálisis (a Buenos Aires se la consideraba la capital mundial), y estaban de moda el ocultismo, los horóscopos, el hippismo, la civilización oriental, la antisiquiatría, y numerosos movimientos que criticaban el orden establecido. En el aire flotaba un perfume a anarquismo y el espíritu de la época era profundamente contestatario. Recuerdo que Laing y Cooper tenían criterios muy próximos al cinismo filosófico y cuestionaban severamente a la familia del enfermo mental. Se hablaba de “modelo psicodélico” y de la cultura del LSD. Las interpretaciones bullían: el líder revolucionario era un inadaptado al medio que luchaba contra el padre, la policía se justificaba por la necesidad de castigar a las masas, el capitalismo se consolidaba por la estructura sádico-anal de sus hombres. Un autor denunciaba el pacto entre freudianos y marxistas en psiquiatría. Y alguien llegó a sugerir que la esquizofrenia había nacido como entidad de una disputa entre franceses y alemanes, quienes luchaban por ver quien patentaba mejor la misma.
En el 75 Foucault publicó Vigilar y castigar, donde describía la complicidad entre todas las instituciones que ejercen un poder disciplinario, como la fábrica, el cuartel, la escuela, el hospital. Foucault sostenía que todas ellas aparecieron en el mismo momento, se parecen entre sí, y ejercen un poder que se aviene a la imagen clásica del poder. La resistencia contra ellas y la disidencia moral fue criminalizada como reformista.
En el mundo de la cultura el eclecticismo era mal visto, ya que podía ser cualquier cosa menos real, según sus críticos. No eran tiempos de posiciones tibias. La moral pública asumía su rostro más adusto, pretendía sancionar a quienes cuestionaban el statu quo, y no eran pocos los que practicaban en la intimidad aquello que condenaban en público. En fin, a la rebelión juvenil le sobraban argumentos. Pero cuando alguien me pregunta qué fue lo que fracaso, mi respuesta siempre es la misma: fracasó la estrategia.

Experiencias literarias juveniles

18 domingo Ago 2013

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando tenía alrededor de veinte años le escuché decir a Manuel Mujica Lainez que la buena lectura se debe acompañar de notas marginales: pobre del que pretenda ser escritor y no registre en los márgenes del libro aquellas frases que lo conmovieron, sentenciaba con aire histriónico. En realidad, uno siempre desea descorrer el velo que cubre el arte de los grandes escritores, meterse en su cocina, desentrañar su alquimia, pero éstos solo dejan entrever algunos pocos indicios, jamás el plan maestro y menos los detalles de estilo. Manucho sabía muy bien de qué hablaba, era un maestro del Barroco, pero sus exposiciones públicas carecían de la humildad de los grandes y saltaba a la vista su pretensión de exhibir el acervo cultural que poseía, así como su preeminencia estética y hasta cierta crueldad refinada; tengo la impresión que quería imitar a Oscar Wilde. No dudo que Mujica Lainez disfrutaba con la pose muy estudiada que adoptaba, y sospecho que era cautivo de su gloria. De todas maneras y no sin algunos reparos procuré seguir el consejo, aunque me parece que con su método terminé plagiando mucho más de lo que hubiese deseado, eso sí, lamento no haber podido captar su talento o siquiera robarle alguno de sus recursos literarios. Entiendo que cualquiera puede convertirse en un buen redactor, solo es cuestión de tiempo y esfuerzo, pero llegar a ser escritor resulta mucho más complejo, exige pasión, nace de las entrañas, demanda idoneidad creativa y, no olvidemos que todo escritor se pasa la vida buscando un relato contemporáneo que valga como universal.
A los veinticinco años solía concurrir a un ateneo de relaciones humanas que promovía las conferencias, era un grupo muy heterogéneo en edades, profesiones y formación cultural. Disertábamos entre nosotros bajo la tutela de un experimentado seguidor de Demóstenes y de Marco Tulio Cicerón. Me resultaba gratificante, ya que se respiraba un clima de libertad discursiva, pero la consigna del coordinador era eludir los temas de política y de religión, había que evitar las discusiones. El auditorio estaba ubicado en el Barrio de Once, y en el piso de abajo funcionaba un comité político de un partido de izquierda, no recuerdo cuál, lo que si recuerdo es que como en los 70 los actos de violencia se habían tornado muy frecuentes, el gobierno declaró el estado de sitio, en consecuencia el coordinador nos dijo que era sensato dejar de reunirnos y nunca más volvimos a vernos. A pesar de que mi profesión de médico me absorbía la mayor parte del tiempo, procuraba asistir a las presentaciones de libros o participar de algún curso, taller o seminario que fuese ajeno a la ciencia. Con los años me fui dando cuenta que terminaría por escribir libros, y que éstos no sólo versarían sobre temas específicos de mi profesión, por otra parte intuía que el ensayo sería el género que naturalmente escogería, si bien es cierto que tenía presente a Cabrera Infante cuando decía que él solo escribía libros y que los editores se encargaban de ponerles el género. En fin, estoy seguro que quien escoge el ensayo tiene algo que decir y necesita decirlo, más allá que termine –como en mi caso- con la inescrupulosa manía de plagiar ideas, frases, modismos, estilos.
En el ámbito de las letras mucho se ha hablado de los que son “escritores naturales”. Un escritor colombiano decía que a él no le costaba escribir, el problema era sentarse a escribir. En efecto, escritor natural sería aquel que escribe de manera espontánea. En mi caso sostengo una tenaz lucha con el tiempo material, es decir, con su escasez. La literatura es uno de los espacios culturales donde podemos armonizar elementos de distinto orden que nos conforman como seres humanos. Lo mismo sucede con la música, la pintura, la escultura, entre otras expresiones. Cada arte se expresa de una manera peculiar, característica, por eso cada arte tiene su propia narrativa. La imaginación y la experiencia vivida son dos ingredientes fundamentales, y en este metier uno u otro puede predominar. A través de las literaturas extranjeras alcanzamos a percibir nuevos horizontes, muy diferentes, y a su vez podemos experimentar otras maneras de ser. Wittgenstein sostenía que los límites de su idioma eran los límites de su mundo, de allí la necesidad de contar con buenas traducciones cuando uno está impedido de acceder al idioma del autor.
La trama de la narrativa comencé a entenderla de la mano de Attilio Dabini, un escritor neorrealista italiano, en su taller literario de la SADE y al año siguiente de la fallida experiencia discursiva. Me interesaba que alguien me explicase algunos tópicos de la narrativa, si bien no estaba en mis proyectos escribir cuentos o novelas. Por otra parte, ya tenía en claro que concurrir a un taller literario o a una escuela de creative writing a nadie lo convierte en escritor, pero sí puede ser una ayuda para el principiante o quizás una manera de pedir permiso. Tolstoi no concurrió a ningún taller, tampoco Nabokob ni Sartre. El chileno Jorge Edwards sostiene que si uno no se quita el pudor no puede escribir, pues, existe el miedo al ridículo.
En el taller literario tuve por compañera a una joven brillante, unos años menor que yo, Gloria Kehoe, y también entablé amistad con otro compañero, Miguel Vendramin, talentoso hombre de letras con quien suelo reunirme. De Gloria recuerdo las charlas de café previas al taller, nos gustaba intercambiar opiniones, tenía una fina sensibilidad y una extraordinaria capacidad tanto para la narrativa como para la poesía, al punto que el veterano Dabini no ocultaba su admiración. Gloria había nacido escritora, tenía un futuro literario promisorio, pero sus ideales y cierta imprudencia juvenil –Aristóteles sostenía que los jóvenes no pueden ser prudentes-, hicieron que formara parte de la lista de desaparecidos a manos de la dictadura militar. De su secuestro acontecido en el 77 me enteré mucho después, no bien regresé de Europa.
Cuando en el taller literario uno lee su cuento, los otros participantes tratan de interpretarlo. La interpretación fue, ha sido y es motivo de discrepancias, en sí marca un avance, ya que se pretende llegar al fondo de la cuestión. La interpretación se formula desde una óptica personal, lo que implica considerar los conocimientos, las creencias, las experiencias, los prejuicios, el espíritu de la época y el contexto de situación, sin omitir el estado de ánimo del interpretador. Para Borges las experiencias y los saberes previos se ponen en contacto con el texto. Susan Sontag no estaba de acuerdo porque pensaba que la interpretación terminaba en una suerte de re-elaboración de la obra, al fin de cuentas se trataría de tornarla más inteligible. Umberto Eco, por su parte, cree que la interpretación puede ser indefinida, siempre hay un desplazamiento del sentido. En fin, cada uno tiene la libertad de hacer su interpretación, pero me parece fundamental cuidarse de no caer en la sobre-interpretación, un mal de la época.
Me ha pasado haber leído un texto de manera errónea y al advertir el error me reprendí severamente: cómo no me dí cuenta del verdadero sentido, cómo no fui capaz de desentrañar lo que el autor quería transmitir. Claro que a lo mejor él pretendía que uno lo leyese de una manera determinada, sin embargo ¿por qué hay que leer a un autor como él quiere? No hay duda que la literatura tiene sus meandros, complejidades, trampas y misterios, pero también es cierto que puede ser conciencia anticipatoria. No solo es cuestión de estilos y estéticas como algunos dejan entrever. Pienso que en el fondo el escritor pretende recuperar lo que considera el curso normal de la vida a través de una escritura que transmita el discurrir correcto del pensamiento. Por otra parte, los hombres somos naturalmente propensos a los enredos, así lo puso en evidencia el mito griego de Casandra.

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