El sociólogo francés Marc Augé era hijo de un empleado público, su padre quiso que un día pudiera convertirse en un intelectual y finalmente vio sus aspiraciones realizadas. Pero Augé aclara que el objetivo se cumplió gracias a la escuela pública, que entonces impartía educación para todos. También en Argentina la escuela pública a muchos nos dio la posibilidad de cumplir nuestros sueños de progreso.

Hoy la situación es muy diferente, la escuela es incapaz de luchar contra la desigualdad y por momentos parecería estar exhausta. En toda época existió una educación que pretendió ser elitista, tanto en el sistema estatal como en el privado, ya sea por la calidad de la oferta educativa, el prestigio de sus profesores, las exigencias para poder ingresar y luego promocionar, o por el nivel socioeconómico de los que asisten, pero no debemos olvidar que en la construcción de las élites también están presentes los espejismos creados por el marketing educativo, que se esfuerza por apuntalar el gran negocio de la educación.

Hace un tiempo, un matutino de Buenos Aires publicó una nota sobre los chicos que estudian en sus casas. Al respecto, no vivimos en la época de Carlomagno, yo creo que si bien hay situaciones que justifican la excepción de estudiar en la casa, ver esta alternativa como una meta general para los niños y los adolescentes es propia del Medioevo. Los chicos tienen que formarse y convivir con otros chicos, y la principal agencia de socialización siempre fue la escuela. Los padres no pueden desentenderse de la educación de sus hijos, por más costosa que sea la matrícula que paguen, tampoco pueden pretender que la escuela haga milagros y los docentes sean héroes. La formación de un niño exige de la escuela pero también de la familia. En fin, instruir no es educar, reflexionar éticamente no es aceptar dogmas, dar ejemplo no es caer en una moralina.

La escuela y la universidad jamás cubrieron todas las expectativas, por eso es bueno que existan actividades extracurriculares. Los profesores universitarios vemos la penúltima etapa del proceso. En cuanto a si la educación debe ser estatal o privada, laica o confesional, no es la cuestión de fondo. La legitimación de una institución educativa está en los saberes que imparte, caso contrario alimentamos el escepticismo, el facilismo y la corrupción. Tanto la escuela como la universidad necesitan cambios, profundos cambios, pero éstos no deben ser proselitistas.

Hoy por hoy existe en muchos aspectos una decadencia educativa que va de la mano de un mundo en crisis. La palabra “excelencia” está muy promocionada al punto de haberse convertido en un cliché, y lo digo desde mi posición de profesor universitario que ha desarrollado una intensa y dilatada tarea en universidades estatales y privadas durante décadas. La supuesta formación de “excelencia” que dicen ofrecer ciertas instituciones a menudo resulta ser un anzuelo para los ingenuos. En el mundo se está produciendo un fenómeno particular, ya que hay padres que envían a sus hijos a instituciones de renombre, que incluso figuran en los primeros puestos del ranking de calidad internacional, y lo hacen no tanto por estar convencidos de la formación que recibirán sino por las relaciones sociales que podrán establecer, y claro, esto puede ser determinante en el futuro de sus hijos.

La educación pública gozaba de un prestigio que ya no tiene. Antes las familias modestas podían enviar a sus hijos a la universidad y, hasta llegaba a cambiar el destino de esas familias. Ricos y pobres compartían las aulas, si bien es cierto que siempre existió una educación de gestión privada para aquellos que estuviesen interesados y que pudiesen pagarla. Yo soy la resultante de la educación estatal, todos los ciclos, desde la escuela primaria hasta la universidad e incluso el postgrado los realicé en instituciones del Estado, no sucedió lo mismo con Alejandra y Maximiliano, mis hijos, quienes comenzaron en colegios públicos y al advertir ciertas falencias institucionales decidí cambiarlos al sistema privado, y para mi ese cambio representó un gran esfuerzo económico que se prolongó durante años.
Durante la época del Proceso hubo lecturas obligatorias en las escuelas. Qué y cómo leer era un asunto de seguridad nacional. En realidad, cada época tiene su “canon escolar” y el Estado termina ordenando qué autor se debe leer. La libertad académica siempre fue más declarada que ejercida.

Hace un tiempo leí que alumnos universitarios de los Estados Unidos que asisten a instituciones cuyas matrículas son muy costosas, se quejaban de que las promesas con que habían sido captados no suelen corresponderse con la realidad que se vive en ese país, al punto que se sentían estafados. Pero también he tomado conocimiento a través de la prensa, del descontento de los alumnos de economía que asisten a la Universidad de Harvard por el “sesgo ideológico” de los programas de estudio, donde por ejemplo se hace hincapié en las teorías de Adam Smith y no se tiene en cuenta a otras teorías como la keynesiana. Y esto, como señalaron los estudiantes de esa prestigiosa universidad, es preocupante ya que esas teorías que se defienden han sido responsable de la crisis financiera mundial y no han servido para salir de la misma, como lo prueban los años que llevamos inmersos en ella. Hoy esta queja también se ha globalizado y acabo de leer que 44 asociaciones de estudiantes de Ciencias Económicas de 19 países han solicitado públicamente que exista una enseñanza pluralista con vistas a solucionar los problemas del mundo actual. Es lamentable que la enseñanza universitaria de una disciplina como la economía esté sometida a tejemanejes que van más allá de los aspectos pedagógicos o académicos, pues, entran de lleno en un cuestionamiento ético al proceso de enseñanza-aprendizaje. La tarea del profesor nada tiene que ver con la del líder religioso o la del comisario político.

La incorporación de la moderna tecnología en el mundo de la educación está produciendo una revolución. Cualquiera puede conectar el mundo a su casa mediante una PC y para la educación esto resulta muy ventajoso. Claro que estas ventajas de ninguna manera sustituyen al profesor ni a la enseñanza personalizada, como algunos irresponsablemente sostienen. Pero la industria avanza, presiona fuertemente, e intenta imponer las nuevas tecnologías educativas. Decía un especialista en el tema que hay que ser muy cuidadosos para evitar que las empresas tecnológicas no terminen dictando la pedagogía. De todas maneras la introducción de las TIC (tecnología de información y comunicación) en las aulas es un fenómeno que apunta a enseñarles a los estudiantes a usar estas herramientas para desenvolverse en la vida y, asimismo a que mediante las mismas los profesores enseñen mejor y los alumnos aprendan más.

Las computadoras portátiles, las tabletas, los teléfonos celulares, en una carrera tecnológica por brindar más ventajas al usuario, ponen al alcance de la mano casi la totalidad del saber, al menos esa es la impresión que causan. En efecto, parecería que la totalidad de la cultura está contenida allí. Claro que esta situación ha producido una metamorfosis en el seno de la cultura, en la información y en la comunicación. Fenómeno que en alguna medida va en detrimento del libro impreso y de los escritores. Las bibliotecas también acusan recibo. La juventud se ha metido plenamente en la computación y se conecta con los lugares más remotos del planeta. En buena hora que así sea, pero de ninguna manera significa que haya aumentado la comunicación y el entendimiento entre los seres humanos (…)
En materia pedagógica, creo que lo fundamental consiste en transmitirle al estudiante la imperiosa necesidad de una apertura mental, de una postura de tolerancia hacia aquellas ideas que no compartimos y, por sobre todas las cosas, acostumbrarse a reflexionar de manera crítica.