• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

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Sin salida

06 miércoles Abr 2022

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La Argentina de hoy puede ser calificada como un país sin salida o si se prefiere sin futuro, al menos para las clases sociales desprotegidas que constituyen la gran mayoría de la población, pero en mi opinión, más allá de pronósticos infaustos o tal vez apocalípticos, la salida existe… El hecho deviene de vivir siempre de crisis en crisis, de naturalizar un escenario de conflictividad crónica e irracional, donde la economía, más allá de ser una nota dominante en cualquier sociedad, ocupa siempre el centro de la discusión. Hoy con una pobreza cuya magnitud es inédita, prefabricada en buena medida y en ascenso, al extremo que ya comprende a más del 60 % de la población, y curiosamente en un país cuyas riquezas todavía son incalculables. Claro que a esta pobreza material a menudo se le asocia una pobreza mental, ambas impuestas por las dirigencias tradicionales que tienen una larga historia de deriva autoritaria. Hay dos variables elementales para superar la pobreza, que aquí ya es estructural, y son la educación y el trabajo. Pero debemos ser realistas, pues como decía Bertolt Brecht, lo primero es comer, después hablaremos de moral.
Cuando los políticos y los economistas se refieren a nuestra realidad como país, daría la impresión que la problemática tiene apenas un pasado reciente o en el caso que se remonten a lo sucedido algunas décadas atrás, dibujan una realidad recortada, sesgada por la ideología o sus intereses personales. Sin embargo hay muchos antecedentes históricos que son importantes para entender el presente, pero por razones de espacio mencionaré sólo tres. Los conventillos, consecuencia y expresión del déficit habitacional en la etapa de la inmigración, caracterizados por el hacinamiento y la pobreza, aparecieron a fines del siglo XIX. Las villas de emergencia (antes popularizadas como villas miseria) surgieron en la ciudad de Buenos Aires a principios de la década del 30, con la crisis de esa década, y no han parado de expandirse, al punto que se contabilizan varios miles en todo el país. El primer préstamo que contrajo la Argentina con el FMI fue en 1956, allí comenzó nuestra atormentada relación con ese organismo internacional. Mencioné sólo tres datos, históricos y a su vez actuales, que evidentemente ningún gobierno abordó en los hechos con firmeza e inteligencia. Por eso el relato actual no se compadece con la historia real y, la ignorancia del pasado es tal que muchos parecen creer que la humanidad se inauguró en el presente.
Hoy por hoy vivimos en medio de numerosas vulnerabilidades que se van agravando por la pobreza y la discriminación. A través de los medios uno se entera que en los países desarrollados los niños que nacen en la pobreza, en el 75% de los casos mueren sin ser pobres. Pero en la Argentina un chicho que nació en la pobreza es muy difícil que salga de ella, al extremo que se sostiene que estimativamente en el 95% de los casos morirá siendo pobre. Terrible, porque a esos seres humanos se les niega el derecho a un proyecto de vida, de acceder a un futuro digno.
Aquí como en otras partes se discrimina por la raza, el sexo, la orientación sexual, la ideología, la religión o creencia, la clase social, la edad, el idioma, pero también si se es discapacitado por una enfermedad o si se trata de un inmigrante. Las estigmatizaciones constituyen un comportamiento negativo que vulnera la dignidad del estigmatizado, a quien se lo menosprecia, se lo señala de manera hostil como alguien inferior, y se lo rechaza en base a prejuicios y estereotipos. En fin, son falsas generalizaciones que comparten un gran número de personas. Además, un prejuicio inconsciente nos lleva a acercarnos a la gente que se parece a nosotros y a mirar con desconfianza cuando no con repulsión a aquellos que son diferentes. Hace tiempo Adela Cortina acuñó la palabra “aporofobia” para referirse a la aversión que produce el individuo pobre en la sociedad occidental, tema que he abordado en otras publicaciones.
Hoy los políticos se manejan a golpes de encuestas y buscan que el relato coincida con la opinión de la mayoría o al menos con el grueso de sus votantes. De allí que la crítica a ese político sea interpretada como la crítica a la sociedad o al pueblo que coincide con él, situación que todo populismo tiene presente, por eso recurre al ropaje de la anti-política en coincidencia con el estado anímico de la población. En efecto, en mucha gente existe una sensación de hartazgo de la política y sus actores, la indignación se extiende, y los líderes canallas se encaraman en la cresta de la ola del disgusto y la mala disposición. Los populistas no suelen ser muy cultos, pero tienen un olfato propio de los sabuesos y cuando perciben en el aire el malhumor social, rápidamente se adhieren y lo manipulan. Ante el panorama de nuestros días, cómo mucha gente no va a recelar de la política y la democracia si cada vez son más los que se quedan sin trabajo, pierden su vivienda, se ven empobrecidos y hasta pasan hambre, mientras el gobierno de turno a través del relato busca culpables en una suerte de caza de brujas, a la vez que oculta las verdaderas razones de la crisis.
En este berenjenal de catástrofes humanitarias y de crisis económicas que nos agobian aquí y en otras regiones, aparecen los filántropos que procuran monopolizar el poder a través de sus ONG. Es ya una tradición que el gobierno de turno les conceda subsidios a aquellas que le son cercanas, y combata a las que se sitúan en la oposición. Temas sensibles como los derechos humanos, centros de salud para sectores marginales, orfanatos, casas de protección para mujeres abusadas, entre otros. Muchas de estas ONG, incluyendo a algunas que no llegan a constituirse legalmente como tales pero que operan en los hechos, como ser algunos comedores populares, realizan una filantropía genuina. También están las grandes empresas atentas al marketing y a las ventajas de tener una buena imagen, que con sus donaciones pretenden que las mismas sean deducibles de los impuestos, y para mí esto no es mecenazgo… Por favor, basta de avivadas e hipocresía. Hay muchas formas de ser solidario, de prestar ayuda, donando tiempo, trabajo, bienes materiales. Quien desinteresadamente desee auxiliar con su dinero puede donar, pero los impuestos debemos pagarlos todos, como cualquier ciudadano de a pie.
Las prestaciones públicas básicas deben estar en manos del Estado y no de la caridad privada. Ninguna ayuda estatal debería estar “tercerizada”, ya que el Estado tiene personal suficiente, yo diría en demasía por tratarse de un mega-estado (ineficiente), y debe hacerse cargo de las asignaciones así como de la vigilancia del proceso. La tercerización en estos casos es un mecanismo que alienta el clientelismo y la corrupción.
Recuerdo que en el siglo pasado hubo un sinnúmero de huelgas generales promovidas por los gremios con un tufillo de conspiración. Durante el siglo actual tenemos a diario piquetes en CABA que perjudican la dinámica laboral de la ciudad, cortes de calles y rutas en todo el país, protestas y movilizaciones utilizando a los que reciben planes sociales, todo esto articulándose con la cultura de la “apropiación indebida”, que digita una dirigencia clientelista y autoritaria que se adueña de los dineros públicos surgidos de los que pagamos impuestos y que además debemos callar. Las protestas de la gente suelen ser legítimas, sin embargo antes y ahora el clima es extorsivo.
En cuanto a la idea del libre mercado es seductora, pero tiene mucho de utopía. Hace un par de siglos las elites consideraban que era necesario disciplinar a las clases bajas y mantenerlas en la pobreza para que apuntalaran la industria. De más está decir que no debían participar de las decisiones políticas, pues, ellas estaban para obedecer. No son pocos los que todavía coinciden con ese pensamiento, aunque se cuidan de explicitarlo en público, pero el mundo cambió. Hoy la gente tiene ambiciones y reclama a viva voz por sus derechos. El sentido común se ha tornado subversivo. Internet es el ágora de nuestro tiempo, allí cada uno dice lo que le parece, hace su catarsis, sube videos de todo tipo, hasta porno casero. En las redes las investigaciones, las noticias y la información se entremezclan peligrosamente con las fake news. Y los que se oponen al capitalismo actual reclaman poder alimentar y educar a la totalidad de la población mundial, un sueño loable aunque muy difícil de alcanzar, como lo demuestra la historia universal. Pero los sueños pueden superar las pesadillas, y como decía Edgar Allan Poe, aquellos que sueñan de día son conscientes de más cosas. Yo pienso que no se trata de la izquierda, la derecha o el centro, que en todo caso son mediaciones de la realidad, solo se trata de actuar con dignidad, nada más.

Paternalismo abusivo y mentalidad imperial

17 jueves Mar 2022

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En el 2015 viajé con mi mujer a Rusia para participar del congreso europeo de mi especialidad, la medicina interna, que ese año se realizaba en Moscú. Allí me reuní con colegas amigos de otros países que nos conocemos desde hace muchos años. Recuerdo que como siempre llevo algún librito mío en inglés para obsequiar, el secretario general de una asociación médica de Eurasia, que nuclea a instituciones de siete países, quiso conocerme y me invitó a un evento que se haría la semana siguiente en Bielorrusia, y hasta me ofreció hacerse cargo de todos los gastos, algo impensado para mí que estoy acostumbrado a recurrir a mi propio bolsillo. Me disculpé porque al día siguiente viajábamos a San Petersburgo (ciudad natal del colega y de Vladimir Putín) y, mi mujer ya había hecho las reservas del viaje y el pago del hotel. En las dos intensas semanas en que recorrimos Moscú y San Petersburgo, quedamos impresionados por la belleza de sus edificaciones, las estaciones de metro que son verdaderos museos, la cultura que se respira (en el metro nadie dejaba de leer un libro, el periódico o un texto en su Smartphone), la deliciosa ensalada rusa preparada con salmón y caviar, pero por sobre todas las cosas rescatamos la amabilidad de la gente. En efecto, lo comprobamos tanto en los mayores nacidos al calor del régimen comunista de la URSS como en los jóvenes que solo conocen el capitalismo actual. Cada dos por tres nos perdíamos en la calle por desconocer el alfabeto cirílico y, gente que no hablaba el español ni el inglés procuraba ayudarnos, incluso con señas. En fin, el pueblo ruso es un pueblo muy sufrido y cuando se escudriña en su historia uno llega a entender el porqué de la revolución de 1917. Que la misma terminase desvirtuada es otra historia. Pero lo cierto es que los zares fueron brutales con su pueblo.

En un viaje en barco para admirar Moscú desde otra perspectiva, durante el almuerzo conocimos a un joven abogado italiano que trabajaba para la empresa McDonald’s que actualmente ha decidido cerrar temporalmente sus 847 restaurantes que tiene en ese país como protesta por la guerra contra Ucrania. Este joven con quien conversamos en italiano, ya había realizado años atrás un curso de varios meses en la universidad de Moscú y tenía residencia en el sur de Italia. Me mostró su pasaporte y su sello del nuevo ingreso al país donde se consignaba a McDonald’s, algo que no dejó de asombrarnos. Cuando le pregunté por Putín, me dijo que a la gente no le incomodaba mucho el autoritarismo de Vladimir, claro que entonces no le había mostrado al mundo su rostro actual. De vuelta a Buenos Aires seguimos durante un tiempo conectados a través de Internet, al igual que con algunos colegas rusos del congreso. Recuerdo que el italiano me dijo que le gustaría conocer Buenos Aires y que lo primero que haría sería concurrir a La Bombonera, ya que tenía pasión por el fútbol.

En medio de la actual guerra promovida por Rusia, un ucraniano decía hace unos días que el régimen de Putín le había lavado el cerebro a la gente y aludía a las encuestas que revelarían que más de un 70% de la población apoya la invasión a Ucrania. Por otro lado, noticias recientes dan cuenta que muchos ucranianos ya no hablan con sus parientes rusos, y que igual actitud han asumido los ucranianos con sus amigos rusos. En fin, lamento que no se den cuenta que están siendo manipulados.

Lo cierto es que Putín con su megalomanía nunca estuvo solo (ningún dictador lo está). Como ser, Kirill, Patriarca de Moscú y toda Rusia de la Iglesia Ortodoxa, hijo y nieto de sacerdote, de quien se dijo que en la época soviética habría sido agente de la KGB, muy amigo de Putín, en la homilía del Día del Perdón para la ortodoxia rusa, llegó a justificar la guerra porque estaban en juego los “valores morales”. Cargó también contra el desfile del orgullo gay como algo necesario para ingresar al club de los países occidentales. Y no serían pocos los monjes que en Ucrania siguen fieles a Kirill. Es más, en los primeros días de la guerra en una ciudad de la provincia de Ternopil, los militares ucranianos detectaron que determinados lugares de su pista de aterrizaje eran señalados con un puntero laser para guiar a los misiles rusos, y que el mismo estaba en una iglesia ortodoxa cercana que era dirigida por monjes leales al patriarca moscovita.

Cundo Putín dio su discurso justificando la invasión a Ucrania, me tomé el trabajo de seguir el mismo con mucha atención en la televisión europea, donde narró la historia procurando reescribirla, pero dijo que al inicio de su mandato preguntó, sin obtener respuesta, si Rusia podía formar parte de la OTAN… Él acusa a Occidente de no haber cumplido con lo pactado. Por otra parte Occidente no fue prudente ante la desintegración de la URSS. Rusia tiene derecho a defender su seguridad territorial, no tengo dudas, pero ese derecho también les asiste a sus vecinos, tampoco tengo dudas.

Javier Solana, que es un viejo lobo de mar, pues, entre sus muchas funciones ha sido Secretario General de la OTAN y Alto Representante de la Unión Europea, sostiene que el conflicto actual es el resultado de sugerir que Ucrania entraría en la OTAN. Dice que en la Cumbre de este organismo, en abril de 2008 se cometió el error de hablar como si Ucrania y Georgia entrarían en la Alianza Atlántica. Recordemos que ese fue el año de la gran crisis económica y que China se presentó ante el mundo mediante los Juegos Olímpicos, siendo su inauguración el 8 de agosto y, 24 horas antes Rusia atacaba Georgia…Solana refiere que en esa cumbre muchos miembros de la Alianza consideraban que no se debía ir más lejos. Cree que Rusia no tendría miedo de que haya misiles en Ucrania sino que forme parte económica de la Unión Europea. El tema habría comenzado siendo económico y luego se convirtió en un problema de seguridad al anexionar Crimea (2014). No olvidemos que las anexiones que Putín hizo son importantes para la economía rusa. Hoy además de la cuestión geoestratégica existe otro serio problema, como el de las energías renovables o limpias versus el transporte de gas, entre otros tópicos económico-financieros, y yo añadiría como telón de fondo lo cultural, donde el pasado imperial, la desintegrada URSS y la religión juegan un papel insoslayable.

En la población europea se teme un ataque nuclear, que Solana descarta porque sería una falta de sentido común (como si no viviésemos repitiendo errores por falta de sentido común), al igual que la formación de un ejército europeo porque la Unión Europea se creó para la paz, más allá que alguno de sus miembros como país pueda decidir ir a la guerra.

Lo cierto es que la pandemia ha pasado a segundo lugar sin estar resuelta, y ha sido reemplazada por los búnkeres, las pastillas de yodo para prevenir el cáncer de tiroides (por exposición radioactiva) y las sirenas antiaéreas de la guerra nuclear. Además el cambio climático sigue produciendo catástrofes en distintos puntos del planeta, y una táctica confiable primero exige una estratégica confiable, primordialmente entre China y los Estados Unidos que son las potencias que más contaminan. En fin, asistimos como espectadores y a la vez damnificados a un nuevo escenario internacional surrealista, después de las tragedias que significaron las dos guerras mundiales. Y como decía Tolstoi: “No hay grandeza donde falta la sencillez, la bondad y la verdad”.

Attilio Dabini: mi testimonio.

07 lunes Feb 2022

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La nota de Néstor Tirri en Ideas de La Nación, publicada hace unos días, me movilizó y decidí escribir una carta, muy breve, en el correo de lectores de ese periódico. Habían pasado 40 años de su desaparición física y no es que a Dabini lo tuviese en el olvido, por el contrario, quienes asistimos en los 70 a su taller de narrativa en la SADE lo recordamos con consideración y aprecio. Por eso en mi blog quiero hacer algunos comentarios que en la carta por razones de espacio no pude realizar.

Recuerdo que el año anterior yo había asistido a un ateneo de oratoria donde me eligieron secretario del mismo, pero en el país se vivían días de violencia, había estado de sitio, y quien dirigía el ateneo consideró prudente no seguir con la reuniones, por otra parte en el piso de abajo funcionaba un local de un partido de izquierda y el clima era propio de caza de brujas. Consideré que era el momento de ir a la SADE. Si mal no recuerdo funcionaban dos talleres de narrativa, uno era de Attilio Dabini, de quien no había oído hablar. Luego supe que Dabini, además de su maestría como escritor de cuentos y novelas, fue un traductor imprescindible, pues, tradujo a una pléyade de notables escritores italianos, como Italo Svevo, Cesare Pavese, Alberto Moravia, Vasco Pratolini, Ignazio Silone, Guido Piovene, Elio Vittorini, Ennio Flaiano, Italo Calvino. En fin, un trabajo ciclópeo que yo entonces ignoraba.

En esa época aún vivía en mi ciudad natal, La Plata, y los martes por la tarde, cuando finalizaba de atender el consultorio de clínica de la UOCRA, a dos o tres cuadras tenía el colectivo que me traía a Buenos Aires. Llegaba a la SADE una media hora antes de que comenzara el taller y algunos alumnos solíamos reunirnos en el café donde charlábamos de cualquier cosa. Con Gloria Kehoe, algo menor que yo, tenía unos 20 años, entablamos una amistad. Recuerdo que a fin de año, en el acto de finalización de los talleres me presentó a su madre y a su esposo. Gloria poseía una fina sensibilidad y tenía un futuro promisorio como cuentista y poetisa. Dabini decía que ella tenía la capacidad de “meter el dedo en la llaga”, y creo que en algún momento lo acompañó a un programa periodístico. Con Miguel Vendramin nos une una amistad que ha superado el paso del tiempo, pues, nos hemos hecho viejos. Recuerdo que Dabini calificó a Miguel de escritor borgeano.

No era su costumbre perder la calma, aunque su veta peninsular era más que evidente, recuerdo que cuando me preguntó qué autores leía, mencioné a varios escritores españoles, en especial a Ortega y Gasset. Me miró con el ceño fruncido y me espetó: “¡Ortega ha prostituido la prosa castellana!”. Tal fue el impacto de sus palabras que durante varios años no volví a leer a Ortega y, cuando retomé su lectura lo hice con bastante ánimo crítico.

En una oportunidad comentó que había tenido una discusión con Julián Marías por haber calificado a Unamuno de “energúmeno”. Y creo que estaba convencido de que el intelectual vasco era un personaje demoníaco. A Marías no le cayó bien y prometió contestarle públicamente, en el periódico, pero según Dabini nunca lo hizo.

Con Ernesto Sábato tuvo una fuerte discusión. Ambos habían acordado una reunión porque Dabini tenía que publicar la crítica a uno de sus libros. Pero grande fue su sorpresa cuando Sábato llegó acompañado de un séquito de personas, como quien va a un espectáculo y lleva a sus fans. A Dabini le pareció una actitud incorrecta, ya que la conversación debía ser entre los dos, pero algunos de los seguidores comenzaron a terciar objetando la mirada que Dabini desplegaba sobre la obra y éste perdió la paciencia, al extremo que dejó mudo a Sábato y sus acompañantes. Nos decía que Ernesto pretendía ubicarse por encima de Borges y Arlt, y que el episodio le dejó una sensación de malestar que le duró varios días.

De Borges siempre contaba anécdotas, algunas risueñas, y más allá de elogiar sus cuentos y ensayos, decía que su poesía era muy buena.

Como crítico me impresionaba que era más bien compasivo con sus juicios, a diferencia de otros que son implacables e incluso se dedican a colocar lápidas. Alguien le preguntó por la traducción del italiano al español que hizo un colega de una novela célebre, al parecer traducción no lograda, y Dabini respondió: “hizo lo que pudo”.

Sus años en Italia tuvieron mucho de aventura, ya que fue miembro de la resistencia contra el fascismo. Comentaba que había estado en más de 80 bombardeos, que la primera semana creía que enloquecería, pero luego se acostumbró, al punto que los bombardeos pasaron a ser algo normal. Y siempre nos repetía que los artistas y escritores que participaron de la resistencia no dejaban de trabajar pero habían decidido no publicar como protesta al régimen fascista.

En un viaje en tren se encontró con su gran amigo Michelangelo Antonioni, que ya era un hombre rico y no solía llevar dinero encima. Éste le pidió dinero prestado a Dabini y luego cada uno se fue por su lado. Pero al cabo de un tiempo leyó un cuento sobre ese episodio donde Antonioni encarnaba a un hombre pobre, perseguido y atormentado por un prestamista, y recuerdo que dijo que el cuento era maravilloso.

Cuando mencionaba que un cuento suyo escrito a los 17 años había sido del agrado de Luigi Pirandello, se notaba que el hecho le producía cierto orgullo. Creo que su admiración por Pirandello le hacía olvidar el apoyo que el siciliano le dio a Mussolini y a la causa fascista, es más nunca lo mencionó.

A menudo hablaba de su hija que vivía en los Estados Unidos, decía que todos los días pensaba en ella. Estaba casada con un científico y tenía hijos, incluso mencionó que en una oportunidad estuvo en el país del norte hospitalizado, no dijo el motivo, pero que luego de varios años seguía recibiendo cartas de los pacientes con que compartió la internación.

En los 80, de vuelta de mi periplo europeo e instalado en Buenos Aires, fui a la SADE con la intención de reencontrarme con el maestro y mis compañeros de taller (Miguel ya me había visitado en Madrid), pero me desilusioné porque no encontré nada de aquello. Había pasado un lustro. Luego, dos personas que habían concurrido al taller, me dijeron que creían que Dabini vivía en una especie de retiro, y que Gloria había sido secuestrada por un grupo de tareas de la ESMA y estaba desaparecida. Más tarde supe que la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) instituyó un premio que lleva el nombre de ella.

Ricardo Piglia en la segunda mitad de los 50 comenzó a firmar sus cuadernos con el seudónimo de Emilio Renzi, influenciado por el piamontés Pavese. Y esa influencia surgió de una conferencia que Dabini pronunció sobre Pavese, a la que Piglia asistió. Hace unos años leí una entrevista que le hicieron donde mencionaba a Dabini y el interés que tenía por realizar una investigación sobre su obra, pero lamentablemente no tuvo tiempo material para lograr el cometido.

Un hecho curioso es que en los siete años que estuve en la Dante Alighieri de Buenos Aires como alumno, cuatro años de lengua y tres años de literatura, historia y cultura, no recuerdo que allí nunca se mencionase el nombre de Dabini, y resulta extraño si tenemos en cuenta que este autor nacido en Milán probablemente haya sido la figura más importante de la cultura ítalo-argentina en el Siglo XX. En fin, hay cosas que en la Argentina son difíciles de entender si bien ya nos hemos acostumbrado.

La robótica y la bioética médica

25 martes Ene 2022

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hace poco un lector, pues tengo algunos lectores pero carezco de público, interesado en la bioética, me preguntó si tenía algún material sobre la robótica, la ética y la medicina. Me tomó de sorpresa, estaba trabajando en otros temas, y se me ocurrió enviarle lo que publiqué al respecto hace unos años en mi libro: “Introducción a la bioética del siglo XXI” (HYGEA EDICIONES. Buenos Aires. 2017. Pág. 253), aclarándole que el texto es anterior al cisne negro de la pandemia, y que luego de leerlo seguramente encontraría cosas nuevas en la bibliografía actual destinada a la robótica.

Responsabilidad frente a la toma de decisiones, ética robótica y bioética médica.

Los seres humanos vivimos tomando decisiones, algunas sencillas, sin mayor trascendencia y que hacen a nuestra cotidianidad, decisiones que solemos llamar habituales, pues, están relacionadas con un modo de proceder asentado en la repetición. Pero además de éstas que forman parte de nuestro modo de vida, en ciertas oportunidades debemos tomar decisiones que pueden tener gran trascendencia para nuestro patrimonio, el ascenso social o la vida en sí, ejemplo de esta última situación es cuando firmamos el consentimiento informado para que el cirujano nos extirpe un tumor capaz de terminar en poco tiempo con nuestra existencia. No es común que realicemos un análisis sobre su mecanismo y nos planteemos los pormenores de la decisión. Lo cierto es que muchas de estas decisiones tienen implicancias éticas y también rozan o comprometen otras esferas del conocimiento, de allí la doble vertiente de la responsabilidad: ética y legal. Tomar una decisión implica un proceso que no se agota en una sencilla elección. Si nos remitimos al diccionario de la lengua veremos que una de las acepciones para la palabra “elección” es la libertad para obrar, y que en el caso de la “decisión”, el concepto alude a la determinación o la resolución que se adopta frente a algo dudoso. Por lo tanto elección y decisión se parecen mucho pero no son lo mismo. El punto de partida está en formular correctamente el problema (evitar confundir un problema biológico, cultural o psicológico con un problema ético), luego en analizar los posibles cursos de acción para hallar aquel curso que consideramos capaz de cumplir con el objetivo que queremos alcanzar. Se pretende que la decisión sea fundamentalmente racional, planificada en base a objetivos, estrategias y programas. A menudo se habla de estrategia y de táctica como si fuesen sinónimos, en realidad, la estrategia hace alusión a los grandes rumbos y la táctica a la operación.

En todo proceso decisorio surgen elementos fácticos y elementos de valor. En la cadena de medios-a-fines existe una jerarquía que va de las finalidades más inmediatas a las más mediatas (últimas finalidades). Los elementos fácticos son afirmaciones acerca de la realidad y tienen la pretensión de ser objetivas. El agua hierve a 100ºC, éste es un juicio categóricamente fáctico. Dos personas que enfrentan un problema fáctico podrán hacer afirmaciones contrapuestas pero ambas no podrán tener razón, porque la verdad, es, sólo una. Estamos ingresando en una nueva etapa del progreso, por cierto muy acelerada, que algunos llaman la Cuarta Revolución Industrial, donde la robotización de la vida es un hecho que crece a pasos agigantados. Hace unas décadas algunos autores alertaban sobre el peligro de que la Antropotecnia terminase sustituyendo a la Antropología, alerta que hoy se vislumbra con mayor claridad. Pero si reparamos en el ámbito de la “medicina robótica”, ¿un robot puede ser enjuiciado por realizar una malpraxis médica? La justicia probablemente buscará al médico que se halla detrás del robot que causó un daño al enfermo. Aún no hemos llegado al punto donde se pretenda enjuiciar a los robots por sus acciones dañosas. De todas maneras ya se habla de un Código de Ética para los robots.

En Corea del Sur, donde la sociedad habría alcanzado gran desarrollo tecnológico, el gobierno planea colocar un robot en cada hogar a partir del 2020. Esto generará una interacción entre humanos y androides. Un peligro sería que los humanos se vuelvan adictos a esta tecnología, como ya está sucediendo por ejemplo con el uso y abuso del celular o la computadora. También el Derecho está interesado en la protección de los datos que adquiera el robot y en ver cómo identificar y rastrear al robot. Un enigma lo plantea el robot en la habitación de un niño. Pero también la intención sería emplear la “biorrobótica” con fines militares, lo que genera argumentos encontrados. En la confección del Código de Ética Robótica, en el que trabaja un reducido grupo de expertos de Corea del Sur, se incluye un futurista y un escritor de ciencia ficción. Para tal menester se habría considerado el cuento que Isaac Asimov publicó en 1942, El Círculo Vicioso (Runaround). Los protagonistas, Powell y Donovan, refiriéndose al robot Speedy, acuerdan establecer 3 reglas o leyes: 1º los robots no pueden dañar a los seres humanos ni permitir que corran peligro por falta de intervención; 2º los robots deben obedecer las órdenes que les den los humanos excepto que entren en conflicto con la primera regla o ley; 3º los robots deben protegerse a sí mismos si para ello no entran en conflicto con las reglas o leyes precedentes. En esta normativa se establece que los seres humanos no deben maltratar a los robots.

Por otra parte, hoy se están haciendo pruebas con “vehículos inteligentes”, según la denominación de algunos autores, es decir, automóviles y miroomnibus conducidos por robots. Pero frente a estas máquinas que no poseen la inteligencia humana ¿los padres estarán de acuerdo en que estos vehículos lleven a sus hijos al colegio?

En otro orden de actividades, ya están diseñados los robots que sustituirán a las mujeres que ejercen la prostitución, con lo cual se vaticina un sexo seguro sin los riesgos de las ETS (enfermedades de transmisión sexual).

La robotización es una de las áreas tecnológicas que más interés despierta entre los innovadores. No hay duda que la tendencia de nuestros días es que los robots del futuro terminen por realizar todas las actividades que hoy hacen los humanos (robotización de la vida). Entre los argumentos a favor, hay quienes sostienen que esto simplificará las cosas y que los seres humanos tendrán más tiempo libre para la recreación e incluso la posibilidad de ejercer un ocio creador (…) El argumento del discurso carece de honestidad, porque para que hoy haya fábricas donde la mayoría de las actividades las realizan máquinas, con un mínimo de personal que controla esas máquinas, hubo que despedir a la mayoría de los operarios, generando un serio conflicto social, aunque incrementando el nivel de ganancias de los propietarios de las empresas, ya que ese es el objetivo no declarado. Algo similar sucedió durante el siglo pasado con los inicios de la ambigua globalización actual, donde políticos, tecnócratas e intelectuales decían en los medios que el proceso globalizador era imparable pero que traería bienestar a las mayorías, que era necesario hacer una reingeniería laboral, es decir, quien perdía su trabajo debía capacitarse para ser incorporado en otro trabajo. La realidad fue muy distinta, la gran mayoría de esa gente que fue expulsada del sistema laboral jamás pudo retornar al mismo, más allá que muchos cayeron en la depresión, el alcohol, las drogas, el delito o incluso el suicidio. Hay suficiente evidencia científica que avala esta afirmación.

Ahora bien, comenzamos el 2022 y todavía no salimos de la pandemia.. El problema es que en esta nueva era hay demasiado malestar, no solo con el virus. Las clases medias están rebelándose por el aumento de los precios, la caída de los ingresos, y el stress que produce esta pandemia interminable, que lleva a muchos disturbios sociales y sus consiguientes represiones. El planeta se está empobreciendo mientras los 10 millonarios más ricos del mundo durante estos dos años de tragedia duplicaron su riqueza (Oxfam)… Los robots son importantes en tanto sean útiles para el desarrollo de la humanidad. El problema es que muchos ya ven al robot como el enemigo futuro.

Cómo sobrevivir en un país espectral

22 miércoles Dic 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En estos días he leído varios artículos periodísticos y alguno filosófico donde hablan de la “supervivencia”. La RAE recomienda usar la palabra “supervivencia” y no “sobrevivencia”. El problema, a mi entender, estaría en la preposición, ya que “sobre” significa encima, y “super” quiere decir de alto grado o muy bueno. Cuando usamos el verbo “sobrevivir” hacemos alusión a seguir existiendo luego de un suceso o tras la desaparición de algo. A diferencia del verbo, el sustantivo derivado de “supervivencia” (acción de sobrevivir) habría triunfado frente a “sobrevivencia”. Pues bien, aquí haré referencia a sobrevivir en las actuales condiciones luego de los graves sucesos y de las numerosas pérdidas sufridas en la Argentina.

Me referiré a la necesidad de subsistir o mantener la vida, es decir, seguir viviendo pese a todo lo malo acontecido y sin tener que perder la dignidad y, no es algo menor en un país donde las crisis se suceden una tras otra, como en una cinta sin fin. En efecto, desde hace décadas la Argentina es un laboratorio social donde se prueban fórmulas que terminan dejando tendales de seres humanos, sin que nadie jamás asuma la responsabilidad, bástenos el duro período de la dictadura militar o el neoliberalismo de los años 90 con el espejismo de la convertibilidad y la corrupción estructural, antesala indubitable de la crisis de 2001.

Los que vivimos el mes de diciembre de 2001 y padecimos sus consecuencias en años ulteriores, advertimos cómo 20 años después no logramos superar la situación de base. Muchos lamentablemente ya no están, otros perdieron la memoria, y no faltan los que prefieren no recordar… Por otro lado, hoy existe una generación que no vivió esa época pero que tiene el derecho de preguntar: ¿qué pasó?

Cuando comienzo a hablar del tema con los jóvenes, las vivencias, aquello que pude ver y de lo que fui testigo cuando no protagonista, siento que no me alcanza el tiempo material para evocar lo vivido. Es más, en alguna oportunidad me sugirieron que escribiese un libro sobre ese período, pero ya lo han hecho algunos con bastante precisión porque se han atenido a la verdad de los hechos. Otros, en cambio, han alimentado el relato con inexactitudes, muy peligrosas cuando llegan a esa juventud que no vivió los acontecimientos y que puede caer en una intoxicación ideológica. En fin, canallas siempre los hubo y los habrá. En la Argentina los cambios en el humor social se promueven a través de formadores de opinión o “gestores de la opinión pública”, es decir, intelectuales, políticos, economistas, periodistas, que defienden ideas a contrapelo de la realidad, mientras tanto aguardan la llegada de vientos favorables. Los comisarios de la cultura difunden noticias falsas a la vez que censuran las críticas, y también compran influencias. Esta tarea desde hace años se verifica en universidades, escuelas de periodismo, institutos del profesorado, medios de comunicación adictos o comprados y, el colmo de esta canallada la materializan algunas maestras y profesores con mente talibana que no respetan la niñez ni la adolescencia. Está claro que para ellos la meta es adoctrinar, no educar.

De todas maneras, el clima de época del 2000, los problemas de identidad, la larga historia de fracasos sociales, los mitos y algunos hechos perfectamente documentados están en mi libro: “La Espera de la Esperanza” de 2002. Ensayo presentado en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional donde uno de los comentadores, mi colega Miguel J. C. de Asúa, calificó de verdadero tour de forcé, e hizo mención del período sombrío que estábamos viviendo: “Todos hemos sido sacudidos, estamos siendo sacudidos por lo que sucede y los más débiles son los que más sufren. Hambre, desocupación, miseria, violencia infame, corrupción descarada: tantos males que corremos el peligro de anestesiarnos”.

Tengo muy presente los días 19 y 20 de diciembre de aquel año, los cacerolazos, la desobediencia civil ante el estado de sitio, los saqueos orquestados por aquellos que buscaban generar el caos para hacerse del poder, las numerosas víctimas de la represión policial, la desesperación de la gente que sentía que no solo le habían robado sus depósitos sino también el futuro. Un caos que no surgió espontáneamente, se preparó con mucho tiempo, y una de las tantas pruebas fueron los 358 camiones de caudales completamente llenos de dólares que llegaban al Aeropuerto de Ezeiza desde el mes anterior rumbo al exterior (otro hecho que quedó en el limbo de la justicia) , así como el tráfico de influencias, la información privilegiada que anticipaba el famoso corralito, finalmente la apropiación indebida de los ahorros de la gente que en incontables casos fue causa de depresión, miseria y hasta suicidio.

La ira popular contra el establishment estaba plenamente justificada, no era para menos, pero esa ira fue manipulada por los oportunistas de la política y de los negocios non sanctos que crearon una historia apócrifa que hoy siguen como zombis millones de argentinos, logrando dividir una sociedad ya maltrecha. En efecto, las protestas, los saqueos y los muertos dejaron una marca imborrable al menos en los que somos memoriosos. Los responsables no se detuvieron ni siquiera frente a la proximidad del abismo, ya que siguieron privilegiando sus negocios en desmedro del ciudadano de a pie y, esto parecería ser una historia sin fin.

El impacto de aquella crisis fue mayor que todas las anteriores. Entonces el clamor de la multitud pedía que se vayan todos, pero nadie se fue (excepto el presidente que lo fueron), se reinventaron o se hicieron los desentendidos y apelaron a la inocencia, y hoy siguen participando del juego de las puertas giratorias. En efecto, están como si nada malo hubiera sucedido, al extremo que son partícipes desvergonzados en los tejes y manejes de la cosa pública. Para colmo los medios los convocan para que opinen con su “palabra autorizada”, hagan sus diagnósticos, vaticinen el futuro, de allí que los medios también tienen su cuota de responsabilidad en este desastre.

Claro que los que pedían que se fueran todos no proponían con quien reemplazarlos. Y creo que ese fue, ha sido y es el gran problema. Pero qué hacer cuando los gobiernos y las oposiciones no dan la medida o no están a la altura de las circunstancias, cuando todos los poderes del Estado revelan alta ineficiencia, y cuando amplios sectores de la población, por cierto nada virtuosa, se muestran desinteresados por el porvenir del país y el futuro de los jóvenes. Una juventud que según información reciente, el 58% de los mayores de 25 años terminó la secundaria, un 51 % de los hijos de las familias más ricas asisten a la universidad y apenas el 2% de los hijos de las familias más pobres tienen ese privilegio, mientras políticos y sindicalistas de la educación no se cansan de hablar de igualdad, de cuestionar el mérito, y sobre todo fomentar la incultura.

Las estrategias y directrices de formación de los jóvenes no pueden estar en manos del mercado, que se especializa en hacer negocios y no en la pedagogía. Los métodos de enseñanza-aprendizaje son importantes, pero más importante es que los jóvenes aprendan con el método que sea, en tanto éste no vulnere la dignidad. Tenemos una educación que se viene deteriorando aceleradamente desde hace décadas en paralelo con una debacle cultural y un sistema de salud que hace agua por los cuatro costados.

La indiferencia de los ciudadanos facilita que la corrupción se imponga, pues, se usa el dinero de los contribuyentes en provecho propio, afectando la calidad de vida y comprometiendo el futuro. Son recursos que en vez de destinarse a la lucha contra el hambre y la inseguridad, la educación, la salud y otras áreas vitales, van a parar a manos privadas, empresas fantasmas o paraísos fiscales. Un amigo dice que éste es el país de las oportunidades, pero de los malos ejemplos.

La Argentina se ha convertido gracias a su dirigencia en una zona de alto riesgo y muchos se preguntan cómo estar preparados para sobrevivir. Lamentablemente no dispongo de fórmula alguna y no tengo un manual de sobrevivencia, como sí lo hay cuando uno se encuentra perdido en la selva o debe hacer frente a los fenómenos devastadores que actualmente ocasiona el cambio climático.

Mi generación creyó en el estudio y el trabajo, en el esfuerzo y el sacrificio, en la satisfacción del mérito propio y en las responsabilidades de los propios actos. Quienes nos enseñaban tenían prestigio y reconocimiento social. El hijo del profesional universitario coincidía con el hijo del obrero tanto en la escuela y como en la universidad. Los jóvenes de entonces podían elegir una profesión o un oficio, y el trabajo era valorado, no implicaba un castigo de clase, una explotación o esclavitud, si bien es cierto que abusos no faltaban. Entonces era importante hacerse de un curriculum vitae para poder progresar laboralmente. El que tenía un prontuario era mal visto, no inspiraba confianza por sus antecedentes delictivos, pero hoy puede aspirar a los cargos más altos en el Estado. Así estamos. En fin, no me gustan los pesimistas de regla ni los pronósticos apocalípticos, pero si algo está claro es que el país es un enfermo crónico con pronóstico reservado.

Feria de vanidades

23 martes Nov 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los honores, las distinciones, los premios y otros tipos de reconocimiento no siempre son compatibles con quienes los reciben. Por otra parte, hay expresiones enaltecedoras que la tradición consagró pero que hoy son absolutamente irreales, que deberían desaparecer si no queremos caer en la hipocresía o quizás el ridículo. Como ser, en el Imperio Romano se designaba “dignatario” a la persona investida de autoridad por la dignidad que ocupaba, cuya tarea era honorífica, término que ha llegado hasta nuestros días totalmente desvirtuado, porque los dignatarios de hoy no son más que mandatarios a sueldo, muy bien pagos, cuya dignidad personal en muchos está por verse.

En el ámbito académico se utiliza habitualmente la expresión “ad honorem”, expresión muy familiar en mi caso, pues yo durante décadas he ejercido la docencia universitaria, pública y privada, bajo esta condición, sin recibir retribución económica alguna, y lo he hecho y lo sigo haciendo simplemente por la satisfacción personal de hacer el bien. Pero lo curioso es que inexplicablemente se sigue hablando de “Honorable Cámara de Diputados o de Senadores” o de “Honorable Consejo Deliberante” y, todos sus integrantes perciben suculentos sueldos que ellos mismos se asignan por ley no sin rostro pétreo, además de una serie de prerrogativas y gastos de todo tipo, a menudo escandalosos, sufragados con los dineros públicos, más allá del cuestionable desempeño en la función pública. Y como si fuese insuficiente esta anomalía, vemos cómo desde concejales a presidentes buscan algún artilugio legal reñido con la ética para su reelección a perpetuidad, amparándose en el mandato popular (comprado con engaños y dádivas) para anular el sentido de la alternancia democrática. En efecto, así gobernadores e intendentes con más de 25 años en el mismo cargo no están dispuestos a resignarlo, a lo sumo alguno fue sustituido transitoriamente por un familiar en un claro acto de nepotismo. También legisladores sin genuina historia laboral ni de capacitación superior que la mayor parte de su vida la han pasado en el edificio del congreso… No hay duda que todos estos individuos jamás sirvieron a la política, viven de ella mientras se arrogan distinciones altisonantes sin sonrojarse. Claro que nada de esto tiene que ver con la democracia o el espíritu republicano, sí con el régimen feudal, la colonia o la monarquía en su peor versión.

Los premios para muchos representan el éxito, la consagración, la posibilidad de cambiar de vida. En efecto, esto es real porque quien gana un importante concurso de novela tiene la posibilidad de salir del anonimato, de convertirse en alguien, ya que la maquinaria empresarial y publicitaria se encarga de hacerlo. Y si llega en ventas a rangos de bets sellers, las editoriales competirán entre sí y lo perseguirán como perros de caza, aunque sea un escritor mediocre.

En el ámbito académico, he conocido a colegas que buscan denodadamente las distinciones, que se desviven por obtenerlas, ya que las necesitan para convencerse a sí mismos y convencer a los demás de que son valiosos. Sé de alguno que por no recibir cierta distinción terminó enfermándose, pobre. Más allá de estos problemas de personalidad, está claro que existe un trasfondo que la gente desconoce, porque a ciertos premios no suelen llegar los mejores si no participan de la rosca, deben tener los contactos convenientes para poder acceder. Los que están fuera de ese circulo a lo sumo podrán tener un número limitado de lectores (escaso para el mercado), y hasta ser apreciados por algunos de sus pares, peno no superarán la condición de “autores de culto”. Y esto es algo que se da en todas partes y en todos los ámbitos.

Dicen que para la adjudicación del primer Premio Nobel de Literatura (1901) León Tolstoi estaba entre los postulados, sin embargo no se lo otorgaron. ¡Qué llamativo! Frank Kafka tampoco lo recibió y, como disculpa he leído, siempre hay una disculpa, que la visión literaria del praguense estaba adelantada a su época frente a una Academia que no estaba preparada… También Proust, Joyce, Chesterton, Virginia Wolf, Borges, Simone de Beauvoir, Cortázar, Susan Sontag, Margarite Yourcenar, entre otros escritores notables, no lo recibieron, en cambio sí autores con muchos menos méritos. También el japonés Haruki Murakami o el keniano  Ngugi Wa Thiong’o,  han sido propuestos varias veces y siguen esperando, con la incertidumbre de que podrían ser los eternos candidatos al premio. Me pregunto qué opinaría Alfred Nobel si viviese y comprobase lo que han hecho con su legado…

A Vladimir Nobokov no se lo dieron pero sí a Winston Churchill. El Nobel de Churchill merece un comentario. Dicen que la Academia quería otorgarle un Nobel y como no era posible el de la Paz (el más politizado de todos) le dieron el de literatura, cuando en realidad solo había escrito seis volúmenes sobre la Segunda Guerra Mundial, con una visión muy personalista donde procuraba exaltar su persona y ocultaba los desastres humanitarios de los que fue principal responsable. (algunos similares a los que cometió Stalin). Está claro que Winston carecía de grandes dotes literarias, aunque le sobraba egocentrismo. Dicen que él ambicionaba el de la Paz pero se lo concedieron al general George Marshall, su enojo fue tal que envió a su esposa a recibirlo.

Algo que muchos ignoran es que en 1939 el gran candidato fue Adolf Hitler, cuyo libro “Mi lucha” se llegó a vender por millones, detrás de la Biblia, y en la década del 30 sus ventas lo hicieron rico, convirtiéndose en el autor alemán más próspero. Y pensar que la vocación de Adolf era la pintura, no la escritura, y que su fuerte instrumento de captación de masas fue su capacidad de orador, no la de escritor. Terminada la guerra, el libro fue proscripto pero continúo vendiéndose clandestinamente en diferentes idiomas. Hoy se vende libremente en todas partes.

Albert Camus recibió el Nobel de Literatura siendo muy joven, tenía 44 años. Dicen que jamás se lo perdonaron. Era un francés de Argelia, un pied- noir, de procedencia humilde, sin trayectoria académica ni fortuna personal, en fin, estaba fuera del círculo áulico y para peor había osado enfrentarse a Jean-Paul Sartre, quien reconoció que Camus merecía el Nobel, aunque para sus acólitos fue difícil de digerir.

Philip Roth tampoco lo recibió, sí Bob Dylan. Y George Steiner que falleció el año pasado, dicen que siempre aguardaba en silencio que se lo otorgara.

En fin, con motivo de la adjudicación del Premio Nobel de Literatura 2021, una periodista recordó que 95 de los 117 galardonados eran de Europa o los Estados Unidos, y que sólo 16 eran mujeres.

Con motivo de la actual pandemia y las nuevas vacunas, en varias publicaciones he recordado a modo de homenaje a Salk y Sabin, inventores de las vacunas contra la poliomielitis que erradicaron la enfermedad del planeta. Ellos no quisieron patentar sus inventos por considerar que pertenecían a la humanidad… Qué lejos hemos quedado. Nada que ver con la codicia actual. Salk y Sabin, verdaderos benefactores de la humanidad, demostraron una tesitura moral ejemplar, sin embargo jamás les concedieron el Nobel.

En materia del Nobel de la Paz, aquí registramos las mayores aberraciones. Gandhi fue nominado cinco veces y nunca lo recibió, pero recuerdo que siendo muy joven y viviendo en Madrid se lo concedieron a Menájem Beguín y Anwuar el Sadat, cada uno con una significativa historia de claroscuros, lo que motivó que entonces escribiese alguna crítica.

En mi larga vida he conocido a seres que nunca terminan de vanagloriarse por haber obtenido algún logro y, he comprobado que habitualmente se trata de individuos que se tienen a sí mismos en un alto concepto, que ansían ser admirados, y confieso que no puedo evitar preguntarme que hay en su interior tras esa pura apariencia.

Arthur Schopenhauer, hijo de la salonnière Johanna Schopenhauer, publicó una obra cuyo título no fue del agrado de su madre pero sí de Goethe, quien era la estrella de la tertulia de Johanna. A partir de allí Arthur hizo lo imposible para que Goethe se convirtiera en su protector intelectual y le ayudase a publicar. No fue así. En una oportunidad le envió un escrito y Goethe eludió dar su opinión, sugiriéndole consultar con un especialista en el tema. Arthur explotó, dando lugar a una célebre disputa epistolar. Para Schopenhauer, filósofo es aquel con suficiente valor para no guardarse ninguna pregunta, a pesar de que esa verdad lo arroje al destino de Edipo. Goethe respondió que seguiría enseñando si los estudiantes no se creyesen maestros enseguida. La arrogancia del joven y la vanidad herida del viejo maestro, fue inocultable. Pero en la historia de la intelectualidad esto se repitió en incontables oportunidades. Pascal sostenía que quien no ve la vanidad del mundo es porque él es muy vano. Y para Honoré de Balzac: “Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”.

LAS ANDANZAS DE UN OUTSIDER EN LA BIOÉTICA

04 lunes Oct 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En el último congreso de FELAIBE en San Juan de Puerto Rico, donde con Mara, mi mujer, lo pasamos muy bien por la calidez humana de su gente, una biotecista de nota me dijo que yo formaba parte de la historia de la bioética, luego otros que debía dejar algún registro. Nunca lo hice, suelo tomar esos comentarios como un cumplido que agradezco. También tengo presente que cuando una señora se acercó a Borges y le dijo que era un genio, éste le respondió que no lo creyese, pues eran calumnias.

Con los asistentes a los congresos de FELAIBE (a los varios que pude asistir, ya que mi actividad como médico asistencial y profesor universitario es absorbente) siempre he cosechado amistades y, muchos de ellos leen mis libros, el blog de crítica cultural, los artículos de opinión en España o las notas de los periódicos. Les doy las gracias.

Desde que aprendí a leer me convertí en un lector voraz, pese a que fui un mal alumno en la escuela y también al principio del bachillerato. Hoy con la irrupción del virus que alteró nuestras rutinas, se bloquearon nuestros deseos y surgió una distopía, pero no la que aparecía en la literatura o el cine. La situación en curso dio lugar a infinidad de reflexiones y citas sobre 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Farenheit 451, de Ray Bradbury, todas narrativas distópicas que fueron best sellers y que pude leer mucho antes de graduarme de médico. Durante toda la carrera estuve abocado al aprendizaje de lo que sería mi profesión, por la que siento vocación de servicio, pero me las ingenié para leer los periódicos, ver TV, dedicarle a menudo una hora nocturna a la filosofía, y escudriñar a partir del catolicismo en las otras religiones, incluso el ocultismo, porque deseaba develar los misterios de la vida. Jamás lo logré, y sigo siendo un creyente. Pertenezco a la mítica generación de los años 70, ya que mi etapa veinteañera transcurrió durante esa década turbulenta, rebelde, esclarecedora en ciertos aspectos. Me las arreglaba para concurrir a un taller de narrativa, un ateneo de oratoria, algún curso de historia y filosofía, la ópera, el cine o las discotecas. En fin, como decía Neruda (Pablo no Iam): confieso que he vivido. Cuando me llegó el momento buscado, quemé las naves y partí motivado por la intención de cumplir un sueño, a sabiendas que todo en esta vida finita tiene su tiempo. Y lo logré.

En 1977 por haber ganado una beca internacional llegué a la Universidad Complutense de Madrid para completar estudios de postgrado y de paso cada tres meses hacer una escapada por otros países de Europa, incluso llegué a África. En ese año se jubilaba Pedro Laín Entralgo, en cuya cátedra hice un curso de doctorado (yo ya era doctor por la Universidad Nacional de La Plata donde me gradué a los 24 años), y era reemplazado como catedrático por Diego Gracia. En la Fundación Universitaria Española hice un curso anual de filosofía para universitarios los fines de semana. Cuando le preguntaba a uno de los profesores por la filosofía de la ciencia o la filosofía de la técnica decía que se trataban de medianías y que la filosofía estaba para otra cosa. Entonces nadie hablaba de bioética. En 1979 concurrí a unas jornadas internacionales de tres días en el Colegio de Médicos de Madrid, donde estaba matriculado, allí conocí a Florencio Escardó que había llegado como expositor desde Buenos Aires y, si bien la agenda era bioética, nadie la mencionó. En los años 70, década fundacional de la bioética, podemos recoger de Van Rensselaer Potter (1071): “Bioethics: Bridge to the Future” y el Informe Belmont (1978) con los principios: Autonomía, Beneficencia y Justicia; no contenía a mi entender el principal principio: “primero no hacer daño”. La denominación para este nuevo campo del saber fue tomada del ensayo del pastor protestante alemán Fritz Jahr (1927): «BioEthics: A Review of the Ethical Relationships of Humans to Animals and Plants». En fin, procuré seguir este nuevo movimiento como pude..

De vuelta de mi periplo europeo que planifiqué siguiendo el consejo de Comenio, me instalé en la ciudad de Buenos Aires, de donde era mi padre, pero durante años viajé todos los días a La Plata, mi ciudad natal, donde tenía un puesto oficial en el hospital donde me formé y donde se formaron figuras como René Favaloro y, además debía finalizar la “carrera docente” que había iniciado antes de mi viaje, por eso en 1981 cursé el “seminario de historia y filosofía médicas”, a cargo de José Alberto Mainetti, con quien desde entonces establecí una amistad que nos une. También ingresé como docente a la Universidad del Salvador (allí cumplí 40 años de docente y soy profesor consulto), porque sostengo que la educación debe ser amplia: estatal y privada, y di la espalada a luchas ideológicas que persiguen el pensamiento único. Entre las jefaturas hospitalarias que ejercí, están las de los Hospitales Israelita y Sirio-Libanés de Buenos Aires, de allí que una amiga filósofa y bioeticista ya fallecida, decía que yo vivía en la encrucijada.

Cada bioeticista experimentado ha procurado dar su visión sobre la génesis de esta disciplina. Por mi parte tomé el puente hacia el futuro de Potter más bien como un puente entre las Dos Culturas, expresión atribuida al físico y escritor británico C. P. Snow (1959), quien en su tesis denunciaba la falta de comunicación entre las ciencias y las humanidades, la ausencia de interdisciplinariedad (tema que comencé a desarrollar en diferentes trabajos a partir de 1980), uno de los inconvenientes principales para solucionar los problemas del mundo. Ese abismo es cierto, lo mismo que la hostilidad y el desprecio hacia aquello que no se conoce o domina, sobre todo en muchos jóvenes que no han tenido una educación abarcadora y enciclopédica (hoy muy mala palabra en pedagogía). En la década del 30 Unamuno no tenía interés por la ciencia, decía que lo de España era la mística, y en los años 50 Jean Paul Sartre admitía que no le interesaba la ciencia. Si hoy viviesen cambiarían de opinión. El tema no era nuevo, provenía de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Leí mucho al ruso Antón Chéjov (nieto de un mujik o siervo que había comprado su propia libertad), quien de día ejercía la clínica médica, atendiendo gratuitamente a los pacientes de cólera y a los enfermos del hambre, y por las noches escribía sus novelas cortas que hoy son un baluarte de la literatura universal. Chéjov murió a los 44 años (1904), consecuencia de la tuberculosis. Pero sin duda la antesala fue la primera mitad del Siglo XX y, cabe preguntarse porqué Ludwig Wittgenstein tras combatir en la guerra y ser hecho prisionero decidió alejarse de la filosofía, Simone Weill le dijo a la existencialista De Beauvoir que la única revolución que contaba era aquella que diera de comer a todo el mundo y le cortó el dialogo, y Adorno dejó escrito que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie… Recordemos que para Stalin una muerte era una tragedia, un millón solo una estadística.

La bioética no solo surge por la revolución tecnológica-médica luego de la Segunda Guerra Mundial, la nueva relación médico-paciente (autonomismo), la respuesta política, financiera y económica frente a la creciente demanda de servicios de salud (Estado de Bienestar), así como situaciones ético-jurídicas censurables que conmocionaron a la opinión pública sobre investigaciones con seres humanos (Estados Unidos), también porque existía un contexto cultural de época que era favorable, especialmente contracultural, y, no quedaba más remedio que admitir que ciertos problemas y dilemas superaban los límites de la Medicina. Las compuertas cedieron…

Estimo que la bioética es el mejor puente cultural entre las Dos Culturas, se abre a la interdisciplinariedad, aunque no siempre logre la integración, y su rechazo reside en lo que algunos ven como subversión epistémica. En una época en que cada disciplina está bien regulada, amurallada, y donde se procura una fuerte disciplina de sus miembros, algunos se rebelan, cuestionando y pretendiendo descorrer los velos de esas coreografías epistémicas cerradas. Actitud que abre paso a la indisciplina, procura establecer puentes entre las diferentes disciplinas, y esto es un claro intrusismo. En efecto, el diálogo bioético revela indisciplina entre las disciplinas y surge a contrapelo del establishment.

A la luz del conjunto abigarrado de problemas y dilemas, cuando no de trilemas, se creyó que nacía una “nueva ética médica” (para no hablar de bioética), pero el parto de la bioética se dio con el sello de la medicina, que además la legitimó. Luego distintas disciplinas como la política, el derecho o el arte motivadas por el pensamiento y a la vez el sentimiento autonomista crearon sus divisiones. Para los filósofos fue una escisión de la ética filosófica. Y los especialistas del pensamiento especulativo entendieron que si los problemas o conflictos médicos en el fondo eran problemas o conflictos éticos, no biológicos, pues entonces estaban en su derecho para reclamar su tratamiento. Pero la bioética clínica se mueve entre lo material y lo inmaterial… Los abogados también participaron de la disputa, creo que su interés era la responsabilidad médica en su vertiente legal, más ligada al derecho médico que a la medicina legal. La corporación médica, como organización, procuro que este abanico de conflictos no saliera de su ámbito, ya que históricamente nunca aceptó intrusiones en esta disciplina milenaria, que primero fue mágica, luego sacerdotal, finalmente científica. No lo logró.

Recuerdo que utilicé la palabra bioética por primera vez, no sin timidez, en un librito, un opúsculo que publiqué sobre la presentación de artículos científicos, en 1983.

Marcos Meeroff me convocó para la fundación de la Sociedad de Ética Médica de la Asociación Médica Argentina (AMA) y fui su primer secretario general entre 1991 y 1994. En 1993 presidí el primer evento internacional que hizo la AMA sobre ética médica, e invité a expositores de distintos países, incluyendo a Diego Gracia, con quien durante una semana tuvimos diálogos informales y del que aprendí mucho. En esos días había llegado a la Fundación Mainetti el alemán Dietrich von Engelhardt, con quien establecimos una gran amistad y organizamos en Buenos Aires el Seminario Germano Argentino de Bioética, auspiciado entonces por la Embajada de la República Federal de Alemania y la UNESCO (luego hicimos cuatro más) y, ya había nacido en 1996 la FICA que lleva el nombre de mi familia (Fundación Internacional Cataldi Amatriain), destinada a promover las Dos Culturas, y donde comenzó a funcionar un Centro Internacional de Bioética. Allí se realizaron eventos internacionales e incluso siendo coordinador general del congreso realizado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2017), en nuestro auditorio se realizó la asamblea general de FELAIBE donde se eligió a Puerto Rico como sede del siguiente congreso.

Con Mainetti durante años fuimos los asesores científicos del curso anual de bioética de Alicia Losoviz en la AMA y, finalmente en FICA creamos con Alicia y los hijos de José Alberto, el “Seminario Profesor Doctor José Alberto Mainetti”, como un justo homenaje al pionero de la bioética en América Latina. Muchas fueron las intervenciones en los medios, los cursos y otras actividades bioeticistas en las que participé siempre “ad honorem”, pues mi medio de vida fue y es el ejercicio cotidiano de la medicina. En varias oportunidades he sido criticado por introducir como profesor de medicina interna en el pregrado y director en el postgrado de residencias hospitalarias temas de bioética clínica. Mi visión no es la del gabinete, ni estoy detrás de un escritorio, mi lugar es al lado de los enfermos y, parafraseando a Jean Paul Sartre, “me ensucio las manos”, ya que debo tratar día a día con lo que me gusta y también con lo que me desagrada.

El santo y seña de la bioética se reconoce en el procedimiento, que legitima las normas y la corrección en el proceder ético, sin duda su principal objetivo, por eso ya en los orígenes de la bioética está la problemática médica como nudo gordiano, aunque algunos se empeñen en negar esa realidad. En fin, no hay que pelearse con la realidad.

El 1de octubre de 2001 se fundó la Academia Argentina de Ética en Medicina, que durante varios años se reunió en el Colegio Nacional Buenos Aires (UBA), presidida por José Alberto Mainetti y yo como secretario general, hoy tengo el honor de sustituir a José Alberto en la presidencia. Académicos Extranjeros son: Dietrich von Engelhardt, Diego Gracia, Fernando Lolas Stepke, Francisco León Correa, Emilio Ibeas, Christian Byk y Sandra Fábregas, figuras que prestigian un emprendimiento sostenido que sigue adelante contra el viento y la marea en una nación sin rumbo.

La moral se sitúa en el mundo social, donde es sometida a todo tipo de interpretaciones por el hombre de la calle, a diferencia de la filosofía que como disciplina académica exige de una preparación especial, de allí que sea un terreno en donde se mueven los expertos. La filosofía está profesionalizada, pero la moral no escapa a esto, es el caso de los moralistas que hablan desde el púlpito, el atril o un set de televisión.

Mi amigo Francisco León le dijo a mi mujer que soy muy metafórico. Tiene razón Paco, porque tomo a la metáfora como una de las formas de acercarme a la verdad. Como ser, no creo que haya una mejor metáfora pictórica de la filosofía como la de Rafael Sanzio con La Escuela de Atenas (1510-1511): el discurrir entre el idealismo y el realismo.

Con la irrupción del Sars-CoV-2 surgió la sociedad de la pandemia y la cuarentena, de las restricciones a las libertades individuales, el trabajo y las reuniones sociales. Nos obligó a aceptar limitaciones existenciales que comprometen la vida en su totalidad, incluyendo en muchos la restricción mental. Por eso las hijas de Asclepio (Dios de la Medicina a quien Zeus mató con un rayo por temor a que los humanos alcanzaran la inmortalidad), Hygea y Panacea, también diosas, lograron imponerse en este escenario de incertidumbre, silencio y duelos, la primera mediante la higiene, la segunda procurando curar la enfermedad. Pero para Alessandro Baricco el mito sería hoy la pandemia, una tragedia humana disfrazada de progreso.

Considero que las palabras son un tema central de la cultura, como ser, la percepción antropocéntrica que instala el humanismo, hoy es desplazada por una percepción tecnocéntrica donde ya no es la tecnología alrededor del hombre sino que es el hombre alrededor de la tecnología, una nueva deshumanización. Tenemos imágenes que se enlazan con las palabras en un imaginario colectivo que refleja la vida contemporánea de la sociedad, como las narrativas de la coexistencia de lo humano con lo virtual.

Muchos recurren a la metáfora de combatir la pandemia como si tratase de una guerra. Recuerdo que se utilizó con énfasis en los años 80 con el SIDA. Susan Sontag abordó las metáforas empleadas en la medicina y su sentido moral. Ahora Loris Zanatta dice que, si esto es una guerra, ¿dónde están nuestros generales? Lo cierto es que no se trata de una guerra, los ciudadanos no son los soldados que van al frente de batalla, y aquí no está en juego la patria si no la solidaridad. Claro que con una dirigencia mundial que salvo contadas excepciones no estuvo ni está a la altura del problema.

Otra metáfora compara la pandemia con el «cisne negro», teoría desarrollada por el libanés Taleb, basada en que cuando los primeros colonos europeos llegaron a Australia en el Siglo XVII vieron cisnes negros y, hasta entonces se creía que los cisnes sólo eran blancos. Hoy por hoy los eventos inesperados son considerados «cisne negro».

Habitamos un mundo de alineamientos ideológicos, de etiquetas culturales, de taxonomías. A los jóvenes les aconsejo que mantengan abierta la mente y, que es un buen ejercicio leer a quien no piensa como uno, Mi profesor de lógica nos daba clase con el periódico porque decía que allí estaba la principal fuente de la antilógica y nos hacía analizar las noticias, también nos decía que vivíamos en una cultura eslogámica (corrían los años 70), y que debíamos desterrar las vegetaciones de la mente.

Hoy le he dado la bienvenida al mundo virtual sin traicionar el mundo analógico del que provengo y al que tanto le debo. Como intelectual y médico, vivo fluctuando entre Platón y Aristóteles, como crítico de la cultura no hay día que evite auto-cuestionarme. La bioética me enseñó que hay problemas que son muy difíciles y otros insolubles.

Entre los intelectuales que admiro están Camus y Saramago, que de entrada tuvieron las desviaciones ideológicas que imponía la moda, pero ante la evidencia siguieron el consejo de Confucio y rectificaron el rumbo. Camus fue un pied noir, hijo de una lavandera analfabeta, que durante su juventud enfermó de tuberculosis, y que nunca fue aceptado por la elite intelectual francesa. Y Saramago cuando recibió el Premio Nobel (al igual que Camus) homenajeó a su abuelo Jerónimo, un pastor analfabeto que, según él, fue el hombre más sabio que conoció. Ambos hablaron por los que no tienen voz…

Mi padre que fue un hábil concertista de piano frustrado, no llegó a la universidad pero era un experto en la literatura del Siglo de Oro Español, cuya biblioteca me hizo leer siendo adolescente, con placer, así como aún en época de vacaciones antes de irse a su trabajo administrativo me dejaba una hoja en blanco con un título para a su vuelta corregirla, le estoy muy agradecido por esa educación que conllevaba ejemplaridad. En mi adolescencia aprendí de José Ingenieros que la mejor manera de combatir la envidia era reconocer los méritos ajenos. También entendí que había que cuidarse mucho del odio, hoy en boga en las redes sociales, ya que termina envenenando el alma.

Mi proyecto de vida, por cierto ambicioso, consistía en alcanzar una buena formación como médico, una cultura general, viajar por el mundo, escribir libros, ser jefe de servicios hospitalarios y profesor universitario. Todo lo logré antes de cumplir los 40 años, Dios fue y es muy generoso conmigo, también al darme una familia, alumnos, discípulos, amigos. Pero por sobre todas las cosas, he evitado perder tiempo en ciertas internas institucionales, en participar de las roscas de poder, porque en el fondo mi mayor preocupación fue, ha sido y es no traicionarme. Si expongo mi pensamiento en público es para dialogar, no para imponer mis ideas. ¡Dejemos hablar a la Bioética!

Muchas gracias por la paciencia.

¿De qué Educación hablamos?

10 viernes Sep 2021

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La educación es un eje fundamental en toda sociedad, ya que su objetivo es el desarrollo del ser humano. Y junto a la educación están los valores ético-morales y la cultura. Más allá que primero debamos explicitar de qué valores y de qué cultura hablamos, en este mundo colmado de malentendidos y de publicidad engañosa, es menester reconocer que la confusión es una nota dominante en la sociedad. Caminamos en un campo minado de falsedades. La trilogía educación, valores y cultura ha sido fundamental a lo largo de la historia, y hoy asume una importancia especial frente al cambio de época que desde hace tiempo vivimos, al que se le añade el fenómeno de la pandemia. No es sencillo introducir cambios en el sistema con la intención de mejora cuando las actitudes conservadoras se aferran al statu quo. De hacer los cambios, antes conviene poner a resguardo aquello que ha superado la prueba del tiempo demostrando su utilidad. Actualmente contamos con nuevas herramientas tecnológicas, pero también con problemas inéditos, de allí la necesidad de implementar cambios que den respuestas a las necesidades de aquí y ahora, y estos cambios no siempre pueden hacerse sobre la base de una evidencia total, por eso resulta imposible eludir el ensayo y error. Las ideas nuevas necesitan ser puestas a prueba, jamás consagrarlas por el simple hecho de ser nuevas. En este campo cultural existen modas, y la experiencia vivida nos revela que muchas de éstas son transitorias, por consiguiente se impone la prudencia en la implementación. Hay quienes proponen derribar los tabiques de las aulas, modificar la disposición de los bancos, suplantar los libros por los papers o recurrir de manera primordial a las tecnologías digitales. Tampoco faltan los que piden eliminar las clases por la pasividad del alumnado, reducir los tiempos de lectura, suprimir los exámenes o terminar de una vez por todas con las formalidades del sistema tradicional. En fin, se trata de un tema muy complejo donde sobran las coartadas políticas y pedagógicas.

Las críticas al sistema tradicional vienen sucediéndose desde hace décadas, asimismo desde hace décadas se cuestionan otras actividades necesarias para el desarrollo humano. La pedagogía, la educación y la cultura viven postradas ante las insolentes exigencias del mercado. Y en esta hoguera de vanidades y mezquindades, la avidez por el dinero fácil gana la calle y dirige la conducta social. Los conocimientos o contenidos epistémicos son aceptables siempre y cuando resulten rentables, pero no a largo plazo. Bajo un pragmatismo y un utilitarismo cuestionables se decide qué disciplinas son importantes, y qué contenidos se deben estudiar. Las materias menos prácticas o útiles para el mercado son apartadas cuando no se desechan, por eso no es casual que la enseñanza del arte y las humanidades cada vez tengan menos gravitación social, aunque no son pocos los jóvenes que muestran verdadero interés por abordar estas disciplinas. Para presionar sobre los gustos o modificar la elección de las carreras se manipula la sociedad mediante el marketing, la inteligencia artificial o con animadores sociales que pretenden vendernos un mundo de abracadabra.

Peter Burke, que se especializa en la historia del conocimiento, sostiene que debemos incorporar aquellos logros intelectuales de las otras culturas, y que hay que hacer un esfuerzo para visibilizar y entender el aporte que hicieron los otros. Añade que es necesario ampliar el campo de los saberes, considerando sus límites, y tener presente que el pasado interesa sobre todo para interrogar el presente. En efecto, recurrir al pasado no significa querer volver a vivir el pasado, si no examinarlo para interrogar el presente y procurar proyectarlo al futuro.

Internet define en gran medida la cultura de nuestro tiempo, pero no seamos ingenuos, está controlada por megaempresas y esto representa un verdadero peligro, también nos plantea una incógnita sobre la gestión política del conocimiento en la “sociedad de la información”. Para algunos existe hiper-información, capaz de producir una “intoxicación informática”, mientras otros sostienen que la sociedad está desinformada a pesar del cúmulo de noticias. Hay mucho énfasis en desterrar el conocimiento inútil y, debemos ser  cuidadosos con esta calificación. Existe una burbuja de  inmediatez, y la posibilidad de logros en el largo plazo no despierta ningún entusiasmo, a diferencia de lo que le sucedía a mi generación. La experiencia del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, fundado en 1930 por los hermanos Bamberger, resulta interesante. Abraham Flexner, reformador de la educación universitaria, los convenció para que pusieran su dinero en la investigación más abstracta. Flexner escribió un célebre ensayo acerca de la utilidad de los conocimientos inútiles. Él sostenía que el Instituto estaba en deuda con Hitler por personas como Einstein, John von Neumann y otros científicos que huyeron de Europa; recordemos que allí se produjo la bomba atómica y la computadora.

Cuando el poder pone trabas u obstáculos a la educación, entorpece la superación del individuo, prohíbe de hecho la disidencia, porque solo le interesa la sumisión, por eso sustituye la educación por el adoctrinamiento. Y la debilitación de las instituciones es otra estrategia política para deteriorar a la ciudadanía, como vemos en nuestros días.

En la Argentina la educación vive una crisis crónica en sus tres niveles. Guillermina Tiramonti sostiene que la educación aquí es un simulacro, unos hacen que enseñan, otros hacen que aprenden, y todos miran hacia otro lado, mientras la educación fracasa en una negociación entre el Estado y los sindicatos docentes, pues, uno elude los conflictos comprando paz y los otros adquieren beneficios corporativos. La clase media en gran medida abandonó la escuela pública y, se perdió esa vocación por enseñar que nosotros siempre admiramos. Tiramonti recuerda que los que somos de su generación nos formamos bajo el esfuerzo, el sacrificio, el trabajo, valores de la escuela del Siglo XX y, entonces la gratificación no existía, porque todo giraba en torno al esfuerzo. Hoy la realidad es otra, se necesita que el esfuerzo sea seguido de la gratificación. En pedagogía no hay dudas acerca de la conveniencia de estimular a los alumnos, despertarles la curiosidad, hacerlos trabajar en equipo, privilegiar la competencia en la búsqueda de soluciones a los problemas, influir en el ánimo para que sean capaces de trabajar y producir un conocimiento más complejo. Tiramonti sostiene que el chico que no aprende es porque no ha sido adecuadamente enseñado, estoy de acuerdo. Muchos padres se conforman con que la escuela los contenga, cumpliendo una función social, para evitar que permanezcan en la calle expuestos a los peligros de ésta. Para Tiramonti está bien que los padres reclamen, pero no para hacer la escuela que ellos quieren en base a la educación que recibieron, esa escuela ya fue. Hoy tenemos generaciones de chicos digitales, que tienen su celular y su tablet desde la cuna, y viven interactuando permanentemente con la tecnología. No podemos ignorar esa realidad. Por eso es necesario un sistema mixto, híbrido, acorde a la época.

Desde hace tiempo se advierte que los chicos con dificultades en el aprendizaje, con la sola presencialidad van pasado de año sin aprender, y esto lo avala el sistema y la falta de evaluaciones institucionales. De allí que cumplido el ciclo uno se encuentre con que luego de tantos años no leen correctamente, no saben interpretar un texto, no dominan las cuatro operaciones matemáticas básicas y tienen un pobre vocabulario, en otras palabras, una calamidad o más bien una estafa del sistema. Y no hablemos de que puedan exhibir una cierta cultura general que les facilite la vida en sociedad o que tengan incorporados aquellos valores que son fundamentales para la persona.

Hace 50 años la escuela evidenciaba una calidad que permitía articular lo social y era un factor de igualdad de oportunidades. Se cargó contra el enciclopedismo por ser obsoleto, anacrónico, se armaron “espacios de conocimientos” que aglutinan distintas disciplinas, pero no se incorporaron nuevas pedagogías, mientras paulatinamente se deterioró la condición del docente y también el salario. Resulta curioso que la Argentina sea uno de los países en el mundo que tiene más docentes por cantidad de alumnos, también más médicos por número de habitantes. Con estos datos de “recursos humanos” en educación y en salud, cualquiera podría pensar que llevamos la delantera, que somos un país de avanzada, cuando en realidad el deterioro del sistema educativo y del sistema de salud se verifica desde hace varias décadas y muy poco se ha hecho para mejorarlos.

Paralelo al abandono de la escuela pública por gran parte de la clase media, en base a un esfuerzo económico importante, se potencia la enseñanza privada que también tiene sus falencias. La industria del conocimiento está generando sus propias instituciones de formación, pues ya no recurren a las escuelas técnicas que antes gozaban de prestigio.

De los 10 millones de estudiantes que hay en Argentina, al menos un millón durante la pandemia abandonó la escuela, sobre todo la secundaria y, la pregunta pertinente es: ¿por qué se fueron o abandonaron la escuela? No todo es obra de la pandemia, si bien es cierto que el virus profundizó este fenómeno inveterado. Hay un retroceso en la calidad educativa que resulta muy preocupante. Algunos dicen que regresar a la escuela es un sinsentido, no les cambiará la vida ni tendrán oportunidades. De allí que para que retornen a las aulas habrá que crear otras condiciones, formales y de fondo, que les ofrezcan una enseñanza-aprendizaje que sea fundamental para su vida futura, que les permita armar un proyecto de vida digna, donde lo ético así como lo intuitivo, lo artístico, lo lúdico y el pensamiento crítico estén presentes.

Según encuestas oficiales, de los que abandonaron la escuela más de un 40% dijo que le resultaba difícil o le costaba estudiar, y un 25% se fue para poder trabajar. Todo esto en un contexto de creciente empobrecimiento y desesperanza de la población, donde la pobreza infantil en el 2020 trepó al 63%. Entiendo que la pobreza no se puede solucionar por decreto y menos de un día para otro, pero convengamos que nadie puede estudiar con el estómago vacío, y pienso que tampoco se puede enseñar con el puño cerrado. El proceso de enseñanza-aprendizaje demanda condiciones dignas. Algunos expertos sugieren recurrir a las habilidades blandas, que surgieron en los años 70, para retomar el vínculo escolar con los adolescentes, e incluso facilitarles el ingreso al mundo laboral. Y entre estas habilidades blandas (soft skills) está el “pensamiento crítico”, sin duda fundamental para seleccionar la información, analizar los discursos, detectar las fake news, y sobre todo evitar ser engañado.

EL RELATO POLÍTICO, LA INOCENCIA Y EL FANATISMO.

31 martes Ago 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Nunca estuve de acuerdo con la frase: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, frase que además de ser un lugar común, adjudicada a diferentes intelectuales, desde el aristocrático Joseph de Maistre hasta el revolucionario José Martí, no me parece justa. Tampoco considero correcto que se hable del “pueblo” como si se tratase de la totalidad de los habitantes dándole el sentido de una masa homogénea, pues, es ignorar las diferencias significativas entre los distintos grupos sociales y tribus que componen cualquier país. Sin dudas éste es el concepto abstracto al que apelan los demagogos y las dictaduras, que bien saben cómo hacer callar a los disidentes, dejando muy atrás el concepto de ciudadanía. Creo que a lo sumo podemos hablar de mayorías habilitadas para votar, porque los niños y los adolescentes no cuentan, tendrán que esperar que les llegue el momento. Recuerdo que yo era un niño que aún no había entrado en la adolescencia cuando ya discutía de política con mis mayores, les hacía preguntas incómodas y, un tío lejano me decía que por ser chico no podía entender la política, de esta manera como ahora dicen me clausuraba. Con los años comprobé fehacientemente que el que no entendía era él. A veces los niños tienen la clarividencia que no tenemos los adultos y nos señalan el error.

Que un 35, 50 o 75 por ciento vote a un partido político de ninguna manera representa a todo el pueblo, ya que el por ciento restante que se pretende ignorar también forma parte del pueblo. Quienes descreen de la democracia piensan que las minorías no deberían tener los mismos derechos, ni propalar sus reclamos o explicitar críticas, en todo caso deben aceptar mansamente una muerte civil decretada por el poder y avalada por una mayoría. Pero qué sucede cuando la mayoría de los votantes decide no concurrir a votar, o si lo hace vota en blanco, el poder mira hacia otro lado, la clase política no se da por aludida, se rehúsa considerar el acuse de recibo, en otras palabras, el mensaje es desoído.

No importa el agotamiento, la ansiedad, las crisis de pánico, los trastornos del sueño y de la alimentación que ha producido este encierro injustificadamente interminable, como día tras día venimos registrando los médicos. Hubo parejas que rompieron su vínculo no sé si por el virus o por la convivencia en la clausura; miles de empresas quebraron y dejaron un tendal de víctimas; seres humanos que fallecieron en una soledad no buscada e indigna; pobreza y hambre como jamás se habían registrado; deserción escolar y una larga lista de daños de todo tipo que tratan de ocultarse, cuando no adjudicarlos a los otros (incluyendo el virus) o simplemente ignorarlos… En fin, mucha tristeza. Alguien dijo que el virus nos despojó de la posibilidad de mentir, es posible, pero está claro que no a los políticos ni a los que ejercen el poder.

Continúan implementándose medidas que jamás se tomarían en un país normal y, a los que no están de acuerdo o expresan sus críticas se los desacredita o estigmatiza. El pensamiento y la voluntad de los ciudadanos que somos independientes y carecemos de contaminación ideológica no existe en esta inveterada lógica binaria. Claro que el mal humor social no sería tal, en todo caso lo fabrican los medios y los opositores, que no es el pueblo y mucho menos gente de bien. La realidad, la única realidad, es la que nos cuenta el poder de turno, que no tiene “puntos ciegos”. De esta manera, los delitos de unos son los errores de otros, las excepciones se convierten en reglas, las creencias en certezas, los hechos anecdóticos en axiomas, las doctrinas se descontextualizan y, todo termina en un relato de alcantarilla.

Tirios y troyanos se arrojan los dardos envenenados de las culpas por los desastres que se van sucediendo sin interrupción, gobierno tras gobierno, década tras década, mientras descendemos como por un tobogán que nos conduce al infierno. La autocrítica fue, ha sido y es la gran ausente. Y claro, ninguno de ellos es culpable, pero ahora dicen que “todos somos culpables”.

Desde la década del 70, mis amigos y colegas extranjeros suelen preguntarme por la Argentina, no entienden qué sucede, y siempre les digo que es como una enfermedad crónica, autoinmune, ya que sin necesidad de un agresor externo el sistema inmunitario ataca al propio organismo y sus tejidos, dañándolo e incluso comprometiendo su existencia. A uno de ellos que vive del otro lado del Atlántico, que no entiende esa recurrente actitud autodestructiva y que no se cansa de decir que tenemos un país rico, le envié “El Gaucho Martín Fierro” (1879) de José Hernández, y también el tango “Cambalache” de Discépolo, compuesto como denuncia a la Década Infame (1930-1943) y censurado por inmoral entre 1943 y 1949.

Cuando me enteré de que en 1895 la Argentina tuvo el PBI per cápita más alto del mundo, no sé si esa información es incontrovertible, confieso que quedé atónito. ¿Qué pasó? Si observamos los hechos que se han sucedido en estos 125 años, tenemos que aceptar que se trata de un escándalo único en el mundo. Sobre el tema hice varias consideraciones en mi libro “La Espera de la Esperanza”, publicado al año siguiente de la crisis del 2001. En efecto, una Argentina que se ha dedicado a fabricar crisis, produce pobres, enemigos acérrimos, y relatos que amplios sectores de la población consumen como si fuese agua. Víctor Hugo pensaba: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y por su parte Mahatma Gandhi sostenía que, “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”. En fin, me gustaría decir que es hora de que cada uno escuche su conciencia y actúe en consecuencia, que a la hora de emitir su voto lo haga responsablemente y sobre todo asuma las consecuencias, pero sé que mi planteo es solo un deseo, tal vez por aquella frase que, los canallas siempre duermen en paz.

A decir verdad, uno ya está harto de tantas obviedades irrepetibles y de tantas máximas desconcertantes, como también de los artículos de fe en la política y de las moralinas que ésta produce con la intención de intoxicar. Muchos viven entre la ignorancia y la desmemoria, algo que es de suma utilidad para la clase política y para aquellos que han cometido todo tipo de tropelías, que viven reinventándose, pues, el tiempo pasa y siempre los hallamos en medio de la degustación de poder.

Hoy tenemos la moda de los asesores, sobre todo los surgidos con la pandemia, y nos olvidamos que éstos tienen responsabilidades porque no solo aconsejan al príncipe, también planifican y escogen entre diferentes alternativas, y cuando el príncipe no los escucha o ignora, su deber moral es irse. Pues bien, los asesores que fueron de la primera hora y colaboraron con el relato, luego de un año y medio comienzan a convertirse en los críticos de la última hora… Otra expresión del teatro argentino del absurdo.

Cuando un país está compuesto por cientos de miles o millones de habitantes resulta imposible gobernar si no existen varios representantes de amplios sectores de la población y, surgen los partidos políticos que tratan de alinear sus consignas a la gente para alcanzar el poder, por un lado con una crítica vociferante y por otro prometiendo lo que harían en el poder. Lógicamente esos partidos pretenden conquistar a la gran mayoría del electorado. En cuanto a los candidatos “genuinamente independientes”, nadie los quieren como participantes en la arena política, ya que pueden ser reacios a los alineamientos, se corre el riesgo de que actúen como “libre pensadores” y se enfrenten a la férrea disciplina partidaria que tiene mucho de disciplina castrense, incluso no vaya a ser que pretendan expresar el verdadero sentir de sus votantes. En efecto, cuando aparece una figura nueva en la política suele surgir de un estudio de mercado, es decir que mide bien en las encuestas de popularidad, aunque sea un ignorante, pues, se lo disputan las distintas fuerzas para que sea la cara visible del partido y atrape votos. Alguien dijo que la democracia argentina es una suerte de “monarquía electoral”.

Hace 20 años, el domingo 14 de octubre del 2001, hubo elecciones legislativas durante el gobierno de Fernando de la Rúa, en el contexto de una gran crisis económica. En la oposición el Partido Justicialista  tomó el control de ambas cámaras de la legislatura. Sin embargo, el descontento hacia la clase política se plasmó en casi un 24% de votos en blanco  y una abstención de casi el 25% para un país donde el voto es obligatorio, revelando una crisis de representatividad. Mucho se habló del “voto bronca”. Y en diciembre se desencadenó la crisis. Fui testigo de los desmanes que se produjeron en una ciudad liberada, pues no vi ningún policía por la calle mientras se producían actos de vandalismo en distintos barrios, lo que hacía pensar que todo estaba orquestado. La frase que se impuso fue: “que se vayan todos”. Ninguno se fue, excepto quien era un presidente incompetente. Durante varios meses los políticos de cualquier signo evitaban ir a lugares públicos para no ser increpados o insultados por la gente.

Algunos analistas interpretaron que había dos maneras de entender la ciudadanía en relación a este “voto bronca”. La primera era de aquellos que ven al ciudadano como alguien que tiene el “deber cívico” de “elegir” entre las opciones que se le presentan, y su participación no va más allá, rechazando incluso la protesta. Esto se compatibiliza con la división entre ciudadanos corrientes y políticos, con un rechazo al “voto bronca”. La segunda sería la posición de fuerzas minoritarias que entienden este voto como una expresión justa de la ciudadanía ante una crisis que los políticos no solucionan. Recuerdo que una parte de la ciudadanía, no solo de clase media, optó por los cacerolazos, las marchas, los escraches, los piquetes, las asambleas populares. La clase política fue paciente, se invisibilizó, y cuando vio la oportunidad, retornó para repetir el mismo juego… Entonces un expresidente decía que los argentinos estábamos condenados al éxito. Pasaron veinte años y solo vemos un fracaso disfrazado de triunfo.

Hoy por hoy eexiste la necesidad o la obligación de presentarse uno mismo ante las redes sociales, lo que implica un auto-diseño (self-design), es decir, la creación de la propia imagen. Eso no solo lo hacen los políticos, los sindicalistas, los pastores, también cualquier individuo de a pie. La gente postea todo, el restaurante que fue, donde está, que comida preparó e incluso ciertas intimidades que en otros tiempos motivaban vergüenza y hasta la condena moral. En fin, para algunos es una suerte de confesión, pero no ante el sacerdote sino frente al algoritmo que gobierna Internet. Esto revela nuestra fascinación por la tecnología, pero tratándose de la ciencia, su hermana putativa, hay reparos, cuando no desconfianza, bástenos ver lo que está sucediendo en el mundo con las vacunas y las medidas sanitarias que pretenden protegernos.

Boris Groys piensa: “Heidegger dijo que la tecnología es la realización de la metafísica ligada a la realización del destino. Significa que nuestra relación con la tecnología no tiene que ver con el conocimiento, es una relación de desconocimiento y al mismo tiempo ligada al destino. Muy en línea con la tragedia griega”. Y cuando el Renacimiento forjó al Humanismo, puso en el centro al ser humano, la idea era verlo como fuente de poder, pero ahora el Transhumanismo tiene una visión distinta, incluso piensa que el ser humano es una criatura a la que hay que cuidar, no lo dudo.

El relato es como la religión, se apela a la fe del individuo, pues, uno cree o no, pero si cree no hay discusión posible… Para peor, mientras los protagonistas de uno y de otro lado sigan siendo los mismos no veo una salida como país. Recuerdo que cuando era chico mi abuela al referirse a los políticos de entonces repetía a menudo que, “entre bueyes no hay cornadas”. No podemos ignorar los problemas que están instalados desde hace décadas y que la gente ha terminado por naturalizar. La pandemia los agravó y tornó visibles, pero no los produjo, apartemos el cinismo. La Argentina no puede seguir prolongando esta agonía, peleándose con la realidad, “tragándose los sapos” (antiguamente significaba que Lucifer o Satanás se introducía en el propio cuerpo) que le ofrece esta clase farandulesca cuando no circense que se cree especial y “vive de la política”. La famosa grieta a gran parte de los argentinos logró colmarnos de fastidio, y no es nueva como algunos desinformados de la historia creen, ya estaba planteada entre Urquiza y Mitre. En fin, caer una y otra vez en la misma trampa revela una grave anomalía cuyo objetivo es el derrumbe de la sociedad y, escudarse en la edad de la inocencia es recurrir a un libreto sin duda obsoleto.

Los intelectuales, la universidad y los mitos

05 jueves Ago 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El mundo abordado desde la pregunta es propio de la mayéutica socrática, al menos así lo ha sido en sus inicios para la cultura occidental. En efecto, la pregunta opera como inductora de la reflexión y ésta busca la luz en el laberinto de la mente. La interrogación como método está destinado a personas que tienen el hábito y también el coraje de pensar. Por eso Sócrates fue el que inauguró un nuevo mundo moral en el Siglo V a.C., pero la política se impuso y ese siglo se lo conoce como el de Pericles, célebre defensor de la democracia. Han pasado 25 siglos y los políticos siguen empecinados en mostrarnos la realidad (ese es su negocio), las religiones como siempre nos ofrecen respuestas a todas las preguntas, y hoy el mercado nos provee de un sinnúmero de comodidades de la mano del progreso tecnológico y científico, a la vez que se advierte el poco espacio que va quedando para la reflexión, la filosofía, incluso la ficción. Estamos rodeados de certezas humanas, vivimos opinando y juzgando, rara vez comprendemos las acciones y sentimientos del otro, en fin, se percibe una suerte de fundamentalismo cultural que opera como coartada de un mundo a la deriva.

En la antigüedad surgió la figura del intelectual, de ello estoy convencido, más allá que su denominación sea producto de la modernidad. Y éste surge de la combinación del culto al estudio con la observación crítica de lo que acontece en la calle, así como la reflexión sobre temas morales y éticos, y los planteos frente a la condición humana. Consecuencia del interés por la res publica, las formas de vida de la comunidad, sin olvidar las diferencias individuales, el intelectual no puede evitar colisionar con el poder de turno, mucho menos eximirse del vasallaje impuesto por ciertos regímenes.

Es habitual que el intelectual piense en derechos sin olvidar los deberes y obligaciones, en una búsqueda infatigable por alcanzar cierto equilibrio razonable que facilite una digna convivencia. En su mente, la verdad y la justicia siempre están rumiando, a menudo refunfuñando, de allí la capacidad para el cuestionamiento, que es una característica de aquellos que conviven lúcidamente con su propia conciencia.

La perspectiva de todo intelectual es alcanzar un mundo mejor, justo y equitativo, para algunos que sea virtuoso, para otros que sea correcto, eso explica su apego a los principios y valores, no importa que se declare optimista, agnóstico, creyente, nihilista o anarquista. Y cree que al considerarse “ciudadano del mundo” ha logrado superar las fronteras físicas, ideológicas y espirituales, lo que no deja de ser una bella utopía. El santuario es su biblioteca, lugar preferido donde se refugia a leer, reflexionar y escribir. Allí cumple con una rutina cotidiana, pero no significa que los confines de su visión sean los de ese recoleto espacio físico, tampoco el contenido de los textos de filosofía, historia, ensayos o novelas que están en los estantes. Por eso el intelectual tiene un pie en esas literaturas y otro en la calle, pues, si prescinde de ésta le resulta imposible leer e interpretar lo que acontece en la sociedad.

El “intelectual autónomo”, aquel que abiertamente sienta una opinión crítica y responsable sobre los asuntos que ocurren en el mundo, sería cosa del pasado. En los medios se ha impuesto el “intelectual asalariado”, condicionado por los intereses del amo. Claro que no podemos ignorar que hoy existe una demanda mediática y, se les pide que opinen sobre problemas diversos que ocurren en este planeta donde el caos y la desmesura son notas dominantes. Si bien es cierto que el intelectual es un hombre que vive entre dos mundos, es menester aclarar que éstos no están divorciados como algunos creen. Es frecuente que alterne su trabajo profesional del que vive y con el que se ganó prestigio, con este otro metier de pensador de la realidad social. Para algunos críticos el intelectual se agota en lo teorético, o habla por boca de sus lecturas preferidas, dando la impresión de ser un mero repetidor o tal vez un ingenioso comentarista. No me parece justo, ya que se niega tanto el proceso de elaboración reflexiva como el de construcción expositiva y, por otra parte, todo gran lector no puede evitar ser influenciado por las lecturas, incorporando así conceptos e ideas.

En la antigüedad había un contacto directo con la gente, personal, como sucedía cuando se reunían en el ágora para discutir los temas de interés general ante la presencia de un público ávido de saberes. En los días que corren la situación es diferente, los avances de la tecnología comunicacional e informativa así como la facilidad y la rapidez del transporte han creado una nueva realidad, ligada a la virtualidad. Ahora el ágora estaría preferentemente en las redes sociales. No creo que haya que desdeñar los progresos de la tecnología, ya que la actitud inteligente consiste en apropiarse de sus ventajas y proteger los valores y aquellos conocimientos que han superado la prueba del tiempo.

Los conservadores a la vieja usanza y los progresistas de regla siempre me despertaron sospechas, ambos tienen en común la incapacidad para eludir el reduccionismo en el que finalmente quedan atrapados. Entiendo que a veces es necesario cargar las tintas para sacudir la modorra, pero dejarse tentar con planteos dogmáticos o visiones apocalípticas resulta peligroso.

El problema surge cuando quien suscita alguna objeción al orden establecido o pretende argumentar con absoluta libertad para llegar a una conclusión diferente termina por alterar el orden moral y político, y toda perturbación de la naturaleza que fuere es combatida por el poder, en ocasiones de manera brutal. Sin embargo pienso que un poco de desorden y ciertos aires de cuestionamiento pueden venir muy bien, no podemos vivir encorsetados o pasarnos la vida mirando a través de un agujero.

Me gusta navegar contra el viento y la marea, pero me desagradan las estridencias y los escándalos. Y justamente son los medios los que persiguen como sabuesos a aquellas presas que originan alboroto, discordia, ruido, desvergüenza, obscenidad, y qué duda cabe que algunos intelectuales están dispuestos a ser partícipes de estos negocios con tal de captar la atención y subirse al carro de la fama, aunque solo se trate de algo efímero.

Los intelectuales en su función académica han conseguido no pocas concesiones del Estado. Con la caída de Napoleón, la Universidad de Heidelberg reivindicó para Alemania la custodia de la filosofía así como de la expresión total del espíritu. Una vez más el pretendido monopolio del pensamiento y de la sabiduría terminó alimentando el mito. Nietzsche advirtió cómo el arte y la filosofía se estaban alejando de la universidad, algo que hoy resulta patético. Para él las estructuras que sostienen a la sociedad burguesa se reproducen dentro de esta institución y, se trataría de un modelo intelectual libre, pero solo en apariencia, ya que en el fondo termina siendo represivo. Martin Heidegger, probablemente el principal filósofo del Siglo XX, coincidirá con esa visión de la gran Alemania como cúspide del pensar filosófico, claro que su adhesión al nacionalsocialismo le acarreó un sinnúmero problemas.

El caso de mayor trascendencia es el de Thomas Mann, a quien en 1929 le habían otorgado el premio Nobel de Literatura y era considerado el escritor alemán del momento. Mann, un intelectual de la alta burguesía, intentaba superar su naturaleza de clase y se consideraba el heredero natural de Goethe Él denunció la complicidad de la universidad alemana con el nacionalsocialismo y terminó perdiendo la ciudadanía alemana a la vez que debió exiliarse en el extranjero. En efecto, de ser la gloria literaria de Alemania pasó a ser un apátrida. Mann fue muy crítico con la burguesía de su tiempo por no haber sabido defender la cultura y sus valores.

El saber nació siendo algo sagrado, en consecuencia el mito y la religión no le son ajenos. Dice Jacy Beillerot que en el orden simbólico de las filiaciones el profesor es el heredero del clero y el maestro el heredero de la República, ya que con la Revolución Francesa se vio la necesidad de que ciertos individuos instituyeran la Nación y la República, y para ello era necesario enseñarle a los hijos del pueblo a leer y escribir, a partir de allí esa carga histórica, ideológica y social se esparce fuera de Francia, llegando a lugares remotos, siendo motivo de consideración en nuestros días.

Antes del dominio del Cristianismo sobre el Imperio Romano, el filósofo llevaba la vida de un maestro. Michel Onfray sostiene que con el triunfo del Cristianismo, a principios del Siglo IV, el filósofo se convirtió en un insufrible profesor, en un pedante que complicó todo aquello que hasta entonces era sencillo, y lo acusa de caer en la hipocresía por enseñar lo que no practica. En fin, si bien es cierto que hoy los profesores de filosofía no pasan por un buen momento, no es menos cierto que no pocos tienden a ser coherentes con su vida. Al controvertido Onfray le gusta exagerar.

La universidad como templo del saber es el punto central y perceptible del mito. Sin embargo, con los tiempos que corren hay cambios que ponen en duda su legitimación. Como ser, ya no existe la solemnidad institucional, ni el sentido reverencial de sus estudios, ni los profesores son sometidos a la dura carrera de obstáculos que imponía la cátedra como sacerdotes del templo del saber, de ello puedo dar fe como estudiante y profesor. Una atmósfera de cierto facilismo llena las aulas en consonancia con el facilismo que anida en la sociedad. El mercado, que desconoce cualquier límite, se ha metido de lleno en los claustros, y la gestión y el marketing se han convertido en elementos primordiales. Tal es la influencia del mercado que hoy el lenguaje de la universidad, es, el lenguaje de la empresa. El acceso masivo produjo la imagen de una fábrica de profesionales, imagen más ligada a la industria que a la cultura, para peor el destino laboral de estos profesionales hoy resulta incierto en todas partes, de allí que el tener estudios universitarios se haya convertido en un dudoso medio de ascenso social.

Los que no ven el meollo del problema procuran resucitar viejas luchas ideológicas que uno quisiera ver sepultadas. Como la puja entre la educación estatal y la educación de gestión privada, manipulando el problema, como si el estado de la cultura y el acceso a una educación de calidad se plantease sólo allí. El Estado pretende que la racionalidad de la universidad coincida con su propia racionalidad, a lo cual debemos añadir que la lógica imperante es la lógica del mercado. Un pragmatismo extremo convierte a las universidades en “escuelas profesionales”, carentes de esa visión universalista que le es propia, desnaturalizando el verdadero sentido y espíritu de la institución. La crisis en su interior se articula con la crisis de la sociedad y de la cultura, lo que revela que no sólo es crisis, también es decadencia. La institución no debe estar destinada al control social como muchos profesores creen, y la supuesta autonomía tampoco puede enmascarar los verdaderos problemas. El saber, considerado supremo principio, termina siendo negado en el orden social y apenas sobrevive en la abstracción de la teoría. Pienso que la universidad necesita recuperar su prestigio a través del rigorismo de su quehacer específico, también de la articulación de la cultura científica y la cultura humanística, sencillamente porque nació con ese sello y allí reside su legitimidad, donde la tecnología es bienvenida como un medio al servicio del hombre y no la inversa.

Los intelectuales siempre hacen hincapié en la necesidad del conocimiento de la historia, pues, a los que la ignoran se los puede engañar más fácilmente, los otros ya están prevenidos. Y esto es problemático sobre todo en un mundo donde hay mucha gente que no sabe lo que quiere y tampoco sabe lo que no quiere. El tema dominante fue, ha sido y es, la libertad, y ésta es como el fuego, para que continúe encendido necesita aire… Por otra parte, el contrapeso de ella es la responsabilidad.

La pandemia nos puso en una situación inédita, hasta hace poco era insólito que todos pasáramos por lo mismo al mismo tiempo, y hasta el que dispone de los mayores y mejores recursos hoy está expuesto al virus, que ignora los privilegios. Gran parte de nuestra vida se desarrolla online y, la vida universitaria todavía no recobró la necesaria presencialidad. En fin, el progreso tecno-científico se afianza, no así el progreso moral.

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