La lista de “escritores malditos” es una lista de nunca acabar. Y algunas obras pese a no estar bien escritas terminan siendo best sellers. Mein Kampf (Mi Lucha) de Adolf Hitler, lo convirtió en el autor más próspero de Alemania por los millones de ejemplares que vendió. Luego fue prohibida en muchos países, pero continuaron las ediciones pirata y, 90 años después sigue siendo un éxito de ventas, incluso en Alemania.
Hace unos años Günter Grass admitió que había formado parte de las Waffen-SS en su juventud. Ese pasado no había tomado estado público y desencadenó una catarata de opiniones a favor y en contra. A partir de ese momento Grass dejó de ser el referente moral que era considerado antes de la reunificación de Alemania. Por qué lo hizo, por qué no guardó el secreto y evitó las críticas, no se sabe, pero estoy seguro que si lo hubiese admitido mucho antes no le hubieran otorgado el Premio Nobel de Literatura.
Giovanni Gentile fue un estudioso de la filosofía, con una larga trayectoria en la docencia universitaria. Amigo y colaborador de Benedetto Croce, llegó a ser el Ministro de Instrucción Pública de Benito Mussolini, de quien también era amigo. Algunos lo llamaron el filósofo del fascismo, y no faltaron los que lo acusaron de ser un “corruttore di tutta la vita intelletuale italiana”. Tampoco era bien visto por los jacobinos. Lo cierto es que Gentile estaba convencido de que Benito Mussolini sería capaz de lograr la unidad nacional y que mediante la guerra Italia recuperaría el honor perdido. Como todos sabemos, nada de eso ocurrió. Gentile llegó a presidir la Academia de Italia, a la vez que procuró alcanzar la concordia, la tolerancia y condenó la represión brutal, al fin de cuentas él no era más que un intelectual metido a político. Lo interesante es que muchos de los intelectuales antifascistas de entonces habían sido sus alumnos en la Escuela Normal Superior y, si bien de entrada se habían adherido a su filosofía, luego se convirtieron al comunismo. Gentile fue un claro ejemplo del intelectual cercano al poder que a su vez resulta ser un “militante tibio”, y a éstos no los quieren los unos ni los otros. En 1943 finaliza un ensayo donde hablaba de la muerte y dicen que se lo mostró a un amigo antifascista, anunciándole que su tarea estaba terminada y que ahora sí podían matarlo. La frase sonó como una muerte anunciada. Por otra parte, Gentile intercedió ante las autoridades por la vida de algunos jóvenes antifascistas que habían sido detenidos. En 1944 fue asesinado por un grupo de partisanos dirigidos por una discípula suya de la Universidad de Florencia, Teresa Mattei, miembro del PC italiano Dicen que Teresa concurrió a la Academia para señalarle el objetivo a quienes lo asesinarían, Gentile la reconoció y la saludó. Años después, Mattei que llegó a tener importantes cargos políticos, dijo que su ejecución estaba justificada porque en medio de la crueldad que se vivía en Italia, Gentile llegó a ser el máximo responsable de la “cultura fascista”.
Hannah Arendt fue enviada a Jerusalén por la revista The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmann. Lo que a ella le interesaba era hallar una explicación para la maldad de los actos que había cometido el lugarteniente de Himmler. Eichmann era muy diligente, gran lector de Kant, y dicen que tenía alergia por la violencia. En la época que vivió en la Argentina bajo una identidad falsa llevaba una vida rutinaria, trabajaba todos los días y convivía con su familia, como cualquier individuo normal. Cuando Arendt publicó su libro Eichmann en Jerusalén y le puso como subtítulo: “Un informe sobre la banalidad del mal”, indignó tanto a los intelectuales alemanes como a los judíos. Pero el problema fue que no supieron interpretar la banalización a la que Arendt aludía. Como sostiene Julia Kristeva, no vieron que en Eichmann su incapacidad de pensar era lo banal. En efecto, los nazis destruyeron en la gente la capacidad de pensar, de formular preguntas e intentar dar respuestas, ya que consideraban peligrosa esa actitud. En fin, una vieja medida implementada por los regímenes totalitarios. Pero el régimen también combatía el llamado “arte degenerado” y, en lo musical proscribía el jazz por ser una música de negros y judíos, e incluso llegó a prohibir los solos de batería, donde el músico suele improvisar y revelar su autonomía. Es indudable que para Hitler nada de lo que sucedía en el mundo del arte y la cultura le era indiferente, y no olvidemos su vocación frustrada por la pintura. Hitler tenía por costumbre levantarse al mediodía y mientras almorzaba veía una película antes de que fuese exhibida en los cines, actuando como censor. Lo irritó la película King Kong, por considerar que no era posible que una hermosa rubia se enamorase de un orangután, e interpretó que se trataba de un velado ataque a la raza aria. Los cineastas de Hollywood estaban muy atentos al juicio estético del Führer, al extremo que el representante diplomático de Alemania solía reunirse con ellos para comentarles su opinión. Esto también ocurrió con las otras expresiones artísticas, pues, ninguna manifestación de autonomía era tolerada y, a la destrucción del pensamiento le sigue inevitablemente la destrucción de la vida humana.
Roberto Arlt no provenía de una cuna aristocrática, como sucedió con varios de los escritores de la época que gozaban del privilegio de ser reconocidos y halagados por los medios literarios porteños, sus padres eran inmigrantes pobres, la madre italiana y el padre alemán. Para poder vivir tuvo que ejercer diferentes oficios que le impidieron cursar estudios escolares, sin embargo se convirtió en autodidacta. Borges solía decir que uno es por lo que ha leído y no por lo que escribe. Pues bien, Arlt terminó siendo una excepción a la regla borgeana. No era un escritor de bibliotecas, no tenía una prosa al uso, y estaba distante de cualquier academicismo. Llegaron a tildarlo de inculto, salvaje, bárbaro, sobre todo por sus incorrecciones sintácticas y errores ortográficos, aunque no hay duda que leyó a Nietzsche y a Dostoievski. Arlt se convirtió en un cronista excepcional y hoy se lo considera el creador de la novela urbana. Él pensaba que el hombre civilizado destruyó la magia que había en nuestros ancestros. Recuerdo que en sus Aguafuertes españolas y marroquíes, refiriéndose al árabe, decía que por más que esté cargado de piojos sigue siendo un dechado de cortesía. Tenía una mirada penetrante, escrutadora, llegaba a boxear con las palabras y era capaz de atrapar al lector y no soltarlo. Sus temas rondaban lo cotidiano, también el mundo marginal, donde no faltaban las prostitutas y los rufianes, un ambiente que muchos escritores de su tiempo preferían ignorar. Nunca se sintió a gusto con las cofradías literarias, abrigaba ideas anarquistas, y jamás fue cordial con sus colegas. Pero lo curioso es que las opiniones de Arlt no pasaban inadvertidas, si bien es cierto que carecía de la diplomacia necesaria o tal vez de la hipocresía que le hubiese evitado ganarse enemigos al igual que no pocos problemas. Lo cierto es que el mundillo literario local le dio la espalda y lo condenó al olvido, cuando no a la indiferencia, ya que su jactancia y su estilo de vida resultaban intolerables. En consecuencia, le negaron el lustre y el reconocimiento económico que merecía y que también necesitaba, pero él no se privó de criticar el sistema de promoción literario que en muchos aspectos hoy continúa vigente. Arlt jamás hizo concesiones y elaboró una obra que es un monumento de la literatura nacional. Recuerdo que a fines de los 70, en Madrid, Luis Rosales, notable poeta y ensayista de la generación del 36, le organizó un homenaje a Juan Carlos Onetti, quien estaba exiliado, y en esa mesa redonda de literatos con muy escaso público, Onetti comentó algunas anécdotas de Arlt poco conocidas. Cuando uno de los asistentes que estaba a mi lado le preguntó cómo murió Arlt, el autor de El pozo, El astillero y Dejemos hablar al viento, le respondió que eso habría que preguntárselo a la señora que estaba con él.
Don Delillo considera que un escritor lo es siempre que escriba contra el poder del Estado, de las grandes empresas, del consumismo rampante y de toda la basura que pretenden hacernos tragar. Dice que en los Estados Unidos los escritores suelen recibir ofertas para integrarse al sistema. Y añade que antes el clima de miedo y de horror lo creaban los escritores, y desde los años 80 lo crean los terroristas y los dictadores bajo el lema de la libertad y la justicia, pues, ellos configuran la narrativa del mundo actual.
A Neruda lo criticaron por haber compuesto una oda a Stalin, igual actitud asumieron con José Saramago por haberse dado cuenta tarde del problema de los derechos humanos en Cuba, y también sucedió con Noam Chomsky por negar el genocidio de Pol Pot en Camboya, aunque más tarde lo reconoció. Los críticos de la derecha sostienen que los intelectuales de izquierda siempre se equivocan porque de entrada suelen apoyar a los totalitarismos. Es cierto que se ha dado en muchos casos, pero de ninguna manera puede considerarse una regla. Pienso que en ocasiones el entusiasmo y las buenas intenciones, inflamadas por una retórica falaz y oportunista, como sucede hoy con los “populismos”, terminan imponiéndose al juicio mesurado y a la prudencia necesaria.