• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos diarios: junio 9, 2020

Viviendo la cuarentena con templanza y pergeñando el futuro

09 martes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La pandemia ha puesto en jaque nuestra razonabilidad, nuestras limitaciones, nuestra comprensión de la realidad, incluso la necesidad de un debate abierto y honesto entre las diferentes interpretaciones que prevalecen en los distintos campos. No hay duda que falta transparencia, la incertidumbre nos agobia y, las democracias pasan por un mal momento. Hace unos días, ante la compleja realidad, un amigo me dijo que a veces creía que las monarquías son más sinceras, me sorprendió tratándose de un hombre del derecho y defensor de la democracia, pero lo entiendo, son muchas las decepciones. Y en cuanto a las monarquías, en el mundo hay unas veintisiete y, se justificarían solo porque el pueblo las reclama, aunque dudo que todas sean legítimas. En Gran Bretaña tres de cada cuatro habitantes apoyarían la monarquía, quizá por representar una continuidad, tal vez por eso los británicos son muy monárquicos, aunque se atisban signos de cambio. Suecia, Holanda y Dinamarca, pese a sus regímenes monárquicos tienen democracias avanzadas. En Europa las monarquías parlamentarias no gobiernan, son más bien una atracción turística que genera divisas, sin embargo son cuestionadas por sectores juveniles. Algún intelectual nostálgico dice que las monarquías superan a las democracias. ¿Tienen razón de ser las monarquías en el Siglo XXI? Para mí no, en todo caso eso lo deciden los que prefieren ser súbditos en lugar de ciudadanos, aunque aclaro que no es tan así. A los argentinos nos gusta catalogar las cosas en blanco y negro, llegando a desdeñar la escala de los grises, pero yo pregunto: ¿un súbdito sueco, holandés o dinamarqués tiene menos conciencia de ciudadanía que un ciudadano cubano, brasileño o argentino? Dejo la respuesta al lector reflexivo y crítico. Aquí no tenemos monarquías formales, sí sucedáneos que despiertan verdadero horror.

Un país no es un cuartel, ni un templo, tampoco un club de fútbol, un banco o un gran bazar, mucho menos un set de televisión. Sin embargo la gran mayoría de la dirigencia política, de aquí y de allá, proviene de esas instituciones, lo que explicaría una cierta mentalidad o quizás una “escuela de vida”.

En estos días de severo confinamiento, con la meta de cumplir los 100 días de encierro (no sabemos cuántos más) y, donde procuramos que los sueños no se conviertan en pesadillas, a la vez que valoramos muchas cosas que antes no reparábamos, recordé que la templanza nos induce a hacer las cosas con moderación, más allá de ser una de las cuatro virtudes cardinales de la Biblia, junto a la prudencia, la fortaleza y la justicia, que son las virtudes principales y fundamentales de las que se derivan todas las demás. En efecto, la templanza mantiene el equilibrio y el dominio sobre la voluntad, controlando nuestros instintos, así como las pasiones, los impulsos y deseos. Hoy necesitamos mantener el equilibrio entre lo contingente y la visión de futuro, subrayo contingente porque como todos sabemos, puede o no suceder.

En otro orden de cosas, observo e identifico a ciertos oscuros actores sociales, siempre presentes, que crean una atmósfera de ilustración y conocimiento que no es tal, para hacerle creer al ciudadano común que participa de una actividad cultural y artística de gran trascendencia, cuando en realidad ésta no tiene mayor incidencia en el mundo real. Vivimos en una cultura mediática (el que está afuera no existe), que fabrica fuegos de artificio para que la gente crea que vive en una sociedad libre, abierta, tolerante, donde los que llegan a la meta lo hacen por méritos, no por amiguismo o nepotismo. Lo triste es que la realidad es todo lo contrario. Por suerte hay sectores sociales que no participan de este vacío cultural o quizá cultura del vacío, y que van más allá de lo superficial.

En mi juventud se valoraba el esforzarse para poder avanzar y, no pocos entre los que me incluyo, seguíamos una verdadera carrera meritocrática. Los que dicen que la meritocracia no garantiza la equidad y que no existe igualdad de oportunidades tienen sus razones, en tanto y en cuanto sean capaces de reconocer los méritos ajenos y denuncien las “roscas”, no los que deciden ignorarlos y entronizar a los peores. No está claro cómo medir los logros, con frecuencia la medición es arbitraria, además se cuela el marketing, bástenos como ejemplos el haber concurrido a una escuela donde el acceso lo decide el elevado costo de la matrícula, o a una ostentosa universidad que rankea internacionalmente, e incluso el obtener un empleo o cargo estatal de importancia, que como todos sabemos se logra más por contactos que por capacidad y méritos. Uno puede ser políticamente incorrecto, pero las cosas son como son. Reconozco honrosas excepciones, pero éstas no logran convertirse en regla.

Cuando los médicos discutimos en público, no en el ámbito apropiado de pares, la ciencia se torna mediática, y hasta ideológica. No significa que a la ciudadanía se le deba ocultar información por paternalismo, pero no es correcto hacerla participar de un debate propio de técnicos. El médico personal del ex premier Silvio Berlusconi, dijo: “Desde el punto de vista clínico, el Covid-19 no existe más”. Italia se está recuperando y, el virus sigue contagiando, la reacción de otros referentes fue enérgica. Los medios no solo registraron el debate, indujeron a tomar partido. Si la gente cree que el problema está resuelto puede asumir actitudes riesgosas. Los gobiernos dicen que hacen lo que los científicos les aconsejan, pero no siempre es así, además los científicos también se equivocan. El conocimiento científico es riguroso, metódico, sistemático y verificable, también auto-corregible. Y la ciencia es neutral, aunque los científicos no lo sean…

Cuidado con los mensajes y meta-mensajes “sensibles”. Un ministro de salud acusó a las clases media alta y media de traer la epidemia por viajar en avión. Claro, también los conquistadores trajeron a América la tuberculosis, la sífilis, la lepra, la viruela, la rabia, entre otras enfermedades infectocontagiosas que diezmaron la población, no por eso voy a enemistarme con mis antepasados. Ahora un funcionario bucea en la hermenéutica del virus e interpreta su ideología: éste es democrático para expandirse pero profundamente clasista cuando hay que contar las muertes, afirmación sin sustento en las estadísticas oficiales. Podríamos seguir con la retahíla de dislates, ya cotidianos. La segregación clasista, al igual que el racismo engendra odio, que puede servir a tirios y troyanos, pero no a la convivencia. El uso de metáforas exige destreza preceptiva y, de ser posible talento.

Entusiasmarse con el futuro en un país que no tiene moneda, no tiene crédito, no tiene reservas, ni tiene confianza, resulta difícil, sobre todo para aquellos que desde hace décadas vivimos los altibajos y sinsabores de la historia. Nos cuesta ser optimistas porque hemos sido defraudados y esquilmados una y otra vez por todos los gobiernos. Claro que tenemos a nuestro favor la gimnasia que otros no tienen, desde hace mucho somos cobayos de laboratorio de expertos extranjeros que buscan desentrañar nuestra inveterada crisis. Es célebre la frase de Georges Clemenceau hace un siglo cuando dijo que aquí se roba de día mientras la riqueza crece de noche, o el comentario del humorista Cantinflas de que la Argentina tiene millones de habitantes que por más que se empeñan no logran hundirla, o más cercanos en el tiempo, en mis días de becario en Madrid, mis colegas me decían que el único problema que tenía este rico país era que estaba habitado por argentinos, y que si se reemplazara la población por alemanes, ingleses o nórdicos probablemente sería la primera potencia… Bromas aparte, la situación es compleja y angustiante. Y el humor social no se puede regular por decreto.

Los analistas señalan tres fenómenos: la situación sanitaria, la catástrofe económica y la pandemia psicológica, pero hay otros fenómenos importantes, contextualizados por una peligrosa performance política e ideológica. La salud pública, las libertades ciudadanas, el funcionamiento de las instituciones o la sana economía, no tienen por qué colisionar.

Antes de la cuarentena solía hojear los suplementos económicos, financieros y de negocios, hoy los leo detenidamente para entender lo que sucede. Un economista decía que el aislamiento en el planeta rompe con la esencia de la economía de los últimos siete mil años. Por formación suele abordar los problemas partiendo de sus orígenes, de allí que me resulte difícil ignorar los antecedentes. Platón era un inflacionista por lo que he leído, que convenció al rey de Siracusa de emitir y de darle a la moneda metálica un valor tres veces superior que el valor del metal. Le pidió el monopolio del Estado y puso un duro control de cambio, pero la gente encontró la manera de eludirlo. Siracusa tuvo una hiperinflación, a Platón lo vendieron como esclavo y lo compraron sus discípulos. Aristóteles era completamente ortodoxo, educó a Alejandro Magno, el hombre que sometió a Grecia y el corazón de Asia. Le dijo a Alejandro que si quería un imperio debía crear una moneda que circulara por los países y mantuviera su valor a través del tiempo. El destino de la relación con el poder monárquico no fue muy diferente para Aristóteles, debió huir para refugiarse en Atenas. En fin, todo muy actual después de veinticinco siglos. Me preocupa que la economía se distorsione y seamos víctimas de la crematística, algo que también fue motivo de preocupación para los antiguos griegos.

Frente a los cierres definitivos de negocios y empresas, con el drama social y el porvenir oscuro, procuro averiguar qué sucede. Tengo en casa a una egresada de ciencias económicas que me explica lo que no llego a entender. Tratar a los empresarios y comerciantes como si todos fueran villanos no es justo, desde ya que los hay, como en todos los ámbitos de la vida. Pero muchas críticas altisonantes ignoran, o prefieren desconocer, la perversa “tasa impositiva”, pues solo dos países en el mundo pagan porcentajes por encima del 100%: Comoras (219,6%.) y Argentina (106%,). El esfuerzo y el éxito aquí no son alentados por el Estado, son un demérito. Claro que Comoras es un archipiélago de tres islas volcánicas y algunas pequeñas islas en el Océano Índico, entre Mozambique y Madagascar, tiene menos de un millón de habitantes, en su mayoría árabes que profesan el islam suni. Este país africano se independizó en 1975, con una historia de fraudes y dictaduras, es uno de los más pobres del mundo… En fin, si uno se atiene a la evidencia, dejando de lado ciertos enjuagues ideológicos, no hay que ser muy inteligente para comprender buena parte del problema. Como decía Rabindranath Tagore: “La verdad no está de parte de quién grite más”.

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