El Covid-19 ha logrado que el mundo se detenga y de manera traumática. En este inmovilismo no buscado se pusieron en evidencia situaciones graves a las que el público no les prestaba mayor atención o ignoraba, irrumpieron dramas económicos, sociales, psicológicos, y de todo tipo, aunque hubo algunos beneficios colaterales impensados. La incertidumbre es el telón de fondo, pues, no sabemos qué sucederá en este escenario crítico, pero los medios recogen vaticinios de agoreros, nigromantes, futurólogos, exégetas de las sagradas escrituras, buscando el beneficio del protagonismo mediático.
En muchas ciudades del planeta la gente hizo caso omiso de la cuarentena y salió a la calle. En efecto, las protestas contra el racismo por el asesinato de George Floyd, no sólo cuestionaron el pasado esclavista, racista y colonialista de muchos héroes, sino que se cargaron sus estatuas. Los iconoclastas, expertos en destruir imágenes, volvieron a acaparar la atención de los medios. Es una historia que arranca en la antigüedad, pero se reactivó con la caída del Muro de Berlín, cuando destruyeron los monumentos de Lenin y Stalin. En pleno centro de Moscú, en la plaza que está frente al Bolshoi, hay una llamativa estatua de Marx, trabajada sobre un bloque de granito gris que pesa unas ciento sesenta toneladas. Un Marx con el puño cerrado y en actitud oratoria. El guía moscovita nos dijo que intentaron retirarla, pero dado su peso optaron por dejarla. Pues bien, en estos días, los que se manifiestan con la consigna “Black Lives Matter” (las vidas de los negros importan), descubrieron la historia que les ocultaron y arremetieron contra líderes confederados, Colón, Leopoldo II de Bélgica, Winston Churchill, entre otros. Y esto es consecuencia de la historia oficial o de la “política de la historia”. En el último año del bachillerato tuve un profesor de historia que cuestionaba la historia argentina, su hora era la más esperada por nosotros, terminó inoculándonos el virus del revisionismo. Los virus al igual que los dinosaurios vivían en la tierra mucho antes de que irrumpiera el hombre, algo que para algunos sería una suerte de herida narcisista ya que el planeta puede prescindir del hombre, quien se ha empeñado en dañar los ecosistemas. Cuando algunos pacientes me preguntan si lograremos eliminar el Covid-19 de la faz de la tierra, les respondo que conviene hacernos a la idea de que en el futuro conviviremos con él, como acontece con tantos otros gérmenes, algunos más letales. El salto zoonótico, el salto del virus de un animal a un ser humano, se ha dado en distintos momentos de la historia. Las teorías conspirativas de que este virus salió de un laboratorio pertenecen a la literatura de ficción, no hay evidencias, pero mucha gente da fe de ello. La carrera por lograr una vacuna remeda al dios Jano, en una cara los que investigan contra reloj por el bien de la humanidad, en la otra las grandes corporaciones en medio de entresijos de patentes, donde la vacuna sería para el que pueda pagarla.
Los políticos dicen que el problema no es la cuarentena sino la pandemia, en una actitud sofística para justificar sus ineptitudes. Cuando aceptamos que todos los eventos son el resultado inevitable de causas previas, que todo lo que pasa en el mundo y nos sucede a nosotros tiene una razón de ser, asumimos un “duro determinismo”, y nadie tendría libre albedrío. En efecto, si uno no creyese en el libre albedrío ya no podría hacer las propias elecciones, porque éste contempla el surgimiento de los pensamientos, las creencias y los deseos que pensamos que existen en nosotros. En el “determinismo suave” están presentes el determinismo y el libre albedrío, tesitura que nos acercaría más a la realidad de las cosas. Es cierto que para muchos fenómenos no tenemos una explicación convincente, asimismo no logramos desentrañar ciertos misterios, más allá que haya gente que tenga respuestas para todo; no es mi caso. Con algunos problemas y dilemas tan antiguos como la humanidad, deberíamos tener la humildad intelectual de reconocer que son insolubles. Y hasta los que somos creyentes y ejercemos una profesión científica, debemos asumir que hay límites para nuestro entendimiento.
Un problema complejo es un problema enmarañado, difícil, con varios aspectos, de allí que su abordaje nos exija ver todas sus aristas y no obstinadamente solo una. Hoy quizá como nunca el poder está en el ojo del huracán. Yo suelo comparar el poder con la heroína, una droga dura que genera fuerte dependencia y destruye al individuo, a menos que éste advierta que más allá de cuidar al poder, es necesario cuidarse del poder… Napoleón creyó tener en un puño a Europa y terminó sus últimos días en la Isla de Santa Elena. Il Duce fue ejecutado por los partisanos y el Führer se suicidó en su bunker. Churchill y De Gaulle, luego de ser considerados héroes nacionales, un buen día sus pueblos les dieron la espalda y tuvieron que irse a sus respectivas casas. Ya no se trata de negar la política por los desatinos que protagoniza la clase política enmarañada en intereses muy distantes de la ciudadanía, dando lugar a un profundo desaliento, sino plantearnos una “metapolítica” que vaya más allá de las especulaciones habituales. Una política existencial con eje en la equidad (dar a cada uno lo que merece) y en la justicia social, es decir la igualdad de oportunidades, el combate de la pobreza, el Estado de bienestar, la distribución de la renta, entre otros derechos que hacen referencia a la “dignidad”. Un error habitual es confundir la mala suerte con la falta de justicia.
Una frase que circula como un sonsonete es que cuando termine esta epidemia mundial nada volverá a ser como antes. Es una frase contingente, ya que puede o no suceder, y si bien es inevitable que cambien muchas cosas, no somos pocos los que tenemos deseos de volver a hacer algunas como siempre. Desde ya que habrá cambios profundos en la vida cotidiana. Decía Bertolt Brecht, «La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer». Ya es patente un cambio de hábitos, en las reuniones con amigos, los espectáculos públicos, el turismo, los viajes, las clases virtuales, el tele-trabajo, las reuniones por zoom y, también las formas de “intimidad a distancia”. Por otro lado, la cuarentena obligó a millones de personas a convertirse en dependientes del Estado, lo que pone en riesgo la vida democrática y facilita el clientelismo. Las clases medias amenazadas por la economía y las restricciones de libertades pueden erosionar el sistema democrático. La recesión económica, el brutal desempleo y la caída del salario dependerán del desarrollo de cada país, así como la cobertura social en lo que hace a las necesidades básicas insatisfechas. La seguridad y la tecnología de control con fines sanitarios invaden la intimidad de las personas y sin duda se proyectan en un futuro incierto. Existe la necesidad de replantear la relación del hombre con el medio ambiente, así como el replanteo de los sistemas de salud y sus coberturas, incluyendo un consenso en las políticas sanitarias de nivel mundial.
Naomi Klein opina que la crisis ecológica está sacrificando la habitabilidad del planeta, y que la respuesta que debemos exigir debe basarse en una economía regenerativa que asiente en el cuidado y la reparación. Señala la distopía de Silicon Valley. Éste era el mundo que la corporación quería ver, dice. La normalidad sería volver a la crisis, a lo mortal, y debemos proteger la vida. “Necesitamos desarrollar nuevas herramientas de desobediencia civil que nos permitan actuar a distancia”. Naomi sostiene que tenemos que estar indignados y que los gobiernos deberían caer por lo que está pasando.
Durante más de tres décadas vivimos el auge de la globalización, que nos la impusieron como “inevitable”, con sus ventajas y sus perjuicios. Ahora algunos “illuminati” hablan de una vuelta atrás, en vez de buscar con inteligencia una alternativa superadora. No dudo que cada país tratará de arreglar su problemática como pueda y con la clase de dirigentes que le toque, aunque por más que se abjure de la globalización y se decrete un encierro nacional, siempre se necesitará de los otros… Hay países que sin duda son más predecibles. En el caso de la Argentina, paradigma de la crisis crónica, no existe un país más kafkiano, pero no porque la población sea ávida lectora del escritor checo.
Entre los que reclaman un nuevo orden mundial, adaptado a las necesidades de la época, no faltan los que piden la desaparición de ciertos organismos, como la Organización Mundial de la Salud, que si bien ha incurrido en muchos errores, al igual que la UN, OEA o UE, no creo que deban desaparecer, sí ser reformados para una mejor gestión. Que se cuestione el orden o el desorden no significa que hay que destruir todo. Los gobiernos seguirán con sus relatos, y los sectores sociales más afectados saldrán a la calle con sus propias agendas, algunas utópicas, pero defenderán el derecho legítimo a protestar, haciendo patente que el silencio no siempre es salud. Decía Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”. El problema reside cuando se la bloquea para defender el statu quo.
Nietzsche pensaba que el filósofo debía ser “el médico de la cultura”. Y yo creo que el intelectual debería ser “el médico de la sociedad”. En este escenario crítico, debemos ser responsables con los análisis, reflexiones y opiniones, brindándole al ciudadano lo que necesita para crear valores que le den sentido a la vida. Pienso en la misión del intelectual como un “imperativo moral”. Los intelectuales debemos ser protagonistas éticos, criticando, aportando ideas e imaginando tesis superadoras que no dependan de la coyuntura política, porque el intelectualismo partidista es un serio escollo.
Con el encierro los recuerdos fluyen y, recordé situaciones que había olvidado por completo. Al ingresar a la facultad pensaba que sería neurocirujano, bastó entrar a la sala del hospital y cursar medicina interna para darme cuenta que esa sería la medicina a la que me entregaría, tal vez porque advertí que ninguna otra me daría una visión tan integral del ser humano enfermo. Luego le sumé la bioética, que más allá del andamiaje filosófico, es un puente entre las Dos Culturas (la tecno-científica y la humanística). La docencia la desarrollé tanto en el pregrado como en el postgrado y, me recuerda que debo estudiar todos los días. Esto explica que en mi caso las tres disciplinas se articulen y conformen un trípode intelectual que sin duda se proyecta como cosmovisión.
Ayer encontré la medalla (se acompañaba de un diploma) que hace años me otorgó la Sociedad de Medicina Interna de Polonia en su centenario. Tengo pendiente una visita a Varsovia, pero son tantas las asignaturas pendientes que partiré dejando varias deudas. Con el expresidente de esa sociedad, un colega de mi edad, durante varios años consecutivos nos reunimos en distintos países, hace tiempo que no lo veo, tampoco contesta mis mails, temo que ya no podré volver a verlo. Como decía Confucio: “Si todavía no sabemos qué es la vida, ¿cómo puede inquietarnos la esencia de la muerte?”