Los gobiernos autoritarios celebran a las “mayorías silenciosas” porque obviamente les facilitan la tarea. Los fanáticos piden a los que no piensan como ellos que callen, y añaden con tono admonitorio que el silencio es salud, también similar actitud asumen aquellas democracias que se comportan como dictaduras de las mayorías. El refranero popular nos recomienda saber callar, pues somos esclavos de nuestras palabras. Está claro que todos tenemos derecho a opinar, aunque pienso que en público las opiniones deben estar bien fundadas. Es común que en rueda de amigos, relajados, comentemos cosas que suceden, impresiones, noticias que no hemos chequeado y podrían ser fake news, e incluso que digamos alguna estupidez o comentario trivial. Pero en todo caso ese es el ámbito de la privacidad y, allí esas licencias están permitidas.
En los cafés o cafeterías, es habitual (al menos lo era hasta la pandemia) reunirse con amigos para charlar y debatir temas de todo orden, incluyendo temas existenciales, metafísicos, epistemológicos, llegando a pergeñar una “filosofía de café”, sin mencionar la literatura nacida en ese cenáculo para recordarnos que la vida no puede ser aquello que tenemos por delante…. En fin, esta costumbre o modo de intercambiar opiniones nació con la Modernidad, algunos hablan del Siglo XVIII, otros del XIX, si bien es cierto que el café, como bebida, lo descubrieron los etíopes probablemente en el Siglo XIII. En fin, no sé qué será de las cafeterías, al menos en Buenos Aires, ya varias han cerrado para no volver a abrir, al igual que miles y miles de negocios a lo largo del país.
En los medios y en las redes aparecen individuos con verborrea y aire filosófico opinando de cualquier cosa, a la vez que revelan una profunda ignorancia del asunto, pero lo sorprendente es que tienen no pocos seguidores. Una joven experta en la cocina de Instagram sostiene que el éxito se debe a saber cruzar “ego y capitalismo”. Instagram se diferencia de las otras redes en que apela a la imagen, no a las palabras, y la imagen es el lenguaje más primitivo y a la vez universal de la humanidad. Millones de usuarios publican en esta red sus vivencias a toda hora. He leído que en el mundo habría más de 200 millones de individuos con más de 50.000 seguidores, la audiencia requerida como influencers para vivir de la red, representando y recomendado una marca o estableciendo tendencias de consumo.
Internet nos trajo el progreso, no lo dudamos, pero no es lo que esperábamos, algunos diseñadores confiesan que desviaron el camino, pues los algoritmos son “opiniones puestas en códigos”. El filósofo alemán Markus Gabriel sostiene que hay que dejar de pensar en los algoritmos como vectores de la “ciencia estadística” y considerarlos como la ingeniería estereotipada de los hombres. Por otro lado, las redes no garantizan la participación social, ejercen vigilancia, influyen en la política y la cultura, facilitan las fake news, producen adicción (incrementan la ansiedad) y, el usuario termina siendo el verdadero producto. En efecto, los usuarios somos el producto de Internet. Un ámbito gobernado por el lucro desenfrenado, casi no regulado, y por lo que he leído, los que trabajan en Silicon Valley prefieren que sus hijos tengan una educación más bien analógica, lo que contradice al mercado de la virtualidad educativa que pretende reemplazar la relaciones humanas presenciales y denostarlas.
La pandemia denudo la miseria que existe en muchos países e hizo visible amplios sectores de pobreza en países ricos. Nos sacó de nuestra rutina y nos dio tiempo para pensar, reflexionar, quizá filosofar, aunque ya en los 60 Theodor Adorno pensaba que eran malos tiempos para la filosofía, y acotaba que hasta las empresas dicen tener una filosofía al igual que los partidos políticos y los hombres prácticos. A algunos la cuarentena les trajo soledad, mientras el virus hizo patente el riesgo de morir antes de lo esperado. Tomamos conciencia de que en el mismo cuerpo que nacemos, moriremos. Las epidemias, históricamente, esparcen incertidumbre, penumbra, dolor, y frente a ellas las desigualdades no pueden camuflarse, aunque es evidente que el virus no discrimina, ya que procura llevarse puesto lo que halla a su paso.
En los mensajes del poder uno advierte cierto tufillo ideológico, también un moralismo casi fatalista así como un paternalismo abusivo. Cuando el miedo cala hondo se restringe la libertad de elección y, ésta es una cualidad esencial de todo ser humano. Algunos comparan las medidas sanitarias restrictivas con la esclavitud, me parece exagerado, pues los médicos solo pretendemos combatir el virus en defensa de la población, aunque no dudo que hay líderes que apelan al terror de la pandemia para tener sujeta y ocupada la sociedad, distrayéndola mientras dan cauce a sus intereses personales, bástenos reparar en cómo la agenda del poder no coincide con la agenda social, dominada por la necesidad y las urgencia vitales.
Mis colegas extranjeros suelen preguntarme por la Argentina, no entienden qué sucede, y les digo que es como una enfermedad crónica, autoinmune, ya que sin necesidad de un agresor externo el sistema inmunitario ataca al propio organismo y sus tejidos, dañándolo. A uno de ellos que vive del otro lado del Atlántico y no entiende esa recurrente actitud autodestructiva, le envié “El Gaucho Martín Fierro” (1879) de José Hernández, también el tango “Cambalache” de Discépolo, compuesto como denuncia a la Década Infame (1930-1943) y censurado por inmoral entre 1943 y 1949.
Cuando hace un tiempo me enteré de que en 1895 la Argentina tuvo el PBI per cápita más alto del mundo, confieso que quedé atónito. ¿Qué pasó? Si observamos los hechos que se han sucedido desde entonces, en estos 125 años, tenemos que aceptar que se trata de un escándalo único en el mundo. En efecto, una Argentina que se ha dedicado a generar crisis tras crisis, fabricar pobres, enemigos, y relatos mentirosos que amplios sectores de la población consumen como si fuese agua.
Tirios y troyanos se arrojan los dardos envenenados de las culpas por los desastres que se van sucediendo sin interrupción, gobierno tras gobierno, mientras descendemos como por un tobogán que nos conduce al abismo. La autocrítica fue, ha sido y es la gran ausente. Ninguno de ellos es culpable, pero dicen que todos somos culpables.
Hoy por hoy vivimos una cuarentena que no tiene fin, aunque los sofistas dispusieron que no sea cuarentena pese a que continúen aquellas restricciones que le confieren ese carácter. La movilidad está restringida en todo el país, muchas actividades continúan paralizadas desde el 20 de marzo, infinidad de obreros, empleados, comerciantes y profesionales no son autorizados a trabajar por más protocolos que estén dispuestos a cumplir. Además estudiantes, artistas, músicos, entre otros, ven interrumpidas indefinidamente sus actividades y no visualizan un horizonte que les brinde cierta esperanza. Un hecho puntual: en CABA no se autorizan las clases presenciales en los patios de las escuelas para 6.500 chicos vulnerables que han quedado relegados y las necesitan, por el peligro de los contagios, pero insólitamente pretenden que se abran para que voten 60.000 ciudadanos bolivianos (…)
No importa el agotamiento, la ansiedad, las crisis de pánico, los trastornos del sueño y de la alimentación que producen el encierro, como registramos día tras día los médicos. Algo que también sucedía en las epidemias de la Antigüedad y la Edad Media. Y con la mayor crisis económica de la historia, los poderes legislativo y judicial en buena parte con una hibernación que lleva más de seis meses (¿población de alto riesgo que no es esencial?), el ejecutivo implementa medidas que jamás se tomarían en un país normal y, a los que no están de acuerdo o expresan sus críticas se los desacredita o estigmatiza. El pensamiento y la voluntad de los ciudadanos que somos independientes y carecemos de contaminación política no existe en esta inveterada lógica binaria. El mal humor social no sería tal, en todo caso lo fabrican los medios y los opositores, que no es el pueblo y mucho menos gente de bien. La realidad, la única realidad, es la que nos cuenta el poder de turno que no tiene “puntos ciegos”. De esta manera, las excepciones se convierten en reglas, las creencias en certezas, los hechos anecdóticos en axiomas, las doctrinas se descontextualizan y, todo termina en un relato de alcantarilla.
El esfuerzo y el mérito ahora se menosprecian, la alarmante pobreza se ha convertido en una virtud que acerca al paraíso mientras la riqueza es un vicio (excepto la de la casta política), el delito se justifica siempre y cuando resulte políticamente útil, los Derechos Humanos continúan torcidos, los valores se desdibujan y, el orden inteligente y ético de las prioridades existenciales se trastoca. Hoy se promueve y aplaude el facilismo, la “viveza criolla”, así como cierta destrucción supuestamente creativa. Los talentos que se prepararon durante toda la vida para una carrera de fondo advierten que en la Argentina ésta es eterna porque la mediocridad y las influencias, que por cierto siempre existieron en todos los estamentos, los superará. Un país sin pasado ni futuro.
Parafraseando a Camus, no somos pocos los que rechazamos mentir sobre lo que sabemos y nos resistimos a la opresión. Nuestro Leopoldo Marechal nos animaba a romper el silencio, así como “el agua de los grandes mutismos”.