Terminada la fantasía del éxito argentino contra el coronavirus por medio de una eterna cuarentena, nos enfrentamos a nuevos desafíos. Ya en varios países de Europa se habla de la segunda ola y algunos han tenido que retroceder en las aperturas de actividades. La Argentina ocupa el quinto lugar en contagios, pero en relación al número de habitantes está en el primer lugar, pues, los cuatro primeros tienen una población en “millones de habitantes” que nos superan ampliamente: Estados Unidos (328), India (1.353), Brasil (209) y Rusia (144). Está claro que no se instrumentó una política sanitaria correcta, más allá de los inevitables y comprensibles traspiés a los que somete este virus desconocido. Tampoco se consideraron los aspectos económicos, sociales y emocionales, en consecuencia ya no hay espacio para más discursos triunfalistas, filminas erróneas, estadísticas truchas o mensajes destinados a infundir miedo. Las comparaciones innecesarias solo generaron roces diplomáticos y actuaron como un búmeran. Superamos a Suecia en muertos, Venezuela nos supera en testeos y el prestigioso sitio mundial Our World in Data excluye al país por falta de credibilidad en sus estadísticas. Ahora el panorama es funesto, y los principales responsables de gestionar la pandemia parecen no darse cuenta de la realidad y menos estar dispuestos a dar la cara. Los asesores científicos toman distancia y olvidan lo que dijeron cuando los medios los convocaban como si fuesen rock stars. En fin, ser responsable es tener que responder por las consecuencias. Aquí sistemáticamente se apela a lo malo que sucede fuera o se le echa toda la culpa al que precedió en la gestión, no existiendo autocrítica. Y luego pretenden de la gente confianza.
La confianza en política es como la virginidad, solo se pierde una vez. Aún recuerdo ese viernes fatídico de 2001, donde la gente enloquecida corría a los bancos para sacar los depósitos. Mi mujer me llamó luego del mediodía ante la insistencia de los rumores para que la acompañase al banco a retirar los pocos dólares que tenía ahorrados y, yo me negué porque tenía mucho trabajo en el hospital con pacientes complicados. Los dólares quedaron en el banco y nunca más los vimos. Sin embargo, los amigos del poder, que siempre disponen de información privilegiada, lograron salvarse porque remitieron con tiempo sus depósitos en dólares a las casas matrices del exterior, a la vez que el mes anterior unos 358 camiones de caudales transportaron los dólares de los ahorristas al aeropuerto de Ezeiza con destino al exterior, el hecho fue clausurado como tantos otros, pues, nadie se animó a investigar. No sé cuántos ancianos se suicidaron por haber perdido los ahorros de toda una vida de trabajo. Psiquiatras y psicólogos no daban abasto para atender a tanta gente deprimida que concurría a los hospitales, mientras los internistas asistíamos a pacientes con stress, alcoholismo y patología psicosomática. El daño social fue enorme, lo recuerdo muy bien. La clase media blandía las cacerolas día tras día y durante meses los políticos no se asomaban a la calle, ni se animaban a concurrir a un bar porque de hacerlo eran agredidos.
Con varios jóvenes profesionales que han sido mis alumnos o han trabajado conmigo suelo mantener una relación de afecto y, a pesar de que discrepemos en materia política, les reconozco no solo la capacidad profesional sino sus valores morales. A algunos los veo convencidos de lo que sostienen, a otros prácticamente intoxicados por la ideología que probablemente les inocularon de chicos en su hogar. Uno de ellos recordaba que yo siempre les aconsejaba hacer una investigación histórica no sólo de los temas ligados a la profesión, pero admitía que a veces olvidaban ese consejo. En ocasiones, cuando se da la oportunidad, procuro ilustrarlos sobre hechos que han sucedido y que incluso he vivido, para quitarles la venda del adoctrinamiento y la falsa información que les cubre la visión. En efecto, no se puede hablar desde la ignorancia, la desmemoria histórica o la manipulación de la realidad. Mi intención no es convencerlos de nada, simplemente me interesa que conozcan los hechos tal como fueron, que se atengan a los datos y no a las opiniones, que sepan la verdad, luego cada uno verá qué hacer con esa verdad.
La construcción de cualquier país y de la organización nacional es conflictiva, nosotros no somos la excepción. Belgrano, San Martín, Mariano Moreno, Sarmiento, Alberdi, entre otros, tuvieron sus diferencias y cometieron errores. Qué pasaría si yo hiciera pública estas reflexiones: “Nuestro pueblo no carece de alimentos, sino de educación. En realidad, nuestro pueblo argentino se muere de hambre de instrucción, de sed de saber, de pobreza de conocimientos prácticos. Quieren pan sin trabajar, viven del maná del Estado y eso los mantiene desnudos, ignorantes y esclavos de su propia condición”.
Estoy seguro de que recibiría una andanada de críticas, hasta improperios de algunos que se sentirían muy afectados, sin embargo esas palabras no son mías, pertenecen al padre de la Constitución Nacional (1853), Juan Bautista Alberdi, en una época en que el país estaba entre los más ricos del mundo. Y 140 años después, esas reflexiones están vigentes, los gobiernos se suceden y los problemas persisten, por ello tenemos una cuestión estructural, un fenómeno sistémico que va más allá de cualquier gobierno y que no facilita políticas de Estado… Los analistas coinciden en que el problema es la confianza. En efecto, no hay confianza en la dirigencia, pero cómo va a haberla si los dirigentes a través de las décadas siempre son los mismos, los que son seguidos por sus familiares en una suerte de nepotismo y, se trata de familias que viven de los dineros públicos, además de enriquecerse. Nepotismo que llega a los tres poderes del Estado, a los gremios y otros estamentos sociales. Obviamente esto no permite la igualdad de oportunidades. Y cómo no va a ser vilipendiado el mérito, que se lo asocia al capitalismo y la burguesía. Se trata de una farsa consentida por la sociedad en su conjunto, que al no reaccionar perpetúa la tragedia y clausura el futuro.
Mi padre y su hermano fueron yrigoyenistas (aunque no le negaban méritos a Marcelo Torcuato de Alvear) y, a partir del 45 conversos peronistas. Ellos decían, no sin orgullo, que despreciaban a los “militantes oportunistas”, y que seguían al movimiento popular (no populista) por la defensa de los marginados. Me consta la honestidad de ambos así como sus actitudes solidarias. Pero también sé que no compartían el simbolismo, la marchita, la parafernalia, los actos cuasi religiosos que alimentaban el fanatismo de muchos. Recuerdo que no manifestaban sus críticas en mi presencia porque mi padre sostenía que yo era un “escéptico de la política”.
En estos días el movimiento celebró los 75 años de su nacimiento, pero se cuidaron de mencionar que durante 37 años gobernaron el país, lo que invitaría a una autocrítica, dado el deterioro que venimos revelando desde entonces (incluso antes). Hace un tiempo un joven inteligente pero mal informado, me decía que con el advenimiento de Perón había surgido la democracia. Le expliqué su error enumerando unos pocos datos. El capitán Perón aparece con el primer golpe histórico a la democracia, en 1930, y en Internet se halla la foto donde el general Uriburu viaja en su auto descapotado a usurpar el poder y en el pescante a su lado está de pie el capitán. Durante unos dos años permaneció como agregado en Roma, estudiando las estrategias y tácticas de Benito Mussolini, creador del fascismo, pues admiraba a Il Duce como también a Hitler. En 1943 se produce un nuevo golpe militar que derroca al presidente Ramón Castillo, y en la presidencia se sucedieron tres generales, Rawson, Ramirez y Farrell, llegando a ser el ahora coronel Perón vice-presidente de un gobierno de facto. Por otra parte, finalizada la Segunda Guerra Mundial y durante su gobierno la Argentina fue el país preferido de los jerarcas nazis para refugiarse, y su afinidad con Franco lo llevo a pasar su exilio dorado en la España franquista. En fin, no creo que este currículum vitae se articule con un “espíritu democrático”, a menos que se ignoren los datos y se reescriba la historia. Hace 75 años nació el peronismo pero también el anti-peronismo, grieta que llega hasta nuestros días y se suma a otras grietas de nuestra historia, como la de los unitarios y federales, o los conservadores y radicales. En fin, en medio de tanta irracionalidad y relato, hay algo que me hace pensar en la psicopatología del poder.
La pandemia ha paralizado la educación en todos sus niveles, con consecuencias muy serias. En CABA los gremialistas docentes, que convierten las razones en excusas, se oponen a las clases presenciales hasta que aparezca la vacuna (como si se tratase de una cuestión de días o semanas) y, dicen que los patios o las plazas no son aulas. Recuerdo que en algunas situaciones de excepción, llegué a dar clase en el café de enfrente del hospital e incluso lo hice en los jardines del hospital, lo que motivo que alguno dijera que yo creía estar en los jardines de Academo, pero los alumnos se sintieron a gusto. Si la política pretende manipular a la ciencia surgen serios problemas, como sucede con el prestigioso Anthony Fauci, hoy cuestionado por Trump: “La gente está cansada de escuchar a Fauci y esos idiotas, todos esos idiotas que se equivocaron”.
Desde que comenzó la cuarentena en la Argentina, las facultades de medicina capacitan a sus alumnos de manera online. Esto incluye las evaluaciones que son teóricas, falta la práctica por no concurrir a los hospitales y la mayor dificultad la tienen los estudiantes del último año que realizan el IAR o Internado Anual Rotatorio. La medicina es una profesión práctica, más allá de la capacitación teórica, y la modalidad virtual es complementaria, jamás sustituirá lo que se vive en la realidad del hospital. El café descafeinado puede ser agradable al paladar, pero no es café.
Los viejos profesores hemos suspendido la enseñanza presencial para volcarnos de lleno a la tecnología digital. He pasado a dar todas las clases online y cada semana a los alumnos les envío un caso problema para que lo discutamos de manera interactiva.
Hace unos años, en una de las universidades donde fui catedrático y cuyas prácticas se daban en el hospital donde a la vez era jefe de departamento, tuve dos alumnos del último año que solicitaron hacer una rotación electiva conmigo en Buenos Aires, uno era del Reino Unido y el otro de Alemania. Al cabo de unos días me comentaron que les asombraba el método que empleaba, pues desde el inicio del ciclo clínico ponía a los alumnos en contacto con la práctica asistencial y, admitían que en tan poco tiempo ellos habían visto mucho más pacientes de lo que acostumbraban. En fin, más allá de la pedagogía que aprendí en la carrera docente, tiene que ver los maestros que tuve (lamentablemente hoy rara avis) y las experiencias vividas. No hay duda que siempre surgen nuevos desafíos, obstáculos y todo tipo de dificultades, pero la motivación personal es fundamental, junto al estudio, la preparación, el trabajo, y el aprendizaje del fracaso, mucho más importante que la institución que se escoja para estudiar o el marketing universitario. En la formación del médico cada vez son más los factores que los docentes debemos considerar en consonancia con los progresos de la medicina que, como decía René Favaloro, una de las figuras notables surgidas de la facultad donde me gradué (Universidad Nacional de La Plata), nunca podrán ser considerados logros para la humanidad si no dejan de ser un privilegio para las minorías.
El mundo es mucho más complejo, los tiempos han cambiado y no se puede volver al pasado donde vivíamos otra realidad. Como ser, recuerdo que aprobado el primer examen que me promocionaba al segundo año, durante el verano hice prácticas de enfermería en un hospital, en los dos últimos años de la carrera tuve una guardia semanal de 24 horas al lado de médicos que me tutelaban e incluso concurría a distintos hospitales para presenciar prácticas clínicas y quirúrgicas, pero nada de eso formaba parte de mis obligaciones para con la facultad, era una actividad extracurricular, de allí que cuando a los 24 años me gradué había acumulado una experiencia significativa que me permitió iniciar sin mayores sobresaltos la etapa de la formación de postgrado.
Que los alumnos vuelvan a ingresar al hospital para las prácticas dependerá de la situación epidemiológica. Los contagios son frecuentes y en la residencia médica que dirijo, varios colegas se han contagiado e incluso desarrollaron neumonía, afortunadamente ninguno necesitó del respirador. Por ello es comprensible que se proteja a los estudiantes, aunque la autoridad nacional en educación haya solicitado protocolos para reactivar la práctica de los alumnos próximos a graduarse. Las condiciones para volver no están dadas. Y nadie puede ni debe recibir su título de médico sin acreditar una práctica asistencial.
Es natural la prisa por graduarse, pero la paciencia también es una forma de acción, sostenía Auguste Rodin, además de ser la madre de la ciencia. No es una pérdida de tiempo, ya que la enseñanza-aprendizaje continúa, aunque la situación exige hacer ajustes, modificar enfoques, y hasta apelar a la creatividad para alcanzar los objetivos.
Aquí de enero a marzo son las vacaciones de verano y, si tenemos una realidad sanitaria más controlable quizá puedan aprovecharse esos meses para la práctica. Claro que los estudiantes que cursan el último año son miles, otro problema no menor, por eso la Argentina es uno de los países en el mundo con mayor cantidad de médicos por habitante. Lo cierto es que el calendario se va modificando al ritmo de la pandemia y, los exámenes de ingreso a las residencias médicas que tradicionalmente son en abril se han pospuesto para septiembre de 2021, decisión que me parece prudente. Hoy está muy presente aquello de que el temor y la esperanza son inseparables y, toda meta (objetivo más tiempo) tiene que adecuarse a la realidad que vivimos, sin que ello implique claudicar.