La Argentina de los años sesenta y setenta fue un campo de controversias intelectuales, las que adquirieron un alto voltaje y tuvieron fuerte repercusión. Henri Matisse señaló que toda obra lleva las huellas de su época, pero que las grandes obras son aquellas en las que estas huellas son más profundas. En esos años uno podía comprobar en Buenos Aires diferentes planos discursivos, como las discusiones entre nacionalistas y marxistas sobre el imperialismo yankee, el problema de la unidad latinoamericana –tema siempre cargado de retórica-, la necesidad de realizar una revisión sobre la memoria oficial, así como la situación política, social y cultural del país. Lo curioso, al menos para mí, era que todos decían interpretar al pueblo, es más, se consideraban en condiciones de tutelarlo y hablaban en su nombre. El tema de la Nación, motivo de desvelos de casi todas las generaciones intelectuales, fue abordado tanto por los nacionalistas como por la “nueva izquierda” (no sé porqué siempre está surgiendo una nueva izquierda). Los nombres de Rodolfo Puiggrós, Héctor Agosti, Silvio Frondizi, Hernandez Arrigui, John William Cooke, Ismael Viñas, Milcíades Peña, Abelardo Ramos, y muchos otros, aparecían en las notas de los medios escritos como también en entrevistas televisivas y radiales. Reconozco que siempre tuve desconfianza de todo discurso que fuese oficial, pero tampoco creí, como muchos de mis compañeros del bachillerato y luego de la universidad, en los clichés de la contracultura que predominaba. Las polémicas solían ser muy duras, descalificantes, incluso llegaban al agravio personal y hasta se producían escenas de pugilato. Yo percibía que algunos intelectuales se debatían entre la distancia y el compromiso ideológico, y este último resultaba muy fuerte, era difícil eludirlo.
De esa época es el libro Las Venas abiertas de América Latina, una excelente obra del uruguayo Eduardo Galeano, donde reconstruye desde su mirador el pasado de Latinoamérica con una proyección en el presente. No he leído otro libro de este autor, pero sí he conocido su forma de pensar a través de algunos artículos periodísticos y notas que le hicieron. Como ser, él dice que no tuvo una educación formal –sólo llegó al primer año de la secundaria- y, todo lo que sabe lo aprendió en los cafés de Montevideo. Ése anclaje en la cultura popular me recuerda a los escritores que han abrevado en ella y lo han reconocido no sin cierto orgullo, es el caso de García Márquez o de Marguerite Yourcenar. Recuerdo una bella frase de Yourcenar: “con un pie en la erudición y otro en la magia”, frase que intenta separar las aguas entre lo que llamamos la alta cultura y lo opuesto. Galeano ha tenido en cuenta el punto de vista de los excluidos, o como él prefiere, el punto de vista de los “nadies”, de los “ninguneados”. Esto resulta interesante porque el punto de vista de los excluidos nunca tuvo peso propio, sin embargo, son voces que como sostiene el uruguayo, bien vale la pena escuchar. Una anécdota de su compatriota Juan Carlos Onetti, a quien conocí en Madrid, me causó gracia. Un día el autor de El Astillero le dijo a Galeano que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio, y que se trataba de un proverbio chino. Galeano comentó que el viejo era muy mentiroso (no creo que alguien llegue a ser un gran novelista sin ser diestro en el arte de la mentira), y que solía invocar una fuente inobjetable para darle prestigio a sus palabras, como podía ser la Grecia antigua. Al cabo de un tiempo, Galeano descubrió que ese proverbio era hindú.
Facundo ha sido el libro fundacional de la literatura argentina. El polémico y contradictorio Sarmiento, nuestro mayor intelectual decimonónico, lo escribió en 1845 y le puso como subtítulo: Civilización y Barbarie, dejando establecida una dualidad que se ha convertido en una fuerte característica de la Argentina y que incluso nos impediría asumir el concepto de Nación. Este libro, de lectura obligatoria en los años sesenta cuando yo cursaba la escuela secundaria, o más bien de comentario obligatorio, puesto que se lo menciona mucho más de lo que se lo lee. Pero lo interesante es que los sectores de poder criollo tomaron rápidamente la consigna civilización o barbarie para disciplinar a la plebe, seducida por caudillos y caciques, a la vez que el país adoptaba sin ningún reparo el modelo del capitalismo europeo. A los indios y los negros había que ocultarlos, pues, la Nación tenía que fundarse sobre otras bases raciales. La pobreza también debía camuflarse ya que era otro motivo de vergüenza. En el Censo de 1895 se excluyó lo referente al color de la piel para poder declarar con comodidad que la Argentina era un país de raza blanca y, los pocos que no lo eran, estaban en franca extinción. Qué curioso, ya entonces existía la manipulación de los datos estadístico. Mucho después, con Perón, aparecieron los “cabecitas negra”, una denominación poco feliz que se asociaba a la marginación y la pobreza, pero que sin duda fue de utilidad para reeditar la dicotomía sarmientina, alimentando así el odio entre las clases. Al igual que en el Siglo XIX “lo negro” estuvo estigmatizado, se lo equiparó con la pobreza y la exclusión social. Indios, negros y pobres eran un horror para la dignidad de un país rico, de raza blanca, que se enorgullecía de considerarse profundamente europeizado. En cuanto a la clase media argentina, tan conflictiva, nunca pudo resolver el problema de la discriminación racial.
A la Generación del 80, que sin duda concibió la grandeza del país, se le cuestiona no sólo el exterminio del indio y la concentración de la propiedad de la tierra, también el predominio de una oligarquía que instaló la corrupción como estilo de vida, aunque es cierto que la corrupción estaba presente desde mucho antes de que se planteara la Independencia.
El venerable General Roca tomó el poder con una deuda de 50 millones y la ascendió a 150 millones. Dicen que en 1885 Roca intentó imponer la convertibilidad con el oro, adelantándose en más de un siglo a Domingo Cavallo, pero advirtió los límites de la aventura y finalmente desistió. El banco estatal le otorgó a él y a sus hermanos créditos que les permitieron el enriquecimiento ilícito, algo que en la Argentina de nuestros días tampoco causa sorpresa. Cuando su cuñado Juarez Celman asumió el poder, se hizo el default más grande de la historia, que según las crónicas de la época dejó boquiabierta a la Bolsa de Londres y casi hizo quebrar a la Casa Baring que era el principal banco inglés. Vélez Sarfield, haciendo alusión a este episodio, habría dicho que los bancos se roban con firmas (…) Entonces no hubo cacerolazos como en el 2001, pero si hubo tiros, pues, aconteció la Revolución del 90. En la calle la gente decía a viva voz: “se robaron todo”. Roberto Payró los acusó de tener un absoluto desprecio por la Ley, mientras la justicia le daba la espalda al espíritu republicano, otra constante en nuestra historia de doscientos años. Pero como es habitual, el relato oficial prefiere omitir estos detalles porque no serían de utilidad y debemos mirar hacia delante. Leopoldo Marechal, un intelectual recuperado por el relato, habría dicho que la historia “es el arte de mostrar una cara limpia y esconder un culo siniestro” (sic).
Me preocupa que en el argentino de la calle a menudo exista un registro de fracaso, o de conformismo impuesto, que a menudo se evidencia en la trillada frase: “esto es lo que hay”. En consecuencia nada distinto podría hacerse. Y yo creo que esta visión estereotipada de fracaso es peligrosa, porque nos induce al inmovilismo, a no intentar cambiar la realidad, sobre todo aquello que está mal y que sin duda es modificable. Parecería que cualquier intento por transformar el estado de las cosas está condenado al fracaso y, precisamente, eso es lo que quieren los canallas, los que se mueven en la sordidez de la política y los negocios espurios. Nada les viene mejor que la gente no haga nada, que acepte mansamente esta realidad como obra del destino, o quizá de los gringos que nos expolian con sus negocios desde que tenemos memoria y también de aquellos coterráneos que con sus denuncias sólo revelan ser antipatrias.