Estamos finalizando el 2015 y la llegada de un nuevo año me anima a realizar algunos balances. Pero más que un cambio de año advierto un cambio de época, y si bien estos cambios tienen sus peculiaridades, el significado varía en función de lo que se deja atrás y también de aquello que intuimos que está por venir. Y repito, intuimos, porque de certezas nada. Quizás éste sea el legado más patético del postmodernismo, o del post-postmodernismo, con el que despedimos el siglo pasado e iniciamos el actual.
Cuando presenté mi libro “La Espera de la Esperanza” en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional, allá por el 2002, los argentinos veníamos de una etapa sombría y la desesperanza dominaba la escena nacional. Sentía mucha indignación por lo que acontecía, hoy también experimento ese sentimiento, pero las circunstancias son otras. En el gobierno unos se van y otros llegan, y la dicotomía explicitada por Sarmiento en “Facundo” vuelve a resurgir, como si el tiempo y los desaciertos no nos hubiesen dejado ninguna enseñanza. De todas maneras, yo al igual que muchos, pero evidentemente no todos, le deseo al nuevo gobierno éxito en la gestión, pues, es de suponer que si le va bien, al país le irá bien. Es el deseo o la aspiración de alguien que tiene convicciones políticas pero carece de contaminaciones ideológicas y de compromisos de capilla.
Al escritor Alberto Manguel lo han designado al frente de la Biblioteca Nacional. En estos años he leído algunos de sus artículos literarios y me causa una buena impresión. Hoy apareció en un suplemento un artículo de él titulado “La sombra de Alejandría” y, me trajo a la memoria mi visita a la mítica biblioteca en el 2011, camino de un congreso europeo de medicina donde tenía que entregar un librito mío en inglés y, la visita me permitió donar el primer ejemplar a la biblioteca para que fuese digitalizado.
Debo confesar que a veces tengo la impresión que he perdido buena parte de este año en cosas que no tienen una utilidad inmediata, pero también estoy convencido que volvería a hacerlas porque me he sentido a gusto y además debía hacerlas. Claro que en los días que corren solo tendría valor lo que es útil, aquello que resulta práctico, por eso si queremos tener éxito es necesario desechar lo que no tiene utilidad a los ojos de los demás. De allí que hoy en los bachilleratos se procure reemplazar las Humanidades por la gestión financiera. Susan Haack sostiene que existe un naufragio intelectual y, éste podría ser entendido como una reducción del pragmatismo a la teoría del éxito por el éxito. Ella acusó a William James de ser anti-intelectualista; otros autores atacaron a James, haciéndolo responsable de identificar de un modo vulgar y muy estadounidense la verdad con la utilidad. Para un pragmatista como John Dewey, era menos importante hacer que la inteligencia fuese práctica que hacer que las prácticas fueran inteligentes. La realidad es que el pragmatismo está muy difundido, dando pie a diferentes especulaciones, y no solo se trata de que el pragmatismo resulte ser la lógica del llamado capitalismo mercantilista norteamericano. Algunos hablan de neo-pragmatismo y lo ven como un intelectualismo “naufragado”. El actual viraje hacia las prácticas resulta de una nueva manera de concebir las relaciones entre la filosofía de la ciencia y la filosofía de la tecnología. Hoy por hoy ser intelectualmente “objetivo” consiste en eliminar de las operaciones factores personales. Y la objetividad del discurso es todo un problema. Entiendo que es absolutamente necesario defender la honestidad intelectual, el distanciamiento imparcial o la búsqueda desinteresada, así como la crítica impersonal y los valores de solidaridad. Sobre la vehemencia de nuestras creencias y nuestras pasiones irracionales, debería prevalecer lo que se ha dado en llamar la “razón ilustrada”, o sea, la prudencia, el rigor y el sentido común.
Pienso que nunca antes como en este 2015 hemos tenido tanta conciencia de los paraísos perdidos. En efecto, muy atrás quedaron la República de Platón, la Utopía de Tomas Moro, la Revolución Francesa, en fin, los sueños de tantos hombres y mujeres que ambicionaron cambiar el mundo pero en sentido positivo. La realidad es que todo ha cambiado o se ha tergiversado. Hace un par de años estaba en Berlín y, en la intersección de Friedrischtrasse y el bulevard Unter den Linden, un activista había colocado la foto de Martin Lhuter King y al pie su célebre frase: I have a dream, y a su lado estaba la foto de Obama con la frase: I have a drone (…); este activista gritaba por las injusticias y los crímenes que se cometen en distintas partes del planeta, pero la gente pasaba a su lado y nadie le prestaba atención. En un mundo donde el tradicional esquema de valores está en quiebra y las intuiciones metafísicas devaluadas, no resulta nada fácil vivir, en todo caso solo restaría aceptar vivir el día a día.
Hace unas semanas retorné de Rusia, en Moscú participé de otro congreso y pude comunicarme con moscovitas de la época soviética y también con jóvenes que desconocen todo aquello. La magnificencia de Moscú y el arte de San Petesburgo me resultaron irresistiblemente atrayentes. La madre Rusia sigue en pie. También hicimos con mi mujer una fugaz visita a la prolija Helsinki, junto al mar Báltico. De vuelta a Buenos Aires, en el avión pensaba cuánta necesidad que tenemos los argentinos de mirar el mundo más allá de los horizontes a los que estamos acostumbrados.
En lo personal fue un año con muchas dificultades, sobre todo imprevistas, y no faltaron las deslealtades y las traiciones, situaciones que conozco de primera mano por haberlas vivido en otras oportunidades, pero lo importante es que no lograron hacerme mella. En la medida que uno envejece más se aproxima al conocimiento de la condición humana y de las noches oscuras del alma. Víctor Hugo bien podía haber escrito aquí “Les misérables” (…) Claro que no sería justo si no reconociese el afecto de mi familia, el reconocimiento de alumnos y discípulos, la solidaridad de amigos y colegas. Esos sentimientos genuinos son los que a uno lo mantiene en pie, los que lo impulsa a no claudicar, porque en el fondo no se ha equivocado el camino. Creo que no es tanto persistir como volver a empezar, o como ahora dicen “reinventarse”. Para F. Scott Fitzgerald nuestras convicciones a los dieciocho años son montañas y a los cuarenta y cinco son cavernas donde procuramos escondernos. En esos rangos etarios el cambio de pensamiento en aspectos vitales es normal, ya que media la experiencia.
Mi mayor alegría durante el 2015 ha sido la venida de Joaquín, mi nieto, mi primer nieto. Estoy aprendiendo a ser abuelo, experimentando el papel que la sociedad le asigna a un abuelo, a la vez que descubro mi amor por Joaquín y, no puedo evitar pensar en el mundo que le dejaremos los de mi generación y los de la generación de mis hijos. No quiero ser alarmista, tampoco sumarme a la corriente apocalíptica de algunos intelectuales cuyo negocio está en los medios. En toda época alguien denunció la crisis o la decadencia. Hace 90 años César Vallejo decía que la generación que le precedió no había dejado nada que esperar, todo había sido un fracaso, pues, se trataba de una generación sola frente a un presente que él calificaba de ruinoso y, esto obedecía a que ni en España ni en América la juventud de su época hallaba maestros. Pero esa era la sensación de Vallejo, porque maestros los hubo, y grandes maestros.
Despedimos el 2015 con no pocos cambios en este mundo globalizado. En lo político la tendencia a romper el bipartidismo y el surgimiento de candidatos independientes me parecen signos de buena salud frente a un sistema democrático que tras su retórica populista cobija inveteradas trampas. La lucha por la transparencia de los actos públicos, la visualización en Internet de lo que el poder pretende tapar, el rasgado de ciertos decorados sociales, la visibilidad de los vulnerables y sus necesidades, el surgimiento de una ética medioambiental, las campañas para incentivar el respeto hacia el otro, para mí son signos positivos que nos alientan a seguir adelante, más allá que vivamos en el reino de la incertidumbre y las trapisondas.