La pertenencia es esa circunstancia por la que formamos parte de un grupo, conjunto o institución y, para pertenecer sería necesario un sentimiento de identificación que permita la apropiación de los símbolos y significados propios de ese colectivo. Por otra parte, habría una relación estrecha entre el sentido de pertenencia y la identidad del individuo, es decir, la imagen que nos construimos de nosotros mismos en relación con los otros a través de un proceso de internalización. El problema surge cuando existe la creencia de que cualquier pertenencia es sinónimo de superioridad, como acontece hoy con muchos individuos y en diversos campos. Como ser, estar afiliado a una agrupación política influyente o una institución de renombre, ser alumno de una universidad “rankeada”, formar parte de un círculo de escogidos o de un think thank de pensadores o estrategas, incorporarse a un movimiento combativo, incluso vestir una camiseta o una campera con un logo que de por si otorgaría prestigio… En fin, muchas veces se trata de imposturas, ya que revelan la intención del individuo de fingir, de aparentar y, en ocasiones no es más que una coartada, la búsqueda de una ventaja social o se utiliza la pertenencia como escudo.

Las instituciones tienen sus propios cercos que determinan un adentro y un afuera, que permiten la diferencia entre una y otra. Los cercos institucionales pueden generar atracción o rechazo, eso depende de la subjetividad del individuo. A menudo se apela a los mitos, donde a través de la narración de los orígenes, se invoca un pasado que no fue tal, pero que sirve para alimentar la creencia en el valor de la organización. Como alguien dijo, se necesita “coherencia expresiva”, que se articulen los valores y las acciones, porque de lo contrario los principios y los propósitos caen en el vacío. Habitamos un mundo que parecería estar diseñado para las mayorías, aunque las decisiones salgan de unas pocas cabezas, en consecuencia las minorías son discriminadas, se pierde la individuación, la diferencia no se tolera y se la combate por ser indeseable. En efecto, la masa en su accionar es implacable, pues, silencia y aplasta al individuo.

Decía el mítico e inclasificable Ryszard Kapu?ci?ski, que el nacionalismo es malo, primero por creer que la pertenencia al grupo significa superioridad y segundo porque como el problema es el otro, la solución del problema siempre será el otro. De allí surgen los discursos del odio racial (la mentada supremacía blanca), la xenofobia con los inmigrantes, la misoginia, la islamofobia, y otros males de moda.

No hay duda que el ser humano es gregario por naturaleza, necesita interactuar con otras personas que tienen sus particulares puntos de vista sobre el mundo que nos rodea y, la opinión de la comunidad fue, ha sido y es un elemento de peso a la hora de conducirnos. Ello explica por qué los individuos suelen optar por conductas o ideas que están en el centro de una gran mayoría de personas a pesar de que choquen con sus razonamientos o creencias propias. Este sesgo cognitivo ha sido profusamente estudiado por los conductistas y se verifica en los hábitos de consumo, la moda, la política. Y en esta última, el fenómeno es explotado a través de las encuestas por la intencionalidad de voto y las campañas de marketing con participación de las redes sociales, por eso muchas veces el individuo cambia su voto para sentir que está del lado del ganador, lo que se conoce como efecto “bandwagon” (carro), que significa “subirse al carro del triunfador”. Lo contrario es el efecto “underdog” (perro apaleado o desvalido) que surge cuando uno se inclina por apoyar una “causa perdida” o se opone a la mayoría para diferenciarse del resto. Los efectos bandwagon y underdog son tenidos en cuenta por los que manejan el negocio de la manipulación.

Hace tiempo leí un artículo de una escritora cuyo nombre olvidé, donde sostenía que las mujeres profesionales practican tres tipos de impostura para adaptarse al medio y cumplir con los estereotipos sociales esperados, consecuencia de vivir en una cultura diferenciada, con una manera de ver como de no ver, y con los miedos que despiertan esas percepciones. La primera impostura sería buscar un lugar que evite la agresión y donde los demás no las vean amenazantes, asumiendo un bajo perfil. La segunda tratar de imitar los modelos masculinos exitosos y a través del liderazgo femenino meterse de lleno en la innovación. La tercera impostura sería mostrarse según la mirada del hombre, en un plano de igualdad sui generis, pero comportándose según el deseo masculino. En fin, la autora decía que las mujeres a menudo tienen miedo a mostrar su identidad para evitar el rechazo del grupo de pertenencia cultural.

En nuestros días algunos hablan del vacío cultural de la época, de la ausencia de valores de conciencia, que se verifica tanto en las personas como en la sociedad, y ese vacío cultural sería la “causa causorum” de un mundo cruel e inhumano que no ha tomado el timón de su propio destino con inteligencia y responsabilidad.

Tenemos que entender y aceptar que vivimos en una sociedad donde impera la diversidad en la orientación sexual e identidad de género, en la religiosidad, la ideología, el estatus social y hasta el sentimiento nacional. Sin una cultura de respeto aflora la intolerancia, sin una cultura de paz surge la violencia, sin una cultura de valores como la honestidad y el altruismo aparece la corrupción y la mezquindad.

Hace unos días falleció Jean Daniel, a los 99 años, figura legendaria del periodismo francés e internacional. Daniel era judío argelino pero reconocía que se había formado intelectualmente en Francia y, podría decirse que fue el continuador de otro argelino, Albert Camus, a quien admiraba profundamente y con quien compartió tareas en la redacción. Fundador del semanario Le Nouvel Observateur, como alguien dijo en su obituario, allí le dio espacio a todas las corrientes del pensamiento, defendió a los periodistas de verdad y acogió a los intelectuales de talento.

La biografía de este intelectual que nunca negó su pertenencia a la izquierda intelectual es por demás interesante. Participó del desembarco de Normandía y fue corresponsal en la guerra de Argelia. Se opuso al colonialismo de Charles De Gaulle, procuró acercar a Fidel Castro y John F. Kennedy, defendió la legalización del aborto y los derechos de los homosexuales como batallas por la ampliación de derechos, y se lo calificó como un disidente perpetuo. En efecto, este hombre mediterráneo, francés y judío (él se definía en ese orden de preferencia) fue un crítico tenaz de todos los dogmatismos. Con Camus compartía la aversión por el afán capitalista de poseer cosas innecesarias. Daniel, que según dicen tenía mal carácter, no fue condescendiente con nadie, mucho menos con los suyos, pues, cuando el judaísmo se vuelve integrista surge la prisión:”La prisión judía es cruel, gloriosa, absurda, eterna como la condición humana”.

En una Francia donde colisionó el catolicismo gaullista con el laicismo de la Revolución Francesa y el republicanismo, él adoptó una tesitura crítica e independiente. Al igual que Camus señaló los excesos del imperialismo soviético y los gulags, mientras Sartre en su ingenuidad continuaba esperanzado en que la URSS sería el puente hacia la libertad y un mundo mejor, sin embargo Daniel no dejó de considerar respetuosamente a Jean-Paul en su sentimiento de culpa por ser burgués (pertenecía a la burguesía académica de La Sorbonne del Siglo XX), culpa de la que también participaba el movimiento filosófico y literario que lideraba, y que en un mítico café parisino del Boulevard de Saint Germain se reunía para discutir e interpretar el mundo.

A Daniel se lo criticó por su proximidad a ciertos líderes del poder, que incluso lo llevó a asumir misiones diplomáticas. Cuando se refirió al terrorismo dijo que no había que adoptar los valores del enemigo, tampoco imitar sus medios para derrotarlo con el pretexto de que los fines son diferentes, ya que justamente son los medios los que siempre determinan los fines. Hasta el final de sus días mantuvo su pertenencia intelectual enmarcada en una lucidez crítica y moral.