Este encierro prolongado y agobiante nos hace recordar muchas cosas, nos da tiempo para la reflexión, y actúa como disparador en una época en que los gobiernos pretenden reescribir la historia, incluyendo los antepasados. Para Borges cada autor crea sus propios antepasados, lo mismo le pasa a la gente corriente. En todo caso, la culpa es del Covid-19. En efecto, hemos encontrado el chivo expiatorio de muchos problemas, incluso anteriores a la existencia misma de este virus, al extremo que hoy sustituyó al terrorismo, exigiendo una narrativa diferente. Y claro, la violencia también es otra.

Como consecuencia del asesinato de Georges Floyd las sociedades han reaccionado contra el racismo con más de cuatro mil marchas en estos días, desde Europa hasta Asia. Haciendo un paneo compruebo que, Paris Match y L´Express (Francia), The Economist (Inglaterra), L´Espresso (Italia) y Der Spieguel (Alemania), coinciden en utilizar la palabra “fuego” para describir estas rebeliones, donde la lucha contra el racismo se entrecruza con la epidemia. También veo como Trump, Boris Jhonson y Bolsonaro persisten en sus taimadas actitudes, niegan lo que les es adverso. La contracara visible de estos impresentables son Angela Merkel, Jacinda Ardem y Sanna Marin, al frente de Alemania, Nueva Zelanda y Finlandia, quienes han demostrado tener la fortaleza, la energía y la inteligencia que no tienen estos mandatarios de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Brasil; mis amigos de esos países me confiesan sentirse avergonzados.

Merkel, hija de un pastor luterano y que debió vivir su juventud en la Alemania del otro lado del Muro, bajo control soviético, de allí que hable el ruso, tomó sus decisiones asesorándose prudentemente con un “equipo interdisciplinario” (médicos, psicólogos, juristas, pedagogos), y lo hizo con una visión humanitaria (como encaró el tema de los inmigrantes), evitando establecer una opción falsa entre la vida y la muerte con el objeto de lograr la docilidad de los que piensan diferente. Ardem dispuso reducir su sueldo y el de sus ministros en un 20% durante seis meses y, con ese simbolismo dijo que si había un momento para cerrar la grieta en su país era ahora, incluso manifestó que no buscaba aplanar la curva de contagiados sino eliminar la enfermedad. Marin, la primera ministra más joven del mundo (34 años) que asumió en diciembre pasado, criada en una familia homosexual, que fue la alumna más pobre de la clase, implementó una política de “testear, seguir, aislar y tratar”, impidió cerrar las guarderías por considerarlas imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad, y recurrió a una red de “operadores críticos” (médicos y enfermeras) para que el mensaje llegase a donde no llegaba el mensaje oficial. Cualquiera que siga la política internacional comprobará que estas mujeres deben convivir con una oposición que no es precisamente anodina, pero ellas saben dialogar, tienen buenas intenciones y objetivos transparentes, evitan presentarse como “líderes providenciales”, y no recurren a impostaciones que causan vergüenza ajena, por eso infunden confianza. Las tres tienen sus aciertos y sus errores, pero edificaron su éxito y prestigio en los hechos, desechando teorías conspirativas, propias de las narrativas populistas. Cómo será el futuro, no lo sabemos, deseo que ellas no pierdan el rumbo. Como ciudadano de aquí me entristece que nunca hayamos tenido una Merkel, ni una Ardem o una Marin, claro tampoco somos Alemania, Nueva Zelanda o Finlandia, donde como decía mi abuela también se cuecen habas.

Hace un par de años escribí en el blog un artículo sobre el Mayo Francés del 68 con motivo de que se cumplían 50 años de la revuelta estudiantil. En aquella época cursaba los primeros años de la universidad y aquel episodio sucedió dos años después de La Noche de los Bastones Largos, cuando la Policía Federal desalojó por la fuerza a estudiantes, profesores y graduados que habían tomado como protesta cinco facultades de la UBA. Hacía un mes que Onganía había derrocado al gobierno constitucional de Illía. La violenta represión fue con bastones largos y, ni el decano Manuel Sadosky se salvó, terminando con la cara ensangrentada. Se hicieron cuatrocientas detenciones de universitarios, se destruyeron laboratorios y bibliotecas. También se disolvieron las facultades de Sociología y Psicología, casas de estudio que engendraban “mentes subversivas”. Científicos y profesores debieron emigrar a universidades de los Estados Unidos, Canadá y Europa, y la universidad argentina nunca más volvió a ser lo que fue… La referencia apunta a dar una idea de por qué entonces muchos no teníamos suficiente información de lo que estaba sucediendo en París. Ese movimiento estudiantil tuvo repercusiones en otros países y, aquí el coletazo fue en la Ciudad de Córdoba: “El Cordobazo”, insurrección popular liderada por dirigentes obreros, a la que se sumaron estudiantes. Diez años después visité por primera vez París (ciudad a la que no me cansa volver), me alojé cerca del Bulevar Saint-Germain, y quise revivir en mi imaginación aquella revuelta de la que me hubiera gustado haber sido testigo.

Los estudiantes franceses armaron una rebelión estruendosa, algo muy típico en los franceses cuando están disgustados. Comenzó a finales de marzo en Nanterre, en las afueras de Paris, y se prolongó hasta junio cuando De Gaulle retomó el control de la situación. En estos días de pandemia Marcelo Birmajer publicó una nota en contra de aquel mayo y, dice que existe un malentendido: “Los manifestantes tomaron las calles e intentaron impedir el normal funcionamiento de una de las democracias más prósperas del planeta”. Señala que allí vivían inmigrantes de todo el orbe, los que huían de la URSS, los latinoamericanos que escapaban de las dictaduras militares, millones de africanos y árabes, y hasta exiliados del franquismo, por eso sostiene que se hacía fila para vivir en París, mientras estos jóvenes franceses, provenientes de las clases media y alta, combatían lo que consideraban que era una democracia injusta, y planteaban como alternativa el maoísmo, el castrismo, el guevarismo, el stalinismo y otras variantes antidemocráticas. No tengo dudas de que en aquella época para muchos extranjeros Francia era un paraíso, sin embargo para muchos franceses era un infierno. No hay que olvidar “le malaise”, el cíclico malestar francés, quizás estimulado porque la renta y la riqueza están cada vez peor distribuidas, insatisfacción que los franceses expresan a viva voz en la calle. Hoy muchos ciudadanos galos denuncian la falta de ascenso social, en una sociedad cuyas relaciones son distantes y conflictivas. Los franceses se han acostumbrado a vivir bien y no están dispuestos a perderlo. Alexis de Tocqueville, sobrino de Chateaubriand, señaló que la revolución de 1789 no ocurrió en un momento de miseria, sino después de mejoras. Birmajer sostiene que entre la herencia de ese mayo sobrevive la intención de reivindicar a los delincuentes (algo de eso sucede en la Argentina de estos días) en consonancia con la concepción de Foucault, y recuerda que el filósofo adhirió en 1979 al ayatollah Khomeini, que llegó a asesinar a homosexuales.

Nicolás Casullo, investigador de las ideas (decía que la historia de las ideas es un fino hilo que las distingue de las ideas en la historia), entonces se hallaba exiliado, participó del Mayo Francés, y muchos años después escribió: “París 68”. Rescata ese movimiento que para él fue una revolución cultural y de costumbres, democratizante y antiautoritaria, que recorrió la historia llegando a una edad de postilusiones, postrevolucionaria, postpolítica, postideológica y postmoderna (Casullo murió en 2008). Señalaba que para los estadounidenses fue un dato cultural, estético, de los tiempos críticos, postmodernos, que enjuició representaciones, arte, valores, racionalidades, conductas y objetivos del “mundo burgués”, que comenzaba a sentir lo moderno como tradición que nos contempla. En los franceses revivió las ideas de Rousseau. Pero por encima de estas miradas divergentes, habría una tercera vía diferenciada de los leninismos y neo-anarquismos. El movimiento, más allá de su fracaso, dio pie a muchos cambios y nos dejó algunos interrogantes que motivan hipótesis contrafácticas.

Desde el Affaire Dreyfus hasta el Mayo del 68, Francia se presenta ante el mundo como “la patria de los intelectuales”, ya se trate de intelectuales universales al estilo de Sartre, intelectuales moralistas como Camus, intelectuales específicos por caso Foucault, o intelectuales de acción como André Malraux. Francia ha sido el gran escenario del debate intelectual, desde Zola a Gide, desde Camus a Sartre, desde Foucault a Bordieu.

En fin, en medio de esta inmovilización forzosa y globalizada, donde hasta el vuelo de las moscas se halla suspendido, me sorprenden ciertas insurrecciones populares, como en Hong Kong, Chile, Beirut, entre otros. También aquí han vuelto los cacerolazos y los piquetes. Unos reclaman libertad y ampliación de derechos, otros ayuda para enfrentar los desastres de esta economía pandémica, comenzando por paliar el hambre. Y me sorprendió la noticia en Facebook de que en Dinamarca las personas que reciben ayudas del Estado estarían inhabilitadas para votar (voto calificado), para evitar el clientelismo, como acostumbro procuré verificar la información, desmentida por la Embajada danesa.

En los noticieros locales veo al presidente recorriendo el país con su gabinete, como si estuviese en campaña, cortando cintas inaugurales, pronunciando discursos que están muy lejos de la consigna “Argentina unida”, prodigando abrazos sin barbijo, sin distancia social y, pienso que Kafka se quedó corto. Excepto el ejecutivo, los otros poderes siguen en cuarentena, no puedo olvidar a Luis XIV: L’État, c’est moi. Cualquier observador nota que se torna patente la Argentina de las verdades absolutas y de las decisiones extremas, que en el fondo no es más que la Argentina de los pasos perdidos… El surrealismo impulsado por gente iluminada así como por la información manipulada exhuma disputas inveteradas y moralmente miserables, como las sostenidas entre unitarios y federales, estatistas y privatistas, patriotas y anti-patrias, que no logran maquillar lo obsceno, el grotesco, lo bizarro. Y muchos toman partido con una olímpica ignorancia de la historia, hacen comparaciones superficiales y falaces, opinan sobre temas técnicos y complejos, y emiten juicios terminantes de aquello que no saben. La prepotencia de una historia que se teje sobre una miserable trama de destrucción masiva y pobreza planificada, que se procura destejer sin éxito desde la denuncia. En fin, a Unamuno le dolía España, a mí como a tanta otra gente de bien, me duele mi país.