El día anterior a que comenzara la cuarentena volvía de Zárate al mediodía y como acostumbro me detuve en el ACA de Ingeniero Maschwitz  para tomar un café y de paso cargar nafta, revisar los líquidos y  limpiar el parabrisas. Yo estaba vestido con ambo, venía de trabajar, el playero me identificó como médico y quiso entablar un diálogo. Hizo comentarios sobre la actualidad, la política, los sindicatos, la corrupción, y  me sorprendió su inteligencia y sentido común, algo que muchos con instrucción universitaria y postgrados carecen. El hombre que tendría unos 55 o 60  años revelaba ser buen observador, sabía de qué hablaba, no decía estupideces como las que circulan en los medios. Confieso que disfruté los 15 minutos de charla. Proseguí el camino y mientras conducía pensaba lo injusta que es la vida con algunos, pues ese hombre podría haber sido un brillante profesional o quizás un digno legislador. Frente a la desigualdad de oportunidades  no puedo ignorar que para algunos la vida fue, ha sido y es muy dura. En la universidad tuve muchos alumnos que trabajaban para poder pagarse los estudios, y que incluso tardaron más años en graduarse por el tiempo que les restó el trabajo. Siempre  procuré apoyarlos, los alenté por el esfuerzo que hacían y, no niego que me gratifica cuando me dicen que como profesor les di una oportunidad.

Por otra parte, admiro a las personas que revelan una comunión entre su obra y su trayectoria de vida, aunque debo reconocer que no es tan común. Cuando en 1996 para inaugurar las actividades de la Fundación decidimos crear los Premios “Vida, Obra  & Persona”, convoque a varios amigos, figuras de distintas disciplinas, para que fueran jurados y decidieran a quienes debíamos premiar. Traté de no influir, además no soy un entendido en la mayoría de los campos que abarcaban los premios. Se premió a gente de trayectoria, muy reconocida, pero al cabo de un tiempo comprobé que con algunos nos habíamos equivocado y, luego de la segunda edición decidimos no continuar.  Hay gente que revela ser quien es cuando tiene la oportunidad de acercarse al poder, no antes, y uno no puede predecirlo. Terminamos dando vuelta la página, preferimos olvidar el traspié y seguir adelante con la tarea de la Fundación.

El día de la Bandera, un  día adverso para el ejecutivo por la protesta popular en todo el país, sin distinciones de clases sociales, más allá de las burdas  manipulaciones para generar confusión y restarle importancia, una imagen por TV me sorprendió por aquel viejo adagio que dice que, “una imagen vale más que mil palabras”. En efecto, frente a la residencia de Olivos, entre los manifestantes, un hombre joven, robusto, cartonero, con su carro lleno de los desechos  que recoge en la calle, exhibía un cartel que decía: ¡No a ninguna privatización! Qué notable, un  ciudadano pobre, que no pertenece a la “oligarquía”, pero que con dignidad estaba defendiendo uno de los pilares de  nuestra Constitución: la propiedad  (los otros son la protección a la vida y la libertad). No tengo dudas que ese cartonero, a diferencia de tantos otros, es, un hombre de principios. Le comenté a un amigo politólogo que la oposición podría haber utilizado esa imagen no fabricada por el marketing como símbolo contra la grieta, y él me respondió que en toda grieta los sectores de uno y otro lado viven de ella, en este caso del poder y los dineros públicos con los que se hacen negocios, por eso el cierre de la misma no conviene ni a unos ni a otros. ¿Por qué en un país rico el pueblo está cada vez más pobre? Y él me dijo: cuando se busca la masiva dependencia del Estado, el pueblo pierde autonomía y debe conformarse con lo que le den, una vieja práctica abusiva e inmoral…

El día siguiente se celebró el día del padre. Lamenté mucho no poder abrazar a mis hijos ni besar a mis nietos, porque todos nosotros cumplimos a conciencia con la cuarentena, y a pesar de que critiquemos los errores que cometen los que dirigen la medida no por eso somos “anti-cuarentena”, como se esgrime para justificar lo injustificable. Sabemos diferenciar el “riesgo” del “miedo”, no somos tontos, tampoco kamikazes.

En estos días muchos hablan de Finlandia como el modelo de país que deberíamos seguir. Conozco algo de su historia y de datos estadísticos que la posicionan en un lugar de privilegio. En realidad todos los países nórdicos están muy bien. Con mi mujer hicimos una visita fugaz a Helsinki mientras nos alojábamos en San Petesburgo. Decidimos almorzar en un gran restaurante, donde habría unas 40 personas. La mayoría mientras almorzaba leía o trabajaba con  su notebook. El silencio que reinaba era propio de las bibliotecas públicas y observé que cada uno estaba en su mundo. También había mesas con dos o tres comensales que dialogaban pero sin estridencias. Había pasado ya una hora cuando miré hacia el piso y me di cuenta que varios tenían a su lado un perro. En efecto, habría una docena de perros en el local cuya presencia no advertí porque estaban en silencio. Recuerdo que le dije a mi mujer: se ve que hasta los perros aquí son educados. También muchos hablan de Holanda como modelo y, fuimos a Amsterdam mientras  nos hospedábamos en Bruselas. Me pareció una ciudad muy peligrosa por los cientos de miles de bicicletas que circulan por el centro a alta velocidad, hay que prestar atención para que a uno no se lo lleven puesto. Mucha juventud, mucha libertad. Quisimos visitar la casa de Ana Frank, próxima a uno de los canales, pero no pudimos por la cantidad de gente que pugnaba por entrar. En esa casa vivió la niña judía que soñaba ser novelista, recluida con su familia y otras cuatro personas durante casi dos años y medio ocultándose de los nazis. Fueron descubiertos, se los envió  a campos de concentración y, al igual que otras mujeres no seleccionadas para morir de inmediato, a Ana le raparon la cabeza y le tatuaron un número de identificación en el antebrazo, allí murió de tifus. En mi paso por el Hospital Israelita en algunas oportunidades asistí a pacientes viejitos que tenían el número tatuado y, siempre me produjo una profunda indignación, pues qué derecho tenían a marcar un ser humano como si fuese una res. El padre de Ana fue el único sobreviviente, y editó ese registro que ella llevaba del lugar secreto en un cuaderno bajo el título: “Diario de Ana Frank”. El negacionismo del Holocausto, miserable a todas luces, agitó la versión de que Ana Frank nunca existió y que el libro era una falsificación de la historia. Conflicto que obligó a realizar varias investigaciones y ante los tribunales se demostró que la negación era una infamia.

En fin, también infames son los que entre nosotros alimentan la grieta, esforzándose  para que cualquier problema se convierta en un falso dilema y así llevarnos a una situación límite, sin mayores alternativas. Pretenden hacernos caminar por la cornisa, que veamos el mundo en blanco y negro, induciéndonos a apoyar su propuesta  pero pretendiendo hacernos creer que es obra de nuestro libre albedrío. Cualquier persona, medianamente inteligente, que analice los discursos de uno y de otro advertirá que los argumentos son endebles y que el entramado termina siendo anti-lógico. Por eso rechazo las versiones maniqueas, son una falta de respeto, aunque reconozco que esas falacias son de consumo masivo y por gente de todos los niveles culturales. 

Como sucede en otros países, el negocio del espectáculo se instaló en el teatro de la política, alimentando el odio y manteniendo abierta las controversias de las que  viven políticos, sindicalistas, empresarios de medios. Desde hace muchos  años  pienso en la necesidad de que exista una política que no tenga que pasar necesariamente por los partidos, que puedan postularse “candidatos independientes” que respondan con lealtad a sus votantes. Sé que esto resulta muy difícil, es ir contra el corporativismo y el negocio de la partidocracia. La gente se ha acostumbrado a votar listas sábanas, conoce el nombre del que encabeza la lista y en el mejor de los casos el segundo y quizás el tercero, pero atrás sigue una larga lista de ignotos cuyo lugar se negocia en medio de tejes y manejes dentro de la estructura partidaria, por eso cuando emiten algún juicio en público dan vergüenza ajena, no tienen altura intelectual ni están capacitados para esa función, pero eso no importa, ellos están para dar quorum y alzar la mano siguiendo “la disciplina partidaria”, ese es el santo y seña de nuestra deplorable realidad política.

Un problema sanitario actual es el efecto paradojal de este confinamiento sin horizonte, es decir que una persona no enferma a través de un encierro prolongado y mal manejado termine enfermándose. En medicina lo llamamos “iatrogenia”. Desde que comenzó la cuarentena atiendo llamados telefónicos y por WhatsApp de personas solas, que con el bombardeo   informativo y las opiniones encontradas se angustian, alguno  llega a experimentar pánico.  Sin ser psicólogo los escucho, les explico la situación, procuro contenerlos emocionalmente, y les prometo que si se infectan no los abandonaré. Psicólogos de la UBA sostienen que la gran mayoría de los encuestados tienen a esta altura algún trastorno de malestar psicológico. Y claro, el stress emocional no lo ve quien no quiere verlo. Está presente en todas las edades. Un experto en educación recomendaba que los niños mantengan los vínculos escolares con los compañeritos y las maestras aunque sea por Internet (aumentaron las regresiones en los más pequeños), que los adolescentes no se encierren en sus habitaciones durante horas ya que a menudo se encierran con su angustia. También he escuchado a chicos del último año de secundaria decir que les robaron el año, ese año que esperaban con tantas ansias. Es comprensible.

En una nota periodística el autor se quejaba de los científicos que ya no aportan la tranquilidad necesaria, que producen exabruptos y simplificaciones, y que incluso hay infectólogos que parece haberles gustado demasiado la TV, al punto de hablar de todo en calidad de panelistas. También decía que a los “millenials porteños”,  tratados de “estúpidos”, por DNU no pueden ver a sus amigos, practicar deportes, ir a la escuela ni visitar a sus abuelos. En fin, las voces se propagan en el viento, quienes deben prestarle atención no lo hacen, quizá tengan otros intereses. Me viene a la memoria una novela cuya trama olvidé pero recuerdo su título: “Dejemos hablar al viento”, de Juan Carlos Onetti, a quien un día tuve el placer de escuchar personalmente en su exilio español.Hoy los economistas se muestran preocupados por el PBI, pero el futuro del país no solo depende de este índice. ¿Acaso no importa el bienestar emocional, psicológico y social? Me preocupa mucho más el índice PCI (poder, coimas, impunidad) o el PIV (pobreza, inequidad, violencia). Y con relación a la tan publicitada post-pandemia, recordé una serie de ciencia ficción que en mi adolescencia veía por TV: “Rumbo a lo desconocido”.