Vivimos entre la incertidumbre y la esperanza, situación que no podemos eludir, en consecuencia, pienso que la experiencia actual debería ser aprovechada en todos los órdenes. No estábamos preparados para un escenario de crisis con estas características y, más allá de que habrá que reintegrarse sorteando muchas dificultades, no podemos volver como si no hubiese pasado nada, ya que tenemos que capitalizar esta experiencia.

Cuando cursaba microbiología en el tercer año de la facultad, recuerdo que el profesor nos decía que no debíamos menospreciar a los virus, quienes por sobrevivir revelaban ser más inteligentes que nosotros. Este virus saltó de los animales al ser humano, pero a veces sucede lo contrario, del dueño pasa a la mascota. Al iniciar el ciclo clínico, los docentes nos decían que a los métodos de estudio debíamos pedirles solo aquello que podían dar, no más, y con la terapéutica debíamos asumir igual actitud. Esos consejos los internalicé, sirvieron para formarme y se los transmito a mis discípulos. Por eso me pregunto qué pretenden políticos y expertos de la cuarentena, qué le piden. Si pretenden más de lo que puede ofrecer deberían leer la historia de la medicina (uno de los agujeros negros de la educación médica), en particular la de las epidemias. ¿Acaso creen que con una vacuna será suficiente para solucionar la pandemia? Ni hablemos de la población anti-vacuna, pues en estos días en Berlín han marchado desde la Puerta de Brandeburgo (ese monumento que Napoleón intentó trasladar a París y que Hitler utilizaba para sus coreografías) 20.000 personas sin barbijos ni distanciamiento social reclamando por la libertad robada, alabando las defensas naturales y negando las vacunas. Resulta curioso en un país elogiado por el manejo contra la pandemia y donde los chicos ya comienzan a retornar a las escuelas. En fin, más allá de las quejas de estos trogloditas y de la búsqueda de una vacuna que sin duda necesitamos, lo más rentable sería dar con un antiviral efectivo. Con cuarentena o sin cuarentena los virus seguirán circulando, de allí que a esta altura lo fundamental sea la higiene. La concientización de estos hábitos por la población resulta fundamental y, mentalizarse que habrá que convivir con el virus, lo vengo repitiendo desde que comenzó la cuarentena. Esta semana el director general de la OMS sorpresivamente dijo: “No hay solución y quizá nunca la haya”. Yo no soy tan pesimista. Quizás el colega esté deprimido por las críticas que le llueven. Es cierto que la OMS ha incurrido en errores, tardanzas y contradicciones, sin embargo no creo como ciertos personajes impresentables que haya que destruir el organismo internacional.

En estos días leí el anticipo del libro de Mary L. Trump sobre su tío, el presidente de los Estados Unidos. Hija del hermano mayor, ya fallecido, Mary es psicóloga clínica y comenta ciertos secretos que ayudan a entender el proceder errático de Donald, quien parece no tomar nada en serio, ni siquiera el Covid-19. Y se decidió a escribir este libro porque considera que si su tío es reelecto será el fin de la democracia en ese país. Cuando en 2015 anunció su candidatura, la familia no lo tomó en serio, creyó que solo buscaba publicidad gratuita. La hermana mayor de Donald, jueza de la corte federal de apelaciones, habría dicho puertas adentro que era un payaso. Mary sostiene que como su reputación era la de un hombre de negocios fracasado (se fue a la bancarrota cinco veces), además de una “estrella apagada” de un reality show, terminaría fracasando. La familia se equivocó. Dice que cuando visitó la Casa Blanca, a través de las puertas vidriera vio que se realizaba una reunión, donde una docena de congresistas de pie rodeaban a su tío que permanecía sentado y, la escena le recordó una de las tácticas de su abuelo: hacía que los que tenían que pedirle algo fueran a él, en su oficina de Brooklyn o en su casa de Queens, y permanecía sentado mientras los otros estaban de pie. Según Mary, su tío cumple con los nueve criterios del Manual Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales (DSM-5), pero además tiene otros síntomas dentro de los criterios del trastorno de personalidad antisocial, pues revela incapacidad para tomar decisiones y asumir responsabilidades. También comenta la discapacidad de aprendizaje que interfiere para procesar información. Donald bebe más de doce Coca-Cola light al día y duerme poco. Nunca vivió en el mundo real, siempre estuvo contenido en alguna institución, ahora es la Casa Blanca. Para ella su carácter lo forjó la crueldad de su padre y las enfermedades de la madre, llegó a pagar para que le hicieran el examen de ingreso a la universidad y, Donald Trump maneja el país como su abuelo dirigía su familia. El año pasado, caminando por Manhattan, al llegar a la Quinta Avenida, entre las calles 56 y 57, vimos a numerosos turistas que se regocijaban sacándose selfies frente a la Trump Tower (…)

Hace 20 años, cansado de tantas decepciones tomé la decisión de dejar de optar entre lo malo y lo peor, siguiendo a Saramago, comencé a votar en blanco, le di mayor responsabilidad a mi voto, a la vez que empecé a gestionar la decepción de otra manera. Me dije a mi mismo que no podía responsabilizarme de tanto mal. Que no importaba lo que hiciesen las mayorías, cuyas locuras han generado las mayores tragedias de la humanidad, sino que debía actuar conforme a mi conciencia. Entonces escribí un ensayo que se convirtió en un opúsculo, el que salió a la luz un par de años más tarde y cuyo título hoy cambiaría. En fin, pienso que si todos aquellos que no estamos intoxicados por las ideologías, no consumimos relatos políticos, no caemos en el fundamentalismo de santificar a un líder negando su veta corrupta, adoptásemos el consejo de José Saramago, otra sería la realidad del país. Pero nada hace pensar que eso sucederá. Es posible que los que no fuimos alcanzados por esa patología lleguemos tal vez a ser el 40% de la población, a la que los analistas califican como “electorado independiente”. Pensar que ese sector de la sociedad podría poner las cosas en su lugar, sepultando los actuales paradigmas y comenzando a escribir otra narrativa. Si masivamente les retirásemos el apoyo a los políticos al negarles el voto, ya no podrían seguir jugando ese juego de póker con el que vuelven tontas a las masas o enloquecen a muchos, tampoco podrían ignorar la consideración y el respeto que merecen los ciudadanos. Los gobernantes no seguirían abusando del poder gratuitamente, ya sea desde la provocación o desde la impunidad, mucho menos mostrarse prepotentes cuando en realidad son ineptos y procuran ocultar su impotencia con promesas que jamás cumplirán. Pero lo grave es que a muchos votantes no les importa que su líder diga una cosa y haga otra, en tanto y en cuanto sea “su político”, el que identifican como miembro de su tribu, por eso aquí encontramos las manifestaciones abyectas de la tribu. Nos hemos acostumbrado a que en cada elección los partidos mayoritarios nos metan un caballo de Troya con el que engañan al pueblo (palabra en mi caso de uso restringido dado el abuso que hacen los demagogos), que por estar construido en madera no permite ver lo que hay dentro, sin embargo para aquellos que se atreven a pensar libremente, sin cortapisas, ese caballo termina siendo como de cristal, trasparentando la estrategia de mala calidad a la que recurren, viejo vicio de la política vernácula, que desde hace más de 200 años da sus frutos, claro que frutos podridos.

Montesquieu vio con claridad los dos excesos que amenazan a toda democracia: el espíritu de desigualdad (aristocracia) y el espíritu de igualdad extrema (despotismo). La historia nos demuestra hasta el cansancio que tanto con la aristocracia como con el despotismo no llegamos a ningún buen puerto.

En la Argentina la clase media está sujeta a la “doble imposición”, ya que sostiene la educación pública con sus impuestos pero con frecuencia envía sus hijos a escuelas y universidades privadas. Conste que los tres ciclos educativos yo los hice en instituciones del Estado, que más allá de ciertos cuestionamientos tenían otra calidad y daban una respuesta social que hoy está ausente; cuando le tocó a mis hijos quise hacer lo mismo pero al cabo de un tiempo tuve que optar por la educación privada. También una clase media que cuando se jubila sostiene al PAMI pero jamás usa esa obra social porque contrata, no sin grandes esfuerzos, una medicina prepaga. Y una clase media que mantiene a la policía pero paga seguridad privada. Esto forma parte de los hechos, no de las opiniones, menos de las ideologías estatistas o privatistas. Desde hace décadas los gobiernos han alimentado esta doble imposición, que revela una profunda inequidad.

En el juego de las prioridades se establecen preferencias cuya aceptación demanda una sólida justificación. Priorizamos unas cosas sobre otras y a menudo lo hacemos luego de un análisis o dejándonos llevar por el sentido común. Pues bien, frente a las penurias que vivimos, se plantea una reforma judicial, imperiosa y urgente, que en nada afectará a los delitos comunes, léase la seguridad pública. Estaría más bien destinada a la Corte y los Tribunales Federales de Comodoro Py, que de ponerse en marcha costará miles de millones de pesos, los que saldrán de nuestros esquilmados bolsillos. La cuestión sería política, dicen, pero también leí que cuatro de los cinco miembros del máximo tribunal fueron designados por el partido que está en el poder, al igual que nueve de los diez jueces federales. En fin, otra de las fatídicas prioridades que nos sitúan en el abismo.

Pertenezco a una generación que vio por TV la llegada del hombre a la Luna, que alentó los movimientos independentistas y condenó el colonialismo, que creyó en utopías de cambio y tuvo que convivir con la violencia armada de arriba y de abajo, de derecha y de izquierda. La experiencia revela que cuando es ineludible hacer un cambio, se abren dos caminos: el del diálogo y el de la violencia. Prefiero los cambios por las buenas. La otra vía pone de manifiesto el lado tenebroso de la humanidad, que requiere de una psicología de la oscuridad, y que no suele conducirnos a la verdad y la justicia. Hoy por hoy vemos mucha gente sometida, que resiste estoicamente, se calla y cuida las apariencias, pero un buen día encuentra su límite y dice basta… Mi abuela solía decir que lo que no sucedía en cien años podía suceder en un día.

Una empresaria española de la tauromaquia, comentaba que hay valores perdidos en la sociedad y que están representados justamente en la tauromaquia (me gusta el colorido y la música del paseíllo, no la crueldad con el toro), y que en algún momento habrá que volver a ellos, como ser el espíritu de superación, la honestidad, la disciplina, el compañerismo y la capacidad de sacrificio. Me dejó pensando un largo rato, porque al fin de cuentas los toreros lidian con los toros, no con las personas.