La cuarentena debe continuar, según el presidente, pero la novedad es que ya no se llama cuarentena, de acuerdo al anuncio que hizo en la décima prolongación del aislamiento obligatorio. Al parecer los “expertos” le han aconsejado que ya no emplee la palabra cuarentena, aunque continúe, vaya uno a saber hasta cuando, mientras tanto yo desde el 20 de marzo sigo sin poder abrazar a mis hijos ni besar a mis nietos, pues, en la familia hemos adoptado una actitud propiamente socrática, aunque nadie esté dispuesto a beber la cicuta. Pertenezco a una población de riesgo, o si se quiere de doble riesgo, por la edad y la profesión. Por eso la demostración de mis afectos ha pasado a formar parte del mundo virtual, que debemos aceptar como algo inevitable y que se proyectaría en el firmamento. Dicen que nuestro futuro será la virtualidad. Es evidente que interpretar la realidad no es el fuerte de los políticos, se enojan con ella o la niegan.

Recuerdo que en uno de los hospitales donde trabajé como jefe de servicio, la comisión directiva fue desalojada a la fuerza por otros miembros de la colectividad que ocuparon su lugar. Los que asumieron inmediatamente dijeron que ahora había un nuevo hospital, aunque todo permanecía igual. Pero antepusieron al nombre del hospital el adjetivo “nuevo” con la intención de modificar la realidad. La única novedad consistió en que una corrupción fue sustituida por otra corrupción, algo que aquí ya no causa asombro.

Vivimos en una sociedad donde las palabras no suelen ser valoradas, sin embargo para mí está vigente aquella frase socrática de: “habla para que yo te conozca”. Es evidente que los asesores del poder no aman las palabras, tal vez porque la verdad no forma parte de sus prioridades. En cambio los escritores, los trovadores y los oradores de fuste denotan precisión en el manejo del vocabulario. Desde chico me enseñaron en familia, y no en la escuela, que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

El hecho también me recordó que hace unos años hubo un escándalo político-mediático con la investigación de una droga en un hospital que habría producido una desgracia humana. En el camino de retorno a mi casa recibí un llamado al celular de un periodista que quería hacerme una entrevista por la radio en el momento. Le pedí que aguardara unos minutos y entré a un bar. Procuré darle mi opinión, haciendo mención que desconocía los pormenores del caso y, proseguí mi camino, no bien llegué encendí el televisor y vi cómo el abogado que representaba a la institución oficial corregía reiteradamente a los periodistas que hablaban de experimento, los rebatía aduciendo que se trataba de un “protocolo científico” y no de un experimento. Pues bien, si aleatoriamente a un paciente le damos una droga y a otro un placebo, para comprobar sus efectos, estamos experimentando. A qué viene tanto eufemismo. Toda operación destinada a descubrir, comprobar o demostrar determinados fenómenos o postulados científicos, es, un experimento. También cuando a un paciente debo explicarle lo que le sucede procuro hablar claro, sencillo y preciso, porque si omito la palabra apropiada o busco otra que desvirtúe el verdadero sentido del mensaje, le estoy faltando el respeto, y mi deber moral es decirle la verdad, obviamente adaptada a su realidad. Eso justamente es lo que pasa en la Argentina con los políticos, no tienen respeto por el ciudadano.

Aquí expertos y asesores curten el “gatopardismo”. En mis siete años de alumno en la Dante Alighieri, la novela “Il Gattopardo”, de Lampedusa, estuvo siempre presente. En su momento Einaudi y Mondadori no quisieron editarla, lo hizo Feltrinelli de manera póstuma y, Luchino Visconti la llevó al cine. Tancredi, un trepador con ambiciones políticas, como tantos que conocemos, le dice a su tío Don Fabrizio, que era príncipe: “Se vogliamo che tutto rimanga come è bisogna che tutto cambi”. La historia se desarrolla en Sicilia, donde la burguesía en ascenso y leal a la Casa de Saboya sustituye como nueva élite en el poder a la aristocracia, llegando a recurrir al fraude electoral bajo la apariencia de una democracia. De esa novela proviene la calificación en política de gatopardismo. Y la Argentina fue, ha sido y es un claro ejemplo de gatopardismo.

Pasaron 75 años de que fueron arrojadas las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Uno de los historiadores que más ha estudiado este crimen de guerra, Peter Kuznick, quien dirige el Instituto de Estudios Nucleares de la American University (Washington, DC), dijo que Harry Truman no consultó a los militares porque ellos no estaban de acuerdo, por eso el general que tenía bajo su control el armamento nuclear eludió al Estado Mayor Conjunto. En Hiroshima fue una bomba de uranio y en Nagasaki una bomba de plutonio las que desataron ese infierno. El presidente Truman firmó las dos órdenes para arrojar las bombas cuando la rendición de Japón ya era irreversible. Miles y miles de vidas de niños, mujeres y hombres inocentes se perdieron, pero Truman logró su objetivo, hacerle llegar el mensaje a Stalin. Una historia truculenta. Dicen que luego del hecho el emperador Hirohito aceptó los términos de la rendición en un mensaje radial: “Ha llegado la hora de soportar lo insoportable y sufrir lo que es insoportable”. La noticia desencadenó una ola de suicidios y unos mil soldados invadieron el Palacio Imperial para impedir la rendición pero las fuerzas leales al emperador los rechazaron. Truman no se cansó de repetir que era la única forma de terminar la guerra y evitar una invasión que costaría innumerables vidas de soldados. Ese es el relato que les cuentan a los niños estadounidenses que asisten a la escuela, porque cómo decirles que una nación que se arroga una superioridad moral (que nunca tuvo) cometió semejante crimen… Y esa es la pedagogía que impera en el mundo, ya que en vez de enseñar a los chicos a ser amigos de la verdad y respetar al otro, se les lava el cerebro con un relato que luego les permitirá manejarlos cuando tengan edad de votar. A veces oigo a algunos de nuestros jóvenes repetir con vehemencia ciertas mentiras de nuestra política y pienso que les han dañado la mente, les inocularon el virus del fanatismo y lamentablemente no tenemos terapéutica. Hace un tiempo un joven inteligente me preguntó por qué para este crimen de guerra no hubo un Tribunal de Núremberg, y le respondí que a los vencedores jamás se los juzga.

En estos días he procurado comunicarme con Beirut, con el hospital de la Universidad Americana pero ha sido infructuoso y, las imágenes de destrucción de la ciudad por la explosión en el puerto son terribles, nada que ver con la Beirut que conocimos hace unos años. Aunque tengo entendido que la “Paris de Medio Oriente” fue destruida y reconstruida siete veces y, como Phoenix renace de entre sus cenizas. Mucha gente no tiene remota idea de lo que representa este pueblo en la historia de la humanidad. Recuerdo que a poco de llegar la ciudad me impresionó, lo mismo me sucedió unos años antes con Anatolia o el Asia Menor, hoy ocupada por Turquía.

El pequeño territorio a orillas del Mediterráneo tiene más de 40 universidades, para una población de 4,5 millones de habitantes, la alfabetización es altísima y, es habitual que la población hable árabe, francés e inglés indistintamente. La primera facultad de leyes en el mundo fue construida en el centro de Beirut, fundada por Ulpiano. El 70% de los estudiantes asisten a escuelas privadas, y es el país árabe con más alto porcentaje de población cristiana. Lo curioso es que 60 millones de libaneses viven fuera de su país…

He leído que el Líbano fue ocupado por numerosos pueblos a lo largo de su historia: Egipto, Hititas, Asirios, Babilonios, Persas, el ejército de Alejandro, el imperio Romano Bizantino, la península Arábiga, los Cruzados, los Otomanos, Francia, Israel y Siria, pero la influencia francófona salta a la vista. Pensar que el nombre de Líbano aparece ya en el Antiguo Testamento (dicen que 75 veces), que la mayor cantidad de libros relacionados con la Biblia se escribieron allí, y que Jesucristo hizo su primer milagro en el Líbano, en la ciudad de Qana (convirtió el agua en vino). También la leyenda cuenta que los Cedros del Líbano fueron plantados por las manos de Dios.

Una noche nos invitaron a cenar en Byblos, la ciudad más vieja del mundo desde la antigua Fenicia, pues allí se creó el primer alfabeto y se construyó el primer barco, por eso los fenicios fueron los primeros navegantes de la historia. Pasamos un fin de semana en las montañas, rodeados de cedros, en la finca de unos primos de mi mujer que viven en Filadelfia pero retornan a su patria chica todos los veranos. La belleza del lugar convierte al pueblo en un lugar paradisíaco y, próximo a la finca, una estatua del tío abuelo de mi mujer, que era el médico del pueblo. En fin, no hay duda que los libaneses vienen soportando serios problemas desde hace mucho tiempo, lamento lo que están pasando y que potencias extranjeras se aprovechen de la catástrofe.

Desde que comenzó la cuarentena hemos incrementado el consumo de películas y series por TV. Al comienzo vimos “Poco ortodoxa”, una historia real basada en el libro “Unorthodox” de Deborah Feldman, autora y víctima de un casamiento arreglado que finalmente la llevó a abandonar el movimiento Satmar, una comunidad jasídica en la ciudad de Nueva York. Ella estaba embarazada y logró escapar a Berlín en busca de su libertad, pero el rabino le ordenó al marido que la trajese de vuelta. Y hace un par de semanas vimos otra producción de Netflix: “Hater”. Un joven expulsado de la facultad de derecho por plagiar un trabajo, en Varsovia, logra un empleo en una agencia de comunicación que usa el marketing digital para atacar a quien su cliente le indique como su enemigo. Pero además el joven encuentra la posibilidad de vengarse de manera anónima de aquellos que lo han despreciado, llegando a peligrosas instancias y revelando su costado psicopatológico. Dos producciones que recomiendo ver.

La pandemia es una experiencia única cuyas consecuencias no dudo que analizaremos durante décadas. También es un enorme laboratorio, un campo de experimentación no sólo científico, sino social, político y humano. En medio del aislamiento surgen todo tipo de pasiones humanas, incluyendo la actitud de los que revelan una insensibilidad extrema, que no les interesa el malestar y el sufrimiento de los demás, solo les importa su bienestar, revelando un individualismo absoluto.

Por otro lado, en estos días se habla mucho de la “inteligencia emocional”, es decir la capacidad de reconocer los sentimientos ajenos partiendo de la detección y gestión de los propios. Claro que sentir no es igual a saber qué se siente, ejemplo confundir la alegría con la manía. Con respecto a este nudo emocional, tengo presente a Aristóteles, quien sostenía que para desatar un nudo hay que saber cómo está hecho. Entiendo que no elegimos nuestras emociones, pero sí el modo de administrarlas.