Hace unos días se produjo la dimisión del Comisario europeo de Comercio Phil Hogan por incumplir las medidas contra la pandemia. Hogan, de 60 años, tiene un pasado importante en la política ya que fue diputado nacional, senador, ministro y Comisario europeo de Agricultura y Desarrollo Rural, pero tuvo la mala idea de acudir la semana previa a una cena con otros 80 comensales, a pesar de que las leyes irlandesas limitan a 15 el máximo permitido. Antes había cometido otras faltas: se movió por la isla sin guardar la cuarentena obligatoria de 14 días para los llegados de Bélgica y no respetó el confinamiento forzoso para los que ingresan al condado de Kildare. Él quiso justificarse a través de los medios, diluir su responsabilidad y dijo que no había quebrado la ley, pero sus argumentos fueron rebatidos por las autoridades sanitarias irlandesas. Como no logró convencer sobre su inocencia tuvo que renunciar, en un momento políticamente delicado por la salida del Brexit del Reino Unido y la guerra comercial con los Estados Unidos. Nada ni nadie logró evitar su salida, y éste es un claro ejemplo de cómo deben comportarse los altos funcionarios en un sistema que se precia de ser democrático: renunciar cuando corresponde, porque de no ser así terminamos cuestionando la democracia como forma legítima de gobierno (válida, justa y eficaz). Claro que esto no sucede en la Argentina, jamás sucedió, ya que los gobernantes se sitúan más allá, incluso del bien y del mal.

La medicina suele tomar prestado términos y conceptos propios del ambiente bélico. También la cultura adopta palabras y expresiones que son de uso médico. Como ser, el concepto de “viralidad”, propio de la ciencia, en los años noventa surgió en el ámbito del marketing y fue adoptado por las corporaciones en su retórica de promover el negocio, ya que una publicidad debe “contagiar”, “infectar” las mentes, propagarse en la sociedad como lo hace un virus. Asimismo hoy asistimos a noticias e ideas falsas que se viralizan, porque el objetivo es el engaño para lograr manejar nuestra voluntad. Y cuando la propaganda triunfa sobre la realidad se impone una visión falsa, que en política tiene consecuencias desafortunadas.

En estos días veo que se menciona con frecuencia a la psiquiatría en las declaraciones oficiales en contra de los que se manifiestan en la calle Ya no sólo se trata de hacer interpretaciones psicológicas sobre el humor social o el comportamiento de sectores de la población, sino que se les adjudica etiquetas propias de las enfermedades mentales. No es mi especialidad, pero debo reconocer que observo a algunos individuos en el poder con cierta frialdad emocional, no muestran empatía, su narcicismo es inocultable, viven manipulando y no logran controlarse, en una palabra muestran una “personalidad psicopática”. Y estamos acostumbrados a ver en las series de TV a los asesinos seriales como psicópatas, pero cuidado porque en la política hay varios “psicópatas ajustados” con gran capacidad de seducción y manipulación, quienes buscan el poder a cualquier precio, sin medir las consecuencias.

Los que salen en los medios y en las redes a descalificar, mentir, agraviar o que emplean chicanas en defensa de “la causa” (su causa), invocando la patria, la defensa del pueblo y los principios universales, a mendo solo defienden sus abstrusas creencias o intereses personales, profundizando una grieta que estuvo y seguirá estando. La grieta es permanente, pone de manifiesto las diferencias entre los rivales, donde se verifican momentos de mayor y menor tensión. Esto no solo sucede con los partidos políticos, habituados a cargar las tintas y los golpes bajos, también pasa en otros ámbitos, como en los clubes deportivos. Claro que nada impide manejarse con corrección, respeto y hasta con cierta amabilidad, pero no es así. Y en estos momentos críticos, que nos preocupan a todos, me pregunto a qué viene tanto énfasis en desdibujar los hechos, en negar la verdad, como si esa actitud pudiese cambiar la realidad. En vez de abocarse a resolver los problemas acuciantes privilegian la hostilidad. Cotidianamente veo en Facebook gente que conozco personalmente y por quien tengo afecto, tratando de distorsionar la verdad de los hechos, defendiendo sus prejuicios ideológicos a través de interpretaciones caprichosas. Y se trata de individuos que pasaron por la Universidad y gozan de reconocimiento en sus respectivas profesiones, de allí que me resulte inevitable replantearme por enésima vez el tema de la educación, la instrucción y la ética. Hablan convencidos de aquello que impone el relato o lo que les inocularon en la casa en su etapa infantojuvenil. Por otra parte sé que desconocen la historia, actual y remota, no han navegado en sus meandros. Algunos jóvenes hacen afirmaciones temerarias sobre lo que no vivieron. Y a decir verdad, lo lamento, porque no hay mayor autoengaño que creer saber cuando en realidad no se sabe.

Cuando debemos enfrentar una crisis es menester centrarnos en el presente, que es lo urgente, y no en la historia. Ahora bien, si insistimos en evocar el pasado como sucede en estos días de manera febril, pues seamos honestos. La educación pública universitaria y gratuita surgió durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen (Reforma Universitaria de 1918), no en décadas posteriores; a partir de 1945 la Argentina conoció la inflación (son datos, no opiniones); las principales leyes sociales fueron pergeñadas por los socialistas (cómo arrebatarle méritos a Alfredo Palacios); el enjuiciamiento al Proceso Militar y el Nunca Más fue obra de Raúl Alfonsín. Y podría continuar con una serie de hechos históricos trascendentes que hoy reaparecen en las redes, son usurpados, y sirven de combustible para inflamar la polémica y distraer la atención pública. Por favor, un poco de respeto, hay mucha gente bien informada que conoce la historia, no somos un rebaño de ovejas.

La oralidad y la escritura son dos herramientas poderosas, capaces de transformar la realidad.

En efecto, son operaciones mentales muy complejas y, gracias a estas herramientas los seres humanos podemos comunicarnos, educarnos, rescatar la memoria, fortalecer las identidades culturales y además ejercer poder. A través de estas herramientas culturales construimos conocimiento y, como proceso cognitivo, la posibilidad de dar nuevas significaciones a los acontecimientos es algo permanente. Pensamos, hablamos, escribimos, una trilogía que se retroalimenta de manera continua. La palabra hablada y la palabra escrita operan como instrumentos capaces de liberarnos, pero también de dominarnos y esclavizarnos.

La cultura, concepto inabarcable, que engloba las ideas, los comportamientos, las emociones, los hechos y las obras humanas, sistemáticamente está en la mira del poder. Los autoritarismos cobijan la cultura en tanto se comporte como “la sierva del poder”, caso contrario la vigilan, la censuran y hasta la asesinan. Hay muchas maneras de destruir la cultura y, como decía Ray Bradbury, no es necesario quemar libros, basta con dejar de leerlos. Sócrates privilegió la oralidad y desconfió de la escritura, no dejó nada escrito, pero un presidente en los 90 aseguró haber leído sus obras completas… Lo que sabemos de Sócrates es a través de sus discípulos.

El mundo venía mal desde hace mucho y, en mi opinión, a pesar del progreso en sus diferentes vertientes carecía de brújula, tampoco tenía metas claras y justas, por otra parte el tejido social se estaba deshilachando peligrosamente y la sociedad en su conjunto ya no tenía interlocutores válidos, así lo expresé en diferentes publicaciones a lo largo de estos años. Con el nuevo siglo hubo fenómenos que podríamos calificar según Taleb como “cisne negro”. En efecto, la crisis financiera de 2008 (que terminó con el Estado de Bienestar), el Brexit, la elección de Trump, la actual pandemia por Covid-19, entre otros fenómenos que no se vieron venir.

Recordemos que con la Revolución Industrial comenzó el desempleo y el auge de la máquina en reemplazo de la mano de obra. Hoy se plantean varias propuestas como solución: gravar con impuesto la robotización del trabajo, capacitar en otras actividades a aquellos que perdieron su empleo (la reingeniería laboral que declamaron en los 90 con la globalización resulto un engaño), que el Estado se haga cargo de los desocupados ofreciéndoles empleos que no son necesarios y, la renta básica universal. Al parecer, ninguna de estas propuestas ha revelado ser efectiva, en consecuencia habrá que seguir pensando en hallar una solución con sentido humanitario que a la vez sea viable y no retórica.

La educación de los niños y adolescentes debería ser un tema central, de política de Estado, no lo es quizá desde Sarmiento. El coronavirus no puede imponerse a la educación, mucho menos las miserias orquestadas por políticos, gremialistas y militantes. En CABA hay unos 6500 alumnos que desde que comenzó la cuarentena no pudieron estudiar a distancia, ya sea porque carecen de computadora, o Internet de buena calidad, o no tienen Internet de ningún tipo, y muchas veces no hay acompañamiento familiar para ayudarlos en las tareas. Esta situación es comprensible pero no deja de ser grave porque compromete el futuro de esos miles de chicos. La iniciativa del gobierno de la ciudad para que asistan durante unas horas a los gabinetes de computación en número de 15 alumnos por establecimiento, con protocolos y guías que intentan evitar los contagios, fue bloqueada por las autoridades centrales, promocionando una vez más la desigualdad que simulan combatir. Claro que también en las provincias se cuecen habas. Como ser, en Chubut hay chicos que desde hace dos años y medio no tienen clases… Sin embargo el gobierno central acaba de autorizar la apertura de los casinos en esa provincia, actitud que privilegia el juego sobre la educación. Maquiavelo sostenía que de tanto en tanto las palabras deben servir para ocultar los hechos. Pues bien, los hechos que acabo de mencionar no se ocultan con palabras. Estoy convencido de que uno debe creer en lo que dice y en lo que hace. Es justo que los ciudadanos le reclamen coherencia a la dirigencia. Y los militantes deben entender que los hechos no dejan de existir porque se los ignore, como decía Aldous Huxley.

El país jamás saldrá adelante si no puede derribar ciertos prejuicios. Se necesita una educación inclusiva y de calidad. Si a los niños se les enseña a convivir, del latín conviv?re, que significa vivir acompañado de otros y de otras, en un clima de diversidad y, con una pedagogía de los valores, donde el respeto sea fundamental, en el largo plazo esa generación será muy positiva, no lo dudo. Pero necesitamos formar mejores personas y para ello hay que promover la amabilidad, la cordialidad, la solidaridad, la empatía, incluso la paciencia, valores que nos conducirán a una sociedad más respetuosa y madura. Claro que esto implica un cambio de mirada, un cambio de paradigma educativo, y es un largo proceso que lleva tiempo y supera a menudo los tiempos de la alternancia en el poder.

El problema se presenta cuando las cosas que verbalizamos como “esenciales”, no las sentimos como tales. Hasta qué punto para nosotros la educación, la igualdad de oportunidades o la cobertura de necesidades básicas para la población en general, es, esencial.

Nos hemos acostumbrado a que la política aquí como en otras partes recurra al abuso en el ejercicio de la autoridad así como que ejerza presión para obligarnos a actuar de determinada manera. Por otra parte, en algunos dirigentes sindicales, políticos, empresarios, y hasta académicos, vemos una cuasi monarquía del poder y no faltan los comportamientos típicamente mafiosos.

Bielorrusia hoy acapara la atención internacional. Lukashenko ocupa la presidencia desde 1994. Cuando hace unos años participé de un congreso en Moscú, un colega me invitó a exponer la semana siguiente en una reunión que se haría allí, en la facultad de medicina, pero no pude aceptar la invitación ya que al día siguiente viajábamos a San Petersburgo. Y en estos días un amigo me decía que en ese país no podía existir una democracia por más que se recurriese a las elecciones periódicas (matizadas por el fraude) porque Lukashenko se eternizó en el poder. Le respondí que en provincias de nuestro interior, tenemos varios gobernadores que parecerían ser discípulos de Lukashenko…. Churchill pensaba que la alternancia es el abono del suelo de la democracia. Yo no tengo dudas que la alternancia es condición necesaria, pero no es suficiente.