Disrupción y reconfiguración son dos términos que están de moda en el debate social. El primero como detención o suspensión súbita y áspera, y el segundo (neologismo) como la intención de modificar algo que ya estaba configurado. Las tecnologías disruptivas, a través de las redes sociales, expresión de la cultura digital en contraposición a la tradicional cultura analógica, y por efecto de la aceleración que imprimió la pandemia, han modificado sustancialmente el mundo que conocíamos. En efecto, cambió el estilo de vida, las relaciones sociales, el trabajo, la producción, los negocios, el comercio, la economía, la política, la educación, la cultura. En fin, cambió la forma de pensar, los deseos, las expectativas, y emergen nuevos fenómenos sociales que las dirigencias no saben cómo encauzar, incluso en algunos gobiernos de vocación autoritaria se abusa de la industria de la vigilancia.
Los valores y estilos de vida, las miradas y los lenguajes, cambian con la época, lo observamos de generación en generación. Pero convengamos que el cambio actual nos ha sorprendido con el paso cambiado. Cada vez que surge una tecnología disruptiva se produce un cambio profundo en la sociedad y su cultura. La invención de la imprenta (1440) fue una tecnología disruptiva que cambió el mundo y, luego se sumó el Descubrimiento de América (1492).
Existe un imaginario colectivo acerca de la tecnología que dista bastante del desarrollo real. Y todas nuestras interacciones tienen sesgos que son captados por las bases de datos que entrenan a los algoritmos, cuyos resultados están sesgados por distintas variables, como el género, la raza u otros. Me niego a que un algoritmo me diga qué consumir, elegir ver, cómo debo pensar o a quien votar. Sin embargo, esta dictadura de los algoritmos, camuflada, no debería conducirnos a la tecnofobia, tampoco a la tecnofilia escudándose en el paradigma del progreso y el futuro. Sin conocimiento del pasado no hay futuro posible, por eso al pasado hay que cuidarlo de malas interpretaciones.
Por otro lado, vivimos en un mundo binario: físico versus digital; hogar versus calle; miedo versus deseo; mérito versus desigualdad; ocio versus esfuerzo; vagancia versus trabajo… Y la realidad es que el planeta no está compuesto así, por el contrario, posee un ilimitado número de elementos distribuidos a manera de abanico, panorama que exige tener una mente muy abierta.
Hoy los medios se hacen eco y estimulan las guerras de opinión. Aparecen individuos que pertenecen a distintas corrientes ideológicas que agreden ferozmente a los que piensan distinto, y aseguran tener soluciones fáciles a problemas complejos y vitales. Todo sea por el rating… Fernando Vallespín, refiriéndose a los políticos de la España actual, dice que no representan una comedia ni una tragedia, más bien un “auto de fe” en el que cada uno acusa a los demás de “indignidad moral”. Me recuerda nuestra triste realidad política.
No me gustan las etiquetas, tampoco los vendedores de humo, y mucho menos los discriminadores. En esta farsa nunca faltan los que convocan al diálogo, aunque su vocación es el monólogo, pues, parecen espontáneos pero tienen todo calculado al detalle. Lo cierto es que el discurso, el diálogo, la conversación, la escucha, pasan por un mal momento. Aquí como en toda guerra la primera baja es la verdad, por eso es menester insistir que la verdad tiene que ver con lo que las cosas son, punto. No me vengan con el relativismo de que hay tantas verdades como seres humanos, ya Sócrates y Platón consideraron que se trataba de una teoría absurda que tornaba imposible el conocimiento. Esto no significa que sobre un tópico pueda haber distintas interpretaciones, pero hay que fundamentarlas si se pretende argüir bien. Quizá surjan dudas razonables, pues, la intención es alcanzar ese conocimiento seguro y claro, llamado evidencia, sobre todo en una época dominada por la incertidumbre, la inmediatez y la desinformación programada.
Tenemos una cultura cargada de simbolismos, donde con el uso abusivo de lo simbólico se busca sustituir la realidad por otra realidad. El relato apócrifo, los discursos amañados, la reescritura de la historia, o la retrotopía de un paraíso perdido que jamás existió, es la demostración palmaria de una política que han convertido en vil actividad.
La historia de la injusticia y la desigualdad está vigente como una constante desde la aparición del ser humano. Víctor Hugo, viviendo en el exilio, escribió “Los Miserables”, donde puso al desnudo la historia de aquellas personas marcadas para siempre por el lugar de nacimiento o por la clase social a la que pertenecen. En efecto, la debilidad, la vulnerabilidad, la pobreza, el fracaso, jamás merecieron consideración, y a esos seres se los desprecia y margina, cuando no se los estigmatiza, porque la infamia carece de límites. Es muy difícil tener un futuro brillante partiendo de una cuna pobre. Resulta curioso que los que dicen conocer los designios del espíritu divino, son los que primero justifican la inequidad, la falta de oportunidades, la privación de la autonomía, la sumisión del individuo… La hipocresía también adolece de límites.
La portación de un apellido distinguido, la influyente riqueza familiar, los contactos relevantes, definen la posición futura del individuo en el teatro social, en los órganos del Estado e inclinan el interés de los medios que lo promueven, siempre apelando al epígrafe del “destino” (inescrutable para los que carecen de privilegios) e inconsistentemente le atribuyen virtudes que no posee y hasta una pátina de talento, aunque se trate de un reverendo tonto…
La tecnología actual penetró la cultura de masas. Con la pandemia y el encierro prolongado e impuesto, todos los sevicios se tornaron hogareños y el individuo se acostumbró al peligroso sedentarismo: delivery de comida, servicios de streaming, app para lo que sea, TV, consultas médicas por video, y otras prestaciones a domicilio. La consulta médica presencial es irreemplazable y evita cometer alguna mala práxis como hemos comprobado en no pocas oportunidades; comer en un buen restaurante es muy superior a comer en la casa la comida del delivery; se ve mucho mejor una película en la pantalla del cine que en la TV al igual que ir al teatro o a la ópera y, lo mismo sucede con los espectáculos deportivos. Han permeado nuestras mentes con nuevos hábitos consumistas, llegando a ocasionar trastornos físicos y emocionales graves como está comprobado (OMS).
El mundo marcha de manera arbitraria e insolidaria a distintas velocidades, y lo superfluo enmascara lo profundo, lo accesorio se impone a lo prioritario, y el marketing falaz, los slogans, las fake news, dominan la escena pública, entre otras canalladas que las multitudes terminan por aceptar como algo inevitable.
Nunca faltan los exégetas que en toda época se dirigen a audiencias predispuestas a ver escenarios apocalípticos afirmando oscuros designios.
Norbert Elias, sociólogo alemán, considera que cuando el equilibrio que impone la civilización se rompe surge la “des-civilización” (neologismo), es decir, se desencadenan las pulsiones y aparecen efectos perversos, contradiciendo las exigencias propias del proceso civilizatorio. En este clima de confusión global que estamos viviendo, distintos autores vienen haciendo referencia del asunto, hasta el presidente Macron frente a la violencia de estos días alerta sobre el peligro de una Francia des-civilizada.
Lo cierto es que la cuestión comienza a debatirse en todas partes, incluso en contextos y realidades diferentes, y me impresiona como el tema emergente y meduloso del mundo actual. En efecto, hoy asistimos a procesos de adulteración de la cultura; en los medios y las redes sociales se dicen barbaridades sin asumir responsabilidad alguna; se pierde el respeto por sí mismo y por el otro; corregir errores o establecer límites es retrógrado y, existe una naturalización de la violencia en cualquier ámbito social. Los principios, valores, normas, códigos, reglas, que buscan asegurar la convivencia y el bien común, ya no son respetados, porque se consideran que son manifestaciones de autoritarismo, no una defensa de la libertad del individuo. Mientras tanto se propala un discurso de falso igualitarismo, ausencia de jerarquías legítimas, resentimiento de clases, fanatismo político y religioso, y hasta se desvaloriza el mérito, el saber, y se alienta la ignorancia… En fin, son manifestaciones rudimentarias que nos retrotraen a épocas primitivas dominadas por la barbarie, y que la civilización, pese a sus múltiples e innegables falencias, creía haber superado.
El enojo justificado de muchos sectores de la población es hábilmente captado por los populismos y por aquellos que buscan la radicalización, y cuando la anomia coquetea con la anarquía las reacciones autoritarias son esperables.
Pienso que ante los tornados que pretenden no dejar nada bueno en pie, hace falta ser memorioso, tener un poco de imaginación, y el coraje necesario, pues, lo demás son solo palabras o como decían los latinos: flatus vocis.