Quiero aclarar que las dos partes del presente artículo se articulan con el aparecido en junio: “Disrupción cultural, reconfiguración social y des-civilización” (12/VI/2023).

Como se dijo en la primera parte, la bioética tiene un sólido basamento en la filosofía y la ética. Y la filosofía es el fundamento del conocimiento primero que nos guía. Hacer filosofía es problematizar la realidad pero de otra manera, trascendiendo lo meramente útil, la técnica, la ciencia, lo concreto. En fin, tenemos la capacidad de pensar y de pensarnos pero en otro orden, como ser el origen de la vida y la muerte, la angustia, lo sagrado, preguntas en todo caso improductivas, pues, no sirven para nada, al igual que una poesía. En efecto, preguntas que nuestro mundo soslaya, nuestra cultura oculta barriendo bajo la alfombra y considera una pérdida de tiempo. La filosofía cuestiona, provoca, en otras palabras, es un modo de pensar y preguntarse por lo real e interrumpe el sentido utilitario de lo cotidiano. Nuestra lógica consumista centrada en el hacer y la productividad, niega las otras dimensiones de lo real.

La filosofía es una contribución sustancial en la medicina, en sus diferentes prácticas y situaciones, también en la tecnología de avanzada, en las catástrofes medioambientales, entre otras áreas. Como ser, hoy asistimos a un intervencionismo excesivo en los inicios de la vida humana (asimismo en la no humana), y esto exige una reflexión urgente que dé lugar a una regulación racional, no a planteos fundados en deseos y caprichos, mucho menos en abusos a los derechos humanos.

En nuestros días van surgiendo nuevos conflictos y dilemas a gran velocidad, incluso con violencia, que exigen una mirada integral, que nos permita distintas perspectivas de análisis, algunas novedosas en relación a los vínculos humanos, los procesos y la gestión de proyectos que afectan nuestra vida y de todo lo que hay en la naturaleza. El arte se superpone en esta búsqueda haciendo las mismas preguntas y dando su visión, bástenos el teatro, que revela en la trama de sus representaciones ciertos problemas filosóficos y muchos de los cuestionamientos de esta disciplina que se ven reflejados y se profundizan en la obra teatral.

Lo que hoy nos parece verdadero mañana puede no serlo. El progreso y el desarrollo de nuevas tecnologías ponen a la verdad y la confianza como prioridad. ¿A quién creer cuando se está recibiendo información permanentemente en cantidad imposible de clasificar y analizar? Se necesita tamizar lo verdadero y útil, de lo falaz e irrelevante. Por otra parte, se conjetura que toda persona está interesada en mejorar su vida, y surge la duda o el interrogante de si el cambio propuesto será o no beneficioso.

Es imperioso poner límites al uso de la inteligencia artificial, nacida de la inteligencia humana, y que utiliza sin permiso el trabajo ajeno, vulnerando así el derecho de autor. Hay que cuidar nuestro origen, nuestra cultura, nuestra capacidad de poner en palabras aquello que se nos presenta. No somos “seres artificiales”, máquinas o robots, y por eso somos los únicos que podemos abordar y problematizar las cosas de manera consciente.

Cierto segmento de la producción cultural busca la producción masiva y en cadena, sin ninguna aspiración artística, una faceta de las industrias culturales. El progreso sin reflexión resulta peligroso. La falsa neutralidad de unos algoritmos diseñados para orientar nuestro gusto y consumo, nos ofrecen aquello que nos gusta o creemos que nos gusta, la finalidad como se ha dicho es que la rueda giratoria del hámster no pare nunca. Entramos en la era digital (aunque miles de millones de seres humanos estén marginados), del chatGPT, de dispositivos, plataformas, algoritmos que generan texto y contenido, pero falta el punto de vista humano. La actitud crítica va a ser necesaria porque estamos rodeados de “contenidos automatizados” y va a faltar no solo la reflexión crítica, también la opinión, la perspectiva particular que tenemos las personas, la actitud filosófica. Los algoritmos nos estudian y conocen al extremo, por eso nos proporcionan aquello que deseamos consumir, a cambio de reflexionar sobre nuestras necesidades y aspiraciones. El riesgo de la inteligencia artificial está en la construcción de la verdad.

La explotación de los datos es uno de los grandes negocios de este siglo, como sucede con el Big data. La inteligencia artificial crea programas informáticos que ejecutan operaciones comparables con las que realiza la mente humana, se nutre de técnicas de “minería de datos”, machine learning y deep learning, que permiten definir patrones de conducta y toma de decisiones. Se integra con algoritmos con capacidad de aprendizaje automático (capacidad de aprender por sí mismos de la información que acceden). La aparición del ChatGPT4 y el desarrollo de la tecnología deep fake (imita lo real), sería capaz de definir cultura y opinión. Es urgente una regulación que respete las libertades individuales, las garantías constitucionales y la autonomía de las personas.

La pandemia con la distancia y el aislamiento difundió las propuestas virtuales, permitió la continuidad de las prácticas en tiempos de encierro, limitó muchas potencialidades expresivas, y dejó no pocos traumas, entre ellos la anhedonia o incapacidad para disfrutar de aquellas cosas que causaban placer y, esto está ligado a la falta de energía y las alteraciones del sueño, de lo que podemos dar testimonio los médicos asistenciales.

En esta atmósfera cultural y con las redes sociales a pleno, se va perdiendo el hábito de la lectura bien hecha. Y la lectura en dispositivos es rápida y de escasa comprensión, porque la velocidad complica la comprensión. Cuestionar lo que uno lee sin duda mejora la comprensión. La información cambia constantemente y los alumnos no tienen criterios para discriminar entre la masa de informaciones que encuentran en Internet, pero los libros tienen la ventaja de estar supervisados por expertos.

Existe un mandato social de que quien decide estudiar deberá hacerlo con vistas a alguna actividad que le proporcione un trabajo rentable, en consecuencia no hay que perder tiempo con las humanidades. China tiene el Gaokao, dificilísimo examen de admisión universitaria que deja a la mayoría de los postulantes sin poder ingresar a ninguna universidad. Recientemente vi en un video a niños que se les coloca un dispositivo tipo vincha donde el color de la luz que se enciende revela si está atento o distraído en clase… Y en los Estados Unidos, la Corte Suprema se opuso al plan del presidente para aliviar el pago de quienes tienen préstamos universitarios, negándole así la ayuda que necesitan unos 40 millones de personas. En fin, es gratificante saber que en muchos docentes todavía hay algo del famoso espíritu socrático implementado en la mayéutica, que nada tiene que ver con la inteligencia artificial, pues, allí aparece sedimentada la filosofía, el pensamiento profundo que propone salir de las medianías, de lo meramente utilitario, y adentrarse en el laberinto existencial. Por otra parte, la condición humana encierra misterios, jamás revelados, menos resueltos.

Hoy la sobreabundancia de imágenes trata de mantener cautiva nuestra atención cotidiana. A las grandes productoras solo les interesa acumular dinero y secuestrar la atención, como sucede con las series que penetran nuestras vidas y las convierten en series o adoptan el perfil de serie de series: la serialización por inteligencia artificial. Una cultura al servicio de la mercancía y un vacío que prevalece, lo percibimos. La performance o actuación artística y cultural transgrede los modelos para reinventarse, y fue vista como una crítica que modifica la realidad en los campos estéticos y académicos. Pues bien, es necesario desplegar una mirada panorámica que facilite asociar elementos que están aparentemente desconectados y, en esa instancia el ser humano supera a la máquina. La meta no es producir robots si no ciudadanos. A este paso la tecnología dejará de ser un medio y se convertirá en un fin en sí mismo.

El cambio climático está produciendo desastres en todas partes del planeta. Como ser, existe un círculo vicioso porque el clima altera los océanos, lo que deteriora aún más el clima. La contaminación ambiental es otro de los grandes problemas asociados. Toda esta abigarrada problemática que compromete la vida de los seres humanos, los animales y el ambiente planetario da lugar al desarrollo de una ética medioambiental.

La cultura democrática implica valores, actitudes y conductas para el funcionamiento de las instituciones, y esto debe formar parte de la enseñanza-aprendizaje, porque las instituciones constituyen la estructura de la sociedad. No sirve triunfar en las elecciones si se pierde la batalla cultural. Y la economía no puede reducir el planeta, la vida, a la pretensión de su paradigma, pues la economía no es la única dimensión humana.

Existe un clima de confusión, donde los principios universales, las normas y las reglas son consideradas manifestaciones de “autoritarismo”, y también un falso igualitarismo que desconoce cualquier jerarquía y desprecia el derecho del otro, recurriendo a la frase de que “cada uno tiene su verdad”, un relativismo absurdo. Los temas sensibles y mutantes exigen palabras, aquellas palabras adecuadas que construyen sentido. La comunicación debe ser responsable y, los políticos como los medios hoy tienen una crisis de “qué “comunicar y “cómo” comunicar. El análisis, la interpretación, la reflexión, se imponen en un mundo que está a la deriva. También es imprescindible saber mirar, saber escuchar, saber hablar…

La solidaridad es un valor ético, ya que una persona realiza acciones benéficas para otra sin recibir nada a cambio. En fin, pienso que la fórmula es cuidarnos unos a otros para sobrevivir, y aquí reside la base de una sociedad inteligente que procura superar las disrupciones actuales, las que nos complican la vida y alimentan la incertidumbre acerca de un futuro impredecible.