Desde muy joven descubrí que mi refugio estaba en la lectura y, concretamente, en la buena lectura. Es más, hasta me di cuenta que en determinadas situaciones anímicas necesitaba recurrir a la relectura de páginas que prácticamente sabía de memoria. Hoy la situación es muy diferente, un joven para leer un cuento de Chéjov, una obra de teatro de Shakespeare, o una poesía de Neruda, tiene que retacearle horas a la computadora. En mi juventud no existía la cultura digital, pero sí la televisión, que también nos consumía horas de nuestras vidas, al igual que ahora. De todas maneras, los chicos que pasan varias horas al día frente a la pantalla del monitor, también leen, incluso literatura. Claro que a la gente de mi generación no le resulta lo mismo. En efecto, estamos acostumbrados al contacto de las páginas del libro, al olor que algunos despiden, y nos gustan las bellas encuadernaciones. Pero lo importante es el contenido, no importa el medio en que uno lea la obra, como sucede con los libros digitales.
Cuando tenía veinticinco años y llevaba un año de médico, consideré que ya era hora de asistir a un taller literario. Concurrí a la SADE, al taller de narrativa del escritor italiano Attilio Dabini. Cuando leí por primera vez un cuento mío (muy malo) ya que debía hacerlo para ser participante, me preguntó qué autores solía leer y le respondí que tenía inclinación por los novelistas y ensayistas españoles, recuerdo que mencioné a varios, pero cuando nombré a Ortega y Gasset, el rostro de Dabini se transformó, se esfumó su expresión amable y, visiblemente irritado dijo que Ortega había “prostituido la prosa castellana“. Todos los asistentes enmudecimos ante esta gélida sentencia. Luego de esa noche, creo que pasaron varios años para que volviese a leer un texto de Ortega.
No hay duda que la frecuentación de ciertos autores produce una fuerte impronta en la manera de pensar, de sentir, y hasta de actuar. Porque esos autores nos trasmiten su mirada del mundo, nos contagian sus intereses y obsesiones, nos hablan de su ideología, su hermenéutica y sus creencias, en fin, nos muestran una ética y una estética particulares. Siempre me sorprendió que tanto en literatura como en filosofía, arte y otros menesteres de la vida haya individuos que declaren no tener maestros, ni siquiera haber recibido influencias de peso en su obra o producción. Dicen que Freud fue muy lector de Spinoza, y cuando le preguntaron por qué no hacía pública su deuda con Baruch, respondió con una ingratitud, ya que la obra psicoanalítica del vienés sólo habría surgido de la atmósfera que él creó, y evidentemente Freud no pretendía legitimación filosófica alguna. También están los que careciendo de una educación formal llegaron a escribir novelas meritorias o poesías extraordinarias, son la excepción, y habitualmente se los califica de autodidactas, fue el caso de Almafuerte.
En mi es habitual tener maestros, claro que cada vez hay menos, y me parece que debemos incluir en esta categoría a los que son remotos en el tiempo pero que nos han influido con vigor. Es más, uno puede llegar a formar parte de sus escuelas o admitir abiertamente que continúa esa corriente de pensamiento. Claro que los que pensamos así tenemos la tendencia a plagiar a nuestros maestros, aunque en algunos tópicos discrepemos con ellos y, pese a que lleguemos a construir algo diferente, no será tanto como para decir que allí no se reconoce la mano del maestro.
Hay autores de un solo libro, que incluso han pasado a la historia, también hay autores de muchos libros, que son muy prolíficos en su producción editorial, sin embargo, no es infrecuente que den vueltas en torno a un mismo tema, y cuando uno lee todos sus libros es como estar leyendo un mismo libro.
Pero me ha pasado haber leído mal un libro, nota o artículo y, cuando lo advertí me enojé conmigo, me dije: cómo no me di cuenta, cómo no fui capaz de desentrañar lo que el autor quería transmitir. Claro que a lo mejor él pretendía que uno lo leyese de una manera determinada, pero, ¿por qué hay que leer a un autor como él quiere?
En ocasiones uno se extravía no solo en la obra escrita sino en el pensamiento. Hay lecturas extraviadas como existen escrituras y pensamientos extraviados. Uno pretende recuperar lo que considera el curso normal de la vida a través de un discurso o de un relato que transmita el discurrir correcto del pensamiento.
La crítica literaria del Siglo XIX era esencialmente moral y, entonces –al igual que ahora- el poder se valía de esa crítica para perseguir a los escritores. Después de la Segunda Guerra Mundial y antes de la afirmación de la autonomía en materia de arte y literatura, la crítica trató de eludir lo moral. Pero el juicio moral siempre resurge, es imposible eludirlo, y hoy podemos comprobarlo por ejemplo cuando se habla de racismo o de antisemitismo, entre otros tópicos.
Hace unos días comentaba en Facebook, a raíz de un suceso, que a veces negarle a un individuo un premio, una distinción o un reconocimiento que sin duda merecería recibir termina favoreciéndolo. En efecto, se puede brillar más con lo que le niegan que con lo que le concedan, y, eso siempre sucedió, forma parte de las miserias humanas. Pero no sólo sucede en la literatura, también acontece en las profesiones y en otros ámbitos de la vida. Kafka, Proust, Tolstoi, Joyce, jamás recibieron el Premio Nobel de Literatura (…)
Comencé a leer a Antonio Tabucchi hace unos veinte años. El escritor italiano tenía por costumbre viajar, y el trasladarse por el mundo era para él una forma de conocimiento. Cuando se refiere a Buenos Aires dice que ésta es una ciudad símbolo y también una ciudad metáfora, una de esas ciudades que, como símbolo y metáfora, entran en la literatura del Siglo XX.
Borges, otro proscripto del Premio Nobel de Literatura, en 1923 escribió su primer libro de poesía, Fervor de Buenos Aires. Era una edición con una tirada de 300 ejemplares y, Borges ponía el libro en los bolsillos de los abrigos de quienes asistían a su casa en el momento de retirarse. Para Tabucchi quizá sea también un gesto “ultraísta”, de un vanguardista tímido, introvertido y contradictorio. Pero lo cierto es que el primer libro del escritor argentino que mayor trascendencia ha tenido, que hoy es considerado un autor universal, un clásico moderno, su edición fue pagada por Borges.
Wittgenstein decía que todo libro consta de dos partes, la escrita y la que no se pudo escribir que, al parecer, sería la más interesante. El psicoanálisis, que tiene mucho de filología, a través de Freud y Jung procuró estudiar el lenguaje mítico para revelar aspectos ocultos de la personalidad humana. El mito proviene de vertientes orales y escritas, está presente en toda cultura y fue desarrollado por George James Frazer en La rama dorada. El desmontaje o la estrategia de análisis de Derrida, la deconstrucción, suele conducirnos a una suerte de transmitificación, como sucedió con los ilustrados del Siglo de las Luces.
Desde muy joven me ha tocado vivir entre dos discursos, el discurso científico y el discurso metafísico, este último muy ligado al mito y que responde a una tradición literaria. No estoy de acuerdo con aquellos que defienden al primero como expresión monopólica de la verdad, este es un mal de los tiempos modernos. Los defensores del reduccionismo ignoran que cada disciplina tiene su gramática, su literatura, su lenguaje, sus códigos. Es imposible adentrarnos en una disciplina concreta si desconocemos los factores que son determinantes, propios de ella. El mito está a la altura de los sueños. Recuerdo que mi madre tenía un libro de los sueños donde se explicaba –de manera muy simple- el sentido de cada uno, libro que descubrió en una mesa de saldos y ofertas de una librería de barrio y al que le tenía una confianza ciega. Le pedí que me permitiese hojearlo, y comprobé que carecía de fundamentos científicos, hoy podríamos calificarlo de literatura chatarra, pero ella creía firmemente en su contenido y, cada vez que comentaba lo que había soñado y cuál era la interpretación, terminaba irritándome.