La corrupción que actualmente invade la política, quizá como nunca antes se dio, ha generado un clima de profundo malestar, al extremo que los ciudadanos ya no se sienten representados, ven malogradas sus aspiraciones, y se indignan con las noticias de los abusos y negociados que aparecen diariamente en los periódicos y que revelan impunidad. A este clima de frustración se le suma la sensación de impotencia, porque a pesar de la mala conducta de los políticos que están en el poder y también de los que se sitúan en la oposición, nada puede hacerse. El sistema de corruptelas es inocultable, participando del mismo los partidos y los sindicatos que recurren a cualquier estratagema con tal de conservar el poder para continuar con sus privilegios y negocios espurios. En consecuencia, a los ciudadanos ya no les interesan las elecciones, ven a la democracia sólo como un instrumento que permite alcanzar el poder, piensan que con su voto no pueden modificar nada y, perciben la imposibilidad de ir contra un sistema que termina imponiendo los intereses de los poderosos.
En este contexto salta a la vista que el bienestar del hombre de la calle y su familia no es prioritario, tal vez nunca lo fue en la medida que lo imaginamos. El Estado de Bienestar se esfumó, pero existe un mercado todopoderoso con inversores privados que tienen una actitud rampante. Los conflictos de intereses están a la orden del día y se evidencia un clima de ambiciones desmedidas donde no hay cabida para los escrúpulos. Con astucia se recurre a todo tipo de engaños para restringir las libertades personales bajo el lema de que es necesario combatir la inseguridad, la que en gran medida se genera desde el mismo poder. Los Estados incrementan los presupuestos para seguridad y armamento, a la vez que recortan los presupuestos para educación, salud, cultura y seguridad social. También se cercenan los derechos laborales y las genuinas representaciones políticas mediante ardides, al punto que ni la retórica parlamentaria ni la ingeniería judicial hoy logran encubrir los chanchullos. Como es natural, esta situación genera un malestar penetrante, que perturba a los individuos y enferma de decepción a las sociedades, y que para peor sirve de argumento a ciertas medidas extremistas que proponen algunos aventureros.
Cuando me hallo en Europa y converso con el ciudadano de a pie, en todas partes y en diferentes idiomas escucho las mismas quejas. En efecto, las quejas, los reclamos y la indignación con el poder han logrado superar las barreras idiomáticas, nacionales, étnicas y culturales. El desengaño es profundo, si algo está claro es que la globalización capitalista tal como la conocemos, se llevó puesto aquellos derechos que conformaban el espíritu de la sociedad de Bienestar que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, a la vez que vació de sentido a las democracias. Los habitantes del viejo continente piensan que sus gobiernos nacionales han caído de rodillas ante las directivas que emanan de Bruselas, donde está la sede de la Unión Europea, y lo curioso es que la UE está generando una verdadera des-unión, donde asoman serios peligros en el firmamento, bástenos el racismo y los nacionalismos encrespados. En fin, estimo que no todo debería pasar por la economía y las finanzas, si bien es cierto que no podemos ignorarlas. Y sería importante que Europa no olvide las tragedias que vivió durante el Siglo XX, no para aceptar mansamente lo que fuere como algunos bribones pretenden, sino para actuar con inteligencia, privilegiando el sentido de justicia –gran ausente-, mostrando tolerancia como una forma de convivencia, respeto por el otro, y por sobre todas las cosas revelando entendimiento de los problemas humanos fundamentales. Creo que los pueblos tienen que reparar más en lo que los une que en lo que los separa.
En los tiempos que corren el mundo se debate entre la epopeya y el informe documental. Una sociedad de hiperconsumo vive al lado de una sociedad pobre y abatida. Los ricos y los poderosos escriben su relato y se quedan muy tranquilos, imperturbables, porque ellos son los elegidos, mientras tanto los indigentes, los desposeídos, los Jean Valjean, no les queda otra cosa por mostrar que la miseria. En efecto, se trata de la miseria de sus vidas, la cual es imprescindible ocultar.
Pero volviendo al tema de la democracia, está claro que si pretendemos jugar en serio tendremos que darle cabida a la libertad en un sentido muy amplio y atenernos a las consecuencias, aunque éstas terminen por no gustarnos. Caso contrario seguiremos dándole lugar a la farsa como estilo de vida social.
Este siglo ya lleva la impronta de las movilizaciones, las que están ocasionando muchos problemas a los que mueven los hilos del poder. El poder infiltra y logra desarticular una movilización e imprevistamente aparece otra. El fenómeno, por cierto vertiginoso, reside en las redes sociales, que como dice un periodista actúan como caja de resonancia en cuestión de segundos. Bástenos como ejemplo lo que está sucediendo en Hong Kong. Por lo que he leído, para que las imágenes de la represión policial no lleguen a millones de chinos, la plataforma social Instagram ha dejado de funcionar como ya sucedió con Twitter, Facebook, YouTube. En Weibo, que sería la principal red social china, han censurado todo lo que tenga que ver con la protesta, pero los jóvenes han encontrado FireChat, que permite comunicarse sin necesidad de conexión a Internet, pues, utiliza la radio y el sistema Bluetooth del teléfono. No hay duda que la moderna tecnología es como el Dios Jano.
Hoy por hoy los malentendidos dominan el escenario político, pero me preocupa que en los debates televisivos se apele insistentemente a la inveterada oposición derecha-izquierda, procurando que la gente ingrese en los meandros de la ideología cuando al fin de cuentas a la gente le preocupa otras cosas que son vitales. La oposición binaria derecha-izquierda tiene mucho de tradicional, de simbólico, pero la realidad es otra. Norberto Bobbio sostenía que los hombres somos entre nosotros tanto iguales como desiguales en lo que refiere a ciertos aspectos; la izquierda privilegia la igualdad mientras que la derecha se apoya en la desigualdad y, a ello hay que sumarle el peso de la historia. ¿Por qué en estos debates no se privilegia la dignidad y el humanitarismo? ¿Por qué los salvadores de la patria rechazan aggiornarse? ¿Por qué no aprovechan esta oportunidad para hacer aquello que alguna vez soñaron cuando estaban en el llano y tal vez con castidad decidieron ingresar en la política?
En este mes de octubre tendremos en la región las elecciones de Brasil, Bolivia y Uruguay, algo impensado en los años setenta, teñidos de ansias revolucionarias y brutal represión. No es poco. Chesterton pensaba que no se puede hacer una revolución para lograr la democracia sino que había que tener la democracia para alcanzar la revolución.
Dejando de lado ilusiones y fantasías, debemos admitir que hasta las democracias más prolijas no pueden prescindir de ciertas manipulaciones secretas y negociaciones encubiertas. Y la realidad es que aquí no hay lugar para miradas indiscretas. El espectro político actual cuenta con algunos personajes que hacen todo lo posible para demostrar su poder en público cuando no su obscenidad, logrando irritar a más de uno, entre los que me incluyo. Ni hablar de los gobernantes corruptos que con olímpico descaro asumen el papel de moralistas. En fin, es necesario darse cuenta que la cuestión no reside en enojarse con la democracia y menos en combatirla. Si tenemos que enojarnos con alguien hagámoslo con los que la denigran. Es necesario ser responsables a la hora de las urnas y también no dejar pasar las promesas incumplidas. Camus fue muy explícito cuando decía que la política se edifica sobre las faltas de los demócratas, no sobre las virtudes de los dictadores.