Este libro, destinado a los jóvenes que van a ingresar a la Universidad, o a los que ya asisten a sus aulas, y también a los que se están despidiendo por estar próximos a graduarse, constituye un viejo anhelo que quise desarrollar cuando aún no peinaba canas, pero necesitaba llegar a un punto experiencial que me diese la autoridad que necesitaba. No es casual que haya buscado un medio masivo como Amazon, pues, mi meta es llegar a la masa de jóvenes estudiantes que eligen la capacitación universitaria como proyecto de vida. Me sentiría muy satisfecho si esta guía llegase a ser traducida a otros idiomas y fuese leída por jóvenes de otros continentes. En fin, sé que estoy llenando un vacío intelectual y tengo muchas esperanzas en la juventud de aquí y de allá, por eso me he animado a emprender esta empresa de cuya utilidad no dudo. Para dar una idea del libro, tomaré algunos párrafos.

Diógenes observó que todos los que pasaban caminando por la calle donde él estaba tropezaban con una piedra y maldecían, pero ninguno removía la piedra para evitar que los que venían detrás tropezaran. Pues bien, yo siempre he creído que toda persona debe dejar algo positivo a las generaciones que lo sucederán y, mi propósito es remover esa piedra con la que tropecé numerosas veces en mis días de estudiante universitario. Las observaciones, métodos, estrategias y consejos que explicitaré, surgen de la experiencia. En efecto, el lector hallará más práctica que teoría. Quiero ayudar a ese joven que ingresa a una institución que se presenta en sociedad como el templo del conocimiento o la cima de la sabiduría, para que pueda transitar por sus aulas de manera inteligente. Esta institución que ha superado ampliamente la prueba del tiempo, para unos representa un desafío, para otros constituye un asombroso pasaje que lo conducirá a un mundo nuevo, pero también están los que la ven como una corporación cerrada que revela cierta hostilidad.

Muchos cumplirán el sueño de graduarse luego de algunos años de estudio y de superar los exámenes correspondientes, convirtiéndose en profesionales, pero algunos no terminarán sus estudios y en consecuencia no tendrán su diploma, aún así este libro les será de mucha utilidad para su proyecto de vida, porque no todos los que abandonaron la carrera universitaria para dedicarse a otra actividad que les atraía han fracasado. Y en ocasiones ha sucedido lo inverso. Bástenos como ejemplos actuales: Bill Gates, quien abandonó sus estudios en la Universidad de Harvard, Mark Zuckerberg que también dejó Harvard tras sostener que la información debía ser libre y abierta al público, o Steve Jobs que a los 6 meses de haber ingresado en la Universidad debió renunciar por el alto costo de la matrícula. Los ejemplos son innumerables y los hallamos en todas las épocas, pero tan solo escogí a tres exitosos empresarios de la cultura digital, hoy globalizada, que casi todos los jóvenes conocen y muchos procuran imitar. Por otro lado, debemos reconocer que la innovación en materia digital en gran medida se ha dado fuera de la Universidad.

Mi propósito es ofrecer un texto ágil, de fácil lectura, cuyas recomendaciones y técnicas puedan ponerse en práctica ya mismo. Para lograr este cometido procuraré sacrificar la erudición, dejando de lado mi tarea cotidiana de profesor y académico. He procurado recordar las dificultades que tuve en mi etapa de estudiante universitario y, desde el principio hasta el final del texto me impuse la consigna de no olvidarlo. Tengo la intención de que esta obra llegue al público que conforma las aulas universitarias y procuraré abordar aquellos temas que considero sensibles de una manera llana y honesta.
Aquí el lector advertirá el predominio de un enfoque interdisciplinario, propio de alguien acostumbrado a caminar entre la Ciencia y las Humanidades, pero que por sobre todas las cosas ha tratado de ponerse en el lugar del estudiante, justamente porque es necesario ponerse en el lugar del otro para conseguir la tan declamada “integración”. Al respecto, existe una retórica que sólo produce desencanto, justamente porque faltan ejemplos y, la palabra deber ser seguida de la acción. Considero que no es un buen profesor quien se olvido que en un tiempo fue alumno, tampoco es un buen médico el que no estuvo en lugar del enfermo o llega a ser un buen mandatario el que nunca fue mandado.

Existen muchos cursos, manuales y artículos acerca de técnicas y métodos infalibles para estudiar. En fin, no creo en la infalibilidad de ningún tipo, pero sí reconozco que de lo que uno lee siempre se puede sacar alguna idea o consejo que sea provechoso.
Cuando era estudiante probé distintos métodos y técnicas. Generalmente estudiaba en mi casa, y cuando me aburría procuraba estudiar en la biblioteca pública. En ocasiones preparaba la materia con un compañero, pero la mayoría de las veces prefería estudiar solo.
En mis años de profesor he visto cómo muchos alumnos estudian mal, no se dan cuenta qué es lo importante y se pierden en detalles o ideas subalternas, y otros no tienen método ni disciplina para el estudio. Durante los cursos, a lo largo del año lectivo, suelo hacer un alto para dar algún consejo que me parece útil, sobre todo cuando veo que hay alumnos perdidos en la materia, que tienen dificultades para entrar de lleno en la misma. Basta con 3 o 4 directivas de estudio para que rápidamente se encaminen.

Los exámenes o pruebas evaluatorias hoy se implementan de diferentes formas: exposiciones orales, pruebas escritas, multiple choice, demostración de prácticas y habilidades, etc. La tendencia en pedagogía es sustituir la palabra examen por evaluación, algo que en la práctica al estudiante no le interesa mucho porque en última instancia tanto la evaluación como el examen a menudo le generan stress.
Todos aquellos que hemos pasado por innumerables exámenes y pruebas de todo tipo sabemos que en términos generales no se trata de algo agradable. Es habitual que nos despierte cierta intranquilidad, nos ponga tensos, ya que corremos el riesgo de no superar la prueba, de no estar a la altura de lo que pretendíamos o incluso de la esmerada preparación que tuvimos. En efecto, se trata de unos minutos, y a veces los nervios o la memoria nos pueden jugar una mala pasada. En ocasiones el profesor que examina o la mesa evaluadora transmite más que respeto, temor. Los profesores que tenemos mucha experiencia en el tema procuramos que de entrada el alumno se relaje, así resulta más agradable para ambos. La cordialidad es fundamental en las relaciones humanas.
Hay estudiantes que son muy responsables, estudian a conciencia, pero en el momento de la evaluación se paralizan, o actúan con torpeza, como si no se hubiesen preparado adecuadamente. Al respecto, creo que el buen profesor debe tener la habilidad para detectar esto y lograr que el estudiante se tranquilice y demuestre aquello que preparó y sabe.
A veces el alumno tiene un mal día y su examen resulta malo. Lo ideal es la evaluación permanente, estimo que resulta mucho más justo, pero no siempre es posible. Cuando la evaluación se emplea bien, como parte de una rutina destinada a medir el aprendizaje y también a promoverlo, tiene sus méritos.

El problema de la formación universitaria no pasa porque ésta sea estatal o privada, laica o confesional; aquí no reside el problema de fondo. Una institución europea se promociona en los medios diciendo que además de ofrecer las mejores instalaciones, medios tecnológicos, enseñanza de idiomas y los más importantes certificados de calidad, enseñan a volar muy alto (…). Creo que nunca ha habido tantos vendedores de humo como en nuestros días.
Es posible que el lector tenga ciertas dificultades en llevar a la práctica algunos de los consejos aquí explicitados, pero creo que es asunto de tiempo y, el tema merece una consideración especial, porque la formación es un emprendimiento individual, absolutamente privado, que responde a un esquema o plan de vida.
En la hoja de ruta universitaria, así como en el camino de la vida en general, surgen no pocos inconvenientes y hay momentos de flaqueza. En esas ocasiones siempre hay que tener a mano algún autor cuya relectura nos ayude a superar el mal trago y nos de coraje; yo desde muy joven escogí a Almafuerte y su poema: “No te des por vencido, ni aún vencido…”
Como ya he dicho, lo que aquí recomiendo lo llevé a la práctica, y lo que he podido lograr en mi vida universitaria y en la profesión ha sido en base a estos procedimientos articulados con una fuerte voluntad. En efecto, con firme determinación y fuerza de voluntad cualquiera puede alcanzar grandes metas.
Confucio (551 AC-478 AC), dijo que: “Se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad”. Por su parte William Shakespeare, dos mil años después, sostenía que: “El porvenir de un hombre no está en las estrellas, sino en la voluntad y en el dominio de sí mismo”.

Cómo FormarSe en la Universidad