Continuamos con el aislamiento existencial, habiendo ya superado los cuatro meses (un récord mundial) y, comunicándonos con nuestros afectos solo por vía digital, ventaja que no hubo en tiempos de Tucídides ni en otras pandemias de la humanidad. Más allá del desconcierto de aquellos que toman decisiones como si supieran lo que hacen, porque si realmente supieran no vivirían contradiciéndose, debemos reconocer que este encierro también constituye una “oportunidad existencial”. En efecto, una oportunidad para replantearse lo que uno vino haciendo hasta ahora y lo que puede llegar a hacer en el tiempo de vida que le queda. Quizá no haya otra oportunidad como esta.
Por otra parte, desde que comenzó la cuarentena hay mucha preocupación en la opinión pública por la asignación de los recursos médicos (camas, medicamentos, respiradores) ante un hipotético desborde del sistema por una exagerada proporción de casos graves de Covid-19, como sucede en otros países. Frente a tanta saturación de noticias, muchas personas tienen temor a contagiarse y no recibir la atención médica adecuada o que se les niegue un respirador de ser necesario. Aquí tanto el sistema público como el privado (que cubre a casi el 70% de la población) están dando respuesta. Pero ahora algunos dicen que el problema para afrontar el Covid-19 sería la falta de recursos humanos como médicos entrenados y enfermeras, y se arrojan algunas ideas sueltas no elaboradas como posibles soluciones. El pasado 26 de abril, Perfil publicó una carta mía donde proponía algunas soluciones pragmáticas para cubrir la falta de médicos entrenados, que de haberse implementado entonces el problema habría perdido vigencia, pero claro, yo no soy un médico militante ni tampoco un médico mediático…
En los hospitales cada área o servicio tiene sus criterios de admisión definidos. El triaje del que hoy tanto se habla, fue ideado hace 200 años por un cirujano durante las guerras napoleónicas (también inventó la ambulancia), y su estrategia es clasificar a los pacientes según la urgencia para dar atención rápida y eficaz. Las decisiones los médicos las tomamos al lado del enfermo, no desde el escritorio o el gabinete, ya que la responsabilidad (ética, moral y legal), es, nuestra. Hay que estar al pie de la cama del enfermo para experimentar la complejidad de ciertos problemas. Y aquellas decisiones de trascendencia se consultan con el paciente y la familia. Los médicos jamás decidimos quien vive y quien muere, eso pertenece a la literatura de ficción. A diario tomamos decisiones en situaciones de riesgo o incertidumbre, diferenciamos las urgencias de las emergencias, y procuramos adoptar decisiones racionales, planificadas, en el terreno de las “valoraciones humanas”, con la intención de adoptar aquella decisión que sea la mejor para “ese paciente”. Las situaciones límite que se dan en contextos difíciles ponen a prueba la capacidad teórica, la experiencia práctica y el coraje del médico, quien más allá de los tecnicismos debe guiarse por un “sentido humanitario”. En distintas patologías (no solamente la Covid-19) y según el paciente en cuestión, a veces no ingresar un enfermo a la UTI o evitarle prácticas invasivas que serán fútiles, puede ser la mejor decisión, aquella que respete su dignidad, pudiendo asistirlo correctamente en la internación general y, conteniendo psicológicamente a la familia
En cuanto a los comités hospitalarios de ética, que deben ser interdisciplinarios y no estar digitados por la dirección del hospital, nunca toman decisiones, solo aconsejan (opinión consensuada de sus miembros) en el caso de que el médico tratante considere necesario consultar. Por otra parte, es difícil tener un comité funcionando las 24 horas. La toma de decisión en soledad frente a casos dilemáticos no es lo habitual, ya que al menos suele haber una discusión previa con los otros profesionales del servicio (medicina de equipo). Y muchas veces el médico tratante, como sucede en otros países, consulta a un colega de gran experiencia asistencial que además tiene formación bioética, de lo que puedo dar fe.
Las implicancias éticas en la toma de decisiones médicas siempre me interesaron, justamente por ser un “médico práctico”, que vive la realidad asistencial. Desde 1979 en que asistí a unas jornadas del Colegio de Médicos de Madrid en que se abordó el tema y donde conocí al Profesor Florencio Escardó que era uno de los oradores invitados (reparemos que la Bioética nació a principios de los 70) he procurado estudiar el problema. La toma de decisiones me preocupa y me ocupa, tengo algunas publicaciones y durante años dicté para los alumnos del ciclo clínico la materia optativa (qué absurdo optativo): “toma de decisiones”.
Los otros días mi hijo menor me envió un WhatsApp diciéndome (un poco en broma): “quiero que me devuelvan mi vida”. Y claro, hemos suspendido nuestra rutina habitual y en su lugar adoptamos otra rutina, acorde con las limitaciones de todo tipo que nos impone la cuarentena. Está claro que cuando salgamos de la pandemia no seguiremos con la vida actual y tampoco volveremos a la que formaba parte de nuestro pasado…
El ministro de salud de la Nación dijo el 23 de enero que no existía ninguna posibilidad de que el coronavirus llegase a la Argentina; el 3 de febrero manifestó estar mucho más preocupado por el dengue que por el coronavirus; el 3 de marzo no creía que el virus llegaría tan rápido y, la semana pasada manifestó que ante el crecimiento de los contagios él creía que los mismos iban a comenzar a bajar. No se trata de opiniones que uno puede verter en una charla de café o de las creencias que se le comenta a un amigo. El discurso público que se emite desde el poder y, sobre todo en temas sensibles, debe ser cuidadoso y responsable. La historia revela que las epidemias suelen tener un ciclo propio, con una curva cuyo pico lo vemos con el espejo retrovisor…
Bajo el paraguas del coronavirus los filósofos mediáticos se lanzan al espacio público a través de los diferentes medios y, algunos hablan del espíritu revolucionario del Covid-19, como Franco “Bifo” Berardi, ya que allí donde la voluntad política no pudo ahora el coronavirus promoverá un cambio para terminar con el capitalismo. El virus sería el fuego purificador del capitalismo también para el comunista Slavoj Žižek. Pero Byung-Chul Han piensa lo contrario, el capitalismo no desaparecerá, solo que el virus en esta sociedad globalizada acentúa la soledad y la depresión, y cree que más bien se impondrá una “biopolítica digital” con su sistema de control y vigilancia. Giorgio Agamben pecó por no ver de entrada la epidemia en su real dimensión y, terminado el terrorismo, creyó que la epidemia no era más que una excusa para instalar el Estado de Excepción. Peter Sloterdijk ve una oportunidad para una declaración de co-independencia y Emanuele Coccia habla de la metamorfosis de la naturaleza y de la capacidad del virus que puede cambiar la vida de todos. Para Gianni Vattimo es excesivo atribuir a la pandemia “el sentido de acontecimiento del ser”, piensa que es correcto interpretarla. Célebre por su prédica sobre el posmodernismo y el pensamiento débil, enjuicia la metafísica occidental (verdades universales), defiende las minorías, y expone su tesis de un catolicismo sin dogmas y un comunismo sin gulags, a la vez que ataca la concentración de poder de la globalización por medio de sus axiomas. Vattimo expone la “metafísica de los excluidos”, opuesta a la metafísica conservadora cuyo fin es preservar el orden. Él piensa que los pobres para hacer la revolución necesitan otra metafísica, y que una revolución que se base en el derecho natural (que nace de la conciencia humana) termina inevitablemente en una dictadura. En fin, esta pandemia da para mucho.
El mundo parecería haberse detenido por obra del coronavirus, pero solo en parte, pues, hay tres fenómenos, entre otros, que me llaman la atención. La crisis mundial y el estado angustiante de incertidumbre no han impedido que los grandes consorcios económico-financieros dejen de hacer negocios a escala global, como ser la noticia de los avances en una vacuna contra el Covid-19 eleva inmediatamente el precio de las acciones en la Bolsa, y ya se produjo la venta de millones de vacunas que aún deben probarse en humanos y autorizarse. Los gobiernos no solo están preocupados por la marcha de la cuarentena y el incierto escenario pospandémico, están mucho más preocupados por otros asuntos, como implementar medidas antipopulares en medio del temor generalizado, incrementar los sistemas de vigilancia con proyección al control social una vez salidos de la crisis, o incluso preservar el poder superada esta situación y, al respecto, algo llamativo son las elecciones en plena pandemia a sabiendas que muchos ciudadanos no pueden o no quieren ir a votar, o no están en las mejores condiciones psicológicas para emitir su voto, medida que pone en duda la legitimidad del acto eleccionario. La pandemia no detuvo la carrera espacial aunque sí fundió a las aerolíneas por no poder volar y, resulta curioso, porque los países embarcados en la misma tienen dinero para este tipo de investigaciones que, sin duda son relevantes para el progreso, pero no tienen recursos para solucionar problemas graves y crónicos en sus respectivas sociedades como la pobreza, la marginación o las desigualdades. En fin, la cara oculta de la luna que supone un 40% de la superficie lunar no ha sido vista por nadie, excepto por unos pocos astronautas. La Agencia Espacial Europea (ESA) quiere construir allí un “pueblo lunar”. Recordemos que ya en plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y Rusia se hablaba de la colonización de la Luna. Dicen que algunos astronautas cuando llegaron a la Luna después de un viaje de tres días dijeron que descubrieron la Tierra, y que les hubiera gustado haber llevado a algún político para que comprobara que desde allí no se ven las naciones ni las fronteras. Los chinos planifican abrir minas lunares para extraer helio-3 y, se calcula que la tonelada de este isótopo puede tener un valor de 2.000 millones de euros. Estas partículas de helio-3 están enganchadas al polvo lunar y proceden de la formación de nuestro Sistema Solar. El helio-3 podría ser utilizado en los reactores de fusión nuclear para generar energía.
Confieso que cuando observo la Luna, al igual que me pasa cuando contemplo el mar, me invade un clima de reflexión. Sin la Luna no puede existir la marea y tampoco puede existir la Luna sin el mar, por eso son fuentes inagotables de mitologías y de simbolismos. El tercer protagonista es el Sol (Helios en la mitología griega), esa dinamo cuya visibilidad determina el día y la noche, y que sin duda condiciona nuestros relojes biológicos. Qué mundo paradójico, por un lado proyectamos habitar otros planetas persuadidos por el progreso, y por otro no sabemos cómo convivir aquí. No somos capaces de encontrar un modelo que nos permita convivir con equidad, autonomía y democracia. Frente a este abismo globalizado que vivimos, lo importante es abordar la realidad y, no dejar que el deseo y la ilusión ocupen su lugar.