• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos diarios: julio 20, 2020

Viviendo la cuarentena entre la ineptocracia y los corporativismos

20 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La cuarentena continúa, pero ahora se flexibiliza, y la medida no deja de llamar la atención si reparamos en los antecedentes de la misma. En efecto, cuando el presidente decidió imponer la cuarentena su argumento fue que era para “salvar vidas”, hasta entonces se habían reportado tres muertes, de todas maneras sostengo que la medida fue acertada. Y todos aquellos que pusieron algún reparo fueron denostados públicamente, se los acusó de “anti-cuarentena”, de no estar a favor de la vida. Claro que ahora con casi 12.000 infectados y cerca de 2.200 muertos, se flexibiliza una cuarentena que ya lleva cuatro meses. ¿Qué sucedió? Hace rato que vengo insistiendo en que debía flexibilizarse con mucha prudencia, pero me molestan las “incoherencias”. Si hubo errores hay que asumirlos y responsabilizarse, no es asunto de pedirle al ciudadano que tenga confianza ciega, porque ésta se gana con el ejemplo. La sofística nació en Grecia, en el Siglo V antes de la era cristiana, pero hoy revela su apogeo en la Argentina.

El “efecto bandwagon” (significa carro), es una teoría psicológica que sostiene que los individuos toman ideas o conductas por el hecho de que la gran mayoría lo han hecho, pese a que estas decisiones puedan chocar con sus propias creencias o razonamientos. La expresión alude al “oportunista”, pues en la antigüedad muchos se subían al carro del vencedor y, en la vuelta de los ejércitos victoriosos a la patria solían llevar en sus carros a una multitud de toda ralea. En nuestros días se ve con el comportamiento del consumo, la moda o la política. Como ser, la tendencia individual que existe a la hora de cambiar el voto hacia aquellos candidatos electorales que puntúan más alto en las encuestas porque les hace sentir que están en el “lado ganador”, de allí el interés por trucar las encuestas y sondeos de opinión. Este fenómeno también es conocido como “efecto manada” o “efecto de la moda”. A menudo las personas hacen y creen ciertas cosas por el hecho de que muchas otras hacen y creen en esas mismas cosas, es un típico “comportamiento gregario”. En la vereda opuesta está el “efecto underdog” (significa desvalido o perdedor), que despierta simpatía por las minorías y, es, la opción menos valorada, habitualmente menospreciada, que en algunos despierta su defensa por considerar que se trata de una injusticia. La intención puede ser querer diferenciarse del resto, compadecerse ante la “causa perdida” o admirar la voluntad y el coraje de oponerse a la mayoría. Al respecto, varios me han dicho que uno de mis grandes errores ha sido ubicarme aquí, asumiendo la defensa de los débiles, lo que me ha ocasionado no pocos problemas, pero creo que la motivación fue, ha sido y es una cuestión de principios, y esto es crucial para los que tenemos el hábito de escuchar la conciencia.

Hitler, Mussolini, Stalin, jamás revelaron sentirse atribulados por los cadáveres que se apilaban en montañas día tras día durante la Segunda Guerra Mundial, consecuencia de sus ambiciones personales compartidas por sus círculos de poder, ambiciones que ellos procuraban enmascarar bajo la retórica de los nacionalismos, donde los seres humanos no importan, ya que solo importa el honor de la patria. Hoy Trump, Bolsonaro, Maduro, entre otros, tampoco se muestran compungidos por los miles de vidas que se pierden cotidianamente por la acción del coronavirus y, sin tomarse un respiro no paran de mentir, emplear cualquier argucia para deslegitimar a sus opositores y críticos, porque la meta es retener el poder. Estos líderes no respetan el conocimiento científico ni los logros de la medicina. Ponen la economía por delante de la salud de la población como estrategia electoral. Lo curioso es que son votados y seguidos por los más humildes, quienes pagan las facturas de estas locuras. En efecto, legiones de seguidores continúan apoyándolos, negando cualquier evidencia que los perjudique, justificando los traspiés morales de sus líderes pero siendo intransigentes cuando esos mismos traspiés los cometen sus oponentes. Adolecen del “virus del fundamentalismo”. Claro que en toda época hubo personajes siniestros ocupando sitios de poder, a quienes se les imputa la totalidad de los males que ejecutan sus huestes. Lo cierto es que a sus partidarios nadie los obliga, se suman porque se identifican con el pensamiento del jefe, o quizás es al revés, el jefe detecta lo que desea la muchedumbre y en consecuencia la alimenta.

Los otros días leí un artículo en un suplemento literario sobre Victoria Kent, diputada y jurista, republicana, que pasó cuatro largos años escondida en una buhardilla de París por temor a ser capturada por la Gestapo. Ella estaba entre el público que recibió a los primeros soldados aliados, españoles republicanos que liberaron París en 1944, hecho desdibujado en la historia oficial francesa. Victoria fue la primera mujer que se desempeñó como directora general de Prisiones en España y también la primera mujer en el mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar. El artículo me hizo recordar que recién llegado a Madrid en el 77, me enteré que había regresado del exilio. A los pocos días asistí a una tertulia literaria en el edificio del antiguo Instituto de Cultura Hispánica y me sorprendió ver entre el público a Victoria, la reconocí por su foto en los periódicos. Estuvimos sentados a solo dos metros y, en un momento ella me miró sostenidamente, como si hubiese descubierto que en el auditorio había un extranjero. Pienso que con casi cuarenta años de exilio, ella también se sentiría un poco extranjera en su patria. A pesar de su vejez conservaba su elegante presencia. Hoy pienso cómo me hubiese gustado haberla invitado a un café y que me narrase las incontables peripecias de su vida. En fin, siempre fui algo tímido.

Hace un par de meses una médica ex residente de uno de mis servicios, que vive en Barcelona y hace un tiempo pasó dos años en África con Médicos sin Fronteras combatiendo el SIDA, me envió un video, preocupada y confundida, preguntándome cuál era mi opinión del contenido. Una colega de aquí que es homeópata y legista, que tiene una posición “anti-vacunas”, en un programa de TV sobre la historia de las pandemias desde el Siglo XX, mencionaba las diferentes “roscas geoestratégicas” así como las “sociedades secretas” (muy bien documentada) y, terminaba diciendo que la actual pandemia en el fondo es una pandemia de desinformación y que se trata de una gran mentira. Confieso que casi me convence. Lo curioso es que para todo tenía una respuesta… En realidad, la gente que se mueve así emplea “verdades a medias” o toma algunas verdades que le son útiles para apuntalar su “relato”, ya que ese es su fin, no otro. Y lamentablemente esto pasa en todos los ámbitos.

El mes pasado debía celebrarse en Filadelfia, en la Universidad de Pensilvania, el XV Congreso Mundial de Bioética, al que envié tres comunicaciones que fueron aceptados por el comité, pero a decir verdad meses antes ya había decidido no concurrir, pues, el gasto en dólares resulta excesivo y, los argentinos que nos ganamos la vida trabajando no podemos ignorar esa realidad. Además como médico no gozo de una “jubilación de privilegio”. Los médicos cuando somos llevados a juicio por haber cometido una “mala praxis” podemos ser inhabilitados en el ejercicio de la profesión durante varios años, o también responder con nuestro patrimonio, depende si la causa es penal o civil. Pero lo llamativo es que cuando el error lo comete un político, la responsabilidad se diluye mágicamente, aunque el daño haya sido mucho mayor. En fin, pertenecemos a dos corporaciones diferentes, pero el corporativismo es mucho más fuerte en estos últimos, como sucede con la justicia y los sindicatos, dos corporativismos intocables.

Si evitamos pelearnos con la verdad, un viejo mal argentino, debemos reconocer que tenemos mucho más de corporativismo que de república, de “dictablanda” que de democracia, de injusticia social que de Estado de Bienestar. Un amigo dice que eso está en nuestro ADN. No sé si es tan así. La educación puede corregir estas desviaciones. Parafraseando a Borges, comencé a ver el mundo gracias a la maestra que en la primaria me enseñó a leer. Muchas cosas han cambiado, ya no todo es la cultura letrada de la que provengo, hay fenómenos que irrumpieron y lograron imponerse, como la cultura digital, que a través de las redes sostiene parte del entramado cultural del mundo.

Volviendo a la cuarentena, es cierto que mucha gente no la respetó, sobre todo en el conurbano, y no por rebeldía social sino por estar viviendo una situación límite ante la posibilidad de morir de inanición, ya que el contagio es algo aleatorio y la muerte se da en un bajo porcentaje. Hasta ahora no escuché a ningún político que propusiera seriamente reemplazar en un futuro cercano ni remoto los subsidios y los planes sociales por empleos, no importa si esos trabajos son estatales o privados, lo que importa es que se pague lo que corresponda y el trabajador se sienta dignificado, no que viva de dádivas sumergido en la pobreza hasta el día del juicio final. Recuerdo que en los 90 a los que perdían sus trabajos se les prometía una “reingeniería laboral”, y muchos jamás volvieron a ingresar en el sistema, quedaron descartados, creyendo que eran inservibles. Hoy ante este “desempleo estructural” habría que preguntarles qué quieren o les gustaría hacer, antes de capacitarlos. Sé que no es fácil en un país con desempleo endémico, pero el trabajo es un elemento de autovaloración, y es fundamental en toda sociedad.

Hace poco tuve conocimiento de un nuevo concepto, acuñado por el francés Jean D’Ormesson: “la ineptocracia”. El término hace referencia del sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir y los más incapaces para triunfar, a la vez que los más interesados y menos preparados para generar riqueza y procurarse su sustento terminan siendo los grandes beneficiados del sistema, ya que se los recompensa con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios e injustos que soportan los que producen. Leí que otra consecuencia de esta ineptocracia sería el desconocimiento de la historia, la injusticia, el abuso, la corrupción y la torpeza de los decisores, que logran que los partidos políticos desempolven doctrinas fracasadas, pero que se abren camino en sociedades que parecían haberse librado ya de estas plagas. Hoy por hoy el anacronismo vuelve a estar de moda.

Ahora que están reponiendo películas antiguas, recordé que cuando era adolescente vi: “Nido de ratas”, de Elia Kazan, interpretado por Marlon Brando, entre otros célebres actores y actrices, y me impresionó el realismo del drama de la lucha de los estibadores de los muelles contra un sindicato corrupto y el crimen organizado. Muy actual.

Todos hablan de la normalidad que viene, pero nadie lo sabe. Y hasta los líderes están desorientados, ni siquiera saben qué harán mañana. En fin, asistimos a un giro cultural y, en muchos el silencio dejó de ser una alternativa. Como decía Horacio: Carpe diem.

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