Desde hace varios días los “runners”, es decir los corredores (término anglosajón incorporado al argot por la tilinguearía local), no pueden gozar del aire libre mientras queman calorías, algo beneficioso para la salud, más allá de que para algunos se trate de una suerte de retiro espiritual. Estos “estúpidos runners” (como se los calificó), tienen prohibido salir a correr, porque podrían inducir a otros y no sería un buen ejemplo, según un ministro. Yo siempre creí que las medidas sanitarias tenían que ver más con las evidencias científicas, el razonamiento y hasta el sentido común que con cuestiones emocionales, ideológicas o de clase social. Y si me atengo a esa línea argumental, me pregunto por qué son tantos los malos ejemplos en que incurren altos funcionarios para quienes existiría una cuarentena VIP. No entraré en detalles o hechos anecdóticos para que no me califiquen de opositor, pues, cuestiono aquello que me parece mal o es incorrecto, esté quien esté al frente del gobierno. Recuerdo que en los ´90 concurría con frecuencia a la casa de un colega, una figura médica legendaria, que me pidió que fuese su médico, había sufrido un ACV y ya no podía leer ni ver TV. Como era un pensador, con un pasado militante en el PC, al punto que en época de Perón estuvo preso en Martín García con otros miembros de la izquierda vernácula, necesitaba que lo actualizara sobre lo que sucedía en el mundo. Una de las noches que concurrí a charlar café de por medio, le dije que para mí algunos de los problemas que estábamos padeciendo eran consecuencia de errores del gobierno anterior, más allá de reconocerle a Alfonsín sus méritos. Al irme su esposa me acompañó al vestíbulo para abrir la puerta y, en ese momento llegaba Raúl Alfonsín acompañado de su hijo, actual embajador, y su custodio. Don Raúl se detuvo y, sin intuir que minutos antes había sido objeto de mis críticas, nos saludó con esa bonhomía propia de un hombre íntegro.
Los otros días vi por TV un reportaje a Julio María Sanguinetti, uno de los pocos políticos de América Latina con sólido prestigio. Entre referencias a lecturas y libros, ante una pregunta dijo que el argentino revela más dinamismo que el uruguayo, pero en materia institucional, no hay duda que en Uruguay las instituciones están muy consolidadas, a diferencia de la Argentina donde son un serio problema desde la época colonial. Creo que por cortesía de buen vecino evitó mencionar la palabra corrupción. Ayer los periódicos informaban que de los investigados por corrupción menos del 1% fueron condenados (…) Cuando la impunidad es estructural no hay futuro posible.
Recuerdo que en el ´73, ya graduado de médico, me topé en La Plata con un compañero de facultad que según él era asesor del ministro de salud de la provincia, me sorprendió que fuese asesor con solo seis meses de graduado, pero en época de estudiante había trabajado en correos y tenía pasado de gremialista. También entonces solía concurrir algunas noches a una pequeña pizzería de la ciudad con quien era mi novia, donde el dueño atendía al público cortando las porciones con gran habilidad. Un día desapareció del negocio y unas semanas después lo crucé en el ministerio de economía muy bien trajeado, ahora estaba a cargo de una dirección. En ese año, si mal no recuerdo, conocí en la quinta de una tía, en City Bell, a un individuo que vivía del curanderismo, bastó charlar un rato para confirmar que era “un chanta”, pero en unos meses estaba ocupando una subsecretaría de estado. Tiempo después supe que el pizzero y el curandero eran punteros políticos. Podría continuar con anécdotas de este tenor que le dan la razón a la inteligente observación de Julio María Sanguinetti.
A poco de iniciar la cuarentena publiqué que no debía descuidarse la atención de los pacientes con otras patologías, situación hoy corroborada por informes de diferentes centros asistenciales. Esta semana recibí varios mails de gente que no conozco diciéndome que mi predicción se cumplió. En realidad, cualquier médico asistencial advirtió esto de entrada, es más, un par de semanas antes de comenzar la cuarentena ya se veía este fenómeno, porque la gente se informaba y tenía temor a contagiarse. También lo comprobé en los cafés a los que concurría para mi ritual cotidiano, pues la gente dejaba suficiente espacio entre mesa y mesa, y los mozos me contaban que había caído mucho el consumo. Un colega con bastante experiencia asistencial, a quien se le reconoce autoridad, me llamó para hacer su catarsis. Comenzó diciéndome que estaba harto de las curvas de contagios, comparaciones descolgadas e interpretaciones sobre el virus, información que se le arroja a la población sin anestesia, asimismo de los colegas que son “expertos ideológicos” y nunca caminaron los hospitales ni vivieron la “medicina de trincheras”. En consecuencia, me comentó que buscaba ver películas donde hubiese un portal para entrar en otra dimensión (¿el más allá?), como sucede en los fenómenos paranormales, y las series donde los habitantes de otras galaxias intentan comunicarse con nuestro planeta. Lo comprendo, estamos demasiado saturados.
Si como los ecologistas adoptásemos una visión realista de los ecosistemas, llegaríamos a entender que existe una dinámica de mosaicos o patrones donde se producen cambios que están sujetos a factores externos, como los efectos de la actividad humana. Esta es la dinámica de la heterogeneidad en un sistema, por eso no se pueden tomar “medidas totalitarias” sin analizar cada segmento de la sociedad. La cuarentena aquí se ha vuelto a endurecer después de 100 días de encierro y, pronto alcanzaremos el récord de cuatro meses. Coincido que por el aumento de los contagios en determinadas zonas o barrios es necesario extremar las medidas, sin embargo meter a todos en una misma bolsa revela ineptitud, a menos que el fin sea generar un empobrecimiento generalizado, sobre todo de los monotributistas, autónomos, informales y comerciantes, clase media (aquellos que debemos trabajar para vivir), con la meta de lograr la “igualdad” y manejar el electorado con dádivas, estrategia que conduce al desmedro. Con un criterio igualitario e irracional, durante dos meses regiones sin ningún contagio se mantuvieron en estricta cuarentena, poniendo en duda el federalismo. La pandemia es una cosa y la política es otra. En CABA muchas actividades se podrían haber abierto con cuidado y con la gente del barrio, para así evitar los desplazamientos, incluso hubo gremios y negocios que presentaron sus protocolos de cuidado para paliar el abismo económico actual.
Que a nivel país se haya tomado a tiempo la decisión de imponer la cuarentena no justifica que a esta altura esté mal gestionada. La crítica no implica estar en contra de la cuarentena, pues nadie sabe cómo será el comportamiento del virus, y además éste no es el único factor que tiene capacidad letal. ¿Quién se hará cargo de esta nueva catástrofe?
Los argentinos tenemos la tendencia a creer que lo que nos sucede, o al menos la forma o las características con que nos sucede, es un hecho inédito, no registrado en la historia, y si acaso sucedió jamás lo fue con esa dimensión. Pues no es tan así. Basta viajar por el mundo para comprobar que es un error. Claro que no tener un horizonte visible es un inveterado problema entre nosotros, lo mismo confundir las causas con los efectos.
En las postrimerías del Siglo XIX la economía argentina estaba por delante de la de Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. No en vano se decía que era el granero del mundo. En estos días se destruyeron más de 70 silobolsas por motivos ideológicos y, a este vandalismo que le ocasiona al país una pérdida de millones de dólares se le suma un inexplicable silencio de algunas autoridades. Tuvimos una economía liberal con un modelo pensado por Mitre, Sarmiento, Roca, y con ese mercantilismo el país progresó, al igual que las élites, pero el pueblo seguía postergado. Luego vinieron las conquistas sociales, las masas tuvieron la oportunidad de acceder a la educación y la salud, y no sin sobresaltos el país se fue aggiornando. Cuando yo era chico estaba vigente la cultura del trabajo, a partir de la que muchos le daban sentido a su vida, también el ahorro, ese consumo diferido que servía para construir proyectos personales y alimentar sueños. Todo eso era legítimo, nadie lo cuestionaba, pero ahora forma parte del pasado. Siempre sostuve que no es asunto de sacarles los privilegios a unos para dárselos a otros, sino que tanto los unos como los otros no tengan privilegios, eso sería actuar con equidad.
La semana pasada con la celebración de la Independencia la gente rompió la cuarentena, no sin riesgos, y nuevamente salió a la calle con enojo. Los pocos canales de TV que cubrieron con “objetividad” la protesta mostraban solo banderas argentinas, no se admitieron banderías políticas aunque nunca faltan los oportunistas que quieren cabalgar sobre la ola. El sentido de la queja popular fue la defensa de la libertad de expresión y de las instituciones de la República, la necesidad de que la justicia cumpla con su deber en combatir la corrupción, entre otras cuestiones puntuales, pero además se veían pancartas donde se pedía volver al trabajo. En efecto, allí había mucha gente que no buscaba prebendas, subsidios ni planes sociales. Es gente acostumbrada a vivir de su trabajo, en una Argentina donde tenemos una legión de jóvenes carenciados y excluidos que nunca vieron trabajar a sus padres ni a sus abuelos. Ellos carecen de un ejemplo que sea edificante. Por otra parte, nadie ha hecho nada para encarar este problema, más que dar discursos. En fin, ésta fue una “protesta genuina” donde la gente salió a la calle motu proprio y “no fue llevada” como es habitual (…) Creo que no debe ser desvirtuada ni descalificada, debe servir para rectificar errores. Y es curioso que quienes más hablan de desterrar la grieta sean quienes la alimenten. Los argentinos le entregamos al Estado vía impuestos medio año de nuestro trabajo, algo que no sucede en la mayoría de los países, incluso con mejores economías, y sorprendentemente ese gran esfuerzo resulta insuficiente. La caída de la economía argentina en abril fue de -26,4%, cifra que no se registraba desde el año 1900, con lo cual retrocedimos nada menos que 120 años.
Al principio de la cuarentena las estadísticas de la Covid-19 diferenciaban CABA de la Provincia de Buenos Aires, luego los resultados se dieron bajo la denominación AMBA, y tuve que consultar qué comprendía: una “mancha urbana”, zonas rurales, semirrurales y el sector insular del Delta del Paraná, en otras palabras CABA más 40 municipios de los 135 partidos de la provincia. Y claro, en un país de unos 45 millones de habitantes, donde la Provincia tendría 17 millones y CABA 3 millones, el nudo gordiano fue, ha sido y es, político, por encima de cualquier otro mantra. No seamos ingenuos.
Para Claude Lévi-Strauss, “Nada se parece más al pensamiento mítico que la ideología política.” Saramago pensaba que cualquiera de estas ideologías era hormonal. En fin, yo coincidiendo con Pérez-Reverté, me precio de tener biblioteca en vez de ideología.