En estos tiempos convulsos, en la agenda oficial siguen insistiendo obstinadamente en temas que no son prioritarios y que no le interesan a la gente, que por otra parte está muy preocupada con sus problemas vitales. En efecto, hoy todo pasaría por una “política judicializada” y a su vez por una “justicia politizada”. Tengo entendido que desde el retorno de la democracia en 1983, el partido en el poder no ha perdido su mayoría en el senado que es quien nombra a los jueces y, nombró a cuatro de los cinco jueces actuales de la Corte Suprema y a diez de los doce jueces federales… En otras palabras, la crítica está dirigida hacia aquellos que en su momento nombró. Y en verdad, nada de esto le quita el sueño al ciudadano de a pie, temeroso de perder el trabajo, de no poder asegurar la mantención de su familia y llegar con el presupuesto a fin de mes, entre otras necesidades. No hablemos de los que se cayeron del sistema y pasan mil penurias, pues, estos son prácticamente muertos civiles, excepto el día de las elecciones.
Estoy saturado de escuchar a economistas y políticos que tendrían la solución para que la Argentina supere sus problemas estructurales y vuelva a ser lo que fue. Lo preocupante es que el periodismo los entrevista día tras día y les concede un tiempo precioso que termina siendo malgastado. Es curioso, ya que muchos de ellos ocuparon cargos clave en diferentes gobiernos incluso de distinto color político, tuvieron su oportunidad y no hicieron nada positivo para el país, es más algunos son responsables de muchos de los descalabros que hoy padecemos. Está claro que los medios tampoco son inocentes, pues, terminan dándole oxígeno al relato y en su búsqueda de la noticia no seleccionan de manera inteligente a quienes entrevistan, cayendo siempre en el mismo círculo de ilusionistas, mientras tanto existe una intelectualidad de culto en las catacumbas que es ignorada por el periodismo, a la vez que sectores militantes pretenden secuestrar la república mediante la destrucción de la separación de los poderes constitucionales.
El poder ejerce una enorme atracción, una seducción extraordinaria. Además es vox populi que quien desea entrar a la política es porque quiere hacer mucho dinero y rápido. No es casual que, salvando honrosas excepciones, los políticos sean muy ricos. He conocido hombres y mujeres de mucho mérito, a quienes incluso llegué a admirar, pero bastó que les ofrecieran un cargo de importancia en el Estado para que como personas se desdibujaran y, como dicen en España, tirasen su honra a los perros. Entiendo que las luminarias del escenario para quien no pertenece a ese ámbito puedan encandilar, más no justifica que clausuren la autocrítica.
La Argentina está llena de opinólogos y de soluciones de fondo sencillas, pero escasean los pensadores en los medios, y esto es muy grave, sin embargo dicen que somos el país de la región con mayor número de think thanks. Estas “usinas del pensamiento” (¿acaso el pensamiento necesita usinas?) están de moda y, la pregunta pertinente sería: ¿cuál es su aporte real? En efecto, aparecen sponsors del establishment que no revelan estar dispuestos a ir contra el statu quo. Es claro, sería ir contra sus propios intereses. Reparemos en el plano internacional, como ser el Foro de Davos, donde los más poderosos del mundo dan sus opiniones y se muestran preocupados por la pobreza en el planeta aunque no hacen nada concreto para aliviarla. Y cuando realizan alguna donación, que la proclaman a los cuatro vientos, hay que preguntarse qué rentabilidad tendrá ese acto generoso. Según Oxfam la mayor concentración de riqueza mundial la posee el 1% de la población global. Hace poco apareció un ranking internacional dónde la Argentina es el país de América Latina con mayor cantidad de usinas de pensamiento, ya que habría unas 262 instituciones de este tenor, por lo tanto ocuparía el 8º puesto del ranking mundial, con una institución menos que Alemania y con 72 más que Brasil que ocuparía el 9º lugar. Otra demostración palmaria de la mentira institucionalizada.
Los que me conocen saben que desde que era adolescente leo varias horas al día. Mis compañeros de facultad decían que era una rata de biblioteca. Hay autores que he leído con fruición, que admiro y tengo como modelos, pero me he dado cuenta que a pesar de eso, siempre descubro algo para discrepar, lo que en mi caso funciona como un auto test que confirma mi independencia de criterio. Confieso que también suelo hacer el esfuerzo de leer la narrativa de algunos canallas con la intención de descubrir cómo es el entramado oculto de ese relato tóxico, y sé que muchos no se atreven porque sólo toleran las narrativas que afirman lo que creen. En fin, trato de leer todo lo que puedo e informarme incluso a través de medios extranjeros de prestigio, dentro de lo que me permite el tiempo material del ejercicio cotidiano de mi profesión, aunque es tanto lo que surge en esta cultura letrada que suelo quedar en falta. Eso sí, cuando aparece algo de interés procuro hacer mi propia investigación.
Desde hace tiempo se vienen promocionando y poniendo de moda ciertas ideas que no aportan ninguna originalidad. En la década del 90 surgió el movimiento “aceleracionista”, que tendría posturas de izquierda que ponen el acento en la evolución de la tecnología (sobre todo informática) y en la automatización del trabajo, y posturas de derecha donde se pretende profundizar el capitalismo en su versión más agresiva. Una rama de este último, desde hace más de una década intensifica el conflicto racial en los Estados Unidos procurando un nuevo Estado con supremacía blanca y siguiendo los principios de los llamados libertarios. Cuando uno lee a las distintas vertientes de este movimiento encuentra contradicciones por doquier. En este tipo de discusiones Marx nunca falta (me refiero a Karl no a Groucho), es así como en un discurso de 1848 habría sostenido que el sistema proteccionista es conservador y, el libre comercio es destructor porque corroe las nacionalidades y lleva al extremo la lucha entre la burguesía y el proletariado, por eso se declara a favor del libre comercio para acelerar la revolución social.
En los Estados Unidos existiría una corriente contracultural, no irracional, y hasta de vanguardia que vio en Trump una suerte de ariete capaz de dinamitar la sociedad actual. Es curioso porque en esto coincidiría con la izquierda contracultural de los años 60 y 70. Como muchos han señalado, desde hace tiempo hay una derecha que se apropió de la irreverencia y de la transgresión, mientras la izquierda se hizo políticamente correcta. La prevalencia de la izquierda entre los jóvenes siempre obedeció a que llevó a la práctica una contracultura desafiante, experimental, por cierto distinta de la izquierda puritana actual que censura y estaría a la caza de brujas o de pecados del machismo, del colonialismo o de los “transfobos” (transgénero y de género diverso) en las distintas elaboraciones culturales. No hay duda que la relación de la izquierda con los límites morales cambió (también la derecha) y se opone a que nadie manche sus conquistas de los años 60, en consecuencia esto la convierte en blanco de rebeldías. El nuevo “situacionismo” de ultraderecha o “aceleracionismo”, cree que hay que destruir la sociedad actual. En efecto, pretenden que los conflictos del capitalismo extremo y de la tecnificación de la sociedad que enerva a la izquierda, se aceleren. Así tenemos el supremacismo blanco, el cambio cambio climático, las elites del poshumanismo, el fin de la democracia y el republicanismo (en su lugar gestionar los países como si fuesen grandes empresas o compañías comerciales). En fin, estos sujetos sueñan con una utopía antidemocrática, que a su vez sea post-humana y tecnológica.
En lo que hace a los libertarios, muy de moda, procuran abarcar la política, la economía, el derecho, la filosofía moral y la cultura. También aquí encontramos tendencias encontradas y sobran las contradicciones. Para Noam Chomsky las ideologías libertarias serían “fascismos corporativos” porque dejan todo en manos de empresas privadas y, las formas más radicalizadas como el “anarcocapitalismo” nunca lograrían funcionar por ser excesivamente teóricas y alejadas de la realidad. A propósito de la realidad, de esa existencia verdadera y efectiva, Aristóteles para confrontar con su maestro Platón dijo “La realidad es la única verdad”. Kant remontó esa idea en el Siglo XVIII y, en 1948 Perón adoptó la frase que hoy repiten como sonsonete muchos de sus seguidores: “La única verdad es la realidad”, evidente tautología, pero que forma parte del ideario o catecismo del general y que no admite discusión.
Tengo en claro que una cosa es ser antisistema y otra estar contra “este sistema” y aspirar a reformarlo. Porque convengamos que cuando los denominados antisistema llegan al poder deben asumir la responsabilidad de administrar el sistema… Boris Johnson es un antieuropeísta y condujo a su pueblo al Brexit. Trump está contra el Estado y desde la Casa Blanca no hizo más que sembrar caos. Y podríamos seguir con los ejemplos. Como decía un periodista, si uno está contra el sistema debería ser coherente y rechazar cualquier beneficio que el sistema le ofrezca. Si se es anticapitalista no debería acudir a los bancos ni tener tarjetas de crédito.
No quiero cerrar la nota sin alguna referencia al “vacunagate”, fenómeno que no solo es local y, éste no debería ser un argumento para trivializar el hecho entre nosotros. Para los analistas de nuestro medio la situación puso al descubierto la desigualdad de naturaleza feudal que existe en la Argentina, mostró que en el país la política forma una casta. En realidad hace varios años que vengo hablando de la “casta política” que tenemos y padecemos, por eso no me sorprende. El gobierno hace lo imposible para disimular y dar excusas de este destape, incluso habla de un “error”. Para mí es de suma gravedad moral y no me importa si no está contemplado en el código. No estoy de acuerdo en que no haya sanciones, sobre todo si tenemos en cuenta que mucha gente que está en riesgo no pudo vacunarse porque otro que no lo estaba se apropió indebidamente de su vacuna que fue pagada con fondos públicos e incluso algunos perdieron la vida. Un penalista en una carta de lectores decía que el actuar de estos políticos, muchos de ellos funcionarios del Estado, ha revelado un comportamiento delictual. El reproche legal debería instrumentarse y es necesario evitar confundir a la población. Seres humanos murieron sin que les diésemos la oportunidad de estar vacunados y por consiguiente en mejores condiciones inmunológicas para enfrentar el virus. Tengo entendido que la ley penal contemplaría que sea reprimido el funcionario público que cayese en esta falta. Basta de hipocresía, esto no es responsabilidad de los medios, tampoco de la oposición, sino de una mala gestión en un país donde existe una casta dirigente que se maneja con total discrecionalidad moral y jurídica, y en donde hay súbditos en lugar de ciudadanos. En España el general jefe del Estado Mayor tuvo que renunciar al descubrirse que lo habían vacunado saltando el orden sanitario establecido.
La cantante estadounidense Dolly Parton es la contracara de esta miseria moral, pues esta cantante country de 75 años, donó el año pasado un millón de dólares al laboratorio de la vacuna Moderna para investigar y producir la vacuna que le acaban de aplicar la semana pasada, cuando le llegó su turno.