• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Archivos de autor: Roberto Cataldi

Pandemic, Annus Novus y los Reyes Magos

13 miércoles Ene 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La semana pasada se celebró el día de los Reyes Magos, cuya existencia se consigna desde el Evangelio de Mateo. He leído que la iglesia ortodoxa siria y también la iglesia apostólica armenia sostenían que los reyes en realidad eran doce y no tres, como los apóstoles y las doce tribus de Israel. Desde el Medioevo, Melchor representaría a los europeos, Gaspar a los asiáticos y Baltasar a los africanos, en suma tres razas… Recuerdo que siendo muy chico esperaba con ansias los regalos que ellos me dejarían, pues, era un día de felicidad y, he procurado seguir la tradición con mis pequeños nietos. Pero claro, cuando uno se entera que los regalos no los dejaron los reyes, se rompe la fantasía, y esto constituye una etapa en el largo camino de dejar atrás la inocencia, aunque la inocencia no tiene edad, al extremo que hay gente que jamás se desprende de la credulidad. La infancia debería ser una prioridad, pienso que es imperioso protegerla, antes de que conozca las crueldades del mundo.

El 6 de enero pasado se produjo un hecho inédito, una multitud de seguidores de Trump tomaron el Capitolio en plena sesión para impedir el acto protocolar por el que se confirmaba la fórmula Biden-Harris como presidente y vicepresidente de los Estados Unidos. Hasta ahora el saldo han sido cinco muertos, decenas de heridos, destrozos, y una triste imagen que recorrió el mundo, que bien podría haber sido tema de una obra de ciencia ficción. Pero Estados Unidos ya tuvo su Guerra Civil (1861-1865). No hay duda que el magnate metido a político buscaba el autogolpe, incitó a sus secuaces para que con violencia rechazaran el resultado de una elección ya legitimada y que cometieran un acto de sedición. Es hora de que rinda cuentas por todos los desaciertos que ha cometido como presidente en estos años. Espero que el impeachment sea correcto, no como el de Dilma Roussef que lo fue por motivos espurios.

Soy consciente de que por medio de la globalización se han dado grandes pasos en materia de ciencia, tecnología, turismo, comunicaciones. Internet aparenta ser un ámbito democrático porque cada uno expresa sus opiniones, pero no lo es, sus algoritmos entrenan al individuo para que tenga respuestas emocionales ante las cosas, facilitando el autoritarismo. Una excepción fue wikileaks que irrumpió en la intimidad de la diplomacia estadounidense, poniendo al descubierto sus hipocresías.

La globalización, como el dios Jano, muestra la otra cara con millones de seres humanos que han perdido su trabajo y son marginados. Muchos ya no trabajan desde la década del 90 en mérito a las políticas neoliberales, que con el partido político que hoy está en el poder, el país se convirtió en el discípulo más aplicado. En efecto, era la época de las “relaciones carnales” postuladas por el recientemente fallecido Carlos Escudé. Una época de privatizaciones a diestra y siniestra frente a un Estado inoperante. Es curioso, recuerdo que en la década del 80 oí a esos mismos políticos oponerse abiertamente a las privatizaciones porque decían que no iban a permitir que se entregara el país y, luego en el poder hicieron justamente lo contrario. Creo que si no hacemos un poco de memoria no entenderemos nada de lo que actualmente sucede.

Esa masa de gente que perdió su trabajo, en términos generales, gente de mediana edad formada en el paradigma del trabajo diario, acostumbrada a trabajar durante ocho o más horas al día y, de pronto, obligada a una “ociosidad no consentida”, muy distinta del ocio de los griegos, en la medida que el tiempo pasa siente cómo su proyecto de vida se marchita, poniendo en entredicho los valores, las costumbres, los estilos de vida, y dando paso a un profundo escepticismo que en no pocos casos ha desembocado en la depresión y hasta en el suicidio. Me consta por haber asistido como médico a varios.

El arreglarse de alguna manera para seguir viviendo sin tener un trabajo estable conlleva un profundo mal, la gente se acostumbra a vivir en la precariedad y eso es terrible. Por otra parte, no es fácil la reinserción laboral para quien ha permanecido varios años fuera del sistema productivo. Se habla de reingeniería laboral como una solución a estos casos-problema. Pero la realidad es que algunos han perdido la dinámica laboral, ya no recuerdan el placer que produce el hacer, mientras otros se sienten moralmente destruidos o incluso abandonados hasta por su fe religiosa, y por supuesto no faltan los que en la búsqueda desesperada de una salida tropiezan con el alcohol, las drogas y hasta el delito. No todos son vagos que les gusta vivir de subsidios, si bien es cierto que siempre hubo demasiados vagos en el país y vivos que viven del trabajo ajeno.

Cómo ignorar a los jóvenes estudiantes, obreros, campesinos y profesionales que el mercado ha decidido marginar o descartar, o a los niños que viven en la calle, así como los adolescentes que no vislumbran futuro alguno porque se les niega toda posibilidad de superación y llegan a pensar que son basura, o creen en sintonía con la teoría de la metempsicosis de Pitágoras que el destino los castigó vaya a saber por qué pecado cometido en otra reencarnación. El cinismo trepó a las más altas cumbres y los niveles de corrupción no tienen precedente en la historia. Ya sé que el problema no sólo es nuestro, y de Occidente, también lo es de Oriente. ¿Acaso se puede ser intelectual callando porque en el fondo uno está a salvo? ¿No es imperioso hacer alguna reflexión o referencia en voz alta? ¿Puede la realidad académica seguir divorciada de esta otra realidad? En un programa de TV un clérigo decía que la pobreza que nos debe interesar no es la pobreza material sino la espiritual, ya que hay pobres que sólo tienen dinero…

Para Claudio Zuchovicki el gasto sin estrategia es repartir el dinero generado por otros. Y explica que la “pobreza estructural” se inicia cuando un país no puede ahorrar, en consecuencia no hay inversiones y sin éstas no existe la productividad necesaria para crear riqueza, y, sin ella solo hay miseria para distribuir.

La década del 70 vuelve una y otra vez, sin duda es una década irresuelta. No somos pocos los que sabemos qué paso, porque vivimos esa etapa y podemos dar testimonio de hechos y sucesos tal como fueron, en consecuencia tenemos opinión formada, pero la novedad es que los escribidores oficiales pretenden reescribir la historia para mostrarnos un panorama muy diferente, surrealista, y que lo aceptemos calladamente, bajo apercibimiento de ser etiquetados con alguno de los rótulos de la mala prensa. Lamento la ignorancia de tanta gente que repite consignas apócrifas y habla enfáticamente.

Aquí los grupos guerrilleros aparecieron en 1966. Recuerdo que en ese año estaba cursando el bachillerato cuando fue el golpe de estado de Onganía que derrocó al gobierno constitucional de Illía. Entre el 73 y el 76 la guerrilla estaba en pleno apogeo, al igual que la Triple A, hasta que surgió el proceso militar con el terrorismo de Estado. Con los militares en el poder ningún grupo subversivo tenía la menor posibilidad de vencer, pese a los muertos y daños que los guerrilleros ocasionaban. El “éxito militar” se debió a que utilizaron la estrategia de los franceses en Argelia. Una película de la década del 60, protagonizada por Anthony Quinn, Alain Delon, George Sigal, Claudia Cardinale y otros actores notables, recrea cómo operaban los paracaidistas del ejército francés contra los argelinos que luchaban por su independencia, instrumentando la tortura para lograr la delación y luego la caza de los rebeldes. Pude ver la película en un pequeño cine de culto de la avenida Corrientes, y entre el escaso público, no más de veinte personas, estaba Leonardo Fabio.

Ceferino Reato que ha estudiado con documentación los años 70, dice que los muertos de esa época a manos de los guerrilleros no aparecen en ningún listado del Estado y sus parientes no han recibido ninguna indemnización o resarcimiento por tratarse de personas que murieron en el bando equivocado. Pensemos que muchos de ellos eran colimbas, chicos de 18 años que cumplían con el servicio militar obligatorio, no eran torturadores ni represores. También comenta que según un estudio, Montoneros, ERP y otros grupos habrían matado a 1904 personas entre 1969 y 1979, y compara esta cifra con la ETA que mató a 864 personas, pero entre 1961 y 2011. En fin, no sé dónde irá a parar la Argentina ya que por este camino solo nos aguarda el abismo, y conste que no soy afecto a las sentencias de carácter profético y apocalíptico. Lo cierto es que existe la sensación de que lo que vendrá no será mejor de lo que ya vivimos.

En todas partes el manejo de los dineros públicos es problemático, motiva discusiones, denuncias, rebeliones, pero aquí existe una visión claramente distorsionada. Al parecer muchos creen que estos dineros son como un manantial inagotable y en consecuencia pueden malgastarlo con tranquilidad. La clase media, aquella que necesita trabajar para vivir porque de lo contrario no puede vivir dignamente, paga sus impuestos, sostiene el sistema y es el motor de todo país desarrollado, pero aquí se la castiga en base a medidas que logran empobrecerla, por lo que cada vez está más reducida. Algunos dicen que esto es casual, yo pienso que es deliberado, que existe un plan.

Un país donde se reemplaza la educación por el adoctrinamiento, los casinos y el fútbol son mucho más importantes que mantener las escuelas abiertas, las medidas de gobierno apuntan a reducir peligrosamente la producción y aumentar el desempleo, el hambre es una realidad constatable en la calle, entre otras calamidades, no puede descuidar la asignación de los dineros públicos. Para aquellos que además de cumplir con nuestros deberes de ciudadanos observamos y reflexionamos desapasionadamente, sin ningún compromiso partidario, ideológico o de otra naturaleza, se nos hace muy difícil soportar tanta mentira. Al igual que muchos ciudadanos dejé atrás la inocencia, quizás a los golpes, pues, uno ha sido engañado demasiadas veces para seguir creyendo en promesas de los unos o de los otros, aunque no dudo que siempre habrá idiotas útiles.

Hoy por hoy para los economistas todo pasaría por la inflación y la cotización del dólar. Y entre acusaciones cruzadas sobre en qué gobierno hubo más inflación o cuando la gente podía comprar más verdes, sería importante que recordásemos que hasta 1950 no existió la inflación en el país (no es una opinión, es un dato). En efecto, la inflación surgió a mitad del gobierno de Perón aunque muchos no quieran creerlo. En esa época el general, para desestimar el valor de la moneda norteamericana se preguntaba: ¿Quién vió alguna vez un dólar? Este comentario finalmente pasó al repertorio de los chistes.

A la Argentina le pueden faltar muchas cosas, menos recursos naturales y capital humano de primer nivel, entonces me pregunto por qué tenemos que resignarnos ante tanta ignominia y corrupción. Me gustaría que surgiera otra clase dirigente, no desde la partidocracia porque siempre es más de lo mismo (la eterna trampa), que hubiera candidatos independientes por cada distrito que respondan a sus votantes y no a la disciplina del partido, gente capacitada, con prestigio y honestidad, y para quien la política no sea un curro. Ya que hablamos tanto de los nórdicos, que los legisladores no tengan auto oficial con chofer, que carezcan de privilegios solventados por el erario público (expresión redundante pero generalizada), y que no dispongan de gastos de representación innecesarios o que no estén debidamente justificados y controlados. Sería la única manera de terminar con esta casta que carcome las entrañas de la nación.

Vivimos en una sociedad donde hay mucho ruido y poca reflexión. Continúan las restricciones por el virus y se afianza la tentación autoritaria. Para la clase media el confinamiento revalorizó el hogar como un lugar de confort, que brinda seguridad, donde uno trabaja y se relaciona con el mundo, y no hay duda que los nuevos comportamientos se convertirán en hábitos. Está claro que el teletrabajo, la educación a distancia, la telemedicina, entre otras actividades virtuales resultan útiles, pero cuidado, son insuficientes. La pandemia planteó una problemática de muchas aristas, la salud es solo una de ellas, y en el fondo la crisis es humanitaria, ideologías aparte. No convirtamos los problemas en dilemas para imponer nuestra voluntad. Las cosas son como son, no como deseamos que fueran.

Pandemic et Annus Horribilis

18 viernes Dic 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Faltan pocos días para finalizar el 2020, un año que sin duda calificamos de “Annus Horribilis” por tratarse de un año marcado por la desgracia, el sufrimiento, las consecuencias funestas. Algunos consideran que merecería ser olvidado, idea que no comparto. Según el diccionario Merrian-Webster, “Pandemic” es la palabra del año por ser la que recibió mayor número de consultas desde que la Organización Mundial de la Salud  la empleó para describir la situación epidemiológica provocada por el Covid-19. Sin embargo, yo creo que a la P de Pandemic, deberíamos añadirle otras: Pobreza, Polución, Pánico. En suma, las 4 P que dominan el conflictivo panorama mundial como si se tratase de Los cuatro jinetes del Apocalípsis. Claro que a pesar de tanta desgracia no quiero caer en un pozo depresivo, pues, considero necesario dejar una ventana abierta a la esperanza, ya que la historia nos revela que luego de terribles episodios como este suelen surgir oportunidades y circunstancias favorables.

A lo largo del 2020 he procurado hacer la crónica de la pandemia a través de mi blog, de artículos de opinión publicados en Madrid, también en periódicos locales y en entrevistas que me hicieron, teniendo presente que toda crónica necesita de la experiencia de la calle, de ahí su veta periodística. Hoy por hoy avistamos un mundo emergente, y solo vemos la punta del iceberg, esa masa de hielo flotante que sobresale de la superficie del mar, pero la mayor parte está sumergida y, pienso que no podemos hacer predicciones sobre aquello que no podemos ver. Al igual que otros intelectuales, tengo la impresión de que la performance actual es la de un mundo sin rumbo.

La pandemia convirtió lo cotidiano en algo extraordinario, y hasta incierto. Más allá del encierro y las prohibiciones, la gente se siente abrumada por tanta información, la que en muchos alimenta el pensamiento de que algo grave puede suceder en cualquier momento. Y con tantas malas noticias en los medios, día tras día, el individuo corre el riesgo de insensibilizarse. Recuerdo que en  los 70 el escritor italiano Attilio Dabini, en su taller de la SADE, nos comentaba que durante la Segunda Guerra Mundial había soportado unos 80 bombardeos, que la primera semana creía que enloquecería pero finalmente terminó acostumbrándose. Pues bien, cuando la información es en demasía algo similar puede suceder. Por otra parte, sería hipócrita negar que en ocasiones tantos datos nos produzcan hartazgo. 

La pandemia y la cuarentena se montaron sobre el cambio de época que venía en curso desde hace décadas. En efecto, durante el Siglo XX cayeron imperios, aparecieron nuevas tecnologías, sobre todo en lo que atañe a las comunicaciones, la mujer irrumpió en la esfera pública reclamando sus derechos, por cierto muy postergados, y buena parte de la humanidad comenzó a alzar la voz y reclamar protagonismo. Hoy comprobamos estallidos sociales en todas partes, la novedad es que ya no existen liderazgos, tampoco los partidos políticos logran coparlos, se trata de gente que se autoconvoca a través de las redes para expresar su disconformidad y generalmente lo hace de manera pacífica.

Con la crisis motivada por el coronavirus la vida social se restringió, se prohibieron las reuniones, las calles quedaron vacías, a la vez que la vulnerabilidad se hizo patente, dando paso a la angustia, el pánico, y hubo que adoptar nuevos modos de vida. Hoy vemos que la gente se relaciona de manera distinta e incluso los temas de conversación son otros. El incremento dramático de la pobreza, el creciente desempleo, la educación presencial clausurada, entre otros fenómenos, nos sitúan al borde del abismo. En efecto, la pandemia irrumpió en diferentes contextos sociales preexistentes, y la situación de la Argentina no es la de otros países, como es el caso de los países nórdicos donde existen políticas de Estado que superan la alternancia de los gobiernos, el desarrollo es una meta, los impuestos se destinan a mejorar los servicios, hay políticas de contención social y la corrupción no se tolera. Nuestro contexto es otro, muy diferente. La realidad incontrovertible es que tenemos un país estancado desde hace un siglo, a pesar de que mucha gente trabaja, respeta la ley, paga sus impuestos y procura hacer lo correcto. 

En este contexto adverso, desde el principio el gobierno viene sosteniendo que no hay plan, y los hechos lo avalan. Al sostener que las circunstancias no permitirían la planificación se cae en una falsedad, ya que siempre se planifica. Una cosa son las consecuencias de la pandemia y otra la responsabilidad de los gobernantes por las decisiones que toman. No caigamos en confusiones, pues, la ineptitud, es, la ineptitud. 

Aquí tenemos una amplia experiencia en materia de sub-registros y por eso nuestras estadísticas nunca fueron confiables, eso lo sabemos muy bien los médicos. De todas maneras, a un panorama sanitario con más de 41.000 muertos “declarados”  y más de un millón y medio de contagios, se le suma la mitad de la población en situación de pobreza, un 40% de individuos desempleados en estos meses, el cierre de miles y miles de negocios y,  una economía sumergida, entre otros grandes males, en consecuencia la agenda no debería centrarse en temas que precisamente no sean éstos. Resulta inadmisible distraer a la ciudadanía con problemas que no son urgentes en este contexto, poniendo en los medios una agenda caprichosa. La gente está muy preocupada por temas vitales, existenciales, que a todas luces resultan prioritarios.

Desde el primer momento de la pandemia se descuidó a  los dos extremos etarios de la población, que revelan mayor vulnerabilidad: la infancia, a la que se le prohibió la educación  cerrando los colegios y dejándola sin futuro (lo contrario de otros países que manejaron mucho mejor la crisis), y  los viejos a quienes se les escamoteó el dinero de  sus merecidas jubilaciones, condenándolos a la pobreza. Algunos funcionarios llegan a no diferenciar las jubilaciones de los planes sociales, olvidando  que los jubilados durante 30 ó 40 años aportaron  al sistema. En cuanto a la oposición política, no estuvo ni está a la altura de las circunstancias.

Es cierto que en muchos países las democracias liberales están en serios problemas, pero no caigamos en la confusión de condenar el sistema y darle paso a las autocracias y los populismos, porque justamente son los políticos quienes han convertido a la democracia en un juego sucio, a la vez que han arruinado la vida de mucha gente.

Es lamentable que la política esté hecha de emociones, no de ideas y hechos, y tal como va el mundo cada vez será más emocional. Bástenos con mirar la conducta de Trump y el apoyo que le dieron con su voto 75 millones de ciudadanos estadounidenses. 

Todos sabemos que el dinero trae poder, no hay duda,  y los que gobiernan piensan que los recursos del Estado deben estar a su servicio por haber sido votados,  no al servicio de los contribuyentes. En la lucha política, más allá del ataque al adversario se necesita que se quede sin dinero para así despojarlo de poder. Con tal de salirse con la suya los gobernantes apelan a cualquier argumento. Y los políticos de la extracción que fuere, sistemáticamente anteponen sus intereses a los de la población, pues un día se pelean públicamente, se arrojan dardos  envenenados, pero al día siguiente terminan pactando y olvidándose de todas las acusaciones públicas que se prodigaron y hasta de las imprecaciones que profirieron. Por eso, coinciden sin fisuras en la defensa de sus privilegios, que remedan  los privilegios de cuna o de la monarquía, porque se trata de “privilegios de casta”. En efecto, nuestros políticos integran una casta. Ni los exponentes de la derecha, del centro o de la izquierda son capaces de rasgarse las vestiduras, al menos en el sentido que le daban los griegos de los tiempos de Homero.

El populismo no solo procura imponer un relato sino que necesita mucho dinero para seducir con dádivas y comprar conciencias. No es casual que en los lugares en que existen fuertes populismos haya amplias zonas de población empobrecida que, más allá de prodigar su lealtad al jefe,  jamás dejarán de ser pobres. Hoy quieren hacernos creer que ser pobre de por sí es una condición digna, como si se tratara de una cualidad divina y, nos aconsejan la resignación como virtud, cuya recompensa nos aguardaría en la otra vida…. La corrupción del bolsillo establece alianzas con la corrupción de las mentes. Círculos de poder político en asociación con la religión sostienen esta tesis falaz. Son relatos promovidos por círculos viciosos que pretenden pasar por círculos virtuosos. En lo que atañe a sus seguidores, no hay antídoto para la cerrazón mental, jamás aceptarán aquellas evidencias que los contradicen, en suma creerán en lo que quieren creer, punto.

En nuestros días, los gobernantes de distintos países apelan al relato de la vacuna pensando que de tener éxito la vacunación la gente olvidará todos los desaciertos. En realidad, no se puede gobernar con discursos triunfalistas, tuits y fotos oportunistas. Aquí el ministro de salud decía en la primera quincena de agosto: “Vamos a tener la vacuna antes de tiempo, como en el primer mundo, a un precio infinitamente menor” y, el presidente el mes pasado hablaba de vacunar a 10 millones de personas sobre finales de diciembre (…) Me vino a la memoria Baltasar Gracián que decía: “El primer paso de la ignorancia es presumir de saber”, y también viene al caso Sócrates cuando sostenía: “Habla para que yo te conozca”. Un amigo dice que  tienen  una maestría para la sublimación, yo pienso lo contrario. En un año no he escuchado ninguna autocrítica, sí permanentes contrasentidos y falta de respeto al ciudadano. Una mala gestión seguida de mala comunicación, más una sobreactuación de tono épico.

Me preocupa el nivel de agresividad de mucha gente ante tanta frustración. Esto no se arregla con promesas, chivos expiatorios o la épica marketinera con la que nos saturan. El titular del SAME comentó lo difícil que se le torna el trabajo a los médicos por el nivel de violencia que hay en la calle. Me lo han confirmado varios colegas, algunos de ellos han sido mis alumnos. Y cuando la calle es como una olla a presión (descarto las movilizaciones orquestadas por no ser representativas), no podemos dejar de mirar al gobierno y la casta política que parecen habitar otro planeta.

El gran problema es que los argentinos nos hemos acostumbrado a soportar ciertos males, así naturalizamos muchas cosas, incluso situaciones moralmente muy nocivas. Me parece oportuno recordar a Martin Luther King cuando decía: “No me preocupa el grito de los violentos y los deshonestos, lo que me preocupa es el silencio de los buenos”. En efecto, King pensaba que la verdadera tragedia de los pueblos estaba en el silencio de la gente.

Saliendo de la cuarentena con discusiones decimonónicas y esperando la vacuna

18 miércoles Nov 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Luego de una cuarentena obligatoria que ha sido la más larga del mundo, con resultados más que cuestionables y cuya mayor responsabilidad la tiene sin duda el gobierno central, enfrentamos un panorama más que desalentador. Los datos, son, los datos. Entramos a la cuarentena con 97 .infectados y 3 muertos, terminamos saliendo casi ocho meses después con 1.242.182 infectados y 33.560 muertos “declarados”, la pandemia continúa y, además nos dicen que en este período hay más de cien mil casos “sospechosos” que habrían quedado en una suerte de limbo. En fin, si bien es cierto que las estadísticas en todo el mundo revelan un lado cuestionable, aquí siempre dejaron lagunas de dudas, ya sea en este tema como en tantos otros. Los que tenemos por costumbre escribir le conferimos un alto valor al significado de las palabras. Para la medicina la palabra “cuarentena” tuvo y tiene un claro sentido, pero hoy los gobernantes la han vaciado de significado, como han vaciado tantas otras cosas. El país se apagó súbitamente, terminó hundiéndose y, no se alcanzó ni un objetivo ni el otro, poniendo de manifiesto que la capacidad y el talento no se declaran, se demuestran. Por otra parte, en ética se sostiene que dignidad y ejemplaridad son afines.

Un factor clave para evaluar el desempeño de un gobierno en una pandemia es el manejo de las prioridades. En estos días, The New York Times solicitó en un editorial que se mantengan las escuelas estadounidenses abiertas dada la importancia de la educación presencial, como sucede en la mayoría de los países de Europa, pese a los rebrotes. En efecto, el editorial se apoya en la evidencia de “lo poco que se ha propagado en ese ámbito el virus” y en que el cierre de los establecimientos tiene consecuencias devastadoras para el progreso de los niños, afectando a los padres y otros sectores de la sociedad, por eso la estrategia es priorizar la educación y, de ser necesario, imponer nuevas restricciones en otros sectores. Pero la Argentina fue, ha sido y es diferente, pues, las decisiones surgen de unos gremialistas docentes impresentables y de autoridades que no tienen la altura intelectual de la función que desempeñan. Es así como mientras se oponen a las clases presenciales hasta que no exista la vacuna se reabren los casinos y las salas de juego, evidenciando que aquí lo lúdico está por encima de la educación. Día tras día perdemos estudiantes, es una calamidad para esos chicos, sus familias y el futuro del país, pero eso no preocupa mientras se ganen militantes. A veces pienso lo lejos que quedó aquella Argentina de la educación pública, laica, gratuita y obligatoria que acogió a hijos y nietos de inmigrantes de bajos recursos, y que les permitió concretar un proyecto de vida, alcanzar un futuro promisorio que hoy no tienen las nuevas generaciones. Un país que llegó a tener los mejores indicadores de desarrollo humano de América Latina y que se situó al lado de los más adelantados del planeta. En fin, hace casi veinte años en un libro de ensayo sostuve que la Argentina había perdido irremediablemente el Siglo XX, hoy no tengo dudas que continúa ese derrotero, con una historia cuyos recovecos revelan oscuros designios.

El tema de las vacunas es complicado, no solo es un problema científico y de salud pública, sino un negocio de alta rentabilidad y de geopolítica, donde los nacionalismos resurgen como aconteció hace un siglo atrás. Y lamentablemente la ciencia ha pasado a formar parte del espectáculo, lo que conspira contra la seriedad y la credibilidad. Los medios nos bombardean cotidianamente con noticias de un “portfolio de vacunas” induciendo a que la gente tome partido, y muchos recurren a nosotros, los médicos, para que dictaminemos al respecto. Lo que la población debe tener claro es que una cosa son los trabajos científicos que se publican en las revistas médicas de prestigio internacional, previo examen de un comité de expertos independiente, y otra la comunicación a los medios horas antes de que abra la bolsa (…)

Ruth Faden, una bioeticista que en 1994 dirigió la Comisión Presidencial destinada a investigar las violaciones a los derechos humanos en investigaciones científicas con seres humanos realizadas en los Estados Unidos, por pedido del presidente Clinton, subrayó que el hecho de que sea diferente el proceso de autorización de una vacuna por tratarse de una pandemia, no quiere decir que no sea aceptable o inseguro, pero es necesario explicar el “por qué” y el “cómo”, además de dar garantías de seguridad. Es preciso ser honesto con lo que se sabe y también con lo que no se sabe (que es mucho más). Ella sostiene que las cosas que destruyen la confianza son el “secreto”, las “falsas promesas”, y la incapacidad para conectarse con públicos de distinta condición económica, al igual de diferente condición etaria, religiosa, identitaria, étnica o ideológica. Las vacunas distribuidas por el mecanismo Covax (OMS) serán rigurosamente evaluadas y, hasta ahora las vacunas chinas y rusas no están incluidas. Recuerdo que cuando hace unos años visitamos Rusia para participar de un congreso europeo, el único periódico que podía leer, ya que no domino ese idioma, era The Moscow Times y, allí acaba de aparecer la noticia de que tres médicos que habrían recibido la doble dosis de la vacuna Sputnik V estarían contagiados, en consecuencia habrá que esperar los resultados finales de la investigación y no sacar conclusiones apresuradas.

Entre nosotros está de moda citar a los países nórdicos y sus democracias, al punto que se habla del “modelo nórdico”, Algunos políticos lo mencionan, incluyendo el gobierno, como algo que sería deseable alcanzar. En realidad, si quisiéramos seguir ese modelo deberíamos estar dispuestos a combatir en serio la corrupción, respetar las instituciones, evitar las improvisaciones, buscar el consenso en todo aquello que afecte a los intereses del país, proteger al que trabaja dignamente y también al emprendedor independiente. Pero nada de eso persigue esta casta política y sus cortesanos, por el contrario, están blindados y gozando de escandalosos privilegios, como sucede con otros miembros de los estamentos del Estado, revelando que su mundo no es el del ciudadano común. Aquí los políticos y la dirigencia en general viven en una burbuja, como el prisionero en el palacio de los espejos.

La democracia pasa por un mal momento en muchas partes del mundo, donde los fraudes, los golpes de palacio y autogolpes, las amañadas reformas constitucionales destinadas a lograr eternas reelecciones o asegurar inmunidad perpetua para quien deje el poder, integran el parque temático. Los Estados Unidos son un caso patético, donde los cuatro años del gobierno de Trump fueron más bien un reality show, que dañó profundamente al país del norte, orgulloso de su democracia y republicanismo, pero también afectó a otros países. Afortunadamente ya no habrá un segundo mandato, aunque este jugador empedernido, inculto y vanidoso, es apoyado por 71 millones de votantes y está dispuesto a seguir dando batalla en el juego sucio, del cual ha revelado ser un experto. Un presidente populista, tramposo y racista, que agudizó las divisiones que el país tiene desde épocas fundacionales. Toda su presidencia se ha basado en la mentira, como ser, le dijo a los norteamericanos que Obama no había nacido en los Estados Unidos y pese a ser una mentira un tercio de los norteamericanos le creyeron, por eso no dudo en que millones de sus seguidores creerán que le robaron la elección, aunque no haya evidencias y solo cuenten con la palabra de su líder mesiánico.

Cornelius Castoriadis sostiene que los griegos fueron los inventores de la política y de la democracia, pues se trata de creaciones imaginarias del pueblo griego entre los siglos VI y IV a.C. Antes de ellos no hubo ninguna manifestación de este tipo, por eso son creaciones de la imaginación colectiva. No nos resulta fácil transportarnos a esa época con contextos sociales muy diferentes a los nuestros, con un imaginario político distinto del imaginario político de la modernidad. Y como otros autores han señalada, el “procedimentalismo” y la “instrumentalización” han terminado por escamotear lo que se consideran aspectos sustantivos de la democracia. Para Castoriadis si bien los griegos inventaron la política, que sería la organización del poder, no inventaron “lo político” ni tampoco el poder, sí inventaron los mecanismos por los que el poder se ejecuta en la democracia. Habitualmente pensamos que el poder es propio del Estado, sin embargo hay momentos en que el poder lo tiene la gente como revela la historia, ya sea en la comunidad o en la sociedad, la primera signada por los valores y la segunda por los contratos. Karl Marx, heredero del idealismo hegeliano, no aceptaba el pensamiento contractual (el acuerdo entre los individuos) ya que el individuo libre y racional del contractualismo sería un producto de la historia y no de la naturaleza, de allí la crítica de Mark a la sociedad burguesa basada en la propiedad privada y en la explotación del trabajo. El individualismo emerge en la sociedad donde reina la libre competencia y sería producto de la descomposición de la vida feudal. En fin, estas discusiones propias del Siglo XIX, hoy reaparecen en nuestro medio de la mano de manipuladores populistas en un terreno de escandalosas desigualdades y sobre todo pobreza estructural. Se confunde individuo con ciudadano, se demoniza el mérito y la riqueza fruto del trabajo, y se pretende que los deseos se conviertan en derechos.

Hoy por hoy la política está surcada de protocolos, etiquetas, rótulos, franquicias, usurpaciones, escenificaciones y las infaltables fake news. Éste es el merchandising político que nos acosa. Mientras tanto el país continúa con recetas económicas de subsidios, aumento de impuestos, control de precios y emisión de dinero que hace que el dólar no tenga techo (por culpa de un peso que no tiene piso), en consecuencia la realidad se torna cada día más difícil para el hombre de la calle acuciado por necesidades vitales y urgentes.

En la Argentina nunca faltaron los expertos en sembrar vientos con la intención de despertar tempestades que ellos capitalizan hábilmente, de allí mi desconfianza de las teorías conspirativas y de los pronósticos apocalípticos. A propósito, he leído que los parques eólicos del sur deberán tributar un “impuesto al viento” y, me pregunto cuándo llegará el momento en que los ciudadanos tributemos por respirar…

Viviendo la cuarentena entre la tragedia y las fantasías populistas.

23 viernes Oct 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Terminada la fantasía del éxito argentino contra el coronavirus por medio de una eterna cuarentena, nos enfrentamos a nuevos desafíos. Ya en varios países de Europa se habla de la segunda ola y algunos han tenido que retroceder en las aperturas de actividades. La Argentina ocupa el quinto lugar en contagios, pero en relación al número de habitantes está en el primer lugar, pues, los cuatro primeros tienen una población en “millones de habitantes” que nos superan ampliamente: Estados Unidos (328), India (1.353), Brasil (209) y Rusia (144). Está claro que no se instrumentó una política sanitaria correcta, más allá de los inevitables y comprensibles traspiés a los que somete este virus desconocido. Tampoco se consideraron los aspectos económicos, sociales y emocionales, en consecuencia ya no hay espacio para más discursos triunfalistas, filminas erróneas, estadísticas truchas o mensajes destinados a infundir miedo. Las comparaciones innecesarias solo generaron roces diplomáticos y actuaron como un búmeran. Superamos a Suecia en muertos, Venezuela nos supera en testeos y el prestigioso sitio mundial Our World in Data excluye al país por falta de credibilidad en sus estadísticas. Ahora el panorama es funesto, y los principales responsables de gestionar la pandemia parecen no darse cuenta de la realidad y menos estar dispuestos a dar la cara. Los asesores científicos toman distancia y olvidan lo que dijeron cuando los medios los convocaban como si fuesen rock stars. En fin, ser responsable es tener que responder por las consecuencias. Aquí sistemáticamente se apela a lo malo que sucede fuera o se le echa toda la culpa al que precedió en la gestión, no existiendo autocrítica. Y luego pretenden de la gente confianza.

La confianza en política es como la virginidad, solo se pierde una vez. Aún recuerdo ese viernes fatídico de 2001, donde la gente enloquecida corría a los bancos para sacar los depósitos. Mi mujer me llamó luego del mediodía ante la insistencia de los rumores para que la acompañase al banco a retirar los pocos dólares que tenía ahorrados y, yo me negué porque tenía mucho trabajo en el hospital con pacientes complicados. Los dólares quedaron en el banco y nunca más los vimos. Sin embargo, los amigos del poder, que siempre disponen de información privilegiada, lograron salvarse porque remitieron con tiempo sus depósitos en dólares a las casas matrices del exterior, a la vez que el mes anterior unos 358 camiones de caudales transportaron los dólares de los ahorristas al aeropuerto de Ezeiza con destino al exterior, el hecho fue clausurado como tantos otros, pues, nadie se animó a investigar. No sé cuántos ancianos se suicidaron por haber perdido los ahorros de toda una vida de trabajo. Psiquiatras y psicólogos no daban abasto para atender a tanta gente deprimida que concurría a los hospitales, mientras los internistas asistíamos a pacientes con stress, alcoholismo y patología psicosomática. El daño social fue enorme, lo recuerdo muy bien. La clase media blandía las cacerolas día tras día y durante meses los políticos no se asomaban a la calle, ni se animaban a concurrir a un bar porque de hacerlo eran agredidos.

Con varios jóvenes profesionales que han sido mis alumnos o han trabajado conmigo suelo mantener una relación de afecto y, a pesar de que discrepemos en materia política, les reconozco no solo la capacidad profesional sino sus valores morales. A algunos los veo convencidos de lo que sostienen, a otros prácticamente intoxicados por la ideología que probablemente les inocularon de chicos en su hogar. Uno de ellos recordaba que yo siempre les aconsejaba hacer una investigación histórica no sólo de los temas ligados a la profesión, pero admitía que a veces olvidaban ese consejo. En ocasiones, cuando se da la oportunidad, procuro ilustrarlos sobre hechos que han sucedido y que incluso he vivido, para quitarles la venda del adoctrinamiento y la falsa información que les cubre la visión. En efecto, no se puede hablar desde la ignorancia, la desmemoria histórica o la manipulación de la realidad. Mi intención no es convencerlos de nada, simplemente me interesa que conozcan los hechos tal como fueron, que se atengan a los datos y no a las opiniones, que sepan la verdad, luego cada uno verá qué hacer con esa verdad.

La construcción de cualquier país y de la organización nacional es conflictiva, nosotros no somos la excepción. Belgrano, San Martín, Mariano Moreno, Sarmiento, Alberdi, entre otros, tuvieron sus diferencias y cometieron errores. Qué pasaría si yo hiciera pública estas reflexiones: “Nuestro pueblo no carece de alimentos, sino de educación. En realidad, nuestro pueblo argentino se muere de hambre de instrucción, de sed de saber, de pobreza de conocimientos prácticos. Quieren pan sin trabajar, viven del maná del Estado y eso los mantiene desnudos, ignorantes y esclavos de su propia condición”.

Estoy seguro de que recibiría una andanada de críticas, hasta improperios de algunos que se sentirían muy afectados, sin embargo esas palabras no son mías, pertenecen al padre de la Constitución Nacional (1853), Juan Bautista Alberdi, en una época en que el país estaba entre los más ricos del mundo. Y 140 años después, esas reflexiones están vigentes, los gobiernos se suceden y los problemas persisten, por ello tenemos una cuestión estructural, un fenómeno sistémico que va más allá de cualquier gobierno y que no facilita políticas de Estado… Los analistas coinciden en que el problema es la confianza. En efecto, no hay confianza en la dirigencia, pero cómo va a haberla si los dirigentes a través de las décadas siempre son los mismos, los que son seguidos por sus familiares en una suerte de nepotismo y, se trata de familias que viven de los dineros públicos, además de enriquecerse. Nepotismo que llega a los tres poderes del Estado, a los gremios y otros estamentos sociales. Obviamente esto no permite la igualdad de oportunidades. Y cómo no va a ser vilipendiado el mérito, que se lo asocia al capitalismo y la burguesía. Se trata de una farsa consentida por la sociedad en su conjunto, que al no reaccionar perpetúa la tragedia y clausura el futuro.

Mi padre y su hermano fueron yrigoyenistas (aunque no le negaban méritos a Marcelo Torcuato de Alvear) y, a partir del 45 conversos peronistas. Ellos decían, no sin orgullo, que despreciaban a los “militantes oportunistas”, y que seguían al movimiento popular (no populista) por la defensa de los marginados. Me consta la honestidad de ambos así como sus actitudes solidarias. Pero también sé que no compartían el simbolismo, la marchita, la parafernalia, los actos cuasi religiosos que alimentaban el fanatismo de muchos. Recuerdo que no manifestaban sus críticas en mi presencia porque mi padre sostenía que yo era un “escéptico de la política”.

En estos días el movimiento celebró los 75 años de su nacimiento, pero se cuidaron de mencionar que durante 37 años gobernaron el país, lo que invitaría a una autocrítica, dado el deterioro que venimos revelando desde entonces (incluso antes). Hace un tiempo un joven inteligente pero mal informado, me decía que con el advenimiento de Perón había surgido la democracia. Le expliqué su error enumerando unos pocos datos. El capitán Perón aparece con el primer golpe histórico a la democracia, en 1930, y en Internet se halla la foto donde el general Uriburu viaja en su auto descapotado a usurpar el poder y en el pescante a su lado está de pie el capitán. Durante unos dos años permaneció como agregado en Roma, estudiando las estrategias y tácticas de Benito Mussolini, creador del fascismo, pues admiraba a Il Duce como también a Hitler. En 1943 se produce un nuevo golpe militar que derroca al presidente Ramón Castillo, y en la presidencia se sucedieron tres generales, Rawson, Ramirez y Farrell, llegando a ser el ahora coronel Perón vice-presidente de un gobierno de facto. Por otra parte, finalizada la Segunda Guerra Mundial y durante su gobierno la Argentina fue el país preferido de los jerarcas nazis para refugiarse, y su afinidad con Franco lo llevo a pasar su exilio dorado en la España franquista. En fin, no creo que este currículum vitae se articule con un “espíritu democrático”, a menos que se ignoren los datos y se reescriba la historia. Hace 75 años nació el peronismo pero también el anti-peronismo, grieta que llega hasta nuestros días y se suma a otras grietas de nuestra historia, como la de los unitarios y federales, o los conservadores y radicales. En fin, en medio de tanta irracionalidad y relato, hay algo que me hace pensar en la psicopatología del poder.

La pandemia ha paralizado la educación en todos sus niveles, con consecuencias muy serias. En CABA los gremialistas docentes, que convierten las razones en excusas, se oponen a las clases presenciales hasta que aparezca la vacuna (como si se tratase de una cuestión de días o semanas) y, dicen que los patios o las plazas no son aulas. Recuerdo que en algunas situaciones de excepción, llegué a dar clase en el café de enfrente del hospital e incluso lo hice en los jardines del hospital, lo que motivo que alguno dijera que yo creía estar en los jardines de Academo, pero los alumnos se sintieron a gusto. Si la política pretende manipular a la ciencia surgen serios problemas, como sucede con el prestigioso Anthony Fauci, hoy cuestionado por Trump: “La gente está cansada de escuchar a Fauci y esos idiotas, todos esos idiotas que se equivocaron”.

Desde que comenzó la cuarentena en la Argentina, las facultades de medicina capacitan a sus alumnos de manera online. Esto incluye las evaluaciones que son teóricas, falta la práctica por no concurrir a los hospitales y la mayor dificultad la tienen los estudiantes del último año que realizan el IAR o Internado Anual Rotatorio. La medicina es una profesión práctica, más allá de la capacitación teórica, y la modalidad virtual es complementaria, jamás sustituirá lo que se vive en la realidad del hospital. El café descafeinado puede ser agradable al paladar, pero no es café.

Los viejos profesores hemos suspendido la enseñanza presencial para volcarnos de lleno a la tecnología digital. He pasado a dar todas las clases online y cada semana a los alumnos les envío un caso problema para que lo discutamos de manera interactiva.

Hace unos años, en una de las universidades donde fui catedrático y cuyas prácticas se daban en el hospital donde a la vez era jefe de departamento, tuve dos alumnos del último año que solicitaron hacer una rotación electiva conmigo en Buenos Aires, uno era del Reino Unido y el otro de Alemania. Al cabo de unos días me comentaron que les asombraba el método que empleaba, pues desde el inicio del ciclo clínico ponía a los alumnos en contacto con la práctica asistencial y, admitían que en tan poco tiempo ellos habían visto mucho más pacientes de lo que acostumbraban. En fin, más allá de la pedagogía que aprendí en la carrera docente, tiene que ver los maestros que tuve (lamentablemente hoy rara avis) y las experiencias vividas. No hay duda que siempre surgen nuevos desafíos, obstáculos y todo tipo de dificultades, pero la motivación personal es fundamental, junto al estudio, la preparación, el trabajo, y el aprendizaje del fracaso, mucho más importante que la institución que se escoja para estudiar o el marketing universitario. En la formación del médico cada vez son más los factores que los docentes debemos considerar en consonancia con los progresos de la medicina que, como decía René Favaloro, una de las figuras notables surgidas de la facultad donde me gradué (Universidad Nacional de La Plata), nunca podrán ser considerados logros para la humanidad si no dejan de ser un privilegio para las minorías.

El mundo es mucho más complejo, los tiempos han cambiado y no se puede volver al pasado donde vivíamos otra realidad. Como ser, recuerdo que aprobado el primer examen que me promocionaba al segundo año, durante el verano hice prácticas de enfermería en un hospital, en los dos últimos años de la carrera tuve una guardia semanal de 24 horas al lado de médicos que me tutelaban e incluso concurría a distintos hospitales para presenciar prácticas clínicas y quirúrgicas, pero nada de eso formaba parte de mis obligaciones para con la facultad, era una actividad extracurricular, de allí que cuando a los 24 años me gradué había acumulado una experiencia significativa que me permitió iniciar sin mayores sobresaltos la etapa de la formación de postgrado.

Que los alumnos vuelvan a ingresar al hospital para las prácticas dependerá de la situación epidemiológica. Los contagios son frecuentes y en la residencia médica que dirijo, varios colegas se han contagiado e incluso desarrollaron neumonía, afortunadamente ninguno necesitó del respirador. Por ello es comprensible que se proteja a los estudiantes, aunque la autoridad nacional en educación haya solicitado protocolos para reactivar la práctica de los alumnos próximos a graduarse. Las condiciones para volver no están dadas. Y nadie puede ni debe recibir su título de médico sin acreditar una práctica asistencial.

Es natural la prisa por graduarse, pero la paciencia también es una forma de acción, sostenía Auguste Rodin, además de ser la madre de la ciencia. No es una pérdida de tiempo, ya que la enseñanza-aprendizaje continúa, aunque la situación exige hacer ajustes, modificar enfoques, y hasta apelar a la creatividad para alcanzar los objetivos.

Aquí de enero a marzo son las vacaciones de verano y, si tenemos una realidad sanitaria más controlable quizá puedan aprovecharse esos meses para la práctica. Claro que los estudiantes que cursan el último año son miles, otro problema no menor, por eso la Argentina es uno de los países en el mundo con mayor cantidad de médicos por habitante. Lo cierto es que el calendario se va modificando al ritmo de la pandemia y, los exámenes de ingreso a las residencias médicas que tradicionalmente son en abril se han pospuesto para septiembre de 2021, decisión que me parece prudente. Hoy está muy presente aquello de que el temor y la esperanza son inseparables y, toda meta (objetivo más tiempo) tiene que adecuarse a la realidad que vivimos, sin que ello implique claudicar.

Viviendo la cuarentena con el rigor de una filosofía de alcantarilla

07 miércoles Oct 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los gobiernos autoritarios celebran a las “mayorías silenciosas” porque obviamente les facilitan la tarea. Los fanáticos piden a los que no piensan como ellos que callen, y añaden con tono admonitorio que el silencio es salud, también similar actitud asumen aquellas democracias que se comportan como dictaduras de las mayorías. El refranero popular nos recomienda saber callar, pues somos esclavos de nuestras palabras. Está claro que todos tenemos derecho a opinar, aunque pienso que en público las opiniones deben estar bien fundadas. Es común que en rueda de amigos, relajados, comentemos cosas que suceden, impresiones, noticias que no hemos chequeado y podrían ser fake news, e incluso que digamos alguna estupidez o comentario trivial. Pero en todo caso ese es el ámbito de la privacidad y, allí esas licencias están permitidas.

En los cafés o cafeterías, es habitual (al menos lo era hasta la pandemia) reunirse con amigos para charlar y debatir temas de todo orden, incluyendo temas existenciales, metafísicos, epistemológicos, llegando a pergeñar una “filosofía de café”, sin mencionar la literatura nacida en ese cenáculo para recordarnos que la vida no puede ser aquello que tenemos por delante…. En fin, esta costumbre o modo de intercambiar opiniones nació con la Modernidad, algunos hablan del Siglo XVIII, otros del XIX, si bien es cierto que el café, como bebida, lo descubrieron los etíopes probablemente en el Siglo XIII. En fin, no sé qué será de las cafeterías, al menos en Buenos Aires, ya varias han cerrado para no volver a abrir, al igual que miles y miles de negocios a lo largo del país.

En los medios y en las redes aparecen individuos con verborrea y aire filosófico opinando de cualquier cosa, a la vez que revelan una profunda ignorancia del asunto, pero lo sorprendente es que tienen no pocos seguidores. Una joven experta en la cocina de Instagram sostiene que el éxito se debe a saber cruzar “ego y capitalismo”. Instagram se diferencia de las otras redes en que apela a la imagen, no a las palabras, y la imagen es el lenguaje más primitivo y a la vez universal de la humanidad. Millones de usuarios publican en esta red sus vivencias a toda hora. He leído que en el mundo habría más de 200 millones de individuos con más de 50.000 seguidores, la audiencia requerida como influencers para vivir de la red, representando y recomendado una marca o estableciendo tendencias de consumo.

Internet nos trajo el progreso, no lo dudamos, pero no es lo que esperábamos, algunos diseñadores confiesan que desviaron el camino, pues los algoritmos son “opiniones puestas en códigos”. El filósofo alemán Markus Gabriel sostiene que hay que dejar de pensar en los algoritmos como vectores de la “ciencia estadística” y considerarlos como la ingeniería estereotipada de los hombres. Por otro lado, las redes no garantizan la participación social, ejercen vigilancia, influyen en la política y la cultura, facilitan las fake news, producen adicción (incrementan la ansiedad) y, el usuario termina siendo el verdadero producto. En efecto, los usuarios somos el producto de Internet. Un ámbito gobernado por el lucro desenfrenado, casi no regulado, y por lo que he leído, los que trabajan en Silicon Valley prefieren que sus hijos tengan una educación más bien analógica, lo que contradice al mercado de la virtualidad educativa que pretende reemplazar la relaciones humanas presenciales y denostarlas.

La pandemia denudo la miseria que existe en muchos países e hizo visible amplios sectores de pobreza en países ricos. Nos sacó de nuestra rutina y nos dio tiempo para pensar, reflexionar, quizá filosofar, aunque ya en los 60 Theodor Adorno pensaba que eran malos tiempos para la filosofía, y acotaba que hasta las empresas dicen tener una filosofía al igual que los partidos políticos y los hombres prácticos. A algunos la cuarentena les trajo soledad, mientras el virus hizo patente el riesgo de morir antes de lo esperado. Tomamos conciencia de que en el mismo cuerpo que nacemos, moriremos. Las epidemias, históricamente, esparcen incertidumbre, penumbra, dolor, y frente a ellas las desigualdades no pueden camuflarse, aunque es evidente que el virus no discrimina, ya que procura llevarse puesto lo que halla a su paso.

En los mensajes del poder uno advierte cierto tufillo ideológico, también un moralismo casi fatalista así como un paternalismo abusivo. Cuando el miedo cala hondo se restringe la libertad de elección y, ésta es una cualidad esencial de todo ser humano. Algunos comparan las medidas sanitarias restrictivas con la esclavitud, me parece exagerado, pues los médicos solo pretendemos combatir el virus en defensa de la población, aunque no dudo que hay líderes que apelan al terror de la pandemia para tener sujeta y ocupada la sociedad, distrayéndola mientras dan cauce a sus intereses personales, bástenos reparar en cómo la agenda del poder no coincide con la agenda social, dominada por la necesidad y las urgencia vitales.

Mis colegas extranjeros suelen preguntarme por la Argentina, no entienden qué sucede, y les digo que es como una enfermedad crónica, autoinmune, ya que sin necesidad de un agresor externo el sistema inmunitario ataca al propio organismo y sus tejidos, dañándolo. A uno de ellos que vive del otro lado del Atlántico y no entiende esa recurrente actitud autodestructiva, le envié “El Gaucho Martín Fierro” (1879) de José Hernández, también el tango “Cambalache” de Discépolo, compuesto como denuncia a la Década Infame (1930-1943) y censurado por inmoral entre 1943 y 1949.

Cuando hace un tiempo me enteré de que en 1895 la Argentina tuvo el PBI per cápita más alto del mundo, confieso que quedé atónito. ¿Qué pasó? Si observamos los hechos que se han sucedido desde entonces, en estos 125 años, tenemos que aceptar que se trata de un escándalo único en el mundo. En efecto, una Argentina que se ha dedicado a generar crisis tras crisis, fabricar pobres, enemigos, y relatos mentirosos que amplios sectores de la población consumen como si fuese agua.

Tirios y troyanos se arrojan los dardos envenenados de las culpas por los desastres que se van sucediendo sin interrupción, gobierno tras gobierno, mientras descendemos como por un tobogán que nos conduce al abismo. La autocrítica fue, ha sido y es la gran ausente. Ninguno de ellos es culpable, pero dicen que todos somos culpables.

Hoy por hoy vivimos una cuarentena que no tiene fin, aunque los sofistas dispusieron que no sea cuarentena pese a que continúen aquellas restricciones que le confieren ese carácter. La movilidad está restringida en todo el país, muchas actividades continúan paralizadas desde el 20 de marzo, infinidad de obreros, empleados, comerciantes y profesionales no son autorizados a trabajar por más protocolos que estén dispuestos a cumplir. Además estudiantes, artistas, músicos, entre otros, ven interrumpidas indefinidamente sus actividades y no visualizan un horizonte que les brinde cierta esperanza. Un hecho puntual: en CABA no se autorizan las clases presenciales en los patios de las escuelas para 6.500 chicos vulnerables que han quedado relegados y las necesitan, por el peligro de los contagios, pero insólitamente pretenden que se abran para que voten 60.000 ciudadanos bolivianos (…)

No importa el agotamiento, la ansiedad, las crisis de pánico, los trastornos del sueño y de la alimentación que producen el encierro, como registramos día tras día los médicos. Algo que también sucedía en las epidemias de la Antigüedad y la Edad Media. Y con la mayor crisis económica de la historia, los poderes legislativo y judicial en buena parte con una hibernación que lleva más de seis meses (¿población de alto riesgo que no es esencial?), el ejecutivo implementa medidas que jamás se tomarían en un país normal y, a los que no están de acuerdo o expresan sus críticas se los desacredita o estigmatiza. El pensamiento y la voluntad de los ciudadanos que somos independientes y carecemos de contaminación política no existe en esta inveterada lógica binaria. El mal humor social no sería tal, en todo caso lo fabrican los medios y los opositores, que no es el pueblo y mucho menos gente de bien. La realidad, la única realidad, es la que nos cuenta el poder de turno que no tiene “puntos ciegos”. De esta manera, las excepciones se convierten en reglas, las creencias en certezas, los hechos anecdóticos en axiomas, las doctrinas se descontextualizan y, todo termina en un relato de alcantarilla.

El esfuerzo y el mérito ahora se menosprecian, la alarmante pobreza se ha convertido en una virtud que acerca al paraíso mientras la riqueza es un vicio (excepto la de la casta política), el delito se justifica siempre y cuando resulte políticamente útil, los Derechos Humanos continúan torcidos, los valores se desdibujan y, el orden inteligente y ético de las prioridades existenciales se trastoca. Hoy se promueve y aplaude el facilismo, la “viveza criolla”, así como cierta destrucción supuestamente creativa. Los talentos que se prepararon durante toda la vida para una carrera de fondo advierten que en la Argentina ésta es eterna porque la mediocridad y las influencias, que por cierto siempre existieron en todos los estamentos, los superará. Un país sin pasado ni futuro.

Parafraseando a Camus, no somos pocos los que rechazamos mentir sobre lo que sabemos y nos resistimos a la opresión. Nuestro Leopoldo Marechal nos animaba a romper el silencio, así como “el agua de los grandes mutismos”.

Viviendo la cuarentena con improvisación, falta de pericia e inocultable desidia.

17 jueves Sep 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Los otros días le comentaba a un amigo que con la pandemia me han aflorado muchos recuerdos, sé que a otros les sucede lo mismo, y extraño los tiempos en que era posible viajar. El virus ha impuesto un nuevo orden, también el cambio climático o la forzosa digitalización acelerada por la política sanitaria. Todo se ha modificado, al parecer nada quedó en pie, pues, existen nuevas dinámicas, es el caso del hogar como aula, oficina, centro de información o hasta banca de legislador. Quien podía imaginar esto. Mientras tanto sobran los que tratan de interpretar lo que vivimos y vaticinar el futuro, claro que nadie tiene el diario del día después.

En estos días estuve leyendo a Giorgio Agamben (¿En qué punto estamos? La epidemia como política). Él hace referencia a la crisis que convulsionó al Imperio Romano en el Siglo III, cuando Diocleciano y luego Constantino decidieron hacer reformas estructurales en la administración, lo militar y la economía, que terminaron en la autocracia bizantina, y sostiene que de la misma manera hoy los poderes que dominan el mundo decidieron abandonar los paradigmas en decadencia de las democracias burguesas. La Gran Transformación, según Agamben, es que esos poderes pretenden imponer como instrumento no un nuevo canon legislativo sino el estado de excepción, o sea la suspensión de las garantías constitucionales. Y ve en esta transformación puntos de contacto con la Alemania de 1933, cuando Hitler sin abolir formalmente la constitución de Weimar, declaró un estado de excepción que se prolongó durante 12 años y que anuló las normas constitucionales que en apariencia seguían vigentes. Agamben señala la existencia de un “terror sanitario” y de una suerte de “religión de la salud”. El derecho a la salud terminaría convirtiéndose en una obligación jurídico-religiosa que debe ser cumplida, cueste lo que cueste. El italiano ve como probable que la “bioseguridad” se convierta en el dispositivo más eficaz, al punto que los ciudadanos acepten limitaciones a la libertad como no habían tolerado durante las dos guerras mundiales ni durante las dictaduras. De allí que Giorgio Agamben nos incite a pensar en una nueva política, muy diferente de las democracias burguesas y del despotismo tecnológico-sanitario.

A pesar de la abrumadora evidencia de la existencia del SARS-CoV-2, no son pocos los que niegan el virus y procuran difundir su creencia en las redes y en la calle. Los movimientos antivacuna surgieron hace 150 años en Inglaterra frente a la vacunación obligatoria contra la viruela, erradicada gracias a la vacunación masiva, sin embargo en Francia, país considerado líder en esta tesitura, un estudio del año pasado reveló que uno de cada tres franceses no creía que las vacunas fuesen seguras. Una encuesta reciente mostró que el 43% de los italianos no estarían dispuestos a vacunarse, quizá muchos esperan a que lo hagan otros y ver cómo les va. Brasil, con más de 4 millones de infectados y más de 128.000 muertos declarados (detrás de los Estados Unidos), también una encuesta reciente descubrió que el 25% se resiste a la idea de vacunarse para prevenir el Covid-19. En fin, más allá de los negacionistas y de los escépticos, que siempre los hubo y habrá, estamos ante un escenario complejo que invalida las utopías y los discursos triunfalistas cimentados en la promesa de una vacuna que mágicamente terminará con la epidemia, sin considerar que hay que remontar la inevitable realidad del tiempo y los posibles efectos secundarios.

Desde el poder se ha creado un clima donde a diario nos saturan con estadísticas no del todo claras, con cantidad de muertos y camas de UTI ocupadas. Daría la impresión de que las únicas muertes son por Covid-19 y, uno se pregunta qué pasó con los que mueren por cáncer, infarto cardíaco, accidente cerebrovascular, incluyendo los suicidios motivados por la depresión ante la ruina económica de vidas y familias. Por otro lado, en las redes las teorías conspirativas siembran dudas no solo sobre la vacuna, también acerca de la democracia como sistema. Un panorama que exige información correcta, contención emocional y políticas que nos permitan seguir adelante con medidas de protección que minimicen el inevitable riesgo de contagio.

Está claro que una vacuna no es eficiente si no protege al conjunto de la población que potencialmente puede contagiarse. Los expertos también debaten acerca de a quién vacunar primero y cómo sería la asignación de vacunas a nivel global. Lo razonable es que la reciba primero el personal sanitario por su alto grado de exposición y la población vulnerable por su menor capacidad de respuesta inmunológica. Las naciones que la producen así como las que ya la compraron e incluso acapararon más de las necesarias, sin duda tendrán la ventaja. Qué duda cabe que entre las naciones priman los intereses a la hora de tomar decisiones y hacer negocios, pues, la realpolitik está al margen de premisas éticas y morales. Por eso los países pobres tendrán que esperar la donación y, los que sin ser pobres carecen de recursos para comprar millones de dosis, estarán en una especie de limbo.

En este parque temático surgen políticos oportunistas, mercaderes, espías y hackers que contaminan el ámbito de la investigación científica, junto al imperialismo de las grandes farmacéuticas y el nacionalismo en la fabricación de vacunas. Es lamentable que en un tema tan sensible para la humanidad haya aflorado un pragmatismo de cuño crematístico. Por todo ello, pasada la pandemia muchas cosas cambiarán, pero no las pasiones humanas.

La forma de explicar la complejidad social varía de cuando se está en campaña y no se tiene responsabilidad en la gestión, a una vez en el gobierno. En la causalidad de los problemas, lo malo se proyecta afuera y la autocrítica no existe. En estos días se critica la opulencia de CABA, el capital concentrado en pocas manos, el egoísmo de los miserables empresarios, la falta de solidaridad de los ricos, los que salen a la calle a manifestarse (no los que pertenecen a la propia tropa). El gobierno descalifica a los que protestan y no aceptan el discurso hegemónico, habla de la gente de bien y, en realidad la gente de bien, es, la que actúa bien. La Argentina sigue siendo hoy, más que nunca, carne de diván. Y coincido con el italiano Loris Zanatta cuando dice que: “El Presidente somete los hechos al relato en lugar del relato a los hechos”.

Vivimos días tormentosos, en que asistimos a las tomas de tierras y al motín policial de la bonaerense, entre otros graves problemas. La pandemia ya no es el único tema mediático. Nací y viví en La Plata hasta que me fui a vivir a Europa, pero soy hijo de porteño. Conozco muy bien los problemas de la Provincia, por más de 15 años fui médico de hospital público, y sé que muchos problemas vienen desde antes de que yo naciera. Ahora bien, de los últimos 33 años de vida democrática, el partido en el poder gobernó durante 29 años… No sé si CABA está bien gestionada, pues tengo algunas críticas, pero basta desplegar una mirada inteligente para advertir que está mucho mejor gestionada que la Provincia e incluso la Nación. Y conste que no quiero entrar en ese juego estúpido de conurbano versus capital, así como del campo versus la industria o unitarios versus federales. La eterna búsqueda de un chivo expiatorio para ocultar la ineptitud propia es un clásico, de los unos y de los otros.

CABA declara que aporta el 22% del PBI y recibe el 3,5% de la coparticipación, es decir, de cada 100 pesos que aporta recibe 15. Qué pasa con varias provincias del interior que reciben mucho más de lo que aportan o de las que son eternos sultanatos donde la producción es escasa y su aporte al PBI no llega al 1%, siendo el empleo público el mayor medio de subsistencia de la población, necesitando permanentemente la asistencia del gobierno central. Son provincias pobres cuyos gobernantes parecen estar muy cómodos con esa situación, cuando tienen potencialidad para desarrollarse y terminar con la pobreza, incluyendo dádivas electoralistas.

El mecanismo de la coparticipación es discrecional, no tiene nada de solidario, en todo caso le permite al monarca de turno repartir los dineros públicos como le dé la gana. Hoy el 80% de los ingresos están en manos del gobierno federal, y no es coherente en un país que se dice “federal”. Creo que a la pandemia, más allá de los males que nos ocasiona, debemos agradecerle que descorra los velos de la ignorancia, resquebraje los decorados de la fantasía ideológica, y que muchos se den cuenta que éste fue, ha sido y es un país unitario, donde la trampa está a la vuelta de la esquina. Lo correcto sería que cada provincia cobrase sus impuestos y se autofinancie, lo mismo debería hacer la Nación. Así tendríamos un federalismo.

Franco “Bifo” Berardi sostiene que la generación que está creciendo tiene como destino la fobia, la soledad, el miedo, la depresión y, añade que en Italia durante la pandemia el suicidio juvenil se ha multiplicado cuatro veces. De allí que sostenga que la generación futura caerá en la trampa de no tener autonomía psíquica. Debido a que el Covid-19 cuando mata lo hace por asfixia, él habla del “colapso respiratorio de 2020”.

Berardi me recuerda a Marcel Proust, quien era asmático como “Bifo” y se caracterizaba por las frases largas. Walter Benjamin dijo que en Proust su sintaxis imita rítmicamente su miedo a la asfixia, por lo que dudaba si fue el asma la que penetró en su arte o sucedió lo contrario.

Berardi encuentra una relación entre la poesía y la respiración, por ello cree que debemos buscar el ritmo de esta época apocalíptica que nos toca vivir, encontrar su historia y difundir un ritmo armónico. Y aclara que cuando habla de una crisis respiratoria no lo hace en sentido metafórico, pues alude también a la contaminación del aire. En efecto, bástenos comprobar los hielos derritiéndose, el incendio de los bosques, el avance de los desiertos o las metrópolis asfixiándose… El coronavirus actúa como un recodificador, en primera instancia del sistema inmunitario de los individuos y luego de los pueblos. El Covid-19 se ha convertido en un acelerador de los tiempos y la subjetividad social está afectada. Señala que la demanda de mercancías no es solo un efecto económico, también es un efecto psíquico, y subraya que se necesita la movilización de energías psíquicas que ya no existirían. Por eso considera que ante la falta de aire, la terapia estaría en la poesía como ejercicio de respiración para lograr sobrevivir. En fin, es evidente que la explicación del colapso de la sociedad planetaria no puede ser atribuida exclusivamente al virus, es multicausal. Entiendo que ante estas observaciones y reflexiones a muchos les surjan dudas, en buena hora, porque como decía Borges: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”.

No me canso de repetir que los que ignoran la historia que nos precede cometen errores con más facilidad. Además, hay políticos que tienen una capacidad inagotable para crear conflictos y jamás los resuelven. No es casual que tengamos instituciones precarias, que las normas elementales no se respeten y que exista improvisación en la toma de decisiones. Me preocupa que la improvisación, la impericia y la desidia, además de la corrupción estructural, nos estén destruyendo como país. La fatalidad se ha convertido en un estigma de la realidad y lo previsible termina por ser inevitable…

Viviendo la cuarentena entre el chantaje emocional y el autoritarismo

31 lunes Ago 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hace unos días se produjo la dimisión del Comisario europeo de Comercio Phil Hogan por incumplir las medidas contra la pandemia. Hogan, de 60 años, tiene un pasado importante en la política ya que fue diputado nacional, senador, ministro y Comisario europeo de Agricultura y Desarrollo Rural, pero tuvo la mala idea de acudir la semana previa a una cena con otros 80 comensales, a pesar de que las leyes irlandesas limitan a 15 el máximo permitido. Antes había cometido otras faltas: se movió por la isla sin guardar la cuarentena obligatoria de 14 días para los llegados de Bélgica y no respetó el confinamiento forzoso para los que ingresan al condado de Kildare. Él quiso justificarse a través de los medios, diluir su responsabilidad y dijo que no había quebrado la ley, pero sus argumentos fueron rebatidos por las autoridades sanitarias irlandesas. Como no logró convencer sobre su inocencia tuvo que renunciar, en un momento políticamente delicado por la salida del Brexit del Reino Unido y la guerra comercial con los Estados Unidos. Nada ni nadie logró evitar su salida, y éste es un claro ejemplo de cómo deben comportarse los altos funcionarios en un sistema que se precia de ser democrático: renunciar cuando corresponde, porque de no ser así terminamos cuestionando la democracia como forma legítima de gobierno (válida, justa y eficaz). Claro que esto no sucede en la Argentina, jamás sucedió, ya que los gobernantes se sitúan más allá, incluso del bien y del mal.

La medicina suele tomar prestado términos y conceptos propios del ambiente bélico. También la cultura adopta palabras y expresiones que son de uso médico. Como ser, el concepto de “viralidad”, propio de la ciencia, en los años noventa surgió en el ámbito del marketing y fue adoptado por las corporaciones en su retórica de promover el negocio, ya que una publicidad debe “contagiar”, “infectar” las mentes, propagarse en la sociedad como lo hace un virus. Asimismo hoy asistimos a noticias e ideas falsas que se viralizan, porque el objetivo es el engaño para lograr manejar nuestra voluntad. Y cuando la propaganda triunfa sobre la realidad se impone una visión falsa, que en política tiene consecuencias desafortunadas.

En estos días veo que se menciona con frecuencia a la psiquiatría en las declaraciones oficiales en contra de los que se manifiestan en la calle Ya no sólo se trata de hacer interpretaciones psicológicas sobre el humor social o el comportamiento de sectores de la población, sino que se les adjudica etiquetas propias de las enfermedades mentales. No es mi especialidad, pero debo reconocer que observo a algunos individuos en el poder con cierta frialdad emocional, no muestran empatía, su narcicismo es inocultable, viven manipulando y no logran controlarse, en una palabra muestran una “personalidad psicopática”. Y estamos acostumbrados a ver en las series de TV a los asesinos seriales como psicópatas, pero cuidado porque en la política hay varios “psicópatas ajustados” con gran capacidad de seducción y manipulación, quienes buscan el poder a cualquier precio, sin medir las consecuencias.

Los que salen en los medios y en las redes a descalificar, mentir, agraviar o que emplean chicanas en defensa de “la causa” (su causa), invocando la patria, la defensa del pueblo y los principios universales, a mendo solo defienden sus abstrusas creencias o intereses personales, profundizando una grieta que estuvo y seguirá estando. La grieta es permanente, pone de manifiesto las diferencias entre los rivales, donde se verifican momentos de mayor y menor tensión. Esto no solo sucede con los partidos políticos, habituados a cargar las tintas y los golpes bajos, también pasa en otros ámbitos, como en los clubes deportivos. Claro que nada impide manejarse con corrección, respeto y hasta con cierta amabilidad, pero no es así. Y en estos momentos críticos, que nos preocupan a todos, me pregunto a qué viene tanto énfasis en desdibujar los hechos, en negar la verdad, como si esa actitud pudiese cambiar la realidad. En vez de abocarse a resolver los problemas acuciantes privilegian la hostilidad. Cotidianamente veo en Facebook gente que conozco personalmente y por quien tengo afecto, tratando de distorsionar la verdad de los hechos, defendiendo sus prejuicios ideológicos a través de interpretaciones caprichosas. Y se trata de individuos que pasaron por la Universidad y gozan de reconocimiento en sus respectivas profesiones, de allí que me resulte inevitable replantearme por enésima vez el tema de la educación, la instrucción y la ética. Hablan convencidos de aquello que impone el relato o lo que les inocularon en la casa en su etapa infantojuvenil. Por otra parte sé que desconocen la historia, actual y remota, no han navegado en sus meandros. Algunos jóvenes hacen afirmaciones temerarias sobre lo que no vivieron. Y a decir verdad, lo lamento, porque no hay mayor autoengaño que creer saber cuando en realidad no se sabe.

Cuando debemos enfrentar una crisis es menester centrarnos en el presente, que es lo urgente, y no en la historia. Ahora bien, si insistimos en evocar el pasado como sucede en estos días de manera febril, pues seamos honestos. La educación pública universitaria y gratuita surgió durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen (Reforma Universitaria de 1918), no en décadas posteriores; a partir de 1945 la Argentina conoció la inflación (son datos, no opiniones); las principales leyes sociales fueron pergeñadas por los socialistas (cómo arrebatarle méritos a Alfredo Palacios); el enjuiciamiento al Proceso Militar y el Nunca Más fue obra de Raúl Alfonsín. Y podría continuar con una serie de hechos históricos trascendentes que hoy reaparecen en las redes, son usurpados, y sirven de combustible para inflamar la polémica y distraer la atención pública. Por favor, un poco de respeto, hay mucha gente bien informada que conoce la historia, no somos un rebaño de ovejas.

La oralidad y la escritura son dos herramientas poderosas, capaces de transformar la realidad.

En efecto, son operaciones mentales muy complejas y, gracias a estas herramientas los seres humanos podemos comunicarnos, educarnos, rescatar la memoria, fortalecer las identidades culturales y además ejercer poder. A través de estas herramientas culturales construimos conocimiento y, como proceso cognitivo, la posibilidad de dar nuevas significaciones a los acontecimientos es algo permanente. Pensamos, hablamos, escribimos, una trilogía que se retroalimenta de manera continua. La palabra hablada y la palabra escrita operan como instrumentos capaces de liberarnos, pero también de dominarnos y esclavizarnos.

La cultura, concepto inabarcable, que engloba las ideas, los comportamientos, las emociones, los hechos y las obras humanas, sistemáticamente está en la mira del poder. Los autoritarismos cobijan la cultura en tanto se comporte como “la sierva del poder”, caso contrario la vigilan, la censuran y hasta la asesinan. Hay muchas maneras de destruir la cultura y, como decía Ray Bradbury, no es necesario quemar libros, basta con dejar de leerlos. Sócrates privilegió la oralidad y desconfió de la escritura, no dejó nada escrito, pero un presidente en los 90 aseguró haber leído sus obras completas… Lo que sabemos de Sócrates es a través de sus discípulos.

El mundo venía mal desde hace mucho y, en mi opinión, a pesar del progreso en sus diferentes vertientes carecía de brújula, tampoco tenía metas claras y justas, por otra parte el tejido social se estaba deshilachando peligrosamente y la sociedad en su conjunto ya no tenía interlocutores válidos, así lo expresé en diferentes publicaciones a lo largo de estos años. Con el nuevo siglo hubo fenómenos que podríamos calificar según Taleb como “cisne negro”. En efecto, la crisis financiera de 2008 (que terminó con el Estado de Bienestar), el Brexit, la elección de Trump, la actual pandemia por Covid-19, entre otros fenómenos que no se vieron venir.

Recordemos que con la Revolución Industrial comenzó el desempleo y el auge de la máquina en reemplazo de la mano de obra. Hoy se plantean varias propuestas como solución: gravar con impuesto la robotización del trabajo, capacitar en otras actividades a aquellos que perdieron su empleo (la reingeniería laboral que declamaron en los 90 con la globalización resulto un engaño), que el Estado se haga cargo de los desocupados ofreciéndoles empleos que no son necesarios y, la renta básica universal. Al parecer, ninguna de estas propuestas ha revelado ser efectiva, en consecuencia habrá que seguir pensando en hallar una solución con sentido humanitario que a la vez sea viable y no retórica.

La educación de los niños y adolescentes debería ser un tema central, de política de Estado, no lo es quizá desde Sarmiento. El coronavirus no puede imponerse a la educación, mucho menos las miserias orquestadas por políticos, gremialistas y militantes. En CABA hay unos 6500 alumnos que desde que comenzó la cuarentena no pudieron estudiar a distancia, ya sea porque carecen de computadora, o Internet de buena calidad, o no tienen Internet de ningún tipo, y muchas veces no hay acompañamiento familiar para ayudarlos en las tareas. Esta situación es comprensible pero no deja de ser grave porque compromete el futuro de esos miles de chicos. La iniciativa del gobierno de la ciudad para que asistan durante unas horas a los gabinetes de computación en número de 15 alumnos por establecimiento, con protocolos y guías que intentan evitar los contagios, fue bloqueada por las autoridades centrales, promocionando una vez más la desigualdad que simulan combatir. Claro que también en las provincias se cuecen habas. Como ser, en Chubut hay chicos que desde hace dos años y medio no tienen clases… Sin embargo el gobierno central acaba de autorizar la apertura de los casinos en esa provincia, actitud que privilegia el juego sobre la educación. Maquiavelo sostenía que de tanto en tanto las palabras deben servir para ocultar los hechos. Pues bien, los hechos que acabo de mencionar no se ocultan con palabras. Estoy convencido de que uno debe creer en lo que dice y en lo que hace. Es justo que los ciudadanos le reclamen coherencia a la dirigencia. Y los militantes deben entender que los hechos no dejan de existir porque se los ignore, como decía Aldous Huxley.

El país jamás saldrá adelante si no puede derribar ciertos prejuicios. Se necesita una educación inclusiva y de calidad. Si a los niños se les enseña a convivir, del latín conviv?re, que significa vivir acompañado de otros y de otras, en un clima de diversidad y, con una pedagogía de los valores, donde el respeto sea fundamental, en el largo plazo esa generación será muy positiva, no lo dudo. Pero necesitamos formar mejores personas y para ello hay que promover la amabilidad, la cordialidad, la solidaridad, la empatía, incluso la paciencia, valores que nos conducirán a una sociedad más respetuosa y madura. Claro que esto implica un cambio de mirada, un cambio de paradigma educativo, y es un largo proceso que lleva tiempo y supera a menudo los tiempos de la alternancia en el poder.

El problema se presenta cuando las cosas que verbalizamos como “esenciales”, no las sentimos como tales. Hasta qué punto para nosotros la educación, la igualdad de oportunidades o la cobertura de necesidades básicas para la población en general, es, esencial.

Nos hemos acostumbrado a que la política aquí como en otras partes recurra al abuso en el ejercicio de la autoridad así como que ejerza presión para obligarnos a actuar de determinada manera. Por otra parte, en algunos dirigentes sindicales, políticos, empresarios, y hasta académicos, vemos una cuasi monarquía del poder y no faltan los comportamientos típicamente mafiosos.

Bielorrusia hoy acapara la atención internacional. Lukashenko ocupa la presidencia desde 1994. Cuando hace unos años participé de un congreso en Moscú, un colega me invitó a exponer la semana siguiente en una reunión que se haría allí, en la facultad de medicina, pero no pude aceptar la invitación ya que al día siguiente viajábamos a San Petersburgo. Y en estos días un amigo me decía que en ese país no podía existir una democracia por más que se recurriese a las elecciones periódicas (matizadas por el fraude) porque Lukashenko se eternizó en el poder. Le respondí que en provincias de nuestro interior, tenemos varios gobernadores que parecerían ser discípulos de Lukashenko…. Churchill pensaba que la alternancia es el abono del suelo de la democracia. Yo no tengo dudas que la alternancia es condición necesaria, pero no es suficiente.

Viviendo la cuarentena entre la incompetencia moral y el gatopardismo

19 miércoles Ago 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La cuarentena debe continuar, según el presidente, pero la novedad es que ya no se llama cuarentena, de acuerdo al anuncio que hizo en la décima prolongación del aislamiento obligatorio. Al parecer los “expertos” le han aconsejado que ya no emplee la palabra cuarentena, aunque continúe, vaya uno a saber hasta cuando, mientras tanto yo desde el 20 de marzo sigo sin poder abrazar a mis hijos ni besar a mis nietos, pues, en la familia hemos adoptado una actitud propiamente socrática, aunque nadie esté dispuesto a beber la cicuta. Pertenezco a una población de riesgo, o si se quiere de doble riesgo, por la edad y la profesión. Por eso la demostración de mis afectos ha pasado a formar parte del mundo virtual, que debemos aceptar como algo inevitable y que se proyectaría en el firmamento. Dicen que nuestro futuro será la virtualidad. Es evidente que interpretar la realidad no es el fuerte de los políticos, se enojan con ella o la niegan.

Recuerdo que en uno de los hospitales donde trabajé como jefe de servicio, la comisión directiva fue desalojada a la fuerza por otros miembros de la colectividad que ocuparon su lugar. Los que asumieron inmediatamente dijeron que ahora había un nuevo hospital, aunque todo permanecía igual. Pero antepusieron al nombre del hospital el adjetivo “nuevo” con la intención de modificar la realidad. La única novedad consistió en que una corrupción fue sustituida por otra corrupción, algo que aquí ya no causa asombro.

Vivimos en una sociedad donde las palabras no suelen ser valoradas, sin embargo para mí está vigente aquella frase socrática de: “habla para que yo te conozca”. Es evidente que los asesores del poder no aman las palabras, tal vez porque la verdad no forma parte de sus prioridades. En cambio los escritores, los trovadores y los oradores de fuste denotan precisión en el manejo del vocabulario. Desde chico me enseñaron en familia, y no en la escuela, que a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

El hecho también me recordó que hace unos años hubo un escándalo político-mediático con la investigación de una droga en un hospital que habría producido una desgracia humana. En el camino de retorno a mi casa recibí un llamado al celular de un periodista que quería hacerme una entrevista por la radio en el momento. Le pedí que aguardara unos minutos y entré a un bar. Procuré darle mi opinión, haciendo mención que desconocía los pormenores del caso y, proseguí mi camino, no bien llegué encendí el televisor y vi cómo el abogado que representaba a la institución oficial corregía reiteradamente a los periodistas que hablaban de experimento, los rebatía aduciendo que se trataba de un “protocolo científico” y no de un experimento. Pues bien, si aleatoriamente a un paciente le damos una droga y a otro un placebo, para comprobar sus efectos, estamos experimentando. A qué viene tanto eufemismo. Toda operación destinada a descubrir, comprobar o demostrar determinados fenómenos o postulados científicos, es, un experimento. También cuando a un paciente debo explicarle lo que le sucede procuro hablar claro, sencillo y preciso, porque si omito la palabra apropiada o busco otra que desvirtúe el verdadero sentido del mensaje, le estoy faltando el respeto, y mi deber moral es decirle la verdad, obviamente adaptada a su realidad. Eso justamente es lo que pasa en la Argentina con los políticos, no tienen respeto por el ciudadano.

Aquí expertos y asesores curten el “gatopardismo”. En mis siete años de alumno en la Dante Alighieri, la novela “Il Gattopardo”, de Lampedusa, estuvo siempre presente. En su momento Einaudi y Mondadori no quisieron editarla, lo hizo Feltrinelli de manera póstuma y, Luchino Visconti la llevó al cine. Tancredi, un trepador con ambiciones políticas, como tantos que conocemos, le dice a su tío Don Fabrizio, que era príncipe: “Se vogliamo che tutto rimanga come è bisogna che tutto cambi”. La historia se desarrolla en Sicilia, donde la burguesía en ascenso y leal a la Casa de Saboya sustituye como nueva élite en el poder a la aristocracia, llegando a recurrir al fraude electoral bajo la apariencia de una democracia. De esa novela proviene la calificación en política de gatopardismo. Y la Argentina fue, ha sido y es un claro ejemplo de gatopardismo.

Pasaron 75 años de que fueron arrojadas las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Uno de los historiadores que más ha estudiado este crimen de guerra, Peter Kuznick, quien dirige el Instituto de Estudios Nucleares de la American University (Washington, DC), dijo que Harry Truman no consultó a los militares porque ellos no estaban de acuerdo, por eso el general que tenía bajo su control el armamento nuclear eludió al Estado Mayor Conjunto. En Hiroshima fue una bomba de uranio y en Nagasaki una bomba de plutonio las que desataron ese infierno. El presidente Truman firmó las dos órdenes para arrojar las bombas cuando la rendición de Japón ya era irreversible. Miles y miles de vidas de niños, mujeres y hombres inocentes se perdieron, pero Truman logró su objetivo, hacerle llegar el mensaje a Stalin. Una historia truculenta. Dicen que luego del hecho el emperador Hirohito aceptó los términos de la rendición en un mensaje radial: “Ha llegado la hora de soportar lo insoportable y sufrir lo que es insoportable”. La noticia desencadenó una ola de suicidios y unos mil soldados invadieron el Palacio Imperial para impedir la rendición pero las fuerzas leales al emperador los rechazaron. Truman no se cansó de repetir que era la única forma de terminar la guerra y evitar una invasión que costaría innumerables vidas de soldados. Ese es el relato que les cuentan a los niños estadounidenses que asisten a la escuela, porque cómo decirles que una nación que se arroga una superioridad moral (que nunca tuvo) cometió semejante crimen… Y esa es la pedagogía que impera en el mundo, ya que en vez de enseñar a los chicos a ser amigos de la verdad y respetar al otro, se les lava el cerebro con un relato que luego les permitirá manejarlos cuando tengan edad de votar. A veces oigo a algunos de nuestros jóvenes repetir con vehemencia ciertas mentiras de nuestra política y pienso que les han dañado la mente, les inocularon el virus del fanatismo y lamentablemente no tenemos terapéutica. Hace un tiempo un joven inteligente me preguntó por qué para este crimen de guerra no hubo un Tribunal de Núremberg, y le respondí que a los vencedores jamás se los juzga.

En estos días he procurado comunicarme con Beirut, con el hospital de la Universidad Americana pero ha sido infructuoso y, las imágenes de destrucción de la ciudad por la explosión en el puerto son terribles, nada que ver con la Beirut que conocimos hace unos años. Aunque tengo entendido que la “Paris de Medio Oriente” fue destruida y reconstruida siete veces y, como Phoenix renace de entre sus cenizas. Mucha gente no tiene remota idea de lo que representa este pueblo en la historia de la humanidad. Recuerdo que a poco de llegar la ciudad me impresionó, lo mismo me sucedió unos años antes con Anatolia o el Asia Menor, hoy ocupada por Turquía.

El pequeño territorio a orillas del Mediterráneo tiene más de 40 universidades, para una población de 4,5 millones de habitantes, la alfabetización es altísima y, es habitual que la población hable árabe, francés e inglés indistintamente. La primera facultad de leyes en el mundo fue construida en el centro de Beirut, fundada por Ulpiano. El 70% de los estudiantes asisten a escuelas privadas, y es el país árabe con más alto porcentaje de población cristiana. Lo curioso es que 60 millones de libaneses viven fuera de su país…

He leído que el Líbano fue ocupado por numerosos pueblos a lo largo de su historia: Egipto, Hititas, Asirios, Babilonios, Persas, el ejército de Alejandro, el imperio Romano Bizantino, la península Arábiga, los Cruzados, los Otomanos, Francia, Israel y Siria, pero la influencia francófona salta a la vista. Pensar que el nombre de Líbano aparece ya en el Antiguo Testamento (dicen que 75 veces), que la mayor cantidad de libros relacionados con la Biblia se escribieron allí, y que Jesucristo hizo su primer milagro en el Líbano, en la ciudad de Qana (convirtió el agua en vino). También la leyenda cuenta que los Cedros del Líbano fueron plantados por las manos de Dios.

Una noche nos invitaron a cenar en Byblos, la ciudad más vieja del mundo desde la antigua Fenicia, pues allí se creó el primer alfabeto y se construyó el primer barco, por eso los fenicios fueron los primeros navegantes de la historia. Pasamos un fin de semana en las montañas, rodeados de cedros, en la finca de unos primos de mi mujer que viven en Filadelfia pero retornan a su patria chica todos los veranos. La belleza del lugar convierte al pueblo en un lugar paradisíaco y, próximo a la finca, una estatua del tío abuelo de mi mujer, que era el médico del pueblo. En fin, no hay duda que los libaneses vienen soportando serios problemas desde hace mucho tiempo, lamento lo que están pasando y que potencias extranjeras se aprovechen de la catástrofe.

Desde que comenzó la cuarentena hemos incrementado el consumo de películas y series por TV. Al comienzo vimos “Poco ortodoxa”, una historia real basada en el libro “Unorthodox” de Deborah Feldman, autora y víctima de un casamiento arreglado que finalmente la llevó a abandonar el movimiento Satmar, una comunidad jasídica en la ciudad de Nueva York. Ella estaba embarazada y logró escapar a Berlín en busca de su libertad, pero el rabino le ordenó al marido que la trajese de vuelta. Y hace un par de semanas vimos otra producción de Netflix: “Hater”. Un joven expulsado de la facultad de derecho por plagiar un trabajo, en Varsovia, logra un empleo en una agencia de comunicación que usa el marketing digital para atacar a quien su cliente le indique como su enemigo. Pero además el joven encuentra la posibilidad de vengarse de manera anónima de aquellos que lo han despreciado, llegando a peligrosas instancias y revelando su costado psicopatológico. Dos producciones que recomiendo ver.

La pandemia es una experiencia única cuyas consecuencias no dudo que analizaremos durante décadas. También es un enorme laboratorio, un campo de experimentación no sólo científico, sino social, político y humano. En medio del aislamiento surgen todo tipo de pasiones humanas, incluyendo la actitud de los que revelan una insensibilidad extrema, que no les interesa el malestar y el sufrimiento de los demás, solo les importa su bienestar, revelando un individualismo absoluto.

Por otro lado, en estos días se habla mucho de la “inteligencia emocional”, es decir la capacidad de reconocer los sentimientos ajenos partiendo de la detección y gestión de los propios. Claro que sentir no es igual a saber qué se siente, ejemplo confundir la alegría con la manía. Con respecto a este nudo emocional, tengo presente a Aristóteles, quien sostenía que para desatar un nudo hay que saber cómo está hecho. Entiendo que no elegimos nuestras emociones, pero sí el modo de administrarlas.

Viviendo la cuarentena hacia una vida distinta, sin mariposas revoloteando

05 miércoles Ago 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Vivimos entre la incertidumbre y la esperanza, situación que no podemos eludir, en consecuencia, pienso que la experiencia actual debería ser aprovechada en todos los órdenes. No estábamos preparados para un escenario de crisis con estas características y, más allá de que habrá que reintegrarse sorteando muchas dificultades, no podemos volver como si no hubiese pasado nada, ya que tenemos que capitalizar esta experiencia.

Cuando cursaba microbiología en el tercer año de la facultad, recuerdo que el profesor nos decía que no debíamos menospreciar a los virus, quienes por sobrevivir revelaban ser más inteligentes que nosotros. Este virus saltó de los animales al ser humano, pero a veces sucede lo contrario, del dueño pasa a la mascota. Al iniciar el ciclo clínico, los docentes nos decían que a los métodos de estudio debíamos pedirles solo aquello que podían dar, no más, y con la terapéutica debíamos asumir igual actitud. Esos consejos los internalicé, sirvieron para formarme y se los transmito a mis discípulos. Por eso me pregunto qué pretenden políticos y expertos de la cuarentena, qué le piden. Si pretenden más de lo que puede ofrecer deberían leer la historia de la medicina (uno de los agujeros negros de la educación médica), en particular la de las epidemias. ¿Acaso creen que con una vacuna será suficiente para solucionar la pandemia? Ni hablemos de la población anti-vacuna, pues en estos días en Berlín han marchado desde la Puerta de Brandeburgo (ese monumento que Napoleón intentó trasladar a París y que Hitler utilizaba para sus coreografías) 20.000 personas sin barbijos ni distanciamiento social reclamando por la libertad robada, alabando las defensas naturales y negando las vacunas. Resulta curioso en un país elogiado por el manejo contra la pandemia y donde los chicos ya comienzan a retornar a las escuelas. En fin, más allá de las quejas de estos trogloditas y de la búsqueda de una vacuna que sin duda necesitamos, lo más rentable sería dar con un antiviral efectivo. Con cuarentena o sin cuarentena los virus seguirán circulando, de allí que a esta altura lo fundamental sea la higiene. La concientización de estos hábitos por la población resulta fundamental y, mentalizarse que habrá que convivir con el virus, lo vengo repitiendo desde que comenzó la cuarentena. Esta semana el director general de la OMS sorpresivamente dijo: “No hay solución y quizá nunca la haya”. Yo no soy tan pesimista. Quizás el colega esté deprimido por las críticas que le llueven. Es cierto que la OMS ha incurrido en errores, tardanzas y contradicciones, sin embargo no creo como ciertos personajes impresentables que haya que destruir el organismo internacional.

En estos días leí el anticipo del libro de Mary L. Trump sobre su tío, el presidente de los Estados Unidos. Hija del hermano mayor, ya fallecido, Mary es psicóloga clínica y comenta ciertos secretos que ayudan a entender el proceder errático de Donald, quien parece no tomar nada en serio, ni siquiera el Covid-19. Y se decidió a escribir este libro porque considera que si su tío es reelecto será el fin de la democracia en ese país. Cuando en 2015 anunció su candidatura, la familia no lo tomó en serio, creyó que solo buscaba publicidad gratuita. La hermana mayor de Donald, jueza de la corte federal de apelaciones, habría dicho puertas adentro que era un payaso. Mary sostiene que como su reputación era la de un hombre de negocios fracasado (se fue a la bancarrota cinco veces), además de una “estrella apagada” de un reality show, terminaría fracasando. La familia se equivocó. Dice que cuando visitó la Casa Blanca, a través de las puertas vidriera vio que se realizaba una reunión, donde una docena de congresistas de pie rodeaban a su tío que permanecía sentado y, la escena le recordó una de las tácticas de su abuelo: hacía que los que tenían que pedirle algo fueran a él, en su oficina de Brooklyn o en su casa de Queens, y permanecía sentado mientras los otros estaban de pie. Según Mary, su tío cumple con los nueve criterios del Manual Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales (DSM-5), pero además tiene otros síntomas dentro de los criterios del trastorno de personalidad antisocial, pues revela incapacidad para tomar decisiones y asumir responsabilidades. También comenta la discapacidad de aprendizaje que interfiere para procesar información. Donald bebe más de doce Coca-Cola light al día y duerme poco. Nunca vivió en el mundo real, siempre estuvo contenido en alguna institución, ahora es la Casa Blanca. Para ella su carácter lo forjó la crueldad de su padre y las enfermedades de la madre, llegó a pagar para que le hicieran el examen de ingreso a la universidad y, Donald Trump maneja el país como su abuelo dirigía su familia. El año pasado, caminando por Manhattan, al llegar a la Quinta Avenida, entre las calles 56 y 57, vimos a numerosos turistas que se regocijaban sacándose selfies frente a la Trump Tower (…)

Hace 20 años, cansado de tantas decepciones tomé la decisión de dejar de optar entre lo malo y lo peor, siguiendo a Saramago, comencé a votar en blanco, le di mayor responsabilidad a mi voto, a la vez que empecé a gestionar la decepción de otra manera. Me dije a mi mismo que no podía responsabilizarme de tanto mal. Que no importaba lo que hiciesen las mayorías, cuyas locuras han generado las mayores tragedias de la humanidad, sino que debía actuar conforme a mi conciencia. Entonces escribí un ensayo que se convirtió en un opúsculo, el que salió a la luz un par de años más tarde y cuyo título hoy cambiaría. En fin, pienso que si todos aquellos que no estamos intoxicados por las ideologías, no consumimos relatos políticos, no caemos en el fundamentalismo de santificar a un líder negando su veta corrupta, adoptásemos el consejo de José Saramago, otra sería la realidad del país. Pero nada hace pensar que eso sucederá. Es posible que los que no fuimos alcanzados por esa patología lleguemos tal vez a ser el 40% de la población, a la que los analistas califican como “electorado independiente”. Pensar que ese sector de la sociedad podría poner las cosas en su lugar, sepultando los actuales paradigmas y comenzando a escribir otra narrativa. Si masivamente les retirásemos el apoyo a los políticos al negarles el voto, ya no podrían seguir jugando ese juego de póker con el que vuelven tontas a las masas o enloquecen a muchos, tampoco podrían ignorar la consideración y el respeto que merecen los ciudadanos. Los gobernantes no seguirían abusando del poder gratuitamente, ya sea desde la provocación o desde la impunidad, mucho menos mostrarse prepotentes cuando en realidad son ineptos y procuran ocultar su impotencia con promesas que jamás cumplirán. Pero lo grave es que a muchos votantes no les importa que su líder diga una cosa y haga otra, en tanto y en cuanto sea “su político”, el que identifican como miembro de su tribu, por eso aquí encontramos las manifestaciones abyectas de la tribu. Nos hemos acostumbrado a que en cada elección los partidos mayoritarios nos metan un caballo de Troya con el que engañan al pueblo (palabra en mi caso de uso restringido dado el abuso que hacen los demagogos), que por estar construido en madera no permite ver lo que hay dentro, sin embargo para aquellos que se atreven a pensar libremente, sin cortapisas, ese caballo termina siendo como de cristal, trasparentando la estrategia de mala calidad a la que recurren, viejo vicio de la política vernácula, que desde hace más de 200 años da sus frutos, claro que frutos podridos.

Montesquieu vio con claridad los dos excesos que amenazan a toda democracia: el espíritu de desigualdad (aristocracia) y el espíritu de igualdad extrema (despotismo). La historia nos demuestra hasta el cansancio que tanto con la aristocracia como con el despotismo no llegamos a ningún buen puerto.

En la Argentina la clase media está sujeta a la “doble imposición”, ya que sostiene la educación pública con sus impuestos pero con frecuencia envía sus hijos a escuelas y universidades privadas. Conste que los tres ciclos educativos yo los hice en instituciones del Estado, que más allá de ciertos cuestionamientos tenían otra calidad y daban una respuesta social que hoy está ausente; cuando le tocó a mis hijos quise hacer lo mismo pero al cabo de un tiempo tuve que optar por la educación privada. También una clase media que cuando se jubila sostiene al PAMI pero jamás usa esa obra social porque contrata, no sin grandes esfuerzos, una medicina prepaga. Y una clase media que mantiene a la policía pero paga seguridad privada. Esto forma parte de los hechos, no de las opiniones, menos de las ideologías estatistas o privatistas. Desde hace décadas los gobiernos han alimentado esta doble imposición, que revela una profunda inequidad.

En el juego de las prioridades se establecen preferencias cuya aceptación demanda una sólida justificación. Priorizamos unas cosas sobre otras y a menudo lo hacemos luego de un análisis o dejándonos llevar por el sentido común. Pues bien, frente a las penurias que vivimos, se plantea una reforma judicial, imperiosa y urgente, que en nada afectará a los delitos comunes, léase la seguridad pública. Estaría más bien destinada a la Corte y los Tribunales Federales de Comodoro Py, que de ponerse en marcha costará miles de millones de pesos, los que saldrán de nuestros esquilmados bolsillos. La cuestión sería política, dicen, pero también leí que cuatro de los cinco miembros del máximo tribunal fueron designados por el partido que está en el poder, al igual que nueve de los diez jueces federales. En fin, otra de las fatídicas prioridades que nos sitúan en el abismo.

Pertenezco a una generación que vio por TV la llegada del hombre a la Luna, que alentó los movimientos independentistas y condenó el colonialismo, que creyó en utopías de cambio y tuvo que convivir con la violencia armada de arriba y de abajo, de derecha y de izquierda. La experiencia revela que cuando es ineludible hacer un cambio, se abren dos caminos: el del diálogo y el de la violencia. Prefiero los cambios por las buenas. La otra vía pone de manifiesto el lado tenebroso de la humanidad, que requiere de una psicología de la oscuridad, y que no suele conducirnos a la verdad y la justicia. Hoy por hoy vemos mucha gente sometida, que resiste estoicamente, se calla y cuida las apariencias, pero un buen día encuentra su límite y dice basta… Mi abuela solía decir que lo que no sucedía en cien años podía suceder en un día.

Una empresaria española de la tauromaquia, comentaba que hay valores perdidos en la sociedad y que están representados justamente en la tauromaquia (me gusta el colorido y la música del paseíllo, no la crueldad con el toro), y que en algún momento habrá que volver a ellos, como ser el espíritu de superación, la honestidad, la disciplina, el compañerismo y la capacidad de sacrificio. Me dejó pensando un largo rato, porque al fin de cuentas los toreros lidian con los toros, no con las personas.

Viviendo la cuarentena entre la pandemia y el polvo lunar

27 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Continuamos con el aislamiento existencial, habiendo ya superado los cuatro meses (un récord mundial) y, comunicándonos con nuestros afectos solo por vía digital, ventaja que no hubo en tiempos de Tucídides ni en otras pandemias de la humanidad. Más allá del desconcierto de aquellos que toman decisiones como si supieran lo que hacen, porque si realmente supieran no vivirían contradiciéndose, debemos reconocer que este encierro también constituye una “oportunidad existencial”. En efecto, una oportunidad para replantearse lo que uno vino haciendo hasta ahora y lo que puede llegar a hacer en el tiempo de vida que le queda. Quizá no haya otra oportunidad como esta.

Por otra parte, desde que comenzó la cuarentena hay mucha preocupación en la opinión pública por la asignación de los recursos médicos (camas, medicamentos, respiradores) ante un hipotético desborde del sistema por una exagerada proporción de casos graves de Covid-19, como sucede en otros países. Frente a tanta saturación de noticias, muchas personas tienen temor a contagiarse y no recibir la atención médica adecuada o que se les niegue un respirador de ser necesario. Aquí tanto el sistema público como el privado (que cubre a casi el 70% de la población) están dando respuesta. Pero ahora algunos dicen que el problema para afrontar el Covid-19 sería la falta de recursos humanos como médicos entrenados y enfermeras, y se arrojan algunas ideas sueltas no elaboradas como posibles soluciones. El pasado 26 de abril, Perfil publicó una carta mía donde proponía algunas soluciones pragmáticas para cubrir la falta de médicos entrenados, que de haberse implementado entonces el problema habría perdido vigencia, pero claro, yo no soy un médico militante ni tampoco un médico mediático…

En los hospitales cada área o servicio tiene sus criterios de admisión definidos. El triaje del que hoy tanto se habla, fue ideado hace 200 años por un cirujano durante las guerras napoleónicas (también inventó la ambulancia), y su estrategia es clasificar a los pacientes según la urgencia para dar atención rápida y eficaz. Las decisiones los médicos las tomamos al lado del enfermo, no desde el escritorio o el gabinete, ya que la responsabilidad (ética, moral y legal), es, nuestra. Hay que estar al pie de la cama del enfermo para experimentar la complejidad de ciertos problemas. Y aquellas decisiones de trascendencia se consultan con el paciente y la familia. Los médicos jamás decidimos quien vive y quien muere, eso pertenece a la literatura de ficción. A diario tomamos decisiones en situaciones de riesgo o incertidumbre, diferenciamos las urgencias de las emergencias, y procuramos adoptar decisiones racionales, planificadas, en el terreno de las “valoraciones humanas”, con la intención de adoptar aquella decisión que sea la mejor para “ese paciente”. Las situaciones límite que se dan en contextos difíciles ponen a prueba la capacidad teórica, la experiencia práctica y el coraje del médico, quien más allá de los tecnicismos debe guiarse por un “sentido humanitario”. En distintas patologías (no solamente la Covid-19) y según el paciente en cuestión, a veces no ingresar un enfermo a la UTI o evitarle prácticas invasivas que serán fútiles, puede ser la mejor decisión, aquella que respete su dignidad, pudiendo asistirlo correctamente en la internación general y, conteniendo psicológicamente a la familia

En cuanto a los comités hospitalarios de ética, que deben ser interdisciplinarios y no estar digitados por la dirección del hospital, nunca toman decisiones, solo aconsejan (opinión consensuada de sus miembros) en el caso de que el médico tratante considere necesario consultar. Por otra parte, es difícil tener un comité funcionando las 24 horas. La toma de decisión en soledad frente a casos dilemáticos no es lo habitual, ya que al menos suele haber una discusión previa con los otros profesionales del servicio (medicina de equipo). Y muchas veces el médico tratante, como sucede en otros países, consulta a un colega de gran experiencia asistencial que además tiene formación bioética, de lo que puedo dar fe.

Las implicancias éticas en la toma de decisiones médicas siempre me interesaron, justamente por ser un “médico práctico”, que vive la realidad asistencial. Desde 1979 en que asistí a unas jornadas del Colegio de Médicos de Madrid en que se abordó el tema y donde conocí al Profesor Florencio Escardó que era uno de los oradores invitados (reparemos que la Bioética nació a principios de los 70) he procurado estudiar el problema. La toma de decisiones me preocupa y me ocupa, tengo algunas publicaciones y durante años dicté para los alumnos del ciclo clínico la materia optativa (qué absurdo optativo): “toma de decisiones”.

Los otros días mi hijo menor me envió un WhatsApp diciéndome (un poco en broma): “quiero que me devuelvan mi vida”. Y claro, hemos suspendido nuestra rutina habitual y en su lugar adoptamos otra rutina, acorde con las limitaciones de todo tipo que nos impone la cuarentena. Está claro que cuando salgamos de la pandemia no seguiremos con la vida actual y tampoco volveremos a la que formaba parte de nuestro pasado…

El ministro de salud de la Nación dijo el 23 de enero que no existía ninguna posibilidad de que el coronavirus llegase a la Argentina; el 3 de febrero manifestó estar mucho más preocupado por el dengue que por el coronavirus; el 3 de marzo no creía que el virus llegaría tan rápido y, la semana pasada manifestó que ante el crecimiento de los contagios él creía que los mismos iban a comenzar a bajar. No se trata de opiniones que uno puede verter en una charla de café o de las creencias que se le comenta a un amigo. El discurso público que se emite desde el poder y, sobre todo en temas sensibles, debe ser cuidadoso y responsable. La historia revela que las epidemias suelen tener un ciclo propio, con una curva cuyo pico lo vemos con el espejo retrovisor…

Bajo el paraguas del coronavirus los filósofos mediáticos se lanzan al espacio público a través de los diferentes medios y, algunos hablan del espíritu revolucionario del Covid-19, como Franco “Bifo” Berardi, ya que allí donde la voluntad política no pudo ahora el coronavirus promoverá un cambio para terminar con el capitalismo. El virus sería el fuego purificador del capitalismo también para el comunista Slavoj Žižek. Pero Byung-Chul Han piensa lo contrario, el capitalismo no desaparecerá, solo que el virus en esta sociedad globalizada acentúa la soledad y la depresión, y cree que más bien se impondrá una “biopolítica digital” con su sistema de control y vigilancia. Giorgio Agamben pecó por no ver de entrada la epidemia en su real dimensión y, terminado el terrorismo, creyó que la epidemia no era más que una excusa para instalar el Estado de Excepción. Peter Sloterdijk ve una oportunidad para una declaración de co-independencia y Emanuele Coccia habla de la metamorfosis de la naturaleza y de la capacidad del virus que puede cambiar la vida de todos. Para Gianni Vattimo es excesivo atribuir a la pandemia “el sentido de acontecimiento del ser”, piensa que es correcto interpretarla. Célebre por su prédica sobre el posmodernismo y el pensamiento débil, enjuicia la metafísica occidental (verdades universales), defiende las minorías, y expone su tesis de un catolicismo sin dogmas y un comunismo sin gulags, a la vez que ataca la concentración de poder de la globalización por medio de sus axiomas. Vattimo expone la “metafísica de los excluidos”, opuesta a la metafísica conservadora cuyo fin es preservar el orden. Él piensa que los pobres para hacer la revolución necesitan otra metafísica, y que una revolución que se base en el derecho natural (que nace de la conciencia humana) termina inevitablemente en una dictadura. En fin, esta pandemia da para mucho.

El mundo parecería haberse detenido por obra del coronavirus, pero solo en parte, pues, hay tres fenómenos, entre otros, que me llaman la atención. La crisis mundial y el estado angustiante de incertidumbre no han impedido que los grandes consorcios económico-financieros dejen de hacer negocios a escala global, como ser la noticia de los avances en una vacuna contra el Covid-19 eleva inmediatamente el precio de las acciones en la Bolsa, y ya se produjo la venta de millones de vacunas que aún deben probarse en humanos y autorizarse. Los gobiernos no solo están preocupados por la marcha de la cuarentena y el incierto escenario pospandémico, están mucho más preocupados por otros asuntos, como implementar medidas antipopulares en medio del temor generalizado, incrementar los sistemas de vigilancia con proyección al control social una vez salidos de la crisis, o incluso preservar el poder superada esta situación y, al respecto, algo llamativo son las elecciones en plena pandemia a sabiendas que muchos ciudadanos no pueden o no quieren ir a votar, o no están en las mejores condiciones psicológicas para emitir su voto, medida que pone en duda la legitimidad del acto eleccionario. La pandemia no detuvo la carrera espacial aunque sí fundió a las aerolíneas por no poder volar y, resulta curioso, porque los países embarcados en la misma tienen dinero para este tipo de investigaciones que, sin duda son relevantes para el progreso, pero no tienen recursos para solucionar problemas graves y crónicos en sus respectivas sociedades como la pobreza, la marginación o las desigualdades. En fin, la cara oculta de la luna que supone un 40% de la superficie lunar no ha sido vista por nadie, excepto por unos pocos astronautas. La Agencia Espacial Europea (ESA) quiere construir allí un “pueblo lunar”. Recordemos que ya en plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y Rusia se hablaba de la colonización de la Luna. Dicen que algunos astronautas cuando llegaron a la Luna después de un viaje de tres días dijeron que descubrieron la Tierra, y que les hubiera gustado haber llevado a algún político para que comprobara que desde allí no se ven las naciones ni las fronteras. Los chinos planifican abrir minas lunares para extraer helio-3 y, se calcula que la tonelada de este isótopo puede tener un valor de 2.000 millones de euros. Estas partículas de helio-3 están enganchadas al polvo lunar y proceden de la formación de nuestro Sistema Solar. El helio-3 podría ser utilizado en los reactores de fusión nuclear para generar energía.

Confieso que cuando observo la Luna, al igual que me pasa cuando contemplo el mar, me invade un clima de reflexión. Sin la Luna no puede existir la marea y tampoco puede existir la Luna sin el mar, por eso son fuentes inagotables de mitologías y de simbolismos. El tercer protagonista es el Sol (Helios en la mitología griega), esa dinamo cuya visibilidad determina el día y la noche, y que sin duda condiciona nuestros relojes biológicos. Qué mundo paradójico, por un lado proyectamos habitar otros planetas persuadidos por el progreso, y por otro no sabemos cómo convivir aquí. No somos capaces de encontrar un modelo que nos permita convivir con equidad, autonomía y democracia. Frente a este abismo globalizado que vivimos, lo importante es abordar la realidad y, no dejar que el deseo y la ilusión ocupen su lugar.

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