• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

Publicaciones de la categoría: Todos los artículos

La retórica y la simbología de los sueños imperiales

18 jueves Feb 2016

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

El Imperio romano, que fue el primer imperio de Occidente, estableció un modelo de organización imitado reiteradamente hasta nuestros días. En efecto, el modelo se basó, sucintamente, en una fuerte ideología, una sólida organización política y administrativa, un impresionante y poderoso aparato militar lanzado a la conquista permanente que intimidaba a sus enemigos, una sociedad estratificada con jerarquías y, finalmente, una economía que explotaba todos los territorios conquistados en beneficio del poder central. Esta antigua fórmula de cinco ítems, llega hasta nuestros días, repito, pero con algunos retoques más bien cosméticos.

En el año 208 antes de Cristo, el ejército romano comandado por Escipión el Africano y el ejército cartaginés al mando de Asdrúbal, hermano de Anibal, se enfrentaron en la batalla de Baécula, en Jaén, y según dicen los historiadores, esta batalla, importantísima en la Segunda Guerra Púnica, fue casi una guerra mundial. Las dos potencias de la época se enfrentaron por el dominio del Mediterráneo, resultando victorioso Escipión. Y al final de la Tercera Guerra Púnica, Cartago fue arrasada y los romanos se hicieron con el poder absoluto del Mediterráneo. En algunas películas de la época, he podido ver las arengas de Benito Mussolini a su pueblo y la mención que hacía del éxito militar de los romanos sobre los cartagineses, a decir verdad, una verdadera pieza oratoria, con golpes de efecto y gesticulación teatral. Il Duce era un maestro en el arte de la oratoria, no tengo dudas, y sabía muy bien cómo llegar a conmover las masas. Es habitual que los dictadores tengan como estrategia la épica, pues, hacen mención de las glorias del pasado para levantar el ánimo del pueblo o mantener la moral alta como suelen decir. Recuerdo que siendo muy joven, tomé un curso de relaciones humanas, y el profesor solía decirnos con vehemencia que, “los oradores se comieron el mundo”.

En Libia, Muamar Khadafy, que murió en el 2011, llegó al poder gracias a su propia revolución que le permitió mantenerse al frente del gobierno nada menos que durante 40 años, algo similar le sucedió al Generalísimo Francisco Franco, “Caudillo de España por gracia de Dios”. El coronel tenía por costumbre retirarse al desierto para orar, meditar, y recibir la inspiración divina. Khadafy tuvo una alianza con Occidente que duró muchos años y durante ese tiempo hizo lo que le dio la gana. Los países occidentales que tenían negocios con él fueron excesivamente tolerantes y le perdonaron no pocos crímenes, pero bastó la fuerza de los levantamientos populares para que Occidente le soltara la mano y se olvidara de un pasado compartido.

Hoy ya no existen cosmovisiones omnicomprensivas, los grandes relatos se esfumaron, los andamiajes ideológicos se fueron resquebrajando, las utopías perdieron fuerza, los mitos no tienen el valor que tenían o se han convertido en otros mitos y, en el horizonte, pueden visualizarse dos movimientos especulativos: el nihilismo y el relativismo. Dos notas de nuestro tiempo y cultura, claro que también están presentes otras notas, como el realismo, la utopía y la ironía. Carlos Fuentes mencionaba la relación Maquiavelo, Moro y Erasmo, que él caracterizaba como: “esto es”, “esto debe ser” y “esto puede ser”, en otras palabras: el realismo, la utopía y la ironía.

Cuando la gente bajo un supuesto patriotismo anula la conciencia y desarticula la crítica, y cree así lograr una explicación del mundo bajo ese reduccionismo ideológico, recurre a los símbolos, las marchas, las banderas y los héroes patrios de dudoso desempeño, y frente a esto aparece un serio problema. Los que sólo se identifican por el color de la piel, o por el uso de una misma lengua, o por haber nacido dentro de unas fronteras, o incluso por esgrimir una tradición de grandeza que no es tal, falsifican los vínculos humanos e inventan un relato.

La retórica y los símbolos siempre ocuparon un lugar central en la cultura de los pueblos, y las dictaduras como los gobiernos de corte autoritario supieron aprovecharse.

Un simbolista, cuyo nombre no recuerdo, dijo que la fotografía de un conejo no es un conejo, simplemente es la fotografía del conejo, concepto que podríamos trasladar a otros escenarios. Por ejemplo, un individuo que hoy en Alemania o en Austria haga el saludo nazi o marche con el pomposo paso de ganso, es casi seguro que termine en la cárcel. Cuando estuve en Berlín me comentaron que existe una multa de 300 euros para quien haga el saludo del nacionalsocialismo. El saludo con el brazo en alto que usaban los antiguos romanos a la vez que decían Ave César, posteriormente fue adoptado en la Italia fascista pero con la frase Salve Duce, aunque el Heil Hitler tuvo mayor trascendencia, tal vez por la difusión del cine hollywoodense que supo explotarlo. Sin embargo, los falangistas sostenían que el origen del saludo era ibérico. Hace varios años, motivado por mi fuerte curiosidad intelectual, concurrí a una hemeroteca donde hallé una fotografía de la selección inglesa de fútbol saludando con el brazo en alto, pero lo curioso es que esa fotografía fue tomada en Berlín en el año 1938, y pienso que el Führer se habrá sentido muy orgulloso ante ese reconocimiento de los ingleses. La cruz esvástica, que por cierto no pertenecía a Hitler ni a los nazis como algunos creen, tiene su etimología primitiva en sánscrito, significa buena suerte, y fue usada en la antigüedad primero por los Vedas, luego por el budismo y el jainismo, e incluso se han dado distintas interpretaciones cuando los brazos están doblados hacia la derecha o hacia la izquierda, aunque es probable que todas sean erróneas. Es más, dicen que los cristianos de la antigua Roma la habrían utilizado para disimular la cruz.

Las más ostentosas manifestaciones a favor de Hitler en la década del 30 tuvieron por escenario la ciudad de Nüremberg, finalizada la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en la sede del Tribunal que llevó adelante los juicios contra los criminales de guerra, por eso hoy es reconocida como la ciudad de los derechos humanos.

La cultura de la modernidad, actualmente secularizada, tomó de las iglesias no pocas imágenes religiosas y las ubicó en los museos, suprimiendo en ellas el contenido religioso no así el valor cultural. La mezquita de Córdoba comenzó a construirse en el 785, tras la invasión musulmana, justo en el lugar que ocupaba una basílica, pero con la Reconquista se transformó en catedral y, hoy es visitada por gente de todos los credos e incluso por no creyentes con la intención de admirar su arte.

Otro tema del simbolismo es la vestimenta. Hugo Boss fue el gran diseñador de la indumentaria nazi. Durante el Siglo XX varios dictadores apelaron al uniforme, sin pertenecer necesariamente al riñón de los militares, como sucedió con Hitler, Mussolini, Stalin, y otros. Fidel Castro siempre viste su uniforme de guerrillero y revolucionarios de otras latitudes lo imitan. Mao fue el que más trascendencia tuvo, pues, el modelo de su traje lo uso toda China y se hizo famoso en el mundo entero; al parecer, antes de Mao fue introducido por Sun Yat-sen, revolucionario nacionalista, y dicen que los cuatro bolsillos representan las Virtudes Cardinales. Algunos uniformes denotan el poder de quien los lleva y hasta sugieren estar siempre listos para dar batalla. Los uniformes militares nunca tuvieron tantas modificaciones como en el siglo pasado, también aparecieron las condecoraciones, motivo de prestigio y orgullo. En términos generales, el uniforme lleva la imagen corporativa, que no pasa inadvertida ni por el que lo lleva ni por el que de afuera observa. Los militares de alta graduación cuando llegan al poder y quieren dar una imagen democrática optan por el traje y la corbata. Hace unos días el político español Pablo Iglesias, líder de Podemos, movimiento derivado del 15-M, compareció ante el Rey Felipe IV, vistiendo jean y camisa arremangada, pero lo curioso es que cuando fue a la ceremonia de los Goya, se puso smoking.

En materia de discursos, escenificaciones y símbolos, los profesionales del marketing saben cómo instalarlos en la sociedad y hasta diseñan la carrera de muchos líderes.

Entre las verdades absolutas y las mentiras imprescindibles

28 lunes Dic 2015

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

Estamos finalizando el 2015 y la llegada de un nuevo año me anima a realizar algunos balances. Pero más que un cambio de año advierto un cambio de época, y si bien estos cambios tienen sus peculiaridades, el significado varía en función de lo que se deja atrás y también de aquello que intuimos que está por venir. Y repito, intuimos, porque de certezas nada. Quizás éste sea el legado más patético del postmodernismo, o del post-postmodernismo, con el que despedimos el siglo pasado e iniciamos el actual.

Cuando presenté mi libro “La Espera de la Esperanza” en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional, allá por el 2002, los argentinos veníamos de una etapa sombría y la desesperanza dominaba la escena nacional. Sentía mucha indignación por lo que acontecía, hoy también experimento ese sentimiento, pero las circunstancias son otras. En el gobierno unos se van y otros llegan, y la dicotomía explicitada por Sarmiento en “Facundo” vuelve a resurgir, como si el tiempo y los desaciertos no nos hubiesen dejado ninguna enseñanza. De todas maneras, yo al igual que muchos, pero evidentemente no todos, le deseo al nuevo gobierno éxito en la gestión, pues, es de suponer que si le va bien, al país le irá bien. Es el deseo o la aspiración de alguien que tiene convicciones políticas pero carece de contaminaciones ideológicas y de compromisos de capilla.

Al escritor Alberto Manguel lo han designado al frente de la Biblioteca Nacional. En estos años he leído algunos de sus artículos literarios y me causa una buena impresión. Hoy apareció en un suplemento un artículo de él titulado “La sombra de Alejandría” y, me trajo a la memoria mi visita a la mítica biblioteca en el 2011, camino de un congreso europeo de medicina donde tenía que entregar un librito mío en inglés y, la visita me permitió donar el primer ejemplar a la biblioteca para que fuese digitalizado.

Debo confesar que a veces tengo la impresión que he perdido buena parte de este año en cosas que no tienen una utilidad inmediata, pero también estoy convencido que volvería a hacerlas porque me he sentido a gusto y además debía hacerlas. Claro que en los días que corren solo tendría valor lo que es útil, aquello que resulta práctico, por eso si queremos tener éxito es necesario desechar lo que no tiene utilidad a los ojos de los demás. De allí que hoy en los bachilleratos se procure reemplazar las Humanidades por la gestión financiera. Susan Haack sostiene que existe un naufragio intelectual y, éste podría ser entendido como una reducción del pragmatismo a la teoría del éxito por el éxito. Ella acusó a William James de ser anti-intelectualista; otros autores atacaron a James, haciéndolo responsable de identificar de un modo vulgar y muy estadounidense la verdad con la utilidad. Para un pragmatista como John Dewey, era menos importante hacer que la inteligencia fuese práctica que hacer que las prácticas fueran inteligentes. La realidad es que el pragmatismo está muy difundido, dando pie a diferentes especulaciones, y no solo se trata de que el pragmatismo resulte ser la lógica del llamado capitalismo mercantilista norteamericano. Algunos hablan de neo-pragmatismo y lo ven como un intelectualismo “naufragado”. El actual viraje hacia las prácticas resulta de una nueva manera de concebir las relaciones entre la filosofía de la ciencia y la filosofía de la tecnología. Hoy por hoy ser intelectualmente “objetivo” consiste en eliminar de las operaciones factores personales. Y la objetividad del discurso es todo un problema. Entiendo que es absolutamente necesario defender la honestidad intelectual, el distanciamiento imparcial o la búsqueda desinteresada, así como la crítica impersonal y los valores de solidaridad. Sobre la vehemencia de nuestras creencias y nuestras pasiones irracionales, debería prevalecer lo que se ha dado en llamar la “razón ilustrada”, o sea, la prudencia, el rigor y el sentido común.

Pienso que nunca antes como en este 2015 hemos tenido tanta conciencia de los paraísos perdidos. En efecto, muy atrás quedaron la República de Platón, la Utopía de Tomas Moro, la Revolución Francesa, en fin, los sueños de tantos hombres y mujeres que ambicionaron cambiar el mundo pero en sentido positivo. La realidad es que todo ha cambiado o se ha tergiversado. Hace un par de años estaba en Berlín y, en la intersección de Friedrischtrasse y el bulevard Unter den Linden, un activista había colocado la foto de Martin Lhuter King y al pie su célebre frase: I have a dream, y a su lado estaba la foto de Obama con la frase: I have a drone (…); este activista gritaba por las injusticias y los crímenes que se cometen en distintas partes del planeta, pero la gente pasaba a su lado y nadie le prestaba atención. En un mundo donde el tradicional esquema de valores está en quiebra y las intuiciones metafísicas devaluadas, no resulta nada fácil vivir, en todo caso solo restaría aceptar vivir el día a día.

Hace unas semanas retorné de Rusia, en Moscú participé de otro congreso y pude comunicarme con moscovitas de la época soviética y también con jóvenes que desconocen todo aquello. La magnificencia de Moscú y el arte de San Petesburgo me resultaron irresistiblemente atrayentes. La madre Rusia sigue en pie. También hicimos con mi mujer una fugaz visita a la prolija Helsinki, junto al mar Báltico. De vuelta a Buenos Aires, en el avión pensaba cuánta necesidad que tenemos los argentinos de mirar el mundo más allá de los horizontes a los que estamos acostumbrados.

En lo personal fue un año con muchas dificultades, sobre todo imprevistas, y no faltaron las deslealtades y las traiciones, situaciones que conozco de primera mano por haberlas vivido en otras oportunidades, pero lo importante es que no lograron hacerme mella. En la medida que uno envejece más se aproxima al conocimiento de la condición humana y de las noches oscuras del alma. Víctor Hugo bien podía haber escrito aquí “Les misérables” (…) Claro que no sería justo si no reconociese el afecto de mi familia, el reconocimiento de alumnos y discípulos, la solidaridad de amigos y colegas. Esos sentimientos genuinos son los que a uno lo mantiene en pie, los que lo impulsa a no claudicar, porque en el fondo no se ha equivocado el camino. Creo que no es tanto persistir como volver a empezar, o como ahora dicen “reinventarse”. Para F. Scott Fitzgerald nuestras convicciones a los dieciocho años son montañas y a los cuarenta y cinco son cavernas donde procuramos escondernos. En esos rangos etarios el cambio de pensamiento en aspectos vitales es normal, ya que media la experiencia.

Mi mayor alegría durante el 2015 ha sido la venida de Joaquín, mi nieto, mi primer nieto. Estoy aprendiendo a ser abuelo, experimentando el papel que la sociedad le asigna a un abuelo, a la vez que descubro mi amor por Joaquín y, no puedo evitar pensar en el mundo que le dejaremos los de mi generación y los de la generación de mis hijos. No quiero ser alarmista, tampoco sumarme a la corriente apocalíptica de algunos intelectuales cuyo negocio está en los medios. En toda época alguien denunció la crisis o la decadencia. Hace 90 años César Vallejo decía que la generación que le precedió no había dejado nada que esperar, todo había sido un fracaso, pues, se trataba de una generación sola frente a un presente que él calificaba de ruinoso y, esto obedecía a que ni en España ni en América la juventud de su época hallaba maestros. Pero esa era la sensación de Vallejo, porque maestros los hubo, y grandes maestros.

Despedimos el 2015 con no pocos cambios en este mundo globalizado. En lo político la tendencia a romper el bipartidismo y el surgimiento de candidatos independientes me parecen signos de buena salud frente a un sistema democrático que tras su retórica populista cobija inveteradas trampas. La lucha por la transparencia de los actos públicos, la visualización en Internet de lo que el poder pretende tapar, el rasgado de ciertos decorados sociales, la visibilidad de los vulnerables y sus necesidades, el surgimiento de una ética medioambiental, las campañas para incentivar el respeto hacia el otro, para mí son signos positivos que nos alientan a seguir adelante, más allá que vivamos en el reino de la incertidumbre y las trapisondas.

Un relato à la carte

05 lunes Oct 2015

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

La Argentina de los años sesenta y setenta fue un campo de controversias intelectuales, las que adquirieron un alto voltaje y tuvieron fuerte repercusión. Henri Matisse señaló que toda obra lleva las huellas de su época, pero que las grandes obras son aquellas en las que estas huellas son más profundas. En esos años uno podía comprobar en Buenos Aires diferentes planos discursivos, como las discusiones entre nacionalistas y marxistas sobre el imperialismo yankee, el problema de la unidad latinoamericana –tema siempre cargado de retórica-, la necesidad de realizar una revisión sobre la memoria oficial, así como la situación política, social y cultural del país. Lo curioso, al menos para mí, era que todos decían interpretar al pueblo, es más, se consideraban en condiciones de tutelarlo y hablaban en su nombre. El tema de la Nación, motivo de desvelos de casi todas las generaciones intelectuales, fue abordado tanto por los nacionalistas como por la “nueva izquierda” (no sé porqué siempre está surgiendo una nueva izquierda). Los nombres de Rodolfo Puiggrós, Héctor Agosti, Silvio Frondizi, Hernandez Arrigui, John William Cooke, Ismael Viñas, Milcíades Peña, Abelardo Ramos, y muchos otros, aparecían en las notas de los medios escritos como también en entrevistas televisivas y radiales. Reconozco que siempre tuve desconfianza de todo discurso que fuese oficial, pero tampoco creí, como muchos de mis compañeros del bachillerato y luego de la universidad, en los clichés de la contracultura que predominaba. Las polémicas solían ser muy duras, descalificantes, incluso llegaban al agravio personal y hasta se producían escenas de pugilato. Yo percibía que algunos intelectuales se debatían entre la distancia y el compromiso ideológico, y este último resultaba muy fuerte, era difícil eludirlo.

De esa época es el libro Las Venas abiertas de América Latina, una excelente obra del uruguayo Eduardo Galeano, donde reconstruye desde su mirador el pasado de Latinoamérica con una proyección en el presente. No he leído otro libro de este autor, pero sí he conocido su forma de pensar a través de algunos artículos periodísticos y notas que le hicieron. Como ser, él dice que no tuvo una educación formal –sólo llegó al primer año de la secundaria- y, todo lo que sabe lo aprendió en los cafés de Montevideo. Ése anclaje en la cultura popular me recuerda a los escritores que han abrevado en ella y lo han reconocido no sin cierto orgullo, es el caso de García Márquez o de Marguerite Yourcenar. Recuerdo una bella frase de Yourcenar: “con un pie en la erudición y otro en la magia”, frase que intenta separar las aguas entre lo que llamamos la alta cultura y lo opuesto. Galeano ha tenido en cuenta el punto de vista de los excluidos, o como él prefiere, el punto de vista de los “nadies”, de los “ninguneados”. Esto resulta interesante porque el punto de vista de los excluidos nunca tuvo peso propio, sin embargo, son voces que como sostiene el uruguayo, bien vale la pena escuchar. Una anécdota de su compatriota Juan Carlos Onetti, a quien conocí en Madrid, me causó gracia. Un día el autor de El Astillero le dijo a Galeano que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio, y que se trataba de un proverbio chino. Galeano comentó que el viejo era muy mentiroso (no creo que alguien llegue a ser un gran novelista sin ser diestro en el arte de la mentira), y que solía invocar una fuente inobjetable para darle prestigio a sus palabras, como podía ser la Grecia antigua. Al cabo de un tiempo, Galeano descubrió que ese  proverbio era hindú.

Facundo ha sido el libro fundacional de la literatura argentina. El polémico y contradictorio Sarmiento, nuestro mayor intelectual decimonónico, lo escribió en 1845 y le puso como subtítulo: Civilización y Barbarie,  dejando establecida una dualidad que se ha convertido en una fuerte característica de la Argentina y que incluso nos impediría asumir el concepto de Nación. Este libro, de lectura obligatoria en los años sesenta cuando yo cursaba la escuela secundaria, o más bien de comentario obligatorio, puesto que se lo menciona mucho más de lo que se lo lee. Pero lo interesante es que los sectores de poder criollo tomaron rápidamente la consigna civilización o barbarie para disciplinar a la plebe, seducida por caudillos y caciques, a la vez que el país adoptaba sin ningún  reparo el modelo del capitalismo europeo. A los indios y los negros  había que ocultarlos, pues, la Nación tenía que fundarse sobre otras bases raciales. La pobreza también debía camuflarse ya que era otro motivo de vergüenza. En el Censo de 1895 se excluyó lo referente al color de la piel para poder declarar con comodidad que la Argentina era un país de raza blanca y, los pocos que no lo eran,  estaban en franca extinción. Qué curioso, ya entonces existía la manipulación de los datos estadístico. Mucho después, con Perón, aparecieron los “cabecitas negra”, una denominación poco feliz que se asociaba a la marginación y la pobreza, pero que sin duda fue de utilidad para reeditar la dicotomía sarmientina, alimentando así el odio entre las clases. Al igual que en el Siglo XIX “lo negro” estuvo estigmatizado, se lo equiparó con la pobreza y la exclusión social. Indios, negros y pobres eran un horror para la dignidad de un país rico, de raza blanca, que se enorgullecía de considerarse profundamente europeizado. En cuanto a la clase media argentina, tan conflictiva, nunca pudo resolver el problema de la discriminación racial.

A la Generación del 80, que sin duda concibió la grandeza del país, se le cuestiona no sólo el exterminio del indio y la concentración de la propiedad de la tierra, también el predominio de una oligarquía que instaló la corrupción como estilo de vida, aunque es cierto que la corrupción estaba presente desde mucho antes de que se planteara la Independencia.

El venerable General Roca tomó el poder con una deuda de 50 millones y la ascendió a 150 millones. Dicen que en 1885 Roca intentó imponer la convertibilidad con el oro, adelantándose en más de un siglo a Domingo Cavallo, pero advirtió los límites de la aventura y finalmente desistió. El banco estatal le otorgó a él y  a sus hermanos créditos que les  permitieron el enriquecimiento ilícito, algo que en la Argentina de nuestros días tampoco causa sorpresa. Cuando su cuñado  Juarez Celman asumió el poder, se hizo el default más grande de la historia, que según las crónicas de la época dejó boquiabierta a la Bolsa de Londres y casi hizo quebrar a la Casa Baring que era el principal banco inglés. Vélez Sarfield, haciendo alusión a este episodio, habría dicho que los bancos se roban con firmas (…) Entonces no hubo cacerolazos como en el 2001, pero si hubo tiros, pues, aconteció la Revolución del 90. En la calle la gente decía a viva voz: “se robaron todo”. Roberto Payró los acusó de tener un absoluto desprecio por la Ley, mientras la justicia le daba la espalda al espíritu republicano, otra constante en nuestra historia de doscientos años. Pero como es habitual, el relato oficial prefiere omitir estos detalles porque no serían de utilidad y debemos mirar hacia delante. Leopoldo Marechal, un intelectual recuperado por el relato, habría dicho que la historia “es el arte de mostrar una cara limpia y esconder un culo siniestro” (sic).

Me preocupa que en el argentino de la calle a menudo exista un registro de fracaso, o de conformismo impuesto, que a menudo se evidencia en la trillada frase: “esto es lo que hay”. En consecuencia nada distinto podría hacerse. Y yo creo que esta visión estereotipada de fracaso es peligrosa, porque nos induce al inmovilismo, a no intentar cambiar la realidad, sobre todo aquello que está mal y que sin duda es modificable. Parecería que cualquier intento por transformar el estado de las cosas está condenado al fracaso y, precisamente, eso es lo que quieren los canallas, los que se mueven en la sordidez de la política y los negocios espurios. Nada les viene mejor que  la gente no haga nada, que acepte mansamente esta realidad como obra del destino, o quizá de los gringos que nos expolian con sus negocios desde que tenemos memoria y también de aquellos coterráneos que con sus denuncias sólo revelan ser antipatrias.

Una historia fuertemente marcada por los intereses económicos

03 lunes Ago 2015

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

La visión que tienen los españoles sobre la historia de América, en términos generales, es que ésta se inicia con el Descubrimiento, los viajes de Colon y las ulteriores guerras de independencia, en consecuencia ignoran la historia previa. Lo grave es que a este supuesto vacío existencial se hayan sumado algunos intelectuales de nuestra orilla, probablemente interesados en amputar una realidad histórica que no les convence o que en el fondo les desagrada. Por otra parte, a los habitantes naturales del continente, aborígenes o nativos, como quieran llamarles, ni siquiera se les reconocía la condición de seres humanos. En fin, todos conocemos los entresijos de la leyenda negra, también de la contra leyenda, y las discusiones encendidas de unos y otros.

Un dato no menor es que a pesar de todo el oro de América que llegaba a la península, Felipe III tuvo tres o cuatro bancarrotas, lo que resulta curioso, por eso pienso que tal vez la crisis que hoy vive España, con estas inveteradas y profundas raíces, sea más bien materia de estudio para los psicoanalistas. Las crónicas de aquella época refieren que había gente que se moría de hambre y la miseria obligaba a muchos a emigrar, como sucede actualmente en diferentes regiones de este mundo globalizado. El oro llegaba, pero no estaba destinado al pueblo, por eso algunos críticos sostienen que al rey le preocupaba financiar las guerras y a la Iglesia construir las catedrales. Estos entresijos históricos no forman parte de la educación formal de los jóvenes españoles y algo similar sucede con los jóvenes de otros países que tienen una historia de conquista y colonización, pues, sus pueblos desconocen lo que hicieron sus ancestros en otras tierras, el trato que le dieron a sus habitantes y los abusos que cometieron. En todo caso prefieren desentenderse de una historia que seguramente les resulta muy pesada. La exacción de los conquistadores a menudo llegó a límites intolerables, procurando vivir a sus expensas. Tengamos presente que el viejo continente ha conocido épocas de esplendor y de lujo gracias a la apropiación de los metales preciados así como de otros recursos materiales de sus colonias. Y esta es una realidad que Europa no estaría dispuesta a reconocer, porque en el fondo constituye una deuda. En varias oportunidades he hablado con europeos cultivados en distintas ramas del saber acerca de estos problemas y he advertido un profundo desconocimiento en el tema, no sé si por falta de información, tal vez desinterés o simplemente comodidad.

Los imperios europeos llegaron a colonizar buena parte del mundo y hoy miles y miles de habitantes de sus ex colonias pretenden ser admitidos en el continente, ya sea porque huyen de guerras, persecuciones ideológicas, étnicas, religiosas, o porque buscan mejores condiciones de vida para sus familias. La respuesta de Europa es lamentable. Bástenos con reparar en el cementerio que se ha convertido el Mediterráneo.

Otro tópico ignorado o quizá subestimado es la esclavitud, que tuvo como principales beneficiarios al viejo continente y también los Estados Unidos. Europa fue la principal responsable del subdesarrollo del continente africano durante cuatro siglos. La industria naviera le permitió a los portugueses realizar lo que algunos consideran el primer negocio globalizado de la Modernidad, porque permitió la triangulación comercial entre África, Europa y América. Hoy sabemos que Inglaterra, Holanda y Francia fueron los principales beneficiarios de este negocio. Portugal, al igual que España, tiene un pasado trágico, ya que traía a los esclavos de África para que trabajasen en sus propiedades de Brasil. En lo que atañe al trabajo en las minas, los esclavos africanos eran muy costosos y por esa razón pocos llegaron a trabajar en ellas, eran preferibles los indígenas porque estaban acostumbrados a las alturas y además su muerte no tenía mayor relevancia económica. Cuando los Estados Unidos era una colonia británica, un barco llegó a sus costas y dicen que un grupo de colonos obligó al capitán a cambiar su carga de esclavos por provisiones, pero ya en 1690 la situación de los esclavos estaba reglamentada y perfectamente regulada.

La principal colonia de Bélgica en el continente africano era el Congo. Allí Leopoldo II hizo grandes negocios, al punto de llegar a ser su enclave privado y él convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo. Su excusa fue la lucha contra el comercio de esclavos y la escasa civilización. Pero, más allá de sus inversiones que convirtieron a Bélgica en una potencia imperial, la armada privada del rey habría sido responsable de la muerte de 10 millones de congoleses según algunas fuentes, hecho que habría superado holgadamente al número de víctimas del holocausto judío. He podido leer que en la construcción de una extensa red de transporte ni siquiera se salvaron los niños que fueron obligados a acarrear pesadas cargas hasta que caían muertos. Frente a este genocidio muchas voces se alzaron, entre ellas las de Mark Twain y Joseph Conrad. En 1960 Bélgica le concedió la independencia a este territorio para no repetir la historia de Francia con Argelia y, al año siguiente, Bruselas tuvo que disculparse públicamente por la muerte del primer ministro de la República Democrática del Congo, el intelectual nacionalista Patricio Lumumba, quien sufrió un golpe de Estado militar en plena Guerra Fría, mientras las potencias occidentales exhibían una curiosa distracción.

En 1964 Nelson Mandela compareció ante los tribunales de Pretoria y lo condenaron a cadena perpetua. Allí pronunció un discurso histórico, cuyo alegato aún se recuerda. Mandela estuvo a favor de la paz y de evitar la violencia, hasta que llegó a la conclusión que con esa metodología había fracasado, entonces optó por el sabotaje porque no implicaba pérdida de vidas humanas. La destrucción de centrales eléctricas o la interrupción de comunicaciones telefónicas y ferroviarias ahuyentarían las inversiones extranjeras y obligarían a las autoridades coloniales a negociar. Mandela tenía una gran claridad conceptual: “He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros”. En su momento aceptó la ayuda del Partido Comunista, según comentó, porque los comunistas eran los únicos que estaban dispuestos a apoyar a los africanos, si bien reconocía diferencias ideológicas sustanciales, ya que los comunistas hacían hincapié en la diferencia de clases y Mandela solo pretendía que las clases convivieran en armonía. Luego de salir de la cárcel y convertirse en presidente de Sudáfrica por el voto popular, continuó siendo coherente con lo que venía manifestando durante décadas, aunque es indudable que no le pudo dejar a su pueblo el legado con el que había soñado.

En la Argentina tenemos nuestra historia de la esclavitud, que a todas luces preferimos olvidar. Los escribidores de la historia oficial procuraron hacernos creer que la esclavitud fue abolida con la Asamblea del Año XIII, pero en realidad sólo se declaró la “libertad de vientres”, y el tráfico y los negocios esclavistas siguieron adelante, incluso con la administración de Juan Manuel de Rosas. Si bien hubo que esperar a la Constitución de 1853, la esclavitud se extinguió naturalmente. Resulta curioso que en esa época, según he podido leer, a los estudiantes de abogacía de la UBA se les enseñaba con textos que justificaban la esclavitud, ya que ésta sería avalada desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras, mientras era legitimada por la ley de los hombres debido a que se trataba de individuos, no de personas, que incluso usaban la libertad en perjuicio de la sociedad (…) Los primeros esclavos negros llegaron aquí en el Siglo XVI. Al parecer, el 5% de la población argentina desciende de negros africanos, situación que fue camuflada por la masiva inmigración europea que ayudó en el “proceso de blanqueamiento”, algo muy caro a los sentimientos de la burguesía argentina, al punto que cuando se considera que un hecho carece de cultura se dice que es “propio de negros”. Este prejuicio por el color de la piel se trasladó a los individuos “morochos” y más tarde a los denominados “cabecitas negras”. Hoy continúa vigente.

Una globalización fundamentalista o el sálvese quien pueda

15 lunes Jun 2015

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

La globalización ha permitido dar grandes pasos en materia de ciencia, tecnología, turismo, comunicaciones. Internet abrió un amplio y fértil panorama, no exento de riesgos, bástenos como ejemplo el caso de wikileaks que irrumpió en la intimidad de la diplomacia estadounidense, poniendo al descubierto sus hipocresías o posteriormente el caso de Snowden, que ha revelado que los Estados Unidos no confían en nadie y espían a todos, si bien es probable que otros estados hagan lo mismo.

La globalización actual, objetivo perseguido desde hace mucho tiempo, ha irrumpido en las últimas décadas del siglo pasado de manera subrepticia e inesperada. No hay duda que el impacto ha sido brutal, la violencia de todo tipo que ha generado tiene como telón de fondo la argumentación del progreso y también la eficiencia, que según sus iluminados mentores serían inevitables. De la mano de esta embestida, que da la espalda a cualquier humanitarismo, se incrementó el hambre, la pobreza, la desocupación, la exclusión y una serie de males sociales que hoy los estados no sabrían cómo resolver. Pero en el corazón de la globalización están las finanzas, el orden financiero que rige este proceso y sus ramificaciones se extienden a todas las esferas de la vida. La economía, las finanzas, el mercado, pretenden dominar –y en gran parte lo logran- la vida en la tierra e incluso tienen proyectos para Marte. Algunos creen que todo es cuestión de política, sin embargo la delantera siempre la llevaron los negocios. En términos generales los políticos desarrollan su acción dentro de los límites físicos de la Nación, excepto cuando procuran saltar el cerco para intervenir en algún organismo internacional de dudosa efectividad, participar de alguna comisión protocolar, o hasta embarcarse en una aventura bélica con resabios colonialistas. En el fondo siempre hallamos el culto al mercado. Y es importante entender de una vez por todas que ya no se trata de una simple cuestión capitalista, al menos en el sentido que puede darle el hombre de la calle. No estamos hablando solo de hipervalorar el capital por sobre el esfuerzo laboral del proletariado como dirían los seguidores de Marx y Engels, estamos frente a una clara cuestión crematística.

Los que defienden a rajatabla el orden globalizador fijando la vista en las metas y evitando mirar hacia los costados, como si fuesen caballos con anteojeras, desconocen u ocultan que tal orden no es más que un desorden. En plena globalización asistimos a un brutal “capitalismo crematístico” que, se diferencia del verdadero espíritu de la economía porque conduce a una usura que es inocultable. Recordemos que para Aristóteles la crematística era una conducta desordenada, antinatural, y no hay duda que en la antigüedad los griegos ya veían el problema que se avecinaba.

Al igual que el dios Jano, la otra cara de la globalización muestra un panorama muy distinto al del progreso, donde millones de seres humanos han perdido todo y viven en la calle. Pero lo grave es que muchos ya no trabajan desde la década del 90 o antes gracias a las políticas neoliberales. En términos generales, se trata de gente de mediana edad formada en el paradigma del trabajo diario, acostumbrada a trabajar durante ocho o más horas del día y, de pronto, fueron obligados a una ociosidad no consentida –muy distinta del ocio de los antiguos griegos-; en la medida que el tiempo pasa, estos seres humanos sienten que su proyecto de vida se marchita, poniendo en entredicho los valores, las costumbres, los estilos de vida, y dando lugar en este duelo a un profundo escepticismo que en no pocos casos ha desembocado en la depresión y hasta en el suicidio. El arreglarse de alguna manera para seguir viviendo sin trabajar conlleva un profundo mal, la gente se acostumbra a vivir en la precariedad, y eso me parece terrible. Por otra parte, no es fácil la reinserción laboral para quien ha permanecido varios años fuera del sistema productivo. Recuerdo que cuando querían convencernos de la inexorable necesidad del cambio se hablaba de “reingeniería laboral” como una solución a estos casos problema. Otro cuento de los seguidores de Reagan y Thacher. La realidad es que algunos han perdido la dinámica laboral, ya no recuerdan el sabor que produce el hacer, mientras otros se sienten moralmente destruidos o incluso abandonados hasta por su fe religiosa, y no faltan los que en la búsqueda desesperada de una salida tropiezan con el alcohol, las drogas y hasta el delito.

Cómo ignorar a los jóvenes estudiantes, obreros, campesinos y profesionales que el mercado ha decidido marginar o descartar, o a los niños que viven en la calle o son utilizados para el trabajo en negro, así como los adolescentes que no vislumbran futuro alguno porque se les niega toda posibilidad de superación y hasta llegan a creer que son basura. Millones de ciudadanos ya han perdido el empleo y otros millones temen perder un trabajo que en el fondo no les gusta. Algunos deben pensar, en sintonía con la teoría de la metempsicosis de Pitágoras, que el destino los castigó vaya a saber porqué pecado cometido en otra reencarnación. Creo que el cinismo trepó a las más altas cumbres y que los niveles de corrupción estructural no tienen precedente en la historia. Y conste que el problema ya no sólo es de Occidente, también es de Oriente. Esta globalización ha convertido a muchos en “residuos humanos”.

¿Acaso se puede ser intelectual callando porque uno está a salvo? ¿No es imperioso reflexionar o siquiera hacer alguna referencia en voz alta? ¿Puede la realidad académica seguir divorciada de esta situación fáctica?

Hace poco en un programa de televisión un clérigo ensayaba un discurso conformista: la pobreza que nos debe interesar no es la pobreza material sino la espiritual, reparemos que hay pobres que sólo tienen dinero (…) Maravilloso, este hombre santo halló una salida al problema. Por otra parte, en la Unión Europea discuten acerca de la reducción de las horas de trabajo, lo que permitirá que los trabajadores tengan más horas libres, disponer de mayor tiempo para hacer otras cosas o simplemente no hacer nada Un filósofo devenido en intelectual mediático dijo que estos trabajadores hoy gozan de una libertad desconocida, porque más de la mitad del tiempo real de sus vidas la pueden vivir lejos del trabajo (…) Este profesional de la especulación filosófica por una vía diferente a la del clérigo también halló otra salida.

Pensar que hace 20 ó 25 años, cuando se estaba instalando este proceso mediante un relato mentiroso, yo expresaba mi desconfianza, y algunos me decían que estaba equivocado, que me había quedado en el tiempo, que no me daba cuenta del progreso que se avecinaba a pasos agigantados (…)

En fin, salta a la vista que el problema fundamental es el dinero, que no sólo es necesario para adquirir comida y subsistir, sino que se ha convertido en el eje de la vida de los seres humanos, en todos sus aspectos, al extremo que hoy por hoy quien no está bancarizado prácticamente es un muerto civil.

El mundo actual nos revela que se tiene prestigio si se dispone de mucho dinero, la investigación es aceptada si da dinero, existe calidad de vida si el bolsillo lo permite. La democracia, el progreso, la justicia, el conocimiento, todo ha quedado reducido a la dimensión del beneficio económico. Frente a este panorama, nada alentador, no faltan quienes reclaman por una dictadura, no de las mayorías, sino de algún iluminado que termine poniendo orden. Tomar conciencia de que hasta en aquellos gobiernos “mejor intencionados” también se verifican altos índices de corrupción no resulta sencillo. Es más, dudo que ésta sea propia de nuestros días, por el contrario creo que asistimos al fenómeno de la visibilidad que nos ha permitido descubrirla.

A propósito de mi libro Cómo FormarSe en la Universidad

29 lunes Dic 2014

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

Este libro, destinado a los jóvenes que van a ingresar a la Universidad, o a los que ya asisten a sus aulas, y también a los que se están despidiendo por estar próximos a graduarse, constituye un viejo anhelo que quise desarrollar cuando aún no peinaba canas, pero necesitaba llegar a un punto experiencial que me diese la autoridad que necesitaba. No es casual que haya buscado un medio masivo como Amazon, pues, mi meta es llegar a la masa de jóvenes estudiantes que eligen la capacitación universitaria como proyecto de vida. Me sentiría muy satisfecho si esta guía llegase a ser traducida a otros idiomas y fuese leída por jóvenes de otros continentes. En fin, sé que estoy llenando un vacío intelectual y tengo muchas esperanzas en la juventud de aquí y de allá, por eso me he animado a emprender esta empresa de cuya utilidad no dudo. Para dar una idea del libro, tomaré algunos párrafos.

Diógenes observó que todos los que pasaban caminando por la calle donde él estaba tropezaban con una piedra y maldecían, pero ninguno removía la piedra para evitar que los que venían detrás tropezaran. Pues bien, yo siempre he creído que toda persona debe dejar algo positivo a las generaciones que lo sucederán y, mi propósito es remover esa piedra con la que tropecé numerosas veces en mis días de estudiante universitario. Las observaciones, métodos, estrategias y consejos que explicitaré, surgen de la experiencia. En efecto, el lector hallará más práctica que teoría. Quiero ayudar a ese joven que ingresa a una institución que se presenta en sociedad como el templo del conocimiento o la cima de la sabiduría, para que pueda transitar por sus aulas de manera inteligente. Esta institución que ha superado ampliamente la prueba del tiempo, para unos representa un desafío, para otros constituye un asombroso pasaje que lo conducirá a un mundo nuevo, pero también están los que la ven como una corporación cerrada que revela cierta hostilidad.

Muchos cumplirán el sueño de graduarse luego de algunos años de estudio y de superar los exámenes correspondientes, convirtiéndose en profesionales, pero algunos no terminarán sus estudios y en consecuencia no tendrán su diploma, aún así este libro les será de mucha utilidad para su proyecto de vida, porque no todos los que abandonaron la carrera universitaria para dedicarse a otra actividad que les atraía han fracasado. Y en ocasiones ha sucedido lo inverso. Bástenos como ejemplos actuales: Bill Gates, quien abandonó sus estudios en la Universidad de Harvard, Mark Zuckerberg que también dejó Harvard tras sostener que la información debía ser libre y abierta al público, o Steve Jobs que a los 6 meses de haber ingresado en la Universidad debió renunciar por el alto costo de la matrícula. Los ejemplos son innumerables y los hallamos en todas las épocas, pero tan solo escogí a tres exitosos empresarios de la cultura digital, hoy globalizada, que casi todos los jóvenes conocen y muchos procuran imitar. Por otro lado, debemos reconocer que la innovación en materia digital en gran medida se ha dado fuera de la Universidad.

Mi propósito es ofrecer un texto ágil, de fácil lectura, cuyas recomendaciones y técnicas puedan ponerse en práctica ya mismo. Para lograr este cometido procuraré sacrificar la erudición, dejando de lado mi tarea cotidiana de profesor y académico. He procurado recordar las dificultades que tuve en mi etapa de estudiante universitario y, desde el principio hasta el final del texto me impuse la consigna de no olvidarlo. Tengo la intención de que esta obra llegue al público que conforma las aulas universitarias y procuraré abordar aquellos temas que considero sensibles de una manera llana y honesta.
Aquí el lector advertirá el predominio de un enfoque interdisciplinario, propio de alguien acostumbrado a caminar entre la Ciencia y las Humanidades, pero que por sobre todas las cosas ha tratado de ponerse en el lugar del estudiante, justamente porque es necesario ponerse en el lugar del otro para conseguir la tan declamada “integración”. Al respecto, existe una retórica que sólo produce desencanto, justamente porque faltan ejemplos y, la palabra deber ser seguida de la acción. Considero que no es un buen profesor quien se olvido que en un tiempo fue alumno, tampoco es un buen médico el que no estuvo en lugar del enfermo o llega a ser un buen mandatario el que nunca fue mandado.

Existen muchos cursos, manuales y artículos acerca de técnicas y métodos infalibles para estudiar. En fin, no creo en la infalibilidad de ningún tipo, pero sí reconozco que de lo que uno lee siempre se puede sacar alguna idea o consejo que sea provechoso.
Cuando era estudiante probé distintos métodos y técnicas. Generalmente estudiaba en mi casa, y cuando me aburría procuraba estudiar en la biblioteca pública. En ocasiones preparaba la materia con un compañero, pero la mayoría de las veces prefería estudiar solo.
En mis años de profesor he visto cómo muchos alumnos estudian mal, no se dan cuenta qué es lo importante y se pierden en detalles o ideas subalternas, y otros no tienen método ni disciplina para el estudio. Durante los cursos, a lo largo del año lectivo, suelo hacer un alto para dar algún consejo que me parece útil, sobre todo cuando veo que hay alumnos perdidos en la materia, que tienen dificultades para entrar de lleno en la misma. Basta con 3 o 4 directivas de estudio para que rápidamente se encaminen.

Los exámenes o pruebas evaluatorias hoy se implementan de diferentes formas: exposiciones orales, pruebas escritas, multiple choice, demostración de prácticas y habilidades, etc. La tendencia en pedagogía es sustituir la palabra examen por evaluación, algo que en la práctica al estudiante no le interesa mucho porque en última instancia tanto la evaluación como el examen a menudo le generan stress.
Todos aquellos que hemos pasado por innumerables exámenes y pruebas de todo tipo sabemos que en términos generales no se trata de algo agradable. Es habitual que nos despierte cierta intranquilidad, nos ponga tensos, ya que corremos el riesgo de no superar la prueba, de no estar a la altura de lo que pretendíamos o incluso de la esmerada preparación que tuvimos. En efecto, se trata de unos minutos, y a veces los nervios o la memoria nos pueden jugar una mala pasada. En ocasiones el profesor que examina o la mesa evaluadora transmite más que respeto, temor. Los profesores que tenemos mucha experiencia en el tema procuramos que de entrada el alumno se relaje, así resulta más agradable para ambos. La cordialidad es fundamental en las relaciones humanas.
Hay estudiantes que son muy responsables, estudian a conciencia, pero en el momento de la evaluación se paralizan, o actúan con torpeza, como si no se hubiesen preparado adecuadamente. Al respecto, creo que el buen profesor debe tener la habilidad para detectar esto y lograr que el estudiante se tranquilice y demuestre aquello que preparó y sabe.
A veces el alumno tiene un mal día y su examen resulta malo. Lo ideal es la evaluación permanente, estimo que resulta mucho más justo, pero no siempre es posible. Cuando la evaluación se emplea bien, como parte de una rutina destinada a medir el aprendizaje y también a promoverlo, tiene sus méritos.

El problema de la formación universitaria no pasa porque ésta sea estatal o privada, laica o confesional; aquí no reside el problema de fondo. Una institución europea se promociona en los medios diciendo que además de ofrecer las mejores instalaciones, medios tecnológicos, enseñanza de idiomas y los más importantes certificados de calidad, enseñan a volar muy alto (…). Creo que nunca ha habido tantos vendedores de humo como en nuestros días.
Es posible que el lector tenga ciertas dificultades en llevar a la práctica algunos de los consejos aquí explicitados, pero creo que es asunto de tiempo y, el tema merece una consideración especial, porque la formación es un emprendimiento individual, absolutamente privado, que responde a un esquema o plan de vida.
En la hoja de ruta universitaria, así como en el camino de la vida en general, surgen no pocos inconvenientes y hay momentos de flaqueza. En esas ocasiones siempre hay que tener a mano algún autor cuya relectura nos ayude a superar el mal trago y nos de coraje; yo desde muy joven escogí a Almafuerte y su poema: “No te des por vencido, ni aún vencido…”
Como ya he dicho, lo que aquí recomiendo lo llevé a la práctica, y lo que he podido lograr en mi vida universitaria y en la profesión ha sido en base a estos procedimientos articulados con una fuerte voluntad. En efecto, con firme determinación y fuerza de voluntad cualquiera puede alcanzar grandes metas.
Confucio (551 AC-478 AC), dijo que: “Se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad”. Por su parte William Shakespeare, dos mil años después, sostenía que: “El porvenir de un hombre no está en las estrellas, sino en la voluntad y en el dominio de sí mismo”.

Cómo FormarSe en la Universidad

La decepción en los tiempos que corren

06 lunes Oct 2014

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

La corrupción que actualmente invade la política, quizá como nunca antes se dio, ha generado un clima de profundo malestar, al extremo que los ciudadanos ya no se sienten representados, ven malogradas sus aspiraciones, y se indignan con las noticias de los abusos y negociados que aparecen diariamente en los periódicos y que revelan impunidad. A este clima de frustración se le suma la sensación de impotencia, porque a pesar de la mala conducta de los políticos que están en el poder y también de los que se sitúan en la oposición, nada puede hacerse. El sistema de corruptelas es inocultable, participando del mismo los partidos y los sindicatos que recurren a cualquier estratagema con tal de conservar el poder para continuar con sus privilegios y negocios espurios. En consecuencia, a los ciudadanos ya no les interesan las elecciones, ven a la democracia sólo como un instrumento que permite alcanzar el poder, piensan que con su voto no pueden modificar nada y, perciben la imposibilidad de ir contra un sistema que termina imponiendo los intereses de los poderosos.

En este contexto salta a la vista que el bienestar del hombre de la calle y su familia no es prioritario, tal vez nunca lo fue en la medida que lo imaginamos. El Estado de Bienestar se esfumó, pero existe un mercado todopoderoso con inversores privados que tienen una actitud rampante. Los conflictos de intereses están a la orden del día y se evidencia un clima de ambiciones desmedidas donde no hay cabida para los escrúpulos. Con astucia se recurre a todo tipo de engaños para restringir las libertades personales bajo el lema de que es necesario combatir la inseguridad, la que en gran medida se genera desde el mismo poder. Los Estados incrementan los presupuestos para seguridad y armamento, a la vez que recortan los presupuestos para educación, salud, cultura y seguridad social. También se cercenan los derechos laborales y las genuinas representaciones políticas mediante ardides, al punto que ni la retórica parlamentaria ni la ingeniería judicial hoy logran encubrir los chanchullos. Como es natural, esta situación genera un malestar penetrante, que perturba a los individuos y enferma de decepción a las sociedades, y que para peor sirve de argumento a ciertas medidas extremistas que proponen algunos aventureros.

Cuando me hallo en Europa y converso con el ciudadano de a pie, en todas partes y en diferentes idiomas escucho las mismas quejas. En efecto, las quejas, los reclamos y la indignación con el poder han logrado superar las barreras idiomáticas, nacionales, étnicas y culturales. El desengaño es profundo, si algo está claro es que la globalización capitalista tal como la conocemos, se llevó puesto aquellos derechos que conformaban el espíritu de la sociedad de Bienestar que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, a la vez que vació de sentido a las democracias. Los habitantes del viejo continente piensan que sus gobiernos nacionales han caído de rodillas ante las directivas que emanan de Bruselas, donde está la sede de la Unión Europea, y lo curioso es que la UE está generando una verdadera des-unión, donde asoman serios peligros en el firmamento, bástenos el racismo y los nacionalismos encrespados. En fin, estimo que no todo debería pasar por la economía y las finanzas, si bien es cierto que no podemos ignorarlas. Y sería importante que Europa no olvide las tragedias que vivió durante el Siglo XX, no para aceptar mansamente lo que fuere como algunos bribones pretenden, sino para actuar con inteligencia, privilegiando el sentido de justicia –gran ausente-, mostrando tolerancia como una forma de convivencia, respeto por el otro, y por sobre todas las cosas revelando entendimiento de los problemas humanos fundamentales. Creo que los pueblos tienen que reparar más en lo que los une que en lo que los separa.
En los tiempos que corren el mundo se debate entre la epopeya y el informe documental. Una sociedad de hiperconsumo vive al lado de una sociedad pobre y abatida. Los ricos y los poderosos escriben su relato y se quedan muy tranquilos, imperturbables, porque ellos son los elegidos, mientras tanto los indigentes, los desposeídos, los Jean Valjean, no les queda otra cosa por mostrar que la miseria. En efecto, se trata de la miseria de sus vidas, la cual es imprescindible ocultar.
Pero volviendo al tema de la democracia, está claro que si pretendemos jugar en serio tendremos que darle cabida a la libertad en un sentido muy amplio y atenernos a las consecuencias, aunque éstas terminen por no gustarnos. Caso contrario seguiremos dándole lugar a la farsa como estilo de vida social.

Este siglo ya lleva la impronta de las movilizaciones, las que están ocasionando muchos problemas a los que mueven los hilos del poder. El poder infiltra y logra desarticular una movilización e imprevistamente aparece otra. El fenómeno, por cierto vertiginoso, reside en las redes sociales, que como dice un periodista actúan como caja de resonancia en cuestión de segundos. Bástenos como ejemplo lo que está sucediendo en Hong Kong. Por lo que he leído, para que las imágenes de la represión policial no lleguen a millones de chinos, la plataforma social Instagram ha dejado de funcionar como ya sucedió con Twitter, Facebook, YouTube. En Weibo, que sería la principal red social china, han censurado todo lo que tenga que ver con la protesta, pero los jóvenes han encontrado FireChat, que permite comunicarse sin necesidad de conexión a Internet, pues, utiliza la radio y el sistema Bluetooth del teléfono. No hay duda que la moderna tecnología es como el Dios Jano.

Hoy por hoy los malentendidos dominan el escenario político, pero me preocupa que en los debates televisivos se apele insistentemente a la inveterada oposición derecha-izquierda, procurando que la gente ingrese en los meandros de la ideología cuando al fin de cuentas a la gente le preocupa otras cosas que son vitales. La oposición binaria derecha-izquierda tiene mucho de tradicional, de simbólico, pero la realidad es otra. Norberto Bobbio sostenía que los hombres somos entre nosotros tanto iguales como desiguales en lo que refiere a ciertos aspectos; la izquierda privilegia la igualdad mientras que la derecha se apoya en la desigualdad y, a ello hay que sumarle el peso de la historia. ¿Por qué en estos debates no se privilegia la dignidad y el humanitarismo? ¿Por qué los salvadores de la patria rechazan aggiornarse? ¿Por qué no aprovechan esta oportunidad para hacer aquello que alguna vez soñaron cuando estaban en el llano y tal vez con castidad decidieron ingresar en la política?

En este mes de octubre tendremos en la región las elecciones de Brasil, Bolivia y Uruguay, algo impensado en los años setenta, teñidos de ansias revolucionarias y brutal represión. No es poco. Chesterton pensaba que no se puede hacer una revolución para lograr la democracia sino que había que tener la democracia para alcanzar la revolución.
Dejando de lado ilusiones y fantasías, debemos admitir que hasta las democracias más prolijas no pueden prescindir de ciertas manipulaciones secretas y negociaciones encubiertas. Y la realidad es que aquí no hay lugar para miradas indiscretas. El espectro político actual cuenta con algunos personajes que hacen todo lo posible para demostrar su poder en público cuando no su obscenidad, logrando irritar a más de uno, entre los que me incluyo. Ni hablar de los gobernantes corruptos que con olímpico descaro asumen el papel de moralistas. En fin, es necesario darse cuenta que la cuestión no reside en enojarse con la democracia y menos en combatirla. Si tenemos que enojarnos con alguien hagámoslo con los que la denigran. Es necesario ser responsables a la hora de las urnas y también no dejar pasar las promesas incumplidas. Camus fue muy explícito cuando decía que la política se edifica sobre las faltas de los demócratas, no sobre las virtudes de los dictadores.

Un pasado de terror, un futuro incierto

25 lunes Ago 2014

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

En mi niñez pude ver en las principales avenidas de la ciudad los tanques del ejército movilizados para tomar posiciones estratégicas, las tropas que copaban los edificios públicos, las radios y la televisión, los vuelos rasantes e intimidatorios de los aviones de la aeronáutica y de la marina, cuando no dejaban caer alguna bomba, ametrallaban un cuartel o también un objetivo civil, y los barcos de guerra apostados en el puerto con sus cañones apuntando a la destilería listos para abrir fuego, mientras las emisoras pasaban marchas militares interrumpidas cada tanto por la lectura de algún bando militar. También vi en la calle a grupos de civiles que se embanderaban con uno u otro bando. Todas esas imágenes, pese a mi corta edad, las tengo nítidas en la memoria como si hubiesen ocurrido ayer.

Nuestros militares jamás estuvieron unidos o detrás de un objetivo común, ni siquiera cuando fue la Guerra de Malvinas. En no pocas oportunidades había que lamentar muertes, sobre todo de soldados –los colimbas-, pero también de civiles, muy raramente de algún oficial de alta graduación. La escasa información era monopolizada por los militares y la gente aguardaba temerosa en sus casas la definición del conflicto. Lo curioso es que los bandos enfrentados decían defender la patria, algo que a mi escasa edad no alcanzaba comprender, ya que si ambos defendían lo mismo porqué no se ponían de acuerdo. A partir de los 70 comencé a darme cuenta de la visión y la metodología que utiliza el sistema de poder prácticamente en todas partes, con una óptica reduccionista y perversa, una tesitura antinómica que obliga a que uno se declare a favor o en contra, clausurando así cualquier otra opción. En fin, una política de confrontación en el pensar y en el actuar, donde no hay lugar para ningún tipo de alternativa. Y en el caso de que no haya enemigos a la vista, habrá que crearlos porque la figura del enemigo resulta imprescindible. La visión maniquea amigo-enemigo, exige que uno acepte las consecuencias.

Corría el año 1976 y los atentados, la represión, los desaparecidos, las listas negras, las persecuciones ideológicas, el miedo a expresarse, la quema de libros, las ejecuciones de uno y otro bando, todo ello había generado en la Argentina un clima social que resultaba irrespirable. Yo vivía en La Plata, ciudad donde nací, ciudad de cuño universitario y también de empleados públicos, donde además de una clase media significativa existía un importante epicentro subversivo. Muchos procuraban huir, generalmente a países europeos, otros se escondían bajo tierra como si fuesen topos. Me animaría a decir que la gran mayoría de la población daba muestras de una rápida adaptación a las nuevas circunstancias, demostrando en la práctica que el darwinismo social estaba vigente.

Si los subversivos apelaban al terror, el Estado los combatía infundiendo más terror, porque aducía que estaban en peligro los valores del occidente cristiano. La propaganda oficial, que remedaba a la implementada por Goebbel, sostenía que los argentinos éramos “derechos y humanos”. Es curioso como ciertas frases calman la ansiedad, tranquilizan las conciencias, al extremo de excusarnos de los actos más aberrantes e infames. En efecto, esos eslóganes servían para justificar cualquier atrocidad que se cometiese desde el poder, y sus mentores aducían que todo estaba permitido si había que defender la familia, la patria, la religión. Pero estimo necesario poner las cosas en su lugar, porque el terrorismo de Estado comenzó con el golpe de Onganía y finalizó con la llegada de Alfonsín al poder. Durante esos 17 años, los gobiernos de Campora, Lastiri, Perón, Isabel, también fomentaron el terrorismo y hubo claras violaciones a los Derechos Humanos, llegando a la cresta de la ola con Videla y sus cómplices. En los 70 los militares apelando a recursos abyectos defendían la existencia del Estado frente a una guerrilla que pretendía disolverlo. Creo que esto fue lo que hizo que gran parte de la población aceptara a los militares, aunque no lo manifestase abiertamente. Tengamos presente que cuando en 1973 Campora llegó al poder, las organizaciones guerrilleras no se disolvieron ni se desarmaron como era de esperar, ya que perseguían otro objetivo. En efecto, esas organizaciones querían otro Estado y otra Constitución. No dudo que en sus filas había muchos jóvenes idealistas (algunos concurrían a mi Universidad), gente rescatable, pero sí dudo de la honestidad de las cúpulas que fueron responsables de no pocos crímenes y que se han refugiado en un silencio muy llamativo, además de no haber tenido que comparecer ante la justicia. Bertold Brecht solía decir que quien conoce la verdad y la llama mentira no es más que un criminal.

Los militares seguían el ejemplo de los partidos políticos tradicionales, pues, una vez en el gobierno se consideraban habilitados para repartir cargos y funciones a diestra y siniestra, porque en la Argentina la administración pública fue, ha sido y es para los amigos del poder, ese es un botín de guerra que no se comparte. Ni hablar de los negociados que hicieron en provecho propio y de la deuda externa que incrementaron escandalosamente y que todavía seguimos pagando. Recuerdo que oficiales de alta graduación dotados de un temerario sentido de la improvisación se hacían cargo de los ministerios, y suboficiales retirados pasaban a desempeñarse como directores de reparticiones o asumían la conducción de organismos técnicos del Estado, desempeñándose como lo harían en un cuartel o tal vez en un club de amigos. Claro que no faltaban los civiles de confianza, a menudo con mayor instrucción e importantes relaciones, que colaboraban activamente y que en consecuencia gozaban de ciertas prebendas. Los militares jamás estuvieron solos. Esos civiles que solían golpear las puertas de los cuarteles, como manifestaban los jefes castrenses, proclamaban estar consustanciados con el ideario de turno, y a menudo fueron el elenco estable de otros gobiernos de facto, e incluso reaparecieron con la democracia asumiendo cargos de importancia en la administración pública. Había intelectuales que decían acudir al llamado de la Patria y declaraban no buscar beneficio personal alguno, porque se trataba de una cuestión de principios y era necesario moralizar la Nación, frase que vengo oyendo desde que era chico. Entre estos colaboracionistas –de alguna manera hay que llamarlos-, había periodistas, filósofos, escritores, estudiosos de la realidad social, académicos, profesionales de distintas ramas, y no faltaban los hombres santos.

Las reuniones, los actos educativos, artísticos o de lo que fueren, eran celosamente vigilados, como en todo régimen represivo. Los censores vivían su primavera y los intelectuales eran muy cuidadosos con sus escritos y declaraciones públicas. Toda manifestación cultural era rigurosamente escrutada. Cuando los grupos de tarea ingresaban a un domicilio, además de buscar armas, iban directo a la biblioteca para detectar literatura subversiva, ya que el “delito ideológico” estaba en plena vigencia.

La task force del Proceso militar argentino, al igual que la de los otros gobiernos militares de Latinoamérica, tenía la bendición del Departamento de Estado, que simulaba no aceptar ninguna transgresión a los Derechos Humanos, cuya patente reclamaba en los foros internacionales. Entonces vivíamos la Guerra Fría y el objetivo era que los comunistas fuesen exterminados o al menos que no aparecieran en el patio trasero. Esto generó un clima de paranoia persecutoria.

Hace tres o cuatro años en un debate político de la TV por cable, dos legisladores de la ciudad discutían no recuerdo de qué tema, pero en un momento la discusión se encrespó y uno dijo: ¡vos sos un bolche!, y el otro le respondió, ¡vos sos un facho! (…)

Hace unos días, el taxista que me trajo hasta mi casa sorteando estoicamente cortes de calles y protestas sociales, modalidad que se ha vuelto cotidiana y que perjudica a quienes deben trabajar, estudiar, realizar un trámite o cumplir con otra actividad, al despedirse, frunciendo el ceño y meneando la cabeza me dijo: esto no sucedía en época de los militares, es necesario que vuelvan (…)

Los relatos apócrifos de la guerra

06 miércoles Ago 2014

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

Dice un antiguo refrán que cuando la guerra es contra las mujeres la única manera de ganarla es huyendo. Ya sé que mis amigas dirán que la cita es machista, sin duda, pero no me referiré a este tipo de conflicto entre parejas que habitualmente se soluciona en una mesa de café o cuando se apaga la luz. Comencé así porque el tema de la guerra me resulta muy pesado, tétrico, y uno no puede hacerse el distraído o actuar con indiferencia moral. Aunque vivamos a miles de kilómetros de las zonas calientes, cuando por la mañana recibimos el diario, la guerra aparece en primera plana, y cuando por la noche encendemos el televisor, los noticieros muestran escenas desgarradoras. Es probable que la guerra sea una de las relaciones internacionales más antigua que existe y, tiene la peculiaridad de que cuando se desata, inocentes y culpables son alcanzados por igual. Para Julio César los vencedores tienen el derecho de tratar a los vencidos a su antojo, ley que mantiene su vigencia. Lo cierto es que este tipo de conflicto revela la mala disposición para alcanzar soluciones razonables y pone al descubierto las mezquindades de los hombres. El denominador común es la ausencia de diálogo, si no hay diálogo el entendimiento entre las partes resulta imposible. El balance final siempre arroja un saldo negativo: exterminio masivo de vidas humanas, aunque no de ideas, ya que hoy resurgen aquellas ideologías que durante el Siglo XX intoxicaron a las naciones e impulsaron la muerte de millones de seres humanos.

La guerra está íntimamente ligada al poder, a la religión, la política, los intereses económicos y geoestratégicos. Para un presocrático como Parménides, constituye el arte de destruir a los hombres, mientras que la política sería el arte de engañarlos. El agudo Nietzsche advertía que, “La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido”. ¿Pero quién tiene la responsabilidad última de esas víctimas, en su mayoría población civil, incluyendo niños? La culpa siempre es del enemigo, de los líderes del otro bando. El relato de los vencedores no deja lugar a duda: la guerra era absolutamente necesaria, fue guidada por fines altruistas y supremos, y en el fondo se trató de una guerra justa.

Desde hace unos meses Crimea es noticia. Una península colonizada por los griegos antes de la era cristiana y que en su historia sufrió numerosas invasiones hasta que Catalina II la anexó al imperio ruso en 1783. A mediados del Siglo XIX se produjo la Guerra de Crimea, la primera gran guerra de la modernidad. Entonces Rusia protegía a los cristianos ortodoxos que vivían en Turquía, bajo el Imperio Otomano, y Francia era la protectora de los cristianos romanos que también habitaban ese territorio. Según la historia, los monjes católicos y ortodoxos se disputaban la Basílica de la Navidad y la iglesia del Santo Sepulcro en Palestina. Consecuencia de este conflicto fue el enfrentamiento armado entre Rusia y el Imperio Británico, Francia, el Imperio Otomano y el Reino de Piamonte-Cerdeña. Para los franceses era la “Guerra de Oriente”.  Pero la historia real fue otra, no ésta que me contaron cuando era estudiante del bachillerato. Rusia buscaba a través de Constantinopla, el balcón del Mediterráneo, una salida a ese mar rodeado por Europa, Asia y África, situación que hubiera modificado a su favor el equilibrio de fuerzas. Las potencias occidentales no podían permitirlo. Recuerdo que en el libro de historia que seguíamos en la secundaria, no faltaba la leyenda romántica de los ingleses, representada por la célebre carga de la Brigada Ligera.

En la Guerra de Crimea aparecieron por primera vez los corresponsales de guerra, periodistas y fotógrafos que procuraban captar fielmente aquello que sucedía en el frente y luego lo enviaban a las redacciones del mundo. Ya no se trata de la historia de la Guerra del Peloponeso, donde se enfrentaron Esparta y Atenas, y que fuera magistralmente narrada por Tucídides, pues, ahora se impone la crónica del día a día. Dicen que estas crónicas que narraban crudamente  los horrores de la guerra, llegaron a conmocionar a la opinión pública inglesa, al extremo que cayó el gobierno. A  partir de entonces el poder intentó controlar la información de estos corresponsales.

Cuando tenía once o doce años leí la biografía de Florence Nightingale, en una edición para jóvenes. Florencia provenía de una familia acaudalada y tuvo una educación privilegiada para la época, pero lo significativo fue que acudió al frente de batalla con un grupo de colaboradoras para prestar asistencia sanitaria a los heridos y enfermos, convirtiéndose en precursora de la enfermería. También fue precursora de los cuidados paliativos e inspiró a Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja y de los principios humanitarias de la Convención de Ginebra.

La caída de Sebastopol a manos francesas e inglesas, determinó que Rusia renunciara a la protección directa de los cristianos ortodoxos que vivían en Turquía y se prohibió la presencia de navíos de guerra en el Mar Negro. Era el fin de las relaciones amistosas entre las grandes potencias y el surgimiento de las reivindicaciones de los pueblos balcánicos que recibieron el apoyo de las demás potencias europeas según sus intereses. Hoy la armada rusa tiene su flota en puertos de Crimea. A mediados de los 50 Nikita Kruschev cedió Crimea a Ucrania, que entonces formaba parte de la URSS, cesión que no fue bien digerida por el pueblo ruso, por eso la llamada pequeña Rusia retornó a los tiros al antiguo imperio pero con la finalidad de delimitar nuevas fronteras.

La Guerra de Crimea fue el antecedente de la Gran Guerra, cuyo desencadenamiento se adjudica al asesinato de Sarajevo, otra gran excusa. En 1914 estaban dadas todas las condiciones para un enfrentamiento armado, claro que nadie supuso que duraría tanto tiempo ni que terminaría siendo una carnicería. Luego de poco más de cuatro años de lucha, los vencedores establecieron un nuevo orden y diseñaron nuevas fronteras. Los Estados-Nación vinieron a suplantar a los imperios colonialistas. Pero el tratado fue malo, despertando el odio y las ansias de revancha de aquellos que fueron humillados. La consecuencia fue que 20 años después se desencadenó la Segunda Guerra Mundial, otra tragedia, pero con armas más sofisticadas, cámaras de gas y muchos más millones de muertos. La guerra duró seis años y, con los vencedores sobrevino otro nuevo orden que hoy intenta mantenerse contra el viento y la marea. Se creyó que a partir de 1945 todo cambiaría, pues, había habido demasiada destrucción y por fin los hombres aprenderían la lección. Hollywood logró imponer su relato maniqueo aunque la industria del celuloide no alcanzó a tapar el cielo, porque una cosa es entretener y otra atenerse a la verdad de los hechos. Hoy asistimos al  asimétrico conflicto Palestino-Israelí, a los enfrentamientos en Siria, Irak, Libia, Afganistán, Malí, Ucrania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Somalía, así como a las amenazas de guerra en otros lugares del planeta. En fin, nunca existió una lógica de la guerra, pero siempre existieron intereses económicos. Las grandes potencias frente a estos conflictos dicen no poder hacer nada, en realidad mienten y siguen actuando con cinismo. Estas potencias que se cuentan con los dedos de una mano, constituyen la “comunidad internacional”, un eufemismo, ya que el resto de las demás naciones que en número llegan a cerca de 200 son convidados de piedra. Los miembros permanentes del consejo de seguridad de la ONU (Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra) no alcanzan a sumar 2.000 millones de habitantes, en consecuencia, la mayoría de la población mundial estimada en más de 7.000 millones de habitantes no está representada en este club selecto (…)

El año pasado existían serios conflictos (algunos seculares) pero había menos tensión, hoy la magnitud de las hostilidades es mucho mayor y existen  notables paralelismos entre 1914 y 2014, paralelismos que son preocupantes. Uno se pregunta qué futuro nos aguarda, sobre todo cuando el logos está despedazado, el humanitarismo se convirtió en un artículo de la retórica, y el sinsentido se impone. En 1908, Marinetti en su Manifiesto futurista glorificaba la guerra como la única higiene del mundo, manifestaba su desprecio por las mujeres y consideraba que el arte debía ser agresivo (…)

Algunos tanteos literarios

24 martes Jun 2014

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

≈ Deja un comentario

Desde muy joven descubrí que mi refugio estaba en la lectura y, concretamente, en la buena lectura. Es más, hasta me di cuenta que en determinadas situaciones anímicas necesitaba recurrir a la relectura de páginas que prácticamente sabía de memoria. Hoy la situación es muy diferente, un joven para leer un cuento de Chéjov, una obra de teatro de Shakespeare, o una poesía de Neruda, tiene que retacearle horas a la computadora. En mi juventud no existía la cultura digital, pero sí la televisión, que también nos consumía horas de nuestras vidas, al igual que ahora. De todas maneras, los chicos que pasan varias horas al día frente a la pantalla del monitor, también leen, incluso literatura. Claro que a la gente de mi generación no le resulta lo mismo. En efecto, estamos acostumbrados al contacto de las páginas del libro, al olor que algunos despiden, y nos gustan las bellas encuadernaciones. Pero lo importante es el contenido, no importa el medio en que uno lea la obra, como sucede con los libros digitales.

Cuando tenía veinticinco años y llevaba un año de médico, consideré que ya era hora de asistir a un taller literario. Concurrí a la SADE, al taller de narrativa del escritor italiano Attilio Dabini. Cuando leí por primera vez un cuento mío (muy malo) ya que debía hacerlo para ser participante, me preguntó qué autores solía leer y le respondí que tenía inclinación por los novelistas y ensayistas españoles, recuerdo que mencioné a varios, pero cuando nombré a Ortega y Gasset, el rostro de Dabini se transformó, se esfumó su expresión amable y, visiblemente irritado dijo que Ortega había “prostituido la prosa castellana“. Todos los asistentes enmudecimos ante esta gélida sentencia. Luego de esa noche, creo que pasaron varios años para que volviese a leer un texto de Ortega.

No hay duda que la frecuentación de ciertos autores produce una fuerte impronta en la manera de pensar, de sentir, y hasta de actuar. Porque esos autores nos trasmiten su mirada del mundo, nos contagian sus intereses y obsesiones, nos hablan de su ideología, su hermenéutica y sus creencias, en fin, nos muestran una ética y una estética particulares. Siempre me sorprendió que tanto en literatura como en filosofía, arte y otros menesteres de la vida haya individuos que declaren no tener maestros, ni siquiera haber recibido influencias de peso en su obra o producción. Dicen que Freud fue muy lector de Spinoza, y cuando le preguntaron por qué no hacía pública su deuda con Baruch, respondió con una ingratitud, ya que la obra psicoanalítica del vienés sólo habría surgido de la atmósfera que él creó, y evidentemente Freud no pretendía legitimación filosófica alguna. También están los que careciendo de una educación formal llegaron a escribir novelas meritorias o poesías extraordinarias, son la excepción, y habitualmente se los califica de autodidactas, fue el caso de Almafuerte.

En mi es habitual tener maestros, claro que cada vez hay menos, y me parece que debemos incluir en esta categoría a los que son remotos en el tiempo pero que nos han influido con vigor. Es más, uno puede llegar a formar parte de sus escuelas o admitir abiertamente que continúa esa corriente de pensamiento. Claro que los que pensamos así tenemos la tendencia a plagiar a nuestros maestros, aunque en algunos tópicos discrepemos con ellos y, pese a que lleguemos a construir algo diferente, no será tanto como para decir que allí no se reconoce la mano del maestro.

Hay autores de un solo libro, que incluso han pasado a la historia, también hay autores de muchos libros, que son muy prolíficos en su producción editorial, sin embargo, no es infrecuente que den vueltas en torno a un mismo tema, y cuando uno lee todos sus libros es como estar leyendo un mismo libro.
Pero me ha pasado haber leído mal un libro, nota o artículo y, cuando lo advertí me enojé conmigo, me dije: cómo no me di cuenta, cómo no fui capaz de desentrañar lo que el autor quería transmitir. Claro que a lo mejor él pretendía que uno lo leyese de una manera determinada, pero, ¿por qué hay que leer a un autor como él quiere?

En ocasiones uno se extravía no solo en la obra escrita sino en el pensamiento. Hay lecturas extraviadas como existen escrituras y pensamientos extraviados. Uno pretende recuperar lo que considera el curso normal de la vida a través de un discurso o de un relato que transmita el discurrir correcto del pensamiento.
La crítica literaria del Siglo XIX era esencialmente moral y, entonces –al igual que ahora- el poder se valía de esa crítica para perseguir a los escritores. Después de la Segunda Guerra Mundial y antes de la afirmación de la autonomía en materia de arte y literatura, la crítica trató de eludir lo moral. Pero el juicio moral siempre resurge, es imposible eludirlo, y hoy podemos comprobarlo por ejemplo cuando se habla de racismo o de antisemitismo, entre otros tópicos.
Hace unos días comentaba en Facebook, a raíz de un suceso, que a veces negarle a un individuo un premio, una distinción o un reconocimiento que sin duda merecería recibir termina favoreciéndolo. En efecto, se puede brillar más con lo que le niegan que con lo que le concedan, y, eso siempre sucedió, forma parte de las miserias humanas. Pero no sólo sucede en la literatura, también acontece en las profesiones y en otros ámbitos de la vida. Kafka, Proust, Tolstoi, Joyce, jamás recibieron el Premio Nobel de Literatura (…)

Comencé a leer a Antonio Tabucchi hace unos veinte años. El escritor italiano tenía por costumbre viajar, y el trasladarse por el mundo era para él una forma de conocimiento. Cuando se refiere a Buenos Aires dice que ésta es una ciudad símbolo y también una ciudad metáfora, una de esas ciudades que, como símbolo y metáfora, entran en la literatura del Siglo XX.

Borges, otro proscripto del Premio Nobel de Literatura, en 1923 escribió su primer libro de poesía, Fervor de Buenos Aires. Era una edición con una tirada de 300 ejemplares y, Borges ponía el libro en los bolsillos de los abrigos de quienes asistían a su casa en el momento de retirarse. Para Tabucchi quizá sea también un gesto “ultraísta”, de un vanguardista tímido, introvertido y contradictorio. Pero lo cierto es que el primer libro del escritor argentino que mayor trascendencia ha tenido, que hoy es considerado un autor universal, un clásico moderno, su edición fue pagada por Borges.

Wittgenstein decía que todo libro consta de dos partes, la escrita y la que no se pudo escribir que, al parecer, sería la más interesante. El psicoanálisis, que tiene mucho de filología, a través de Freud y Jung procuró estudiar el lenguaje mítico para revelar aspectos ocultos de la personalidad humana. El mito proviene de vertientes orales y escritas, está presente en toda cultura y fue desarrollado por George James Frazer en La rama dorada. El desmontaje o la estrategia de análisis de Derrida, la deconstrucción, suele conducirnos a una suerte de transmitificación, como sucedió con los ilustrados del Siglo de las Luces.

Desde muy joven me ha tocado vivir entre dos discursos, el discurso científico y el discurso metafísico, este último muy ligado al mito y que responde a una tradición literaria. No estoy de acuerdo con aquellos que defienden al primero como expresión monopólica de la verdad, este es un mal de los tiempos modernos. Los defensores del reduccionismo ignoran que cada disciplina tiene su gramática, su literatura, su lenguaje, sus códigos. Es imposible adentrarnos en una disciplina concreta si desconocemos los factores que son determinantes, propios de ella. El mito está a la altura de los sueños. Recuerdo que mi madre tenía un libro de los sueños donde se explicaba –de manera muy simple- el sentido de cada uno, libro que descubrió en una mesa de saldos y ofertas de una librería de barrio y al que le tenía una confianza ciega. Le pedí que me permitiese hojearlo, y comprobé que carecía de fundamentos científicos, hoy podríamos calificarlo de literatura chatarra, pero ella creía firmemente en su contenido y, cada vez que comentaba lo que había soñado y cuál era la interpretación, terminaba irritándome.

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Buscar artìculos

Artículos Recientes

  • El darse cuenta
  • El mundo de ayer
  • Hurgando en la memoria
  • CON TONO INTIMISTA
  • UNA CIERTA INTIMIDAD

Últimos comentarios

  • María en Si mi verdad valiera tu mentira
  • Laura en La riqueza: entre la virtud y el vicio.
  • Jorge Eduardo Dimov en Saliendo de la cuarentena con discusiones decimonónicas y esperando la vacuna
  • Amanda en ¿Democracia o voluntad tutelada?
  • Christian de Paul de Barchifontaine en Las luces y las sombras en el arte y el sexo

Archivo

  • marzo 2026
  • febrero 2026
  • enero 2026
  • diciembre 2025
  • noviembre 2025
  • septiembre 2025
  • junio 2025
  • mayo 2025
  • abril 2025
  • marzo 2025
  • febrero 2025
  • enero 2025
  • diciembre 2024
  • noviembre 2024
  • agosto 2024
  • junio 2024
  • abril 2024
  • marzo 2024
  • febrero 2024
  • enero 2024
  • diciembre 2023
  • octubre 2023
  • septiembre 2023
  • agosto 2023
  • julio 2023
  • junio 2023
  • mayo 2023
  • abril 2023
  • marzo 2023
  • febrero 2023
  • noviembre 2022
  • octubre 2022
  • septiembre 2022
  • agosto 2022
  • julio 2022
  • junio 2022
  • mayo 2022
  • abril 2022
  • marzo 2022
  • febrero 2022
  • enero 2022
  • diciembre 2021
  • noviembre 2021
  • octubre 2021
  • septiembre 2021
  • agosto 2021
  • julio 2021
  • junio 2021
  • mayo 2021
  • abril 2021
  • marzo 2021
  • febrero 2021
  • enero 2021
  • diciembre 2020
  • noviembre 2020
  • octubre 2020
  • septiembre 2020
  • agosto 2020
  • julio 2020
  • junio 2020
  • mayo 2020
  • abril 2020
  • marzo 2020
  • enero 2020
  • diciembre 2019
  • noviembre 2019
  • octubre 2019
  • septiembre 2019
  • agosto 2019
  • julio 2019
  • junio 2019
  • mayo 2019
  • enero 2019
  • diciembre 2018
  • noviembre 2018
  • octubre 2018
  • septiembre 2018
  • agosto 2018
  • julio 2018
  • junio 2018
  • mayo 2018
  • abril 2018
  • marzo 2018
  • febrero 2018
  • enero 2018
  • diciembre 2017
  • noviembre 2017
  • octubre 2017
  • septiembre 2017
  • agosto 2017
  • julio 2017
  • junio 2017
  • mayo 2017
  • abril 2017
  • marzo 2017
  • enero 2017
  • diciembre 2016
  • noviembre 2016
  • octubre 2016
  • septiembre 2016
  • agosto 2016
  • julio 2016
  • junio 2016
  • mayo 2016
  • abril 2016
  • febrero 2016
  • diciembre 2015
  • octubre 2015
  • agosto 2015
  • junio 2015
  • diciembre 2014
  • octubre 2014
  • agosto 2014
  • junio 2014
  • mayo 2014
  • marzo 2014
  • enero 2014
  • diciembre 2013
  • octubre 2013
  • septiembre 2013
  • agosto 2013

Categorías

  • Todos los artículos
abril 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  
« Mar    

Proudly powered by WordPress Tema: Chateau por Ignacio Ricci.