• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

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La educación y la cultura: un valor o un lastre.

02 viernes Jul 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Las fuerzas del mercado han incrementado su poder al extremo de convertirse en actores determinantes de la realidad. Daría la impresión que sin el apoyo del mercado nada puede hacerse o incluso mantenerse en el tiempo. En efecto, organizaciones que pertenecen al amplio abanico cultural hoy son obligadas a competir si quieren sobrevivir y, para colmo deben hacer proezas con fondos muy limitados. Un panorama desesperanzador, donde hombres y mujeres de la cultura, artistas e instituciones educativas de prestigio, son marginados y quedan con sus sueños maltrechos. Las restricciones materiales afectan a otras áreas sensibles de la sociedad, influyendo desde el proceso de creación hasta el consumo. Los decisores de estas políticas sostienen que existen otras prioridades, vitales, por caso la salud o la alimentación, y yo les creería si me demostraran que se ocupan seriamente de ellas, pero la realidad es que el hombre es el medio, mientras el dinero y el poder constituyen el fin.

El capitalismo en su versión descarnada y abusiva, jamás se interesó por las necesidades de las poblaciones vulnerables o que llegó a empobrecer con sus políticas. De allí que no hubo un sistema espontáneamente benefactor, ni en la antigüedad, ni en época de Shyloc (aquel usurero de El Mecader de Venecia), ni durante el fordismo. La codicia, el egoísmo, la crematística, son tentaciones presentes en toda época. Claro que ha habido épocas, como aconteció durante casi todo el Siglo XX, en que el hombre o la mujer podían explicitar un “contrarrelato”, y lo hacían desde la política, el sindicalismo u otro estamento social. En fin, así como cada época tiene sus miedos ocultos, fantasías y conspiraciones, también tiene sus falsedades, mitos y hasta malentendidos. Con respecto al malentendido en el ámbito de la cultura, es decir, el error de interpretación o la equivocación en el entendimiento de algo, hay que establecer una clara diferencia con la deshonestidad, la falta de respeto hacia el otro, y la mala fe que es éticamente negativa.

La llegada de la globalización a muchos entusiasmó por el progreso que impulsaba, aunque no advirtieron que esta nueva globalización, ya que la historia registra varias, terminaría magnificando el individualismo de manera inescrupulosa, poniendo al descubierto un apetito desmedido por la riqueza y un absoluto desinterés por las devastadoras consecuencias de sus negocios. Pactaron con quien fuere con tal de obtener beneficios, así nos ha inundado de corrupción y de todo tipo de plagas, al extremo que el fenómeno no se podría detener en su alocada carrera hacia el abismo.

Una manifestación interesante de nuestra época son las mediciones. No solo se mide la imagen de un político o la intención de voto, pues se pretende medir hasta la felicidad. Dentro de la crisis que vive el planeta, la confianza es un elemento central, y he leído que para elaborar el índice de confianza se procede a la sumatoria de la imagen general del gobierno, la percepción sobre si gobierna pensando en el bien general o en el de ciertos sectores, la eficiencia en la administración del gasto público, la honestidad de los individuos del ejecutivo y la capacidad de éste para resolver los problemas del país. En fin, una sumatoria que irremediablemente nos conduce al escepticismo. Y lo curioso es que los políticos siguen solicitándole a la población que les otorgue su confianza, sin reparar que la confianza se gana con los hechos (hechos y valores), y con el ejemplo, no con vanas promesas y olvidando que la confianza es como la virginidad…

Desde hace décadas la pedagogía y la educación están postradas ante las insolentes exigencias del mercado, al igual que otras actividades fundamentales para el desarrollo humano. En esta hoguera de vanidades y mezquindades, los gerentes le escriben el libreto a los gobernantes, los empresarios y banqueros se convierten en pedagogos y diseñadores de las estrategias geopolíticas, mientras la avidez por el dinero fácil gana la calle y dirige la conducta social. En cuanto a los conocimientos, éstos son aceptables si resultan rentables a corto plazo. De esta manera un pragmatismo y un utilitarismo rastreros deciden qué disciplinas son importantes, así como qué contenidos estudiar. Las materias menos prácticas o útiles para el mercado son apartadas cuando no se desechan.

No es casual que la enseñanza del arte y las humanidades cada vez tenga menos gravitación social, pese a que no son pocos los jóvenes que muestran interés por abordar estas disciplinas, pero a los promotores no les interesa. Para presionar sobre los gustos o modificar la elección de las carreras (deliberadamente evito la palabra “vocación”) apelan a la manipulación, ya sea con el marketing, la inteligencia artificial o con animadores sociales que pretenden vendernos un mundo de abracadabra.

Cuando el poder pone trabas u obstáculos a la educación, sin duda entorpece la superación del individuo, y esta es una estrategia que persigue la sumisión. Y la debilitación de las instituciones es otra estrategia política para deteriorar a la ciudadanía.

La educación presencial no es una antigualla, ninguna tecnología por novísima que sea la supera. La presencialidad está interconectada con distintos factores sociales, pero es motivo de discusión por la amenaza del Covid-19. A los gobiernos autoritarios la pandemia les dio la oportunidad de clausurar la educación, sin considerar que la escuela constituye un ámbito de contención emocional y psicológica para los niños, más allá de la tarea específica de enseñanza-aprendizaje. Pero además, en países como la Argentina, que tiene alarmantes índices de pobreza estructural y de empobrecimiento reciente, en la escuela también se les da de comer a los chicos… En el contexto actual, inédito en nuestra historia de 200 años, sobre un total de unos 45 millones de habitantes, 10 millones acuden diariamente a los comedores comunitarios…

Recuerdo que estando en Praga, me hablaron con admiración de Václav Havel (último presidente de Checoslovaquia y primero de la República Checa), de quien tenía conocimiento por su notoriedad como dramaturgo, poeta y ensayista; también recordaba su famosa polémica con Milan Kundera. Este notable intelectual, surgido políticamente de la “Primavera de Praga” (1968), decía: “Quiero ser un presidente que hable menos y trabaje más”. Y afirmaba que quería ser un presidente que “…esté siempre presente entre sus conciudadanos, y los escuche con atención”.

En nuestros días, los tecnócratas son los encargados de decirnos dónde está el lastre que entorpece el desarrollo de las sociedades, mientras los estados que se hallan ávidos de dinero a través de sus dirigencias no vislumbran otra alternativa que eliminar aquello que no sirva para competir en el mercado. El nudo gordiano está, a mi entender, en que esas políticas al atentar contra el pensamiento crítico y la riqueza espiritual del ser humano, dañan la capacidad del ciudadano y obviamente la vida en democracia. Por eso la democracia como sistema les estorba y, si la respetan es sólo en lo formal. En cuanto a las libertades, cada vez estarán más restringidas, pues, antes el pretexto era combatir la creciente inseguridad y ahora se trata de la pandemia.

Con la cultura se puede entretener, hacer pensar, vincular a los individuos entre sí y lograr la inclusión social, pero el mercado demanda que produzca réditos económicos y también políticos (muchos grandes negocios van de la mano de la influencia política). La manipulación de la cultura sirve de cortina de humo, como ser, detrás de la asistencia masiva a un espectáculo artístico o deportivo se pueden ocultar desigualdades sociales y, con la etiqueta de que estos espectáculos son gratuitos, el área de cultura que los gerencia procura camuflar las verdaderas causas de la inequidad social, más allá del gasto que suele ser excesivo para el Estado (léase los dineros de los contribuyentes).

Hace tiempo, leyendo el Corriere Della Sera, un editorialista titulaba: “Corruzione, la responsabilità è di tutti”, haciendo referencia de lo que sucedía en la sociedad italiana, frase que también cobró actualidad entre nosotros frente a la crisis económica. Pero se trata de una expresión absolutamente falsa, ya que apunta a diluir responsabilidades y pretende ocultar a los verdaderos culpables de los hechos. Lo grave es que algunos intelectuales, tomando como referencia un suceso anecdótico o aislado de la vida cotidiana, intentan convencernos de esta falacia. Ya sé que muchos de nuestros males los podemos verificar en otros, y no debería ser motivo de consuelo, tampoco es correcto apelar a ejemplos vulgares como eludir la cola en el banco porque el cajero es un amigo, o ser atendido con deferencia en una oficina pública mediante una recomendación, o sacar la basura fuera del horario reglamentario para sostener que padecemos de “anomia”, y al final concluir que todos somos corruptos… Tengo el pleno convencimiento de que estos intelectuales, además de hipócritas son canallas.

La nomenklatura, esa lista de funcionarios y políticos del régimen, siempre pide a la ciudadanía que cumpla con los deberes de un buen ciudadano, que sea altruista y haga los sacrificios que ella jamás hará. En cuanto a ciertas elites intelectuales, distantes de la problemática de los de abajo, frecuentemente no alcanzan a comprender situaciones que condenan. No hay que conformarse solo con la denuncia, es necesario entender el problema en su génesis, y no confundir el síntoma o la consecuencia con la causa.

Occidente alcanzó su preeminencia gracias a que privilegió la ciencia, la técnica, la educación, la competencia, la propiedad privada, la medicina, e instaló la sociedad de consumo, la ética del trabajo y la democracia como forma de gobierno. Pues bien, estas instituciones sociales que permitieron su desarrollo, fueron adoptadas por Oriente y, allí residiría la causa del ascenso de las sociedades orientales. El “choque de civilizaciones” que pronosticaba Samuel Huntington no se produjo, el triunfo definitivo de los Estados Unidos que auguraba Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín, tampoco. Foucault criticaba a los intelectuales que hacían profecías, porque estas rara vez se cumplen.

No sabemos cómo será el futuro, pero ciertos reflejos y manifestaciones revelan que todo apunta a instaurar un nuevo colonialismo o nueva forma de esclavitud camuflada. Para alcanzar esa meta la manipulación de la educación y la cultura son fundamentales.

Como ser, hay países donde el autor de una canción que desagrada al poder termina en la cárcel, lo mismo el periodista que reporta una noticia de forma independiente o el ciudadano que critica al sistema en las redes. No se tolera ninguna disidencia, la educación se reemplaza con el adoctrinamiento, y quien se rebela es incorporado a una lista negra o termina en un campo de reeducación. Estamos a tiempo de reaccionar.

Un poeta gnómico como Focílides, en el Siglo VI a.C., decía que el pueblo, el fuego y el agua no pueden domarse. Y para Albert Camus, un rebelde es alguien que dice no.

Los intelectuales, entre la pandemia y el abismo III

11 viernes Jun 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Gianni Vattimo no cree en el progreso, sostiene que tendemos hacia una sociedad dominada por unos pocos y, se autodefine pesimista, un pesimismo que según él se acentuaría con la vejez. Vattimo, uno de los impulsores de la postmodernidad, sostenía hace varios años que entrábamos a una “Babel informativa” y se abría un camino a la tolerancia de la diversidad. También pensaba que a través de la postmodernidad y el pensamiento débil en este escenario multimedia, surgía un nuevo esquema de valores y de relaciones, yo añadiría inédito. Vattimo fue eurodiputado y se define como un “comunista hermenéutico”, alejado tanto del estalinismo como del comunismo chino. Y cree que la gran responsabilidad actual de los pensadores es repensar lo que significa el mundo, comprender la vida como valor así como la responsabilidad que tenemos con lo humano.

Vattimo no cree en la ontología liberal del libre mercado fundada en Adam Smith, pero sí en una cierta forma de comunismo. La economía por su parte buscaría establecer una argumentación para explicar el mundo, pero de ninguna manera es una ciencia exacta.

La clave de nuestra esperanza estaría en la irrupción de una nueva dialéctica. Él habla de la “hermenéutica de la indignación” y piensa que pequeñas revueltas pueden llegar a ser formas útiles de protesta ya que una revolución a nivel mundial hoy no parece posible. Reconoce que los conservadores son muy realistas, con exactitud perciben aquello que hace peligrar su poder. Asevera que nos estamos enfrentando a un límite. En efecto, en él como en muchos de nosotros ya está presente y funcionando la conciencia de límite.

Daniel Feierstein, para explicar esta realidad pandémica y sus consecuencias enuncia dos derrotas parciales y articuladas: la primera es la del “principio precautorio” (evitar daños medioambientales irreversibles, actuando con cautela ante la falta de datos) y el valor de la salud de la población por sobre la ganancia empresarial, y la segunda es la derrota del papel del Estado como articulador de los intereses colectivos. Considera que para mejorar en el cumplimiento normativo, la batalla se libra en tres planos: cognitivo, emocional y ético-moral. Coincido con él en que asumir las derrotas sirve para intentar revertir lo que sucedió en el primer año de la pandemia. Feierstein propone imaginar la existencia de otros modos de vida, de otras opciones que no impliquen resignarse a la ley del más fuerte o quizá del más cruel. Considera a la “mano invisible del mercado” como algo ineluctable y que determina nuestro destino.

Daniel Innerarity asegura que, los que menos aprenden son aquellos que dan lecciones y, querer tener siempre razón no se compatibiliza con el aprendizaje. Me viene a la memoria Quevedo cuando sostenía lo peligroso que es tener razón en un ámbito donde hay poca justicia.

Innerarity refiriéndose a la crisis pandémica, hace hincapié en lo lamentable que es limitar las libertades: “Saber lo que vamos a aprender tras una crisis es imposible; si ya lo sabemos, no necesitamos aprenderlo; y si lo vamos a aprender es que ahora no lo sabemos”. Estoy de acuerdo, y me remito a Confucio cuando sostenía que el saber consiste en admitir como saber lo que se sabe y como no saber lo que no se sabe.

Innerarity considera que en esta época de gran volatilidad existe una creciente fragilidad social que nos somete a tensiones y, en este contexto la implosión del capitalismo puede ser un deseo o tal vez un ejercicio. Él dice que frente a cualquier crisis que sea grave, “se forma un coro de los que sabían cuando nadie sabía y saben ahora cuando todavía no sabemos”.

Lo cierto es que esta crisis estructural es permanente y la sensación de estabilidad no deja de ser una apariencia. Él propone fortalecer las instituciones trans-nacionales y promover la inteligencia cooperativa. Asimismo ensaya una defensa de la política, señalando que en los males de la democracia surgen dos grupos: los que culpabilizan a los representantes y los que le echan la culpa a los electores. Por eso en la democracia son fundamentales las instituciones que se mueven entre la confianza y la desconfianza, aunque no tengo dudas de que predomina la desconfianza. Todos sabemos que los mejores no llegan al poder y que hoy la gente reclama ser oída por sus representantes (quienes le arrebatan el voto para luego incurrir en traición), también es evidente que la gente quiere participar y exige transparencia. Es cierto que algunos problemas son específicos, muy complejos y no están al alcance de las mayorías, entonces aparecen los expertos en esos temas. Pero uno de los grandes problemas sigue siendo la corrupción, para lo cual Innerarity piensa que no se trata de poner en las instituciones a gente incorruptible sino en dificultar la corrupción con todos los mecanismos necesarios de control. Está claro, siempre sostuve que lo que genera confianza en un país es la forma en que se combate la corrupción, ya que a mayor tolerancia de ésta existe mayor degradación moral en el Estado y en la sociedad.

La discusión entre la cultura analógica y la cultura digital está instalada desde el siglo pasado, y con la pandemia el mundo digital dio el gran salto. Daniel Miller cree que con el Smartphone llegamos a expresar nuestra propia personalidad, así como nuestros intereses y valores; que cuando en una reunión atendemos el teléfono y somos absorbidos ya nos fuimos, a eso lo llama “muerte de la proximidad”; incluso cuando perdemos el celular (o lo que es mucho más frecuente, nos lo arrebatan en la calle), somos como los homeless. El celular ha cambiado las relaciones con los amigos, el trabajo, y hasta modificó la naturaleza de la familia. Más allá de las ventajas, Miller advierte con razón que estamos perdiendo algo de la lógica de la conversación. Y para colmo el coronavirus nos hizo perder la presencialidad, el cara a cara, además de los abrazos, los besos y el darnos la mano, en una palabra, nos arrebató el contacto físico y creo que para las mayorías (me incluyo) se perdió una forma de vincularse que resulta insustituible, vital, propia de la existencia humana. La telefonía celular se ha impuesto como parte de nuestra cultura, pues, nos brinda múltiples oportunidades, al punto que, como sostiene Miller, no podemos conducir un automóvil sin GPS, programar las vacaciones o averiguar de algún síntoma si no lo buscamos en Google.

En lo que atañe al concepto de “redes sociales”, Miller apunta que ese concepto no se aviene al individualismo como muchos sostienen insistentemente. Lo cierto es que con pandemia o sin pandemia todos queremos tener vínculos, compartir cosas que hacen a nuestra naturaleza y, nos ponemos contentos cuando aparecen muchos “me gusta” y nos frustramos cuando nos ignoran olímpicamente. Algunos para intentar patear el tablero publican una noticia escandalosa, muchas veces no verificable, o llegan a revelar algo de su vida íntima que despierte el voyeurismo. Ante diferentes noticias, informes o planteos, los usuarios de Internet suelen reaccionar de manera binaria, es decir, a favor o en contra. Por otra parte, así como en estos tiempos se ha intensificado el cuidado de las personas y la vigilancia, se advierte que lo que para unos es cuidado, para otros no es más que vigilancia y espionaje personal. En fin, surge la “diferencia cultural”, ya que frente a una misma tecnología los efectos pueden ser muy diferentes. Está bien que los gobiernos busquen información para saber qué es lo que pasa en la sociedad y tomar decisiones, algo que bien podemos calificar de legítimo, pero a menudo la información que recogen está destinada al control social con fines políticos, y eso ya es criticable e ilegítimo.

Miller también hace referencia del bullyng, un fenómeno que siempre existió, lo recuerdo por haberlo padecido como tantos niños en alguna ocasión, pero antes solo sucedía en el patio de la escuela y cuando los chicos se iban a su casa desaparecía. Pues bien, ahora con Internet, se convirtió en un fenómeno permanente, el odio persiste y, el peligro es que ocurre todo el tiempo. En efecto, ese sentimiento que forma parte del abanico de las pasiones humanas, termina por envenenar el alma y, en lo colectivo promueve daños monstruosos e irreparables, bástenos las guerras, los asesinatos por limpieza étnica, los genocidios. Ni siquiera el coronavirus logró establecer un paréntesis en esta lógica del odio cuyos promotores sin duda están severamente enfermos.

Procusto, personaje de la mitología griega que era hijo de Poseidón, tenía una posada y ningún viajero que allí pernoctaba coincidía con la medida de la cama; mientras dormían los ataba al lecho y amordazaba, a algunos les serruchaba las extremidades para acortarlos, a otros los descoyuntaba hasta estirarlos; su poder de terror terminó cuando Teseo le impuso su propia medicina. En fin, el Síndrome de Procusto en medicina consiste en la intolerancia extrema al individuo diferente, pero también actitudes procoustianas son el escoger datos científicos o estadísticas serias para que mediante la manipulación se acomoden a una teoría, o que las personas se adapten a los objetos y no al revés, o incluso establecer un estándar al que todos deben ajustarse en una suerte de igualitarismo procoustiano imposible de alcanzar.

Los intelectuales, entre la pandemia y el abismo II

02 miércoles Jun 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Jacques Attali piensa que la vida antes nos condujo a la catástrofe actual y por eso no podemos volver a ella. En la pandemia de gripe H1N1, que la recuerdo muy bien por haberla vivido como médico de hospital, él como tantos otros advertíamos sobre la posibilidad de nuevas pandemias, pero la política circula por otro carril.

Es cierto que mucha gente tomó conciencia de los peligros del clima y, ahora con la pandemia toma conciencia de la higiene. Attali dice que hoy no se quiere ver la realidad, existe una mentira generalizada en todas partes, pues los líderes se equivocaron y cayeron en el grotesco al repetir que lo hicieron bien y que reaccionaron de manera adecuada, cuando todos sabemos que no fue ni es así.

La vida anterior no tenía ninguna preparación para hacer frente a riesgos como esta pandemia, y eso fácilmente se pudo comprobar. Hoy se sigue contaminando y creando las condiciones para un nuevo desastre climático y no hay una inversión fuerte que esté destinada a la investigación e innovación. Por eso Attali opina, con razón, que resulta delirante la industria textil como la petrolera, la automovilística o la del plástico, y pronosticar nuevas catástrofes no me parece aventurado. Hasta que apareció la pandemia no pocos negaban la muerte, una abstracción que condujo a no invertir en salud, menos en las generaciones futuras. De allí que yo me pregunte: ¿De qué altruismo hablamos? ¿Acaso eso es solidaridad?

Jean-Luc Nancy, por su parte, cree que diversos temas definen lo humano, como sucede con la realidad social, la economía, la tecnología, las enfermedades por caso el Covid-19, la muerte, el sexo y el arte. Y menciona los límites de la civilización actual, al extremo que existiría (el modo potencial es mío), la posibilidad de que la vida humana este llegando a su fin, aunque aclara que es un proceso que llevará siglos. Claro, esto bien podría explicar que a ciertos líderes les importe un comino el futuro, ya que cuando llegue ellos no existirán… Nancy fundamenta esta hipótesis en que existe conocimiento suficiente para afirmar que el sistema solar, dentro del cual está la vida en el planeta tierra, llegará a su fin. Y más allá del coronavirus, se pregunta de qué enfermedad es víctima la sociedad actual. Muy buena pregunta. Sostiene que desde hace varios años la civilización está llegando a su fin y vaticina que la futura civilización transformará la metafísica al no necesitar a un dios que le dé sentido, además deberá examinarse nuestro actual sistema de valores, pues, somos tan iguales como indiferentes, y, dependemos del dinero.

Nuestra civilización siempre tuvo un modelo de narrativa del mundo y, desde hace un tiempo, Dios habría muerto según Nietzsche. Por eso se debería concebir la idea de una civilización, una sociedad, carente de principios… Pero un hecho importante es la circulación de verdades individuales y opiniones que pretenden ser equivalentes a la información, y esto revela la irrupción de lo viral. En efecto, reparemos que desde hace años entre nosotros se habla de “viralizar la información”.

Nancy establece los ámbitos de la filosofía y la política, ya que la política se basaría en el cálculo de lo posible mientras que la filosofía a menudo está más allá de lo posible. Rousseau fue el gran pensador de la democracia pero lo aislaron de la política pese a que fue una fuente de inspiración para la Revolución Francesa. Al igual que otros pensadores sostiene lúcidamente: “Si hay algo que nuestra civilización no puede realmente integrar es la muerte”. Para él lo malo de esta civilización es el deseo y la voluntad de producir. Hoy se consume el trabajo de la gente, así como el tiempo y el talento de la gente. El hombre se produce a sí mismo sin darse cuenta en que también deviene un producto. Apoya a Giorgio Agamben cuando critica a una sociedad que entiende a la salud como un bien de consumo. La enfermedad, el infortunio (la vida que se piensa a sí misma y hace sufrir la existencia) y la maldad o el maleficio son las tres formas del mal. Durante el Siglo XIX se impuso la pulsión del progreso y, éste revela una capacidad de maldad para Nancy.

Byung-Chul Han dice que el coronavirus actúa como espejo de nuestra sociedad, ya que refleja la sociedad en que vivimos, donde la supervivencia adquiere carácter absoluto como si se tratase de una guerra. Entiendo que el término “supervivencia”, que reiteradamente menciona en su libro, es incorrecto, tal vez obedezca a la traducción, en realidad debemos hablar de “sobrevivencia”, pienso que a eso se refiere, y en adelante lo sustituiré.

Byung-Chul Han sostiene que la “sociedad paliativa” que hace todo por prolongar la vida, es, la “sociedad de la sobrevivencia”, materializada en la cuarentena con el incrementa del miedo a morir. Menciona la algofobia, que como sabemos es la aversión al dolor, muy común en los ancianos, pero que sin duda cualquier individuo puede experimentar. Claro que obtener placer con el propio dolor o el ajeno ya es una perversión patológica (la algolalgia no es sinónimo de masoquismo). El filósofo coreano-alemán piensa que la algofobia, es, una tanatofobia.

La pandemia con la cantidad de muertes que ocasiona diariamente volvió a tornar visible la muerte, la que se refleja en los medios de comunicación cotidianamente, generando temor cuando no pánico. Es más, la situación actual con respecto a los que fallecen por Covid-19 ha modificado el modelo antropológico de buena muerte que teníamos, dando paso a una muerte deshumanizada, porque los pacientes mueren solos, sin que ningún ser querido les tome la mano o tenga la oportunidad de despedirse, quizá solo bajo la mirada piadosa del personal de salud. Últimamente esta situación está cambiando ya que los servicios introuducen las videollamadas y la presencialidad con ulterior confinamiento, para acompañar al paciente y hasta para la despedida final (muerte digna).

La gente termina por aceptar sin hacer preguntas la restricción tajante de aquellos derechos que son fundamentales. Y el filósofo piensa que bajo ese estado de excepción viral las personas se condicionan voluntariamente a la cuarentena, mientras la virología, que tiene la última palabra, hoy sustituye a la teología: la resurrección es suplantada por la ideología de la salud y la sobrevivencia. En esta narrativa la vida gira en torno a la sobrevivencia.

Es interesante cuando Byung-Chul Han hace referencia del capitalismo, porque advierte que allí no está la narrativa de la vida buena, pues, se acumula capital para huir de la muerte. En esta sociedad donde surge la histeria por sobrevivir, su intelecto dibuja una sociedad de “muertos vivientes”. Y compara la pandemia con el terrorismo, porque en aquellos lugares públicos como los aeropuertos, a todo el mundo se lo trata como si fuese un terrorista, que si bien no porta un chaleco con explosivos, si potencialmente porta un virus.

Para Slavok Zizek la “filosofía estatal” promovería la investigación científica y el progreso técnico, pero por otro lado limitaría cualquier impacto social y simbólico que suponga una amenaza al conjunto teológico-ético. Considera que los más cercanos son los neokantianos y, Kant según Zizek, aborda el problema de garantizar (sin perder de vista a la ciencia de Newton) que la responsabilidad ética quede exenta del alcance de la ciencia, limitando el alcance del saber para crear un espacio de fe y moralidad. Al respecto, Zizek se pregunta cómo limitar a la ciencia su horizonte de sentido, y a la vez denuncia como ilegítimas sus consecuencias ético-religiosas.

Zizek piensa que Habermas se esfuerza desesperadamente en evitar el hundimiento de nuestro orden ético-político establecido y lo llama el filósofo de la re-normalización. La filosofía del futuro sería la integración consumada. Lo contrapone a Sloterdijk quien no teme “pensar peligrosamente”, tampoco cuestionarse los supuestos de la libertad y la dignidad humana, nuestro Estado de Bienestar liberal, entre otras cosas. En fin, sería una orientación del mal siguiendo a Heidegger, porque lo peligroso es el propio pensamiento que tiene que pensar contra sí mismo y rara vez lo puede hacer. En tanto y en cuanto el pensamiento es pensar libremente y “contra sí mismo” desde el pensamiento convencional, es malvado. Zizek cree que es fundamental persistir en esta ambigüedad como la tentación de encontrar una salida fácil a través de alguna “medida adecuada” entre los dos extremos de la normalización y el abismo de la libertad. Se pregunta si en esta disyuntiva debemos escoger un bando, entre “corromper a la juventud” (me recuerda algo muy socrático) o garantizar una estabilidad primordial.

Nosotros vivimos en un mundo capitalista y globalizado donde desafiamos nuestros supuestos más íntimos de una manera más violenta que las especulaciones filosóficas más insensatas, por eso la tarea del filósofo ya no es socavar el edificio simbólico-jerárquico de la estabilidad social sino que los jóvenes perciban los peligros crecientes del orden nihilista que se presenta como el dominio de las nuevas libertades. En esta época ya no hay tradición en qué basar nuestra identidad, no podemos ir más allá de la reproducción hedonista. El nihilismo actual, que él define como, “el reino del oportunismo cínico acompañado de permanente ansiedad”, le legitima como la liberación de las viejas represiones: disponemos de libertad para reinventar nuestra identidad sexual, cambiar de trabajo o de profesión, y nuestra orientación sexual. Todas estas libertades quedan ordenadas por el sistema en que funciona la “libertad consumista”, pues, la posibilidad de escoger y consumir se convierte de manera imperceptible en la obligación de consumir del superego, en psicoanálisis freudiano conciencia moral integrada por el yo ideal (lo que quiero ser) y el ideal del yo (censura e imperativo moral que juzga y determina los propios pensamientos y acciones). Perdón pero no soy psicoanalista, tampoco filósofo. Lo cierto es que para que esto funcione se necesita de la aceleración, porque si se frena somos conscientes de la falta de sentido de todo el movimiento. Este Nuevo Desorden Mundial según Zizek, esta civilización sin mundo que emerge gradualmente, afecta a los jóvenes quienes oscilan entre la intensidad de vivir plenamente (goce sexual, drogas, alcohol, violencia) y el ansia de triunfar (estudiar, ser profesional, ganar dinero). La transgresión permanente hoy se ha convido en norma.

Desde mucho antes de la pandemia veníamos criticando el orden mundial, el sistema imperante y la necesidad de tomar conciencia de que el rumbo era equivocado. En efecto, no podíamos caer en el conformismo por más que a uno le fuese bien, habiendo en el mundo tanta desigualdad, hambre, falta de oportunidades, odio y guerras de todo tenor. Quizá habría que darle razón a Dante cuando decía: “Quien sabe de dolor, todo lo sabe.”

Los intelectuales, entre la pandemia y el abismo

27 jueves May 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Con la irrupción del Sars-CoV-2 surge la sociedad de la pandemia y la cuarentena, sociedad de las restricciones a las libertades individuales, el trabajo y las reuniones sociales. En efecto, la irrupción global del coronavirus nos obligó a aceptar limitaciones existenciales que comprometen la vida en su totalidad, incluyendo en muchos la restricción mental, que limita, desvirtúa o niega el sentido del discurso y las diferentes narrativas. Por eso las hijas de Asclepio (Dios de la Medicina a quien Zeus mató con un rayo por temor a que los humanos alcanzaran la inmortalidad), Hygea y Panacea, también diosas, lograron imponerse en este escenario de incertidumbre, silencio y duelos, la primera mediante la higiene, la segunda procurando curar la enfermedad; de ellas derivan los términos higiene y panacea que empleamos a menudo.

Lo cierto es que aquella vida que considerábamos normal (en realidad el cerebro convierte en normal cualquier estímulo repetitivo) se esfumó, difícilmente volverá, salvo algunas costumbres, ciertos hábitos, simbolismos, y algún reflejo del pasado que nos produce nostalgia, pero el cambio está en curso y al parecer nada ni nadie lo detendrá. Por supuesto que no faltan los que repiten a modo de sonsonete que “todo tiempo pasado fue mejor”, un recurso de la mente frente a las emociones negativas y los sentimientos de vulnerabilidad, aunque Ernesto Sabato decía que la frase no significa que antes sucedían menos cosas malas, sino que la gente las olvida. Es cierto, la gente olvida demasiadas cosas, de allí la infatigable repetición de los errores.

Con esta pandemia se instalaron en la sociedad la vulnerabilidad y la finitud, dos cualidades existenciales ignoradas por muchos o que no merecían nuestra atención por falta de tiempo material, en fin, dos cualidades capaces de igualarnos y de recordarnos nuestra frágil, contradictoria y finita vida humana.

Cuando hablamos del futuro queremos pensar que será mejor que el pasado, sin embargo la realidad de nuestros días no alienta esa tendencia. Algunos optimistas y autores de manuales de autoayuda sostienen que de esta pandemia los seres humanos saldremos mejores, algo que en lo personal dudo. Un estudio estadounidense con perspectiva histórica anticipa que en los próximos años, superada esta pandemia, se vivirá una época de derroche económico y desenfreno sexual, similar a la de los felices años veinte del siglo pasado, también llamados años locos.

Hoy por hoy el individuo advierte que tanto su vida pública, como su vida privada y hasta su vida íntima han sido horadadas, pues, sin su consentimiento experimentaron cambios sustanciales que logran debilitarlas, incluso dañarlas, y se siente inerme. No es para menos, el ciudadano de a pie, víctima en esta catástrofe epidemiológica como todos, ante este panorama revuelto y oscuro, desde la impotencia se convierte en un simple observador, aunque quisiera ser un testigo de cargo con su testimonio, pero en el fondo sabe que es un convidado de piedra porque su opinión no cuenta. La pandemia caló muy hondo y no se divisa ningún puerto seguro, mientras el timonel pretende sacar rédito de la catástrofe. Existe el agravante de una dirigencia mundial que además de no practicar la ejemplaridad muestra confusión o niebla mental. La impresión de muchos es la de un mundo a la deriva.

Claudio Magris no puede disimular su pesimismo por tanto encierro y restricciones que ha pasado, y confiesa que le causa impresión el hecho de que el mundo cambiará más que con la Segunda Guerra Mundial. Tiene razón, pero no debemos olvidar que en esa conflagración al igual que en la Gran Guerra muchos fueron los países que decidieron no participar, a diferencia de la pandemia donde el virus no respetó fronteras, llegó a todos los confines del planeta y se llevó puesto millones de vidas.

Magris, que además de escritor e intelectual es un político independiente que ocupó una senaduría en Italia, advierte que en esta turbulencia populista hubo mucha gente que en su posicionamiento creyó ser de izquierda cuando en realidad se comporta como si fuera de derecha. Y cuando se refiere al mercado, advierte que ya no se lo percibe como un sistema eficiente sino como la medida de la vida. Coincido con Magris y, parafraseando al presocrático Pitágoras, creo que hoy el mercado es la medida de todas las cosas, incluyendo los seres humanos. La pandemia ha logrado que aumenten las distancias sociales y laborales, y que el lenguaje que se usa en las redes sociales se concentre solo en la instantaneidad. Magris, coincidiendo con otros pensadores, no cree que hoy podamos hablar de progreso, a menos que hagamos alusión específica de la ciencia y la tecnología.

Con la irrupción del virus se alteraron nuestras rutinas, se bloquearon nuestros deseos y surgió una distopía, pero no la que aparecía en la literatura o el cine. La situación vivencialmente en curso, dio lugar a infinidad de reflexiones y citas sobre 1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Farenheit 451, de Ray Bradbury, todas narrativas distópicas que fueron best sellers.

Lo que llamábamos normalidad quedó muy atrás y comenzó a hablarse de una nueva normalidad. Por las medidas restrictivas la gente suplantó la calle por el hogar, y no hay duda que lo revalorizó, le hizo mejoras, al punto de convertirlo en un bunker. La vida digital cobró inusitado desarrollo e importancia, a la vez que la gente dejó de concurrir a su lugar de trabajo, como también a la mayoría de los negocios que solía frecuentar y, dejó en suspenso para un futuro sin fecha los viajes y el turismo. La política sanitaria se enfrascó en la atención del Covid-19 y descuidó irresponsablemente la asistencia de las otras enfermedades, como si no existieran, una torpeza sanitaria que tendrá serias consecuencias. El miedo se impuso como inductor de la sobrevivencia, enfrentándose a nuestros deseos, generando malestares, problemas de todo orden, incluyendo dilemas. En efecto, desde que comenzó la pandemia vivimos entre el miedo y el deseo. Algunos gobernantes utilizaron el miedo con la intención de disciplinar a la sociedad, mientras otros trataron de quitarle irresponsablemente gravedad para lograr el agrado de sus seguidores. Unos y otros revelaron ser burdos canallas.

Cualquiera sabe que el miedo nos puede paralizar o por el contrario impulsar a actuar, al extremo que no pocos actos que calificamos de heroicos surgieron del miedo. Pienso que la gente con vocación voluntariosa privilegió el actuar en términos de rendimiento, como sucedió con muchos escritores que nunca fueron tan prolíficos como durante este encierro. Por eso aquellos que evitaron ser presa del pánico se dedicaron a hacer. Y la voluntad siempre fue elogiada en el mundo occidental ya que mediante ella se hicieron realidad muchos sueños que parecían imposibles, por eso alguien dijo que el quid de la cuestión no está en tratar de ser sino en hacer. Claro que esto nos conduce a la sociedad del rendimiento de la que tanto habla Byung-Chul Han.

Es curioso como en estos tiempos marcados por la pandemia a muchos intelectuales ya desaparecidos se los invoca o menciona reiteradamente, como si se tratara de un ritual en el que se convoca a sus espíritus, aguardando respuestas a esta situación. Como ser, Susan Sontang es una de las más mencionadas. Alguien preguntaba: ¿dónde quedaron aquellos intelectuales como Sontang que no aceptaban los límites de la especialización? La pregunta me parece pertinente, ya que en una situación como esta se necesita de la honestidad intelectual y de los intelectuales no contaminados por las ideologías. Dicen que lo que a Susan le desesperaba era la confianza que tenía en el poder transformador de la cultura, que fue clave en su formación intelectual, y sentía que este poder agonizaba (ella murió en el 2004).

Querofonte, amigo de Platón, consultó el Oráculo de Delfos y su pitonisa Sibila, sobre quien era el más sabio, y le respondió Sócrates. Cuando éste se enteró advirtió un enigma y, para develarlo consultó primero a los políticos, luego a los poetas, finalmente a los artesanos, todos dieron respuestas erróneas. Entonces Sócrates comprendió el sentido de las palabras del oráculo: creen saber, cuando no saben, y para peor no tienen conciencia de su ignorancia. De allí la frase socrática: “solo sé que nada sé”, pues, la sabiduría consiste en reconocer la propia ignorancia. Volver a examinar el pasado puede ser muy útil para lidiar con el presente.

La cocina de las revueltas.

14 viernes May 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Las revoluciones raramente surgen de manera espontánea, pues, suelen ser precedidas de un largo período de fermentación social que a veces llega a durar varias décadas, como sucedió con la Revolución Francesa. Y desde la Revolución Francesa la gran mayoría de estas revueltas tuvieron entre sus filas a cuadros intelectuales, siguieron el pensamiento de un ideólogo, o adoptaron el catecismo de un pensador radicalizado, ya que es necesario e imprescindible un discurso convincente que logre convertirse en símbolo de la anhelada conquista del poder. Por eso entre las bambalinas siempre hay algún pensador que al igual que el compositor musical, compone la partitura que ejecutarán los líderes del movimiento revolucionario.

La Revolución Francesa fue hecha por gente que rondaba los 20 años y más allá de sus excesos o algunos desvaríos, lograron cambiar la historia en sentido positivo. Claro que en aquella época la vida era más corta, la adolescencia breve, y a diferencia de lo que acontece en nuestros días, la situación imperante obligaba a madurar muy rápidamente.

Las revoluciones muchas veces son como esas tormentas que se gestan en silencio, desde adentro, que nadie las ve venir, y que el día menos pensado explotan sin poder advertir cuál será el resultado final. Un fenómeno de nuestros días son las rebeliones sociales, muchas de ellas con gran violencia y que se verifican en diferentes partes de los cinco continentes. Los motivos son diferentes, pero llama la atención que cuando la gente sale a la calle para reclamar por un motivo y, luego de días de lucha con el gobierno, éste termina cediendo, los manifestantes no se desmovilizan, siguen en la calle ahora reclamando por otros derechos. En estos movimientos populares no hay detrás partidos políticos, tampoco ideologías, y no se identifican líderes, de allí que se hable de anarquía.

En ocasiones las revoluciones son como la gota que rebalsó el vaso luego de un prolongado período de descontento y desobediencia social, resistencias individuales y rebeliones populares.

En el combate discursivo algunos teóricos apelan a ciertas abstracciones como la burguesía, el colonialismo, las políticas paternalistas o el imperialismo. Sin embargo, la realidad es que muchos se quedaron con los símbolos, las ceremonias, los eslóganes, en fin, la escenografía y el merchandising, y de allí no pasaron. En efecto, creyeron que la “mise en scène»  era suficiente para posicionarse ventajosamente. La mimesis revolucionaria es tal que algunos intelectuales y militantes se ponen la boina del Che Guevara (que Ernesto compró en La Favorita de Madrid, en la Plaza Mayor) o el uniforme color caqui de Fidel, y ya se sienten revolucionarios. Es común que seguidores de estos iconos revolucionarios desconozcan la historia que protagonizaron, y revelen ideas y expresiones confusas, inconexas o desordenadas.

Por otra parte, qué gobernante no llega al poder prometiéndole a sus votantes una revolución que cambiará el estado de situación de la Nación, o asegura que reconstruirá el país que según él fue arruinado por quienes lo precedieron y que todo lo habrían hecho mal. En fin, rebelarse significa romper con el poder, y ser revolucionario implica sublevarse violentamente contra el Estado en busca de la libertad.

La política globalizadora que se instauró desde hace algunas décadas, permitió privatizar empresas estatales a cualquier costo sin importar los daños colaterales ni el tendal de víctimas que ocasionaba, y más allá del marketing neoliberal, dejó en claro que los mercados no se regulan solos. El disgusto, el mal humor social que produjo fue, ha sido y es el fermento para que surjan líderes populistas y autoritarios que hacen un culto del oportunismo. Los ejemplos hoy dan la vuelta al mundo.

Para Saramago, quien falleció hace más de una década, la necesidad de reconocer al otro y de luchar por los otros, es, condición fundamental para el que pretende ser verdaderamente humano. Y entonces decía que el estereotipo Hitler o Mussolini va a ser reemplazado en el futuro por hombres, también fascistas, que hablarán de la familia, la bondad, las buenas costumbres, la religión y la ética. En otras palabras, hablarán de lo que las mayorías ansían oír, sin embargo la historia volverá a repetirse. Y su predicción se hizo realidad. Por su parte Víctor Hugo decía: “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho”.

Byung-Chul Han dice que con el neoliberalismo donde la consigna ahora es que el individuo sea feliz, se lo distrae del dominio, obligándolo a una introspección, de donde surje que no habría que mejorar las situaciones sociales sino los estados anímicos. Sostiene que la exigencia de optimizar el alma obliga a adecuarse al poder y se ocultan las injusticias sociales. La psicología positiva finalizó con la revolución, al punto que en el escenario ya no aparecen los revolucionarios sino los “entrenadores motivacionales” cuya tarea es evitar que aflore el descontento, menos el enojo. Existe una anestesia social que impide la reflexión y el conocimiento, también reprime la verdad. Para Byung-Chul Han la sociedad neoliberal del rendimiento (la clave estaría en el rendimiento), nos induce a auto-exigirnos, a auto-explotarnos, incluso auto-esclavizarnos. El cansancio es apolítico en la medida que representa el cansancio del yo, siendo la profilaxis más efectiva contra la revolución.

Antes las revueltas se pergeñaban en ciertos cenáculos elitistas o en los cuarteles, también en las fábricas o las universidades, pero en nuestros días se proponen en las redes sociales, para terminar haciendo eclosión en la calle.

Ciertos líderes políticos y militantes, asumen hoy como ayer una actitud altanera al pretender enseñarle a cada quien cómo vivir y qué debe pensar… En ciertas oportunidades lo hacen con una retórica paternalista, como el buen padre aconseja a su hijo, pero no nos dejemos engañar, en el fondo subyace un crudo autoritarismo, y lo sorprendente es que terminan siendo votados, por carisma, clientelismo, fraude, o quizás por una combinación de ellos.

Los recursos económicos de un Estado provienen fundamentalmente de los contribuyentes, son “dineros públicos” que deben administrarse con criterio y transparencia. Es imprescindible el control de organismos independientes, y por supuesto que de alguna manera quienes pagamos impuestos tengamos derecho a un informe detallado, pues, en última instancia es dinero que sale de nuestros bolsillos. Por otra parte, los fondos públicos no pueden ser fondos secretos y, los ciudadanos deberían tomar conciencia de esta situación anómala, como también conocer la voluntad del contribuyente y la exigencia de equidad. Ser ciudadano es tener conciencia crítica y exigir por sus derechos. Claro que muchos se resignan a mirar al costado como si los recursos fuesen ajenos ya que el gobierno de turno los usa de manera discrecional en función de sus intereses partidarios, lo que constituye una usurpación. En fin, en este clima comienzan a agitarse los ánimos y se cocinan las revueltas.

El Estado debe garantizar las condiciones mínimas que posibiliten la vida digna de todos sus habitantes, sean documentados o indocumentados, y si los gobernantes no son capaces de gestionar con eficiencia o son superados por la situación compleja, deben renunciar por motu proprio, si no el pueblo tiene el derecho y el deber de exigirles que se vayan. Pero claro, ese es mi deseo y, ya se sabe que el sistema siempre logra bloquear los deseos.

Gilles Deleuze no cree en los gobiernos de izquierda porque para él, gobierno e izquierda son términos contradictorios. Es probable que tenga razón, pues a lo sumo podemos esperar un gobierno que acepte las exigencias o las reivindicaciones que esgrime el clásico discurso de la izquierda, del que hoy se ha apropiado la derecha, con lo cual estas categorías quedan desdibujadas El sistema procura mantener a la gente ocupada, entretenida, y elabora día a día la agenda pública según sus intereses.

Con muchos revolucionarios sucede algo curioso, si vencen terminan instalando un régimen con toda la parafernalia del terror, pero si pierden claman por las libertades y se convierten en defensores de los derechos humanos. Hace unas décadas, recuerdo, un líder guerrillero centroamericano, ya alejado del movimiento insurreccional hizo una autocrítica que me sorprendió, pues, dijo que los dictadores que combatieron y derrotaron, vivían en lujosas mansiones y conducían automóviles Mercedes Benz, pero ya en el poder ellos se instalaron en sus mansiones y condujeron sus automóviles… En fin, es evidente que algunos critican los privilegios por la envidia que les produce no formar parte del grupo de los privilegiados.

Los tiranos saben que a las masas hay que sojuzgarlas mediante el terror, esto explica que los pueblos soporten durante décadas la pobreza, el oprobio, la humillación, porque le temen a la crueldad del amo. Sin embargo hay momentos en que la ecuación se invierte, entonces los individuos salen a la calle y ponen el cuerpo, quizá porque ya no tienen nada que perder.

Sandor Marai (a quien la ocupación comunista de su país lo tildaba de “burgués”), solía aludír a la pretendida falta de responsabilidad del grupo indefenso, al pueblo que era azotado por la dictadura y que no se atrevió a reaccionar de modo apropiado en el momento justo. El escritor húngaro, que era profundamente humano, terminó reconociendo que se trataba solo ciudadanos, no de héroes.

Primo Levi (que fue recluso en un campo de concentración de Polonia), habló de los que tuvieron que pasar por Auschwitz y, pensaba que había que mirar a los sobrevivientes y no a los torturadores para procurar entender el naufragio moral en que se sumió la Humanidad, pues, ya sabemos la maldad que cometen los torturadores. Los que fueron llevados contra su voluntad a los campos de concentración tuvieron que vivir lo impensable y ser partícipes del horror. Levi se oponía a que fueran tratados como héroes ya que carecían de la grandeza de los partisanos, aunque sí reconocía que eran seres inocentes. En fin, Levi relató tantas veces esta historia, y lo hacía en nombre de los que ya no podían hablar, al punto que llegó a decir que se había convertido en un “superviviente de profesión”, que era “casi un mercenario”. Finalmente Primo Levi se suicidó en 1987, Sandor Marai lo hizo dos años después.

Un cóctel perverso: pobreza, ignorancia y militancia

26 lunes Abr 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde tiempos muy anteriores a la Biblia, la pobreza, la ignorancia y la esclavitud o la falta de libertad, existen como una asociación. Calamidades que se vienen combatiendo y cuyos logros siempre son parciales, ya que perduran porque existe interés en que la situación de sometimiento no varíe, en consecuencia hoy como ayer vemos este cóctel perverso formando parte del sistema o de la lógica que impera. Es así como unos pocos toman las grandes decisiones y, en ocasiones hasta logran que millones de seres humanos vayan a la guerra y pierdan sus vidas sin saber realmente los motivos de la conflagración. Los grandes impulsores de la guerra si pierden tendrán que hacerse cargo de sus crímenes, no los vencedores que pasan a ser héroes para las generaciones futuras a la vez que sus crímenes caen en el pozo del olvido.

Hace cien años estaban en ascenso los nacionalismos, cuya pérdida de vidas humanas fue incalculable. Terminada la Segunda Guerra Mundial muchos creyeron de buena fe que jamás retornarían. Si observamos cómo los fascismos justificaban sus mentiras en el pasado rápidamente comprenderemos las mentiras del presente, porque en el fondo no hay nada nuevo. El gran problema contemporáneo de la gobernanza mundial es que los autoritarismos y los populismos lograron mediante ardides y aprovechando el justificado mal humor de la gente colarse en la vida democrática, incluso hacen pie en las viejas democracias y, hoy más de la mitad del planeta tiene “autocracias electivas”.

La pandemia con sus restricciones alentó las actitudes autoritarias y el control social. Y la pobreza también es un método muy eficiente de control social.

En la Argentina actual la pobreza, el desempleo crónico, el trabajo precario, la informalidad laboral o en negro alcanzan cifras récord, y eso jamás se soluciona con subsidios que deben ser temporales para que el individuo trate de paliar la situación deficitaria en su perspectiva de volver a ingresar al sistema. La estrategia inveterada de recurrir a dádivas políticas que aseguren un caudal permanente de votos, más allá de afectar la dignidad del individuo, revelan la actitud canallesca de quienes las otorgan usurpando los dineros públicos. La asistencia social es absolutamente necesaria, revela el lado humanitario de una sociedad solidaria, pero el paso inmediato insisto es sacar al individuo de esa situación para evitar cronificar la pobreza.

Cerca del 60% de los chicos en Argentina viven debajo de la línea de pobreza, es inédito. Qué es lo que pretende la dirigencia que habla de combatir la pobreza y de estimular la solidaridad cuando goza de sueldos obscenos, tiene todo tipo de privilegios y ya no oculta la riqueza, además de no poder justificar en la gran mayoría de los casos cómo incrementaron su patrimonio a la velocidad de la luz.

En la construcción de la Argentina uno de los cimientos fue y es la educación, elemento fundamental de igualdad social. Esto último lo sabemos muy bien aquellos que en la primaria, la secundaria y la universidad concurrimos a instituciones del Estado. Quien se educa bien tiene la posibilidad de romper el círculo de la pobreza y abrirse paso hacia el futuro. No creo que haya mejor herramienta para combatir la desigualdad que la educación, que es mucho más que la instrucción. Claro que ahora además de combatir la meritocracia también se combate la educación y hasta tienen el descaro de pretender sustituirla por el adoctrinamiento partidario.

Unicef y la Sociedad Argentina de Pediatría coinciden que en esta pandemia la escuela debe ser lo último en cerrar ya que es un lugar seguro para trabajar con los chicos. En efecto, cumpliendo con el protocolo no es un lugar de mayor riesgo. La OMS en un informe de este mes sostiene que las escuelas pueden permanecer abiertas aun en niveles de alta transmisión viral, concepto que evidentemente no comparten las autoridades nacionales ni los gremios docentes que no conformes con el año que ya perdieron los niños y adolescentes pretenden que también pierdan este año, animados por excusas que encubren intereses políticos miserables. Según una reciente encuesta del Observatorio de la UCA las consecuencias más graves de esta pandemia son el crecimiento de la pobreza, la pérdida de clases y la violencia familiar en aumento.

Los chicos tienen una flexibilidad y adaptación que supera a la de los adultos, sus padres. Pero a ambos es necesario hacerles llegar una información adecuada. No los ayudamos generando stress que sobre el cerebro está comprobado que desincentiva el aprendizaje. No es bueno el aprendizaje bajo tensión emocional y en este clima desconcertante. La tarea de los docentes es formar seres humanos libres y responsables.

En fin, la ausencia de la escuela ha revelado graves consecuencias para la salud emocional y física de los chicos, como depresión, ansiedad, autolesiones, obesidad, desnutrición, problemas oftalmológicos por la alta exposición a las pantallas. La virtualidad es un complemento pedagógico, pero la presencialidad es insustituible, como lo hemos comprobado en este tiempo de pandemia los docentes. Por otra parte, hogares de escasos recursos no pudieron conectarse o lo hicieron con dificultades y a su vez muchos padres no estaban en condiciones de ayudar a sus hijos con la tarea escolar, lo que incrementó la consabida brecha entre ricos y pobres.

El año pasado no menos de un millón y medio de chicos abandonaron la escuela y, yo preguntó cómo se resolverá esta catástrofe educativa, la mayor que haya acontecido en el país en toda su historia y que podría haber sido evitada en gran medida si se hubiese escuchado a los “expertos independientes”. Un día los gobernantes actuales se tendrán que ir, es inexorable, pero nos dejarán este gran problema… No hay duda que cuando la política manipula la información científica se genera escepticismo.

Países con menores recursos actuaron mucho mejor ante la pandemia, por casos Taiwán o Mongolia que reaccionaron muy rápido y se manejaron con eficiencia. En cambio, nuestros gobernantes de cuya ineptitud no abrigo dudas, han revelado que en vez de solucionarle los problemas a la gente, suelen generar otros problemas y le complican la vida al ciudadano de a pie. Bástenos con ver el panorama de nuestros días, las urgencias y prioridades que ellos tienen, donde la sinrazón es el denominador común.

La escuela ocupa un lugar primordial en la vida de los chicos, también en el desarrollo de un país, así lo concibió Sarmiento. La mayor parte de la vida social la desarrollan en la escuela, pues no solo aprenden los contenidos de las distintas asignaturas, desarrollan vínculos sociales, dan rienda suelta a sus emociones, participan de las actividades recreativas, aprenden los códigos de convivencia y también los valores. El año pasado las escuelas estuvieron cerradas y ellos perdieron esos vínculos humanos que son irreemplazables, también la autonomía y los afectos. Los que pudieron se recluyeron en sus hogares, otros que viven en condiciones de vulnerabilidad pasaron buena parte del día en la calle expuestos a los riesgos que conocemos, como la drogadicción y la delincuencia. En la escuela los chicos aprenden a ser ciudadanos, comenzando por identificar sus derechos. Por otra parte, es necesario considerar a los padres que necesitan del tiempo de la escuela para el cuidado de sus hijos, y los comedores en esta Argentina donde muchos pasan hambre o están mal alimentados.

No dudo que los chicos y los padres, unos y otros, necesitan poner en palabras lo que está pasando, lo que están viviendo, y es obligación de las autoridades prestar atención.

La sociedad necesita de lo presencial y de lo virtual, habilidades cognitivas que se adquieren en la escuela. Está claro que en la vida se corren riesgos, no es necesaria una pandemia. El tema es que la educación constituye un serio obstáculo para las políticas de adoctrinamiento, ahí está el meollo del problema y, de eso no se habla….

En la búsqueda de soluciones muchas veces se cae en la heurística, pero en la acepción de buscar la solución con métodos que no son rigurosos o por tanteo. Para algunos es un atajo mental porque nos exime de pensar, tranquiliza y nos saca de la incertidumbre. Uno de los grandes males que hoy reina es la ilusión del conocimiento y, creer que se sabe más de lo que se sabe suele acarrear serios problemas. Mark Twain decía: “Las cosas malas no te suceden por no saber, sino por creerte que sabías”.

En el mundo con esta pandemia se verifican crisis en todos los órdenes, sin embargo no dudo que éstas pueden abrir puertas a la imaginación y descubrir oportunidades. Lo vemos con numerosos ejemplos. No es el caso argentino, ya que vivimos una catástrofe, y ésta nos sitúa ante la cruda realidad de sobrevivir. Cuando desde el poder de turno la injusticia se repite día tras día la respuesta esperable es la cólera social. Más allá que una legión de militantes tome la calle o salga a defender en la redes su credo como si se tratase de una cruzada contra el infiel. Los disparates que dicen no tienen cabida en la mente de una persona inteligente, a quien le preocupa la verdad y actúa con honestidad. Es evidente que en su falta de respeto nos toman por estúpidos.

La palabra militante está relacionada con lo bélico, con la milicia, y su uso se trasladó al ámbito de los partidos políticos. Los militantes en política constituyen la fuerza de choque, que acata la cadena de mando y hacen un culto de la obediencia debida. Características propias del ámbito castrense, donde como es lógico no puede haber un clima deliberativo ni democrático porque allí se impone la obediencia. No busquemos en la militancia el respeto a la verdad, el libre albedrío o la opinión reflexiva. El militante está para defender su ideología y confrontar con el enemigo. Cuando los argumentos y las evidencias arremeten contra su credo o sus líderes, apela a la mentira, calla o se hace el distraído. Para él los métodos avalan el fin y la honestidad no puede ser un obstáculo. Discutir con un fanático es enfrentarse a la desmesura pasional y el resultado será negativo. Mario Benedetti solía decir que había que evitar tres figuras geométricas: “los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las mentes cuadradas”.

Un diputado o un senador no pueden votar en contra de la disciplina partidaria. Recuerdo cuando el jefe de una bancada dijo en los medios que ellos “no eran librepensadores”, asimismo un funcionario público está impedido de contradecir a sus jefes aunque esto implique dejar en suspenso su rectitud moral. Desde ya que aquellos que piensan abiertamente se enfrentan al dilema de contraponer la verdad a la lealtad.

En los años 70, viviendo en La Plata, ciudad donde nací, tuve en la universidad compañeros y luego colegas que decían no sin orgullo: yo milito en la JP, en el PC, en Montoneros, entre otras organizaciones. Ellos expresaban abiertamente lo que pensaban y llegué a discutir con algunos, pero rápidamente advertí que estaban intoxicados por la ideología. Con la venida del Proceso nunca más supe de ellos… No creo que ninguno de esos chicos y chicas que conocí y que confundían la valentía con la imprudencia, arrojase bombas o disparase armas, caso contrario jamás hubiesen exhibido en público sus ideas. En todo caso como dice un amigo, esos eran los “perejiles” que actuaban en la superficie, mientras los de la pesada solían vivir en el anonimato y se las ingeniaban para escabullirse. No es casual que la mayoría de los líderes escapase al exterior y hoy pretenden vendernos un relato épico. Precisamente en el mundo los lobos solitarios o las células que realizan actividades terroristas son individuos que permanecen ocultos, de allí las dificultades de los servicios de inteligencia para prevenir los atentados.

Para Diderot, entre el fanatismo y la barbarie solo hay un paso, mientras Churchill consideraba que el fanático no puede cambiar de opinión ni quiere cambiar de tema.

En fin, estoy convencido por experiencia personal que la educación y la cultura pueden transformar nuestras vidas, de allí el imperativo moral de las autoridades para considerar estas actividades como esenciales para la vida de todos los habitantes.

Los médicos no tenemos quien nos escriba

09 viernes Abr 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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CARTA ABIERTA A LOS MÉDICOS

Vivimos una pandemia que no se limita a ser solo una infección viral respiratoria como algunos reduccionistas creen, es mucho más. Una pandemia instalada en medio de una agenda cuyo manejo por momentos es esquizofrénico. Todavía hay personal de salud en la primera línea que no fue vacunado, mientras el adjetivo “esencial” se usa como comodín, al margen de la moral y la ética. Estamos rodeados de expertos, analistas y especialistas que tratan de explicar la realidad que ellos ven, o creen interpretar, pero no lo que realmente le sucede al ser humano.

Como médico sé perfectamente, porque lo he vivido, que la falta de sueño y el trabajo excesivo incrementan los errores, y ningún médico quiere equivocarse. Además nadie habla del mayor riesgo que tenemos los médicos de sufrir infartos cardíacos, ictus, depresiones, entre otros males, como consecuencia del stress al que vivimos sometidos.

Soy consciente que en numerosas oportunidades mi trabajo con los enfermos me resto tiempo en mi tarea de padre. Por eso entiendo a mis colegas. Qué decir de esas doctoras que son madres, que salen muy temprano de su casa para tomar la guardia y a veces pasan días sin ver a sus hijos, comunicándose a través del celular y prometiéndoles ese tiempo que reclaman los niños. Sé de algunas que hasta han tenido que recurrir a algún vecino para que cuide a su hijo y poder concurrir al hospital. En fin, colegas que al cabo de un día de duro trabajo, llegan a su casa extenuadas y deben cocinar, limpiar, ayudar a sus hijos con la tarea escolar. Cuántas veces me han dicho que pese al pluriempleo con el presupuesto no llegan a fin de mes.

A diario me comunico con colegas, ayer alumnos y hoy amigos, que trabajan en el exterior, desde Brasil hasta España y Alemania, desde Eurasia hasta Medio Oriente y ONGs de África, pues tengo varias décadas formando médicos. Y todos me transmiten su agotamiento laboral, así como su temor a ser presa del virus y no poder recuperarse.

Los médicos no somos robots por más que quieran digitalizar todo, más por razones mercantiles que por confort del enfermo, y tampoco somos ángeles. Somos ciudadanos corrientes capacitados en una noble profesión a la que entregamos lo mejor de nosotros, aunque esa disposición vocacional no sea visible ni le interese a los demás. No quiero incurrir en una elegía corporativa, pues no todos somos iguales, pero muchos han revelado entender y vivir la Medicina con sentido humanitario, dejando la propia vida en la tarea de salvar otras vidas. Son seres anónimos que se fueron antes de tiempo, llevando consigo quizás el misterio secreto de nuestra existencia y sin recibir el agradecimiento que merecían, aunque seguramente serán llorados por sus familiares, recordados por sus compañeros y, tal vez por algún paciente al que le salvaron la vida.

Me dirijo a las médicas y médicos jóvenes que están en la primera línea, como yo lo estuve, pero ahora por la edad me toca la retaguardia ya que mis queridos colegas quieren protegerme, sin embargo atiendo el consultorio, evacuo segundas opiniones, doy clases a los alumnos universitarios y capacito a distancia a los médicos residentes. Como creyente, espero que Dios me conceda la gracia de trabajar hasta el último día.

Al principio de la cuarentena se nos aplaudía y hasta hubo cacerolazos, pero duró poco. Teníamos conocimientos muy limitados del virus, cundía el temor al contagio, y hubo consorcios de edificios que les negaron el acceso a su propia vivienda a médicos que retornaban agotados de sus guardias. Me recordó cuando en la Edad Media los leprosos, castigados por sus pecados, eran expulsados de sus comunidades. Por otro lado, desde que comenzó la cuarentena hubo en las calles multitudes reclamando diferentes cosas, sin embargo ninguna de ellas reclamó por los derechos de los médicos. ¿Quién cuida a los que cuidan? El tema salarial y el de las deficientes condiciones laborales fue, ha sido y es un clásico. Gremios que estuvieron guardados durante el aislamiento para retornar al trabajo exigieron recomposición salarial y la obtuvieron, no fue así con los médicos.

Un discípulo me decía, acuden a nosotros cuando nos necesitan, pues sin médicos no hay hospitales, atención ambulatoria ni asistencia callejera en la emergencia, y en ese momento somos de importancia vital, insustituibles, nadie que no sea de la profesión puede reemplazarnos, superado el episodio caemos en el olvido.

Un líder del siglo pasado decía que una muerte es una tragedia pero un millón es una estadística. Pues bien, hoy las muertes por el coronavirus se han convertido en frías estadísticas, todos los días nos comunican los números de contagios y fallecidos, al igual que el índice de inflación o la cotización del dólar. Las estadísticas serias son muy necesarias, pero han naturalizado la pandemia y colaborado en este gélido proceso de deshumanización. En efecto, miles y miles de ciudadanos han muerto en absoluta e indigna soledad, sin poder despedirse de sus seres amados, sin que nadie les sostenga la mano, aunque sí bajo la dolida y compasiva mirada del personal de salud.

Difícilmente los que están en la primera línea aparezcan en los medios narrando su trabajo cotidiano, tampoco asesoran o toman decisiones en materia de salud pública o de ética aplicada a la pandemia, pues, si estuvieran todos los días en los medios no podrían asistir pacientes, desarrollando la experiencia que otros carecen pero que no les impide hablar. En fin, con admiración y afecto les escribo a mis colegas, médicas y médicos que no tienen quien les escriba.*

Prof. Dr. Roberto M. Cataldi Amatriain

Profesor de Medicina Interna y Director de Residencias Médicas

Presidente de la Academia Argentina de Ética en Medicina

MN. 42.169

DNI 4.995.152

rcataldi@intramed.net

Tucumán 1657, 6º “B” (CABA)

Cel. 15 4 4127525

*La escribí hace algunas semanas y la envié a los medios gráficos pero evidentemente no consideraron que merecía publicarse.

Yo sé, que ustedes saben que yo sé

29 lunes Mar 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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No es una novedad que el que miente necesita tener muy buena memoria, ya nos lo había advertido Quintiliano, pero claro, la sentencia del autor de “Instituciones Oratorias”, nunca fue tenida en cuenta aquí, pues, los argentinos en términos generales hemos revelado tener muy frágil memoria (las consecuencias están a la vista), incluso algunos recurren a una memoria llamativamente sesgada.

Con motivo del golpe militar argentino de 1976 (uno de los incontables golpes pero sin duda el más brutal), guardo en mi memoria aquel hecho con gran nitidez, quizá porque como decía Cicerón “El que sufre tiene memoria”. Hace unos días se celebró el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, en alusión a ese hecho cruel e inhumano que aún seguimos debatiendo, eso sí desde miradores diferentes y apelando a hechos, situaciones y personajes que en muchos casos no se ajustan ni a la verdad ni a la justicia. Ese día me crucé en la calle con algunas organizaciones, sus pancartas y cánticos que me recordaron lo vivido en los años 70 y me dije, ni siquiera cambiaron las consignas (no me refiero a los desaparecidos) cuando en realidad el mundo y el país cambiaron y las circunstancias históricas son otras. Pero claro, los canallas todavía siguen vendiéndoles a los jóvenes consignas en las que ya nadie cree.

Por lo pronto, el Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos publicó documentos desclasificados sobre lo acontecido aquí, la tarea la inició el presidente Obama. Allí se revela que Washington compartía la posición de los militares argentinos de entonces y consideraba que el golpe militar era inevitable para terminar con el caos que había en la Argentina. Sabían que la dictadura permanecería un largo tiempo y que habría represiones sin precedentes. Con un mes de anticipación los Estados Unidos había comunicado discretamente a los militares que producido el golpe los Estados Unidos reconocerían al nuevo gobierno. Henry Kissinger, el siniestro secretario de estado estaba al tanto del golpe (como aconteció en otros lugares y donde él tuvo un papel no menor). En fin, se sabía que se cometerían violaciones a los derechos humanos que generarían críticas internacionales y que darían lugar a fuertes presiones en la opinión pública estadounidense, también en el Congreso, las que complicarían las relaciones con el régimen. Un detalle no menor, quien había sido subdirector de la CIA, Graham, acompañado de un senador ultraconservador y su equipo llegó 12 días antes del golpe aquí y el embajador Hill le pidió que abandonara de inmediato el país…

Lo importante es que han sido desclasificados miles y miles de documentos de 16 agencias estadounidenses sobre la dictadura y el período que abarca entre los años 1975 y 1984. En efecto, mucho material para analizar que le llevará años a los investigadores e historiadores que quieran conocer en verdad lo que sucedió, no el relato apócrifo que insistentemente circula para lavarle la cabeza a los jóvenes que no vivieron esa época y son adoctrinados. Porque esos jóvenes al no tener experiencia carecen de memoria según Aristóteles. Y los viejos, que estamos empeñados en cuidar nuestro cerebro, sabemos desde William Shakespeare que el centinela del cerebro es la memoria.

Siempre me he pronunciado a favor de los Derechos Humanos en cualquier lugar del planeta donde fueran vulnerados, como cualquier persona de bien, pero curiosamente ahora se denuncian ciertos atentados y se ocultan o ignoran otros por razones ideológicas. Los derechos humanos emanan del respeto que merece cualquier individuo por su condición de ser humano, por consiguiente no dependen de la izquierda o de la derecha, tampoco de ningún partido político o religión. Están más allá de cualquier defensa parcial porque son de todos. Claro que hoy por hoy para algunos los derechos humanos son una especie de franquicia.

Para aquellos jóvenes que repiten entusiastas y de buena fe ciertas consignas sería bueno que reparen en algunos datos, es decir en informaciones concretas que permiten el conocimiento exacto de lo que sucedió Y esto es muy importante en un país donde los datos son reemplazados por las opiniones interesadas, y así vemos circular informaciones inexactas que los medios irresponsablemente le dan gran trascendencia. Finalmente pasa como en la guerra: la primera baja es la verdad.

Cuando yo finalizaba la universidad en la Ciudad de La Plata (epicentro de la guerrilla), en 1973 y en plena democracia del gobierno de Perón comenzaba el terrorismo de Estado. Recuerdo cómo nos infundían miedo y uno no estaba seguro en ninguna parte. Las dos facciones que más terror causaban eran Montoneros y la Triple A, de distinto signo, pero ambas nacidas del peronismo y por supuesto con demencial sed de poder.

Los militares sabían que era imposible que la guerrilla triunfara y proclamaban a los cuatro vientos que “venían a moralizar el país”, y buena parte de la población los toleró porque estaba cansada de tanta inseguridad callejera. Ellos tuvieron la suma del poder con el respaldo de las armas, podrían haber terminado con muchos males endémicos, pero ese no era su plan, y sustituyeron una corrupción por otra.

Antes de abandonar el gobierno se auto amnistiaron (1982), Luder candidato peronista habría aceptado esa ley pero Alfonsín la rechazó. No bien se hizo cargo del gobierno Alfonsín creó la CONADEP presidida por Ernesto Sábato cuyo informe final sobre la desaparición forzada de personas fue el “Nunca Más” y, curiosamente el peronismo se negó a integrar la CONADEP. La repercusión internacional de esa comisión y sus conclusiones fueron un hito histórico, ya que ubicaron a la Argentina entre los países dispuestos a defender los derechos humanos en los hechos y no en la retórica. Pero en 1990 el gobierno peronista de entonces decidió indultar a los excomandantes…Podría seguir enunciando hechos reveladores, hoy hábilmente camuflados por aquellos que se presentan ante el pueblo como campeones de los derechos humanos. Ni hablar de las intervenciones actuales en materia de derechos humanos en asuntos internos y externos, que arrojan al fango al prestigio internacional que esta lucha alcanzó en el pasado. Antes de seguir y para aquellos que no me conocen, yo no pertenezco a la oposición, pero eso sí me opongo a la mentira, venga de donde provenga. Como intelectual siempre tuve una actitud independiente y jamás estuve afiliado a partido alguno, por eso acepto que haya gente que discrepe con mis opiniones, pero discrepar con los datos no tiene sentido porque es pelearse con la verdad, viejo hábito argentino.

Mi consejo a los jóvenes que deseen bucear en ese pasado y evitar la contaminación ideológica es que recurran a las hemerotecas donde hay mucho material informativo, también pueden escuchar a Graciela Fernández Meijide o leer el último libro de Ceferino Reato muy bien documentado.

El relato político es como el dogma religioso, pues, se trata de una cuestión de fe, y en consecuencia no hay debate posible. Mientras los protagonistas sigan siendo los mismos no hay salida para el país. La Argentina no puede seguir prolongando la edad de la inocencia.

Nunca estuve de acuerdo con esa frase: “Los pueblo tienen los gobiernos que se merecen”. Una frase que es un lugar común y que se la han adjudicado a un sinnúmero de intelectuales, desde el aristocrático Joseph de Maistre hasta el revolucionario José Martí. No me parece justo. Tampoco es correcto que se hable de pueblo como si se tratase de una totalidad homogénea de habitantes. No es así, pues ese es el concepto que al que apelan los demagogos y las dictaduras para callar a los disidentes. A lo sumo podemos hablar de mayorías habilitadas para votar, porque los niños y los adolescentes no cuentan. Al respecto, recuerdo que yo era chico y ya discutía de política con mis mayores, les hacía preguntas incómodas y, un tío lejano me decía que por ser chico no entendía de política y de esta manera como dicen ahora me clausuraba. Con el tiempo comprobé que el que no entendía era él. Y sí, a veces los niños nos señalan el error.

Que vote un 40, 50 o hasta 75 por ciento a un partido de ninguna manera es todo el pueblo. ¿Ese 60, 50 o 25 por ciento restante no forma parte del pueblo? Acaso esa minoría no tiene derechos, no merece propalar sus reclamos o debemos aceptar que está cercana a la muerte civil.

Desde hace un año vengo hablando con varios jóvenes profesionales, talentosos, que me confiesan su intención de abandonar el país. Algunos tienen aspiraciones importantes y saben que aquí no los dejarán hacer carrera, otros me han dicho que provienen de familias humildes, que no tienen contactos políticos ni dinero. También hay quienes me han explicitado que no están dispuestos a ir contra sus principios y valores. ¡Bravo, mis felicitaciones por esa integridad moral que está faltando!

Varios de ellos ya se fueron. Algunos consiguieron trabajo en universidades, hospitales o empresas comerciales a través de entrevistas con el exterior vía Internet y de manera rápida. Me produce una gran tristeza que expulsemos de nuestra sociedad lo mejor que tenemos y que podría crear un futuro digno. Mientras tanto fabricamos pobres e ignorantes que votan.

A decir verdad, no puedo olvidar que en mi juventud también pasé por esa difícil etapa y decidí resistir… Pero claro, no todos tenemos el mismo temperamento o quizá tozudez y, por otro lado, me pregunto qué pueden hacer estos jóvenes meritorios en un país donde el acomodo es la regla, donde los funcionarios puestos a dedo se manejan con bravuconadas, las barras bravas de los clubes y las patotas sindicales hacen lo que quieren y nadie los pone en la órbita de la Ley. Si hablamos de la política, el nepotismo es la regla ya que los hijos cuando no otros parientes suceden a los intendentes, los diputados, los senadores, los gobernadores… No existe posibilidad alguna para un candidato independiente, porque la política solo es para la casta política.

Pero también esta vieja herencia monárquica la encontramos en la justicia, en las instituciones académicas, en el mundo del espectáculo y hasta en los sindicatos. Cómo convencer a estos chicos bien formados y con valores morales que vale la pena quedarse y dar batalla… Por su parte los políticos necesitan que las masas sean previsibles, por eso ahora están inmersos en una ingeniería oportunista pensando en las elecciones que tendremos en unos meses. Y en su evidente ineptitud y conciencia moral anestesiada, viven entre tropiezos y ostentaciones, aunque temerosos de que aparezca un cisne negro. Que el ciudadano de a pie piense no está bien visto, al fin de cuentas son tiempos de anti intelectualismo y de pensamiento mágico. El cuidado de la salud de la población no parece ser un imperativo categórico, una prueba es en materia de vacunas, ya que en estos días un periodista decía que a Chile llega un avión con dos millones de dosis y a la argentina llega uno que trae solo 300.000.

Víctor Hugo pensaba: “Entre un Gobierno que lo hace mal y un Pueblo que lo consiente, hay una cierta complicidad vergonzosa”. Y por su parte Mahatma Gandhi sostenía que, “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”.

En fin, es hora que cada uno escuche a su conciencia y actúe en consecuencia, que a la hora de emitir su voto lo haga responsablemente y se haga cargo, aunque no tengo dudas de que mi planteo no pasa de ser una utopía, tal vez por esa frase que sostiene que los canallas siempre duermen en paz.

CONTRACULTURA Y ANTIPOLÍTICA

08 lunes Mar 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En estos tiempos convulsos, en la agenda oficial siguen insistiendo obstinadamente en temas que no son prioritarios y que no le interesan a la gente, que por otra parte está muy preocupada con sus problemas vitales. En efecto, hoy todo pasaría por una “política judicializada” y a su vez por una “justicia politizada”. Tengo entendido que desde el retorno de la democracia en 1983, el partido en el poder no ha perdido su mayoría en el senado que es quien nombra a los jueces y, nombró a cuatro de los cinco jueces actuales de la Corte Suprema y a diez de los doce jueces federales… En otras palabras, la crítica está dirigida hacia aquellos que en su momento nombró. Y en verdad, nada de esto le quita el sueño al ciudadano de a pie, temeroso de perder el trabajo, de no poder asegurar la mantención de su familia y llegar con el presupuesto a fin de mes, entre otras necesidades. No hablemos de los que se cayeron del sistema y pasan mil penurias, pues, estos son prácticamente muertos civiles, excepto el día de las elecciones.
Estoy saturado de escuchar a economistas y políticos que tendrían la solución para que la Argentina supere sus problemas estructurales y vuelva a ser lo que fue. Lo preocupante es que el periodismo los entrevista día tras día y les concede un tiempo precioso que termina siendo malgastado. Es curioso, ya que muchos de ellos ocuparon cargos clave en diferentes gobiernos incluso de distinto color político, tuvieron su oportunidad y no hicieron nada positivo para el país, es más algunos son responsables de muchos de los descalabros que hoy padecemos. Está claro que los medios tampoco son inocentes, pues, terminan dándole oxígeno al relato y en su búsqueda de la noticia no seleccionan de manera inteligente a quienes entrevistan, cayendo siempre en el mismo círculo de ilusionistas, mientras tanto existe una intelectualidad de culto en las catacumbas que es ignorada por el periodismo, a la vez que sectores militantes pretenden secuestrar la república mediante la destrucción de la separación de los poderes constitucionales.
El poder ejerce una enorme atracción, una seducción extraordinaria. Además es vox populi que quien desea entrar a la política es porque quiere hacer mucho dinero y rápido. No es casual que, salvando honrosas excepciones, los políticos sean muy ricos. He conocido hombres y mujeres de mucho mérito, a quienes incluso llegué a admirar, pero bastó que les ofrecieran un cargo de importancia en el Estado para que como personas se desdibujaran y, como dicen en España, tirasen su honra a los perros. Entiendo que las luminarias del escenario para quien no pertenece a ese ámbito puedan encandilar, más no justifica que clausuren la autocrítica.
La Argentina está llena de opinólogos y de soluciones de fondo sencillas, pero escasean los pensadores en los medios, y esto es muy grave, sin embargo dicen que somos el país de la región con mayor número de think thanks. Estas “usinas del pensamiento” (¿acaso el pensamiento necesita usinas?) están de moda y, la pregunta pertinente sería: ¿cuál es su aporte real? En efecto, aparecen sponsors del establishment que no revelan estar dispuestos a ir contra el statu quo. Es claro, sería ir contra sus propios intereses. Reparemos en el plano internacional, como ser el Foro de Davos, donde los más poderosos del mundo dan sus opiniones y se muestran preocupados por la pobreza en el planeta aunque no hacen nada concreto para aliviarla. Y cuando realizan alguna donación, que la proclaman a los cuatro vientos, hay que preguntarse qué rentabilidad tendrá ese acto generoso. Según Oxfam la mayor concentración de riqueza mundial la posee el 1% de la población global. Hace poco apareció un ranking internacional dónde la Argentina es el país de América Latina con mayor cantidad de usinas de pensamiento, ya que habría unas 262 instituciones de este tenor, por lo tanto ocuparía el 8º puesto del ranking mundial, con una institución menos que Alemania y con 72 más que Brasil que ocuparía el 9º lugar. Otra demostración palmaria de la mentira institucionalizada.
Los que me conocen saben que desde que era adolescente leo varias horas al día. Mis compañeros de facultad decían que era una rata de biblioteca. Hay autores que he leído con fruición, que admiro y tengo como modelos, pero me he dado cuenta que a pesar de eso, siempre descubro algo para discrepar, lo que en mi caso funciona como un auto test que confirma mi independencia de criterio. Confieso que también suelo hacer el esfuerzo de leer la narrativa de algunos canallas con la intención de descubrir cómo es el entramado oculto de ese relato tóxico, y sé que muchos no se atreven porque sólo toleran las narrativas que afirman lo que creen. En fin, trato de leer todo lo que puedo e informarme incluso a través de medios extranjeros de prestigio, dentro de lo que me permite el tiempo material del ejercicio cotidiano de mi profesión, aunque es tanto lo que surge en esta cultura letrada que suelo quedar en falta. Eso sí, cuando aparece algo de interés procuro hacer mi propia investigación.
Desde hace tiempo se vienen promocionando y poniendo de moda ciertas ideas que no aportan ninguna originalidad. En la década del 90 surgió el movimiento “aceleracionista”, que tendría posturas de izquierda que ponen el acento en la evolución de la tecnología (sobre todo informática) y en la automatización del trabajo, y posturas de derecha donde se pretende profundizar el capitalismo en su versión más agresiva. Una rama de este último, desde hace más de una década intensifica el conflicto racial en los Estados Unidos procurando un nuevo Estado con supremacía blanca y siguiendo los principios de los llamados libertarios. Cuando uno lee a las distintas vertientes de este movimiento encuentra contradicciones por doquier. En este tipo de discusiones Marx nunca falta (me refiero a Karl no a Groucho), es así como en un discurso de 1848 habría sostenido que el sistema proteccionista es conservador y, el libre comercio es destructor porque corroe las nacionalidades y lleva al extremo la lucha entre la burguesía y el proletariado, por eso se declara a favor del libre comercio para acelerar la revolución social.
En los Estados Unidos existiría una corriente contracultural, no irracional, y hasta de vanguardia que vio en Trump una suerte de ariete capaz de dinamitar la sociedad actual. Es curioso porque en esto coincidiría con la izquierda contracultural de los años 60 y 70. Como muchos han señalado, desde hace tiempo hay una derecha que se apropió de la irreverencia y de la transgresión, mientras la izquierda se hizo políticamente correcta. La prevalencia de la izquierda entre los jóvenes siempre obedeció a que llevó a la práctica una contracultura desafiante, experimental, por cierto distinta de la izquierda puritana actual que censura y estaría a la caza de brujas o de pecados del machismo, del colonialismo o de los “transfobos” (transgénero y de género diverso) en las distintas elaboraciones culturales. No hay duda que la relación de la izquierda con los límites morales cambió (también la derecha) y se opone a que nadie manche sus conquistas de los años 60, en consecuencia esto la convierte en blanco de rebeldías. El nuevo “situacionismo” de ultraderecha o “aceleracionismo”, cree que hay que destruir la sociedad actual. En efecto, pretenden que los conflictos del capitalismo extremo y de la tecnificación de la sociedad que enerva a la izquierda, se aceleren. Así tenemos el supremacismo blanco, el cambio cambio climático, las elites del poshumanismo, el fin de la democracia y el republicanismo (en su lugar gestionar los países como si fuesen grandes empresas o compañías comerciales). En fin, estos sujetos sueñan con una utopía antidemocrática, que a su vez sea post-humana y tecnológica.
En lo que hace a los libertarios, muy de moda, procuran abarcar la política, la economía, el derecho, la filosofía moral y la cultura. También aquí encontramos tendencias encontradas y sobran las contradicciones. Para Noam Chomsky las ideologías libertarias serían “fascismos corporativos” porque dejan todo en manos de empresas privadas y, las formas más radicalizadas como el “anarcocapitalismo” nunca lograrían funcionar por ser excesivamente teóricas y alejadas de la realidad. A propósito de la realidad, de esa existencia verdadera y efectiva, Aristóteles para confrontar con su maestro Platón dijo “La realidad es la única verdad”. Kant remontó esa idea en el Siglo XVIII y, en 1948 Perón adoptó la frase que hoy repiten como sonsonete muchos de sus seguidores: “La única verdad es la realidad”, evidente tautología, pero que forma parte del ideario o catecismo del general y que no admite discusión.
Tengo en claro que una cosa es ser antisistema y otra estar contra “este sistema” y aspirar a reformarlo. Porque convengamos que cuando los denominados antisistema llegan al poder deben asumir la responsabilidad de administrar el sistema… Boris Johnson es un antieuropeísta y condujo a su pueblo al Brexit. Trump está contra el Estado y desde la Casa Blanca no hizo más que sembrar caos. Y podríamos seguir con los ejemplos. Como decía un periodista, si uno está contra el sistema debería ser coherente y rechazar cualquier beneficio que el sistema le ofrezca. Si se es anticapitalista no debería acudir a los bancos ni tener tarjetas de crédito.
No quiero cerrar la nota sin alguna referencia al “vacunagate”, fenómeno que no solo es local y, éste no debería ser un argumento para trivializar el hecho entre nosotros. Para los analistas de nuestro medio la situación puso al descubierto la desigualdad de naturaleza feudal que existe en la Argentina, mostró que en el país la política forma una casta. En realidad hace varios años que vengo hablando de la “casta política” que tenemos y padecemos, por eso no me sorprende. El gobierno hace lo imposible para disimular y dar excusas de este destape, incluso habla de un “error”. Para mí es de suma gravedad moral y no me importa si no está contemplado en el código. No estoy de acuerdo en que no haya sanciones, sobre todo si tenemos en cuenta que mucha gente que está en riesgo no pudo vacunarse porque otro que no lo estaba se apropió indebidamente de su vacuna que fue pagada con fondos públicos e incluso algunos perdieron la vida. Un penalista en una carta de lectores decía que el actuar de estos políticos, muchos de ellos funcionarios del Estado, ha revelado un comportamiento delictual. El reproche legal debería instrumentarse y es necesario evitar confundir a la población. Seres humanos murieron sin que les diésemos la oportunidad de estar vacunados y por consiguiente en mejores condiciones inmunológicas para enfrentar el virus. Tengo entendido que la ley penal contemplaría que sea reprimido el funcionario público que cayese en esta falta. Basta de hipocresía, esto no es responsabilidad de los medios, tampoco de la oposición, sino de una mala gestión en un país donde existe una casta dirigente que se maneja con total discrecionalidad moral y jurídica, y en donde hay súbditos en lugar de ciudadanos. En España el general jefe del Estado Mayor tuvo que renunciar al descubrirse que lo habían vacunado saltando el orden sanitario establecido.
La cantante estadounidense Dolly Parton es la contracara de esta miseria moral, pues esta cantante country de 75 años, donó el año pasado un millón de dólares al laboratorio de la vacuna Moderna para investigar y producir la vacuna que le acaban de aplicar la semana pasada, cuando le llegó su turno.

Cuando la crisis se convierte en tragedia.

03 miércoles Feb 2021

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando comenzó la cuarentena publiqué en diferentes medios que descuidar las otras patologías era un error. Algunas son prevalentes, al punto de ser consideradas por la OMS como “epidemias del Siglo XXI”, incluso varias tienen mayor letalidad que el SARS-CoV-2. Entonces señalé que esa actitud traería problemas y retrocederíamos en la lucha de diferentes enfermedades. Pero los ojos del mundo estaban puestos en un solo patógeno, situación que no se ha modificado. En fin, los médicos internistas tenemos una visión amplia e integradora de la profesión que nos sitúa en la realidad.

Hoy resurge la preocupación por la propagación de gérmenes resistentes a los fármacos (bacterias y parásitos) que proliferan en hospitales y centros sanitarios de todo el mundo. Pero el tema central sigue siendo la vacuna y su poder de talismán (…)

La gente tiene mucha información acerca de las vacunas, sabe que hay una decena que se fabrican en los Estados Unidos, en distintos países de Europa incluyendo Rusia, también China y la India. Sabe de las diferentes clases que reconocen al coronavirus, de que se requieren distintas tecnologías para producirlas, materias primas, equipos. No es tarea para improvisados. Pero también se entera de que más allá de la proeza científica, están los negociados, los contratos secretos, la falta de transparencia, las enormes sumas millonarias que anticipadamente recibieron los laboratorios para investigar y producir vacunas (dineros públicos), y también de su negativa a ceder o compartir las patentes aunque se trate de la salud, o del “negocio de la salud”, que no es más que un negocio.

Para los que conocemos los abusos que cometen estas empresas sabemos que no es nada nuevo, existe una larga historia donde sobran las evidencias y las sanciones escasean. Ahora estas “irregularidades” salen a la luz por obra y gracia de la pandemia. Mientras, estimo que no se debe descuidar la producción de vacunas para prevenir el sarampión, la poliomielitis, la meningitis, entre diversas enfermedades con capacidad letal.

China no cooperó con la OMS al principio de la pandemia, tampoco lo hace ahora donde una misión de científicos trata de averiguar allí cómo se originó. Ha pasado más de un año y muchas oportunidades de investigación en terreno se han perdido, pues, todo está bajo el control estricto del Partido Comunista Chino, cuya infalibilidad ningún habitante se atreve discutir. En su momento ocultaron información, manejaron el tema como un asunto interno, y la OMS por su parte cometió no pocos errores que la tornó muy vulnerable ante la opinión pública. La realidad es que hoy hay más de dos millones de muertos y la enfermedad ha infectado a unos 94 millones de personas en todo el planeta. El mundo se detuvo y existe temor. China no puede actuar como un espectador más, tiene una responsabilidad ética, moral e institucional que no puede negar. Y todos los Estados miembro que conforman la OMS deberían exigir a China que asuma su responsabilidad, más allá de los intereses económicos que estén en juego.

A la Argentina llegaron muy pocas vacunas, menos del 5% de las que el gobierno prometió para esta fecha, y lo hizo con una escenográfica épica que algunos medios comparan con el triunfalismo de Malvinas. Los que vivimos esa época lo recordamos con tristeza y somos muy respetuosos con esa tragedia que nos enlutó. Estas vacunas estarían destinadas al personal en contacto directo y frecuente con los infectados de Covid-19. Que el presidente de la nación y su ministro de salud se hayan vacunado pese a no estar en la primera línea me parece correcto, es necesario inspirar confianza en la población, pero hasta aquí llega la excepción ética a la regla. Según los medios decenas de intendentes de la Provincia de Buenos Aires y concejales, ya se vacunaron sin ser personal esencial, tampoco son influencers, más allá que algunos se consideren celebrities. Con esta actitud le han privado a decenas de médicos, enfermeras y auxiliares de una protección, justo a aquellos que sí están arriesgando sus vidas… Ya sé que esto también sucede en otros países. La semana pasada salió a la luz que en España no menos de 700 personas, sindicalistas, políticos, militares y hasta un obispo que no pertenecen a los grupos vulnerables, usando todo tipo de excusas lograron vacunarse y, solo cinco de los funcionarios acusados tuvieron la dignidad de renunciar.

Cuando leo los diarios o veo los noticieros me doy cuenta de que el género que decididamente se ha impuesto en la Argentina es el “grotesco”. En efecto, los actores, léanse los políticos, no entran en escena en su justo momento, pues el destiempo es la norma, no dicen lo que deberían decir, tampoco hacen lo que deberían hacer, y lo fatal, lo trágico, lo interpretan con tanta torpeza que lo convierten en algo cómico. Muchos ciudadanos se hacen los distraídos convencidos de que nada puede hacerse, manifiestan estar agotados ante tanta realidad. Pues bien, no hay vacuna para el mal argentino.

Por otra parte, lo sucedido en algunas provincias con la vulneración de los derechos humanos por esos eternos tiranuelos vernáculos no tiene justificación, más allá de la defensa corporativa de los que tienen la franquicia de estos derechos y de paso falsifican su historia. Los “crímenes de lesa humanidad o contra la humanidad” no requieren forzosamente de la “clandestinidad”. No somos ignorantes como suponen y, no todos pertenecen a esa masa que manipulan convencidos de que jamás despertará. Cuidado con la soberbia y el reloj de la historia. Aquí se confunde lealtad con complicidad.

Hace varios meses, en medio de mi obligada reclusión que coincidía con la prohibición de apertura de los negocios que desde el 20 de marzo pasado no podían trabajar y varios miles habían quebrado, vi por TV una entrevista que le hicieron a Juan José Sebreli, donde sostuvo que todos los comerciantes deberían abrir sus locales, invocando la teoría y práctica de la “desobediencia civil”. Conozco el tema y entendí perfectamente el mensaje de Sebreli, pero también imaginé la reacción desmesurada que supondría. En efecto, periodistas, políticos, ciudadanos corrientes salieron a atacarlo con ira. Un conocido periodista le negaba su condición de intelectual. Otros sostenían que sus palabras eran un acto de sedición, que buscaba un golpe de Estado y que la justicia debía intervenir. Pero un intelectual de cuño oficialista decía en C5N que la teoría de Thoreau que mencionó Sebreli se aplica a las dictaduras y no a las democracias, no sé si por desconocimiento o deshonestidad intelectual, ya que Henry David Thoreau en el Siglo XIX y en plena democracia se negaba a pagar impuestos para no financiar la guerra que entonces Estados Unidos libraba contra México. Ahora apareció el libro “Desobediencia civil y libertad responsable”, en colaboración con Marcelo Gioffré, donde tratan el tema con rigor e invocan a pensadores trascendentes. Lo cierto es que en muchos lugares del planeta hay demostraciones de desobediencia civil como ejercicio responsable de la libertad. Pero claro, esto es inadmisible para los regímenes autoritarios y para quienes solo admiten el pensamiento único. Saramago decía que, «Disentir es uno de los derechos que le faltan a la Declaración de los Derechos Humanos».

En estos días hizo declaraciones Brigitte Bardot. En mi adolescencia no dejaba de ir al cine de barrio para ver sus películas, al igual que las de Jeanne Moreau, Claudia Cardinale y Romy Schneider. Ellas formaron parte de mi adolescencia. Brigitte siempre militó por los derechos de los animales e incluso tiene una fundación protectora. Por ser población de riesgo vive recluida en su mansión La Mandriague, en Saint Tropez. Recuerdo que recorriendo en automovil la Costa Azul en el 79, la gendarmería francesa no nos permitió entrar en Saint Tropez por causa de una inundación y, quedó como una asignatura pendiente. Pero lo interesante es que Brigitte se mantiene en su trece, ya fue condenada por “incitación al odio racial” y dice no importarle, a lo sumo pagará la multa. Ella tiene un discurso contrario a los inmigrantes y roces con los movimientos feministas. Refiriéndose a los hombres comenta: “A mí me gustaba que me miraran”. Y cree que la Covid-19 restaurará un nuevo orden, ante una superpoblación que no podemos controlar. En fin, me recuerda a Jean-Marie Le Pen cuando invocaba al Ébola.

Hace poco recordé que en el bachillerato tenía un profesor de educación democrática o cultura cívica que no le hacía honor a la asignatura. En una oportunidad le dijo a un compañero: “si usted no está de acuerdo con lo que acabo de decir, ¡cállese!”. Esa era la preparación ciudadana que recibíamos. En ese año caía el gobierno de Arturo Illía, médico de profesión, entre otras cosas por cuestionar a los laboratorios de productos medicinales. Se comprobó que los grandes laboratorios poseían un doble juego de libros de contabilidad que les permitía exagerar los costos para aumentar sus ganancias. La ley del ministro de salud Oñativia, congeló el precio de los medicamentos y definía a éstos como «bienes sociales», en consecuencia, si la emergencia superaba la demanda, la patente farmacéutica no tendría razón de ser. ¡Qué actual con lo que estamos viviendo en el mundo con las vacunas! Ante las quejas de los laboratorios el gobierno les dio seis meses para presentar una declaración jurada sobre el costo y la calidad de los medicamentos, y mantuvo congelados los precios. Ninguno presentó la declaración jurada. La ira de los grandes laboratorios se hizo sentir y, al desagrado estadounidense por el tema petrolero, se sumó el enojo de Suiza que al año siguiente puso obstáculos al refinanciamiento de la deuda externa argentina desde el Club de París.

En toda democracia la separación de poderes genera ciertas dificultades. La Argentina desde siempre tuvo serios problemas. El gobierno quiere aumentar el número de miembros de la Corte Suprema porque considera que debería expedirse en un mayor número de casos, pero tengo entendido que decide en unos 7.000 casos al año, lo que no es poco. Reparemos que la Corte de los Estados Unidos, con una población diez veces superior y con un perfil similar a la nuestra, decide en menos de 100 casos.

La vuelta a clases también es otro tema mal politizado. El daño cometido es irreparable, ignoramos las consecuencias. La presencialidad genera vínculos, hábitos, rutinas que sirven para construir la identidad. El vínculo entre los seres humanos es irremplazable y la experiencia internacional revela que usando barbijos, respetando el distanciamiento social y las medidas básicas de higiene las clases presenciales pueden realizarse, en estas condiciones es muy rara la transmisión del virus. Sin embargo hay sindicalistas que no conformes con el año perdido, viven poniendo excusas, sobre todo en CABA. Ahora pretenden que las maestras tengan las dos dosis de la vacuna para retornar a las aulas. Qué podríamos decir entonces de las cajeras de los supermercados que nunca dejaron de trabajar y se expusieron al peligro, mientras los docentes estaban en sus casas y algunos hasta ya disfrutaron del verano en la costa. Tengo varias décadas de docente universitario y sostengo que la docencia debe articulase con la decencia, como sinónimo de honestidad, como dignidad aplicada a los actos y a las palabras. Los países con mejores sistemas educativos son los que tienen menos corrupción, allí los gobiernos están obligados a rendir cuentas y no hay lugar para la impunidad. Que en la Argentina la educación no sea considerada una actividad esencial no es casual, tampoco sorprende.

Hace unos días me entristeció enterarme de la difícil situación de salud de un querido amigo, brillante colega y compañero de ruta. Siempre sostuve que la vejez es muy cruel. También supe por los medios de que Tony Bennett tiene Alzheimer, pero gracias a la cálida contención familiar y a las medidas terapéuticas, Tony sigue cantando. Su esposa dice: “Ojalá que se vaya a dormir una noche y eso sea todo”.

El mundo está preocupado por los enfermos y muertos que produce la pandemia, pero no advirtió que la corrupción produce más daños y más muertos. Nos hemos habituado a tolerar a los que asumen el derecho de lo que no han ganado, sin considerar a los que pierden ese derecho que lo ganaron. Las cosas no serían como son, sino como parecen ser y, esto le interesa a los políticos. La política sin espectáculo no funciona. Saramago decía: «Espero morir como he vivido, respetándome a mí mismo como condición para respetar a los demás y sin perder la idea de que el mundo debe ser otro y no esta cosa infame».

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