• Nota biográfica de Roberto Miguel Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

~ Blog sobre Crítica Cultural / por Roberto M. Cataldi Amatriain

Conflictos, Intereses & Armonías

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Viviendo la cuarentena entre la ineptocracia y los corporativismos

20 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La cuarentena continúa, pero ahora se flexibiliza, y la medida no deja de llamar la atención si reparamos en los antecedentes de la misma. En efecto, cuando el presidente decidió imponer la cuarentena su argumento fue que era para “salvar vidas”, hasta entonces se habían reportado tres muertes, de todas maneras sostengo que la medida fue acertada. Y todos aquellos que pusieron algún reparo fueron denostados públicamente, se los acusó de “anti-cuarentena”, de no estar a favor de la vida. Claro que ahora con casi 12.000 infectados y cerca de 2.200 muertos, se flexibiliza una cuarentena que ya lleva cuatro meses. ¿Qué sucedió? Hace rato que vengo insistiendo en que debía flexibilizarse con mucha prudencia, pero me molestan las “incoherencias”. Si hubo errores hay que asumirlos y responsabilizarse, no es asunto de pedirle al ciudadano que tenga confianza ciega, porque ésta se gana con el ejemplo. La sofística nació en Grecia, en el Siglo V antes de la era cristiana, pero hoy revela su apogeo en la Argentina.

El “efecto bandwagon” (significa carro), es una teoría psicológica que sostiene que los individuos toman ideas o conductas por el hecho de que la gran mayoría lo han hecho, pese a que estas decisiones puedan chocar con sus propias creencias o razonamientos. La expresión alude al “oportunista”, pues en la antigüedad muchos se subían al carro del vencedor y, en la vuelta de los ejércitos victoriosos a la patria solían llevar en sus carros a una multitud de toda ralea. En nuestros días se ve con el comportamiento del consumo, la moda o la política. Como ser, la tendencia individual que existe a la hora de cambiar el voto hacia aquellos candidatos electorales que puntúan más alto en las encuestas porque les hace sentir que están en el “lado ganador”, de allí el interés por trucar las encuestas y sondeos de opinión. Este fenómeno también es conocido como “efecto manada” o “efecto de la moda”. A menudo las personas hacen y creen ciertas cosas por el hecho de que muchas otras hacen y creen en esas mismas cosas, es un típico “comportamiento gregario”. En la vereda opuesta está el “efecto underdog” (significa desvalido o perdedor), que despierta simpatía por las minorías y, es, la opción menos valorada, habitualmente menospreciada, que en algunos despierta su defensa por considerar que se trata de una injusticia. La intención puede ser querer diferenciarse del resto, compadecerse ante la “causa perdida” o admirar la voluntad y el coraje de oponerse a la mayoría. Al respecto, varios me han dicho que uno de mis grandes errores ha sido ubicarme aquí, asumiendo la defensa de los débiles, lo que me ha ocasionado no pocos problemas, pero creo que la motivación fue, ha sido y es una cuestión de principios, y esto es crucial para los que tenemos el hábito de escuchar la conciencia.

Hitler, Mussolini, Stalin, jamás revelaron sentirse atribulados por los cadáveres que se apilaban en montañas día tras día durante la Segunda Guerra Mundial, consecuencia de sus ambiciones personales compartidas por sus círculos de poder, ambiciones que ellos procuraban enmascarar bajo la retórica de los nacionalismos, donde los seres humanos no importan, ya que solo importa el honor de la patria. Hoy Trump, Bolsonaro, Maduro, entre otros, tampoco se muestran compungidos por los miles de vidas que se pierden cotidianamente por la acción del coronavirus y, sin tomarse un respiro no paran de mentir, emplear cualquier argucia para deslegitimar a sus opositores y críticos, porque la meta es retener el poder. Estos líderes no respetan el conocimiento científico ni los logros de la medicina. Ponen la economía por delante de la salud de la población como estrategia electoral. Lo curioso es que son votados y seguidos por los más humildes, quienes pagan las facturas de estas locuras. En efecto, legiones de seguidores continúan apoyándolos, negando cualquier evidencia que los perjudique, justificando los traspiés morales de sus líderes pero siendo intransigentes cuando esos mismos traspiés los cometen sus oponentes. Adolecen del “virus del fundamentalismo”. Claro que en toda época hubo personajes siniestros ocupando sitios de poder, a quienes se les imputa la totalidad de los males que ejecutan sus huestes. Lo cierto es que a sus partidarios nadie los obliga, se suman porque se identifican con el pensamiento del jefe, o quizás es al revés, el jefe detecta lo que desea la muchedumbre y en consecuencia la alimenta.

Los otros días leí un artículo en un suplemento literario sobre Victoria Kent, diputada y jurista, republicana, que pasó cuatro largos años escondida en una buhardilla de París por temor a ser capturada por la Gestapo. Ella estaba entre el público que recibió a los primeros soldados aliados, españoles republicanos que liberaron París en 1944, hecho desdibujado en la historia oficial francesa. Victoria fue la primera mujer que se desempeñó como directora general de Prisiones en España y también la primera mujer en el mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar. El artículo me hizo recordar que recién llegado a Madrid en el 77, me enteré que había regresado del exilio. A los pocos días asistí a una tertulia literaria en el edificio del antiguo Instituto de Cultura Hispánica y me sorprendió ver entre el público a Victoria, la reconocí por su foto en los periódicos. Estuvimos sentados a solo dos metros y, en un momento ella me miró sostenidamente, como si hubiese descubierto que en el auditorio había un extranjero. Pienso que con casi cuarenta años de exilio, ella también se sentiría un poco extranjera en su patria. A pesar de su vejez conservaba su elegante presencia. Hoy pienso cómo me hubiese gustado haberla invitado a un café y que me narrase las incontables peripecias de su vida. En fin, siempre fui algo tímido.

Hace un par de meses una médica ex residente de uno de mis servicios, que vive en Barcelona y hace un tiempo pasó dos años en África con Médicos sin Fronteras combatiendo el SIDA, me envió un video, preocupada y confundida, preguntándome cuál era mi opinión del contenido. Una colega de aquí que es homeópata y legista, que tiene una posición “anti-vacunas”, en un programa de TV sobre la historia de las pandemias desde el Siglo XX, mencionaba las diferentes “roscas geoestratégicas” así como las “sociedades secretas” (muy bien documentada) y, terminaba diciendo que la actual pandemia en el fondo es una pandemia de desinformación y que se trata de una gran mentira. Confieso que casi me convence. Lo curioso es que para todo tenía una respuesta… En realidad, la gente que se mueve así emplea “verdades a medias” o toma algunas verdades que le son útiles para apuntalar su “relato”, ya que ese es su fin, no otro. Y lamentablemente esto pasa en todos los ámbitos.

El mes pasado debía celebrarse en Filadelfia, en la Universidad de Pensilvania, el XV Congreso Mundial de Bioética, al que envié tres comunicaciones que fueron aceptados por el comité, pero a decir verdad meses antes ya había decidido no concurrir, pues, el gasto en dólares resulta excesivo y, los argentinos que nos ganamos la vida trabajando no podemos ignorar esa realidad. Además como médico no gozo de una “jubilación de privilegio”. Los médicos cuando somos llevados a juicio por haber cometido una “mala praxis” podemos ser inhabilitados en el ejercicio de la profesión durante varios años, o también responder con nuestro patrimonio, depende si la causa es penal o civil. Pero lo llamativo es que cuando el error lo comete un político, la responsabilidad se diluye mágicamente, aunque el daño haya sido mucho mayor. En fin, pertenecemos a dos corporaciones diferentes, pero el corporativismo es mucho más fuerte en estos últimos, como sucede con la justicia y los sindicatos, dos corporativismos intocables.

Si evitamos pelearnos con la verdad, un viejo mal argentino, debemos reconocer que tenemos mucho más de corporativismo que de república, de “dictablanda” que de democracia, de injusticia social que de Estado de Bienestar. Un amigo dice que eso está en nuestro ADN. No sé si es tan así. La educación puede corregir estas desviaciones. Parafraseando a Borges, comencé a ver el mundo gracias a la maestra que en la primaria me enseñó a leer. Muchas cosas han cambiado, ya no todo es la cultura letrada de la que provengo, hay fenómenos que irrumpieron y lograron imponerse, como la cultura digital, que a través de las redes sostiene parte del entramado cultural del mundo.

Volviendo a la cuarentena, es cierto que mucha gente no la respetó, sobre todo en el conurbano, y no por rebeldía social sino por estar viviendo una situación límite ante la posibilidad de morir de inanición, ya que el contagio es algo aleatorio y la muerte se da en un bajo porcentaje. Hasta ahora no escuché a ningún político que propusiera seriamente reemplazar en un futuro cercano ni remoto los subsidios y los planes sociales por empleos, no importa si esos trabajos son estatales o privados, lo que importa es que se pague lo que corresponda y el trabajador se sienta dignificado, no que viva de dádivas sumergido en la pobreza hasta el día del juicio final. Recuerdo que en los 90 a los que perdían sus trabajos se les prometía una “reingeniería laboral”, y muchos jamás volvieron a ingresar en el sistema, quedaron descartados, creyendo que eran inservibles. Hoy ante este “desempleo estructural” habría que preguntarles qué quieren o les gustaría hacer, antes de capacitarlos. Sé que no es fácil en un país con desempleo endémico, pero el trabajo es un elemento de autovaloración, y es fundamental en toda sociedad.

Hace poco tuve conocimiento de un nuevo concepto, acuñado por el francés Jean D’Ormesson: “la ineptocracia”. El término hace referencia del sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir y los más incapaces para triunfar, a la vez que los más interesados y menos preparados para generar riqueza y procurarse su sustento terminan siendo los grandes beneficiados del sistema, ya que se los recompensa con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios e injustos que soportan los que producen. Leí que otra consecuencia de esta ineptocracia sería el desconocimiento de la historia, la injusticia, el abuso, la corrupción y la torpeza de los decisores, que logran que los partidos políticos desempolven doctrinas fracasadas, pero que se abren camino en sociedades que parecían haberse librado ya de estas plagas. Hoy por hoy el anacronismo vuelve a estar de moda.

Ahora que están reponiendo películas antiguas, recordé que cuando era adolescente vi: “Nido de ratas”, de Elia Kazan, interpretado por Marlon Brando, entre otros célebres actores y actrices, y me impresionó el realismo del drama de la lucha de los estibadores de los muelles contra un sindicato corrupto y el crimen organizado. Muy actual.

Todos hablan de la normalidad que viene, pero nadie lo sabe. Y hasta los líderes están desorientados, ni siquiera saben qué harán mañana. En fin, asistimos a un giro cultural y, en muchos el silencio dejó de ser una alternativa. Como decía Horacio: Carpe diem.

Viviendo la cuarentena en medio de intoxicaciones ideológicas

13 lunes Jul 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Desde hace varios días los “runners”, es decir los corredores (término anglosajón incorporado al argot por la tilinguearía local), no pueden gozar del aire libre mientras queman calorías, algo beneficioso para la salud, más allá de que para algunos se trate de una suerte de retiro espiritual. Estos “estúpidos runners” (como se los calificó), tienen prohibido salir a correr, porque podrían inducir a otros y no sería un buen ejemplo, según un ministro. Yo siempre creí que las medidas sanitarias tenían que ver más con las evidencias científicas, el razonamiento y hasta el sentido común que con cuestiones emocionales, ideológicas o de clase social. Y si me atengo a esa línea argumental, me pregunto por qué son tantos los malos ejemplos en que incurren altos funcionarios para quienes existiría una cuarentena VIP. No entraré en detalles o hechos anecdóticos para que no me califiquen de opositor, pues, cuestiono aquello que me parece mal o es incorrecto, esté quien esté al frente del gobierno. Recuerdo que en los ´90 concurría con frecuencia a la casa de un colega, una figura médica legendaria, que me pidió que fuese su médico, había sufrido un ACV y ya no podía leer ni ver TV. Como era un pensador, con un pasado militante en el PC, al punto que en época de Perón estuvo preso en Martín García con otros miembros de la izquierda vernácula, necesitaba que lo actualizara sobre lo que sucedía en el mundo. Una de las noches que concurrí a charlar café de por medio, le dije que para mí algunos de los problemas que estábamos padeciendo eran consecuencia de errores del gobierno anterior, más allá de reconocerle a Alfonsín sus méritos. Al irme su esposa me acompañó al vestíbulo para abrir la puerta y, en ese momento llegaba Raúl Alfonsín acompañado de su hijo, actual embajador, y su custodio. Don Raúl se detuvo y, sin intuir que minutos antes había sido objeto de mis críticas, nos saludó con esa bonhomía propia de un hombre íntegro.

Los otros días vi por TV un reportaje a Julio María Sanguinetti, uno de los pocos políticos de América Latina con sólido prestigio. Entre referencias a lecturas y libros, ante una pregunta dijo que el argentino revela más dinamismo que el uruguayo, pero en materia institucional, no hay duda que en Uruguay las instituciones están muy consolidadas, a diferencia de la Argentina donde son un serio problema desde la época colonial. Creo que por cortesía de buen vecino evitó mencionar la palabra corrupción. Ayer los periódicos informaban que de los investigados por corrupción menos del 1% fueron condenados (…) Cuando la impunidad es estructural no hay futuro posible.

Recuerdo que en el ´73, ya graduado de médico, me topé en La Plata con un compañero de facultad que según él era asesor del ministro de salud de la provincia, me sorprendió que fuese asesor con solo seis meses de graduado, pero en época de estudiante había trabajado en correos y tenía pasado de gremialista. También entonces solía concurrir algunas noches a una pequeña pizzería de la ciudad con quien era mi novia, donde el dueño atendía al público cortando las porciones con gran habilidad. Un día desapareció del negocio y unas semanas después lo crucé en el ministerio de economía muy bien trajeado, ahora estaba a cargo de una dirección. En ese año, si mal no recuerdo, conocí en la quinta de una tía, en City Bell, a un individuo que vivía del curanderismo, bastó charlar un rato para confirmar que era “un chanta”, pero en unos meses estaba ocupando una subsecretaría de estado. Tiempo después supe que el pizzero y el curandero eran punteros políticos. Podría continuar con anécdotas de este tenor que le dan la razón a la inteligente observación de Julio María Sanguinetti.

A poco de iniciar la cuarentena publiqué que no debía descuidarse la atención de los pacientes con otras patologías, situación hoy corroborada por informes de diferentes centros asistenciales. Esta semana recibí varios mails de gente que no conozco diciéndome que mi predicción se cumplió. En realidad, cualquier médico asistencial advirtió esto de entrada, es más, un par de semanas antes de comenzar la cuarentena ya se veía este fenómeno, porque la gente se informaba y tenía temor a contagiarse. También lo comprobé en los cafés a los que concurría para mi ritual cotidiano, pues la gente dejaba suficiente espacio entre mesa y mesa, y los mozos me contaban que había caído mucho el consumo. Un colega con bastante experiencia asistencial, a quien se le reconoce autoridad, me llamó para hacer su catarsis. Comenzó diciéndome que estaba harto de las curvas de contagios, comparaciones descolgadas e interpretaciones sobre el virus, información que se le arroja a la población sin anestesia, asimismo de los colegas que son “expertos ideológicos” y nunca caminaron los hospitales ni vivieron la “medicina de trincheras”. En consecuencia, me comentó que buscaba ver películas donde hubiese un portal para entrar en otra dimensión (¿el más allá?), como sucede en los fenómenos paranormales, y las series donde los habitantes de otras galaxias intentan comunicarse con nuestro planeta. Lo comprendo, estamos demasiado saturados.

Si como los ecologistas adoptásemos una visión realista de los ecosistemas, llegaríamos a entender que existe una dinámica de mosaicos o patrones donde se producen cambios que están sujetos a factores externos, como los efectos de la actividad humana. Esta es la dinámica de la heterogeneidad en un sistema, por eso no se pueden tomar “medidas totalitarias” sin analizar cada segmento de la sociedad. La cuarentena aquí se ha vuelto a endurecer después de 100 días de encierro y, pronto alcanzaremos el récord de cuatro meses. Coincido que por el aumento de los contagios en determinadas zonas o barrios es necesario extremar las medidas, sin embargo meter a todos en una misma bolsa revela ineptitud, a menos que el fin sea generar un empobrecimiento generalizado, sobre todo de los monotributistas, autónomos, informales y comerciantes, clase media (aquellos que debemos trabajar para vivir), con la meta de lograr la “igualdad” y manejar el electorado con dádivas, estrategia que conduce al desmedro. Con un criterio igualitario e irracional, durante dos meses regiones sin ningún contagio se mantuvieron en estricta cuarentena, poniendo en duda el federalismo. La pandemia es una cosa y la política es otra. En CABA muchas actividades se podrían haber abierto con cuidado y con la gente del barrio, para así evitar los desplazamientos, incluso hubo gremios y negocios que presentaron sus protocolos de cuidado para paliar el abismo económico actual.

Que a nivel país se haya tomado a tiempo la decisión de imponer la cuarentena no justifica que a esta altura esté mal gestionada. La crítica no implica estar en contra de la cuarentena, pues nadie sabe cómo será el comportamiento del virus, y además éste no es el único factor que tiene capacidad letal. ¿Quién se hará cargo de esta nueva catástrofe?

Los argentinos tenemos la tendencia a creer que lo que nos sucede, o al menos la forma o las características con que nos sucede, es un hecho inédito, no registrado en la historia, y si acaso sucedió jamás lo fue con esa dimensión. Pues no es tan así. Basta viajar por el mundo para comprobar que es un error. Claro que no tener un horizonte visible es un inveterado problema entre nosotros, lo mismo confundir las causas con los efectos.

En las postrimerías del Siglo XIX la economía argentina estaba por delante de la de Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. No en vano se decía que era el granero del mundo. En estos días se destruyeron más de 70 silobolsas por motivos ideológicos y, a este vandalismo que le ocasiona al país una pérdida de millones de dólares se le suma un inexplicable silencio de algunas autoridades. Tuvimos una economía liberal con un modelo pensado por Mitre, Sarmiento, Roca, y con ese mercantilismo el país progresó, al igual que las élites, pero el pueblo seguía postergado. Luego vinieron las conquistas sociales, las masas tuvieron la oportunidad de acceder a la educación y la salud, y no sin sobresaltos el país se fue aggiornando. Cuando yo era chico estaba vigente la cultura del trabajo, a partir de la que muchos le daban sentido a su vida, también el ahorro, ese consumo diferido que servía para construir proyectos personales y alimentar sueños. Todo eso era legítimo, nadie lo cuestionaba, pero ahora forma parte del pasado. Siempre sostuve que no es asunto de sacarles los privilegios a unos para dárselos a otros, sino que tanto los unos como los otros no tengan privilegios, eso sería actuar con equidad.

La semana pasada con la celebración de la Independencia la gente rompió la cuarentena, no sin riesgos, y nuevamente salió a la calle con enojo. Los pocos canales de TV que cubrieron con “objetividad” la protesta mostraban solo banderas argentinas, no se admitieron banderías políticas aunque nunca faltan los oportunistas que quieren cabalgar sobre la ola. El sentido de la queja popular fue la defensa de la libertad de expresión y de las instituciones de la República, la necesidad de que la justicia cumpla con su deber en combatir la corrupción, entre otras cuestiones puntuales, pero además se veían pancartas donde se pedía volver al trabajo. En efecto, allí había mucha gente que no buscaba prebendas, subsidios ni planes sociales. Es gente acostumbrada a vivir de su trabajo, en una Argentina donde tenemos una legión de jóvenes carenciados y excluidos que nunca vieron trabajar a sus padres ni a sus abuelos. Ellos carecen de un ejemplo que sea edificante. Por otra parte, nadie ha hecho nada para encarar este problema, más que dar discursos. En fin, ésta fue una “protesta genuina” donde la gente salió a la calle motu proprio y “no fue llevada” como es habitual (…) Creo que no debe ser desvirtuada ni descalificada, debe servir para rectificar errores. Y es curioso que quienes más hablan de desterrar la grieta sean quienes la alimenten. Los argentinos le entregamos al Estado vía impuestos medio año de nuestro trabajo, algo que no sucede en la mayoría de los países, incluso con mejores economías, y sorprendentemente ese gran esfuerzo resulta insuficiente. La caída de la economía argentina en abril fue de -26,4%, cifra que no se registraba desde el año 1900, con lo cual retrocedimos nada menos que 120 años.

Al principio de la cuarentena las estadísticas de la Covid-19 diferenciaban CABA de la Provincia de Buenos Aires, luego los resultados se dieron bajo la denominación AMBA, y tuve que consultar qué comprendía: una “mancha urbana”, zonas rurales, semirrurales y el sector insular del Delta del Paraná, en otras palabras CABA más 40 municipios de los 135 partidos de la provincia. Y claro, en un país de unos 45 millones de habitantes, donde la Provincia tendría 17 millones y CABA 3 millones, el nudo gordiano fue, ha sido y es, político, por encima de cualquier otro mantra. No seamos ingenuos.

Para Claude Lévi-Strauss, “Nada se parece más al pensamiento mítico que la ideología política.” Saramago pensaba que cualquiera de estas ideologías era hormonal. En fin, yo coincidiendo con Pérez-Reverté, me precio de tener biblioteca en vez de ideología.

Viviendo la cuarentena entre la pandemia y el futuro contingente

29 lunes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El Covid-19  ha logrado que el mundo se detenga y de manera traumática. En este inmovilismo no buscado se pusieron en evidencia situaciones graves a las que el público no les prestaba mayor atención o ignoraba, irrumpieron dramas económicos, sociales, psicológicos, y de todo tipo, aunque hubo algunos beneficios colaterales impensados. La incertidumbre es el telón de fondo, pues, no sabemos qué sucederá en este escenario crítico, pero los medios recogen vaticinios de agoreros, nigromantes, futurólogos, exégetas de las sagradas escrituras, buscando  el beneficio del protagonismo mediático.

En muchas ciudades del planeta la gente hizo caso omiso de la cuarentena y salió a la calle. En efecto, las protestas contra el racismo por el asesinato de George Floyd, no sólo cuestionaron el pasado esclavista, racista y colonialista de muchos héroes, sino que se cargaron sus estatuas. Los iconoclastas, expertos en destruir imágenes, volvieron a acaparar la atención de los medios. Es una historia que arranca en la antigüedad, pero se reactivó con la caída del Muro de Berlín, cuando destruyeron  los monumentos de Lenin y Stalin. En pleno centro de Moscú, en la plaza que está frente al Bolshoi, hay una llamativa estatua de Marx, trabajada sobre un bloque de granito gris que pesa unas ciento sesenta toneladas. Un Marx con el puño cerrado y en actitud oratoria. El guía moscovita nos dijo que intentaron retirarla, pero dado su peso optaron por dejarla. Pues bien, en estos días, los que se manifiestan con la consigna “Black Lives Matter” (las vidas de los negros importan), descubrieron la historia que les ocultaron y arremetieron contra líderes confederados,  Colón, Leopoldo II de Bélgica, Winston Churchill, entre otros. Y esto es consecuencia de la historia oficial o de la “política de la historia”. En el último año del bachillerato tuve un profesor de historia que cuestionaba la historia argentina, su hora era la más esperada por nosotros, terminó inoculándonos el virus del revisionismo. Los virus al igual que los dinosaurios vivían en la tierra mucho antes de que irrumpiera el hombre, algo que para algunos sería una suerte de herida narcisista ya que el planeta puede  prescindir del hombre, quien se ha empeñado en dañar  los ecosistemas. Cuando algunos pacientes me preguntan si lograremos eliminar el Covid-19 de la faz de la tierra, les respondo que conviene hacernos a la idea de que en el futuro conviviremos con él, como acontece con tantos otros gérmenes, algunos más letales. El salto zoonótico, el salto del virus de un animal a un ser humano,  se ha dado en distintos momentos de la historia. Las teorías conspirativas de que este virus salió de un laboratorio pertenecen a la literatura de ficción, no hay evidencias, pero mucha gente da fe de ello. La carrera por lograr una vacuna remeda al dios Jano, en una cara los que investigan contra reloj por el bien de la humanidad, en la otra las grandes corporaciones en medio de  entresijos de patentes, donde la vacuna sería para el que pueda pagarla.

Los políticos dicen que el problema no es la cuarentena sino la pandemia, en una actitud sofística para justificar sus ineptitudes. Cuando aceptamos que todos los eventos son el resultado inevitable de causas previas, que todo lo que pasa en el mundo  y nos sucede a nosotros tiene una razón de ser, asumimos un “duro determinismo”, y nadie tendría libre albedrío. En efecto, si uno no creyese en el libre albedrío ya no podría hacer las propias elecciones, porque éste contempla el surgimiento de  los pensamientos, las creencias y los deseos que pensamos que existen en nosotros. En el “determinismo suave” están presentes el determinismo y el libre albedrío, tesitura que nos acercaría más a la realidad de las cosas. Es cierto que para muchos fenómenos no tenemos una explicación convincente, asimismo no logramos desentrañar ciertos misterios, más allá que haya gente que tenga respuestas para todo; no es mi caso. Con algunos problemas y dilemas tan antiguos como la humanidad,  deberíamos tener la humildad intelectual de reconocer que son insolubles. Y hasta los que somos creyentes y ejercemos una profesión científica, debemos asumir que hay límites para nuestro entendimiento. 

Un problema complejo es un problema enmarañado, difícil, con varios aspectos, de allí que su abordaje nos exija ver todas sus aristas y no obstinadamente solo una. Hoy quizá como nunca el poder está en el ojo del huracán. Yo suelo comparar el poder con  la heroína, una droga dura que genera fuerte dependencia y destruye al individuo, a menos que éste advierta que más allá de cuidar al poder, es necesario cuidarse del poder… Napoleón creyó tener en un puño a Europa y terminó sus últimos días en la Isla de Santa Elena. Il Duce fue ejecutado por los partisanos y el Führer se suicidó en su bunker. Churchill y De Gaulle, luego de ser considerados héroes nacionales, un buen día sus pueblos les dieron la espalda y tuvieron que irse a sus respectivas casas. Ya no se trata  de negar la política por los desatinos  que protagoniza la clase política enmarañada en intereses muy distantes de la ciudadanía, dando lugar a un profundo desaliento,  sino  plantearnos una “metapolítica” que vaya más allá de  las especulaciones habituales. Una política existencial con eje en la equidad (dar a cada uno lo que merece) y en la justicia social, es decir la igualdad de oportunidades, el combate de la pobreza, el Estado de bienestar, la distribución de la renta, entre otros derechos que hacen referencia a la “dignidad”. Un error habitual  es confundir la mala suerte con la falta de justicia. 

Una frase que circula como un sonsonete es que cuando termine esta epidemia mundial nada volverá a ser como antes. Es una frase contingente, ya que puede o no suceder, y si bien es inevitable que cambien muchas cosas, no somos pocos los que tenemos deseos de volver a hacer algunas como siempre. Desde ya que habrá cambios profundos en la vida cotidiana. Decía  Bertolt Brecht, «La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer». Ya es patente  un cambio de hábitos, en las reuniones con amigos, los espectáculos públicos, el turismo, los viajes, las clases virtuales, el tele-trabajo, las reuniones por zoom y, también las formas de “intimidad a distancia”. Por otro lado, la cuarentena obligó a millones de personas a convertirse en dependientes del Estado, lo que pone en riesgo la vida democrática y facilita el clientelismo. Las clases medias amenazadas por la economía y las restricciones de libertades pueden erosionar el sistema democrático. La recesión económica, el brutal desempleo y la caída del salario dependerán  del desarrollo de cada país, así como la cobertura social en lo que hace a las necesidades básicas insatisfechas. La seguridad y la tecnología de control con fines sanitarios invaden la intimidad de las personas y sin duda se proyectan en un futuro incierto. Existe la necesidad de  replantear la relación del hombre con el medio ambiente, así como el replanteo de los sistemas de salud y sus coberturas,  incluyendo un consenso en las políticas sanitarias de nivel mundial.

Naomi Klein opina que la crisis ecológica está sacrificando la habitabilidad del planeta, y que la respuesta que debemos exigir debe basarse en una economía regenerativa que asiente en el cuidado y la reparación. Señala la distopía de Silicon Valley. Éste era el mundo que la corporación quería ver, dice. La normalidad sería volver a la crisis, a lo mortal, y debemos proteger la vida. “Necesitamos desarrollar nuevas herramientas de desobediencia civil que nos permitan actuar a distancia”.  Naomi sostiene que tenemos que  estar indignados y que los gobiernos deberían caer por lo que está pasando. 

Durante más de tres décadas vivimos el auge de la globalización, que nos la impusieron como “inevitable”,  con sus ventajas y sus perjuicios. Ahora algunos “illuminati” hablan de  una vuelta atrás, en vez de buscar con inteligencia una alternativa superadora.  No dudo que cada país tratará de arreglar su problemática como pueda y con la clase de dirigentes que le toque, aunque por más que se abjure de la globalización y se decrete un encierro nacional, siempre se necesitará de los otros… Hay países que sin duda son más predecibles. En el caso de la Argentina,  paradigma de la crisis crónica, no existe un país más kafkiano, pero no porque la población sea ávida lectora del escritor checo.

Entre los que reclaman un nuevo orden mundial, adaptado a las necesidades de la época, no faltan los que piden la desaparición de ciertos organismos, como la Organización Mundial de la Salud, que si bien ha incurrido en muchos errores, al igual que la UN, OEA o UE, no creo que deban desaparecer, sí ser reformados para una mejor gestión. Que se cuestione el orden o el desorden no significa que hay que destruir todo. Los gobiernos seguirán con sus relatos, y los sectores sociales más afectados saldrán a la calle con sus propias agendas, algunas utópicas, pero defenderán el derecho legítimo a  protestar, haciendo patente que el silencio no siempre es salud. Decía Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”. El problema reside cuando se la bloquea para defender el statu quo.

Nietzsche pensaba  que el filósofo debía ser “el médico de la cultura”. Y yo creo que el intelectual debería ser “el médico de la sociedad”.  En este escenario crítico, debemos ser responsables con los análisis, reflexiones y opiniones, brindándole al ciudadano lo que necesita para crear valores que le den sentido a la vida. Pienso en la misión del intelectual como un “imperativo moral”. Los intelectuales debemos ser protagonistas éticos, criticando, aportando ideas e imaginando tesis superadoras que no dependan de la coyuntura política, porque el intelectualismo partidista es un serio escollo. 

Con el encierro los recuerdos fluyen y, recordé situaciones que había olvidado por completo. Al ingresar a la facultad pensaba que sería neurocirujano, bastó entrar a la sala del hospital y  cursar medicina interna para darme cuenta que esa sería la medicina  a la que me entregaría, tal vez porque advertí que ninguna otra me daría una visión tan integral del ser humano enfermo. Luego le sumé la bioética, que más allá del andamiaje filosófico, es un puente entre las Dos Culturas (la tecno-científica y la humanística). La docencia la desarrollé tanto en el pregrado como en el postgrado y, me recuerda que debo estudiar todos los días. Esto explica que en mi caso las tres disciplinas se articulen y conformen un trípode intelectual que sin duda se proyecta como cosmovisión. 

Ayer encontré  la medalla (se acompañaba de un diploma) que hace años me otorgó la Sociedad de Medicina Interna de Polonia en su centenario. Tengo pendiente una visita a Varsovia, pero son tantas las asignaturas pendientes que partiré dejando varias deudas. Con el expresidente de esa sociedad, un colega de mi edad, durante varios años consecutivos nos reunimos en distintos países, hace tiempo que no lo veo, tampoco contesta mis mails, temo que ya no podré volver a verlo. Como decía Confucio: “Si todavía no sabemos qué es la vida, ¿cómo puede inquietarnos la esencia de la muerte?”

Viviendo la cuarentena entre la globalización electrónica y la perversa grieta

25 jueves Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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El día anterior a que comenzara la cuarentena volvía de Zárate al mediodía y como acostumbro me detuve en el ACA de Ingeniero Maschwitz  para tomar un café y de paso cargar nafta, revisar los líquidos y  limpiar el parabrisas. Yo estaba vestido con ambo, venía de trabajar, el playero me identificó como médico y quiso entablar un diálogo. Hizo comentarios sobre la actualidad, la política, los sindicatos, la corrupción, y  me sorprendió su inteligencia y sentido común, algo que muchos con instrucción universitaria y postgrados carecen. El hombre que tendría unos 55 o 60  años revelaba ser buen observador, sabía de qué hablaba, no decía estupideces como las que circulan en los medios. Confieso que disfruté los 15 minutos de charla. Proseguí el camino y mientras conducía pensaba lo injusta que es la vida con algunos, pues ese hombre podría haber sido un brillante profesional o quizás un digno legislador. Frente a la desigualdad de oportunidades  no puedo ignorar que para algunos la vida fue, ha sido y es muy dura. En la universidad tuve muchos alumnos que trabajaban para poder pagarse los estudios, y que incluso tardaron más años en graduarse por el tiempo que les restó el trabajo. Siempre  procuré apoyarlos, los alenté por el esfuerzo que hacían y, no niego que me gratifica cuando me dicen que como profesor les di una oportunidad.

Por otra parte, admiro a las personas que revelan una comunión entre su obra y su trayectoria de vida, aunque debo reconocer que no es tan común. Cuando en 1996 para inaugurar las actividades de la Fundación decidimos crear los Premios “Vida, Obra  & Persona”, convoque a varios amigos, figuras de distintas disciplinas, para que fueran jurados y decidieran a quienes debíamos premiar. Traté de no influir, además no soy un entendido en la mayoría de los campos que abarcaban los premios. Se premió a gente de trayectoria, muy reconocida, pero al cabo de un tiempo comprobé que con algunos nos habíamos equivocado y, luego de la segunda edición decidimos no continuar.  Hay gente que revela ser quien es cuando tiene la oportunidad de acercarse al poder, no antes, y uno no puede predecirlo. Terminamos dando vuelta la página, preferimos olvidar el traspié y seguir adelante con la tarea de la Fundación.

El día de la Bandera, un  día adverso para el ejecutivo por la protesta popular en todo el país, sin distinciones de clases sociales, más allá de las burdas  manipulaciones para generar confusión y restarle importancia, una imagen por TV me sorprendió por aquel viejo adagio que dice que, “una imagen vale más que mil palabras”. En efecto, frente a la residencia de Olivos, entre los manifestantes, un hombre joven, robusto, cartonero, con su carro lleno de los desechos  que recoge en la calle, exhibía un cartel que decía: ¡No a ninguna privatización! Qué notable, un  ciudadano pobre, que no pertenece a la “oligarquía”, pero que con dignidad estaba defendiendo uno de los pilares de  nuestra Constitución: la propiedad  (los otros son la protección a la vida y la libertad). No tengo dudas que ese cartonero, a diferencia de tantos otros, es, un hombre de principios. Le comenté a un amigo politólogo que la oposición podría haber utilizado esa imagen no fabricada por el marketing como símbolo contra la grieta, y él me respondió que en toda grieta los sectores de uno y otro lado viven de ella, en este caso del poder y los dineros públicos con los que se hacen negocios, por eso el cierre de la misma no conviene ni a unos ni a otros. ¿Por qué en un país rico el pueblo está cada vez más pobre? Y él me dijo: cuando se busca la masiva dependencia del Estado, el pueblo pierde autonomía y debe conformarse con lo que le den, una vieja práctica abusiva e inmoral…

El día siguiente se celebró el día del padre. Lamenté mucho no poder abrazar a mis hijos ni besar a mis nietos, porque todos nosotros cumplimos a conciencia con la cuarentena, y a pesar de que critiquemos los errores que cometen los que dirigen la medida no por eso somos “anti-cuarentena”, como se esgrime para justificar lo injustificable. Sabemos diferenciar el “riesgo” del “miedo”, no somos tontos, tampoco kamikazes.

En estos días muchos hablan de Finlandia como el modelo de país que deberíamos seguir. Conozco algo de su historia y de datos estadísticos que la posicionan en un lugar de privilegio. En realidad todos los países nórdicos están muy bien. Con mi mujer hicimos una visita fugaz a Helsinki mientras nos alojábamos en San Petesburgo. Decidimos almorzar en un gran restaurante, donde habría unas 40 personas. La mayoría mientras almorzaba leía o trabajaba con  su notebook. El silencio que reinaba era propio de las bibliotecas públicas y observé que cada uno estaba en su mundo. También había mesas con dos o tres comensales que dialogaban pero sin estridencias. Había pasado ya una hora cuando miré hacia el piso y me di cuenta que varios tenían a su lado un perro. En efecto, habría una docena de perros en el local cuya presencia no advertí porque estaban en silencio. Recuerdo que le dije a mi mujer: se ve que hasta los perros aquí son educados. También muchos hablan de Holanda como modelo y, fuimos a Amsterdam mientras  nos hospedábamos en Bruselas. Me pareció una ciudad muy peligrosa por los cientos de miles de bicicletas que circulan por el centro a alta velocidad, hay que prestar atención para que a uno no se lo lleven puesto. Mucha juventud, mucha libertad. Quisimos visitar la casa de Ana Frank, próxima a uno de los canales, pero no pudimos por la cantidad de gente que pugnaba por entrar. En esa casa vivió la niña judía que soñaba ser novelista, recluida con su familia y otras cuatro personas durante casi dos años y medio ocultándose de los nazis. Fueron descubiertos, se los envió  a campos de concentración y, al igual que otras mujeres no seleccionadas para morir de inmediato, a Ana le raparon la cabeza y le tatuaron un número de identificación en el antebrazo, allí murió de tifus. En mi paso por el Hospital Israelita en algunas oportunidades asistí a pacientes viejitos que tenían el número tatuado y, siempre me produjo una profunda indignación, pues qué derecho tenían a marcar un ser humano como si fuese una res. El padre de Ana fue el único sobreviviente, y editó ese registro que ella llevaba del lugar secreto en un cuaderno bajo el título: “Diario de Ana Frank”. El negacionismo del Holocausto, miserable a todas luces, agitó la versión de que Ana Frank nunca existió y que el libro era una falsificación de la historia. Conflicto que obligó a realizar varias investigaciones y ante los tribunales se demostró que la negación era una infamia.

En fin, también infames son los que entre nosotros alimentan la grieta, esforzándose  para que cualquier problema se convierta en un falso dilema y así llevarnos a una situación límite, sin mayores alternativas. Pretenden hacernos caminar por la cornisa, que veamos el mundo en blanco y negro, induciéndonos a apoyar su propuesta  pero pretendiendo hacernos creer que es obra de nuestro libre albedrío. Cualquier persona, medianamente inteligente, que analice los discursos de uno y de otro advertirá que los argumentos son endebles y que el entramado termina siendo anti-lógico. Por eso rechazo las versiones maniqueas, son una falta de respeto, aunque reconozco que esas falacias son de consumo masivo y por gente de todos los niveles culturales. 

Como sucede en otros países, el negocio del espectáculo se instaló en el teatro de la política, alimentando el odio y manteniendo abierta las controversias de las que  viven políticos, sindicalistas, empresarios de medios. Desde hace muchos  años  pienso en la necesidad de que exista una política que no tenga que pasar necesariamente por los partidos, que puedan postularse “candidatos independientes” que respondan con lealtad a sus votantes. Sé que esto resulta muy difícil, es ir contra el corporativismo y el negocio de la partidocracia. La gente se ha acostumbrado a votar listas sábanas, conoce el nombre del que encabeza la lista y en el mejor de los casos el segundo y quizás el tercero, pero atrás sigue una larga lista de ignotos cuyo lugar se negocia en medio de tejes y manejes dentro de la estructura partidaria, por eso cuando emiten algún juicio en público dan vergüenza ajena, no tienen altura intelectual ni están capacitados para esa función, pero eso no importa, ellos están para dar quorum y alzar la mano siguiendo “la disciplina partidaria”, ese es el santo y seña de nuestra deplorable realidad política.

Un problema sanitario actual es el efecto paradojal de este confinamiento sin horizonte, es decir que una persona no enferma a través de un encierro prolongado y mal manejado termine enfermándose. En medicina lo llamamos “iatrogenia”. Desde que comenzó la cuarentena atiendo llamados telefónicos y por WhatsApp de personas solas, que con el bombardeo   informativo y las opiniones encontradas se angustian, alguno  llega a experimentar pánico.  Sin ser psicólogo los escucho, les explico la situación, procuro contenerlos emocionalmente, y les prometo que si se infectan no los abandonaré. Psicólogos de la UBA sostienen que la gran mayoría de los encuestados tienen a esta altura algún trastorno de malestar psicológico. Y claro, el stress emocional no lo ve quien no quiere verlo. Está presente en todas las edades. Un experto en educación recomendaba que los niños mantengan los vínculos escolares con los compañeritos y las maestras aunque sea por Internet (aumentaron las regresiones en los más pequeños), que los adolescentes no se encierren en sus habitaciones durante horas ya que a menudo se encierran con su angustia. También he escuchado a chicos del último año de secundaria decir que les robaron el año, ese año que esperaban con tantas ansias. Es comprensible.

En una nota periodística el autor se quejaba de los científicos que ya no aportan la tranquilidad necesaria, que producen exabruptos y simplificaciones, y que incluso hay infectólogos que parece haberles gustado demasiado la TV, al punto de hablar de todo en calidad de panelistas. También decía que a los “millenials porteños”,  tratados de “estúpidos”, por DNU no pueden ver a sus amigos, practicar deportes, ir a la escuela ni visitar a sus abuelos. En fin, las voces se propagan en el viento, quienes deben prestarle atención no lo hacen, quizá tengan otros intereses. Me viene a la memoria una novela cuya trama olvidé pero recuerdo su título: “Dejemos hablar al viento”, de Juan Carlos Onetti, a quien un día tuve el placer de escuchar personalmente en su exilio español.Hoy los economistas se muestran preocupados por el PBI, pero el futuro del país no solo depende de este índice. ¿Acaso no importa el bienestar emocional, psicológico y social? Me preocupa mucho más el índice PCI (poder, coimas, impunidad) o el PIV (pobreza, inequidad, violencia). Y con relación a la tan publicitada post-pandemia, recordé una serie de ciencia ficción que en mi adolescencia veía por TV: “Rumbo a lo desconocido”.

Viviendo la cuarentena en un clima de rebelión.

18 jueves Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Este encierro prolongado y agobiante nos hace recordar muchas cosas, nos da tiempo para la reflexión, y actúa como disparador en una época en que los gobiernos pretenden reescribir la historia, incluyendo los antepasados. Para Borges cada autor crea sus propios antepasados, lo mismo le pasa a la gente corriente. En todo caso, la culpa es del Covid-19. En efecto, hemos encontrado el chivo expiatorio de muchos problemas, incluso anteriores a la existencia misma de este virus, al extremo que hoy sustituyó al terrorismo, exigiendo una narrativa diferente. Y claro, la violencia también es otra.

Como consecuencia del asesinato de Georges Floyd las sociedades han reaccionado contra el racismo con más de cuatro mil marchas en estos días, desde Europa hasta Asia. Haciendo un paneo compruebo que, Paris Match y L´Express (Francia), The Economist (Inglaterra), L´Espresso (Italia) y Der Spieguel (Alemania), coinciden en utilizar la palabra “fuego” para describir estas rebeliones, donde la lucha contra el racismo se entrecruza con la epidemia. También veo como Trump, Boris Jhonson y Bolsonaro persisten en sus taimadas actitudes, niegan lo que les es adverso. La contracara visible de estos impresentables son Angela Merkel, Jacinda Ardem y Sanna Marin, al frente de Alemania, Nueva Zelanda y Finlandia, quienes han demostrado tener la fortaleza, la energía y la inteligencia que no tienen estos mandatarios de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Brasil; mis amigos de esos países me confiesan sentirse avergonzados.

Merkel, hija de un pastor luterano y que debió vivir su juventud en la Alemania del otro lado del Muro, bajo control soviético, de allí que hable el ruso, tomó sus decisiones asesorándose prudentemente con un “equipo interdisciplinario” (médicos, psicólogos, juristas, pedagogos), y lo hizo con una visión humanitaria (como encaró el tema de los inmigrantes), evitando establecer una opción falsa entre la vida y la muerte con el objeto de lograr la docilidad de los que piensan diferente. Ardem dispuso reducir su sueldo y el de sus ministros en un 20% durante seis meses y, con ese simbolismo dijo que si había un momento para cerrar la grieta en su país era ahora, incluso manifestó que no buscaba aplanar la curva de contagiados sino eliminar la enfermedad. Marin, la primera ministra más joven del mundo (34 años) que asumió en diciembre pasado, criada en una familia homosexual, que fue la alumna más pobre de la clase, implementó una política de “testear, seguir, aislar y tratar”, impidió cerrar las guarderías por considerarlas imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad, y recurrió a una red de “operadores críticos” (médicos y enfermeras) para que el mensaje llegase a donde no llegaba el mensaje oficial. Cualquiera que siga la política internacional comprobará que estas mujeres deben convivir con una oposición que no es precisamente anodina, pero ellas saben dialogar, tienen buenas intenciones y objetivos transparentes, evitan presentarse como “líderes providenciales”, y no recurren a impostaciones que causan vergüenza ajena, por eso infunden confianza. Las tres tienen sus aciertos y sus errores, pero edificaron su éxito y prestigio en los hechos, desechando teorías conspirativas, propias de las narrativas populistas. Cómo será el futuro, no lo sabemos, deseo que ellas no pierdan el rumbo. Como ciudadano de aquí me entristece que nunca hayamos tenido una Merkel, ni una Ardem o una Marin, claro tampoco somos Alemania, Nueva Zelanda o Finlandia, donde como decía mi abuela también se cuecen habas.

Hace un par de años escribí en el blog un artículo sobre el Mayo Francés del 68 con motivo de que se cumplían 50 años de la revuelta estudiantil. En aquella época cursaba los primeros años de la universidad y aquel episodio sucedió dos años después de La Noche de los Bastones Largos, cuando la Policía Federal desalojó por la fuerza a estudiantes, profesores y graduados que habían tomado como protesta cinco facultades de la UBA. Hacía un mes que Onganía había derrocado al gobierno constitucional de Illía. La violenta represión fue con bastones largos y, ni el decano Manuel Sadosky se salvó, terminando con la cara ensangrentada. Se hicieron cuatrocientas detenciones de universitarios, se destruyeron laboratorios y bibliotecas. También se disolvieron las facultades de Sociología y Psicología, casas de estudio que engendraban “mentes subversivas”. Científicos y profesores debieron emigrar a universidades de los Estados Unidos, Canadá y Europa, y la universidad argentina nunca más volvió a ser lo que fue… La referencia apunta a dar una idea de por qué entonces muchos no teníamos suficiente información de lo que estaba sucediendo en París. Ese movimiento estudiantil tuvo repercusiones en otros países y, aquí el coletazo fue en la Ciudad de Córdoba: “El Cordobazo”, insurrección popular liderada por dirigentes obreros, a la que se sumaron estudiantes. Diez años después visité por primera vez París (ciudad a la que no me cansa volver), me alojé cerca del Bulevar Saint-Germain, y quise revivir en mi imaginación aquella revuelta de la que me hubiera gustado haber sido testigo.

Los estudiantes franceses armaron una rebelión estruendosa, algo muy típico en los franceses cuando están disgustados. Comenzó a finales de marzo en Nanterre, en las afueras de Paris, y se prolongó hasta junio cuando De Gaulle retomó el control de la situación. En estos días de pandemia Marcelo Birmajer publicó una nota en contra de aquel mayo y, dice que existe un malentendido: “Los manifestantes tomaron las calles e intentaron impedir el normal funcionamiento de una de las democracias más prósperas del planeta”. Señala que allí vivían inmigrantes de todo el orbe, los que huían de la URSS, los latinoamericanos que escapaban de las dictaduras militares, millones de africanos y árabes, y hasta exiliados del franquismo, por eso sostiene que se hacía fila para vivir en París, mientras estos jóvenes franceses, provenientes de las clases media y alta, combatían lo que consideraban que era una democracia injusta, y planteaban como alternativa el maoísmo, el castrismo, el guevarismo, el stalinismo y otras variantes antidemocráticas. No tengo dudas de que en aquella época para muchos extranjeros Francia era un paraíso, sin embargo para muchos franceses era un infierno. No hay que olvidar “le malaise”, el cíclico malestar francés, quizás estimulado porque la renta y la riqueza están cada vez peor distribuidas, insatisfacción que los franceses expresan a viva voz en la calle. Hoy muchos ciudadanos galos denuncian la falta de ascenso social, en una sociedad cuyas relaciones son distantes y conflictivas. Los franceses se han acostumbrado a vivir bien y no están dispuestos a perderlo. Alexis de Tocqueville, sobrino de Chateaubriand, señaló que la revolución de 1789 no ocurrió en un momento de miseria, sino después de mejoras. Birmajer sostiene que entre la herencia de ese mayo sobrevive la intención de reivindicar a los delincuentes (algo de eso sucede en la Argentina de estos días) en consonancia con la concepción de Foucault, y recuerda que el filósofo adhirió en 1979 al ayatollah Khomeini, que llegó a asesinar a homosexuales.

Nicolás Casullo, investigador de las ideas (decía que la historia de las ideas es un fino hilo que las distingue de las ideas en la historia), entonces se hallaba exiliado, participó del Mayo Francés, y muchos años después escribió: “París 68”. Rescata ese movimiento que para él fue una revolución cultural y de costumbres, democratizante y antiautoritaria, que recorrió la historia llegando a una edad de postilusiones, postrevolucionaria, postpolítica, postideológica y postmoderna (Casullo murió en 2008). Señalaba que para los estadounidenses fue un dato cultural, estético, de los tiempos críticos, postmodernos, que enjuició representaciones, arte, valores, racionalidades, conductas y objetivos del “mundo burgués”, que comenzaba a sentir lo moderno como tradición que nos contempla. En los franceses revivió las ideas de Rousseau. Pero por encima de estas miradas divergentes, habría una tercera vía diferenciada de los leninismos y neo-anarquismos. El movimiento, más allá de su fracaso, dio pie a muchos cambios y nos dejó algunos interrogantes que motivan hipótesis contrafácticas.

Desde el Affaire Dreyfus hasta el Mayo del 68, Francia se presenta ante el mundo como “la patria de los intelectuales”, ya se trate de intelectuales universales al estilo de Sartre, intelectuales moralistas como Camus, intelectuales específicos por caso Foucault, o intelectuales de acción como André Malraux. Francia ha sido el gran escenario del debate intelectual, desde Zola a Gide, desde Camus a Sartre, desde Foucault a Bordieu.

En fin, en medio de esta inmovilización forzosa y globalizada, donde hasta el vuelo de las moscas se halla suspendido, me sorprenden ciertas insurrecciones populares, como en Hong Kong, Chile, Beirut, entre otros. También aquí han vuelto los cacerolazos y los piquetes. Unos reclaman libertad y ampliación de derechos, otros ayuda para enfrentar los desastres de esta economía pandémica, comenzando por paliar el hambre. Y me sorprendió la noticia en Facebook de que en Dinamarca las personas que reciben ayudas del Estado estarían inhabilitadas para votar (voto calificado), para evitar el clientelismo, como acostumbro procuré verificar la información, desmentida por la Embajada danesa.

En los noticieros locales veo al presidente recorriendo el país con su gabinete, como si estuviese en campaña, cortando cintas inaugurales, pronunciando discursos que están muy lejos de la consigna “Argentina unida”, prodigando abrazos sin barbijo, sin distancia social y, pienso que Kafka se quedó corto. Excepto el ejecutivo, los otros poderes siguen en cuarentena, no puedo olvidar a Luis XIV: L’État, c’est moi. Cualquier observador nota que se torna patente la Argentina de las verdades absolutas y de las decisiones extremas, que en el fondo no es más que la Argentina de los pasos perdidos… El surrealismo impulsado por gente iluminada así como por la información manipulada exhuma disputas inveteradas y moralmente miserables, como las sostenidas entre unitarios y federales, estatistas y privatistas, patriotas y anti-patrias, que no logran maquillar lo obsceno, el grotesco, lo bizarro. Y muchos toman partido con una olímpica ignorancia de la historia, hacen comparaciones superficiales y falaces, opinan sobre temas técnicos y complejos, y emiten juicios terminantes de aquello que no saben. La prepotencia de una historia que se teje sobre una miserable trama de destrucción masiva y pobreza planificada, que se procura destejer sin éxito desde la denuncia. En fin, a Unamuno le dolía España, a mí como a tanta otra gente de bien, me duele mi país.

Viviendo la cuarentena con templanza y pergeñando el futuro

09 martes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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La pandemia ha puesto en jaque nuestra razonabilidad, nuestras limitaciones, nuestra comprensión de la realidad, incluso la necesidad de un debate abierto y honesto entre las diferentes interpretaciones que prevalecen en los distintos campos. No hay duda que falta transparencia, la incertidumbre nos agobia y, las democracias pasan por un mal momento. Hace unos días, ante la compleja realidad, un amigo me dijo que a veces creía que las monarquías son más sinceras, me sorprendió tratándose de un hombre del derecho y defensor de la democracia, pero lo entiendo, son muchas las decepciones. Y en cuanto a las monarquías, en el mundo hay unas veintisiete y, se justificarían solo porque el pueblo las reclama, aunque dudo que todas sean legítimas. En Gran Bretaña tres de cada cuatro habitantes apoyarían la monarquía, quizá por representar una continuidad, tal vez por eso los británicos son muy monárquicos, aunque se atisban signos de cambio. Suecia, Holanda y Dinamarca, pese a sus regímenes monárquicos tienen democracias avanzadas. En Europa las monarquías parlamentarias no gobiernan, son más bien una atracción turística que genera divisas, sin embargo son cuestionadas por sectores juveniles. Algún intelectual nostálgico dice que las monarquías superan a las democracias. ¿Tienen razón de ser las monarquías en el Siglo XXI? Para mí no, en todo caso eso lo deciden los que prefieren ser súbditos en lugar de ciudadanos, aunque aclaro que no es tan así. A los argentinos nos gusta catalogar las cosas en blanco y negro, llegando a desdeñar la escala de los grises, pero yo pregunto: ¿un súbdito sueco, holandés o dinamarqués tiene menos conciencia de ciudadanía que un ciudadano cubano, brasileño o argentino? Dejo la respuesta al lector reflexivo y crítico. Aquí no tenemos monarquías formales, sí sucedáneos que despiertan verdadero horror.

Un país no es un cuartel, ni un templo, tampoco un club de fútbol, un banco o un gran bazar, mucho menos un set de televisión. Sin embargo la gran mayoría de la dirigencia política, de aquí y de allá, proviene de esas instituciones, lo que explicaría una cierta mentalidad o quizás una “escuela de vida”.

En estos días de severo confinamiento, con la meta de cumplir los 100 días de encierro (no sabemos cuántos más) y, donde procuramos que los sueños no se conviertan en pesadillas, a la vez que valoramos muchas cosas que antes no reparábamos, recordé que la templanza nos induce a hacer las cosas con moderación, más allá de ser una de las cuatro virtudes cardinales de la Biblia, junto a la prudencia, la fortaleza y la justicia, que son las virtudes principales y fundamentales de las que se derivan todas las demás. En efecto, la templanza mantiene el equilibrio y el dominio sobre la voluntad, controlando nuestros instintos, así como las pasiones, los impulsos y deseos. Hoy necesitamos mantener el equilibrio entre lo contingente y la visión de futuro, subrayo contingente porque como todos sabemos, puede o no suceder.

En otro orden de cosas, observo e identifico a ciertos oscuros actores sociales, siempre presentes, que crean una atmósfera de ilustración y conocimiento que no es tal, para hacerle creer al ciudadano común que participa de una actividad cultural y artística de gran trascendencia, cuando en realidad ésta no tiene mayor incidencia en el mundo real. Vivimos en una cultura mediática (el que está afuera no existe), que fabrica fuegos de artificio para que la gente crea que vive en una sociedad libre, abierta, tolerante, donde los que llegan a la meta lo hacen por méritos, no por amiguismo o nepotismo. Lo triste es que la realidad es todo lo contrario. Por suerte hay sectores sociales que no participan de este vacío cultural o quizá cultura del vacío, y que van más allá de lo superficial.

En mi juventud se valoraba el esforzarse para poder avanzar y, no pocos entre los que me incluyo, seguíamos una verdadera carrera meritocrática. Los que dicen que la meritocracia no garantiza la equidad y que no existe igualdad de oportunidades tienen sus razones, en tanto y en cuanto sean capaces de reconocer los méritos ajenos y denuncien las “roscas”, no los que deciden ignorarlos y entronizar a los peores. No está claro cómo medir los logros, con frecuencia la medición es arbitraria, además se cuela el marketing, bástenos como ejemplos el haber concurrido a una escuela donde el acceso lo decide el elevado costo de la matrícula, o a una ostentosa universidad que rankea internacionalmente, e incluso el obtener un empleo o cargo estatal de importancia, que como todos sabemos se logra más por contactos que por capacidad y méritos. Uno puede ser políticamente incorrecto, pero las cosas son como son. Reconozco honrosas excepciones, pero éstas no logran convertirse en regla.

Cuando los médicos discutimos en público, no en el ámbito apropiado de pares, la ciencia se torna mediática, y hasta ideológica. No significa que a la ciudadanía se le deba ocultar información por paternalismo, pero no es correcto hacerla participar de un debate propio de técnicos. El médico personal del ex premier Silvio Berlusconi, dijo: “Desde el punto de vista clínico, el Covid-19 no existe más”. Italia se está recuperando y, el virus sigue contagiando, la reacción de otros referentes fue enérgica. Los medios no solo registraron el debate, indujeron a tomar partido. Si la gente cree que el problema está resuelto puede asumir actitudes riesgosas. Los gobiernos dicen que hacen lo que los científicos les aconsejan, pero no siempre es así, además los científicos también se equivocan. El conocimiento científico es riguroso, metódico, sistemático y verificable, también auto-corregible. Y la ciencia es neutral, aunque los científicos no lo sean…

Cuidado con los mensajes y meta-mensajes “sensibles”. Un ministro de salud acusó a las clases media alta y media de traer la epidemia por viajar en avión. Claro, también los conquistadores trajeron a América la tuberculosis, la sífilis, la lepra, la viruela, la rabia, entre otras enfermedades infectocontagiosas que diezmaron la población, no por eso voy a enemistarme con mis antepasados. Ahora un funcionario bucea en la hermenéutica del virus e interpreta su ideología: éste es democrático para expandirse pero profundamente clasista cuando hay que contar las muertes, afirmación sin sustento en las estadísticas oficiales. Podríamos seguir con la retahíla de dislates, ya cotidianos. La segregación clasista, al igual que el racismo engendra odio, que puede servir a tirios y troyanos, pero no a la convivencia. El uso de metáforas exige destreza preceptiva y, de ser posible talento.

Entusiasmarse con el futuro en un país que no tiene moneda, no tiene crédito, no tiene reservas, ni tiene confianza, resulta difícil, sobre todo para aquellos que desde hace décadas vivimos los altibajos y sinsabores de la historia. Nos cuesta ser optimistas porque hemos sido defraudados y esquilmados una y otra vez por todos los gobiernos. Claro que tenemos a nuestro favor la gimnasia que otros no tienen, desde hace mucho somos cobayos de laboratorio de expertos extranjeros que buscan desentrañar nuestra inveterada crisis. Es célebre la frase de Georges Clemenceau hace un siglo cuando dijo que aquí se roba de día mientras la riqueza crece de noche, o el comentario del humorista Cantinflas de que la Argentina tiene millones de habitantes que por más que se empeñan no logran hundirla, o más cercanos en el tiempo, en mis días de becario en Madrid, mis colegas me decían que el único problema que tenía este rico país era que estaba habitado por argentinos, y que si se reemplazara la población por alemanes, ingleses o nórdicos probablemente sería la primera potencia… Bromas aparte, la situación es compleja y angustiante. Y el humor social no se puede regular por decreto.

Los analistas señalan tres fenómenos: la situación sanitaria, la catástrofe económica y la pandemia psicológica, pero hay otros fenómenos importantes, contextualizados por una peligrosa performance política e ideológica. La salud pública, las libertades ciudadanas, el funcionamiento de las instituciones o la sana economía, no tienen por qué colisionar.

Antes de la cuarentena solía hojear los suplementos económicos, financieros y de negocios, hoy los leo detenidamente para entender lo que sucede. Un economista decía que el aislamiento en el planeta rompe con la esencia de la economía de los últimos siete mil años. Por formación suele abordar los problemas partiendo de sus orígenes, de allí que me resulte difícil ignorar los antecedentes. Platón era un inflacionista por lo que he leído, que convenció al rey de Siracusa de emitir y de darle a la moneda metálica un valor tres veces superior que el valor del metal. Le pidió el monopolio del Estado y puso un duro control de cambio, pero la gente encontró la manera de eludirlo. Siracusa tuvo una hiperinflación, a Platón lo vendieron como esclavo y lo compraron sus discípulos. Aristóteles era completamente ortodoxo, educó a Alejandro Magno, el hombre que sometió a Grecia y el corazón de Asia. Le dijo a Alejandro que si quería un imperio debía crear una moneda que circulara por los países y mantuviera su valor a través del tiempo. El destino de la relación con el poder monárquico no fue muy diferente para Aristóteles, debió huir para refugiarse en Atenas. En fin, todo muy actual después de veinticinco siglos. Me preocupa que la economía se distorsione y seamos víctimas de la crematística, algo que también fue motivo de preocupación para los antiguos griegos.

Frente a los cierres definitivos de negocios y empresas, con el drama social y el porvenir oscuro, procuro averiguar qué sucede. Tengo en casa a una egresada de ciencias económicas que me explica lo que no llego a entender. Tratar a los empresarios y comerciantes como si todos fueran villanos no es justo, desde ya que los hay, como en todos los ámbitos de la vida. Pero muchas críticas altisonantes ignoran, o prefieren desconocer, la perversa “tasa impositiva”, pues solo dos países en el mundo pagan porcentajes por encima del 100%: Comoras (219,6%.) y Argentina (106%,). El esfuerzo y el éxito aquí no son alentados por el Estado, son un demérito. Claro que Comoras es un archipiélago de tres islas volcánicas y algunas pequeñas islas en el Océano Índico, entre Mozambique y Madagascar, tiene menos de un millón de habitantes, en su mayoría árabes que profesan el islam suni. Este país africano se independizó en 1975, con una historia de fraudes y dictaduras, es uno de los más pobres del mundo… En fin, si uno se atiene a la evidencia, dejando de lado ciertos enjuagues ideológicos, no hay que ser muy inteligente para comprender buena parte del problema. Como decía Rabindranath Tagore: “La verdad no está de parte de quién grite más”.

Viviendo la cuarentena con moderación y prudencia.

01 lunes Jun 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Algunos amigos, lectores de este blog, me aconsejan ante este confinamiento intransigente que evite enojarme por las cosas que pasan. Y mirando por el espejo retrovisor de mi vida, hoy me doy cuenta que ya en mi juventud me indignaban las mismas cosas, lo que refuerza la tesis de que aquí nada cambia, todo sigue más o menos igual, a lo sumo los cambios son gatopardistas, destinados al consumo del rebaño (no hablo de la inmunidad de rebaño). Llegaron a aconsejarme la práctica del Budismo Zen, con énfasis en la meditación, la percepción de “la verdadera naturaleza», desestimando el conocimiento intelectual para facilitar la práctica espiritual. Yo agradezco las buenas intenciones, pero en lo que atañe a la espiritualidad he recorrido un largo camino y, una febril incursión entre los 20 y 25 años, época en la que procuré investigar todo lo que pude. Llegué a la conclusión de que ciertos conocimientos me están vedados, por eso eludo el tratamiento de cuestiones metafísicas y esotéricas que jamás resolveré. Por algunas de mis notas en los periódicos recibí la felicitación de gente que no conozco y que me habla de la Biblia, que interpreta la génesis de la actual pandemia a través del algún versículo, y me invita a concurrir a sus iglesias donde aseguran que allí encontraré todas las respuestas… Felicito a aquellos que han resuelto todas sus dudas existenciales y las del más allá, no es mi caso, vivo con la realidad del más acá, sin descuidar la espiritualidad que forma parte de mi vida íntima, la que defiendo contra el viento y la marea. No pretendo convertir a nadie imponiéndole mi religión, pero me desagrada que traten de convertirme. Recuerdo que viajando a Bolivia para dar una conferencia sobre “industrias culturales y ética”, en el avión tuve por compañero de asiento a un hombre de mi edad, muy simpático, que inició un diálogo trivial y, a los diez minutos advertí cómo sutilmente me llevaba al terreno escatológico. Zorro viejo en estas lides olfateé que seguía un manual de conversión dogmática, Mientras bebíamos, a cada pregunta solía responderle con alguna duda, pues, tengo una marca cartesiana que me delata: la duda metódica. Cuando nos despedirnos, me confesó que era pastor y le prometí que visitaría su templo, se puso muy contento, pero jamás cumplí la promesa. En otra oportunidad, en San Pablo, en un seminario de bioética, un pastor holandés se refirió a los pacientes terminales, subrayando que en esa etapa de la vida el enfermo solo necesita que lo acompañen y lo contengan, no más, y criticó a los religiosos que ven una oportunidad para hacer proselitismo. Trasladando esa idea a la crisis actual, pienso que no es momento de ganar prosélitos, pero nuestros políticos se rehúsan, son refractarios por no decir incorregibles, y bien podrían protagonizar la “La jaula de las locas”.
Los que me conocen bien saben que me gusta decir verdades, pero confieso que me duele cuando esas verdades agravian o dañan a aquellos por los que siento verdadero afecto, estén situados de uno o de otro lado de la grieta. Me pasa porque privilegio los afectos y, hago a un lado las ideologías y los dogmas, de allí el estribillo de la canción que cantaba Tanguito, “Pero el amor es más fuerte”. En mis días de Madrid, los medios convocaban a menudo a Borges y Sábato. Mis amigos españoles estaban indignados con los declaraciones de Jorge Luis, dueño de una ironía incisiva, que lanzaba un misil a un poeta español consagrado y se quedaba callado con la mirada perdida, en cambio no se enojaban con Sábato que también profería sus críticas pero enseguida se ponía colorado, como si inmediatamente se arrepintiese porque no era su intención agraviar.
En la clase dirigente actual salta a la vista una impericia en el arte de la palabra y en la trasmisión inteligente de los mensajes, en la oratoria y en la escritura, al extremo que todos los días deben salir en los medios a formular aclaraciones sobre lo que dijeron, incluso desmentidos sobre las declaraciones del día anterior. En fin, el estilo oratorio hace a la persona, pero la incontinencia verbal hace al relato…
Resulta patético ver peleas de la farándula y vedetes que se enfrentan por cuestiones políticas y, el presidente participa, más allá de declaraciones falaces, e incluso veo en los noticieros que él si puede abrazarse con la gente, y hasta quitarse en público el barbijo, mientras yo tengo prohibido abrazar a mis hijos y nietos. Entonces, al igual que otros me pregunto: ¿éste es el sentido de la justicia social, y el de la igualdad ante la Ley? No sé si el presidente tiene un aparato inmunológico premiun, pasó los 60 años, la vicepresidente tiene 67, el ministro de salud 74, pertenecemos a la misma generación….
En la zona donde circulo por razones domiciliarias, limitada por las avenidas Corrientes, Callao, Santa Fe y 9 de Julio, compruebo un estricto cumplimiento del protocolo, todos con barbijo, distanciamiento social, frasco de alcohol en gel en el bolsillo, y en los supermercados del barrio un celoso cumplimiento del personal de seguridad para que al ingreso uno se desinfecte las manos y no entre más gente de lo previsto. Eso no se puede ignorar, ya que revela la responsabilidad que otros no tienen. Entiendo que en algunas zonas carenciales ese cumplimiento resulte imposible en todos sus términos, y allí sí tiene que estar el Estado para ver cómo protege a esa gente.
Con el aval del dilatado ejercicio asistencial que tengo, en muchos detecto agotamiento en sus rostros, no es para menos, llevan 10 semanas de aislamiento, algunos en soledad, no saben cuánto más, y nadie los contiene psicológicamente. En la Argentina basta con ignorar un problema para negarle su existencia real. Un colega psiquiatra decía que la psiquis no aguanta más de 4 ó 5 semanas de aislamiento, por eso vengo insistiendo en que hay que buscar alternativas inteligentes y no autoritarias, acordes con la zona o región y la realidad sanitaria. En Europa hice una pasantía de dos meses en un departamento de medicina psicosomática, me fue muy útil para desarrollar otra visión.
Hace varios años, en Lisboa, participaba de un congreso europeo y, el día de la inauguración, mientras aguardaba la apertura, pasó a mi lado el presidente de Portugal con cuatro custodios y su edecán. Luego de escuchar a las autoridades del congreso, él tomó la palabra, dio la bienvenida en portugués a sus connacionales y en un inglés british impecable pronunció su discurso. La mayoría éramos extranjeros (quizá yo el único latinoamericano), y él habló con un conocimiento de la medicina interna y su repercusión social, sin ser médico, que me deslumbró. Ya sé que pudieron haberle dado letra, pero él la masticó, y en la elocución se atuvo a la preceptiva clásica: exordio breve, desarrollo meduloso y epílogo impactante. Cuando llegó mi mujer al cóctel, le pregunté por qué aquí no teníamos políticos de esa talla. Hoy otro es el presidente, quien llegó al parlamento para tomar su cargo a pie, no permitió que en el recinto hubiese familiares, quienes lo aguardaban a la salida mezclados entre el público. Como decía uno de mis profesores, si bien el hábito no hace al monje, es evidente que lo ayuda… En cuanto al Covid-19, Portugal tomó medidas rápidas y efectivas: de entrada hicieron más test que Noruega, Suiza, Italia y Alemania, establecieron servicios de urgencia exclusivos para estos enfermos así evitaban contagios en los hospitales, regularizaron a todos los trabajadores inmigrantes para garantizarles la sanidad (150.000), entre otras medidas. Portugal es elogiado por el manejo de la pandemia.
Cuando comenzó la cuarentena hice público lo que pensaba sobre medidas que no debían dilatarse (algunas se dilataron, otras ni se consideraron), y no hablo con el diario del día después porque repito está publicado. Los médicos internistas, a diferencia de los epidemiólogos y otros especialistas, somos como no me canso de repetir en todos los foros locales e internacionales, los que mejor preparados estamos para ejercer una medicina integral, vemos el árbol y también vemos el bosque, no usamos anteojeras.
Era obvio que de entrada había que poner énfasis en los geriátricos, asilos, villas de emergencia y sujetos en situación de calle. Era obvio que no podía existir un protocolo único para realidades poblacionales tan desiguales. Era obvio que de entrada había que proteger al personal de salud por el alto grado de exposición. Era obvio que no se podían desatender otras patologías que incluso ocasionan más muertes. Era obvio que la “comunicación sensible” debía ser filtrada por psicólogos, para no infundir miedo, si no para que la población tome conciencia, sepa cuidarse y cuidar a los demás, eso forma parte de la educación, pero interesa más el adoctrinamiento, así nos fue y así nos va.
Uno puede imaginar o incluso planificar el futuro personal, sin embargo ante una situación de crisis como la que vivimos, gravísima, lo correcto es que el que lleva el timón explicite la hoja de ruta (dudo que la tenga por el tiempo transcurrido sin dar señales), la comunique de manera clara, sencilla y con precisión, así la gente puede saber hacia dónde navegamos y cuáles serán los puertos a tocar. Si el mensaje es breve, mejor, ahora si su contenido es anti-lógico, mixturado con chicanas y golpes bajos, que no se enoje si llueven las críticas, pues, cada uno debe hacerse cargo de sus palabras.
En Quilmes, en la Villa Azul, el asentamiento es de los años 60, y enfrente separada por la ruta, la Villa Itatí es de los años 50. Un hombre dice que el agua sale sucia y le da miedo dársela a los niños, una mujer comenta que espera atención médica desde hace un mes, otros se quejan por falta de comida, mientras la propaganda oficial (que tanto nos cuesta a los que pagamos impuestos) dice: “El Estado presente”, pero acaso alguna vez estuvo presente el Estado en estos 210 años de historia. Reparemos que La Villa 31, en Retiro y próxima a la Recoleta, es la emblemática de CABA, un asentamiento que comenzó en 1932, en la “Década infame” o de la “república conservadora” (entre 1939 y 1943), época caracterizada por el desarrollo y la bonanza económica, al extremo que se tropezaba en el Banco Central con los lingotes de oro, pero también época caracterizada por el retroceso de las libertades ciudadanas. Mi padre me contaba que cuando debió votar por primera vez, en un corralón de Villa Crespo bajo custodia del ejército, el presidente de mesa le pidió la libreta, la firmó, selló, y le dijo: usted ya votó… La justificación era el “fraude patriótico”. En fin, los barrios de emergencia según fuentes oficiales, en la Provincia de Buenos Aires desde el 2001, pasaron de 385 a 1.800 asentamientos, donde viven 12.300.000 seres humanos y esto, es, evidencia, punto. Como dijo Charles P. Scott en su famoso editorial de The Guardian: “Las opiniones son libres, los hechos son sagrados”.

Viviendo la cuarentena con lentitud y pasividad

22 viernes May 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Hoy es un día que se percibe en el ambiente el olor a geosmina o a tierra mojada, ha llovido, el cielo está gris como el alma de muchos que han perdido toda esperanza. Pienso que para algunos la cuarentena puede llegar a ser una revelación. Tanto tiempo encerrado con uno mismo, teniendo que soportarse, no es fácil. Antes de la cuarentena uno estaba la mayor parte del día fuera, ocupándose de diversas tareas, olvidándose de uno mismo. Ahora todo es diferente, incluso uno tiene que bancarse a sí mismo.

Mi generación, la mítica generación de los 70, aquellos que íbamos a cambiar el mundo, vivía con mucha prisa, al menos eso sucedía con los que éramos ambiciosos En efecto, era una carrera contra el tiempo. Estudiar, graduarse, trabajar, casarse, tener hijos, hacerse lo antes posible de un porvenir, y pienso que todo remedaba una maratón. Mi madre cuando vivía, recuerdo que no se cansaba de pedirme que bajara la velocidad, me recomendaba que cuidase mi corazón. Como sucede con los jóvenes, no les prestaba mayor atención, además las enfermedades eran para los enfermos, no para los médicos. Mi jefe de cátedra solía decirnos que a partir de los 40 años uno comienza a tomar conciencia de su propia anatomía. Recuerdo que Laín Entralgo sostenía que el médico es el único ser que sabe de la muerte pero no cree en la propia muerte.

Claro que ahora por la edad y la jubilación, el sistema imperante (el adjetivo es el correcto) ha decidido que yo forme parte de la clase pasiva, de esos ancianos que merecen cuidados especiales y deben permanecer recluidos en sus casas por la posibilidad del contagio, en una actitud de paternalismo duro que no resulta coherente con las medidas conexas que impone a esta franja de la población, y que a su vez desnuda una gélida hipocresía. Si por razones de fuerza mayor debo salir a la calle, primero tengo que gestionar el salvoconducto. El gobierno ha ofrecido enviar a algún ignoto voluntario a ayudarme con las compras del supermercado, como si uno no pudiera desplazarse por sí mismo en el radio del barrio, usar un barbijo, no tapaboca como incorrectamente se denomina ya que también hay que cubrir la nariz, guardar la debida distancia social (no se refiere a la distancia de clases) y, recurrir al lavado de manos e higiene del calzado cuando se retorna al hogar. No importa que uno esté en pleno uso de sus facultades mentales, ni que pueda correr un colectivo o todavía cumplir con algunos menesteres que el mandato social adjudica solo a los jóvenes… Este impoluto Estado, me considera un minusválido, un incompetente moral, un muerto civil con la excepción de que debo pagar religiosamente los impuestos (hay que mantener el clientelismo y la corrupción) y por supuesto ir a votar. Así estamos de jodidos.

Tengo 71 años, me gradué a los 24, a los 29 me fui con mi familia a vivir a Europa por haber ganado en un concurso abierto de méritos (hoy tiene muy mala prensa la meritocracia) una beca escuálida para estudios de perfeccionamiento. Entonces aquí se vivía la etapa del Proceso y muchos hoy me preguntan si la decisión no obedeció a esa situación. De ninguna manera, la prueba es que volví cuando los militares todavía estaban en el poder (en el exterior la embajada cada tres meses solicitaba informes al servicio donde yo concurría). Siempre creí en la “resistencia interior”. Recuerdo que ya formado en mi especialidad, además de conservar el empleo inicial, era jefe de guardia en una clínica privada, tenía mi consultorio particular, también había defendido la tesis doctoral y aprobado los exámenes de ingreso a la carrera docente. Vendí el auto para pagar los pasajes y tirar allá un poco. Algunos me dijeron que era una locura, que estaba quemando las naves y, yo siempre respondía que iba tras un sueño, que ese era el momento de mi vida para concretarlo y que no lo iba a desaprovechar, pues, otra vida no tendría. Claro que la vuelta no fue fácil, y esos actos de libertad y romanticismo se pagan caro… Gracias a Dios, todos los días sigo levantándome a las 5:30 de la mañana, aunque de estudiante me levantaba media hora antes. Trabajo con el mismo entusiasmo que siempre tuve, quizá porque estoy habituado a hacer lo que me gusta y no lo que otros pretenden. Al respecto, no me canso de aconsejarles a los jóvenes que hagan lo que les gusta, que den rienda suelta a la vocación, y que no tengan temor a las críticas. Una prueba de ello son mis hijos, ninguno quiso ser médico (lo que revela que no tienen afición por el martirio), y no les ha ido mal en la vida. Pertenezco a la clase etaria de los abuelos, tengo dos hermosos nietitos que me brindan felicidad, de cuatro y un año respectivamente, solo a ellos les reconozco el derecho y el privilegio de llamarme abuelo, los otros pueden abstenerse.

No me preocupa la prohibición de ir a la plaza para darle de comer a las palomas y así matar el tiempo hasta que a uno lo llamen del más allá. Después de muchos años de abstinencia he vuelto a ver los noticieros locales, que sólo hablan del coronavirus, en sentido positivo o negativo, según la lealtad del medio, algo similar sucede con los diarios, pero el virus me ha impuesto y he aceptado escuchar las campanas locales, no porque tema que me pongan el rótulo de antipatria, que ya lo han hecho. Antes de este confinamiento monacal, junto a un hedonismo gastronómico e incremento de peso, solo veía la BBC de Londres, la Deutsche Welle y rtv5 france, informativos realmente serios, que me situaban en el mundo, pero los tiempos han cambiado. Unos diez o quince días antes de la cuarentena, estaba en un mítico café porteño, mientras cumplía con mi rito cotidiano de garabatear algunas notas, y vi en el plasma el informe de un periodista de Crónica donde mostraba un gráfico que comparaba el Dengue y el Coronavirus, arribando a la conclusión de que el primero era una enfermedad de la pobreza y el segundo propio de ricos. Estas manipulaciones despreciables son típicas de los pasquines. Por su parte el ministro de salud cuando comenzó la pandemia y le preguntaron por el contagio local, dijo que China estaba muy lejos, lo que sería aceptable si viviésemos en el Medioevo, pero los virus también viajan en avión y llegan a cualquier parte en unas horas. Hoy los mayores contagios están en las villas de emergencia y la gente allí está muy distante de ser rica. Por otra parte, ese mensaje intenta ahondar la grieta social. Yo viajo todos los años en avión y no soy rico, y los laboratorios no me pagan el viaje a los congresos europeos (reconozco que hace muchos años alguno ha tenido la atención), lo pago con el fruto de mi trabajo, de allí que esté pendiente de mis ingresos, comenzando por la jubilación que parecería ser un acto caritativo del Estado hacia la clase pasiva, aquella que no produce nada y parasita a la clase laboral activa. No soy rentista ni vivo de la especulación en la Bolsa. Tengo todo el derecho de indignarme y decir públicamente lo que pienso, porque ya al mes de graduarme estaba en relación de dependencia haciendo aportes, durante muchos años aporté simultáneamente en dos cajas (trabajaba en un hospital por la mañana y por la tarde en otro, sin contar la universidad ni la actividad privada). Hoy como jubilado sigo en plena actividad y pago impuestos en capital y en provincia, así que el Estado no me regala nada… Pero sí tengo conciencia que con mis impuestos se mantiene a muchos vagos que desde hace décadas no trabajan, además de los extranjeros que a cambio del voto todos los meses cruzan la frontera para cobrar sus beneficios del Estado, y muchas otras yerbas clientelares en las que por razones de espacio no me extenderé. Los jubilados fuimos perjudicados con el gobierno anterior y ahora más perjudicados con el actual mediante una medida anticonstitucional (habría que escribir una historia de los ultrajes a la Constitución). Los militantes han adoptado la inveterada fórmula de ser duramente críticos en la oposición, llegando incluso a la violencia, y llamativamente distraídos cuando los suyos están en el poder. Y conste que no llevo agua para ningún molino, siempre fui independiente (independencia que mi padre interpretaba como escepticismo político), me enorgullezco de tener esa libertad y, me identifico con la frase de Nietzsche “Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes”. Por eso desde mi mirador no comprometido con ninguna corriente, y sin ser prisionero de ninguna ideología, sostengo que así no hay futuro posible.

Volviendo al ritmo lento de vida que estamos adoptando de manera obligada, leí una nota que le hicieron a Carl Honoré, autor del best seller “Elogio de la lentitud”, quien decía que nos hallamos inmersos en un taller de lentitud, impuesto, que estamos viviendo una gran desaceleración, y que esta cuarentena que algunos la viven como una pesadilla, puede ser suficiente para que cambie el chip, o sea para que cambien las prioridades. Puede ser, me gustaría que así sea. Él lo ve como un momento epifánico, que podemos aprender lecciones de esta experiencia. Y estoy totalmente de acuerdo cuando sostiene que: “Una sociedad se juzga no por cómo trata a los más fuertes, sino a los más débiles”.

A medida que transcurren los días uno advierte que la situación social cada vez es más trágica. La gente se enfrenta al dilema del hambre o del riesgo a perder la salud, y quizá la vida por efecto del hambre, del virus o de ambos. Confieso que me produce tristeza. Tenemos un 20% más de femicidios (antes se denominaban eufemísticamente crímenes pasionales), aumentó el consumo de alcohol (el antidepresivo más barato), y también se incrementó la automedicación para adaptarse a los imperativos sociales actuales. El encierro prolongado altera la salud mental y esto no se puede ignorar cuando se elabora un protocolo, hay que buscar alternativas que no sean mayormente riesgosas. Me sorprende cuando los que asesoran no revelan una “conciencia anticipatoria”, pues, bástenos con tener sentido común, el que no se adquiere en ninguna universidad. Mientras tanto la clase política se preocupa en aparecer en las fotos (cultura de la imagen) y recurre a las consabidas chicanas, su deporte favorito. Así como los filósofos desde los tiempos de Sócrates se preocupan por dar con la pregunta correcta, a los políticos solo les interesa la respuesta, pero que convenza, aunque sea una mentira.

Yo tengo la sensación de que en la Argentina “vivimos la vida de la marmota”, ya que todos los días convivimos con la misma decepción, esté quien esté en el poder. Hace mucho que decidí no ser cómplice de este sistema perverso. Soy de los que creen que en algún momento de la vida hay que decir: ¡Basta! En efecto, basta de engaños, más allá de que el fenómeno no sea exclusivamente nuestro. Observo el panorama sanitario mundial y, salvando pocas excepciones, compruebo que el relato pretende doblegar al coronavirus, sin advertir que, es, la crónica de una muerte anunciada.

Viviendo con estoicismo la cuarentena

14 jueves May 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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En estos dos meses de severo confinamiento mis salidas son muy limitadas, dado a que pertenezco a la estigmatizada población de riesgo. Suelo ir a la farmacia, al supermercado o a poner en marcha el automóvil. Al retornar, antes de entrar al departamento, sin pertenecer a la cultura japonesa me saco los zapatos, no soy un nipón, y rápidamente procedo al ritual de la desinfección, buscando cierta purificación.
Todas las mañanas, a las cinco y media, tocan el timbre del portero para dejarme los diarios. Bajo al vestíbulo y está mi canillita, Ramón, siempre con barbijo y guantes. El buen hombre, de escasa instrucción, desde el principio entendió que debía tomar recaudos, algo que no entendieron otros con instrucción universitaria, incluyendo jueces, médicos y políticos. Pero claro, esto se da en una sociedad donde la instrucción se confunde con la educación, y la enseñanza-aprendizaje con el adoctrinamiento. A propósito, nunca imaginé que daría clases a los alumnos desde el escritorio contiguo a mi dormitorio, desprovisto del hábito hospitalario y en pantuflas. Los alumnos revelan una gran disposición, lo valoro mucho y me entusiasma, y la universidad no quiere que pierdan el ciclo lectivo, me parece bien. Pero la virtualidad tiene sus limitaciones.
A toda hora debo atender las consultas de mis pacientes vía WhatsApp, procurando en la medida de lo posible que no concurran a las instituciones médicas. También por esta vía, así como por e-mail y Messenger, trato de responder las consultas de jóvenes colegas sobre casos clínicos que están en la guardia o que fueron internados. Reconozco que es una manera diferente de ejercer la profesión, mi generación está acostumbrada al “face to face”, pero la realidad se nos impone y, más allá del uso de las herramientas tecnológicas, hoy Darwin es más actual que nunca, también lo es Marx y hasta Malthus. De pronto desaparecieron los pacientes que solíamos asistir antes de la pandemia, tal es el temor que tiene la gente que se dejar estar, tanto en las consultas para diagnóstico como en los tratamientos, incluyendo los oncológicos. Una situación muy peligrosa que traerá consecuencias. En los diálogos telefónicos con pacientes (y no pacientes) advierto un sentimiento de fastidio, no solo es la preocupación por el lucro cesante, que nos castiga a todos, sino en las deudas que no se pueden pagar o la incertidumbre ante el futuro, y el evidente cansancio del encierro. Por ello no dudo que saldremos del confinamiento con angustia, depresión y patologías psicosomáticas. Todos los días me manifiestan el fastidio por la vida de clausura que impone la cuarentena, casi trapense, y creo que los únicos que están a gusto son mis amigos escritores que viven de sus libros.
La poliomielitis apareció en la Argentina cuando yo era un niño, sin embargo guardo recuerdos vivos de esa época. Siendo un médico ya formado, tengo presente la epidemia de SIDA en los 80 y 90, los disparates que algunos dijeron sobre la enfermedad y las crueles estigmatizaciones sociales, incluso la pérdida de un primo muy allegado y al que quise como si fuera un hermano. Se fortaleció el secreto médico, cambiaron los hábitos sexuales y se inició una nueva época. La pandemia de gripe porcina o influenza A (H1N1) llegó a la Argentina a finales de abril de 2009. Recuerdo que dos médicas de nuestro servicio la contrajeron. Entonces el gobierno no tomó las medidas sanitarias apropiadas, y adelantó las elecciones para el 28 de junio que debían hacerse en octubre. Las estadísticas de aquí casi nunca resultan confiables, el subregistro suele ser la regla, pero se confirmaron cerca de 12.500 casos y fallecieron 685, el país fue el segundo en el mundo en número de muertes (…) La OPS lamentó que la pandemia se mezclase con el proceso electoral legislativo, pero entonces se privilegió las elecciones (por una cuestión estratégica), no la salud de la población. Fui a votar un domingo de pandemia. Los argentinos tenemos una memoria frágil, qué desgracia, por eso repetimos la historia, aunque de diferente manera. Años después, la presidenta dijo que en la Argentina había menos pobreza que en Alemania, que éramos uno de los países más igualitarios, semejante dislate me obligó a escuchar las quejas de amigos que viven en Berlín y que se sentían ofendidos. Hoy los países del cono sur enfrentaron con rapidez al coronavirus. Primero Paraguay, que impuso la cuarentena el 10 de marzo y tiene menos muertos que nosotros. Días atrás el presidente hizo una comparación innecesaria y desafortunada, citó como ejemplo negativo a Suecia. La respuesta de un periodista sueco no se hizo esperar. Tigran Feiler dijo que, “fue un argumento para acallar las críticas que tiene la cuarentena en la Argentina”, y explicó que en Suecia la economía no determina la forma en que se combate al Covid-19. La estrategia está enmarcada en una tradición de instituciones fuertes y creíbles independientes de la fuerza política que gobierna (nada que ver con nosotros). En el caso del Ministerio de Salud lo gestionan los expertos que siguen en sus trabajos pese a los cambios de gobierno (muy distinto a nosotros). Son realidades diferentes y, en las comparaciones, solemos hacer el ridículo.
Los otros días, mirando un informativo por TV, el periodista mostraba una casa funeraria de Manhattan, se veía en la calle varios camiones con cámaras frigoríficas repletos de cadáveres, pues las funerarias estaban desbordadas, pero había un camión tipo flete, sin cámara frigorífica, con cadáveres apilados y, caía a la calle un líquido maloliente, motivo por el que los vecinos llamaron a la policía de New York. Al comprobar el hecho, les labraron una infracción, según el periodista no podían llevarlos detenidos, no habían cometido ningún delito. El año pasado, convoqué a la policía de New York porque el taxista que me llevó del aeropuerto JFK al hotel, estuvo dando vueltas sin sentido y, al llegar insistía en cobrarme lo que marcaba el reloj. Indignado, no estaba dispuesto a pagarle lo que no correspondía, era una estafa. El oficial me dijo que entendía mis razones, pero yo debía pagar lo que marcaba el reloj, de lo contrario me llevaría detenido por cometer un crimen… Me sorprende la policía neoyorkina.
Cuando uno tiene la suerte de viajar por el mundo y recorrerlo sin los consabidos tours, comprueba que en todas partes hay pobres. En efecto, a todo lugar donde fui los vi. En muchos casos se procura que estén fuera de la vista de los turistas, pero uno es observador y sabe mirar, de allí que las noticias no me sorprendan. Esos pobres de los países ricos siempre estuvieron allí, claro que ahora son muchos más.
En mi etapa veinteañera leí “Pensamientos” de Pascal, quien tenía un estilo más bien fragmentado y aforístico. Una frase que han reflotado ahora con la cuarentena: “…he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación. Un hombre que tiene lo suficiente para vivir, si supiese quedarse en casa con placer,…). Y claro, sirve para apuntalar la consigna de no salir de casa. La cuarentena es la medida más antigua y efectiva que se conoce frente a una epidemia, el tema es que no sirva para barrer la suciedad bajo la alfombra… El aislamiento ha interrumpido traumáticamente nuestra rutina, con la que teníamos una cierta seguridad, ahora debemos pensar en cómo será la nueva rutina.

Debo confesar que extraño mucho el contacto con aquellos seres que amo, quisiera estar con mis hijos y mis nietos. También extraño los abrazos y los besos, o el dar la mano. Todos los días me pregunto por cuanto tiempo no podré, y de prolongarse, si no terminaremos por perder estas demostraciones de afecto. Creo que, en general, somos muy demostrativos, luego de los italianos somos los que más movemos las manos en la conversación. Un amiga española me decía que le gustaba esa “cosa maricona” que tenemos los hombres de aquí de darnos un beso como saludo. En ocasiones dos besos, como los franceses. El problema son los tres besos. En efecto, cuando estaba en El Líbano, los primos de mi mujer se abalanzaban para darme un beso en cada mejilla y yo procuraba cuidarme de que el tercer beso no se convirtiera en un pico.
Me agradan las manifestaciones de solidaridad de algunos, porque sé que son genuinas, pero la insolidaridad es una constante en una sociedad cínica como la nuestra, bástenos el ejemplo de los aplausos y las discriminaciones de los vecinos, o la calificación de héroes y la tradicional postergación en los salarios de los médicos. A diario compruebo esta falta, comenzando por el consorcio donde vivo. Creo que algunos saldrán de la pandemia algo sensibilizados, más humanizados, pero no muchos. Ojalá me equivoque.
Cada vez que aparece una carta o nota mía en algún periódico, recibo felicitaciones de gente que no conozco, también están los que quieren reclutarme para su iglesia, otros me han dado a entender su intención de no leer nada de lo que escribo (es su derecho), y no faltan los que politizan mis comentarios y no admiten que alguien argumente en contra de su fanatismo. Primero, estoy cansado de manifestar que soy creyente, pero mi religión y espiritualidad forman parte de mi vida íntima, punto. Segundo, desde joven intentaron seducirme para incorporarme a sus filas amigos peronistas y anti-peronistas, con cortesía rechacé sistemáticamente la propuesta, de ahí que jamás ocupé ni ocuparé un cargo importante en el Estado. Tampoco pertenezco a ciertas roscas profesionales de donde salen los que integrarán el canon, los prohombres y los maîtres. Soy por propia decisión un outsider. Y estoy convencido que la condición de maestro la conceden solo los alumnos y los discípulos, no las instituciones, guiadas por tejemanejes políticos.
En mi primer grado concurrí a la Escuela Modelo Nº1, en La Plata, a metros de donde vivía. Aún siendo tan pequeño recuerdo que en esa escuela estatal nos daban enseñanza religiosa obligatoria y nos hablaban de “La Razón de mi vida”, de Santa Evita. ¡Qué podía entender a esa edad ! Mi padre no lo veía mal, él habia concurrido a una escuela católica y era un peronista que creía en la justicia social. Ahora sé que en ese momento me aplicaron la vacuna doble o quizá la polivalente. Como católico, apruebo la laicidad, la “separación real” del Estado de la religión, por respeto a quienes no son religiosos o practican otros cultos. Como demócrata y republicano, desapruebo la infiltración ideológica en los poderes del Estado. Los seres humanos somos como los frutos, unos maduran en consonancia con la naturaleza, otros permanecen verdes y, no faltan los que se pudren y contaminan. Recomiendo como ejercicio contra la intolerancia leer a los que no piensan como uno. Me seduce la crítica, claro que para ejercerla se necesita primero la autocrítica, caso contrario se cae en la hipocresía. Pienso que lo ideal es que los intelectuales estén lejos del poder y de las capillas partidarias para así evitar los compromisos y no ser presa de taras ideológicas, pues, gracias a estas taras tuvimos la Segunda Guerra Mundial con 60 millones de muertos… Basta por hoy.

El triple salto mortal sin red

28 martes Abr 2020

Posted by Roberto Cataldi in Todos los artículos

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Cuando entrando en mi adolescencia vi realizar a un trapecista el  triple salto mortal sin red en el cine, quedé impresionado. Obviamente exige una excepcional destreza y el peligro está en que si falla, no hay red… Esa imagen la tengo presente cuando algunos pretenden salir de la cuarentena sin prudencia ni mayores recaudos.

Slavoj Zizek, filósofo e ideólogo del movimiento Occupy Wall Street, al inicio de la pandemia sostenía que se trataba de un golpe letal al capitalismo y que sería una gran oportunidad para reinventar el comunismo. Yo no veo el tiro de gracia al capitalismo, menos veo al comunismo reinventado como una alternativa. Byung-Chul tampoco cree en la predicción de Zizek, por el contrario, vislumbra al capitalismo más pujante pero cree que es necesario aprender cómo los países asiáticos gestionan a través del control electrónico la crisis planetaria. Es evidente que en el sistema capitalista existe la lucha global de dos modelos, el devenido de los valores tradicionales del liberalismo (no del neoliberalismo actual que prescinde de la ética),  y el modelo chino con su fuerte visión autoritaria y que hace abstracción de las reglas de juego. En el primer caso tenemos el antecedente de la Ilustración y paralelamente la industrialización, desarrollo que se acompañó de cierta evolución ética y política (a diferencia de China). Algunos en la búsqueda de la felicidad  quisieron alcanzar un “mundo perfecto”, para lo cual recurrieron al terror, como sucedió con Robespierre en la Revolución Francesa. Luego no pocos regímenes se hicieron del terror como herramienta para gobernar, los antecedentes más cercanos los tenemos en el siglo pasado con los totalitarismos que nos condujeron a dos guerra mundiales, entre otros conflictos bélicos. Pero una visión diferente sostiene que la felicidad puede alcanzarse fomentando la libertad, los derechos humanos y, hasta podría acentuarse con la tecnología al servicio del hombre (Big data).

Ahora bien,  no hay duda que la pandemia puso al descubierto lo que en el mundo venía aconteciendo y se rasgaron los decorados. Hoy  por hoy la pandemia, el capitalismo y la globalización colisionan. Sin embargo, esta oposición de ideas, principios e intereses no será el fin del capitalismo ni el de la globalización, tampoco ésta será la última pandemia, como inocentemente creyó todo el mundo al finalizar la Gripe Española.

Si  reparamos en tres epidemias que se dieron en momentos históricos totalmente diferentes, salvando las distancias, podremos sacar algunas conclusiones y quizás enseñanzas. Me refiero a la epidemia que se dio en Atenas durante la Guerra del Peloponeso (antigüedad), la Peste negra (medioevo) y la Gripe Española (modernidad). 

En el segundo año de la guerra contra Esparta (430 A.C) la epidemia que asoló a los atenienses, según Tucídides,  hizo que éstos se volvieran indiferentes a los mandatos de la religión y de la ley, sin embargo la democracia no sucumbió, por el contrario salió fortalecida debido a que estaba consolidada y los atenienses defendían la libertad de expresión y valoraban la verdad, justamente esos valores que hoy aparecen jaqueados.

En lo que atañe a la Peste negra, Peter Frankopan sostiene que ésta fue el efecto más notable de las conquistas mongoles sobre la transformación de Europa. En efecto, la peste propagada por pulgas, roedores y camellos a partir de la estepa euroasiática atravesó Europa, Irán, Medio Oriente, Egipto y la península arábiga. Y terminó por eliminar la Horda de Oro (estado mongol que abarcaba los territorios actuales de Rusia, Ucrania y Kazajistán) que rodeaba las factorías genovesas de Caffa (Crimea). Como siempre sucedió en la historia, las rutas comerciales fueron las rutas de los microbios. Dicen que los habitantes de la isla siciliana de Messina lo comprendieron muy tarde, cuando vieron a los mercaderes genoveses gravemente enfermos, escupiendo sangre por la neumonía a la vez que  el cuerpo se cubría de forúnculos (peste bubónica). Así como en la antigua Roma las epidemias de los siglos II y III impulsaron el camino al feudalismo,  la peste del siglo XIV aceleró el fin del mundo feudal. La pandemia le dio el triunfo a Occidente y los más pobres pudieron negociar con los ricos, aumentó el precio del trabajo por la despoblación, los alquileres se redujeron, los contratos con los campesinos se prolongaron, bajaron las tasas de interés, los jóvenes experimentaron una mejor redistribución de la riqueza, pues, dicen que viéndose con la muerte cara a cara fueron poco tentados por el ahorro y consumieron mucho más. La sociedad prestó atención a la moda y se desarrolló la  industria textil europea. Como a menudo sucede, el beneficio de unos, es, el perjuicio de otros, por eso la desgracia de Génova se convirtió en el éxito de Venecia que ejerció un férreo control con el comercio de especies. El mayor  ingreso y la redistribución  influyeron en lo que luego sería el Renacimiento. Y este fenómeno se repitió con la Primera Guerra Mundial y la prosperidad de  “los felices años veinte”. 

La Gripe Española sucedió inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial y, dicen que sería imposible saber cuál de estos dos sucesos provocó la reducción de la desigualdad. Por su parte Alemania y Francia decidieron conmemorar la Gran Guerra  e ignorar la Gripe Española.

Peter Frankopan cree que todos los caminos conducen al auge de Asia por sus inmensos recursos naturales (70% de todas las reservas de petróleo del planeta y el 65% de las de gas natural), pero aclara que no son solo estos recursos los que apuntan hacia un mundo distinto, sino la ambición de futuro de los dirigentes de estas nuevas rutas de la seda.

Yuval Harari piensa que es posible que los gobiernos más poderosos dejen de lado los nacionalismos y el monopolio de las ventajas sanitarias para tener una actividad más global y responsable, y cree que  para lidiar con esta situación como humanidad necesitaremos de un “sistema global de producción y distribución de equipamiento médico”.  No dudo de que sea imperioso que haya una distribución justa y no que los países más ricos monopolicen los recursos en perjuicio de los más pobres. Bástenos la guerra comercial por la adquisición de material médico que se está dando en estos momentos con una absoluta falta de ética en medio de una crisis humanitaria. Esta competición egoísta y nacionalista no será gratuita, ya que dejará resentimientos.

Daniel Innerarity considera al cambio climático, el dominio financiero de la economía y la interdependencia global como tres factores que exigen repensar la democracia y que revelan la necesidad de una “nueva teoría política”. La pandemia, algo no previsto, nos encerró en el espacio doméstico y nos obliga a mirar el mundo desde nuestra casa. Los seres humanos vivimos, según Innerarity, en tres mundos a la vez (el del afecto, el de la indiferencia y el del conflicto), y si de repente nos suprimen los dos últimos, saldremos de esto revalorizando el ámbito público, no el privado.

En la actual pandemia descubrimos múltiples escenarios donde surgen “tantas acciones” como “falta de acciones”, y unas y otras terminan con consecuencias graves. Permanecemos recluidos por prudencia y también por temor. Para muchos significa la soledad y los desencuentros, pero el aislamiento también puede implicar falta de cuidado y necesidades básicas. Hay quienes están muy vulnerados y sostienen que si no los mata el coronavirus los matará el hambre o quizás el hacinamiento. En fin, crisis económica, malhumor social, agobio, insomnio, emociones que dificultan  pensar, concentrarse, tomar las decisiones correctas. Nadie sabe cómo saldremos de la crisis y no son pocos los enigmas del presente. Salir de la cuarentena en medio de metáforas bélicas nos remite al general chino Sun Tzu que hace 25 siglos aconsejaba cómo implementar la retirada en el campo de batalla. 

Me preocupan los populismos en ascenso, expertos en manejar el miedo, que además de descalificar a los expertos y las instituciones (incluyendo la democracia),  subestimaron de entrada la pandemia (Trump, Boris Johnson, Bolsonaro, López Obrador y otros) cuando no la ocultaron (Xi Jinping).

Innerarity dice que estamos compartiendo una misma vulnerabilidad que nos llevará a desarrollar formas de inteligencia colectiva, es posible, aunque nada nos asegura que vayamos a aprender. Pero hay valores públicos que hemos redescubierto, como la Salud Pública (con mayúsculas). Y se ha tornado más evidente la muerte en soledad, anónima y deshumanizada, conectada a un respirador. Los políticos nos han demostrado, una vez más, que escenifican hasta el hartazgo, para ellos vale más una foto que mil hechos. Asimismo hemos advertido que la corrupción jamás se toma vacaciones, y que es muy fácil pregonar la solidaridad con el bolsillo del otro. Mi padre solía decir que hay que hacer el bien sin esperar recibir nada a cambio.

La veta anarquista de Borges lo llevó a decir: “Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.” En fin, pienso que no es el momento de alimentar utopías, prefiero comenzar por juzgar el pasado para construir el futuro. Y en todo caso, como decía Gandhi, de lo que hagas hoy dependerá el futuro.

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