El pensamiento independiente y la debacle global actual

Los que asumimos una tesitura independiente de las ideologías, los partidos políticos y ciertas banderías, a mendo tenemos dificultades por no ser registrados en el pensamiento binario, pues generamos un problema de taxonomía a los comisarios del pensamiento, tal vez porque no sepan cómo etiquetarnos o qué categoría endilgarnos, aunque algún epíteto siempre nos adjudican: “indiferente”, “no comprometido”, “inclasificable”, “egoísta”, “tibio”, entre otros calificativos. En verdad, no es que uno viva en una “torre de marfil”, aislado e indiferente de los problemas sociales o ausente de la realidad circundante. Por el contrario, uno es muy consciente de los problemas, conflictos y dilemas existenciales que se viven en nuestros días, así como del caos y de la inversión de valores que insolentemente nos imponen con el viejo lema de Margaret Thatcher: “There is not alternative”, cuando en realidad, existe alternativa.

Hoy más que nunca necesitamos fomentar el pensamiento crítico en la sociedad, estimular a que el ciudadano de a pie observe con objetividad, reflexione, y exprese sus opiniones libremente pero con responsabilidad, en un medio que cada vez tolera menos al que no está de acuerdo. En efecto, la consigna “prohibido prohibir”, a veces nos induce a pensar lo contrario: está prohibido disentir o criticar. Pues bien, el poder no tolera la disidencia y la falta de homogeneidad, ya que ve a la población como una masa carente de forma o estructura, que puede ser fácilmente manipulada con su relato.

Está claro que el individuo cuando abandona su individualidad para incorporarse a la masa, actúa de manera diferente, ya sea espontáneamente o irracionalmente. Y cuando emergen voces que el poder considera disonantes para sus intereses y propósitos, las aplaca sin tapujos, logrando el silencio por medio del temor, la censura u otros métodos. Con el silencio se pretende ocultar la verdad, camuflar los conflictos, perpetuar las flagrantes injusticias. Los slogans: “las mayorías silenciosas” o “la calma de la calle”, son una trampa, pues, estas situaciones suelen preceder a las tormentas sociales.

El intelectual a menudo es una incomodidad para el poder, también para la gente cuando le señala sus defectos, de allí que si el intelectual decide incursionar en la política, es habitual que no tenga éxito. Decirle al público la verdad no es gratuito. George Orwell sostenía que, “Libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír”. Y la misión del intelectual es despertar conciencias, motivar a la gente a pensar en profundidad sobre los aspectos difíciles y complicados que tiene una sociedad, procurando el bien común. De todas maneras, los tiempos que corren exigen que se reinvente, y que la democracia logre superar el tremendo enredo que la deteriora, incluyendo la salud de la república.

El presidente de un país no es un monarca, tampoco el CEO de una megaempresa. En una sociedad democrática la libertad y la igualdad son conceptos fundamentales, y la igualdad conecta con el Estado de bienestar, que fue creado después de la Segunda Guerra Mundial, justamente para salvar al capitalismo. Recordemos que Keynes, tan combatido por el neoliberalismo, nunca fue socialista ni comunista, defendió el sistema capitalista. Y la democracia no se concibe sin la participación activa de los ciudadanos, que legitima la protesta y la lucha por la ampliación de derechos. En cuanto al sistema republicano, se impone la división de poderes stricto sensu y el imperio de la Ley. De lo contrario desde el poder se construye una farsa…

Es evidente que todo esto va más allá de las teorías en las que se sustenta la existencia del Estado y la sociedad. Como ser, el inglés Thomas Hobbes (1588-1679) concibió el Estado moderno como un Leviatán (aquel monstruo marino bíblico que despide fuego): el ser humano es egoísta y violento por naturaleza (Leviatán,1651), y al dejarlo a su libre albedrio se convierte en “el lobo del hombre”, por consiguiente es necesario establecer normas rigurosas y penalidades al que las transgreda, para beneficio de la especie y, así se constituye la Ley y el Estado en la modernidad, entonces surge el pacto entre todos los seres humanos que acuerdan subordinarse a un soberano que garantice el bien común. Sin embargo, el suizo francófono Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), pensaba diferente: el ser humano es naturalmente bueno y la sociedad lo corrompe, consecuencia de la apetencia por el dinero y el poder que lo torna egoísta y violento, para disimularlo se genera el pacto social (El Contrato social, 1762), que se basaría en la hipocresía y la apariencia. Los dos autores tienen miradas encontradas sobre la naturaleza humana, la sociedad y su gobierno, aunque coinciden en el instinto de autopreservación, ese impulso que permite sobrevivir, y en el predominio de las pasiones. En fin, una disyuntiva extendida a través de los siglos.

Lo curioso es que estos autores que vivieron en otras épocas, vuelven a ser considerados en la discusión contemporánea. En realidad, ni el hombre es taxativamente el lobo del hombre, ni el ser humano es una criatura buena e inocente que termina siendo corrompida por la sociedad. Pienso que debemos evitar el reduccionismo. De todas maneras, hoy nos debatimos entre el Leviatán, el algoritmo y la incertidumbre, lo que en gran medida explica el mal humor social que ya está globalizado. En efecto, el mundo impresiona estar regido por intereses cada vez más mezquinos, al extremo que impresionaría estar obstinado en su autodestrucción. Y el estado de cosas se ha convertido en estado de incertidumbre.

No hay duda que el mundo que conocimos hasta hace muy poco, está desapareciendo velozmente, en medio de una triste atmósfera de confusión, donde los principales dirigentes del planeta son responsables por desinteresarse de los problemas que aquejan a la humanidad, seguramente activados por sus patéticas pasiones enfermizas, cuyas consecuencias son trágicas.

Hoy por hoy es menester dar cabida a aquellos que tienen la capacidad de abordar los conflictos desde otra perspectiva, de manera independiente, generando nuevas ideas que permitan tomar decisiones basadas en hechos y análisis sensatos, pero claro, esto no resulta posible desde la sujeción al ideario reaccionario, el pensamiento único, ni las religiones políticas. Tampoco es asunto de conformarse con la opinión pública, que es lo más parecido a una veleta. Como decía Virginia Woolf: “No hay barrera, ni cerradura que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

Acerca de la comprensión y la memoria.

Una pregunta clave y urgente que estimo debemos formularnos: ¿qué es lo que nos hace humanos? Desde ya que la respuesta no la hallaremos en el poder, la riqueza o la fama. La conciencia o capacidad de darse cuenta, la tan mentada empatía, la creatividad o imaginación constructiva, la capacidad de adaptarse a la adversidad o resiliencia, así como la búsqueda de significado y propósito, son atributos propios del ser humano, pero no son todas las cualidades de los humanos.

Llegamos a entender si alcanzamos la claridad y nos enteramos de la causa de un hecho. La ignorancia hace que mucha gente tenga un “entendimiento entenebrecido” (lleno de oscuridad) del cual ya hablaba la Biblia, refiriéndose a la persona cuya mente estaba alejada del conocimiento de Dios (entendimiento espiritual). Sin embargo, más allá de las tinieblas, pienso que todos los seres humanos queremos entender qué es lo que nos pasa, y qué sucede a nuestro alrededor, pues existen situaciones contextuales que nos producen un estado de zozobra, de turbación, incluso de incertidumbre por falta de confianza, seguridad o certeza.

El entendimiento es superado por la comprensión del asunto o cuestión. En efecto, llegamos a comprender cuando logramos penetrar o quizás interpretar. Recuerdo que André Malraux, que tuvo una vida muy rica en experiencias, dijo: “Si de veras llegásemos a poder comprender, ya no podríamos juzgar”. Estoy de acuerdo. Y un tema álgido es la comprensión del dolor ajeno, bástenos el dolor de un padre cuyo hijo recibió una bala en una manifestación, o un niño de Gaza que murió en un bombardeo, o un israelí que fue secuestrado por terroristas, o una joven africana que se ahogó en el Mediterráneo. Cómo no comprender el dolor de ese padre que no halla consuelo.

El valor de una vida no puede depender de la ideología que tenga el ser humano, ni del sexo, el color de la piel o la condición socioeconómica. Confieso que no deja de sorprenderme la Ley cuando estima el valor pecuniario de una vida perdida en un accidente frente a una demanda reparatoria, aunque entiendo que esto sea necesario. ¿Cuánto vale una vida?

Pero volviendo a las cualidades humanas, más allá de los rasgos cognitivos y sociales, no podemos olvidar los rasgos emocionales y la conciencia ética. En el ser humano encontramos el mundo sensible (cambiante, imperfecto, corruptible) y el mundo perfecto que sería el alma, según Platón. Para Kant, la persona no es un medio para lograr algo, es un fin en sí mismo. Y claro, los humanos además de tener capacidad de conocer, también podemos amar.

En estos días he escuchado en los grandes medios a ciertos personajes temerarios dar cátedra de historia sobre lo que aconteció en la Argentina de los años 70, curiosamente cuando ellos aún no habían nacido, incluso alguno emitiendo una versión oficial de los hechos, mientras los que vivimos esos terribles años y podemos dar testimonio de primera mano, solo logramos manifestarnos en pequeños círculos. Me causan indignación los que se presentan como adalides de los derechos humanos y, difunden relatos donde la falta de veracidad y la carencia de ecuanimidad son rasgos patéticos. Del mismo modo aquellos que tienen un negocio anclado en la supuesta defensa de estos derechos. En efecto, la protección de los mismos exige tener los ojos bien abiertos, el izquierdo y el derecho, pues, taparse uno es propio de canallas.

Con la memoria no solo recordamos, también recuperamos información acerca de acontecimientos que vivimos, o que contemporáneamente conocimos a través de terceros, asimismo hechos y sucesos que el paso del tiempo se ha encargado de develar. Una cosa es descorrer los velos de la historia y otra muy diferente montar una farsa.

Los años 70, con los últimos años de los 60 y los primeros de los 80, marcan una historia irresuelta de la Argentina, sujeta a caprichosas reescrituras y reivindicaciones amañadas de uno y otro bando. A veces la historia, que fluctúa entre lo viejo y lo nuevo, es una evocación que solo puede contar el que la vivió… Pues bien, recuerdo que en esa época convivimos al menos tres generaciones muy mal, en medio del horror, el espanto, la diversidad de pensamiento, el ocultamiento de las opiniones y los libros que leíamos, ya que primaba el terrorismo de Estado como reacción al terror de las organizaciones guerrilleras; un verdadero desastre que se cobró incontables vidas, muchas inocentes. Hoy sabemos que los muertos sobreviven y pesan… Estoy harto de ciertas repeticiones simbólicas capaces de contorsionar la realidad. Podría escribir un libro sobre el irrespirable clima de la violencia setentista, los relatos y las vivencias, como me han sugerido, pero no lo haré, aunque en mis crónicas y artículos de opinión, al pasar suelo dejar alguna pista o comentario.

Las memorias, como género literario, tienen la intención de “guardar memoria”, de que el relato permanezca in aeternum, no solo en el texto escrito, también en los distintos medios tecnológicos. Hay textos que son catalogados como novelas u obras de teatro, y sin llegar a ser biografías, son verdaderas memorias. El género memorístico siempre despertó mi curiosidad. Como ser, a mi padre le gustaba leer los seis tomos de las “Memorias de la Segunda Guerra Mundial” de Winston Churchill, mientras yo siendo estudiante universitario, leía “Un hombre que se va” de Eduardo Zamacois, o “El mundo que yo deseo” de Ángel Ossorio y Gallardo, entre otras memorias. Considero que el género memorístico exige una cuota de responsabilidad: transmitirle al lector lo que uno ha vivido, tal como fue, y no como a uno le gustaría. Y quienes exigen toda la verdad, sin omisiones, olvidan que hay secretos que uno se los lleva a la tumba.

Cuando a mi amigo y colega, el profesor Marcos Meeroff, le sugerí que escribiese sus memorias, me respondió con tono destemplado si yo estaba esperando que se muriese… Él siendo alumno participó en Córdoba de la Reforma Universitaria; se declaraba agnóstico pese a ser hijo de rabino y nieto de gran rabino; era marxista y judío, lo que le valió que durante el gobierno de Perón fuese a parar a la Isla Martín García durante cuatro meses; en su momento fue el gastroenterólogo de mayor renombre en el exterior (lo comprobé) y un organizador de la bioética de nuestro medio. Marcos llegó a sufrir el macartismo, al punto que tenía prohibido el ingreso a los Estados Unidos. En fin, nunca quiso comentarme lo que había vivido en prisión, aunque una noche me dijo que esa etapa la recordaba día por día y, al despedirme su esposa me acompañó al vestíbulo para abrir la puerta del edificio, entonces nos cruzamos con Raúl Alfonsín que ingresaba (había dejado la presidencia) y nos saludó con su habitual amabilidad. Además, recuerdo cuando Marcos ya bastante enfermo, me dijo que yo tendría el honor de asistirlo como paciente. Yo consideraba que merecía escribir sus memorias, que sin duda serían jugosas en relatos, como los que solía contarme entre café y café. Creo que al final comenzó a dictarlas, pero ya no había tiempo, su enfermedad se le adelantó.

Algunos amigos me han sugerido que debería escribir mis memorias, por las anécdotas y los hechos que me ha tocado vivir, incluso con gente muy importante que ha pasado a la historia, sin embargo, la idea nunca me gustó. De todas maneras, he decidido que a partir de ahora, desde este blog trataré de contar con más asiduidad estos hechos y sucesos, porque como decía Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”.

La erudición y la oralidad en decadencia

Hoy se promociona la idea que el mundo está regido por nuevas reglas, pero en verdad solo se trata de reglas muy viejas, donde el principio reorganizador es la conquista por la fuerza de las armas y la dominación de los pueblos, el resto en términos generales no es más que cosmética que consumen con avidez crédulos y desinformados.

Con palabras, frases y gestos propios de los tiempos que corren, se promueve de manera agresiva el sacrificio de las mayorías solo para solventar el privilegio de unos pocos. Y en este contexto de época, la erudición y la oralidad están severamente afectadas, me animaría a decir que están en franca decadencia.

El pensamiento científico cambia constantemente, se autorrefuta y corrige, no así el pensamiento mágico, de allí la seguridad que muestran los que ignoran o niegan la ciencia y privilegian las creencias: terraplanistas, negadores del cambio climático, antivacunas, entre otros.

Un dato curioso, propio del momento que vivimos, es estigmatizar la exigencia, la selección y el mérito, pues, se considera que afectaría la igualdad, incluso se habla de “democratizar”, que no debería significar descender al facilismo, porque así se puede afectar la dignidad humana. En efecto, con el facilismo se pretende lograr sin mayor esfuerzo aquello que habitualmente demanda energía o sacrificio para vencer las dificultades.

Un caso testigo es la Universidad. Como ser, que haya universidades con exámenes de ingreso o cursos de nivelación, así como condiciones exigentes para mantener la regularidad (cumplir con los requisitos para cursar y rendir materias dentro de un plan de estudios) no implica necesariamente una cuestión ideológica, o ser elitistas, ni tampoco vulnerar la igualdad de oportunidades, simplemente se trata de ser responsables. Que todos puedan acceder a la enseñanza universitaria es muy justo, siempre y cuando cumplan con los estándares institucionales establecidos.

La Universidad no puede ser una suerte de isla, es la continuidad de la enseñanza primaria y secundaria que, si son deficientes (como a menudo se comprueba), el estudiante universitario seguramente tendrá serios problemas en su desempeño académico, entonces habrá que indagar qué sucedió y abordar el problema desde sus orígenes.

Un destacado analista se preguntaba irónicamente que si en la Argentina hay quienes se jubilan sin hacer los aportes correspondientes, por qué no podría haber títulos universitarios sin haber aprobado las cursadas… En fin, pertenezco a una generación donde la Universidad representaba la movilidad social y la integración cultural. Entonces los requisitos para ser promovido tanto en la carrera de grado como de postgrado, y también en la carrera docente, estaban en el otro extremo del facilismo. Y no tenían cabida ciertas diferencias sociales que hoy son banderas de la crítica y la captación ideológica. Es más, las becas de estudio que otorgaban diferentes instituciones oficiales, eran por acreditación de méritos y antecedentes. Yo fui a estudiar a Europa por haber ganado una beca de postgrado en un concurso abierto, y además nunca supe quienes integraron el jurado.

Los profesores universitarios asistimos a la última etapa de la formación cultural que se inició en la niñez. Desde hace décadas, como consecuencia de las observaciones y resultados obtenidos, venimos dando señales de alarma.

Nadie pretende que el estudiante universitario sea un “filático”, es decir, una persona que usa palabras rebuscadas y raras para exhibir su erudición e incluso hacer alarde, porque de ser así, tenga o carezca de esa erudición, no dejará de ser un individuo vanidoso y pedante. Pero sí es un requisito que posea un buen vocabulario y que sepa usar las palabras (elocuencia). Esto se logra en gran medida con buena lectura, variada, y donde el estudiante procure entender y reflexionar acerca de lo que lee. En mi generación era fundamental no evitar a los clásicos, aquellos autores que superaron la prueba del tiempo y que a pesar de los siglos transcurridos, jamás pierden actualidad, ya que nos hablan de la condición humana. Para la RAE un erudito es el que tiene: “Amplio conocimiento basado en el estudio”. Los académicos, entre otros, suelen ser eruditos. Y se considera que un académico es el que ha alcanzado un alto nivel de competencia en una o varias disciplinas académicas. En lo personal, me agrada la erudición que apenas se nota, desdeño el exhibicionismo.

El mercado, siempre regulado por los intereses económicos, irrumpe en la Universidad pidiendo que ésta privilegie la capacitación de sus futuros trabajadores, en otras palabras, que abdique de su tradicional misión y se convierta en una “escuela profesional”. De manera insolente avanza sobre la pedagogía y la didáctica inherentes de la institución. No es casual que el estudio de las humanidades, desde antes que comenzará el Siglo XXI, se hallé en franco retroceso, incluso que sea reemplazado por el de las finanzas, la economía, el comercio, sumándose ahora la tecnología digital. No tengo nada contra las escuelas profesionales, que sin duda son muy necesarias, pero por favor, evitemos la confusión de unos y la ignorancia de otros, pues, la Universidad es algo diferente… Y no nos pidan a aquellos profesores que vivimos formando profesionales desde hace décadas, así como asistiendo a la evolución y los logros significativos que la institución le ha dado a la comunidad, que traicionemos el “espíritu universitario”, con la excusa de que es necesario adaptarse a la nueva realidad, ya que ese espíritu es el que le da sentido a la institución.

Por supuesto que hay que aggiornarla, ubicarla a la altura de los tiempos, pero ese es un tema diferente. No faltan los mercenarios que con sus críticas introducen los negocios o nos meten las ideologías, y también es menester señalar a los que ocupan altos cargos por enrosques políticos y sindicales, como rectores o decanos sin un curriculum vitae acorde con el cargo, quienes además ignoran olímpicamente la historia, las funciones, los objetivos primordiales de la Universidad, en consecuencia alguien podría argumentar, qué le podemos exigir a los alumnos que a veces se sienten estafados.

En cuanto a la tecnología, es muy importante que sea bien utilizada en la formación de los futuros profesionales, y para ello los profesores no podemos darle la espalda. La tecnología nos abre puertas, nos ayuda a solucionar problemas, aunque paradójicamente engendra nuevos problemas, unos de naturaleza técnica y otros de naturaleza humana.

Necesitamos universidades abiertas y libres, que cumplan con la función social requerida, y que a la vez se responsabilicen del nivel académico de sus graduados. Precisamos alumnos con el suficiente nivel de cultura general, oralidad, escritura, capacidad reflexiva, pensamiento crítico, que aprendan y comprendan, algo que debería ser común a cualquier universitario, más allá de la profesión que escoja.

Uno puede modificar el diseño curricular en función de los tiempos que corren, sin embargo son fundamentales las bases adquiridas en las instancias educativas anteriores. En la formación universitaria, además de los conocimientos técnicos y específicos de la carrera que sea, hay principios y valores que son universales, que no pueden soslayarse. La Universidad es una institución donde se aprende a tomar decisiones y resolver problemas de la vida real, siempre dentro de un marco ético.

Cuando la verdad se considera una ofensa

Hace unos días falleció Oliverio Toscani, más conocido por ser el fotógrafo de la marca de ropa Benetton, quien con arte supo revolucionar la publicidad de manera escandalosa. En efecto, recuerdo la imagen de un cura y una monja dándose un beso en la boca, lo que fue muy polémico, dio lugar a la censura, el debate moral y ético. Pero la foto que más me impactó, fue la de un enfermo moribundo de SIDA en un hospital rodeado de su familia, en un momento en que vivíamos una epidemia de HIV y los recursos con que contábamos los médicos eran limitados.

Otra foto que considero impactante fue la de la modelo francesa Isabelle Caro, totalmente desnuda y con una caquexia de libro (murió a los 28 años), formando parte de la campaña “No-Anorexia”. Toscani preguntaba por los responsables de la anorexia, prototipo de la mujer extremadamente delgada que desfilaba por las pasarelas, y acusaba a los medios de comunicación, la televisión y la moda.

Dicen que comenzó su aprendizaje de la mano de su padre, también fotógrafo, quien en 1945 fotografió la escena del cadáver de Benito Mussolini junto al de su amante y otros jefes fascistas, colgados de los pies luego de ser ejecutados, en una plaza de Milán.

Toscani dio visibilidad a problemas que escamoteaba el poder y molestaban a la sociedad. Y con su arte fotográfico se metió en temas muy sensibles como el racismo (Leroy Orange, negro, en el corredor de la muerte), el conflicto entre Israel y Palestina (un beso apasionado entre un israelí y una palestina), y otros tópicos cuyo contenido social resulta problemático, pero que en el fondo evidenciaban el interés del artista por alcanzar un mundo unido. En fin, Toscani mostraba con su cámara lo que nadie quería ver, y por cierto eran imágenes llenas de significados. En realidad, su arte era un arte de denuncia, que incomodaba al espectador, pero el escándalo promocionaba la marca. El artista deja su huella y marca toda una época.

En otro orden de cosas, en distintas regiones del planeta han retornado las actitudes imperiales y el expansionismo, siempre apelando a alguna justificación que enmascara las intenciones verdaderas. Y vuelve a imponerse la ley del más fuerte, a la vez que el lenguaje de la violencia se naturaliza. Desde hace varios años vivimos muy malos tiempos para la verdad, y no pocos toman a la verdad como una ofensa cuando les incomoda o resulta frustrante, pero también es cierto que a veces no se quiere saber la verdad porque no conviene o resulta dolorosa de admitir. Hay gente que decididamente opta por la ignorancia. En efecto, prefiere no saber. Javier Cercas en un artículo reciente habla sobre “la pasión por la ignorancia” y, nos recuerda la cita de Proust: lo que entró irracionalmente en la cabeza no puede salir de ella de forma racional.

Por otra parte, una frase que contiene una verdad a medias, seguida de una omisión o de una generalización injusta, tiene como fin el engaño. Y en política el juego de las medias verdades es habitual, forma parte del manual del político. Se recurre a la verdad a medias para eludir la verdad total. Si alguien no dijo algo, no puede ser acusado de mentir, en todo caso se lo culpará de abstenerse de decirlo, de callar o simplemente de omitir. Maquiavelo, que mucho conocía de la naturaleza humana, en El Príncipe” afirma: “los hombres son tan ingenuos, y responden tanto a la necesidad del momento, que quien engaña siempre encuentra a alguien que se deja engañar”

En todos los órdenes de la vida uno espera que la información sea veraz, transparente, que esté a la vista. Como ser, qué decir de “la letra chica de los contratos bancarios” o de la composición de ciertos alimentos que figuran en la etiqueta del producto con una letra minúscula imposible de leer; un accionar que puede ser legal, pero que claramente está al margen de la ética. Porque en el fondo la intención es que el individuo no tome plena conciencia de aquello con que se compromete o de lo que compra, que esas especificaciones pasen inadvertidas en un acto de confianza y, que no les preste atención. Es curioso, porque vivimos en una época donde “la captura de la atención” y “la distracción planificada” son dos ejes fundamentales para lograr manipular la opinión pública Jonathan Swift, aquel que escribió “Los viajes de Gulliver”, habría sostenido que, “Se requiere más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacer creer y aceptar una falsedad saludable”.

Las redes sociales se han convertido en un campo de batalla, donde lo emocional y lo ideológico se imponen, al extremo que verdades ya confirmadas son consideradas ofensivas y motivan réplicas viscerales. De más está decir que el poder de manera permanente vive en las redes, como si allí nos encontrásemos cara a cara con la realidad… Y precisamente la realidad no está en las redes sino en la calle. A Napoleón le atribuyen esta reflexión: entre la multitud esencialmente crédula, se contarán poquísimas gentes que duden, y ellas no se atreverán a decirlo”.

Hoy por hoy, cuando el periodismo independiente formula una crítica fundada al gobierno de turno se la considera una ofensa. Las noticias de las tragedias, siniestros e injusticias que suceden en toda partes, a algunos nos producen tristeza o indignación, cuando no insomnio, mientras a otros solo indiferencia.

En fin, para aquellos que tenemos activa la “conciencia moral”, hay verdades que ofenden, pero que ofenden la sensibilidad humana. Y la lista de estas verdades, a contrapelo de los relatos oficiales y de la propaganda costeada con los dineros públicos, impresiona en aumento.

Dictaduras iletradas y conciencia de resistencia

Los líderes que a lo largo de las historia nos han llevado a las guerras que costaron millones de vidas, no dudo que adolecían de salud mental y, en ellos el deseo de poder fue tan fuerte que se convirtió en “pasión maldita”. En efecto, la salud mental de los líderes políticos tiene consecuencias profundas en el destino de millones de seres humanos.

Stalin desde el “realismo socialista”, se entrometió en el mundo del arte y la cultura pretendiendo dictatorialmente que los artistas adoptaran en sus obras los valores marxistas y leninistas. El fascismo y el nazismo, por su parte, intentaron amoldar a su conveniencia las distintas expresiones culturales y, llegaron a estigmatizar aquellas que no se avenían a su limitada mirada ideológica. Así se mencionó el “arte degenerado”; se persiguió la música foránea, por caso el jazz; se prohibieron los “solos de batería” (donde el músico improvisa revelando su “autonomía”); se proscribieron libros cuando no se los quemó en la hoguera, además de perseguir a sus autores con la cárcel, la tortura o incluso el asesinato.

En Rusia después de la invasión a Ucrania en febrero de 2022, se prohibió cualquier crítica a la guerra. Escritores, músicos, cineastas, entre otros representantes del mundo de la cultura, por manifestar su oposición a la guerra integran listas negras, son prohibidos o parten al exilio como tantos otros ciudadanos con sus familias. Es evidente la necesidad del poder por tener bajo férreo control la información y cualquier expresión que resulte adversa a la causa. Más allá de las manifestaciones ciudadanas que fueron reprimidas en ciudades de la Madre Rusia, no pocos deben optar por la autocensura.

Para Ortega y Gasset la “masa” siempre son los otros, y el hombre-masa se identifica con la mediocridad, prefiere someterse al poder absoluto antes que discutir. Lo interesante es que la masa no hace referencia a clase social alguna o proletaria, está en todas las capas sociales. A este hombre-masa, hace un siglo el filósofo español ya lo veía como un nuevo bárbaro.

Las dictaduras y los populismos actuales, de uno y de otro extremo ideológico, defienden a rajatabla el llamado “pensamiento único”, pues no aceptan crítica alguna por mejor fundada o intencionada que esté y, mucho menos la disidencia política. Sus dirigentes establecen de manera tajante quienes son los buenos y quienes los malos, los corruptos y los íntegros, los pervertidos y los normales, la casta y la anticasta… A los opositores, sean disidentes, reaccionarios o cavernícolas, contrarrevolucionarios, herejes, degenerados, se los considera enemigos, y “para el enemigo, ni la justicia”, frase que hizo historia en la Argentina de los años 50, dando a entender que el enemigo no merecería ser considerado persona y tendría menos derechos que cualquier ciudadano, por lo tanto, ameritaría otro proceso y otra justicia, obviamente penal.

No estuve de acuerdo con Borges cuando sostuvo en la década del 70 que prefería una dictadura ilustrada (en referencia al peronismo), porque ilustrada o ignorante, al fin y al cabo es una dictadura. Y las dictaduras son todas asfixiantes, humillan, y pisotean la dignidad humana.

Alberto Lederman piensa que la ambición de poder es el resultado de un trauma, porque sostiene que así como cualquiera no necesita drogarse tampoco cualquiera se interesa por el poder. Es cierto. Su tesis es que detrás del líder político existe un trauma biográfico y la acción actúa como un antidepresivo. “Quien va detrás del poder lo hace porque lo necesita”. A la zaga está el narcisismo y un gran dolor, habitualmente generado en el ámbito familiar durante la infancia. Son individuos que necesitan ser observados ya que la mirada de los otros les permite existir. Los grandes liderazgos esconderían tragedias personales, que revelarían la relación entre el poder y la vulnerabilidad, y sobre esta base se han erigido imperios. Lederman sostiene que, “La biografía lo define todo: la propia identidad, la forma de pensar y la forma de hacer”. Y esto en un político con gran poder puede tener consecuencias nefastas. Recuerdo que Borges dijo que no entendía la necesidad de ciertos individuos por querer dirigir la vida de los otros. Está claro que alcanzar el poder no modifica la lógica del político, porque en el fondo, él sigue siendo el mismo, lo que indica que en el ejercicio del poder reaccione y actúe como lo hace en su intimidad, por eso Lederman enfatiza que entender la lógica del líder, que básicamente es emocional y mental, nos revela cómo esa lógica influye en el funcionamiento del sistema.

Por su parte Daniel Innerarity explica que, “Vivimos en una especie de tribalismo epistémico en el que visiones del mundo completamente distintas coexisten de mala gana sin puentes ni traductores”. Circunstancia que es hábilmente aprovechada por los liderazgos de corte autoritario, siendo el odio un hecho pero asimismo una elección. Por eso dice que la recuperación de los valores que constituyen la democracia no solo es procedimental sino sustancial. Hoy podemos ver cómo millones de seres humanos sufren las injusticias y los abusos del sistema, en un entorno de impotencia, pero debemos reconocer que son muchos los que resisten como pueden. Y para Cortázar, “resistir es la mejor forma de no aceptar la derrota”.

En fin, no quiero cerrar mi última nota del año sin homenajear a dos intelectuales argentinos que, a pesar de sus contradicciones (quién no las tiene), supieron dar voz a los que no la tienen, demostrando más allá de su talento, honestidad intelectual, me refiero a Juan José Sebreli, fallecido el mes pasado, y a Beatriz Sarlo, cuya muerte aconteció hace unos días. Ambos vivieron épocas muy difíciles (como muchos de nosotros), ejercieron una crítica con fundamentos sólidos, y supieron ubicarse en la vereda de enfrente del poder de turno. También en estos días falleció otro intelectual de fuste, Federico Mayor Zaragoza, quien fuera ministro de educación de España y director general de la UNESCO. Lamentablemente nunca coincidimos en persona con Federico. Recuerdo que antes de la pandemia, en un mail me manifestó que cuando yo retornase a Madrid le gustaría que tuviésemos un encuentro personal, pero desde hace unos años no he vuelto a la ciudad donde viví con placer parte de mi juventud como becario y a la que retorné en varias oportunidades no sin cierta nostalgia. Hoy por hoy confieso que tengo mucho pasado vivido y poco futuro.

¿De qué batallas o guerras culturales hablamos?

Mucha gente se vanagloria de tener una ideología y detesta a aquellos que no profesamos ninguna, como si fuésemos individuos irracionales o seres que escogimos el fracaso, a diferencia de ellos que el destino bendijo, porque ellos “sí la ven”, además de autoconsiderarse “gente de bien”… Y no faltan los conversos (quizás oportunistas), que tuvieron una epifanía en el momento que esa ideología curiosamente adquirió notoriedad visible y cobró impulso social gracias a los influencers, más allá de ocupar ésta la centralidad de la agenda de un país, habitualmente por necedad de la élite en el poder. Asimismo entre los que tienen ideologías encontradas y radicalizadas, existe una lucha sin cuartel, pues, se pretende que el otro, al que se declara sin ambages enemigo, sea combatido con el método que fuere y desaparezca de la faz de la tierra, proceder que estaría legitimado. En fin, las ideologías, que son creencias recargadas de emoción, se adoptan como ideas irrefutables de la realidad, y tienen que ver básicamente con las conductas sociales. Es innegable que esta presunta superioridad epistémica y moral, cuando no dogma de infalibilidad, ha sido y es causa de las grandes masacres que enlutan la historia.

Definir la cultura no es tarea sencilla por la vastedad de aptitudes y hábitos que engloba, y también por el valor que representa para las personas, las generaciones, las regiones, las épocas, en sus diferentes formas de manifestarse, de allí la diversidad cultural. En efecto, “las culturas” son muy importantes en las sociedades, al punto que nos permiten consensuar expectativas en torno a la convivencia en medio de las diferencias.

Ahora bien, el problema reside cuando pretenden hacer pasar la ideología por cultura genuina, e incluso cuando confunden ideología con política. Yo diría que el sustantivo se aplica incorrectamente a muchas cosas. Más allá de los conflictos entre los pueblos, a veces inevitables, toda guerra tiene un carácter destructivo, por consiguiente discrepo con la frase “guerra cultural”, cuando en realidad se trata en sentido estricto de una “guerra ideológica”.

Hoy se recrean conflictos ideológicos propios del Siglo XX, que en cierta medida dábamos por superados, sobre todo luego de la Guerra Fría, que creíamos finalizada. Y tanto la cultura como los intelectuales estuvieron y están en el ojo de la tormenta. Como ser, en 1971, un suceso conmocionó a la intelectualidad internacional, y fue el encarcelamiento de Herberto Padilla por sus críticas a la Revolución Cubana (la que apoyó de entrada), hecho que terminó con el idilio de una década de muchos intelectuales con la revolución castrista. En efecto, después de estar preso un mes, Padilla fue obligado a retractarse públicamente y a “confesar sus actividades contrarrevolucionarias”, al estilo de los juicios de Moscú. A esta humillación le siguió una década de marginación, hasta el exilio en 1980. En su momento Fidel Castro se pronunció: “Rechazamos las pretensiones de la mafia de intelectuales burgueses pseudoizquierdistas de convertirse en conciencia crítica de la sociedad”.

En 1979 se produjo otro histórico levantamiento popular: la Revolución Sandinista; entonces Sergio Ramírez era el vicepresidente de Nicaragua y el sacerdote Ernesto Cardenal el ministro de cultura. El sacerdote fue severamente reprendido por Juan Pablo II y, falleció en 2020, mientras que el escritor Sergio Ramírez, despojado de su nacionalidad, hoy vive en el exilio por sus críticas a la dictadura de su ex compañero Daniel Ortega, pero continúa escribiendo sus observaciones y opiniones no solo sobre lo que sucede en su país, también lo que acontece en América Latina.

En 1959 Charles De Gaulle decide crear el Ministerio de Cultura y designa al frente a André Malraux. Y en España en 1988 Felipe González nombra como Ministro de Cultura a Jorge Semprún. Dos presidentes de ideologías distintas, que al elegir para esa función a figuras intelectuales de talento, revelaron el valor que su gestión le confería a la cultura. Claro que eso es cosa del pasado y, hoy por hoy la realidad es muy diferente, al extremo de interrogarnos si puede una “batalla cultural” ser iletrada…

Los populismos consideran a las políticas culturales como un gasto superfluo, dando lugar a groseros malentendidos, cuando no a siniestras decisiones. Bástenos la confusión en torno a la “batalla cultural” que promueven trolls a sueldo (para ellos siempre hay dinero), que atacan a periodistas, socialdemócratas, académicos, cualquiera que critique o no acepte el dogma reinante, y hasta quienes creen en la libertad de elección sexual. En fin, vemos cómo la violencia discursiva del político se amalgama con una suerte de cruzada evangelizadora… La intención es imponer por la razón de la fuerza o el miedo una política cultural cerrada e ideologizada. Líderes psicológicamente inestables que además de exigir sumisión y obsecuencia, ven a cada paso traiciones y conspiraciones que residen en su mente, de la misma manera que ven comunistas, nazis, fascistas y anarquistas donde no los hay, y en todo caso de haberlos, no en la medida que constituyan un peligro para el desarrollo de una cultura abierta, democrática y libre.

La confusión entre cultura y espectáculo resulta patética, y el reality show está en su apogeo. Hoy la “cultura de la imagen” se impone al poder de las palabras e incluso al de los hechos, pues no logran convencer, y la verdad ya no importa. En efecto, por eso desde arriba y desde abajo se desprecia la actividad intelectual genuina, se ningunea la información veraz, a la vez que se degrada la calidad democrática.

A este panorama, por cierto preocupante, ahora debemos sumarle la inteligencia artificial (IA). Antes no había manera de falsificar fotos o videos, pero hoy es posible por medio de esta tecnología, y si todo puede ser alterado de manera fraudulenta, habrá un motivo más para alimentar la desconfianza de la gente, pudiendo llegar al extremo que ya no crea en las imágenes auténticas, en consecuencia será necesario dar con nuevas formas de verificar los hechos.

Arturo Pérez-Reverte dice que no tiene ideología, pero si biblioteca. Estoy de acuerdo, a muchos nos sucede lo mismo. Lo cierto es que estamos viviendo un agotamiento económico, moral y político, mientras las tesituras políticas extremas que se nutren de las ideologías, terminan produciendo un efecto pendular. Pienso que es necesario detener la marcha, reflexionar, y dar cauce a nuestros propios pensamientos, aunque éstos no sean bien vistos por la ideología en el poder o por el humor social de las masas.

No somos pocos los que cultivamos la idea inmarcesible de alcanzar un mundo mejor, y que más allá de un moderado escepticismo impuesto por tener que convivir con los males de la época, no abandonamos la esperanza de un mundo que llegue a ser digno, donde nadie quede afuera.

Cuando los oprimidos se convierten en opresores

En los días que corren vivimos distintos tipos de opresión, las que a menudo logran camuflarse con diversas estrategias desde centros de poder. Y no solo se trata de la opresión económica que tiene en jaque a todo el planeta, pues también es la opresión ideológica que busca fanatizar a los seguidores, actuando en algunos como eficaz mecanismo de idiotización.

Pero también están los que revelan una justificada insatisfacción porque no logran llevar adelante su proyecto de vida por más que se esfuercen; los que ante un mundo que les es hostil revelan angustia; los que viven medicados por la depresión o la ansiedad; los que en medio de la gente llevan una vida solitaria. Un triste abanico de situaciones que se intentan cubrir con el entretenimiento, que por cierto es de fácil acceso, también con estrategias para escapar de la realidad, como ser a través de la prensa “mainstream”.

Nelson Mandela por luchar contra el apartheid, un sistema de segregación racial en Sudáfrica, estuvo 27 años en prisión, y tras su liberación (1990), lideró las negociaciones que permitieron el fin del apartheid y la llegada de la democracia en 1994. Mandela se convirtió en el primer presidente de raza negra de Sudáfrica, promoviendo la reconciliación y la unidad nacional. Existe una versión de que en prisión intentaron asesinarlo. Cuando fue puesto en libertad, podría haber planeado su venganza por las múltiples injusticias padecidas, incluso llegó a tener suficiente poder para concretarla, sin embargo no lo hizo, era consciente que cometería un grave error. Él buscó el entendimiento entre las partes en conflicto y dejó de lado el resentimiento. Sabía que era imperioso sanar a su nación transitando el camino del perdón, y para ese cometido nada mejor que su ejemplo de vida, por eso al partir dejó un legado de justicia, igualdad y paz que no podemos ignorar.

Paulo Freire, notable pensador de la pedagogía moderna, decía que si la educación no llega a ser liberadora, “el sueño de los oprimidos es ser el opresor”. Y esto es así porque la imagen del opresor está presente en el oprimido a través de la educación o el adoctrinamiento que el opresor le impuso. Lo grave es que daría la impresión que hoy todo termina naturalizándose, incluyendo la vejación, la humillación, la esclavitud, la tiranía del opresor. Al respecto, me viene a la memoria el “síndrome de Estocolmo”, cuando la víctima de un secuestro psicológicamente desarrolla complicidad y un vínculo afectivo? con su secuestrador.??

Las dictaduras más sanguinarias pueden aplastar cualquier intento de sublevación o revolución popular, pero son totalmente incapaces frente al silencio de la rebelión interior de aquellos que tienen consciencia moral.

La opresión tiene diversas facetas y puede concretarse en lo económico, la política, lo social, la educación, el periodismo y la comunicación, la literatura y el arte. Y en ocasiones llega a integrarse en un sistema hegemónico que engloba la ecología, los saberes, y hasta el simbolismo a través de los medios que domina. Ante la violencia del opresor para imponer su autoridad, la respuesta del individuo a veces es reprimir sus emociones, aquello que realmente siente frente a una situación de opresión que cree no poder modificar.

Georg Lukács veía en la revolución bolchevique un problema moral insoluble, porque los oprimidos pasaron a ser los opresores. Él se preguntaba si se puede concebir el bien con medios malos o si se puede conseguir la libertad mediante la opresión…

En fin, la opresión en el mundo fue, ha sido y es una constante histórica. Walter Benjamín, en tiempos del fascismo, sostenía que la tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos. Y hoy no son pocos los países que viven en un “estado de excepción permanente”. Fernando Vallepín nos recuerda que los estados de excepción están pensados para situaciones donde la seguridad nacional se halla en peligro, ya sea por un conflicto armado, un levantamiento militar o popular. En nombre de la seguridad se limitan los derechos. Es el dilema de Hobbes en Leviatán que él resuelve diciendo que ante el riesgo de perder la seguridad, nadie dudaría en ceder la libertad. En realidad, son tantas las veces que por distintos motivos y malditas excusas fuimos obligados a ceder nuestra libertad que hemos perdido la cuenta. Las situaciones excepcionales son muy peligrosas en los países que no tienen bien aceitado los mecanismos de control de poder.

En plena pandemia Giorgio Agammben sostenía que existe una creciente tendencia a emplear el “estado de excepción” como paradigma normal de gobierno y, se pregunta si la pandemia no es el laboratorio para modificar las democracias, a la luz de lo que todos pudimos vivir y comprobar. Él denuncia la facilidad con que las sociedades aceptaron militarizar las rutinas, “Así como frente al terrorismo se afirmaba que la libertad debía ser suprimida para defenderla, también ahora nos dicen que es necesario suspender la vida para protegerla”.

Frente a un mundo cada vez más violento y cruel, donde la incertidumbre y el temor al futuro surgen como notas dominantes, pienso que es necesario reivindicar el derecho a pensar por sí mismo. Desde hace tiempo los seres humanos venimos perdiendo algunas habilidades fundamentales que deberíamos recuperar, como ser: escuchar, conversar face to face quizá para percibir la epifanía de lo humano, discutir con argumentos y no con prejuicios, reflexionar, ejercer la crítica, darle cabida a la propia voz y, decidirse a desafiar el statu quo.

Si mi verdad valiera tu mentira

En una época no tan lejana, se decía que una persona era una autoridad en tal o cual tema porque se le reconocía un indiscutible dominio del mismo, en consecuencia se le daba crédito y su palabra era capaz de influir. A lo mejor no era muy conocido fuera de su círculo, pero los que seguían su producción académica o su trayectoria profesional, lo consideraban una autoridad. En nuestros días la influencia depende mucho más de la “notoriedad” que de la autoridad. Hoy por hoy rehacer la autoridad es una asignatura pendiente. Y quienes buscan la notoriedad apelan a cualquier método para tornarse visibles en público, para estar permanentemente presentes, ya que esta presencia suele otorgar influencia, aunque no dominen el tema que abordan o incluso digan disparates.

Se habla mucho del anglicismo “influencer”, es decir, alguien que en las redes sociales es seguido por miles o millones de personas y que puede influir en la compra de un producto (de allí que sea muy buscado por las empresas) o de adoptar una posición ideológica (de interés para el marketing político). También el “youtuber” sería un “influencer”, pero lo hace a través de sus videos en su canal de You Tube. Recuerdo que en algún momento, movido por la curiosidad intelectual o esa búsqueda de conocimiento que nos permite crecer, analicé los contenidos de algunos de estos personajes que en última instancia uno no sabe qué son, y me decepcionaron, claro que solo es mi opinión contra la masa de sus fervientes seguidores, quienes suelen creer que la verdad reside justamente en las mayorías…

Lo cierto es que hoy la realidad pasa por las redes sociales, por el mundo virtual, y esto se presta a la “posverdad”, esa manipulación a través de informaciones, creencias o sentimientos que termina por deformar la realidad, porque la meta es influir en la opinión pública y en la toma de posición de sectores sociales. Daría la impresión que desde el teclado de una PC se puede modificar la realidad…

Todos sabemos qué significa la verdad, no es necesario estar alfabetizado. Pero al que tenga alguna duda, es la coincidencia entre aquello que se afirma y los hechos, o si se quiere la adecuación entre el conocimiento y su objeto (Kant). Y en cuanto a la verdad moral, serían los principios y valores que se atienen a la realidad, que no dependen de la voluntad o del acuerdo social, sino del entendimiento. Para el relativismo no hay verdades absolutas, existe relatividad del conocimiento y tanto la verdad como la falsedad son relativas a una persona o cultura, por ello nunca podremos tener una certeza absoluta. De todas maneras, la realidad es eso que “existe de un modo actual y objetivo”, y nada tiene que ver con las apariencias, las ilusiones o la ficción que pertenecen al mundo subjetivo. Lo real, es, lo que existe, punto. Cuando uno dice lo contrario de lo que sabe, piensa o siente, pues, miente. Los psicólogos dicen que se miente para proteger la propia imagen, evitar consecuencias negativas, lograr objetivos personales o satisfacer necesidades emocionales. Como ser, en el mundo de la cultura sé de personajes que se inventaron un pasado imposible de comprobar, y otros que tuvieron encuentros ficticios con grandes intelectuales que ya no están para desmentirlo.

Ahora bien, más allá de la gente que se miente a sí misma o se autoengaña, me interesa la que a sabiendas procura convencer a otros de una mentira que puede tener consecuencias desastrosas, y creo que el paradigma es el engaño político que está cambiando el mundo. Para los británicos el Brexit fue un acontecimiento trascendente en lo político, económico y social. Después del referéndum (2016) las cosas no salieron como se vaticinaban, las consecuencias fueron negativas y, aquel voto mayoritario del 52% hoy se convertiría en un voto muy minoritario debido al arrepentimiento de la gran mayoría que dio su apoyo, ya que el “leave” (salir) fue impulsado por la deshonestidad y las mentiras.

Claro que en la historia de la humanidad el engaño a las masas ha sucedido incontables veces, al extremo que pueblos enteros fueron llevados a la guerra con falsas consignas.

El problema de nuestros días es que el engaño, gracias a la rapidez del mundo virtual, alcanza a millones de individuos en contados minutos. Y aunque luego se demuestre fehacientemente que se trataba de una mentira, resulta muy difícil desandar el camino, más allá que haya gente que crea en lo que quiere creer… En efecto, los datos comprobados, las evidencias, no logran convencer a todo el mundo. Hoy la mentira tiene más crédito que la verdad. Aquí lo emocional juega un papel importante, también los preconceptos sociales. Yo no uso la plataforma X (Twitter) por una cuestión de responsabilidad, ya que dar una opinión sobre un supuesto hecho exige una confirmación seguida de reflexión, y esto lleva su tiempo.

Hay individuos que me generan confianza porque los he visto actuar, eso no implica que les deposite mi fe, que considero algo muy íntimo ligado a la espiritualidad. A los políticos demagógicos o populistas que se muestran como profetas o mesías creando a su alrededor una aureola mística, no les alcanza la confianza de la gente, quieren que les tengan fe, porque aspiran a convertir su ideología política en religión, y hasta pretenden que su palabra sea infalible, no es casual que invoquen un “origen divino”.

En lo personal, muchas veces tuve problemas por actuar con honestidad, como es mi costumbre, por decir la verdad, cuando esperaban que avalara una mentira o que al menos callase. Y escuchar mi conciencia fue, ha sido y es mi problema. Para algunos valió más la mentira de otros que mi verdad. Al respecto, en la profesión tengo un anecdotario tan grande que bien podría escribir un libro, pero no viene al caso. Esto nada tiene que ver cuando me he visto en la necesidad de recurrir a la “mentira piadosa”, solo ante casos excepcionales donde las circunstancias lo aconsejaban por el bien del paciente, pues tengo por hábito decirles la verdad a los pacientes, aunque ésta sea muy dolorosa, obviamente con mucho tacto, ya que es un derecho que debemos respetar. De todas maneras, en todos los ámbitos de la vida nunca falta el que necesita ignorar la verdad. Además el ser humano no soporta demasiada realidad.

En el terreno de la salud pública desde hace décadas sé de algunas informaciones que se ocultan con el subterfugio: “no hay que alarmar a la población”, cuando lo que se procura es ocultar la realidad, la incapacidad de gestión, y sobre todo de dignidad. Pero no condeno aquellas mentiras que en la vida cotidiana se dicen para no herir a una persona, porque al fin de cuentas somos seres humanos y debemos evitar producir daño. Tengo presente cuando Albert Camus decía: “La libertad que debemos conquistar es el derecho a no mentir. Solo con esta condición tendremos razones para vivir y morir”. Camus siempre se ubicó en el lugar correcto, y antepuso la humanidad frente a la ideología y la política, eso lo convirtió en un marginado, más allá de obtener el Nobel.

Días de Cultura

En la Argentina vivimos con pasión “días de cultura”, más allá de estar hartos de las cifras de la inflación y la macroeconomía, de los aumentos exorbitantes de bienes y servicios, del culto al dólar y de “la eterna casta que desvergonzadamente se reinventa”. La semana pasada fue la preocupación por los presupuestos que el gobierno concede a la educación y la cultura, y dio lugar a encrespadas discusiones en los medios y las redes sociales que continúan. Claro que ahora auditar una universidad del Estado es atentar contra su “autonomía” (me recuerda los fueros medievales que tenían los universitarios). Pues bien, qué tendríamos que decir los ciudadanos de a pie que permanentemente estamos siendo auditados desde diferentes estamentos estatales y privados… En fin, una indignación justificada, que debería sostenerse en el tiempo, no que sea espasmódica.

El vivir en una zona céntrica hace que me cruce con las manifestaciones callejeras de distinto tenor y, en esos minutos de contacto, observo y escucho; para mí es una experiencia extraordinaria. La marcha universitaria de la semana pasada, más allá de los “zombies” políticos y sindicales que se colgaron de la manifestación para recordarnos que están vivos, fue una marcha apartidaría, lo comprobé personalmente. Y sería bueno que el presidente hiciese a un lado su fundamentalismo, dejara sus pueriles berrinches, y acepte la realidad, no la que él intenta forjar. Fue un llamado de atención, un alerta para que salga de su burbuja y no fracase, pues, su fracaso nos perjudica a todos. Maquiavelo refiriéndose a la naturaleza de los pueblos y su poca constancia, decía que es fácil convencerlos de algo, pero resulta difícil mantenerlos convencido, y hoy lo comprobamos en muchos lugares del planeta.

Ahora los acólitos de la educación no se cansan de mencionar que el país logró cinco premios Nobel (3 por la UBA y 2 por la Universidad Nacional de La Plata). Lamento decirles que esas personas hubieran tenido éxito en cualquier otra institución. Albert Einstein, quizás el mayor científico del Siglo XX, no tuvo dinero para pagar la matrícula universitaria e ingresó en un instituto politécnico que entonces no pertenecía a la universidad de Zurich. Borges, probablemente nuestro mayor escritor, nunca recibió formación universitaria, solo tuvo un bachillerato ginebrino, y le negaron el Nobel por su tesitura política. Tampoco recibieron el Nobel de literatura figuras de la talla de Tolstoi y Kafka, y en ciencias no fueron reconocidos Salk y Sabin, a quienes les debemos la vacuna contra la poliomielitis, cuya repercusión sobre la salud de la humanidad resulta incalculable (además se negaron a patentar el invento como hoy crematísticamente lo hacen los laboratorios, a quienes les importa más el dinero que la salud de la gente), así que terminemos con tanta mitología marketinera.

Un dato histórico que pocos conocen: dicen que ante las irregularidades y falencias que existían en la UBA, se decidió fundar a 60 Km. (1897) la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), como instancia superadora, pero la intención fracasó, ya que los quioscos, las cajas negras y los concursos amañados siempre se dieron en ambas (soy testigo). Hoy los profesores que tenemos décadas en la docencia advertimos, en términos generales porque hay muchas excepciones, una caída en la cultura general de los estudiantes así como en lo que hace a los conocimientos propios de la profesión; al parecer es un mal de la época ligado al facilismo. En cuanto a la gratuidad de los estudios, que no es tal, porque se paga con los dineros de los contribuyentes, solo es para asegurar que nadie quede afuera porque no puede pagar la matrícula.

Nunca me gustó la intromisión de la política partidaria en los claustros pero todos los partidos allí tienen sus satélites, al punto de incidir en la elección de los cargos en los rectorados y decanatos, algo divorciado de lo estrictamente académico. Qué distante quedó la figura de Don Miguel de Unamuno, tres veces rector de la Universidad de Salamanca, paradigma de rector por su capacidad intelectual e integridad, quien fue cesanteado por el dictador Francisco Franco debido a su alocución en el Día de la Raza. Perdón, cometí la incorrección de mencionar “raza” y no quiero que me clausuren.

Unamuno se consideraba “sumo sacerdote” del templo universitario. Los chicos de hoy no lo entenderían, igual muchos profesionales que ignoran no solo la historia de su profesión sino la de la Universidad. Pues bien, la institución tal cual como la conocemos proviene de la Iglesia, quien la fundó. En 1613 los jesuitas fundaron la Universidad de Córdoba, la primera del país y, durante más de 200 años no hubo otra. La primera que se fundó en el Nuevo Mundo fue la de Santo Tomás de Aquino (Santo Domingo-1538), con los mismos privilegios que la de Alcalá de Henares. Cátedra proviene de catedral (del griego “asiento”) y claustro de monasterio (del latín medieval «lugar cerrado”).

En fin, pude graduarme de médico en tiempo y forma en una universidad estatal (UNLP), donde luego me doctoré (defendiendo mi tesis) y cursé los cuatro años de carrera docente para tener la habilitación de concursar por el profesorado, teniendo en pedagogía un equipo de pedagogos de avanzada, y en historia y filosofía médicas, a quien sería mi gran amigo, José Alberto Mainetti (ambos discípulos de la escuela de Humanidades Médicas de Pedro Laín Entralgo (Universidad Complutense de Madrid). Y mi formación profesional (no la humanística) fue entre la universidad y el hospital público, dos instituciones a las que “amo profundamente”. Sin embargo ello no fue un obstáculo para que incursionara en universidades y hospitales privados, llegando a profesor titular y jefe de departamento medicina interna, respectivamente, por concurso abierto. A veces me pregunto cómo un outsider, que jamás cultivó la adulación ni fue besamanos, y a quien le hicieron innumerables malas pasadas, por no decir putadas, obviamente todas reñidas con la ética y la moral, pudo llegar a esas metas sin tráfico de influencias, lisonjas ni padrinos políticos… Quizá por eso digo lo que me da la gana, ya que me he ganado ese derecho en buena ley. Y quiero añadir que he pasado por todos los escalones de la carrera universitaria y en la mayor parte de la misma lo he hecho en carácter ad honorem… No me quejo. Y a pesar de mi tesitura crítica como intelectual, jamás participé de una huelga en la universidad o en el hospital, ya que tengo por costumbre separar la paja del trigo…

En otro orden de cosas, está claro que la educación, la salud y la alimentación de la población no son ni fueron una preocupación para la clase política. No les importa. Bástenos reparar en los pobres resultados de las evaluaciones de la primaria y secundaria, y en el bajo número de universitarios que se gradúan en relación a los que ingresan. Si concurrimos a un hospital público veremos la excesiva demanda de atención médica, gente sufriente, y si entramos a una sala de internación observaremos que la gran mayoría de los pacientes tiene una mala nutrición, ya que cada vez hay más gente que come lo que puede para paliar el hambre, y esto me produce vergüenza ajena. Ningún político se asiste en un hospital público, tampoco ninguno recorre sus instalaciones.

El slogan es una vegetación de la mente, decía mi maestro de lógica en Madrid. Y en nuestro país la “cultura eslogámica” es una verdadera lacra: “Los argentinos somos derechos y humanos” (proceso militar); “Estamos ganando” (guerra de Malvinas)”; “Con la democracia se come, se cura y se educa” (Alfonsín); “Argentina, país del primer mundo” (Menem); “La década ganada” (matrimonio Kirchner); “No hay plata” (Milei). Y resulta que no éramos tan derechos y humanos; que perdimos la guerra; que con la democracia no comemos, no nos curamos ni nos educamos; que no somos del primer mundo; que no hubo tal década ganada; y que sí hay plata pero para otras cosas… Nuestros políticos han convertido a la política en un arte mañoso cuyo principal objetivo es el engaño de las masas para hacerse del poder. Los asesores de imagen me caen muy mal, se parecen a los sofistas de la antigua Grecia aunque éstos tenían otro nivel intelectual. Son mercenarios que logran que el candidato no se muestre tal como es, sino que parezca ser otro y le diga a la gente lo que ésta desea escuchar.

También la semana pasada se inauguró la Feria del Libro, un “megaevento comercial” de las grandes editoriales, más allá que también estén la pequeñas y algunos engendros. Recuerdo cuando la feria estaba a lo largo de la Avenida Santa Fe con pequeños puestos, así que conozco su historia, incluso en tres o cuatro oportunidades tuve que exponer (la primera vea en los años 90). Tal vez la mayoría de la población no sepa que los autores percibimos a lo sumo el 10% del valor de un libro (en el caso que decidan pagar por nuestro trabajo), porque el único que no participa del negocio del libro, es, el creador…Además, todo aquel que escribe un libro de lo que fuere ya se considera un escritor. En fin, con una veintena de libros publicados, todavía albergo no pocas dudas.

Desde mi perspectiva, existen expresiones que no me agradan, en consecuencia no las utilizo, como ser: “recursos humanos” o “capital humano”. Hoy educación, cultura, trabajo, seguridad social, áreas del Estado importantísimas, han dejado de ser ministerios y dependen del Ministerio de Capital Humano, una expresión nacida del ámbito de la economía. Y desde mucho antes que Marx escribiese su obra fundamental, el capital siempre tuvo que ver con el patrimonio, es decir, los bienes o “recursos” que tiene un individuo o una organización y el uso que se les da. El personal de una empresa o de cualquier institución son seres humanos, son personas, no recursos, y menos capital. Pero se trata de expresiones consagradas por el uso, que se han difundido de la mano del concepto de “cosificación”, en otras palabras: reducir a una persona a la condición de cosa. Tema del que no oigo hablar, pero sí la paradoja de combatir el Estado cuando en realidad se asume su gestión.

Tampoco me agrada la expresión “educación de excelencia”, porque la excelencia tiene que ver con lo excelso, con lo sublime, en fin, con “la grandeza que merece admiración”, y promocionarse como que uno brinda una educación de excelencia me suena presuntuoso y arrogante. Prefiero decir que imparto una “educación de buena calidad”. Gran parte de mi actividad docente a lo largo de mi vida la desarrollo en el “post-grado”, no con el “posgrado”. Al igual que Borges, me encanta cómo suena el prefijo de origen latino “post”.

Suelo consultar a menudo el diccionario de la RAE. Allí aparecen registradas algunas palabras que me parecen horribles, por eso no las uso, aunque puedo emplear otras que no están consideradas en la lengua culta, y esa es una licencia que me doy, pues, al fin de cuentas me hago responsable de lo que escribo y de lo que pronuncio en mis conferencias.

En cuanto a los prejuicios, que todos tenemos, aunque algunos con conciencia los auto-combatimos, están presentes de manera visible en gran parte de la sociedad, al punto que cuando se menciona la cultura afroamericana se dice que es “cosa de negros” o si se trata de la de los nativos es “cosa de indios”. Son expresiones tan peyorativas… Lo peor es que algunos en su ignorancia o cerrazón mental, creen que la cultura reside solo en el refinamiento o tal vez en el remilgo.

Podría seguir con las observaciones, que no pasan de ser opiniones personales, pero tengo en claro que debemos ser muy cuidadosos con el empleo de las palabras, ya que pueden llegar a tener una representación simbólica. Un día le mencioné a mi colega y amigo Florentino Sanguinetti la palabra “corporación” en el sentido de organización, y él la interpretó en el peor de los sentidos, motivo por el cual nunca más se la mencioné. En efecto, a veces una palabra utilizada de manera correcta o también de manera incorrecta, puede dar lugar a una confusión o malentendido, más allá que como decía Lacan, uno sabe lo que dijo pero no sabe lo que el otro interpretó. Y los malos entendidos están a la vuelta de la esquina. Hoy es muy común que para criticar a una persona cuando no para injuriarla, se reproduzca y difunda en las redes (incluyo al propio gobierno), una frase que es sacada de contexto, y esta deshonestidad es una canallada.

En fin, vivimos, como dije al principio, apasionados días de cultura, en una Argentina que continúa siendo mal gobernada, donde la sensibilidad social se fue al carajo, solo importa la macroeconomía y como alguien dijo: hoy el becerro de oro es el “superávit fiscal” que permitiría al pueblo argentino cruzar el desierto… No me lo creo. Quizá la maldición argentina sea que los escasos estadistas que tuvo hace mucho que desaparecieron, no llegamos a conocerlos, pues, un verdadero estadista es quien sin desatender las necesidades de su pueblo piensa en las generaciones venideras y se proyecta en el futuro con sentido humanitario.

Indiferencia moral y relato político

Todo canon, de la materia que sea, supone inclusiones objetables y omisiones inexcusables, pues, los seres humanos no nos libramos de ciertos sesgos cognitivos ni prejuicios psicológicos. Muchas “batallas culturales” las crean políticos con déficit de formación cultural y, a veces con la colaboración de algún “intelectual asalariado o cortesano”. El Día Internacional de la Mujer (8M), en la Casa Rosada se clausuró el Salón de las Mujeres, entre quienes figuraban Juana Azurduy, Mariquita Sánchez de Thompson, Cecilia Grierson, Alfonsina Storni, Alicia Moreau de Justo, Victoria Ocampo… Y se reemplazó con el Salón de los Próceres (no hay ninguna mujer), que incluye a Roca y Menem, muy cuestionados por la historia y salpicados por la corrupción. No están Hipólito Irigoyen cuyo derrocamiento selló la primera violación histórica del orden constitucional, ni Alfonsín, una figura que genera antipatía entre los adalides vernáculos de la libertad. Raúl Alfonsín basó su política sobre derechos humanos en tres decretos que son históricos: el del enjuiciamiento a las Juntas Militares (en un momento de altísimo poder del militarismo), la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) sin antecedentes en el mundo, y el enjuiciamiento de ciertos líderes guerrilleros que contribuyeron a la violencia desatada en la Argentina de los años 70. El kichnerismo descaradamente se apropió de esa historia y la falsificó en provecho propio. No hay duda que Alfonsín tenía claro que enjuiciar al terrorismo de Estado (seguramente más criticable por utilizar los recursos del Estado), no significaba olvidar los crímenes de la guerrilla, pero su “vocación socialdemócrata” resulta indigerible para no pocos libertarios. Alfonsín, pese a sus fallas y errores, que oportunamente no dude en criticar, significó el retorno de la democracia y la puesta al día de los derechos humanos, no es poco a la luz de la historia. Recuerdo que en la época del Terrorismo de Estado, había gente que cuando se enteraba de que alguien había desaparecido, recurría a una frase que implicaba un juicio de valor, que negaba toda presunción de inocencia y el principio del debido proceso: “Algo habrá hecho”. Así parte de la sociedad mostraba con absoluta tranquilidad su indiferencia por el dolor ajeno. Decía Antonio Gramsci que: “La indiferencia es el peso muerto de la historia”.

La reescritura de la historia tiende a imponer una simbología y una mística a contracorriente, no solo aquí. A uno le habla un pajarito, a otro las fuerzas del cielo. En Venezuela incluyeron la firma de Chávez en el Acta de Independencia de 1811, y en París los diputados a favor del colonialismo exigían que en los manuales escolares figurase el papel positivo de Francia en el norte de África, pero ante las fuertes protestas el entonces presidente Chirac, admitió que no es misión de los legisladores controlar la enseñanza de la historia. En efecto, la historia como ciencia es revisada por los profesionales de la historia, y está bien porque así se autocorrige, pero de ninguna manera se puede reemplazar por una “ideología de la historia” (las ideologías terminan siendo cárceles de la mente).

El historiador Luis Alberto Romero sostiene que: “Los mitos, en los que se cimentó nuestra nacionalidad, dificultan enormemente el trabajo de los historiadores que quieren entender, por debajo del bronce a la persona”. Él es partidario de reemplazar a los “próceres” por “ciudadanos destacados” que contribuyeron a construir la Argentina, cada uno con sus convicciones y con su ejemplo. En efecto, se pregunta: ¿Por qué optar entre Rivadavia y Rosas?, cuando ambos durante años se complementaron para ordenar y tornar próspera a la Provincia de Buenos Aires.

La verdad es que el país ha pasado por muchos gobiernos pero jamás se sancionó con severidad la corrupción, por eso nunca se desalentó. De allí que la corrupción sea una telaraña que se extendió a todos los confines del país, al extremo que se ha naturalizado y muchos creen que es imposible erradicarla, sin embargo es el mayor mal estructural que nos aqueja frente a la indiferencia de aquellos que la ven como algo necesario para concretar los grandes negociados capaces de impulsar el progreso y, asimismo permitir las transacciones políticas con la finalidad de conquistar poder. Lo cierto es que, en tanto y en cuanto goce de una amplia tolerancia social, no hay salida posible de este laberinto. Ya sé que la indiferencia moral no es un fenómeno local, puesto que el mundo tiene varios dramas humanitarios que en la práctica no le presta la debida atención por no considerarlos prioritarios, o quizá porque sus consecuencias no afectan sus intereses, y esto termina avalando todo tipo de abusos que denigran la condición humana.

La indiferencia en ocasiones sirve como escudo ante las críticas injustificadas o las difamaciones, es entendible. Pero hay quienes creen que exhibiendo indiferencia logran anular al otro o desplazarlo del centro de atención y, hasta creen que ignorándolo éste dejará de existir en el ámbito social. La realidad es que la indiferencia no siempre logra su cometido.

Javier Milei, hace poco en Davos, sostuvo que pretendía “defender los valores de Occidente”. Pues bien, me parece un cometido loable. Sin embargo, Loris Zanatta se preguntaba a qué valores se refería el presidente, ya que no mencionó la democracia, el pluralismo, los derechos humanos, las libertades civiles, la laicidad, ni el respeto a las minorías, solo mencionó la “libre empresa”… Es curioso, justamente acaba de cumplir sus primeros cien días de mandato y no ha dado muestras concretas de defender esos valores, más allá que todavía goza del apoyo popular que conquistó con sus críticas a los políticos (la casta), las promesas de un cambio radical en el Estado, y solucionar la terrible situación económica que mantiene en la pobreza al 60% de la población, jaquea la vida de la “clase media” y asfixia a los jubilados. En fin, se necesita “conciencia moral”, la sensibilidad que nos define como seres humanos, y tener presente que la “cuestión social” es una prioridad existencial y no una elaboración imaginaria de los opositores y de quienes conspiran contra el país. Todos conocemos la herencia, por cierto dramática, pero en estos cien días hubo suficiente tiempo para comenzar a tomar medidas fundamentales que no se tomaron…La realidad está en la calle y no en las redes sociales cuyo mundo es virtual. Ya pasó el tiempo de la campaña y es hora de enderezar el rumbo del país con firmeza pero con la humildad de quienes se autocalifican como “gente de bien”. El gobierno elegido legítimamente debe solucionar los problemas vitales de la población, muy acuciantes, por eso la gestión de prioridades y la toma de decisión con inteligencia o sentido ético. No creo que haya humor social para desvaríos, maniobras de distracción o fuegos de artificio.